viernes, 22 de enero de 2010

Quemar banderas



Es un ritual de larga tradición. Se organiza una marcha con sus pancartas y gritos, y en una plaza culmina el acto con una quema simbólica, una efigie, una bandera, un libro. Unos encapuchados, en guisa de verdugos, ofician de ejecutores.

El símbolo material es lo de menos. Quemar un libro –la Constitución Española, para el caso– daría lo mismo. ¿Pero quién oyó jamás hablar de ella? Dejémonos de sutilezas, hablemos al pueblo en el lenguaje elemental que todos entienden. Se elige la bandera por mimetismo, por su colorido e impacto visual. A veces también impacto olfativo, como cuando el diputado Arnaldo Otegi (11 de agosto 2003) arrancaba risas de su público ironizando: «¡Qué mal huele la bandera española!». Fue un caso bastante típico. Una marcha 'legal' de protesta se dramatizó como auto de fe, con la ejecución pública del enemigo en la hoguera.

El auto gallego de ayer 21 en el Obradoiro de Compostela se ha ajustado a ritual, evocando inevitablemente el modelo de Batasuna en el País Vasco. Sin embargo, hay una diferencia nada desdeñable. En el radicalismo vasco, todo el acto suele venir programado, incluso de forma explícita. Son autos de fe de verdad. En Galicia, en cambio, la masa de manifestantes no conocía el desenlace. El holocausto simbólico de España se habría producido fuera de programa. Un testigo le expresa así (por la portada y noticia del periódico La Razón (22 de enero):

«Madre mía...y luego dicen de la manipulación informativa por parte de los periódicos de izquierdas... ¡santo cielo! Estuve en la marcha y era distendida, divertida, agradable y pacífica. El grupo de imbéciles que siempre dan la nota siempre están presentes en todo lugar donde se produce muchedumbre, sino, que se lo digan a los de Nuevas Generaciones...»

A lo que otro opinante replica:

«Que eran dos niñatos sin cerebro ya lo sabíamos, pero rodeados de la muchedumbre. Habría que ver, los palos que les habrían dado si hubiesen intentado hacer lo mismo con la bandera gallega...»

Ambos pareceres contrapuestos viene a decir lo mismo: un incidente antiespañol parasita un acto público de protesta nada antiespañola. La diferencia está en la apreciación sobre la apatía del público. Para el segundo opinante sería aprobación. Él cree saber (y posiblemente con razón) que si alguien hubiese replicado quemando una enseña gallega, ese mismo público no habría sido tan indiferente.

En casos como éste es lógica preguntar quién está detrás de esos 'espontáneos', 'chavales descerebrados' o como se les quiera llamar, que en apariencia revientan un acto cívico, para irse de rositas, jaleados por uno, justificados o disculpados por otros, sin que la autoridad reacciones y cumpla con su deber.

«Sólo se quema un símbolo», dicen muchos, como quien glosa un '¡Pse!' «No tiene mayor importancia.»

¡Qué perverso es ese adverbio, sólo!
Compendia un diálogo por este estilo:

–Podía quemarse más, mucho más.
–¿Más que qué?
–Más que un trapo.
–Pero es que no se quema un trapo. Quemar un símbolo es destruir, simbólicamente, lo simbolizado. Es como gritar '¡Muera todo esto!' Se está expresando un deseo que invita a la acción.
–Tampoco exageremos.

Tampoco. Y aquí tercia otro opinante muy enterado:

«Quemar la bandera nacional es un ejercicio legítimo. En USA se puede hacer también, y no es delito. El Tribunal Supremo norteamericano ya falló en 1989, en una sentencia de enorme repercusión mediática, que la quema de banderas en actos de protesta estaba totalmente amparada por el derecho a la libertad de expresión.»

Es verdad. Pero el caso es que no hablamos de allí, sino de aquí. Y aquí, en España, no rige la jurisprudencia norteamericana. Más aún, nuestro Código Penal es taxativo (art. 543):


«Las ofensas o ultrajes, de palabra, por escrito o de hecho a España, a sus Comunidades Autónomas o a sus símbolos o emblemas, efectuados con publicidad, se castigarán con la pena de multa de siete a doce meses.»

Una norma legal que protege en pie de igualdad a la cabeza y a los miembros, al todo y a las partes que lo integran. Una norma basada en la Constitución democrática vigente. Una norma que la autoridad competente no puede pasar por alto sin cometer prevaricación.

