lunes, 29 de noviembre de 2010

Chacolí (y 2)




Pues, como iba diciendo: El patio de mi casa antiguamente no se mojaba, porque no era patio. «¿Qué hubo aquí, señor Demetrio?», pregunté al anterior dueño. «Un lagar. En el pueblo hubo varios» Uno tras otro, han ido desapareciendo en Valdivielso, aunque algunos quedan. Éste era del siglo XVI, pero hay restos muy anteriores dispersos.

De todo eso pensaba hablar, al hilo de la diatriba sobre el chacolí, pues lo que se producía en el corazón de las Montañas de Burgos no era otra cosa. Dejando aparte el nombre, que por allí se difunde algo después que en Vascongadas, los documentos que he manejado ponen aquel vino en la misma categoría barata de los del norte de Burgos, Santander, Encartaciones –Enkarterri, que dicen ahora, como llaman también a la Ribera alavesa Arabako Errioxa, con el mismo fervor cómico de reconquista–, Mena o Ayala. Es decir, la mismísima realidad que la Real Academia registró como chacolí (1729).

Ahora se me han ido las ganas de hablar de ello. Las ganas y el humor. No hay lugar para una discusión amable y educada. El cerrilismo nacionalista vuelve por donde solía, bronco y desaforado. Su txakolina se les ha subido a la cabeza, y ojo, que aunque flojo, tuvo fama de ‘mal vino’: «borracho, y de chacolí», cosa mala. Cambiemos, pues, de registro sin perder la compostura.

Nos ayuda, como casi siempre, el amigo Horacio. Le recordaba aquí mismo hace poco, mostrando su genio para condensar arte y filosofía en píldoras coloquiales de fórmula griega. Esta vez le dejaremos que empiece por una traducción literal y casi pedestre de Alceo, el gran poeta báquico:

μηδν λλο φυτεσς πρότερον δένδρον μπέλ
Nullam, Vare, sacra vite prius severis arborem
Ningún árbol plantes, Varo, antes que la vid sagrada

Por lo visto, ese Varo, venido a más –de barbero y zapatero en Cremona, en Roma se hizo abogado y entró con buen pie en política– estrena villa en Tívoli, donde va a ser vecino de Horacio, que le da un consejo: lo primero, las uvas.

Nada plantes, nada, Varo, antes que la vid sagrada
en el labrantío Tívoli, cabe el muro de Catilo.
A los secos, los más duros recuerdos el dios evoca,
Y si algún afán remuerde, sólo bebiendo se espanta.
Tras el trago, ¿quién denuesta la milicia o la pobreza?
¿quién te olvida, padre Baco, y a ti también, Venus santa?

La oda transcurre, incisiva, en asclepiadeos mayores. Transparente, se la ve venir: «ahora va a hablar contra el exceso en la bebida, seguro.» ¡Buen ojo, sí, señor!:

Pues para que nadie exceda del beber justa medida
la riña de los Centauros y Lapitas, por el vino,
que en Tesalia acabó en guerra, un severo Baco avisa…

Pero, pero… Aquí hay gato encerrado. Vamos a ver. Asclepiadeos mayores…, Varo… Varo… ¿No es éste el Alfeno Varo al que Catulo apostrofa igualmente en asclepiadeos de a quince –una docena justa, que hacen la Oda 30–, poniéndole de vuelta y media, fementido traidor a no sé que amistades particulares que se traían?

A Horacio aquello ni le va ni le viene. Como tampoco los quidprocuós del tipo aquel con el amigo Virgilio, otro que tal: la égloga 7 de las Bucólicas virgilianas está dedicada precisamente a un Varo, entre alusiones y equívocos, llevándole al espectáculo de un Sileno durmiendo la mona crónica, sin soltar el cántaro desportillado vacío... No, no puede ser casualidad: el tal Varo se iba de la mui, porque el muy maricón alcahuete tenía además mal vino.


