Acaba de aparecer un libro en vascuence titulado Babeli gorazarre (‘Un viva a Babel’), y el mismo libro en castellano, pero esta vez como Babel o barbarie. Se nos habla del ‘original’ en vascuence y de su ‘traducción’ al castellano. Así sea, si el autor del libro es de esa mini-minoría euscalduna, capaz de pensar directamente e hilar discursos de cierta complejidad en ambos idiomas. Patxi Baztarrika, ex vice consejero de Política Lingüística y autor de la obra, sigue así con su monotema de convertirnos a todos a las bondades del bilingüismo, el ungüento amarillo para la convivencia entre vascos.
No comento una obra no leída, y cuya moraleja ya me la sé. Es la doble etiqueta para un mismo producto –algo que debe de tener su misterio–, junto con la mención de Babel, el pretexto para mi comentario. Y voy a empezar esta vez por el principio.
Babel: Torre vistosa y Ciudad ignorada
El mito etiológico de la Torre Babel es una pieza clave del folclore. A nosotros ha llegado a través de la Biblia, en una historieta harto lacónica (Génesis, 11). Historieta, por cierto, metida como con calzador. Se está ofreciendo un panorama general de las gentes y pueblos del mundo restaurado tras el Diluvio. Y justo cuando se anuncia la raza humana más importante de todas –desde el punto de vista bíblico, se entiende–, los semitas, viene un cuentacuentos a interrumpir con su fábula.
Es como si, para aliviar la aridez de una lista de nombres, alguien hubiese interpolado esta noticia curiosa sobre el origen de las lenguas, que por otra parte, como acaba de decírsenos en el mismo libro (Génesis, 10), ya existían. ¿En qué quedamos? En todo caso, mal traído aquí, porque el episodio de Babel presupone un desarrollo cultural y técnico nada primitivo. Lo dicho, es un relato traído como de los pelos, aunque muy efectista, y muy bien aprovechado para lanzar una pulla contra el nombre de la ciudad maldita, Babilonia.
Pero ya se sabe, tratándose de cuentacuentos y patrañas no hay que ser demasiado exigente con la lógica. Es este un principio que en su momento tendremos ocasión de recordar y aplicar.
Veamos ya lo que cuenta el Génesis (11: 1 y sigs.):
«Todo el mundo era unilingüe y monoléxico.» Así comienza el mito. La misma gramática, el mismo diccionario para todos, mientras la humanidad posdiluviana en marcha nomadeaba desde Oriente, siempre hacia Poniente. Hasta que llegaron a la gran vega de Senaar, la antigua Sumer. Allí se asentaron, y allí desarrollaron una civilización avanzada, a base de ladrillos cocidos al sol y unidos con argamasa bituminosa.
Dispuestos a explotar aquel potencial arquitectónico, se dijeron:
–Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cumbre en el cielo, y nos haremos famosos, evitando dispersarnos por el ancho mundo.
Este parece ser el sentido literal de la frase hebrea. Aunque también puede entenderse así: «y dejaremos fama de nosotros, antes de dispersarnos» etc. Me convence más lo primero: el monolingüismo, clave de cohesión. La lengua primigenia común era para los hombres como el betún que unía los ladrillos.
Con que, «una ciudad y una torre hasta el cielo». Los primeros en enterarse del proyecto debieron de ser los vientos o espíritus del aire, cuando la torre empezó a subir invadiendo sus dominios. El alboroto trascendió a lo más alto, hasta el mismísimo Dios Yahveh.
«Bajó Yahveh a ver la ciudad y la torre que edificaban los humanos; y dijo Yahveh:
–¡Vaya! Un solo pueblo, con una sola lengua común, y este es su estreno. Ya no habrá proyecto alguno que les resulte imposible. Ea, pues, bajemos y confundamos su lengua sobre el terreno, que no se entiendan entre sí.
Y Yahweh les dispersó desde allí por todo el mundo, quedando suspendida la construcción de la ciudad, que por lo mismo se llamó Babel, porque allí confundió (balal) Yahveh la lengua común universal, y desde allí les dispersó Yahveh.»
Babel (Bab-Ilu) en acadio significa ‘Puerta de Dios’ y filológicamente nada tiene que ver con ninguna confusión o revoltillo. Se trata de una etimología popular y de oído. Más importa al relato saber qué pasó realmente en Babel, cuando el Dios supremo con la hueste de demiurgos del espacio intervienen para frenar el desarrollo humano.
