lunes, 9 de marzo de 2009

VIAJE AL PARAÍSO

Pródromo (1)

El mito del Paraíso Terrestre no es ninguna exclusiva judeocristiana. Sin embargo, nuestra referencia cultural es la Biblia, con su narrativa del Génesis (2: 8 y sigs.). Allí se dice que Yahveh Dios plantó el paraíso de Edén, a modo de cortijo de regadío, para morada de la primera pareja humana. Usufructo gratuito perpetuo. Sin contrato, pero bajo condición. Roto el compromiso, se produce el desahucio a tierras menos fáciles. Un retén de querubes monta guardia para impedir el acceso.

El relato es de lo más escueto. Tan escueto, que ni nos damos cuenta hasta qué punto la memoria nos traiciona, y una iconografía suplantadora colma huecos y pone adornos extraños al texto. No se habla de la extensión de aquel lugar delicioso, y su localización es imposible, al menos para una geografía actualista. La referencia más precisa, a primera vista, serían los ríos Tigris y Éufrates, conocidos, junto con otros dos inciertos, el Guijón que suena como a Ganges, y el Pisón, que podría ser el Nilo, o el Indo, a falta de mejor ocurrencia.

A veces hablamos de ellos como 'los Cuatro Ríos del Paraíso', lo que sugiere una región inmensa, aunque la Biblia no dice eso, sino que "un río nace en Edén y, tras regar el Paraíso, desde allí se divide en los cuatro caudales" (Génesis 2: 10).

El más intrigante de los cuatro ríos es el Pisón, "que rodea la región aurífera de Havilá". Región que, en otra parte, se dice vecina a Ofir, para los semitas, como El Dorado. El doctísimo padre Calmet (1672-1757), que compiló toda la ciencia de su tiempo para explicar la Biblia, no gastó mucho espacio en especular sobre las coordenadas geográficas del Paraíso, aunque curiosamente, dedicó una de sus sabias y más densas disertaciones a la región de Ofir, y dónde situarla. Con una conclusión desoladora: no tenemos ni idea.

Ni idea. Esta sería el resumen exacto de todo lo que sabemos sobre un Paraíso real. ¿Se selvatizó por abandono? ¿Desapareció bajo el Diluvio? ¿Se trasladó a otra parte, a otro planeta del Cosmos? ¿Existe todavía in situ?


El mito del Paraíso Terrestre ha dado pie a muchos viajes de exploración en su busca. Y no se piense sólo en leyendas cristianas. Un intrépido aventurero al Paraíso se llamaba Alejandro Magno.

De algunos viajeros se dice que han llegado a su meta, de donde (por definición) no hay retorno. Otros creyeron haberla alcanzado, pero o bien no dieron con la puerta, o estaba cerrada, o algún otro estorbo perentorio prohibía el paso. Al no haber cubierto el objetivo, nada en principio les impedía volver. Mas, por alguna razón, para la mayoría de éstos el regreso resultó más difícil que la ida, siendo muchos los que perecieron o se perdieron por el camino.

La verdad es que, con tan luengas tierras y luengas mentiras, es de poco peso lo que se columbra del Paraíso Terrestre, salvo que es una hipótesis, como lo fue en su época la Terra Incognita, el Reino del Preste Juan o el Paso del Noroeste.

De tanto esfuerzo real o imaginario, han quedado algunos testimonios que si no aportan certidumbre sobre cuestión tan esquiva, son de alguna curiosidad. Hace años cayó en mis manos un libro titulado Las máscaras del santo, colección de leyendas hagiográficas antiguas, algunas nunca publicadas antes en lengua castellana. Dos de ellas eran viajes al Paraíso Terrestre, uno por tierra y otro por mar.

El viaje marítimo era la Navegación de San Brandán, monje irlandés, que si se trata del san Brandán histórico –el abad de Clonfert–, habría sucedido en el siglo VI. Es una bella historia nórdica, impregnada de bruma poética y misterio, aunque debo decir que a mí me desconcertó, pues como reconocía el mismo traductor, no se ve claro ni el motivo del viaje ni su desenlace. El hecho de que Brandán y sus compañeros monjes volvieron de su aventura, indica que en realidad nunca llegaron al Paraíso ni cosa que lo valga, limitándose a realizar un periplo que anduvo de boca en boca, hasta que algún amanuense registró lo que buenamente pudo, primero en gaélico, de ahí al latín y del latín al castellano.

