jueves, 9 de julio de 2009

Euskañol


Un amable lector me invitaba ayer −me retaba, más bien– a estudiar el fenómeno del euskañol, que como él dice, y creo que con fundamento, es «lo que se habla en los institutos, en los autobuses y ¡qué decir de los parques!...». Con el agravante de ser «lo que se fomenta desde las clases de euskera de los institutos». En definitiva: el 'ahozko euskera' (vascuence 'de boca', o mokosuena) de la muchachada bilbaína.

Creo, mi querido Sr. Topillo, que no voy a poder complacerle. Llevo vida solitaria incluso cuando estoy en la Villa de Don Diego López. Conque imagíneme usted ahora perdido en una aldea de un valle de lágrimas en las Montañas de Burgos; repartido el tiempo entre libros viejos y música en esta casona, más algo de huerto; y caminar por la ribera arriba sosegada, sin ver alma humana, hasta la presa del Molino Caído, donde el remanso invita a la meditación; otras veces a oriente, hasta la iglesita románica del que fue vetusto monasterio; o tal vez perdiéndome entre las breñas, arroyos y cascadas de esta sierra, más fragosa de lo que a primera vista parece; o en fin, llegada la noche, con buen cielo, asestando el telescopio a los accidentes lunares, o a más lejanas esferas…

Amigo mío, el masoquista nace, no se hace, ni se enmienda jamás. Y este su servidor nació masoc acérrimo. Figúrese, yo mismo me guiso lo que como, como los padres del yermo, como los Antonios y Pablos, Macarios y Pafnucios que conozco por un álbum de grabados, tal como los describe la Leyenda Dorada en su prosa hagiográfica, o en la suya pagana Anatole France. Frugal mi colación, como la de aquéllos monjes; aunque, más frágil yo que ellos, alivio mi ascesis con los caldos que la celosa y fiel bodega doméstica lleva a su justa madurez.

Y como los propios anacoretas egipcios; o (¿para qué ir tan lejos?) como sus imitadores de aquí mismo, en eremitorios medievales que se divisan desde la ventana, yo también tejería cestos, si a mano tuviese los mimbres. Esos mimbres tan mentados en la retórica política, tan caros a los Ardanza, Ibarretxe, Imaz, Egibar, Urkullu, cada uno con su haz a cuestas en la laura peneuvita repitiendo: «con estos mimbres…». ¡Qué expresión tan original y tan gráfica! ¡Cuán socorrida en Internet! ¡Qué gran verdad, que quien hace un cesto hace ciento, si le dan mimbres y tiempo!

En este rincón de la ancha Castilla donde, obediente al dedo índice de Arzalluz, me escondo a comer el pan del autoexilio, al otro lado (es decir, a éste) de la muga; en medio de un populo barbaro, que en su rudeza ni sabe lo que es guerra de banderas o guerra de lenguas, casi me avergüenzo de no languidecer como Ovidio en el Ponto Euxino, lejos de Roma. Sí, señor; debería sentirme más bruto que el mismísimo Maquivelo en su destierro de San Casciano, apartado de Florencia −como se retrató él mismo en carta famosa a su amigo y protector Vettori–, sin otra ventaja a mi favor que la que media entre verano e invierno.

Porque, en efecto, era diciembre de 1513. El año de El Príncipe. Y qué cerca se siente aquí a micer Nicolás en esta casona burgalesa. Por entonces debió de conocerle el humanista castellano que la construyó, frecuentador sin duda de Santa María Novella, en cuyo Cappellone de los Españoles más de un rico burgalés yace enterrado. En todo caso, algún enamorado de la Florencia azul y oro, pues al labrarse el escudo no se le ocurrió cosa mejor que copiar la giralda del Palazzo Vecchio.

Y bien, en estas condiciones extremas agobiado, se me pide nada menos que un estudio filológico sobre las últimas novedades del dialecto neovasco de la juventud bilbaína…

Amigo mío, déjeme decirle una cosa. Aquí delante de casa, junto a la escuelita que fue, sobre la ribera del río, veo a la chiquillería jugando. Todos ellos son oriundos de aquí, pero todos residen en Bilbao, y por tanto prácticamente todos son euskaldunas.

