sábado, 23 de enero de 2010

Vexilomnesia


(Banderas en el recuerdo)


Uno. No es por quitar ni meter hierro al tema del Obradoiro, que comenté ayer. Quod scripsi, scripsi. Mientras las banderas oficiales en España sean símbolos –convencionales por definición, pero consagrados por pacto constitucional–, hay que respetarlas y hacerlas respetar.

Dos. Otra cosa es, en el plano teórico y distendido de una sobremesa, especular sobre si la bandera es aún en nuestro tiempo un símbolo adecuado de lo que se supone. Herencias del Medioevo peleón, ¿tal vez una educación más al día debiera superar esas antiguallas, de ejecutoria no siempre impoluta? Las banderas, como el sábado, deberían ser para el hombre. Pero mientras pocos hombres habrán muerto de descanso sabático, hay que ver la de vidas humanas que han costado las banderas. Y si ya poco se santifican las fiestas, las banderas siguen inspirando superstición, como en los tiempos oscuros. ¿No irá siendo hora de jubilarlas?

Los nacionalistas a veces hacen como que toman esta posición 'progresista', cuando parecen quitar importancia a la polémica de símbolos. Impresión engañosa. Ese discurso superador lo reservan contra las banderas 'estatales'. Las banderas propias –como las lenguas 'propias'– son puchero aparte. Para los nacionalistas vascos en particular, su bandera ni siquiera es bandera, es la Ikurriña, con artículo determinado singular, y hasta con mayúscula.

Esto ha generado en la Comunidad Autónoma Vasca un problema añadido, desde que se cayó en la ingenuidad morrocotuda de aceptar como bandera oficial ese símbolo privado de un partido político. Se apeló a que ya lo había sido bajo el primer Estatuto y República de Euzkadi, con amplia aceptación. Un argumento especioso, dada la zozobra de entonces. Es como decir que todo el mundo estaba aquí encantado con aquel pandemónium chapucero que presidió el lendakari Aguirre hasta Santoña. El exilio demostraría que no hubo tal, y que la ikurriña ni fue, ni podía ser, ni sería jamás la bandera de todos los vascos-vascos-vascos.

Pues bien, olvidada o no aprendida la lección, en la Transición se vuelve a las andadas, aceptando para esta flamante Comunidad dos regalos tóxicos: el nombre de Euzkadi/Euskadi, y la ikurriña como emblema. Podríamos añadir un tercer regalito, el vascuence como 'lengua propia', pero esa es otra copla, porque el euskera no es propiedad de ningún partido político. Los otros dos sí, ambos sabinianos, con marchamo y © del PNV.

La torpeza que fue aceptar esos obsequios, nada desinteresados, sigue lastrando nuestra convivencia. Aun suponiendo que esos símbolos tuviesen el arraigo que se les atribuyó –nego suppositum–, el traspaso de la ikurriña debió condicionarse a la renuncia del propietario. El PNV debió inventarse otra 'ikurriña' (si eso es posible metafísico). Lo inadmisible es que idéntica bandera ondee en edificios y actos del Gobierno Vasco como emblema comunitario, y a la vez en sedes, bachoquis y procesiones del PNV. Una ambigüedad que se hizo extensiva a los partidos retoños del nacionalismo. Así, algo que debería ser identificador unívoco, como mero y utilitario símbolo político-administrativo, es un equívoco perpetuo y conflictivo. Peor aún, antagónico, con el efecto añadido de la guerra de banderas. «Para mástiles (de la española), ni un puto duro», que dijo el otro.

Tres. Nunca me ha dado por la lencería, ni desde que salí de la niñez me han entusiasmado las banderas. Ninguna bandera. Esta frialdad podría deberse al impacto relativista que es para un niño descubrir que esos emblemas de colores se inventan y se cambian. Nací bajo bandera monárquica, aunque mi primera memoria consciente de una bandera como emblema de respeto fue la republicana, en las Escuelas de Ibaizábal (La Peña, Bilbao).

