lunes, 7 de diciembre de 2009

Soliloquio, sobre pequeños mundos sostenibles



Fue en 1966/7. Con bastante desorientación tanteaba yo entonces algún tema de tesis doctoral, que bien a mi pesar parecía decantarse por la serología y análisis de grupos sanguíneos en población vasca. Las dificultades eran muchas y grandes. Sin embargo, entre ellas no figuró el franquismo. Aquella "represión a muerte de todo lo vasco" suena más truculenta hoy que entonces. Y eso que un estudio como aquél podía contemplarse sin demasiada violencia como contribución útil para los constructores del identitario material de la raza.

Muy pronto se supo en nuestras áreas de muestreo de qué iba el estudio, siempre en busca de personas no emparentadas y con ocho apellidos vascos, y ni una sola vez la guardia civil me llamó a capítulo. Hoy es el día en que no puedo presumir de heroísmo por la causa vasca, al menos por aquello, qué pena.

Las dificultades reales –en especial el ir por libre, sin ayuda económica y viviendo de un salario– habrían condenado el empeño, de no haber contado con una facilidad excepcional. El laboratorio del Instituto de Maternología y Puericultura –para la gente, 'La Maternidad', su nombre fundacional hasta 1954–, de la Diputación (entonces no foral) de Vizcaya, fue el más idóneo y a la vez hospitalario lugar donde realizar las pruebas serológicas.

A muchas personas debo gratitud, tanto en el trabajo de campo como de laboratorio. En este último es imborrable el recuerdo de una monja joven –en aquellos tiempos era normal la presencia de religiosas en tales menesteres–que me ayudó con su mucho saber y experiencia. Una laborante nada rutinaria, como demuestra este caso.

No mucho antes, el laboratorio se había dotado con un buen microscopio Leitz, con equipo de contraste de fases. Yo tenía alguna experiencia con esta novedad, de modo que me encargué de montarla y ponerla a punto. Era una técnica pionera para observar objetos transparentes sin fijarlos ni teñirlos, como es el caso de células y microorganismos vivos.

Un buen día sor Antonia me saludó con que tenía una sorpresa para mí. Era un tubo de ensayo con unos grumos verdosos en agua, un alga verde sin nada de particular. Lo interesante eran unos animálculos que ella había había visto al microscopio entre las células del alga. Agarro una pipeta para montar una gota de aquella suspensión. Pero no hizo falta. La preparación ya me estaba esperando bajo el objetivo del microscopio. Así era sor Antonia.

Aquella curiosidad suya me parecía admirable. Un laborante vulgar habría tirado sin más por el vertedero la disolución de fosfato contaminada con algas, inservible como reactivo. Ella no. Por dos razones. La primera, porque las contaminaciones en su laboratorio eran muy raras, y aquélla en particular era inédita. Y lo segundo, porque sí, porque antes de desechar un producto averiado, qué menos que dedicarle una última ojeada… Bromeando le recordé que así se había descubierto la penicilina. No fue por ahí aquel hallazgo, pero tampoco resultó inútil.

Por de pronto, me sirvió para contemplar por primera vez un rotífero vivo. Identificarlo como tal fue inmediato, con su típica 'rueda' de cirros en torno a la boca. Por otra parte, sus movimientos de flexión y desplazamiento a modo de sanguijuela lo situaban en el grupo de los bdeloideos (bdélla es la sanguijuela, en griego), por más que los pequeños rotíferos son un tronco animal que nada tiene que ver con las sanguijuela y demás gusanos anélidos.

Aproveché la ocasión para empollarme esa clase de rotíferos, de los que sólo conocía de oídas su propiedad más notable: los machos son desconocidos, de modo que la reproducción es por partenogénesis rigurosa. ¡Todos los bichejos del tubo eran rotíferas! Yo mismo tuve ocasión de verlas muchas veces en plena faena de poner sus huevos virginales y femeninos. Un auténtico parto, no sé si con dolor o sin dolor. Por cierto, ocasionalmente también paren hijas casi tan grandes como la madre. Un paso más, y ya tenía el nombre de género: Philodina, algo así como 'amiga de revolver'. Muy adecuado. De ahí no pasó mi ciencia taxonómica.