Me dirá: «Ahí tiene usted, Belosticalle, la materia prima para mi encargo». Pues créame, siento defraudarle. Ni este año, ni los anteriores, ni jamás de los jamases les he oído una sola palabra en vascuence. Menos mal que no soy euskaltzale forofo perdido, porque sería como para atarme yo mismo al pescuezo el Azkue más las Obras Completas de Sabino Arana, y entonando el Gora ta gora arrojarme al agua de cabeza, donde cubre.

Pero ya que le veo aficionado a conocer mis opiniones –que no quiere decir guiarse por ellas–, déjeme desengañarle por una sola vez. Ese euskañol que me invita a investigar, aunque en verdad lo desconozco por las razones expuestas, tampoco me parece ninguna tragedia y hasta me suena a cosa de toda la vida.

El humor creativo y lúdico de los jóvenes siempre ha sido irreverente hacia el protocolo académico, máxime si se les toca las narices con nimia severidad. Si una lengua no les gusta, la deshacen y se montan otra nueva. Corruptio unius, generatio alterius, que decía Aristóteles: una lengua se pudre, otra nace de ella por generación espontánea. Euskaltzaindia y el Gobierno Vasco se lo han buscado.

Cuentan que en los seminarios de antes, donde se daba latín, era obligatorio hablar en esta lengua un día a la semana (creo que los jueves), so pena de chivatazos y castigos. ¡Y vaya si se hablaba latín! Pero no hace falta decir de qué clase, pedestre y culinario, más que traduciendo calcando las expresiones castellanas, con resultados ingeniosos y hasta superchistosas, como hoy se dice en superlativo.

Aquí delante tengo un librito que lo demuestra. Es el Quijote, macarrónicamente latinizado por un 'cura de misa y olla'. No otro que el erudito arqueólogo don Ignacio Calvo (1864-1930), que aunque en efecto era presbítero cuando lo publicó –en 1905, con gran éxito por cierto–, lo escribió como castigo siendo seminarista.

Tranquilícese, amigo mío; estoy con usted. Tiene usted razón en que el lenguaje de nuestros jóvenes deja mucho que desear, más por ignorancia que por vigor creativo. Si encima, como usted dice, es lo que sus profesores de vascuence les enseñan, o les ríen las gracias, pues qué quiere que le diga, a lo mejor tenía razón Tontxu Campos, y hay que llamarle de nuevo, para que esos pobres muchachos puedan un día llevarse un chusco de pan vasco a la boca.

Como decía el maestro de la Crotalogía en uno de sus axiomas: «de tocar las castañuelas, mejor tocarlas bien que tocarlas mal». Pues el euskera lo mismo. Y el latín, catalán o castellano, o lo que la autoridad mande.

Mande usted también lo que quisiere (menos eso) a este su affmo. s. s. q. e. s. m.

lunes, 6 de julio de 2009

Ganar el cielo, perder el suelo

Los euskaldunberris y lo irracional (2)




Hace un par de entradas me entretenía con un librito de encuestas, agrupadas aquí bajo el epígrafe, 'Los euskaldunes y lo irracional'. No hacía falta explicitar la alusión y homenaje al libro clásico de E. R. Dodds, Los griegos y lo irracional, traducido al castellano hace medio siglo. Eso mismo me ponía a cubierto de sospecha hostil. Si unas gentes tan admirables como los antiguos griegos pudieron adoptar puntos de vista 'primitivos' e irracionales, sin menoscabo de su mérito como pioneros del pensamiento racional, tampoco es para escandalizarse de que unos enamorados de la lengua vasca se comporten como chocholos, con más corazón que seso al ponderar los méritos de su euskara maitea. No, si lo malo de sus caprichos es que siempre salen caros, a pagar entre todos, y sus fantasías terminan haciéndonos la puñeta. Como eso de fomentar que hablemos vascuence hasta en la alcoba, sólo para que a ellos no les falte quien les dé conversación.