Vuelve aquí la mentalidad ‘yahvista’, atribuyendo a Dios una psicología ya conocida, celosa y envidiosa del talento innato que tanto distingue a nuestra especie. Como cuando aquellos mismos entes superiores decidieron bajarle los humos a un Adán prometeico, que había probado del Árbol de la Ciencia, y como primera precaución («no vaya a ser que coma también del Árbol de la Vida») le echaron del Paraíso (Génesis, 3: 22-23). Aquí lo mismo, la misma prevención contra lo listos que somos los bípedos implumes por naturaleza.
¿Y en qué consistió este nuevo (y todo hay que decirlo, mezquino) desquite del cielo?
La gran mayoría de los lectores u oyentes entiende que los humanos no pudieron sacar adelante su proyecto de ciudad y torre, por pura dificultad de comprensión entre los constructores. Como nos lo explicaban los viejos intérpretes: uno decía ‘plomada’ y otro entendía nivel; éste pedía, ‘prepara argamasa’, y el interpelado ‘le montaba un andamio’…
Sin embargo, una traducción más literal del hebreo dice que Dios bajó a ver la ciudad que los hombres edificaron (o que habían edificado): una obra, según eso, acabada, lo mismo que la torre. De hecho, algunos intérpretes entendieron que la gran Torre se les derrumbó, con el natural sobresalto, tartamudeo y confusión traumática de lenguas, seguida de disputas, peleas y separación física de una gente frustrada, y a partir de entonces irreconciliable.
La contradicción en el relato bíblico es ahora patente. Una humanidad homogénea (según el mito) se divide en naciones en virtud de la lengua que les tocó en el enredo babilonio, independientemente de los linajes y familias etnolingüísticas que señala el mapamundi del relato principal, y que ya tenían cada una su idioma. La lógica de este mapa queda emborronada por el vigor de una patraña bien contada.
Demasiado bien contada, tal vez, ya que la dichosa Torre, monumental pero accesoria, casi no deja ver lo principal: la Ciudad-estado sumeria, la construcción nacional; la razón de ser de la propia Torre y de su fracaso. Cada ziqqurat o templo nacional era, en el corazón de la ciudad-estado, como la base de una torre inacabada o caída, que en ningún caso debía invadir el espacio aéreo y «llegar hasta el cielo».
Este injerto moralizante sobre la maldición de las lenguas no sólo es ‘injerto’ por lo incidental, sino porque en cierto modo es extraño a la ortodoxia mosaica. De hecho, hubo que inventarle un correctivo: el idioma hebreo quedaba a salvo. La lengua sagrada, lejos de ser una más entre las Setenta (o setenta y dos) malditas, fue la que tocó en suerte al pueblo elegido. Era la misma lengua de Adán en el Paraíso Terrestre (Génesis, 2: 19-20), y con toda probabilidad también la del Paraíso Celeste, donde Dios se expresa en hebreo, mientras los serafines le aclaman sin cesar en el mismo idioma: «¡Aleluya!».
Es notable que las representaciones icónicas de la Torre bíblica, desconocidas en la antigüedad y rarísimas hasta el siglo XI, se disparan desde entonces en un auténtico «diluvio de torres» (Umberto Eco, citando a Helmut Minkowski, 1983), junto con otro diluvio de especulación sobre el tema lingüístico. La razón es bastante plausible. La Europa culta, la Europa latina, se percata de una nueva invasión de ‘bárbaros’ analfabetos hablando nuevos dialectos. Era la eclosión de las lenguas modernas, que con más o menos fortuna se harán también ellas literatas (no todas), y algunas serán lenguas nacionales.
El Renacimiento adobará todo ello con sus cábalas y alegorías a la moda. Para España tendremos el mito de Túbal con su lengua de importación, el vascuence, que desde el Pirineo se hará primigenia para toda Iberia. No vamos a embestir contra el molino caído de la vieja tesis vasco-iberista tubalina , aunque tampoco conviene olvidar que esa tesis existió, tuvo predicamento, y todavía de algún modo colea.
Por lo demás, para el narrador bíblico y dejándose de injertos populares, la nación o pueblo se sustenta en dos pilares, el linaje y el idioma, a los que se añade un tercero menos constante, el territorio. La idea de ‘familia lingüística’ es tan bíblica como la de ‘familia étnica’ (entendida como parentela o familia de sangre). Ideas ambas consustanciadas en leyendas tribales y en observaciones, correctas unas, pero otras absurdas, como el error pertinaz e interesado de considerar camitas, no semitas, a los cananeos (Génesis, 9).
Con este preámbulo, ya podemos pasar a su aplicación, centrada no en un libro (que no he leído), sino en su doble título o etiqueta. Tocaré primero la incongruencia de alabar a Babel de puertas afuera, mientras en casa, con el euskera, se hace justo lo contrario, machacar sus dialectos. Y de segundo plato trincharemos el extraño dilema, Babel o barbarie.