En aquellos años de la República, las colgaduras festivas de los balcones se ajustaban a un código sutil identificador de preferencia religioso-política. Eran sábanas blancas con un Corazón de Jesús pegado en medio y, en su caso, una orla banderiza. Las familias nacionalistas prendían la suya bizcaitarra. Los monárquicos a veces ponían banda roja sobre blanco (en particular los carlistas), que nuestra exégesis infantil descifraba como la bandera de Bilbao. Había gente que no ponía orla alguna, o que ni ponía colgaduras. Y no por miedo a significarse. En el barrio se sabía de qué pie cojeaba cada cual. Las mujeres católicas iban a la iglesia del Buen Pastor, saludadas con comentarios sarcásticos desde los pisos por conocidas comadres del barrio, sin que tampoco las devotas se mordiesen la lengua.

Un buen día supe que vivía en un país distinto, llamado República de Euzkadi. Con moneda propia y billetes de banco modernistas, que no se parecían nada a los del Banco de España, salvo en que todo iba de pesetas. Y ahora resultaba que, además de la bandera republicana, teníamos la nacionalista. En el castellano de mi entorno eran de uso corriente palabras vascas, todo un pequeño léxico, donde no recuerdo que sonara mucho ikurriña. En todo caso, muchísimo menos que (con perdón) mocordo, y esto lo puedo jurar como un lendacari, «humillado de pies y manos sobre la tierra vasca ante el Árbol de Guernica».

En la calle, de acera a acera, las bandas de críos se denostaban a golpe de pareados, como loros repitiendo :

            Rojo, blanco, verde, la bandera del moco verde.

            Rojo, amarillo y morau, la bandera del cagau.

A todo esto, una noche nos embarcaron en Santurce para Francia, refugiados. Primero estuvimos internados en Morbihan (Bretaña), luego con parientes franceses en Biarritz. Mi impresión fue que los franceses en bloque tenían bastante con una sola bandera para todos. Vascos y bretones incluidos. En el País Vasco Francés que pude conocer –Biarritz, Bayona, San Juan de Luz, no vi más ikurriñas que las que exhibían refugiados nacionalistas –'les espagnols', para los nativos–.

Cuatro. A la vuelta, en el Puente Internacional, al paso de la frontera casi me gano un moquete:

–Mamá, ¿qué bandera es esa?

El meneo que recibí todavía me hace tambalear cuando lo recuerdo:

–Esto es para que te vayas acostumbrando, que las cosas no son como antes.

La verdad, los carabineros o policías españoles no debieron de notar mi inocencia. Los agentes alemanes (que también nos controlaban al paso), menos todavía.

¿Con que ya conocía mi bandera definitiva? Ni hablar. En trámite estaba un nuevo escudo de España que marcaría la nueva identidad nacional. Y no para todo el mundo, por el momento. Algunos familiares seguían en el frente bajo el icono republicano. Lo que luego nos vino encima me ayudó poco, supongo, a ver las banderas como la plasmación más objetiva y fiable de esencias y valores.

Cinco. Aquí debo hacer mención de mi abuelo materno –el único que conocí–, por lo mucho que le admiraba, pues entre otros muchos conocimientos, se sabía el padrenuestro en castellano, francés, latín y tagalo. Natural de Fuentesaúco, empezó a estudiar en Zamora bajo la férula de un tío canónigo, que le educó en el carlismo y en ayudar a misa. De joven pasó algún tiempo emigrado con la familia en Francia, y chapurreó el francés. Pero antes había sido de los últimos de Filipinas, prisionero de tagalos, monaguillo de algún cura aglipayano que fue su profesor de padrenuestro: Ama naming nasa kalangitán, etc. etc.