El otro viaje, al Paraíso por tierra, era la leyenda también muy conocida como Vida de San Macario Romano. Un jesuita, el padre Rosweyde, la dio aconocer a principios del siglo XVII, según cierto manuscrito latino "de letra reciente", según el propio descubridor/editor. Dicha versión latina era bastante más extensa y detallosa que lo conocido hasta entonces a través de los leccionarios griegos bizantinos. Pues bien, este viaje resulta no menos intrigante que el anterior. De entrada, la vida o biografía del santo se reduce a su final, contada en primera persona por el propio ermitaño, a modo de confesión y testamento de alguien próximo a la muerte.

Los testigos de san Macario son tres monjes sirios, que desde el alto Éufrates y sin motivo aparente se habían puesto en camino "siempre hacia oriente, hacia el horizonte", hasta que en alguna parte de la India topan con la morada del ermitaño. Sólo al oír su narración parecen enterarse de que se hallan "cerca del Paraíso".

Y ahí queda todo. Del Paraíso propiamente, los viajeros no han visto ni las tapias. A decir verdad, la etapa final del viaje la han hecho a oscuras, como cuando a un visitante o prisionero se le vendan los ojos para que no identifique un lugar. El regreso al punto de partida se describe en un santiamén, sin las aventuras de la ida.

En suma, uno saca la impresión de que el tal 'viaje al Paraíso' es otra broma, más aún que la navegación brandaniana. Es como si la única razón de ser de la aventura no fuese otra sino dar a conocer la existencia y personalidad de un ermitaño que floreció en la India y que, para mayor perplejidad, aseguraba ser oriundo de Roma.


Antes de despedirme de san Brandán y su nave, debo hacer mención (como la hace también el libro) de la Leyenda de San Amaro, creación del siglo XVI, contemporánea por ende de la Vida de San Macario divulgada por Rosweyde.

«Estos viajes al Paraíso tienen en común el final: frustración. Aquel lugar existe, qué duda cabe, pero es inaccesible. Puedes asomarte a la puerta, como Amaro, o como Alejandro Magno verlo por una mirilla con lente ojo de pez. O, como en este cuento de san Macario, creer que casi llegas. Como moraleja, no es mala.»

Este comentario que acabo de citar es del propio autor de Las máscaras. Y tengo que estar de acuerdo con él, por ahora. Interesado en el tema desde hace muchos años, he tenido ocasión de conocer bastantes versiones de viajes al Paraíso. ¿Mi impresión? Vistas unas cuántas, vistas todas. Literatura monótona, reiterativa. ¿A qué viene entonces mi reserva, por ahora?

Pues viene a que, cuatro siglos después del padre jesuita Heriberto Rosweyde, he tenido la suerte de reencontrar su misma leyenda de San Macario Romano, sólo que más completa y detallada que lo fue la suya con respecto a los escuetos textos bizantinos. No es que a mi manuscrito le falten lagunas. Eso es casi inevitable en el género. Tampoco es fácil de leer y entender, pues de entrada es obra de varias manos, donde se reconoce la intervención de tres copistas, por lo menos; hasta cinco, tal vez…

El manuscrito que tengo a la vista está en griego, y como Rosweyde del suyo, pienso que no es muy antiguo: éste, como de principios del XIX. Una nota a lápiz en francés dice que parece traducción del siríaco; observación superflua, pues eso salta a la vista, y hasta se identifican algunas glosas en esa lengua.

Un hallazgo así pide un estudio paciente y riguroso, hasta lograr un texto digno de buena edición crítica. Esto llevará mucho tiempo, años tal vez. No hay más que ver lo que a un equipo de expertos vascólogos de nuestra Universidad le está costando sacar a luz la edición de un texto tan simple y de común alcance como es el Manuscrito de Lazarraga; y eso que es breve, y sólo una parte está en vascuence, lo demás en castellano. De todas formas, creo que la prudencia científica no va reñida en mi caso con una sana intención vulgarizadora. A ello me animan y me presionan buenos amigos de toda mi confianza.

Evidentemente, un relato que transcurre a principios del siglo V, desde Oriente Medio hasta la India y el Himalaya, con referencias a personajes y sucesos muy particulares, necesita para ser comprendido algunas anotaciones o comentarios. Dejando la gran masa de este material en reserva para la edición crítica, reduzco a lo indispensable lo que voy a ofrecer aquí, para ilustrar la traducción. Una traducción que procuro hacer suelta y desenvarada –no se tome a jactancia–, porque parto de un original premioso, calco a su vez de la redacción semítica. Un volcado más literal, sin ser más fiel, resultaría pesado y poco inteligible.

