lunes, 4 de enero de 2010

«Esto no es... »


Ante todo, feliz año a todo el mundo, a los que vienen por aquí y a los que asoman por accidente, vayamos en la misma dirección, o no. Aunque la eficacia de los buenos deseos, como la de las plegarias, esté por demostrar, no me avergüenza desear bien a mi prójimo como a mí mismo.


1. El blog que no quería serlo. Este blog tiene ya casi todos los incisivos de leche, y pronto empezará con los caninos. Un blog que hace diez meses, a poco de nacer, se autodeclaraba: «esto no es un blog». Aún no había descubierto yo el protocolo más elemental de colgar imágenes, y por eso no pude ilustrar la boutade con la de referencia: la 'no pipa' de Magritte.

Siempre me ha pesado un poco la frase y su relación con el cuadro. La frase en sí debió de sonar a petulancia:

Miren ustedes, voy a emprender un blog tan original, tan distinto de todos esos millones que infestan la Red, que ni siquiera parezca blog. Algo para lo que aún no se ha inventado nombre.

¿Y para expresar esa majadería era necesario recurrir al enunciado negativo? Eso que enfáticamente llaman discurso apofático –«esto no es »– es lo menos convincente como método explicativo. Y para colmo, de la mano de Magritte. Porque lo que más me pesa es no haber colgado porque no supe, en el frontis de mi chiringuito, un mal cuadro, una pintura banal, que lejos de explicar de qué voy, me obliga a entrar en aclaraciones igualmente apofáticas, a saber: por qué no debí explicar lo que algo no es, asimilándolo a otro algo que tampoco es lo que se niega que sea, sin que con ello gane nada la cosa en sí, y desde luego, nada en absoluto la supuesta obra de arte que tampoco es arte, acicalada de filosofía barata... ¿Entiendes, Fabio, lo que voy diciendo? Porque yo, con tanta apófasis, he perdido el hilo.
 2. Magritte y sus 'pipas no.pipas'. La llamada 'paradoja de Magritte' es simple, en el sentido de boba, como también desde el punto de vista lógico. Y encima, el propio pintor-filosofastro la reventó con una demostración chapucera. «Intente cargar esto de tabaco, y se convencerá de que no es una pipa.» ¡Hombre de Dios! De joven yo fui gran fumador, incluso me dio por la pipa. Del mismo tipo que la de Magritte, casualidad, porque entonces yo no tenía noticia del ingenioso cuadro. Pues bien, más de una vez me fue imposible meter en mi pipa real ni una brizna de tabaco, simplemente porque mi petaca estaba vacía. ¡Qué! ¿Sólo era pipa verdadera a tiempo parcial, cuando había de qué cargarla? Al revés, diría yo: nunca me pareció más pipa que en aquellos momentos angustiosos de la abstinencia forzosa.

La otra pipa –la no-pipa magriteña–, me pareció de utilidad como toque de atención (nada de paradoja) y como recurso pedagógico elemental, explicando a mis alumnos una materia muy centrada en la interpretación de imágenes y reconstrucción tridimensional de proyecciones planas. Sólo a nivel muy elemental, insisto, y en la primera lección del curso. Por lo demás, «la traición de las imágenes» (como bautizó el artista esos cuadros provocativos) es más sutil y compleja que todo eso.

Bueno, tampoco quisiera que se me note demasiado que el arte magritano no me va ni con 42 de fiebre. «Mi pintura consiste en imágenes visibles que nada esconden, evocan misterio y, en efecto, cuando uno ve un cuadro mío se plantea esta simple pregunta: '¿Qué significa esto?' Pues bien, no significa nada, porque tampoco el misterio significa nada, es incognoscible» (René Magritte). El surrealismo y el dadaísmo suenan demasiado a hueco; pero pocas veces tanto como aquí.

A quien sí gustaban mucho los magrittes era a Magritte. Lo demuestran las versiones sucesivas del dichoso artilugio nicotínico, desde 1928 (¡con lustros y décadas de diferencia!) sin adelantar ni un paso; o bien, como por cambiar algo para que nada cambie, su 'no-manzana' (1964).