Como carlista notorio, el abuelo Isauro repartía su desprecio entre las dos banderas tricolores, la republicana y la bizcaitarra, aunque el franquismo tampoco le gustó nada. En su casa, las colgaduras eran blancas con sagrado corazón y orla roja. No era hombre de banderas ni cosas por el estilo. Su experiencia militar en Filipinas le había llevado a conclusiones muy parecidas a la de Clausewitz, ya saben: «la guerra es una... »

Seis. Mi siguiente encuentro con la vexilología o ciencia banderil se produjo bastantes años después, cuando me tocó 'hacer los ejercicios', como tantos mozalbetes de la nacional-católica España.

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio los 'daba', por supuesto, un jesuita. Como todo el mundo sabe, en ese juego de rol que son los ejercicios hay un lance crucial: la meditación de Las Dos Banderas. El de Loyola, gran banderizo, hijo y nieto de buena familia vasca que, como todas las buenas familias vascas de su tiempo, no tenía mejor pito que tocar que marcar a 'los nuestros' y distinguirles de 'los otros' como en un campo de batalla, echó el resto en esa fantasía célebre a lo divino.

«Representación del lugar», anunciaba el cura. Y como quien alza el telón de un escenario, nos hacía imaginar y ver el campo inmenso de Babilonia (creo recordar), con dos huestes enfrentadas, cada una con su bandera, y los dos grande Jefes enemigos: Cristo y Satanás.

Por cierto, el padre director introducía una distinción finísima: «Observad con qué propiedad llama san Ignacio a los dos jefes. A Jesucristo le llama capitán, del latín caput, capitis, la cabeza. En cambio a Satanás le llama caudillo, del latín cauda, caudae, la cola.» Etimología burlesca, que el buen jesuita se guardaría de soltar si alguna vez le tocó actuar en El Pardo ante su Excelencia el Generalísimo, tan Caudillo él como el propio Diablo.

y Siete. Lo dicho no obsta para que, si este país tiene una Constitución democrática, una bandera y un Código Penal, mientras las reglas del juego sean las mismas para todos, las banderas merezcan un respeto y, en su defecto, amparo de oficio.


viernes, 22 de enero de 2010

Quemar banderas



Es un ritual de larga tradición. Se organiza una marcha con sus pancartas y gritos, y en una plaza culmina el acto con una quema simbólica, una efigie, una bandera, un libro. Unos encapuchados, en guisa de verdugos, ofician de ejecutores.

El símbolo material es lo de menos. Quemar un libro –la Constitución Española, para el caso– daría lo mismo. ¿Pero quién oyó jamás hablar de ella? Dejémonos de sutilezas, hablemos al pueblo en el lenguaje elemental que todos entienden. Se elige la bandera por mimetismo, por su colorido e impacto visual. A veces también impacto olfativo, como cuando el diputado Arnaldo Otegi (11 de agosto 2003) arrancaba risas de su público ironizando: «¡Qué mal huele la bandera española!». Fue un caso bastante típico. Una marcha 'legal' de protesta se dramatizó como auto de fe, con la ejecución pública del enemigo en la hoguera.

El auto gallego de ayer 21 en el Obradoiro de Compostela se ha ajustado a ritual, evocando inevitablemente el modelo de Batasuna en el País Vasco. Sin embargo, hay una diferencia nada desdeñable. En el radicalismo vasco, todo el acto suele venir programado, incluso de forma explícita. Son autos de fe de verdad. En Galicia, en cambio, la masa de manifestantes no conocía el desenlace. El holocausto simbólico de España se habría producido fuera de programa. Un testigo le expresa así (por la portada y noticia del periódico La Razón (22 de enero):

«Madre mía...y luego dicen de la manipulación informativa por parte de los periódicos de izquierdas... ¡santo cielo! Estuve en la marcha y era distendida, divertida, agradable y pacífica. El grupo de imbéciles que siempre dan la nota siempre están presentes en todo lugar donde se produce muchedumbre, sino, que se lo digan a los de Nuevas Generaciones...»

A lo que otro opinante replica:

«Que eran dos niñatos sin cerebro ya lo sabíamos, pero rodeados de la muchedumbre. Habría que ver, los palos que les habrían dado si hubiesen intentado hacer lo mismo con la bandera gallega...»

