viernes, 4 de diciembre de 2009

Minaretes de punta



Caer (o llover) chuzos. Si el temporal arreciaba mucho se añadía de punta. Pero a mí, friolero y medroso de niño, me impresionaba más la expresión de mi abuela, mujer muy religiosa (era terciaria franciscana): Llueven capuchinos de bronce. Yo había visto en su breviario alguna estampa de San Francisco con la capucha calada apuntando al cielo, y un chaparrón de esas características me parecía cosa del fin del mundo.

Sin llegar a tanto, volvamos a los chuzos. Donde están lloviendo estos días es en Suiza. Y nada más lógico, ya que chuzo es lo mismo que 'suizo'. Lo dice Covarrubias, explicando la palabra chuzón: «cierta arma enastada con el hierro largo. Díxose chuzón, quasi çuyzón, de los çuizos, gente belicosa en Alemania, de donde se truxo esta arma...» Luego habla de una fiesta de soldados así armados, llamada çuiza. En grafía moderna escribimos suiza, como también suizón, que aunque parezca aumentativo no lo es, sino que viene de una forma bajo latina de llamar a los suizos: Suitones. De modo que tampoco chuzón es 'chuzo grande', sino chuzo normal y corriente: el arma y, por metonimia, el soldado que la lleva.

Por cierto, suiza vino a significar 'bronca', por el modo frecuente de acabarse aquellos alardes o algaradas a la suiza. Tomemos nota de esto, porque va a sernos de utilidad si seguimos con el tema.

El chaparrón de chuzos suizos viene a cuenta de los 'minaretes sí/no', objeto de un referéndum muy al estilo suizo de dirimir debates cívicos. Aquí el gran Ibarretxe, sobre su famosa 'consulta', ya mencionó el referendismo helvético, como si allí las gentes votaran lo que les pida el jefe, y no lo que les pide el cuerpo.

[El otro día el hombre ha vuelto a dar la carga, esta vez por carta. A propósito: el ex lendacari firma ahora como lehendakari ohia, que es como traducen el ex al vascuence moderno, aunque la expresión suena más bien algo así como 'el difunto lendacari', o también, 'lendacari usado', o en fin, 'el lendacari habitual', el de costumbre... Y en verdad, esto último debe de ser, con sus últimas intervenciones machaconas y desmesuradas.]

Santiago González en su bitácora del 1 de enero ilustraba la polémica suiza con una foto de Factual (30/11) , la misma que pongo arriba invertida, para dar una idea de lo que es llover minaretes de punta. El siguiente día 2 en el mismo blog de Santiago puse un comentario:

«Perdón por volver sobre el tema de ayer, pero es que hoy ha salido otro 'Moro Vizcaíno' –no es ninguna rechifla– pontificando sobre 'Islamofobia'.
Abdul-Haqq Salaberría descubre el primer lunar de la historia de Suiza, precisamente cuando los suizos deciden sobre algo que a él le interesa, los minaretes. Su alegato empieza así:

"Suiza ha sido siempre un ejemplo de civilización, neutralidad y democracia..."

Efectivamente. Sería impropio decir, por ejemplo: "Suiza quemó vivo a Servet por hereje". Le quemaron en Suiza ciudadanos de allí, que se sepa sin referéndum. Y tenga por seguro que los suizos, seres humanos al fin, tienen sus pecadillos. En especial, son muy suizos.

Total, el mismo Salaberría lo reconoce cuando, a lo capitán Renault ('Casablanca'), nos descubre que en Suiza se juega a la banca.»


'El Moro Vizcaíno' fue el seudónimo de mi admirado paisano José Mª Murga Mugartegui (1827-1876), el aventurero romántico cosmopolita, que por los años 1863-1865 vivió en Marruecos como hachi Mohammed al-Bagdadi, publicando a su regreso Recuerdos marroquíes del Moro Vizcaíno (Bilbao, 1868), últimamente reeditado por Federico Verástegui (Miraguano, Barcelona, 2009). Baste para que nadie piense que ironizo sobre el converso autor del artículo, para quien toda discusión sobre minaretes implica islamofobia.
Como suena. No me gustan determinados minaretes en determinados lugares, y voy listo: aborrezco el Islam, soy islamófobo. ¿Qué calificativo me caerá entonces, si lo que no me gusta no son sólo ciertos minaretes, sino la misma palabra?
Porque así es. Tuve un maestro que me enseñó que minarete es galicismo; que es más español alminar. ¿Que da igual? ¿Qué es lo que da igual? ¿Por qué no empezar definiendo de qué se discute? Empecemos.