Centauros y lapitas eran primos hermanos que se llevaban bien, hasta que en una boda familiar a los primeros se les sube el vino a la cabeza, suscitándose una quimera que degeneró en guerra. El pretexto, como dice Horacio: «una diferencia sobre el filo de la navaja –el fas y el nefas, el bien y el mal–, a la luz del egoísmo».

Al nacionalismo vasco le encanta ese juego de pisar la raya, y siempre con intereses mal disimulados. Tal se ve ahora al PNV pidiendo al Gobierno Español que blinde en Europa los términos txakoli, chacolí, txakolin, chacolín y txakoina, para que fuere de Euskadi no puedan aplicarse a ningún otro vino. ¿Egoísmo? Mucho más que eso: «este vino blanco está vinculado al País Vasco, con su historia y sus raíces como pueblo» (Joseba Agirretxea, PNV). Vamos, que lo llevamos en la sangre, corre por nuestras venas y forma parte de «nuestros preciosos fluidos corporales» ('Dr. Srangelove').

Europa pensará, «pero estos Centauros están locos». Toda Europa acude a Europa para ampararse frente a otros estados . Sólo España lleva allá sus guerras intestinas, euskadianos contra burgaleses y cántabros, lapitas contra centauros … Vayan otros a Europa a hacer cola; nosotros, a hacer colada.

A nuestros centaurillos pottokas, a los jaunchos de los territaifas vascos, Europa acaba de darles buen revés por las vacaciones fiscales. Otra batallita que nos sale cara, y mira que estaba cantada la derrota. Pues como si nada. «No vamos a sufrir que Burgos se beneficia de nuestro esfuerzo, de lo gastado por el anterior Gobierno Vasco y las Diputaciones del PNV para convertir una purrela en vino de prestigio y calidad. Llegaremos hasta donde haga falta.»

Nadie niega que con dinero público a raudales (como se hacen aquí las cosas) se ha logrado un producto de nivel; como cuánto de alto nivel, allá los expertos. Baste al menos que se reconozca gasto público en lo que para unos será prioritario; para muchos más, no tanto, y aun habrá quien lo mire como despilfarro, pues el erario no recupera todo lo invertido en ayudas de todo género.

Tampoco atenta contra el buen hacer de los productores recordar que la enología no nace con el chacolí. Al contrario, lo mejor de ese buen hacer ha sido buen aprovecharse de la mejor tecnología actual.
Hay quien estima que el chacolí está sobre preciado y aguanta a fuerza de proteccionismo. De ahí el pavor ante la competencia, porque el tinglado se viene abajo, a poco que las cubas vecinas fermenten.

Juegan, por otro lado, las contradicciones del nacionalismo. Chacolí de Burgos, no. ¿Y qué hay de Navarra? ¿Y de la bien amada (y subvencionada) Iparralde? Si les pagamos ikastolas por su bien, también en esto podemos ayudar, por ejemplo, otorgándoles bula y dispensa, y hasta subvencionándoles, si son buenos… En serio, cualquier chacolinero francés se reiría de la pretensión prohibitiva.

«Nuestro esfuerzo, nuestro talento.» El prejuicio sabiniano del vasco laborioso y emprendedor, frente a los otros, obtusos zánganos de colmena. Y esta vez no va por los madrileños, los extremeños o andaluces. Ahora son nuestros vecinos inmediatos, de los que nos separa esa raya fina, horaciana, entre el bien y el mal: la dichosa, la asfixiante ‘muga’.

¿Pero qué digo, ‘nuestros vecinos’? ¡Nosotros mismos! Yo no sé hacer buen vino, pero como decía, en casa lo he visto hacer año tras año a mi vecino, como una querencia ancestral hacia el lagar que allí existió. Con unos cestos de uva asilvestrada obtiene un caldo blanco que, con segunda fermentación en botella, es chacolí auténtico. Con denominación de la Real Academia.

Pues bien, como bilbaíno que pago mis impuestos en Vizcaya, si un buen día en el pueblo me da por copiarle a mi vecino su vino, pregunto: ¿a quién debo pedir permiso para etiquetarlo como tal chacolí, diputado Agirretxea?