No así en cambio el interés experimental. Obviamente era un caso de simbiosis entre un animalillo específico y un alga también más o menos específica, en compañía de bacterias y otros microorganismos, en un medio acuoso rico en fostato. ¿Qué ocurriría si convertíamos aquel sistema en un mundo cerrado, sin otro aporte externo que la luz? Teóricamente, el metabolismo fotosintético del alga serviría para la respiración aerobia del rotífero, y en parte para su alimentación, completada con la ingestión de bacterias, cosa bien visible al microscopio. A su vez, el metabolismo respiratorio y excretor del animal liberaba el dióxido de carbono y el nitrógeno indispensables para la planta, y la sal o sales disueltas en el agua harían el resto. Y en fin, la descomposición de cadáveres y detritus mantenía la población microbiana.

Pensado y hecho. Con una pipeta y unos tubitos hematológicos preparé unas cuantas muestras precintadas herméticamente, y en una gradilla las coloqué junto a una ventana, donde les diese la luz a su ritmo normal. Uno de los tubos lo reservé para muestreo, para seguir periódicamente el estado de mis ecosistemas cerrados. En estas muestras fue donde pude observar la reproducción virginal y puesta de huevos de un tamaño regio. Digo, en proporción al tamaño de unos seres microscópicos, aunque debo añadir que mis bdeloideos, iluminados bajo cierto ángulo de reflexión, se hacían perceptibles a simple vista como puntitos brillantes.

El experimento salió redondo, en el sentido de que funcionó durante un par de años, hasta que una mudanza con agravante de olvido me hizo perder la pista de los tubos. Un experimentador menos bisoño, más curioso y preparado, habría sacado chispas de aquella oportunidad, un modelo sencillísimo, magnífico campo para una tesis. Pero ¡ay!, yo entonces estaba absorto en los entresijos de la raza vasca, amén de otras preocupaciones, incluida la vital de pane lucrando. No me disculpo. Me faltó una cualidad que distingue al científico de casta: cognoscere tempus visitationis suae, en palabras del Evangelio de Lucas (19: 44).

Hoy los rotíferos, y concretamente los bdeloideos, se estudian con avidez bajo todos los aspectos, en especial para sonsacarles el secreto de su vida 'asexual' sana –unisexual, propiamente–, que contra todo pronóstico les ha permitido existir durante 80 millones de años con pleno éxito en su femineidad de estricta observancia. Y lo que les quede. Habremos desaparecido nosotros de este mundo, y ellas seguirán solteras, ajenas al vicio de la lujuria aunque, eso sí, esclavas de la gula. Da gusto verlas tragar, recogiendo la cabeza cada vez que degluten, para enviar la presa al 'molino'.

Entonces se sabía mucho menos de los rotíferos, como de todo. Pero ya lo que se sabía era de llamar la atención. No sólo su partenogénesis, también su capacidad de deshidratarse y parar la vida cuando las condiciones vienen mal dadas, para luego revivir como si tal cosa. Anhidrobiosis se llama; una forma de criptobiosis. O la eutelia: propiedad de tener cada individuo el cuerpo formado por un número fijo de células, el mismo para toda la especie. Una caja de sorpresas.

Recuerdo la impresión que me hizo la estabilidad de aquel sistema simbiótico tan simple y económico. Sistema, por otra parte, muy singular. Con su capacidad de vida latente y reviviscencia, estoy seguro de que mi linaje de rotíferos con sus algas preferidas sigue vivo en alguna parte, aunque los tubos de ensayo estén reducidos a polvo.

Durante años, mi filodina fue sólo un recuerdo grato. Pero desde el cambio de siglo, más o menos, periódicamente salen noticias sobre los bdeloideos. alguna tan apasionante, como el descubrimiento de que, si no pueden intercambiar genes entre sí mediante el sexo, como (casi) todo el mundo, gozan de habilidad singular para pescarlos de otros organismos con los que conviven, incluidos de los residuos de sus banquetes.

Hoy se pueden recordar y recrear estas cosas, hasta con música:




Ahora, con esta matraca sobre sostenibilidad en el cambio, y esa cita pintoresca de Copenhague, con sus 'dos semanas para salvar el planeta', vuelvo a representarme aquel experimento dieciochesco de 'recipientes sellados', realizado con unos conocimientos decimonónicos y una perspectiva ecosistémica ya del siglo XX, aunque todavía sin el enfoque molecular que ha traído el XXI.