Una de las personalidades encuestadas en el libro de X. Kintana y J. Tobar era la conocida filóloga vasca y sociolingüista bilbaína Karmele Rotaetxe. Su intervención en el libro tiene dos rasgos distintivos: es una de dos que vienen sin fotografía (la otra es la de Daniel López Moreno), y es también una de las dos más escuetas (junto a la de Hendrike Knörr Borrás). Lo primero no tiene importancia, no siempre hay fotomatón a mano. Lo segundo tal vez respondía al modo de ser de la encuestada, mujer de pocas palabras, aunque bien elegidas, por lo que personalmente la he tratado (siempre en terreno profesional). Ahora bien, en el caso presente también se advierte cierta brusquedad final, y hasta corte a los encuestadores (pág. 121):

−¿Alguna anécdota que añadir?
–Sí. Para llevar adelante una encuesta como esta hace falta un equipo de pedagogos y lingüistas. En la situación en que estamos, hay que pedir la máxima ayuda a todos y cada uno.

Pero prescindiendo de ese desplante (si lo hubo) a unos mozalbetes una generación más jóvenes, y quién sabe, a lo mejor un algo presumidos, esto es lo que aquí nos importa (pág. 120):

Aunque los abuelos sabían vascuence, los padres ya lo tenían perdido. El marido sabe algo, aunque muy poco. No tiene niños.

−¿Cuándo y por qué empezó a estudiar vascuence?
–Empezar, alrededor de 1955. Sabiendo otras lenguas, hube de echar en falta la mía propia.

Otra vez, y otra más: 'mi lengua propia'. Una lengua que mis padres tienen olvidada, si es que llegaron a aprenderla. Una lengua prácticamente desconocida entre la juventud de Bilbao en los años 50. Una lengua que prácticamente descubro cuando ya poseo otras, empezando por la materna, el castellano... Con todo, el vascuence, '¡mi lengua!'. Lo cual se puede decir con pleno derecho, con total sinceridad, con entusiasmo y hasta con orgullo. Sólo un detalle: que no es racional. Sigamos:

−¿Problemas con el aprendizaje?
–Sí, cuando quería practicar lo aprendido.

Otra vez la paradoja comunicativa: se aprende una lengua 'viva', amén de 'propia', para 'vivirla en común', y luego resulta que no se tiene con quién practicarla.

−¿Qué es para ti el vascuence, y para qué sirve?
Debería ser nuestro idioma. Hoy en día, más que un medio de expresión, un medio de comunicación.

Nótese el «debería ser», imprescindible. Pero le han preguntado qué es y cuál es su utilidad. Y obviamente, en un desierto vascongado, para la euscaldumberri solitaria de los 50-70, aislada de los demás anacoretas lingüísticos, la nueva 'lengua propia' malamente puede ser vehículo de comunicación, reducida como tal lengua a la efusión íntima del soliloquio y de la satisfacción de un deber cumplido. No me burlo, no ironizo. Estamos en el limbo de lo irracional, eso es todo.

            *** *** ***

Karmele Rotaetxe, catedrática emérita de Lingüística y Sociolingüística en la UPV y académica honoraria de Euskaltzaindia, es conocida por sus trabajos y dedicación a la lengua vasca. También tiene biografía de alcance en la Wiki, aunque sólo en vascuence, por lo que veo, en esa línea de cerrazón euscaldunizante, que tampoco puede calificarse de racional. Pues bien, saco a colación aquella vieja encuesta de 1975, porque ayer mismo nuestra autora ha publicado en El Correo un artículo sobre 'Políticas lingüísticas' (sic, en plural), de curiosa lectura.

Comienza con una cita 'evangélica', al menos en su empaque: «¿Qué le aprovecha al irlandés, o al vasco, ganar Astrofísica, si pierde el gaeltacht, o el caserío?» (J. A. Fishman, 1998). 'Gaeltacht', 'caserío', vendría a ser lo mismo: el dominio territorial de una y otra lengua. Con gran diferencia: esa área irlandesa de hegemonía gaélica es muy reducida, con unas 85.000 almas (como mucho), en un país no sujeto a presión brutal, como la de aquí, en pro de la lengua 'débil'

Suponiendo que la autora haya captado el paralelismo bíblico con Mateo 16: 26, con todo, pongo mi traducción del inglés porque la suya no la veo certera. En todo caso, el libro trata de sociolingüística, y en eso ella es experta, yo no, que ni siquiera lo he leído. En cuanto al mensaje, estamos bastante de acuerdo en una cosa al menos: en lo que la política lingüística euscaldunizadora tiene de irracional.