Ambos pareceres contrapuestos viene a decir lo mismo: un incidente antiespañol parasita un acto público de protesta nada antiespañola. La diferencia está en la apreciación sobre la apatía del público. Para el segundo opinante sería aprobación. Él cree saber (y posiblemente con razón) que si alguien hubiese replicado quemando una enseña gallega, ese mismo público no habría sido tan indiferente.

En casos como éste es lógica preguntar quién está detrás de esos 'espontáneos', 'chavales descerebrados' o como se les quiera llamar, que en apariencia revientan un acto cívico, para irse de rositas, jaleados por uno, justificados o disculpados por otros, sin que la autoridad reacciones y cumpla con su deber.

«Sólo se quema un símbolo», dicen muchos, como quien glosa un '¡Pse!' «No tiene mayor importancia.»

¡Qué perverso es ese adverbio, sólo!
Compendia un diálogo por este estilo:

–Podía quemarse más, mucho más.
–¿Más que qué?
–Más que un trapo.
–Pero es que no se quema un trapo. Quemar un símbolo es destruir, simbólicamente, lo simbolizado. Es como gritar '¡Muera todo esto!' Se está expresando un deseo que invita a la acción.
–Tampoco exageremos.

Tampoco. Y aquí tercia otro opinante muy enterado:

«Quemar la bandera nacional es un ejercicio legítimo. En USA se puede hacer también, y no es delito. El Tribunal Supremo norteamericano ya falló en 1989, en una sentencia de enorme repercusión mediática, que la quema de banderas en actos de protesta estaba totalmente amparada por el derecho a la libertad de expresión.»

Es verdad. Pero el caso es que no hablamos de allí, sino de aquí. Y aquí, en España, no rige la jurisprudencia norteamericana. Más aún, nuestro Código Penal es taxativo (art. 543):


«Las ofensas o ultrajes, de palabra, por escrito o de hecho a España, a sus Comunidades Autónomas o a sus símbolos o emblemas, efectuados con publicidad, se castigarán con la pena de multa de siete a doce meses.»

Una norma legal que protege en pie de igualdad a la cabeza y a los miembros, al todo y a las partes que lo integran. Una norma basada en la Constitución democrática vigente. Una norma que la autoridad competente no puede pasar por alto sin cometer prevaricación.

Las penas no son sólo castigo, tienen su parte de ejemplaridad. Si exigir esto es patriotería, no es que hemos terminado, es que estamos acabados. En cuyo caso, nada tenemos que decirnos, ni de banderas, ni de lenguas, ni de nada.


lunes, 18 de enero de 2010

La Cocina de los Ángeles





La exposición 'El joven Murillo' se ha cerrado en el Museo de Bellas Artes de Bilbao con un número de visitas –alrededor de 71.000– que por poco disputa el segundo puesto a la de Romero de Torres en 2002. El primero, a distancia, lo retiene 'Sorolla, Visión de España' (2008). El público de aquí se reconoce en los artistas españoles y, a través de ellos, se reconoce en España.
Se puede especular sobre el que todo un Murillo rivalice con Romero de Torres, un empeño donde el sevillano nada tiene que ganar. Andaluces los dos, de ciudades eternas rivales, Sevilla y Córdoba. Claro que Murillo (1617-1682) lleva el lastre paradójico de sus Inmaculadas grávido-ingrávidas sobre nube movida por cefalópteros. El cordobés, en cambio, asentó su popularidad en el cántaro de la 'Fuensanta', aquella morena de los billetes de 100 pesetas (1953-1975), icono de "la mujer andaluza" (aunque fuese medio argentina). Icono sobre todo del franquismo desarrolista, casi una generación.

No hablo de pintura, sólo de pinturas, de lo pintado. Las cosas que pintaba Murillo de joven. Desde que pone taller propio, hacia 1640, abriendo una fase camaleónica hasta 1655, cuando el pintor ya maduro entra en la catedral hispalense.