Más pronto que tarde, desaparecemos, llevándonos con nosotros eso que pomposamente llamamos 'inteligencia' o 'razón'. Bien es verdad que nos habremos llevado por delante otras muchas especies, dejando una biosfera mucho más pobre y devastada que la que nos acogió como 'hombres nuevos' hace 200 millones de años, y que desde entonces nuestros ancestros habían mantenido prácticamente intacta hasta nuestro tiempo, al no contar con estímulos ni con medios para saquearla a placer.

Y a todo esto, quedan rotíferos para rato, aptos para sobrevivir sin contratiempo, por ruin que sea la biosfera que les dejemos. Porque esa es otra de esos bichejos. Reacios a las radiaciones ionizantes, aguantarán impasibles aunque decidamos despedirnos con un holocausto nuclear.

–Bien; y todo, ¿para qué?

–¡Ah!, esa es otra cuestión. No mezclemos debates.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Minaretes de punta



Caer (o llover) chuzos. Si el temporal arreciaba mucho se añadía de punta. Pero a mí, friolero y medroso de niño, me impresionaba más la expresión de mi abuela, mujer muy religiosa (era terciaria franciscana): Llueven capuchinos de bronce. Yo había visto en su breviario alguna estampa de San Francisco con la capucha calada apuntando al cielo, y un chaparrón de esas características me parecía cosa del fin del mundo.

Sin llegar a tanto, volvamos a los chuzos. Donde están lloviendo estos días es en Suiza. Y nada más lógico, ya que chuzo es lo mismo que 'suizo'. Lo dice Covarrubias, explicando la palabra chuzón: «cierta arma enastada con el hierro largo. Díxose chuzón, quasi çuyzón, de los çuizos, gente belicosa en Alemania, de donde se truxo esta arma...» Luego habla de una fiesta de soldados así armados, llamada çuiza. En grafía moderna escribimos suiza, como también suizón, que aunque parezca aumentativo no lo es, sino que viene de una forma bajo latina de llamar a los suizos: Suitones. De modo que tampoco chuzón es 'chuzo grande', sino chuzo normal y corriente: el arma y, por metonimia, el soldado que la lleva.

Por cierto, suiza vino a significar 'bronca', por el modo frecuente de acabarse aquellos alardes o algaradas a la suiza. Tomemos nota de esto, porque va a sernos de utilidad si seguimos con el tema.

El chaparrón de chuzos suizos viene a cuenta de los 'minaretes sí/no', objeto de un referéndum muy al estilo suizo de dirimir debates cívicos. Aquí el gran Ibarretxe, sobre su famosa 'consulta', ya mencionó el referendismo helvético, como si allí las gentes votaran lo que les pida el jefe, y no lo que les pide el cuerpo.

[El otro día el hombre ha vuelto a dar la carga, esta vez por carta. A propósito: el ex lendacari firma ahora como lehendakari ohia, que es como traducen el ex al vascuence moderno, aunque la expresión suena más bien algo así como 'el difunto lendacari', o también, 'lendacari usado', o en fin, 'el lendacari habitual', el de costumbre... Y en verdad, esto último debe de ser, con sus últimas intervenciones machaconas y desmesuradas.]

Santiago González en su bitácora del 1 de enero ilustraba la polémica suiza con una foto de Factual (30/11) , la misma que pongo arriba invertida, para dar una idea de lo que es llover minaretes de punta. El siguiente día 2 en el mismo blog de Santiago puse un comentario:

«Perdón por volver sobre el tema de ayer, pero es que hoy ha salido otro 'Moro Vizcaíno' –no es ninguna rechifla– pontificando sobre 'Islamofobia'.
Abdul-Haqq Salaberría descubre el primer lunar de la historia de Suiza, precisamente cuando los suizos deciden sobre algo que a él le interesa, los minaretes. Su alegato empieza así:

"Suiza ha sido siempre un ejemplo de civilización, neutralidad y democracia..."

Efectivamente. Sería impropio decir, por ejemplo: "Suiza quemó vivo a Servet por hereje". Le quemaron en Suiza ciudadanos de allí, que se sepa sin referéndum. Y tenga por seguro que los suizos, seres humanos al fin, tienen sus pecadillos. En especial, son muy suizos.

