Un amable lector me invitaba ayer −me retaba, más bien– a estudiar el fenómeno del euskañol, que como él dice, y creo que con fundamento, es «lo que se habla en los institutos, en los autobuses y ¡qué decir de los parques!...». Con el agravante de ser «lo que se fomenta desde las clases de euskera de los institutos». En definitiva: el 'ahozko euskera' (vascuence 'de boca', o mokosuena) de la muchachada bilbaína.
Creo, mi querido Sr. Topillo, que no voy a poder complacerle. Llevo vida solitaria incluso cuando estoy en la Villa de Don Diego López. Conque imagíneme usted ahora perdido en una aldea de un valle de lágrimas en las Montañas de Burgos; repartido el tiempo entre libros viejos y música en esta casona, más algo de huerto; y caminar por la ribera arriba sosegada, sin ver alma humana, hasta la presa del Molino Caído, donde el remanso invita a la meditación; otras veces a oriente, hasta la iglesita románica del que fue vetusto monasterio; o tal vez perdiéndome entre las breñas, arroyos y cascadas de esta sierra, más fragosa de lo que a primera vista parece; o en fin, llegada la noche, con buen cielo, asestando el telescopio a los accidentes lunares, o a más lejanas esferas…
Amigo mío, el masoquista nace, no se hace, ni se enmienda jamás. Y este su servidor nació masoc acérrimo. Figúrese, yo mismo me guiso lo que como, como los padres del yermo, como los Antonios y Pablos, Macarios y Pafnucios que conozco por un álbum de grabados, tal como los describe la Leyenda Dorada en su prosa hagiográfica, o en la suya pagana Anatole France. Frugal mi colación, como la de aquéllos monjes; aunque, más frágil yo que ellos, alivio mi ascesis con los caldos que la celosa y fiel bodega doméstica lleva a su justa madurez.
Y como los propios anacoretas egipcios; o (¿para qué ir tan lejos?) como sus imitadores de aquí mismo, en eremitorios medievales que se divisan desde la ventana, yo también tejería cestos, si a mano tuviese los mimbres. Esos mimbres tan mentados en la retórica política, tan caros a los Ardanza, Ibarretxe, Imaz, Egibar, Urkullu, cada uno con su haz a cuestas en la laura peneuvita repitiendo: «con estos mimbres…». ¡Qué expresión tan original y tan gráfica! ¡Cuán socorrida en Internet! ¡Qué gran verdad, que quien hace un cesto hace ciento, si le dan mimbres y tiempo!
En este rincón de la ancha Castilla donde, obediente al dedo índice de Arzalluz, me escondo a comer el pan del autoexilio, al otro lado (es decir, a éste) de la muga; en medio de un populo barbaro, que en su rudeza ni sabe lo que es guerra de banderas o guerra de lenguas, casi me avergüenzo de no languidecer como Ovidio en el Ponto Euxino, lejos de Roma. Sí, señor; debería sentirme más bruto que el mismísimo Maquivelo en su destierro de San Casciano, apartado de Florencia −como se retrató él mismo en carta famosa a su amigo y protector Vettori–, sin otra ventaja a mi favor que la que media entre verano e invierno.
Porque, en efecto, era diciembre de 1513. El año de El Príncipe. Y qué cerca se siente aquí a micer Nicolás en esta casona burgalesa. Por entonces debió de conocerle el humanista castellano que la construyó, frecuentador sin duda de Santa María Novella, en cuyo Cappellone de los Españoles más de un rico burgalés yace enterrado. En todo caso, algún enamorado de la Florencia azul y oro, pues al labrarse el escudo no se le ocurrió cosa mejor que copiar la giralda del Palazzo Vecchio.
Y bien, en estas condiciones extremas agobiado, se me pide nada menos que un estudio filológico sobre las últimas novedades del dialecto neovasco de la juventud bilbaína…
Amigo mío, déjeme decirle una cosa. Aquí delante de casa, junto a la escuelita que fue, sobre la ribera del río, veo a la chiquillería jugando. Todos ellos son oriundos de aquí, pero todos residen en Bilbao, y por tanto prácticamente todos son euskaldunas.
Me dirá: «Ahí tiene usted, Belosticalle, la materia prima para mi encargo». Pues créame, siento defraudarle. Ni este año, ni los anteriores, ni jamás de los jamases les he oído una sola palabra en vascuence. Menos mal que no soy euskaltzale forofo perdido, porque sería como para atarme yo mismo al pescuezo el Azkue más las Obras Completas de Sabino Arana, y entonando el Gora ta gora arrojarme al agua de cabeza, donde cubre.
Pero ya que le veo aficionado a conocer mis opiniones –que no quiere decir guiarse por ellas–, déjeme desengañarle por una sola vez. Ese euskañol que me invita a investigar, aunque en verdad lo desconozco por las razones expuestas, tampoco me parece ninguna tragedia y hasta me suena a cosa de toda la vida.
El humor creativo y lúdico de los jóvenes siempre ha sido irreverente hacia el protocolo académico, máxime si se les toca las narices con nimia severidad. Si una lengua no les gusta, la deshacen y se montan otra nueva. Corruptio unius, generatio alterius, que decía Aristóteles: una lengua se pudre, otra nace de ella por generación espontánea. Euskaltzaindia y el Gobierno Vasco se lo han buscado.
Cuentan que en los seminarios de antes, donde se daba latín, era obligatorio hablar en esta lengua un día a la semana (creo que los jueves), so pena de chivatazos y castigos. ¡Y vaya si se hablaba latín! Pero no hace falta decir de qué clase, pedestre y culinario, más que traduciendo calcando las expresiones castellanas, con resultados ingeniosos y hasta superchistosas, como hoy se dice en superlativo.
Aquí delante tengo un librito que lo demuestra. Es el Quijote, macarrónicamente latinizado por un 'cura de misa y olla'. No otro que el erudito arqueólogo don Ignacio Calvo (1864-1930), que aunque en efecto era presbítero cuando lo publicó –en 1905, con gran éxito por cierto–, lo escribió como castigo siendo seminarista.
Tranquilícese, amigo mío; estoy con usted. Tiene usted razón en que el lenguaje de nuestros jóvenes deja mucho que desear, más por ignorancia que por vigor creativo. Si encima, como usted dice, es lo que sus profesores de vascuence les enseñan, o les ríen las gracias, pues qué quiere que le diga, a lo mejor tenía razón Tontxu Campos, y hay que llamarle de nuevo, para que esos pobres muchachos puedan un día llevarse un chusco de pan vasco a la boca.
Como decía el maestro de la Crotalogía en uno de sus axiomas: «de tocar las castañuelas, mejor tocarlas bien que tocarlas mal». Pues el euskera lo mismo. Y el latín, catalán o castellano, o lo que la autoridad mande.
Mande usted también lo que quisiere (menos eso) a este su affmo. s. s. q. e. s. m.