No digo más, ni lo dicho toca para nada la calidad pictórica del artista belga. Ahí sí que puedo garantizar que no entiendo de arte, y por tanto no soy quién para decidir si esos cuadros suyos son tan buenos como el barquito de vela de la salita de los Simpson, o incluso mejores. Me quedo en la estética propiamente dicha (de aísthesis, sensación, impresión sentida). Lo demás me parece parla. Por eso me admira que la decantada 'paradoja'–Ceci n'est pas une pipe–haya dado al filósofo Michel Foucault para un ensayo exegético de igual título (1973). ¡Todo un ensayo, casi un libro! Que ya es marear la perdiz. (¿Qué perdiz?)

No soy magritófobo por sistema. En ese mismo sentido estético, puedo ver interesante, al par que agradable y divertido, Le Blanc-Seing (1965), la amazona paseando por el bosque, estudio relacionado con la fisiología de la percepción del movimiento. Una pintura horrorosa, por lo demás, como puede apreciarse por la adjunta imagen digital 'que no es' Le Blanc-Seing.


 
3. Apófasis y mística. Magritte tuvo su entrada de cumplido en 'GEB', aquel libro deslumbrador de Douglas R. Hofstadter, quien por supuesto vio muchísimo más juego en otro artista gráfico, Maurits C. Escher, como indica el título completo de la obra: Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid (1979).

¡Ah, la paradoja de las manos dibujándose mutuamente! Y lo mismo otras paradojas, figuras y espacios imposibles, transformaciones y teselas de Escher... Aunque tengo que confesar que todo este bagaje no me ayudó gran cosa para mejorar mi percepción de la Cantata Coral 147 de Bach (Jesus bleibet meine Freude) en sus versiones ortodoxas, ni siquiera en omodaka. Si algo entendí, o al menos si algo saqué de libro tan admirada por los años 80, fue confirmarme en mi preferencia intuitiva por la catafasis frente a la apofasis, en la medida en que le positif prime, al menos para las cosas de este mundo.

 




Bien está el método apofático o 'vía negativa' para hablar de lo inefable. Desde el Falso Dionisio Areopagita (hacia 600), esa forma de describir la divinidad por lo que no es ha tenido más prestigio que éxito a la hora de alumbrarnos la mente. Al parecer, el propio Ser divino no es entusiasta del método, y cuando decide presentarse prefiere la vía positiva: «Soy quien soy »; o «en el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios, el Verbo era Dios ». De todas formas, el resultado es el mismo: misterio.

4. Nacionalismo apofático. Ahora bien, si buscamos un ejemplo de método apofático aplicado con un tesón areopagítico a algo que no sea divino, ahí están las elucubraciones del nacionalismo vasco sobre sí mismo. Mística teología. La esencia vasca, a través de sus atributos identitarios, todo ello por vía de negación. Eso sí, no con la elevación sublime del Seudo Dionisio, sino en esquemas más bien chabacanos, a lo Magritte –«Esto no es España »–, para engolfarse en todo aquello que no somos.

Lo que no somos:

               a) Porque nos es ajeno. Ejemplo; los 'otros'.

               b) Porque nos obligaron a dejar de serlo. Aquí entra Franco, la invasión maqueta y el rey Wamba.

               c) Porque no nos dejan serlo. Madrid, Madrid, Madrid.

Lo que no somos, pero deberíamos ser (normalización). El día que podamos decidir lo que queremos ser habremos dado un primer paso de la apófasis a la catáfasis. Claro que el misterio inefable seguirá siendo el mismo, pero al menos será un misterio catafático.

Una excepción aparente es el idioma. ¿Acaso el vascuence no es un atributo de vasquidad? ¿Y no es una realidad positiva, hein?
Pues... me temo que no.La implantación del vascuence unificado es, sin duda alguna, una hazaña digna de mejor causa, que pasma a propios y extraños, tanto por el costo y el resultado a nivel escolar, como por su inutilidad práctica. Paradójicamente, ese logro pone en evidencia lo que tiene de falso una seudo identidad impuesta, clavada con alfileres, a golpe de 'normalización' lingüistica.