Total, el mismo Salaberría lo reconoce cuando, a lo capitán Renault ('Casablanca'), nos descubre que en Suiza se juega a la banca.»


'El Moro Vizcaíno' fue el seudónimo de mi admirado paisano José Mª Murga Mugartegui (1827-1876), el aventurero romántico cosmopolita, que por los años 1863-1865 vivió en Marruecos como hachi Mohammed al-Bagdadi, publicando a su regreso Recuerdos marroquíes del Moro Vizcaíno (Bilbao, 1868), últimamente reeditado por Federico Verástegui (Miraguano, Barcelona, 2009). Baste para que nadie piense que ironizo sobre el converso autor del artículo, para quien toda discusión sobre minaretes implica islamofobia.
Como suena. No me gustan determinados minaretes en determinados lugares, y voy listo: aborrezco el Islam, soy islamófobo. ¿Qué calificativo me caerá entonces, si lo que no me gusta no son sólo ciertos minaretes, sino la misma palabra?
Porque así es. Tuve un maestro que me enseñó que minarete es galicismo; que es más español alminar. ¿Que da igual? ¿Qué es lo que da igual? ¿Por qué no empezar definiendo de qué se discute? Empecemos.

Minarete. Aquí mi viejo tenía razón. Palabra reciente entonces en nuestro diccionario. No es un diminutivo algo despectivo (aunque lo parezca), sino tomado del francés minaret, recogido por la Académie desde 1762, y registrado en su idioma desde el siglo XVII. Definido así:

«Tour faite en forme de clocher, d'où l'on appelle chez les Turcs le peuple à la prière, et  d'où l'on annonce les heures.»

Curioso. Torre en forma de campanario, usada entre los turcos para llamar a la oración y para dar las horas. Ni mención de la mezquita. En efecto, aunque de origen árabe, el minaret entró en París por la Sublime Puerta; por el minare turquesco, atípico y más bien tardío. Sólo a partir de la 6ª edición del Dictionnaire (1832-1835) el minarete se sitúa «auprès d'une mosquée» (junto a una mezquita), y finalmente en la 8ª (1932-1935) se define como «torre de una mezquita... en la religión musulmana». Bienvenido este detalle, inexplicablemente ausente hasta entonces. Sin embargo, hay otro cambio que no mejora lo dicho cien años antes. Es más correcto situar el minarete al lado de la mezquita que convertirlo en la torre de un edificio del que no forma parte necesariamente. En este sentido sí es comparable a la torre de una iglesia.

No está del todo claro de dónde le vino al minaret francés esa te final, que como se nos advierte, «no se pronuncia ni se enlaza jamás», ni en singular ni en plural. Podría venir del plural árabe, minârât (es lo que cree Eguílaz en su Glosario), o por el contrario, ser 'nombre de unidad', forma especial del singular en árabe.

Con esto me apeo yo del minarete galo y lo cambio por el alminar castellano. Alminar, almenar, almenara... Nada de mezquita ni de oraciones. Las tres palabras vienen a ser una misma, en árabe manâr(a), 'lugar de la luz', faro. De la raíz nâr/nûr, idea de 'fuego/luz'. Son así mismo topónimos.

Almenar. s. m. Soporte de hierro para teas encendidas.

Almenara. s. f. 1. Nombre de unidad del anterior.

         2. Candelero, candelabro (lo mismo que el hebreo menorah).

         3. El fuego que se hace en las torres de costa para dar aviso. Documentado ya en el Libro de Alexandre (1ª mitad del s. XIII): «de noche las almenaras, por más çiertos seer» (copla 1559), que cita Eguílaz. Este mismo autor lo da también como vasco, en esta acepción. Y no me extraña, aunque en Euskaltzaindia no lo encuentro. Porque según dicen, uno de nuestros recursos pesqueros en el pasado fue la captura de pecios, sobre todo en la costa francesa y las Landas, engañando a los barcos por la noche con almenaras de mentirijillas para hacerlos naufragar, bendita inocencia.

Alminar. s. m. Etimológicamente es lo mismo, pero técnicamente es la torre aneja a la mezquita, aunque en castellano no aparece hasta el Duque de Rivas, en la 1ª mitad del siglo XIX. Entra en el diccionario en 1837, un siglo antes que minarete. O sea que tampoco es tan castiza.