Minarete. Aquí mi viejo tenía razón. Palabra reciente entonces en nuestro diccionario. No es un diminutivo algo despectivo (aunque lo parezca), sino tomado del francés minaret, recogido por la Académie desde 1762, y registrado en su idioma desde el siglo XVII. Definido así:

«Tour faite en forme de clocher, d'où l'on appelle chez les Turcs le peuple à la prière, et  d'où l'on annonce les heures.»

Curioso. Torre en forma de campanario, usada entre los turcos para llamar a la oración y para dar las horas. Ni mención de la mezquita. En efecto, aunque de origen árabe, el minaret entró en París por la Sublime Puerta; por el minare turquesco, atípico y más bien tardío. Sólo a partir de la 6ª edición del Dictionnaire (1832-1835) el minarete se sitúa «auprès d'une mosquée» (junto a una mezquita), y finalmente en la 8ª (1932-1935) se define como «torre de una mezquita... en la religión musulmana». Bienvenido este detalle, inexplicablemente ausente hasta entonces. Sin embargo, hay otro cambio que no mejora lo dicho cien años antes. Es más correcto situar el minarete al lado de la mezquita que convertirlo en la torre de un edificio del que no forma parte necesariamente. En este sentido sí es comparable a la torre de una iglesia.

No está del todo claro de dónde le vino al minaret francés esa te final, que como se nos advierte, «no se pronuncia ni se enlaza jamás», ni en singular ni en plural. Podría venir del plural árabe, minârât (es lo que cree Eguílaz en su Glosario), o por el contrario, ser 'nombre de unidad', forma especial del singular en árabe.

Con esto me apeo yo del minarete galo y lo cambio por el alminar castellano. Alminar, almenar, almenara... Nada de mezquita ni de oraciones. Las tres palabras vienen a ser una misma, en árabe manâr(a), 'lugar de la luz', faro. De la raíz nâr/nûr, idea de 'fuego/luz'. Son así mismo topónimos.

Almenar. s. m. Soporte de hierro para teas encendidas.

Almenara. s. f. 1. Nombre de unidad del anterior.

         2. Candelero, candelabro (lo mismo que el hebreo menorah).

         3. El fuego que se hace en las torres de costa para dar aviso. Documentado ya en el Libro de Alexandre (1ª mitad del s. XIII): «de noche las almenaras, por más çiertos seer» (copla 1559), que cita Eguílaz. Este mismo autor lo da también como vasco, en esta acepción. Y no me extraña, aunque en Euskaltzaindia no lo encuentro. Porque según dicen, uno de nuestros recursos pesqueros en el pasado fue la captura de pecios, sobre todo en la costa francesa y las Landas, engañando a los barcos por la noche con almenaras de mentirijillas para hacerlos naufragar, bendita inocencia.

Alminar. s. m. Etimológicamente es lo mismo, pero técnicamente es la torre aneja a la mezquita, aunque en castellano no aparece hasta el Duque de Rivas, en la 1ª mitad del siglo XIX. Entra en el diccionario en 1837, un siglo antes que minarete. O sea que tampoco es tan castiza.

¿Y cómo demonios se llamaban antiguamente los alminares o minaretes en castellano? Sencillamente, 'torre'. Como la torre de la Giralda, o la torre de la mezquita de Córdoba, etc.

Esas torres en árabe tienen varios nombres:

    mi`dhana: raíz 'dhn, idea de oír, enterarse (de oído). Es el lugar desde donde se llama (a oración), cosa que hace el mu`addhin o almuédano a sus horas. El verbo `addhana significa llamar (a oración), aunque referido a un chiquillo quiere decir, cariñosamente, 'calentarle las orejas'.

    minâr, manâra: lugar de luz, faro. Este significado vale como símbolo para el proselitismo islamista. Sin embargo, también nos revela que en origen esas torres no eran para llamar a oración, ni tuvieron mucho que ver con las mezquitas. Como tantas torres, de día eran observatorios, y de día o de noche almenaras para señales luminosas. En culturas con calendario lunar,  una de las funciones primeras debió de ser dar la señal luminosa con algún farol para indicar la luna nueva.

    sawma'a: garita cónica o rematada en cúpula. Se usa más en oriente, por referencia a las chozas cónicas típicas de la Alta Siria, también las pequeñas chozas de los monjes, y en fin, la garita que remata el alminar. Evocada tal vez por las ojivas picudas de los alminares turcos, que les dan ese aspecto de misiles.