La razón, según algunos, sería que la llamada 'lengua propia' de Euskal Herria es una neolengua artificial, mal aprendida por una generación de maestrillos y peor embuchada a la fuerza a una generación de escolares. Una lengua 'propia' incomprensible para muchos euskaldunes castizos. Una lengua sin solera literaria. ¿A qué seguir? Más sencillo: la realidad, rompeolas del voluntarismo.

Así podríamos ir discurriendo por todo lo demás: de la lengua seudo-propia a la seudo historia, seudo tradición, seudo cultura... Se construye, se normaliza, paradójicamente, destruyendo los vestigios de vasquidad real, el habla autóctona, la toponimia auténtica y, por principio, todo lo que suene a erdera. Ejemplo palmario tenemos en el País Vasco-francés, donde invertimos o gastamos dinero para que desaparezca la casi única lengua literaria clásica de cierta entidad.

Qué se le va a hacer. ¡Feliz y apocatafático 2010!


martes, 22 de diciembre de 2009

Ovejas, pastores, palomas y cismas



El escrito de un sector mayoritario del clero guipuzcoano (15/12/2009), en protesta contra la designación del nuevo obispo diocesano, ha levantado voces disonantes. ¿Por qué?

La verdad, si a esos señores curas no les gusta monseñor Munilla, ni cómo se le ha nombrado ni por qué, están en todo su derecho de decirlo con franqueza. Que sean muchos o pocos, da igual; como si es uno solo. Habrá unas formas y unos límites, se supone; pero si la tan celebrada 'libertad cristiana' no suena a hueco, tiene que haber cauce de salida a lo que se siente y se piensa. ¿Mejor callar? ¿Elegir otros cauces más discretos? Esa es otra cuestión. Aquí hablábamos de un derecho.

Con eso no digo que el responsorio de los prestes y arciprestes va a misa. Creo que confunden reglas de juego y resultado de partida. Como creo sobre todo que se quedan cortos, muy cortos de miras, al encerrarse en su concha provinciana, en vez de abrir su crítica a todo el sistema de nombramientos vigente en la Iglesia.


Tampoco han estado finos los políticos nacionalistas metidos a teólogos pastorales. Josu Erkoreka, por poner un ejemplo: «No es lo mismo pastorear un rebaño de oveja lacha, que uno de oveja carranzana o burgalesa». Tan buena verdad como mala metáfora; porque el tribuno peneuvista se queda corto igualmente, si se figura alguna raza especial y homogénea de fieles católicos guipuzcoanos. Aunque se trate de la provincia más diminuta de España, y eclesialmente una insignificancia –pusillus grex, al pie de la letra–, los guipuzes se merecen el honor de ser tenidos por seres humanos, personas, individuos irrepetibles. A partir de ahí, el sofisma erkorekano, o es un insulto a Guipúzcoa, o bien lleva a la conclusión de que allí, como en cualquier diócesis, tendría que haber tantos obispos como curas y feligreses, es decir, que cada cual se gobierne a su aire.

De todas formas, el oportunismo de los nacionalistas en esos lances –donde cerebros como Egibar o Arzalluz suelen dar para reír– no tiene importancia. No pasará mucho tiempo sin que la regla meteorológica se cumpla: 'tras la tempestad, la calma'.

A mí, a diferencia de los políticos, eso de las protestas clericales, en lo que tiene de actual, no me incumbe. Pero, como curioso del pasado, me da materia de reflexión sobre esa constante eclesiástica que ha sido protestar nombramientos de cargos, desde los primeros tiempos hasta hoy, siglo tras siglo, y bajo las normativas más dispares. Democracia eclesial, cabildeo, presentación regia, nombramiento directo por el papa... Ha habido de todo, y nunca faltaron quejas, incluso violentas y cismáticas.
La situación actual de la iglesia y clero guipuzcoano y vasco –su Sitz im Leben tuvo un primer precedente histórico hace muchos siglos. Pienso en el movimiento donatista para la construcción nacional de una iglesia africana autónoma. En realidad el problema venía de antes, de los tiempos de aquel obispo conflictivo que fue san Cipriano o Cebrián.