¿Y cómo demonios se llamaban antiguamente los alminares o minaretes en castellano? Sencillamente, 'torre'. Como la torre de la Giralda, o la torre de la mezquita de Córdoba, etc.

Esas torres en árabe tienen varios nombres:

    mi`dhana: raíz 'dhn, idea de oír, enterarse (de oído). Es el lugar desde donde se llama (a oración), cosa que hace el mu`addhin o almuédano a sus horas. El verbo `addhana significa llamar (a oración), aunque referido a un chiquillo quiere decir, cariñosamente, 'calentarle las orejas'.

    minâr, manâra: lugar de luz, faro. Este significado vale como símbolo para el proselitismo islamista. Sin embargo, también nos revela que en origen esas torres no eran para llamar a oración, ni tuvieron mucho que ver con las mezquitas. Como tantas torres, de día eran observatorios, y de día o de noche almenaras para señales luminosas. En culturas con calendario lunar,  una de las funciones primeras debió de ser dar la señal luminosa con algún farol para indicar la luna nueva.

    sawma'a: garita cónica o rematada en cúpula. Se usa más en oriente, por referencia a las chozas cónicas típicas de la Alta Siria, también las pequeñas chozas de los monjes, y en fin, la garita que remata el alminar. Evocada tal vez por las ojivas picudas de los alminares turcos, que les dan ese aspecto de misiles.

Ahora ya sabemos lo más importante para la polémica de los minaretes: se trata de elementos accesorios y prescindibles. El director de la mezquita mayor de Burdeos, Tareq Oubrou, así lo ve y llama a la calma:

«El minarete no es de obligación coránica. Es una arquitectura tradicional para llamar a la oración en los países musulmanes. En Francia no hace ninguna falta. Incluso está fuera de lugar.»

Por consiguiente, nada como para poner el grito en el cielo (dicho sea sin segunda intención), como hace el Sr. Salaberría. Y no vale decir que dicha sentencia moderada es minoritaria. Eso ya lo sabemos. Lo que importa es saber si lo accesorio se vuelve esencial a efectos de polemizar, porque entonces queda claro de qué va la 'suiza'.

En el Islam primitivo, la mezquita era un edificio inconspicuo, y exteriormente lo sigue siendo en muchos lugares muy concurridos, como las casbas y bazares, donde el oratorio mantiene su función utilitaria, sin más relevancia externa que la que tienen unos lavabos públicos, con perdón, pero es así.

El minaretismo ostentoso es un exceso de autoafirmación proselitista invasiva. Y lo que es más grave, sin contrapartida ni reciprocidad alguna. No debe extrañar que la gente se ponga a resguardo cuando amenazan caer alminares de punta.


lunes, 30 de noviembre de 2009

El Ocaso de los Dioses (1)



De Constantino a San Constantino el Grande

Anque el día a día invita a hablar de política, yo imaginé esta bitácora en principio como lugar de evasión. Al bosquejar secciones temáticas, a la primera y preferida mía la llamé La Biblioteca de Focio, sobre mis lecturas. A fecha de hoy, con tantas entradas publicadas, veo con bochorno que mi querida Biblioteca es la sección más pobre. 

No puede ser. Tengo que escribir más sobre lo que me da más que pensar. ¿Que voy a interesar a menos gente? Sólo pensarlo, me parece desconsiderado, falto de respeto, incluso fatuo. ¿Acaso floto yo en el Olimpo, para mirar de arriba abajo a unos mortales entretenidos en boberías?

El caso es que últimamente releo un libro que tiene más de siglo y medio, y que ya era un clásico cuando al fin se puso en castellano, hace más de 60 años. La época de Constantino el Grande, de Jacobo Burckhardt (1818-1897), traducida por Eugenio Imaz (1900-1951) en su exilio de Méjico, por alguna razón salió llamándose Del paganismo al cristianismo, quedando como subtítulo el título verdadero. Buen trabajo el del malogrado donostiarra, sin quitarle mérito por decir que el original se lee 'como una novela'.