Ahora ya sabemos lo más importante para la polémica de los minaretes: se trata de elementos accesorios y prescindibles. El director de la mezquita mayor de Burdeos, Tareq Oubrou, así lo ve y llama a la calma:

«El minarete no es de obligación coránica. Es una arquitectura tradicional para llamar a la oración en los países musulmanes. En Francia no hace ninguna falta. Incluso está fuera de lugar.»

Por consiguiente, nada como para poner el grito en el cielo (dicho sea sin segunda intención), como hace el Sr. Salaberría. Y no vale decir que dicha sentencia moderada es minoritaria. Eso ya lo sabemos. Lo que importa es saber si lo accesorio se vuelve esencial a efectos de polemizar, porque entonces queda claro de qué va la 'suiza'.

En el Islam primitivo, la mezquita era un edificio inconspicuo, y exteriormente lo sigue siendo en muchos lugares muy concurridos, como las casbas y bazares, donde el oratorio mantiene su función utilitaria, sin más relevancia externa que la que tienen unos lavabos públicos, con perdón, pero es así.

El minaretismo ostentoso es un exceso de autoafirmación proselitista invasiva. Y lo que es más grave, sin contrapartida ni reciprocidad alguna. No debe extrañar que la gente se ponga a resguardo cuando amenazan caer alminares de punta.


lunes, 30 de noviembre de 2009

El Ocaso de los Dioses (1)



De Constantino a San Constantino el Grande

Anque el día a día invita a hablar de política, yo imaginé esta bitácora en principio como lugar de evasión. Al bosquejar secciones temáticas, a la primera y preferida mía la llamé La Biblioteca de Focio, sobre mis lecturas. A fecha de hoy, con tantas entradas publicadas, veo con bochorno que mi querida Biblioteca es la sección más pobre. 

No puede ser. Tengo que escribir más sobre lo que me da más que pensar. ¿Que voy a interesar a menos gente? Sólo pensarlo, me parece desconsiderado, falto de respeto, incluso fatuo. ¿Acaso floto yo en el Olimpo, para mirar de arriba abajo a unos mortales entretenidos en boberías?

El caso es que últimamente releo un libro que tiene más de siglo y medio, y que ya era un clásico cuando al fin se puso en castellano, hace más de 60 años. La época de Constantino el Grande, de Jacobo Burckhardt (1818-1897), traducida por Eugenio Imaz (1900-1951) en su exilio de Méjico, por alguna razón salió llamándose Del paganismo al cristianismo, quedando como subtítulo el título verdadero. Buen trabajo el del malogrado donostiarra, sin quitarle mérito por decir que el original se lee 'como una novela'.


Original disponible, por cierto, en el 'Proyecto Gutenberg', que descargado y puesto en formato PDF es tener el texto completo indexado. Una gozada. Y por si fuera poco, muchas de las obras citadas, de consulta difícil hasta hace bien poco por su antigüedad, son también ya de dominio público, con Google. Así, mientras doña Milagros del Corral, la directora de la Biblioteca Nacional, deshoja la margarita digital dando calabazas a Google y declarándose por Telefónica, la espera de nuestros fondos nacionales podemos llenarla gracias a los norteamericanos digitalizados y digitalizables. 

A ver lo que dura tanta ventura. Yo estoy que canto el Nunc dimittis.

Hablar de lectura 'como una novela' no es frase hecha. La época de Diocleciano y Constantino (284-337) es tan apasionante como enigmática. En ella se produce una de las mayores revoluciones de la Historia: la legalización y oficialización del cristianismo: Edicto de Milán (313). Al uso de entonces, la leyenda rodeó de prodigios unos acontecimientos mucho más prosaicos y coherentes, mientras esa misma propaganda política cristiana nos dejó sin claves lógicas esenciales, escamoteadas con el trampantojo del numine divino, como suele ocurrir siempre que una religión desplaza a otra.

No fue lo menos intrigante el que la gran promoción del cristianismo estuvo precedida por un pogromo sistemático, la Gran Persecución, impulsada por Diocleciano. Persecución de exterminio, por la que uno de los mejores emperadores de Roma quedó como un monstruo. 