Nacido tal vez hacia el año 200, este púnico o quizá bereber perteneció a la casta de oradores y abogados de posición social desahogada que, convertidos a un cristianismo pujante, surtían la cantera de cuadros, principalmente episcopales. Tascio, bautizado como Cipriano hacia 247, ingresa en la clericatura, y meritando con algunos panfletos religiosos (incluida la invectiva antijudía de rigor), en veloz carrera de uno o dos años era proclamado obispo de Cartago, la sede primada de la provincia de África (248/249).

Aquellas elecciones episcopales eran a menudo clamorosas, tapando toda voz discrepante. Quizá por eso algunas se orlaron de leyenda, quedando al albur de cualquier omen, a la usanza romana; un relámpago seguido de trueno, un rayo de sol sobre un objeto, sobre una cabeza... Otro día será la voz de un niño de pecho que corta el debate, «¡Ambrosio obispo!»; y he aquí a otro retórico con alguna experiencia como gobernador civil, san Ambrosio, obispo de Milán en 374.

Volviendo a los días de Cipriano, pero en Roma, un buen día de enero de 236 cierto individuo regresaba del campo a la Urbe, al tiempo en que la asamblea cristiana debatía la elección de nuevo papa. Cuestión peliaguda siempre, en aquellos tiempos difíciles podía ocurrir que nadie quería serlo.


Esta vez la solución fue literalmente augural, en el mejor estilo etrusco. Una paloma se posó sobre la cabeza del desconocido, el tío Fabián, que automáticamente quedó designado papa. Una de las intervenciones más plásticas del Espíritu Santo, desde lo de Pentecostés. Y de paso tomemos nota, para no confundir a san Fabián con san Gregorio, papas los dos colombófilos: el primero con la paloma sobre la tiara (anacrónica, por supuesto); el segundo con la misma paloma sobre el hombro, soplándole a la oreja lo que debe escribir.

El prodigio del tío Fab..., perdón, de san Fabián, anécdota aparte, trajo cola. El elegido, que demostró dotes de gobierno, organizó las grandes parroquias de Roma, cuyos titulares andando el tiempo terminarían conociéndose como los cardenales. Desde la Edad Media, esos colegas purpurados, versión cruda de aquella palomita del buen Fabián, tendrán la exclusiva de elegir papa.

De la elección de san Cipriano no conozco noticia de prodigio. Lo cierto es que tuvo descontentos desde el principio. La discrepancia era ya un lujo obligado, que las Iglesia se concedían en tiempos de bonanza. Por desgracia, el ciclo de las persecuciones no se había cerrado del todo, y ya en 250, bajo el breve emperador Decio, se declaró una no de las más mortíferas, pero sí de las más nocivas por sus consecuencias a medio y largo plazo.

Objetivo principal eran los obispos, para obligarles a dar ejemplo de paganismo externo, ofreciendo sacrificios a la salud imperial. Uno de los primeros buscados fue el de Cartago, pero cuando los esbirros llegan, Cipriano ha desaparecido. Y no fue el único.

Para entonces, cada vez era más frecuente entre cristianos el disimulo o la compra de un libelo o certificado, a cambio de un comedieta de adoración. No hay que decir que, en este caso, la fuga del pastor disparó la cifra de defecciones, llegando la queja hasta Roma. Cipriano se disculpó con que había tenido una visión o sueño. Por lo demás, desde su escondite siguió gobernando su diócesis por correspondencia.

La facción clerical hostil al obispo se cargó de razón, con aquel desastre de los lapsos y 'libeláticos'. Y encima los más de ellos, pasado el peligro, volvían a la iglesia. ¿Qué hacer? Máxime cuando mucho caradura traía el aval de algún héroe de la causa, afirmando que en su martirio había pedido perdón para el apóstata. Aquellas cédulas de mártires –que dicho sea, muchas veces no habían muerto, ni siquiera sufrido realmente– llegaron a ser gran negocio, con la escampada.