Original disponible, por cierto, en el 'Proyecto Gutenberg', que descargado y puesto en formato PDF es tener el texto completo indexado. Una gozada. Y por si fuera poco, muchas de las obras citadas, de consulta difícil hasta hace bien poco por su antigüedad, son también ya de dominio público, con Google. Así, mientras doña Milagros del Corral, la directora de la Biblioteca Nacional, deshoja la margarita digital dando calabazas a Google y declarándose por Telefónica, la espera de nuestros fondos nacionales podemos llenarla gracias a los norteamericanos digitalizados y digitalizables. 

A ver lo que dura tanta ventura. Yo estoy que canto el Nunc dimittis.

Hablar de lectura 'como una novela' no es frase hecha. La época de Diocleciano y Constantino (284-337) es tan apasionante como enigmática. En ella se produce una de las mayores revoluciones de la Historia: la legalización y oficialización del cristianismo: Edicto de Milán (313). Al uso de entonces, la leyenda rodeó de prodigios unos acontecimientos mucho más prosaicos y coherentes, mientras esa misma propaganda política cristiana nos dejó sin claves lógicas esenciales, escamoteadas con el trampantojo del numine divino, como suele ocurrir siempre que una religión desplaza a otra.

No fue lo menos intrigante el que la gran promoción del cristianismo estuvo precedida por un pogromo sistemático, la Gran Persecución, impulsada por Diocleciano. Persecución de exterminio, por la que uno de los mejores emperadores de Roma quedó como un monstruo. 

Para explicar el fenómeno, Lactancio y otros cristianos propalan bulos pueriles, o combinan silencios con noticias de despiste. Ni Diocleciano ignoraba estar rodeado de cristianos en su propia corte y familia, ni éstos con la señal de la cruz se dedicaban a reventar ceremonias paganas. Los hechos ciertos, aunque su conexión no conste siempre, incluyen:

Una conspiración de militares cristianos para el golpe de estado, 
  • Unas comunidades cristianas en auge, aunque de conducta social poco edificante, con muchos de sus dirigentes mundanizados en exceso, y hasta descreídos.
  • Levantamientos y motines de ciudades de mayoría cristiana, abortados por la policía y reprimidos para escarmiento.
  • Un incendio provocado y repetido en el palacio imperial de Nicomedia, precisamente en la residencia privada de Diocleciano.
  • Last, but non least, los complots e incendios coincidieron con la presencia en Nicomedia del joven y ambicioso Constantino, el futuro emperador.
Burckhardt no es ningún Gibbon. Cuidadoso de no escandalizar, sembrando este capítulo aquí y allá de reservas y medias palabras, con gran habilidad hace que el lector 'descubra' por sí mismo la intriga y se construya una versión razonable del rompecabezas. Una versión donde, desde el principio, Constantino emerge como el gran conspirador contra Diocleciano, utilizando con astucia la máquina de la tetrarquía ideada por el viejo como solución sucesoria, para destruir esa misma institución, eliminar a sus rivales uno por uno, y erigirse en amo absoluto, incluída la esfera religiosa. Para ello entra en connivencia con el cristianismo en auge, ya metido en ambiciones de intriga y poder.

Pero tampoco se ensaña el autor con los escritores cristianos del momento, dejando también en esto al lector la tarea de ir poniendo los adjetivos que le parezcan más eficaces para retratarlos, en especial a un impresentable Eusebio de Cesarea: «el primer historiador absolutamente insincero de la Antigüedad» (Burckhardt).

En aquellos años gloriosos de sangre y de victoria, el cristianismo se nos aparece como un lobby generalmente discreto –mejor que secreto–, aunque eventualmente se comporte aquí o allá como sociedad secreta, sin perjuicio de arrojar la máscara llegada la ocasión. Su diferencia con el lobby judío radica sobre todo en su proselitismo y su vocación de integración social. El ajuste de cuentas entre estos dos grupos hermanos, y a la vez enemigos irreconciliables, quedará para más adelante en la Historia.

Constantino era hijo del césar de Occidente, Constancio Cloro, con Elena, una concubina o esposa sin rango y repudiada por razón de otro matrimonio de estado. Ya mayor de edad, entra en contacto con militares cristianos que, de acuerdo con su clero, conspiran para administrar la púrpura. Abortada la intentona en una marea de sangre cristiana, iniciada por una purga en el ejército, Constantino ve y deja hacer, aguardando su ocasión.