Hoy día en euskera batua se puede hablar de cualquier tema. El euskera científico ha tenido denodados y sacrificados creadores. Remunerados bien o mal, pero al menos reconocidos. También ha habido no menos sacrificados autores de textos en castellano o inglés, saqueados y plagiados a conciencia por los primeros, sin percibir derechos, ni siquiera menciones en letra de molde, más allá de un lip service superficial. Hemos visto nacer, crecer y fijarse léxico neovasco y expresiones canónicas para casi todo. Es lo que viene a decir la parábola: el vascuence ha ganado la astrofísica, el universo científico entero. Bien, ¿y qué, si ha perdido el alma, si esa lengua de laboratorio no se entiende con la calle? «La extensión del euskera en ese nivel superior, aunque aporte prestigio a la lengua, no le da vitalidad.»(Rotaetxe)

Como sociolingüista, la autora ve el vascuence, si no en peligro, sí en dificultad real, y ello porque «no hay monolingüismo vasco ni en Euskadi ni, probablemente, en ningún sitio». Y eso no se arregla tirando dinero, ni en Euskadi, ni seguramente tampoco en Navarra o Iparralde (la glosa es mía).

Cita también, como fuente de problema para el vascuence, «la Constitución de 1978, que fija el 'deber de conocer' para el español, y remite al Estatuto donde se señala 'el derecho de usar' para el euskera. El efecto en quien no sienta el valor simbólico del vasco es de indiferencia hacia su uso cuando no de oposición». 'El valor simbólico del vasco': Nuevamente el recurso a lo irracional. Como irracional me suena (aunque respetable, y hasta entrañable), el remate del artículo: «Me cuento entre quienes han dedicado mucho tiempo al euskera y querría poder emplearlo en mi ciudad. Me gustaría también dejar de oír que la lengua que no tiene más país que este nuestro para manifestarse y vivir es un enfermo terminal que no acaba de morir.»

Aquí lo dejo, para no aburrir más. Paso por alto la propuesta de la autora, favorable a un batúa simplificado, algo así como un prákrito a la vasca, frente al euskosánscrito imposible e invicto, de curso legal. Doña Karmele sabe muy bien lo que se trae, pues su tesis doctoral con Mitxelena versó sobre el vascuence hablado en Ondárroa, que no era precisamente batua, ni para un EGA. Pero no, señora, déjelo estar. Más experimentos, ni con gaseosa.

¿Escucharemos algún día, los no entusiastas, una buena razón racional, siquiera una –¡por favor, que no sea la 'construcción nacional'!–, para seguir aguantando (y pagando a escote) este trance agónico, de caliginoso futuro?

viernes, 3 de julio de 2009

Como si ya



'Pintar paredes como queredes'(Garibay, Discurso de mi vida, 1, 2, pág.47)

Tratando del País Vasco no suelo traer a cuento a Cataluña. Mezclar referencias, lo mismo sean sobre cultura, lengua, historia etc., que sobre sentimiento o conciencia nacional, o sobre motivaciones centrífugas y separatistas, suele ser más tendencioso que ilustrativo. En esta puja reivindicativa se aprovecha todo, de modo que lo que hoy ves reclamado o usurpado por el nacionalismo vasco, mañana lo verás en versión catalana, y viceversa. Más bien viceversa, si de lengua 'propia' se trata; porque en eso los catalanes lo tienen más fácil.

Si la 'personalidad' de una lengua fuese vara de medir la pretensión nacional, esta lengua-isla arcaica que es el vascuence aventaja al catalán, lengua romance, simple dialecto latino hermano del francés, el castellano o el gallego. En ese sentido, el vascongado se siente mucho más diferenciado por su lengua críptica, impenetrable, ignota. Fue la situación vivida en el Siglo de Oro por tantos vascos, bien como secretarios en Corte, o como hombres de empresa en sus andanzas por el mundo, con su 'vizcaíno' como escudo paladión a prueba de paredes y oídos indiscretos.