El clero vuelve a dividirse: que si vista gorda, que si reeducación penitencial, o excomunión hasta el artículo mortis. El líder del rigorismo fue un presbítero llamado Novato, cabecilla de los descontentos por la elección de Cipriano.

Por lo mismo, grande fue su indignación cuando a Cartago empiezan a llegar del desaparecido obispo edictos contra los cobardes apóstatas, prohibiendo readmitirles, y desde luego quitando valor al tapujo de que los mártires habían expiado por ellos. «¡Qué cinismo, el desertor de la diócesis dándonos lecciones de pastoral a los buenos clérigos que no abandonamos el puesto!», clamó el cura Novato.

El resultado fue un cisma, mejor dicho, dos. En Cartago los enemigos de Cipriano se otorgaron su propio antiobispo, un tal Fortunato. Cipriano no tuvo más remedio que salir del armario y plantar cara, so pena de verse desplazado. Por desgracia, su retorno empeoró el embrollo.

Porque a todo esto, Novato había viajado a Roma en busca de alianzas. Allí también reinaba la discordia, por los comportamientos bajo la persecución. Llegado el caso de elegir papa sucesor de Fabián, no hay candidatura firme, y a falta de palomita, sale a escena Novaciano, otro de aquellos conversos que hacían carrera eclesiástica, incluso sin dejar la profesión seglar y pagana.

A todo esto, el tirano muere y la persecución cesa. Es la primavera de 251. Ya no hay problema para encontrar candidatos a la silla de San Pedro. La aristocracia romana, gente práctica que opta por la línea blanda, presenta a uno de los suyos, Cornelio. Novato, desde su línea dura, se entiende con Novaciano. Los enemigos de éste entre el clero le sacan los trapos sucios: no es cristiano de verdad, pues profesa la filosofía estoica; ante el peligro, negó su condición de cura; y en otro orden de cosas, estando borracho hizo abortar a su mujer de una coz en la barriga. Los eclesiásticos no se perdían en minucias.

Total, que san Cornelio fue papa, y Novaciano-Novato antipapa. Y los junto con guión no por capricho. Tan unidos anduvieron ambos semitocayos, el romano y el cartaginés, que la gente les confundía, y hasta gravísimos historiadores les tomaron por la misma persona.


Y aquí viene la paradoja. Los pastores supremos de Roma y Cartago aprovechan la paz para marcar diferencias, con el raro espectáculo de un Cipriano más afín a Novaciano que al papa legítimo Cornelio. Pero es sobre todo bajo el papa Esteban cuando se llega al punto de ruptura. El mismo problema tenía ahora otro enunciado: «¿Es válido el bautismo administrado por un apóstata o hereje?» San Esteban, que sí; san Cipriano, que no. Peor aún, frente a las pretensiones del papa de Roma, como primado de toda la Iglesia, Cipriano se autoproclama su parigual, papas los dos, cada uno en su territorio. En la Iglesia de África, el que venía ya bautizado bajo sospecha tenía que rebautizarse. En la Iglesia Romana, no. Resultado: los dos santos obispos se excomulgan. Y menos mal, el emperador Valeriano no quiere pasar a la Historia sin su persecución de cristianos, y eso cortó la trifulca.

Esta vez san Cipriano está a la altura. Él mismo se venda los ojos, y tras dar buena propina al verdugo para que afile bien el hierro se deja cortar la cabeza. Su choque con Cornelio quedaba zanjado, y ambos santos entraron juntos en el canon de la misa –el obispo Cipriano como un papa más–. En cuanto a Esteban, fallecido poco antes de la persecución valeriana, no se sabe cómo ni por qué le hicieron santo.