Para explicar el fenómeno, Lactancio y otros cristianos propalan bulos pueriles, o combinan silencios con noticias de despiste. Ni Diocleciano ignoraba estar rodeado de cristianos en su propia corte y familia, ni éstos con la señal de la cruz se dedicaban a reventar ceremonias paganas. Los hechos ciertos, aunque su conexión no conste siempre, incluyen:

Una conspiración de militares cristianos para el golpe de estado, 
  • Unas comunidades cristianas en auge, aunque de conducta social poco edificante, con muchos de sus dirigentes mundanizados en exceso, y hasta descreídos.
  • Levantamientos y motines de ciudades de mayoría cristiana, abortados por la policía y reprimidos para escarmiento.
  • Un incendio provocado y repetido en el palacio imperial de Nicomedia, precisamente en la residencia privada de Diocleciano.
  • Last, but non least, los complots e incendios coincidieron con la presencia en Nicomedia del joven y ambicioso Constantino, el futuro emperador.
Burckhardt no es ningún Gibbon. Cuidadoso de no escandalizar, sembrando este capítulo aquí y allá de reservas y medias palabras, con gran habilidad hace que el lector 'descubra' por sí mismo la intriga y se construya una versión razonable del rompecabezas. Una versión donde, desde el principio, Constantino emerge como el gran conspirador contra Diocleciano, utilizando con astucia la máquina de la tetrarquía ideada por el viejo como solución sucesoria, para destruir esa misma institución, eliminar a sus rivales uno por uno, y erigirse en amo absoluto, incluída la esfera religiosa. Para ello entra en connivencia con el cristianismo en auge, ya metido en ambiciones de intriga y poder.

Pero tampoco se ensaña el autor con los escritores cristianos del momento, dejando también en esto al lector la tarea de ir poniendo los adjetivos que le parezcan más eficaces para retratarlos, en especial a un impresentable Eusebio de Cesarea: «el primer historiador absolutamente insincero de la Antigüedad» (Burckhardt).

En aquellos años gloriosos de sangre y de victoria, el cristianismo se nos aparece como un lobby generalmente discreto –mejor que secreto–, aunque eventualmente se comporte aquí o allá como sociedad secreta, sin perjuicio de arrojar la máscara llegada la ocasión. Su diferencia con el lobby judío radica sobre todo en su proselitismo y su vocación de integración social. El ajuste de cuentas entre estos dos grupos hermanos, y a la vez enemigos irreconciliables, quedará para más adelante en la Historia.

Constantino era hijo del césar de Occidente, Constancio Cloro, con Elena, una concubina o esposa sin rango y repudiada por razón de otro matrimonio de estado. Ya mayor de edad, entra en contacto con militares cristianos que, de acuerdo con su clero, conspiran para administrar la púrpura. Abortada la intentona en una marea de sangre cristiana, iniciada por una purga en el ejército, Constantino ve y deja hacer, aguardando su ocasión.

La abdicación de los dos augustos emperadores, Diocleciano y Maximiano (305) fue seguida de cerca por la muerte del nuevo augusto, el césar Constancio (York, 306), y la aclamación ilegal de su hijo Constantino por la tropa. 

Fue la señal. Comienza una curiosa guerra civil, desarrollada a modo de torneo o liga eliminatoria entre los tetrarcas sucesivos del Imperio, a ver quién se apodera de la monarquía. 

En el envite, los cristianos no se quedan al margen. Ahora más que nunca su favorito es Constantino, por su parte cada vez más convencido de llevar dentro el toque numinoso, infalible, del ganador. Nace el mito del caudillo visionario y converso cristiano, liberador providencial de la Iglesia.

Pero Constantino fue además el gran arqueólogo que, como un zahorí, entre recuerdos desvaídos, revelaciones y milagrería, va redescubriendo los loca sacra del cristianismo, jalonando los hallazgos con monumentos que hagan respetable esta religión, en competencia ventajosa con los decrépitos templos y los tartamudos oráculos paganos.

En esta labor le asistió mucho su amada madre santa Elena, la antigua tabernera y mujer del partido, la amante arrinconada de Constancio, convertida ahora en augusta a título personal y con derecho a meter mano en el tesoro. Ventaja que ella aprovechó en empresas benéficas, constructivas y otras de igual interés eclesiástico. Sin poner en tela de juicio la devoción y virtudes de esta señora ya viuda, lo cierto es que por los servicios prestados, ella con su hijo, se convirtieron en la gran pareja icónica: San Constantino y Santa Elena.