Las penas no son sólo castigo, tienen su parte de ejemplaridad. Si exigir esto es patriotería, no es que hemos terminado, es que estamos acabados. En cuyo caso, nada tenemos que decirnos, ni de banderas, ni de lenguas, ni de nada.


lunes, 18 de enero de 2010

La Cocina de los Ángeles





La exposición 'El joven Murillo' se ha cerrado en el Museo de Bellas Artes de Bilbao con un número de visitas –alrededor de 71.000– que por poco disputa el segundo puesto a la de Romero de Torres en 2002. El primero, a distancia, lo retiene 'Sorolla, Visión de España' (2008). El público de aquí se reconoce en los artistas españoles y, a través de ellos, se reconoce en España.
Se puede especular sobre el que todo un Murillo rivalice con Romero de Torres, un empeño donde el sevillano nada tiene que ganar. Andaluces los dos, de ciudades eternas rivales, Sevilla y Córdoba. Claro que Murillo (1617-1682) lleva el lastre paradójico de sus Inmaculadas grávido-ingrávidas sobre nube movida por cefalópteros. El cordobés, en cambio, asentó su popularidad en el cántaro de la 'Fuensanta', aquella morena de los billetes de 100 pesetas (1953-1975), icono de "la mujer andaluza" (aunque fuese medio argentina). Icono sobre todo del franquismo desarrolista, casi una generación.

No hablo de pintura, sólo de pinturas, de lo pintado. Las cosas que pintaba Murillo de joven. Desde que pone taller propio, hacia 1640, abriendo una fase camaleónica hasta 1655, cuando el pintor ya maduro entra en la catedral hispalense.


No sé si Murillo de mayor llegó a ser un genio. De joven, en absoluto. Enorme dibujante y colorista, eso sí. Pero de joven ni siquiera era él mismo. Era por lo menos dos –y eso simplificando mucho–: uno, buen pintor de género y empresario al loro; el otro, un buen artesano alquilado a la propaganda frailuna. Pintura religiosa de lo más convencional, casi siempre con un grabado a la vista a modo de chuleta, o en la memoria, a fuerza de mirarlo. La censura tridentina no estaba pensada para promover talentos. De hecho permitía ahorrar esfuerzo de inventiva, gastado luego en copiar a los colegas más exitosos.

Lo que ven esas Magdalenas, esas santas Catalinas de mirada perdida, ellas sabrán, mientras el espectador se distrae en los detalles terrenos: «¿Dónde demonios he visto yo esto?» Termina siendo irritante, como un examen, y al final te enteras de que a lo mejor ni es un Murillo... ¡Qué diferente la otra Catalina que le puedes apear el título porque ni parece santa; esa señorita elegante que nos mira a los ojos, casi con descaro.


–Inquisitorial, yo diría.
–Y bien que, señor mío. Los atributos de su martirio que sostiene en las manos con cierta desgana –la espada y la palma– son los mismos de la Santa Inquisición.
–La modelo está como algo aburrida de posar.
–Bonita chavala. Pero, oíga... ¿Murillo, o Zurbarán?
–Buena pregunta, porque aquí leo en el Catálogo: recuperada para Murillo ¡hace sólo siete años! (Formó parte del botín sevillano del mariscal Soult. El muy caradura.)

Dos Murillos para dos Sanantonios. Nada tiene que ver esa traca de rompimiento de gloria, ese lienzo gigantesco de la Catedral de Sevilla, alto como un poste de la luz, con el otro de Birmingham, fantasía erótica de un novicio franciscano andrajoso, que se arroba y come con los ojos a un Niño Jesús descolocado. [El cripto erotismo murillesco –y no tan cripto– ha dado que hablar. Dejando aparte los cuadros profanos, el San Francisco abrazando a Cristo (h. 1668) es una de las estampas más devotas de la cristiandad, y una de las más turbadoras también.]

Cuando el cliente exija Contrarreforma, iconografía ortodoxa, ¡qué le vamos a hacer! Ojos en blanco, pose, recogimiento. Lo que el místico ve, unas veces se queda para él, sugerido a lo más por un rastro lumínico. Si la cosa se pone más explícita, también puede ocurrir que el visionario sea el espectador, más que el santo, que a veces ni se entera.

Ese es un Murillo religioso. Otro es el del verismo en escenas divinas a lo profano, si vale el retruécano. Ejemplo: La Sagrada Familia del Pajarito, del Prado –escena de hogar pequeño burgués–, que como en el caso de San Antonio de Padua, nada tiene que ver con la tramoya de La Doble Trinidad, con su mosconeo de cefalópteros.