San Cipriano dejó tras de sí una Iglesia que se sentía 'diferente'; sobre todo el clero. Con la paz de Constantino, ya en el siglo IV, esa identidad se expresará como cisma, con amalgama política y brazo armado terrorista. Pero esto se hace largo, y mejor dejarlo para otro día. Cuando venga monseñor Munilla, podría ser buena ocasión.




jueves, 17 de diciembre de 2009

Calentamiento, sí. ¿Apocalipsis, no?





La Real Sociedad a la que me honro de pertenecer –y que por cierto es bastante más antigua que la invención del balompié (dicho sea para evitar el equívoco)– celebra todos los años un acto cultural por estas fechas del Adviento.

Llegado a este punto de mi meditación, me puede la chaladura por las palabras, y recuerdo mis tiempos de monago. Adviento. Cuatro domingos antes de la Navidad, los escurrevinajeras ayudábamos al sacristán a preparar los ornamentos de color morado, propio del tiempo. Tiempo penitencial –un poco en plan 'penitenciágite'–, preparatorio del adviento o primera venida del Señor.

El mismo latín adventus, de donde vino 'adviento', dio origen también al vascuence abendu, que terminó siendo el nombre de este mes. Diciembre, heredado del calendario romano primitivo, cerraba el año consular abierto el primero de enero (mes de Jano), igual que nuestro calendario civil. Pero la influencia litúrgica se solapó, de modo que el año nuevo se computaba también según otros 'estilos'. Y es que en realidad una rueda o ciclo, como es el año, puede empezar por cualquier punto.

Una idea lógica que se impuso fue empezarlo en la fiesta del 'adviento' de Cristo. ¿Pero cuándo vino el Hijo de Dios a este mundo? A efectos prácticos, el día de su nacimiento (natividad > navidad). Pero en rigor teológico, para entonces ya había venido, en el evento de su concepción o 'encarnación'. De ahí que, al fijarse la Navidad el 25 de diciembre a las cero horas, la Encarnación caía automáticamente nueve meses justos antes. De ahí también dos 'estilos' cristianos de Año Nuevo: el estilo Encarnación, o bien el estilo Navidad, más popular.

Estas innovaciones no lo eran tanto, pues todo iba en la línea de cristianar fiestas paganas, concretamente el solsticio de invierno –el Sol invicto, la gran devoción de Constantino–, retrasado en varios días por error del calendario.

En cuanto a la Encarnación, no hay que buscarle vueltas: el 25 de marzo era una efeméride mecánica, y nada tiene que ver que el calendario romano primitivo empezara efectivamente con marzo. Con todo, la Encarnación cristiana se aproximaba a la Pascua judeocristiana (fiesta movible, entre 22 marzo / 25 abril). Así, sin proponérselo, el 'estilo Encarnación' se acercaba más al mandamiento bíblico: «Ese mes [el de la Pascua] será el primero del año» (Éxodo 12: 2 y 6). Un mandamiento muy desoído por el calendario cristiano, tanto civil como litúrgico. Y qué mucho, si hasta el propio legislador hebreo, en el mismo libro sagrado, sólo 22 capítulos más adelante ya había mudado de parecer: el Año Nuevo coincidirá con la fiesta de la Cosecha (Éxodo 34: 22). El mismo Dios de un pueblo pastoril y pascual, sin inmutarse, se acomodaba a nueva clientela más evolucionada y agraria, donde el año finaba con el cierre oficial del ejercicio agrícola.

Total, y volviendo a nuestro Adviento: aunque diciembre como mes siguió teniendo 31 días, el fin de Año 'estilo Navidad' coincidía con la Nochebuena.

Noche-buena, Gau on > Gabon en vascuence, cierre del Abendu, que por ese trueque vino a ser diciembre. Por eso, gabon ha sido siempre a la vez nochebuena y nochevieja. Sólo en tiempos de mi señor padre, para la segunda noche de cuchipanda se acuñó en Vizcaya el neologismo híbrido Gabon zar (hoy Gabon zahar), literalmente 'Nochebuena vieja'. Que, si bien se mira, es dejar la cosa igual que estaba. Y es que este país siempre ha sido de cristianos viejos, por más que hoy se haga oír mucho renegado.