Santa pareja. A pesar de un doble asesinato atroz: el de Crispo, el hijo del emperador y nieto de Elena, y el de su madrastra Fausta, la emperatriz, ahogada en el baño por orden del marido bajo instigación de la vieja suegra. Una historia sórdida y tenebrosa, justificada luego por aplicación del mito de Fedra con Hipólito. 

Por lo demás, la nueva corte asume la etiqueta oriental implantada por Diocleciano. La majestad imperial es una emanación divina que aplasta todo lo que se le pone por delante:

«Acaso la única relación sana en torno a este gran Constantino, "quien persiguió a sus más allegados, empezando por el asesinato de su propio hijo y de un sobrino, luego la esposa, y después toda una serie de deudos y amigos", es la que mantiene con su madre Elena» (B., citando a Eutropio).

Nada impide creer que Constantino, el político expeditivo, el parricida, el cristiano oportunista y siempre devoto del Sol Invicto, se hizo finalmente bautizar in articulo mortis, aunque fuese de mano de un obispo heterodoxo arriano. Y eso que había sido él, Constantino, quien en su papel de autonombrado «obispo externo» de la Iglesia, organizó el Concilio de Nicea (325), victoria formal de la ortodoxia sobre el arrianismo.

Con su muerte (mayo de 337), la leyende no había hecho más que empezar. Su bautismo tardío se adelantó en más de veinte años, a las fechas de la supuesta conversión, adornándolo con una fantástica Donación de Constantino al papa san Silvestre, origen de los estados de la Iglesia y del poder temporal de los papas. Y es que a los tradicionales bautismo de agua, de sangre y de deseo, habría que añadir un cuarto bautismo putativo, por el que la literatura cristiana cristianizó a paganos simpáticos, como el otro corregente Licinio, y a semipaganos simpatizantes, como Constantino.

Más que interesante, apasionante el relato de Burckhardt. Releyendo sus viejas páginas, cuánto material y argumento para una construcción fílmica moderna. Un filón de mucha más sustancia y consistencia que 'Ágora'.

¿Hipótesis? En todo caso, no infundios como los de la propaganda cristiana de entonces. En su búsqueda de la lógica histórica, el erudito suizo no omite pieza aprovechable para su mosaico. Tal por ejemplo, en el enfrentamiento entre Constantino y su cuñado Licinio, el testimonio del historiador godo Jordanes, que deja al primero lisamente como traidor: 

«Ocurre a menudo, ser los godos invitados [por los emperadores romanos], y también entonces, a solicitud de Constantino, irrumpen y arremeten contra el cuñado...».

Una lectura de las que hacen pensar, para seguir leyendo, pensando, penetrando en ese misterio que fue y es la implantación del cristianismo en el Imperio.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Trilingües para la convivencia (y 2)


El sobresalto de la pesadilla nos devuelve a la realidad, y con ella a un sobresalto mayor y más inquietante, precisamente porque estamos despiertos. Porque son individuos de carne y hueso los que plantean una política lingüística impositiva. Impositiva hasta el totalitarismo, unos. Mas suave en apariencia, otros. Pero todos con un objetivo perverso de 'normalización', y comulgando en el disparate de que nuestra convivencia depende del bilingüismo, o sea de la euskaldunización total de la población en Euskal Herria.

Markel Olano, por ejemplo. Si el PNV tienen dos almas –como les halaga que se diga de ellos–, al Diputado General de Guipúzcoa le anima la dionisíaca, no la apolínea. Olano fue un hombre de Lizarra y no oculta su simpatía por un frentismo abertzale como estrategia para neutralizar a los estatalistas o españolistas vascos, 'minoritarios' porque sí. Es su problema. Pero empieza a serlo también para los demás, desde que Markel pontifica para todos.