No sé si Murillo de mayor llegó a ser un genio. De joven, en absoluto. Enorme dibujante y colorista, eso sí. Pero de joven ni siquiera era él mismo. Era por lo menos dos –y eso simplificando mucho–: uno, buen pintor de género y empresario al loro; el otro, un buen artesano alquilado a la propaganda frailuna. Pintura religiosa de lo más convencional, casi siempre con un grabado a la vista a modo de chuleta, o en la memoria, a fuerza de mirarlo. La censura tridentina no estaba pensada para promover talentos. De hecho permitía ahorrar esfuerzo de inventiva, gastado luego en copiar a los colegas más exitosos.

Lo que ven esas Magdalenas, esas santas Catalinas de mirada perdida, ellas sabrán, mientras el espectador se distrae en los detalles terrenos: «¿Dónde demonios he visto yo esto?» Termina siendo irritante, como un examen, y al final te enteras de que a lo mejor ni es un Murillo... ¡Qué diferente la otra Catalina que le puedes apear el título porque ni parece santa; esa señorita elegante que nos mira a los ojos, casi con descaro.


–Inquisitorial, yo diría.
–Y bien que, señor mío. Los atributos de su martirio que sostiene en las manos con cierta desgana –la espada y la palma– son los mismos de la Santa Inquisición.
–La modelo está como algo aburrida de posar.
–Bonita chavala. Pero, oíga... ¿Murillo, o Zurbarán?
–Buena pregunta, porque aquí leo en el Catálogo: recuperada para Murillo ¡hace sólo siete años! (Formó parte del botín sevillano del mariscal Soult. El muy caradura.)

Dos Murillos para dos Sanantonios. Nada tiene que ver esa traca de rompimiento de gloria, ese lienzo gigantesco de la Catedral de Sevilla, alto como un poste de la luz, con el otro de Birmingham, fantasía erótica de un novicio franciscano andrajoso, que se arroba y come con los ojos a un Niño Jesús descolocado. [El cripto erotismo murillesco –y no tan cripto– ha dado que hablar. Dejando aparte los cuadros profanos, el San Francisco abrazando a Cristo (h. 1668) es una de las estampas más devotas de la cristiandad, y una de las más turbadoras también.]

Cuando el cliente exija Contrarreforma, iconografía ortodoxa, ¡qué le vamos a hacer! Ojos en blanco, pose, recogimiento. Lo que el místico ve, unas veces se queda para él, sugerido a lo más por un rastro lumínico. Si la cosa se pone más explícita, también puede ocurrir que el visionario sea el espectador, más que el santo, que a veces ni se entera.

Ese es un Murillo religioso. Otro es el del verismo en escenas divinas a lo profano, si vale el retruécano. Ejemplo: La Sagrada Familia del Pajarito, del Prado –escena de hogar pequeño burgués–, que como en el caso de San Antonio de Padua, nada tiene que ver con la tramoya de La Doble Trinidad, con su mosconeo de cefalópteros.


[Cefalóptero. A falta de mejor nombre, llamo así a esas criaturas volantes compuestas de cabecita mofletuda y alas. Recuerdo que de colegial me distraían mucho en los oficios religiosos, sugiriéndome intempestivos cálculos de estabilidad metacéntrica. Sólo mucho después he sabido que no puedo registrar el nombre, ocupado por un género de aves cotíngidas; pero sigo usándolo en privado, como aquí.]

Antes de convertirse en pintor de series o variaciones de encargo, el joven Murillo hizo sus trabajos e Hércules para el Claustro Chico de la Casa Grande, el mayor convento de la Sevilla urbana, los franciscanos. Fue el bienio maravilloso, 1645-1646. Un artículo de la Guía de la Exposición se extiende en la labor social de aquellos frailes en la ciudad ya decadente y en esplendorosa miseria. No era cosa nueva, los franciscanos metidos en acción social. Los 'montes de piedad' fueron invención suya, asociada a Bernardino de Feltre (1494). Estas entidades de microcrédito blando funcionaron en Castilla como 'arcas de misericordia'.