[Cefalóptero. A falta de mejor nombre, llamo así a esas criaturas volantes compuestas de cabecita mofletuda y alas. Recuerdo que de colegial me distraían mucho en los oficios religiosos, sugiriéndome intempestivos cálculos de estabilidad metacéntrica. Sólo mucho después he sabido que no puedo registrar el nombre, ocupado por un género de aves cotíngidas; pero sigo usándolo en privado, como aquí.]

Antes de convertirse en pintor de series o variaciones de encargo, el joven Murillo hizo sus trabajos e Hércules para el Claustro Chico de la Casa Grande, el mayor convento de la Sevilla urbana, los franciscanos. Fue el bienio maravilloso, 1645-1646. Un artículo de la Guía de la Exposición se extiende en la labor social de aquellos frailes en la ciudad ya decadente y en esplendorosa miseria. No era cosa nueva, los franciscanos metidos en acción social. Los 'montes de piedad' fueron invención suya, asociada a Bernardino de Feltre (1494). Estas entidades de microcrédito blando funcionaron en Castilla como 'arcas de misericordia'.

Pero la acción social incluía también la solución del día a día, con el espectáculo pintoresco de la sopa boba a las puertas de los conventos. Esta intendencia se confiaba a hermanos legos, y para algunos fue su camino de santidad. Sí que llama la atención la relevancia atribuida aquí a frailucos oscuros, como dando a entender que la observancia franciscana no era un árbol estéril en santidad.


El sevillano Diego de San Nicolás, fray Diego de Alcalá (1400-1463), fue un hombre muy capaz y dotado para la beneficencia organizada. El cuadro San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres no es lo que dice el título, sino el preámbulo: la oración antes de la comida. Es una maravilla de composición psicológica, donde sólo los cuatro críos hacen que acompañan al santo en el rezo. Los adultos apenas disimulan impaciencia: «A ver si éste acaba pronto y empieza el reparto, que tenemos junta en el Patio de Monipodio.» Es gente que a esta hora se reúnen aquí, para luego verse allí. Buñuel pudo tenerles en cuenta para su Viridiana; aunque ya digo, fray Diego era de otra madera.

[Fray Diego fue santo de altar gracias a Felipe II, que así le pagó el favor de haber curado –la momia del fraile, quiero decir– al príncipe don Carlos, cuando recluido por su padre en Alcalá, se descalabró en un traspiés, tras la hija de su guardián el alcaide Garcetas. Los franciscanos devuelven el favor al rey, encargando a Murillo que pinte otra conseja. La noche que murió don Felipe se vio hacia la parte del Escorial como un gran fuego. Era el alma del monarca subiendo al cielo. Al menos esa fue la explicación de un fray Julián de Alcalá, plasmada en otro murillo de propaganda.]

La Cocina de los Ángeles es otra cosa. No ha entrado en la Exposición, pero lo recuerdo como ejemplo del Murillo desdoblado por encargo.

La lección es muy simple: como dijo Teresa de Ávila, «también entre pucheros anda Dios». Sólo que esta frase en la España de entonces era impensable sin el aval de alguna materialización o fantasmagoría divina. Dos caballeros desean ver cómo funciona aquella cocina tan bien llevada. El padre guardián, obviamente sin llamar, abre la puerta y... «No es nada, ya se sabe, estos místicos se trasponen cada dos por tres. Pero no hayan cuidado vuesas mercedes. Si a san Isidro Labrador le araban los ángeles mientras él rezaba, aquí también se ocupan de la cocina mientras fray Francisco levita.»

Un humor invencible anima la escena, remachado por el frailuco ayudante, menos ducho en la vía unitiva, pasmado en su rincón.

Es una gran composición horizontal pareja a la Muerte de Santa Clara, y resuelta de igual modo por una línea vertical separando realidad a la izquierda y mística a la derecha.

La escuela mística franciscana derivó demasiado a lo paranormal y milagrero. Creo que fue en Arenas de San Pedro donde san Pedro de Alcántara levitó, y a cierta altura sobre el suelo recorrió no sé qué distancia a velocidad pasmosa. Aquí todo es más estático. Si fray Francisco todavía adopta una postura algo rara, como que el rapto le pilló de rodillas, aquí san Diego de Alcalá, con una elevación impecable, inmóvil a dos palmos del suelo, nos sorprende y sorprende también a los visitantes. Los versos explicativos se han borrado sin remedio. No se pierde mucho. Por lo que queda, eran malos.