La mayor parte del documento está lista para próximas entregas. Espero entretanto ir avanzando en el resto, que no parece lo más fácil. Por ello pido a mis lectores paciencia, si mis obligaciones y achaques no me permiten servirles el pensum con la regularidad que su interés merece. Por mi parte, prometo cumplir el compromiso, hasta donde mi precaria salud lo permita. A partir de ahí, sintiéndolo mucho, no habríamos hecho otra cosa que alargar la lista de los paradisípetas frustrados.

Que tampoco pasa nada. Más se perdió en Veleya.


(Continuará)




miércoles, 4 de marzo de 2009

ESTO NO ES UN BLOG

Parodiando a Magritte, esto no es una pipa, ni tampoco un blog. Dejé de fumar el siglo pasado, y, en cuanto a pipas, no las colecciono. Tampoco tengo esa fe ni ese soplo que da vida a los blogs; esa receta feliz de ingenio, expansividad y perseverancia.

¿Qué pinto yo aquí, entonces?

Ningún misterio. Hace algún tiempo me enganché a un blog interesante. Para los de casa es La Argos, referencia náutica muy expresiva, y que cuadra perfectamente al patrón, marino de carrera. Todo ello es muy poético –como que hasta disponen de vates a bordo–, aunque la empresa como tal tiene nombre prosaico a más no poder: El Blog de Santiago González. Más conocido que la ruda y de no menor provecho.

La gente de La Argos se dicen remeros y remeras, chusma, galeotes y demás sinonimia. Desde que por vez primera subí a bordo, procuré comportarme como un hipereta más. Y sin embargo, debo decirlo, siempre me he visto allí pasajero (a veces polizón), más que tripulante.

Vaya, dígalo de una vez. Que quiere usted tener barco propio…

Tampoco es eso. Esta náutica me viene ancha, si me fijo en naves bien hechas, marineras, elegantes, activas. Pero algo de ello hay. Muchas veces, escribiendo comentarios sobre los temas que se debaten a bordo de la Argos, me sucede recortar el pensamiento, para no exceder un espacio razonable, ni derivar en otros rumbos que no vienen a cuento.

Lo que yo necesito es un dock en puerto, con un almacén –de momento, vacío– para la mercancía que no quisiera tirar por la borda. Y para eso no conozco otra solución que pintar la apariencia de un blog, avisando debajo que no lo es. Como dijo Magritte…

Eso es, eso podría ser/no ser, Belosticalle.

Talión iraní

No tengo idea de quién fue Talión, ni si tal legislador existió. Pero a juzgarle por su propia ley –el talión–, hay que reconocer dos cosas: que era justo y equitativo, y que le preocupaba sobre todo la venganza.

La venganza es un derecho (también un deber, depende de culturas) y en todo caso el talión no la exalta, la modera: un ojo por un ojo (no dos por uno). El talión será antiestético, pero no injusto.

Además, está sacralizado por la Biblia. Esto obliga en Occidente a no mirar con desdén a países como Irán, donde rige el talión incluso a título individual ejecutivo. La principal crítica que se le puede hacer al talión iraní es que discrimina a la mujer: tomando como unidad de medida al varón, ella y todo en ella vale la mitad; la mujer es sólo medio humana.

Una joven iraní residente en España, Amene Bahrami, 30 años, replantea el talión, y de rebote la cuestión no resuelta de la relación entre Derecho y Ética.

Hace 4 años, un pretendiente despechado, con una rociada de ácido a la cara, la dejó desfigurada y ciega. Ahora a ella su país le reconoce el derecho de cegarle a él, también con ácido, por lo menos de un ojo, o incluso los dos, pero pagando la diferencia, que le sale por la friolera de 20.000 euros.

Como Ameneh no está por la labor de repatriarse para ejecutar personalmente o ver ejecutar la pena, la operación la realizará allí un técnico aplicando anestesia al ojo u ojos del paciente.

El aspecto vindicativo de las leyes penales es algo que el progresismo tiende a diluir, incluso a sacrificar, en favor de otros valores tanto o más importantes, como es la rehabilitación del reo, la 'reinserción' del que se ha salido de la norma social.

La obsesión por la rehabilitación ha llegado a desvirtuar la privación de libertad, olvidando a veces que la desinserción puede ser y es a menudo una decisión libre.

Volviendo al talión iraní. ¿Repugnante venganza? Lo dejo en venganza. Desde que que el consejero de Justicia del Gobierno Vasco, el todavía en funciones Joseba Azkarraga, imparte lecciones de Ética-Derecho, con peculiar embestida contra ciertas 'venganzas' no de su gusto, me he vuelto más cauto al valorar los aspectos vindicativos de la justicia. Incluso como satisfacción a título individual. Los ojos de Ameneh son suyos, mejor dicho, eran. La sociedad sigue siendo vidente, y en su inmensa mayoría vive ajena al caso.