Pero la acción social incluía también la solución del día a día, con el espectáculo pintoresco de la sopa boba a las puertas de los conventos. Esta intendencia se confiaba a hermanos legos, y para algunos fue su camino de santidad. Sí que llama la atención la relevancia atribuida aquí a frailucos oscuros, como dando a entender que la observancia franciscana no era un árbol estéril en santidad.


El sevillano Diego de San Nicolás, fray Diego de Alcalá (1400-1463), fue un hombre muy capaz y dotado para la beneficencia organizada. El cuadro San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres no es lo que dice el título, sino el preámbulo: la oración antes de la comida. Es una maravilla de composición psicológica, donde sólo los cuatro críos hacen que acompañan al santo en el rezo. Los adultos apenas disimulan impaciencia: «A ver si éste acaba pronto y empieza el reparto, que tenemos junta en el Patio de Monipodio.» Es gente que a esta hora se reúnen aquí, para luego verse allí. Buñuel pudo tenerles en cuenta para su Viridiana; aunque ya digo, fray Diego era de otra madera.

[Fray Diego fue santo de altar gracias a Felipe II, que así le pagó el favor de haber curado –la momia del fraile, quiero decir– al príncipe don Carlos, cuando recluido por su padre en Alcalá, se descalabró en un traspiés, tras la hija de su guardián el alcaide Garcetas. Los franciscanos devuelven el favor al rey, encargando a Murillo que pinte otra conseja. La noche que murió don Felipe se vio hacia la parte del Escorial como un gran fuego. Era el alma del monarca subiendo al cielo. Al menos esa fue la explicación de un fray Julián de Alcalá, plasmada en otro murillo de propaganda.]

La Cocina de los Ángeles es otra cosa. No ha entrado en la Exposición, pero lo recuerdo como ejemplo del Murillo desdoblado por encargo.

La lección es muy simple: como dijo Teresa de Ávila, «también entre pucheros anda Dios». Sólo que esta frase en la España de entonces era impensable sin el aval de alguna materialización o fantasmagoría divina. Dos caballeros desean ver cómo funciona aquella cocina tan bien llevada. El padre guardián, obviamente sin llamar, abre la puerta y... «No es nada, ya se sabe, estos místicos se trasponen cada dos por tres. Pero no hayan cuidado vuesas mercedes. Si a san Isidro Labrador le araban los ángeles mientras él rezaba, aquí también se ocupan de la cocina mientras fray Francisco levita.»

Un humor invencible anima la escena, remachado por el frailuco ayudante, menos ducho en la vía unitiva, pasmado en su rincón.

Es una gran composición horizontal pareja a la Muerte de Santa Clara, y resuelta de igual modo por una línea vertical separando realidad a la izquierda y mística a la derecha.

La escuela mística franciscana derivó demasiado a lo paranormal y milagrero. Creo que fue en Arenas de San Pedro donde san Pedro de Alcántara levitó, y a cierta altura sobre el suelo recorrió no sé qué distancia a velocidad pasmosa. Aquí todo es más estático. Si fray Francisco todavía adopta una postura algo rara, como que el rapto le pilló de rodillas, aquí san Diego de Alcalá, con una elevación impecable, inmóvil a dos palmos del suelo, nos sorprende y sorprende también a los visitantes. Los versos explicativos se han borrado sin remedio. No se pierde mucho. Por lo que queda, eran malos.

A todo esto, no he dicho nada de la veta profana de la muestra, los cuadros de género, en especial los famosos pilluelos. Parece que algún crítica los relaciona con la beneficencia franciscana, o al menos con su espíritu. No lo creo. Estos chicos saben comer por su cuenta, incluso ese mal llamado 'mendigo' que se despioja en soleado rincón, interrumpiendo el festín de manzana con marisco. Murillo viene a decirnos que en Sevilla era más caro vestirse que comer. Esos chicos de los andrajos inverosímiles parecen todos bien nutridos, y salvo quizá la tiña de nuestro piojoso, no hacen mayor gala de los estigmas del hambre.