A todo esto, no he dicho nada de la veta profana de la muestra, los cuadros de género, en especial los famosos pilluelos. Parece que algún crítica los relaciona con la beneficencia franciscana, o al menos con su espíritu. No lo creo. Estos chicos saben comer por su cuenta, incluso ese mal llamado 'mendigo' que se despioja en soleado rincón, interrumpiendo el festín de manzana con marisco. Murillo viene a decirnos que en Sevilla era más caro vestirse que comer. Esos chicos de los andrajos inverosímiles parecen todos bien nutridos, y salvo quizá la tiña de nuestro piojoso, no hacen mayor gala de los estigmas del hambre.

miércoles, 13 de enero de 2010

Poesía de carne y hueso:


Los Reyes de Oriente en su último viaje

 Muchos santos se adoran por la peana, y muchas reliquias se hacen recomendables por un buen relicario. Los Reyes Magos en Colonia tienen como ataúd la pieza de orfebrería medieval más grande de Europa. Obra maestra del taller de Nicolás de Verdún (1181-1230), es un arca a modo de basílica en dos pisos, 2,20 m de largo por 1,10 de ancho y 1,50 de altura, plata dorada a fuego y oro puro, esmaltes, filigrana, 1.000 cabujones y perlas, , 74 figuras repujadas en alto relieve, 300 gemas antiguas y camafeos. Uno de éstos, enorme camafeo negro, hizo pensar que uno de los Reyes era negro. (Robada la joya en 1574, por suerte vino a parar a un museo de Viena).
Tanto lujo traslucía una intencionalidad política. En una época cuando los juramentos más solemnes se hacían sobre reliquias, los Tres Reyes serían testigos de excepción en la consagración de emperadores por los arzobispos de colonia, al margen de seguir o no el viejo rito de la consagración romana, según soplaran los vientos. ¿No prescindían del papa los emperadores bizantinos? Pues otro tanto podían hacer los germánicos, más próximos entonces a Bizancio que a Roma, políticamente hablando.
El nuevo rito se estrenó con Otón IV (1198), que tuvo su primera dieta en Colonia, el 6 de enero de 1200, regalando a los Reyes Magos para su arca tres coronas de oro, que luego figuraron en el escudo de la ciudad, junto con los armiños imperiales. Por ello, y para dejar fuera de juego a los arzobispados rivales de Maguncia y Tréveris, el de Colonia emprende la construcción de la catedral gótica más grandiosa (1248).
Sólo el piso inferior del arca está reservado a los Reyes, ocupado el superior por reliquias de otros tres santos mártires. ¡Pero cómo! ¿mártires los Magos? Si habían de ser testigos de la legitimidad imperial, mejor martirizarles. La leyenda al efecto no se hizo esperar, confirmada luego por el falso Cronicón de Dextro, inventado en Alemania por el falsario jesuita español Jerónimo Román de la Higuera.

El arca ha sido muy retocada y manipulada. Por ejemplo, en 1639 Egidio Gelenio escribía:

«Los Tres Reyes son visibles a través de una rejilla finísima gracias a un alumbrado perpetuo. El cuerpo de en medio conserva en el casco algo de cabello, a lo que parece de color castaño... A los pies, una inscripción explica el contenido de la tumba»

La inscripción, en tres versos hexámetros leoninos (bastante pedestres, por cierto), decía así hasta su retirada en el siglo XIX:

Corpora Sanctorum loculus tenet iste Magorum,
Indeque sublatum nihil est alibive locatum,
Sunt iuncti Felix, Nabor, Gregorius istis.

(Este lucillo contiene los cuerpos de los Santos Magos,
de donde nada se ha sacado, o en otra parte colocado.
Júntanse a ellos Félix, Nabor y Gregorio [de Espoleto]).

Estos y otros detalles de descripciones antiguas ya no son válidos. La pretensión de tener unas momias en perfecto estado se repetía sin fundamento, unos de oídas, pero otros como testigos de vista. Así el abad Isingrim de Ottobeuern, que visitó Colonia en 1168:

«Los cuerpos siguen enteros, como yo mismo los vi visitando Colonia, como conservados en bálsamo. Según cuentan las historias, la reina Elena los llevó a Bizancio desde Oriente, encerrándolos en tres tumbas perfundidas con plomo para hacerlas inamovibles.
El obispo de Milán [san Eustorgio], con ocasión de presentar sus cumplidos a la reina, en pago de sus servicios le pidió reiteradamente aquellos cuerpos, a lo que ella accedió, como pensando no ser posible moverlos, por causa del plomo. Pero aquel varón ingenioso, valiéndose de cierta arte, los hizo levantar entre unos pocos hombres y ponerlas en una rad o almadía para llevarlos así a Milán.»