Por ejemplo, sobre el vascuence. Olano es de los que tienen una idea patrimonial nacionalista del euskera: 
«Las fuerzas políticas estatalistas han empezado a jugar con que el euskera es también de 'los demás', cuando han visto que ganaba fuerza en la sociedad»
Pero vamos a ver, ¿no dicen ustedes que el euskera es patrimonio de todos? Pues no. Sólo los nacionalistas se lo toman en serio. Los otros 'juegan' a que también es de ellos, pero por oportunismo y sin efecto:


«Aunque han demostrado una aparente tolerancia con respecto al euskera, no han tomado ningún compromiso firme y tampoco lo han interiorizado. Pese a que en teoría están a favor del bilingüismo, en la práctica impulsan una política de laissez faire».


No falta aquí un truco retórico burdo, aunque muy frecuente. Los contrarios quedan reducidos a «las fuerzas políticas estatalistas». No pidamos la gollería de referirse a ellos como «los vascos estatalistas». «Fuerzas políticas». Por lo visto, detrás de esas «fuerzas políticas estatalistas» sólo está la pared –que diría Egibar–, no hay una ciudadanía que les ha llevado al poder. En cambio, el 'nosotros' patriótico es el natural  pueblo vasco con sus líderes naturales, los jelkides burukides. Así no es extraño que el estatalismo en este país sea minoritario por convenio, qué digo, por puraputa definición.

Tan nacionalista es el vascuence, que los no nacionalistas lo asumen con frialdad, sólo por su tirón electoral, sin comprometerse con él, al no reconocerlo como la «piedra angular de nuestra identidad». Bueno, Markel no ha dicho esta vez piedra, sino pieza angular, un lapsus sin mayor importancia para un guipuzcoano fabril y febril. Lo que cuenta es que, con ese maximalismo nacionalista, todo, incluido el euskera, se convierte en un problema para la ciudadanía en pleno. 

«Sin euskara no hay Euskal Herria». ¿Opinión particular? ¿idea partidaria? Sería respetable. Pero no es eso, va por todos nosotros, desde que Olano se encara con los estatalistas para leerles la cartilla política lingüística. Una política que no puede ser neutral, cuyos mandamientes se encierran en dos: euskera para todos, y eusquera en todas partes, a todas horas. Eso es euskaldunización, lo demás es jugar sin comprometerse.

Estas salidas y pretensiones de Markel Olano, o de cualquier otro discípulo aventajado de Xabier Arzalluz, por inquietantes que sean, ya no son nada raras. Ellos sí que se han enrolado por oportunismo en los excesos de la llamada 'izquierda' patriótica vasca, con lo que de izquierdismo se quiera pintar un totalitarismo descarado. Preocupante, pero se entiende.

Más chocante me pareció el otro día, 17 de noviembre, un artículo en El Correo, Política lingüística en tiempo de cambio, de José Ignacio Pérez Iglesias. Ya desde el título, pero luego incluso en algun detalle argumental, el ex rector de la UPV coincide con el Diputado General en su preocupación por la suerte del vascuence en manos del Gobierno López. 

Pérez Iglesias es un asimilado o transculturado vasco oriundo castellano, tengo entendido. Desconozco su militancia política, si la tiene, y doy por supuesto que se interesa en el tema a título personal, aunque apela con elogio al «informe 'Euskara XXI', impulsado por el anterior Departamento de Cultura» y en definitiva su artículo es un apremio al actual Gobierno para que «continúe con la labor»... ¿de quién, pues, sino del anterior gabinete? 

Alguna vez el autor llega a expresarse en términos maximalistas propios del ex consejero Campos, al decir que la lengua vasca «no se adquiere hoy en la medida que establece la ley en todo nuestro sistema educativo». Pero lo que más se nota es la misma cuadratura del círculo, la contradicción entre modernidad y arcaísmo, entre libertad ciudadana e imposición totalitaria, que rezuma por todo el artículo. 

«Una sociedad vasca más integrada...», dice. De veras que no lo entiendo; o lo entiendo demasiado. ¿Qué es eso de integrar nuestra sociedad vasca? Una sociedad que ya somos como otra cualquiera de nuestro entorno, con instituciones funcionando normalmente, con una ciudadanía que pagando sus impuestos goza de prestaciones al nivel de nuestros vecinos, incluso con ventaja en algunos aspectos..., ¿integrarla más? ¿integrarla en qué, o como qué?

¡Vamos, suéltelo de una vez: integrada en Pueblo Vasco!

¿A que sí? Sigamos leyendo. ¿A que salen a relucir nuestras señas de identidad? ¿A que se trata de normalizarnos a macha martillo?