La abdicación de los dos augustos emperadores, Diocleciano y Maximiano (305) fue seguida de cerca por la muerte del nuevo augusto, el césar Constancio (York, 306), y la aclamación ilegal de su hijo Constantino por la tropa. 

Fue la señal. Comienza una curiosa guerra civil, desarrollada a modo de torneo o liga eliminatoria entre los tetrarcas sucesivos del Imperio, a ver quién se apodera de la monarquía. 

En el envite, los cristianos no se quedan al margen. Ahora más que nunca su favorito es Constantino, por su parte cada vez más convencido de llevar dentro el toque numinoso, infalible, del ganador. Nace el mito del caudillo visionario y converso cristiano, liberador providencial de la Iglesia.

Pero Constantino fue además el gran arqueólogo que, como un zahorí, entre recuerdos desvaídos, revelaciones y milagrería, va redescubriendo los loca sacra del cristianismo, jalonando los hallazgos con monumentos que hagan respetable esta religión, en competencia ventajosa con los decrépitos templos y los tartamudos oráculos paganos.

En esta labor le asistió mucho su amada madre santa Elena, la antigua tabernera y mujer del partido, la amante arrinconada de Constancio, convertida ahora en augusta a título personal y con derecho a meter mano en el tesoro. Ventaja que ella aprovechó en empresas benéficas, constructivas y otras de igual interés eclesiástico. Sin poner en tela de juicio la devoción y virtudes de esta señora ya viuda, lo cierto es que por los servicios prestados, ella con su hijo, se convirtieron en la gran pareja icónica: San Constantino y Santa Elena.

Santa pareja. A pesar de un doble asesinato atroz: el de Crispo, el hijo del emperador y nieto de Elena, y el de su madrastra Fausta, la emperatriz, ahogada en el baño por orden del marido bajo instigación de la vieja suegra. Una historia sórdida y tenebrosa, justificada luego por aplicación del mito de Fedra con Hipólito. 

Por lo demás, la nueva corte asume la etiqueta oriental implantada por Diocleciano. La majestad imperial es una emanación divina que aplasta todo lo que se le pone por delante:

«Acaso la única relación sana en torno a este gran Constantino, "quien persiguió a sus más allegados, empezando por el asesinato de su propio hijo y de un sobrino, luego la esposa, y después toda una serie de deudos y amigos", es la que mantiene con su madre Elena» (B., citando a Eutropio).

Nada impide creer que Constantino, el político expeditivo, el parricida, el cristiano oportunista y siempre devoto del Sol Invicto, se hizo finalmente bautizar in articulo mortis, aunque fuese de mano de un obispo heterodoxo arriano. Y eso que había sido él, Constantino, quien en su papel de autonombrado «obispo externo» de la Iglesia, organizó el Concilio de Nicea (325), victoria formal de la ortodoxia sobre el arrianismo.

Con su muerte (mayo de 337), la leyende no había hecho más que empezar. Su bautismo tardío se adelantó en más de veinte años, a las fechas de la supuesta conversión, adornándolo con una fantástica Donación de Constantino al papa san Silvestre, origen de los estados de la Iglesia y del poder temporal de los papas. Y es que a los tradicionales bautismo de agua, de sangre y de deseo, habría que añadir un cuarto bautismo putativo, por el que la literatura cristiana cristianizó a paganos simpáticos, como el otro corregente Licinio, y a semipaganos simpatizantes, como Constantino.

Más que interesante, apasionante el relato de Burckhardt. Releyendo sus viejas páginas, cuánto material y argumento para una construcción fílmica moderna. Un filón de mucha más sustancia y consistencia que 'Ágora'.

¿Hipótesis? En todo caso, no infundios como los de la propaganda cristiana de entonces. En su búsqueda de la lógica histórica, el erudito suizo no omite pieza aprovechable para su mosaico. Tal por ejemplo, en el enfrentamiento entre Constantino y su cuñado Licinio, el testimonio del historiador godo Jordanes, que deja al primero lisamente como traidor: 

«Ocurre a menudo, ser los godos invitados [por los emperadores romanos], y también entonces, a solicitud de Constantino, irrumpen y arremeten contra el cuñado...».

Una lectura de las que hacen pensar, para seguir leyendo, pensando, penetrando en ese misterio que fue y es la implantación del cristianismo en el Imperio.