Nuestro ya conocido abad de Mont-Saint-Michel cuenta lo mismo a su manera:

«Los cuerpos, por estar preparados en bálsamo y otros pigmentos (sic), en cuanto a la piel y cabellos se mantenían íntegros por fuera. El primero, según me refirió uno que aseguraba haberlos visto, a juzgar por el rostro y cabello reprsentaba unos 15 años, el segundo 30, el tercero 40 [sic]. San Eustorgio los había llevado a Milán desde Constantinopla, como regalo de cierto emperador [sic], junto con la losa donde estaban colocados. El transporte se hizo en un vehículo pequeño tirado por dos vacas, por la vitud y voluntad divina.»

En fin, el cronista de los godos Jordanes de esta versión:

«Los cuerpos de los tres Magos fueron traslados primero por el emperador (sic) desde Persia a Constantinopla, y de allí transportados milagrosamente por san Eustorgio a Milán.
Una vez que Constantino le hubo concedido el arca, el mismo san Eustorgio la botó en la mar, y embarcado en ella, el arca pilotada por Dios navegó hasta Italia.
Ya en tierra aquella arca de peso incalculable, la colocó en una carreta comprada al efecto, ante la general admiración, pues no sólo aguantó, sino que una yunta de vacas la arrastró sin dificultad hasta cerca de Milán.
Aquella noche, mientras Eustorgió fatigado dormía, un lobo acabó con una de las dos vacas. El santo le echó mano y le obligó a reemplazar a la vaca.»

Un caso más de periplo en barca de piedra sin vela ni timón. Por otra parte, el incidente del lobo sirvió para explicar por qué una aldea próxima a Milán se llamaba Vacca.

Cada cual adornaba la historia a su manera. Guillermo de Neuburgo, por ejemplo, recoge (ut dicitur, según dicen) esta circunstancia impresionante: 

«En el momento de su hallazgo, según dicen, los cuerpos aparecieron literalmente empaquetados por un círculo de oro a modo de sujetador que los rodeaba.»

Estas fantasías resistieron a diferentes aperturas e inspecciones del relicario, quedando aventadas definitivamente sólo en el siglo XIX. Aunque los últimos retoques se acaban en 1973, la teca interior de madera se abrió por última vez de manera oficial en 1864, con interesantes resultados.
Respecto a los Reyes, este fue el diagnóstico de sus cráneos:

1. Varón pequeño de 25-30 años.
2. Varón muchacho de 10-12 años.
3. Varón de unos 50 años. 

A esto se añadió la sorpresa de algunos restos de osamenta infantil, interpretada como reliquias de los Santos Inocentes.

Mayor es la incertidumbre respecto al punto principal. El viaje de los Reyes de Oriente a Occidente nos lleva hasta Constantinopla. Cómo llegaron allí, es un misterio. Se hace mención vaga de su hallazgo y donación por santa Elena, incluso por su hijo el emperador Constantino. Pero todo esto es imposible, porque el viaje de Eustorgio a Milán (de creer a la leyenda tardía) habría tenido que ser el año 344/345, cuando Constantino había muerto (337), y no digamos santa Elena (328/330).

 Por otra parte, ¿desde cuándo y cómo se hicieron éstos con las reliquias de los Magos? La versión más aceptable habla de un cambalache con el rey de Persia Sapor II (309-379), cediéndole las reliquias del apóstol santo Tomás, con destino a los cristianos de aquel país. Es posible, ya que entre romanos y persas formalmente hubo paz casi hasta la muerte de Constantino.

Aquí me despido de los pobres Reyes Magos. Cuando el verbo de la poesía se hace carne y hueso pasan estas cosas. Aquella haggada evangélica de los Magos de Oriente (según Mateo), que hacía bello contrapunto con la de los Pastores de Belén (preferida por Lucas), se leyó como historia al pie de la letra, y no hubo más remedio que dar cuerpo a los héroes. Se les ponen caras, biografías, leyendas... Al final se vuelven polvo, triturados por la crítica, aventados por la ciencia, o convertidos en 'novela histórica'.