¡Rediez, pues es verdad! Empezando por lo primero, el vascuence. Esa sociedad más integrada «requiere que... trabajemos para que la lengua vasca, como patrimonio de todos, sea utilizada con normalidad».

Siempre el mismo lenguaje perverso. Normalidad. En cuanto hablemos todos euskera con normalidad esta sociedad estará más integrada. Patrimonio de todos, ergo vascuence para todos. 

–Pero, oiga, ¿y si esa sociedad no está por la labor?

–Prejuicios. La gente no sabe lo que le conviene, lo bueno que es poder decir las mismas cosas en más de una lengua; en vascuence, en inglés, en turco..., incluso en francés o castellano:


«Para ello es imprescindible que el Gobierno continúe con la labor destinada a superar los prejuicios que rodean al vascuence, que explique la riqueza que encierran el bilingüismo y el plurilingüismo».


Plurilingüismo. Aún no asamos, y ya pringamos. Estamos hablando de la euskaldunización obligatoria de los escolares, y de pronto se cruza un tema que nada tiene que ver: el dominio de lenguas extranjeras. ¿A qué viene eso ahora?

Será prejuicio mío, pero siempre me suena a música celestial ese empeño en vender a los no euskaldunes el vascuence desde arriba –vamos, imponerlo– con el gancho del trilingüismo o la panglosia. «¡Hala! Si sois buenos y os zampáis todo el euskera sin dejar nada en los bordes del plato, de postre tendréis inglés».
–¿Y por qué no invertir el orden? Primero inglés, luego euskera.–Eso sí que no. La sociedad ya se ha pronunciado por una política activa de euskaldunización, y al Gobierno toca llevarla a efecto. Pero sobre todo, el euskera es lengua cooficial aquí, y el Gobierno tiene el deber de hacer que la ley se cumpla, por las buenas o por narices.–¡Acabáramos! La gente, a pesar de tanto consenso, no acaba de ver la utilidad del euskera, y lo que realmente pide (con o sin castellano) es inglés. Es así como se le toma el pelo con la zanahoria inglesa mientras se le sacude con la maquila vasca. Tomadura de pelo, porque atiborradas de vascuence, las criaturas llegan al postre sin apetito.
–El cerebro del niño es de una plasticidad maravillosa. Es como una esponja aprendiendo, sobre todo idiomas. En la escuela se cumple el dicho: el saber no ocupa lugar.–¡Ya, ya! Buenos son los chavales para dejar que les cuelen de matute deberes 'recreativos'. No hay como forzarles, y lo que se cumple es otra cosa: la letra con sangre entra. Pues qué, ¿tanto inglés escolar se domina en las áreas euskaldunes, donde el vascuence se mama?
El ex rector en su artículo alaba y recomienda al Ejecutivo cierto informe 'Euskara XXI'. Si se trata de este producto, lo siento. Estamos siempre en la misma cuadratura de círculo, apelando a no sé que «consenso unánime», del que ya se denunció en su día la ausencia de más de media sociedad vasca –el 70% que son los no euskaldunes (J. Mª Ruiz Soroa, 'Curioso consenso').

El ser científico no siempre vacuna contra el sofisma. Tocando el punto de la demanda de modelos lingüísticos, el ex rector ironiza:


«Hay quien sostiene que la progresión del modelo D obedece a la presión ejercida por el nacionalismo desde las instituciones que gobierna o ha gobernado y que, una vez desalojado del Gobierno vasco, las cosas cambiarán.»


Si se quiere evitar toda apariencia de cinismo, una comprobación científica de la verdadera demanda de modelos D y A requeriría, no tanto haber cambiado el Gobierno, como suprimir la exigencia absurda del vascuence para ocupar puestos donde no hace ninguna falta.

Los caballeros están en su derecho de amonestar a la consejera Celaá sobre lo que debe hacer, según ellos, en política lingüística. Con la misma parresia yo le pido a doña Isabel que no les haga caso. Aun creyendo que lo mejor para todos sería dejar la lengua en paz, admito la política lingüística como un mal necesario, pero lo de 'mal' no se lo quita nadie.

Esto de la lengua propia se ha vuelto una calamidad que no compensa la supuesta riqueza del bilingüismo. El vascuence puede ser, o no, seña de identidad, allá cada uno. Lo que no debe ser –y lo está siendo en gran medida– es un estorbo para la convivencia, que por definición debe basarse en acuerdos de mínimos.