El catalán, en cambio, 'lo entiende cualquiera'. O al menos, lo aprende cualquiera sin dificultad. Históricamente se oyó mucho en todo el Mediterráneo, y es ingrediente esencial de la 'lengua franca' en todo Levante. Su misma cercanía al castellano se presta a las presiones desaforadas del nacionalismo catalán para imponer esta lengua como privativa de Cataluña, con aparente sumisión de los castellano hablantes de aquel principado. Imposición que, por otra parte, tampoco busca ni desea la asimilación del advenedizo charnego, sobreactuando los nativos en la pronunciación y acento, ese hecho diferencial que o se mama o no se aprende jamás. Ese jugar al escondite lingüístico sería intrínseco a su modo de 'vivir en catalán', como dicen. Para el nacionalista de pro, la lengua es ante todo seña de identidad y coto privado. Que además sirva para entenderse, pues qué bien, oiga, tampoco nos pasemos...
En suma: que algunos catalanes querrían tener una lengua propia tan peculiar como la vasca, mientras que algunos vascos desearían estar en condiciones de ejercer presión similar a la catalana, para imponer la suya a toda la población de la CAV, en eso que por aquí llaman también 'vivir en euskera'.

Para mayor contratiempo del patriotismo vasco, la población 'erdérica' no está por el esfuerzo que supone pasarse a una lengua de estructura tan a contrapelo de su román paladino. Ni está, ni va a estarlo, por mucho que quiera engañarse o engañar al prójimo la talibanía euscaldunicienta. Y eso tanto vale para la población adulta, irrecuperable para el vascuence, como para la muchachada escolar euscaldunizada forzosa, y por lo mismo, presta a escupir la prótesis bucal en cuanto sale por la puerta del aula.

Cuando los sabios del Kontseilu han virado en redondo, pasando de instar la euscaldunización extensiva e intensiva a predicar la buena nueva de un euskera amable y amado por todos en unánime consenso, no lo han hecho mirando por la libertad ciudadana, sino por consideraciones de eficacia, ante el nubarrón de rechazo detectado por todas las encuestas objetivas. Las cosas como son.

Sin embargo, es un hecho empírico que cada vez que el Ostfront catalán abre fuego en su construcción nacional lingüística, el rebufo llega sin falta a Euskadi.

Dos enlaces me han llevado a sendos artículos sobre una misma noticia: el Parlamento Catalán sanciona, con carácter de 'ley', la exclusión del castellano en la enseñanza.
  1. José García Domínguez, en 'El español, por fin, ilegal', habla de Cataluña como «laboratorio de experimentación sociológica» donde «la mitad de la población se presta dócil y gustosa a aculturizarse, renunciando de grado a su propia lengua en pos de una quimérica lengua propia».
  2. Hermann Tertsch, por su parte, no puede ser más explícito, ya en su título, 'Putsch en catalá'. Golpismo, desafío al Estado de Derecho, atropello a la Constitución… «Como tenemos gobernando a generaciones de políticos surgidos de las más oscuras madrigueras de la ignorancia, que no tienen la más remota idea de lo que es un Estado de Derecho, aquí cada cual se hace de su capa un sayo y después a tirar millas.» Nada de tremendismo. Sencillamente, tremendo.
A esos textos magistrales nada cabe añadir más que una sencilla glosa. Llevamos mucho tiempo en el 'como si ya', jugando en política al juego de 'pisar la raya'. En qué punto concreto, da igual. Hasta el mapa del tiempo ha valido para hacer como si Euskal Herria fuese ya un ente político soberano, bajo el cielo de los meteoros aéreos, acuosos y eléctricos. También en el universo de los símbolos se juega al 'como si ya', pintando escudos arbitrarios donde hasta los vacíos son estridentes, tal ese cuartel 'navarro' de Euskadi, como a la espera de la fruta madura. Cualquier parlamento autonómico decide qué leyes 'de Madrid' le valen y cuáles no, como se hizo en la CAV poniendo en solfa la Ley de Partidos, la misma que hoy vemos amparada por Estrasburgo.

El mal ejemplo de la cabeza se contagia a parte de la gente, la más vocinglera, mientras la ciudadanía de bien se desmoraliza. A cada paso se oyen o leen frases como la de Arzalluz: «Españoles, si no os gusta este País, ancha es Castilla». Fácil la réplica: «Nacionalistas, guste o no, España y su Constitución es lo que hay». Mientras esa realidad no se cambie por vías democráticas, ese es el campo de juego y ese el reglamento.
¡Con que 'fácil la réplica'! Ya, ya. Si el Estado es el primero que no cree en sí mismo como custodio de una Carta Magna, la misma para todos, lógico será que cada taifa siga jugando a su particular 'como si ya'.