A todo esto, el acto cultural de mi Real Sociedad ha comenzado, y con todo recogimiento escuchamos a un joven profesor de Geología, que ofrece su docto parecer sobre esta doble pregunta: «¿UN FUTURO HIPERCALIENTE? ¿Y QUÉ?» No es usual esa forma de plantear temas, desafiante y provocativa: ¿Y qué? («¡Anda! Quid ergo? Como una sección de mi blog. Donde voy metiendo las cuestiones intrascendentes.»)

El joven profesor nos ha sido presentado como estratígrafo. Su especialidad es leer ese libro colosal, escrito por la Naturaleza en tiempos geológicos, cuyas hojas y páginas son los estratos sedimentarios, registro perenne de la Historia de la Tierra. Supermamotreto encriptado en un lenguaje cuya cifra y piedra de Roseta es, como de costumbre, el sentido común. Para el caso, el principio de Lyell (1830), que dice: «La clave del pasado está en el presente». ¿Lyell? Sin quitarle mérito, otro sabio mucho antes había dicho lo mismo: «Nada nuevo bajo el sol» (Eclesiastés 1: 9). Lo que a su vez permite prolongar la historia como profecía, y leer el futuro con alguna probabilidad de acierto.

Pero ¡ay!, las hojas de esa Biblia histórico-profética nos remiten a un ritmo geológico cuya unidad de tiempo es el mega-año (Ma), el millón de años, con sólo la primera subunidad decimal apreciable, es decir, los 100.000 años o 1.000 siglos. De ahí para abajo, la Geología estratigráfica padece presbicia, no distingue la letra pequeña –como es la existencia humana– y nuestras minucias se le escapan.

Sólo que esas 'minucias nuestras' incluyen nada menos que la banda vital, y dentro de ella, el estrecho margen de parámetros que delimitan la posibilidad de vida humana. Pues bien, la incertidumbre de muchas predicciones geológicas engloba con holgura ese margen, dejándonos en la duda hamletiana sobre lo que más nos importa: ser, o no ser.

Aun en el caso, nada probable, de una reducción drástica del impacto de efecto climático, lo hecho, hecho está y su efecto va a durar un par de siglos, por lo menos. Inexorablemente. Hagamos lo que hagamos a partir de hoy.

Aquí es donde hace sentido el «¿Y qué?», en el título de la charla. Con un sobrecalentamiento global que afectará a las próximas 6-10 generaciones, para las actuales ese ¿y qué? podría significar tal vez un sentimiento vago de culpa, con un no menos vago propósito de enmienda. Para la clase política –la que realmente decide–, el y qué sólo significa a mí qué. El sistema democrático que nos hemos otorgado no funciona para esas eternidades, más allá de los 3-4 próximos comicios.

Dos imágenes cerraban la intervención del conferenciante, a cuál más alentadora: un esquimal perdido en la nieve y un beduino perdido en la arena. Dos desertícolas extremófilos. Gráfica idea de la resistencia humana para hacer sostenible lo inaguantable. Bienaventurados los héroes supervivientes, porque nadie les envidiará su calidad de vida.

–¿No habrá entonces Apocalipsis? Con lo entretenida que es...

–¡Y quién dice que no ha de haberla! Los plazos geológicos son tan largos, que sobra tiempo para cualquiera sorpresa política con rotura de la baraja. No serán exactamente las pesadillas del visionario de Patmos, recreadas en los tebeos de los Beatos. No será la Fiera Corrupia de los Tres Seises. Como tampoco necesariamente la Cabalgata de las Valquirias vomitando napalm. Pero en fin, algo se nos irá ocurriendo.



 De todas formas, y si algún meteorito no se hace el encontradizo y le borra la cara al planeta, o si algún otro accidente piadoso no interfiere de sopetón, el declive de nuestra especie una vez declarado seguirá su curso, hasta la agonía de los últimos de la saga. Los que, cuando se vayan, no tendrán ni luz que apagar. Tal vez su última mirada sea a las galaxias, donde seguramente hay y habrá siempre planetas vivos. ¿Y qué?