Que responda Horacio:

Cándido zorruno, amigo,
yo contigo no me meto, ni te robaré el secreto
que entre pámpanos escondes. Deja en paz la chalaparta
y el tamboril agresivo, que mueve egoísmo ciego,
esa gloria patriotera tan altiva como huera,
porque más que el vidrio claro, Varo, se te ve el plumero.

«Cándido zorruno». ‘Zorrunos’ (bassarei, de ‘zorro’, en griego) llamaban a los bacantes en los misterios dionisíacos, por algún gorro o prenda de esa piel que se ponían. Cándido zorruno, como anillo al dedo aquí, para quien confunde marca de vino y seña de identidad. «Se quieren aprovechar de nosotros, quieren explotar nuestra marca.» Perlucidior vitro!, termina esta oda, que toda ella hace literal otra metáfora también de Alceo: el vino es el espejo del hombre (de ciertos hombres, en particular):

ονος γρ νθρώποις δίοπτρον

¿Verdad que la pieza horaciana, tan anodina en primera lectura, parece una profecía? Con razón llamaron vates a los poetas.

«Iremos a Europa, y a donde sea». Pues ea, señores, tengan ustedes buen viaje. Solamente dejen de tirar con pólvora del rey, y en vez de ir de estudiosos primero y de pleiteantes ahora, páguense de su peculio unas vacaciones. Con las fiscales que nos han dado ustedes, nosotros vamos bien servidos.

_______________

Para quienes no hayan reconocido a Flaco en mis torpes glosas en prosa y verso, aquí va el texto latino de la Oda 1, 18 (léase marcando las cesuras):

Nullam, Vare, sacra / vite prius / severis arborem
Circa mite solum / Tiburis et / moenia Catili;
Siccis omnia nam / dura deus / proposuit, neque
Mordaces aliter / diffugiunt / sollicitudines.
Quis post vina gravem / militiam / aut pauperiem crepat?
Quis non te potius, / Bacche pater, / teque decens Venus?
Ac ne quis modici / transiliat / munera Liberi,
Centaurea monet / cum Lapithis / rixa super mero
Debellata monet / Sithoniis / non levis Euhius,
Cum fas atque nefas / exiguo / fine libidinum
Discernunt avidi. / Non ego te, / candide Bassareu,
Invitum quatiam / nec variis / obsita frondibus
Sub divum rapiam. / Saeva tene / cum Berecyntio
Cornu tympana, quae / subsequitur / caecus amor sui.
Et tollens vacuum / plus nimio / Gloria verticem
Arcanique fides / prodiga per- / lucidior vitro.


jueves, 25 de noviembre de 2010

Chacolí (1)



Si se patentan genes, no es extraño que se patenten palabras. Que es el modo de poseer en exclusiva lo que expresan. Porque el nombre de las cosas es el certificado de su existencia:

Izena daben guztiak izatea be badauke
(Todo lo que tiene nombre, también tiene ser)

Eso viene a decir un proverbio vascongado, aunque luego vienen sus distingos:

Izenak eztu egiten izana.
Izena bat ta izana bi.

(El nombre no hace el ser. El nombre es uno; el ser, dos.)

Y el chacolí, tres, podemos añadir. Porque, vamos a ver: ¿existe el chacolí?

El chacolí ha existido, hubo algo que se llamó así. La Real Academia Española, en la primera edición de su Diccionario (1729, t. 2, pág. 292) lo registró:

«Vino de baxa calidad y poca substancia, por no llegar la uva de que se hace à perfecta madurez, por cuya causa es de poca duracion. En España solo se halla en las Provincias de Vizcaya y Montañas de Burgos

No sugiere etimología, aunque para la palabra siguiente sí lo hace, chacolotear (onomatopeya de un sonido). Nada dice de que chacolí sea vascuence. Es notable que, siendo aquel diccionario ‘de Autoridades’, no se ofrece ninguna para el chacolí, como si fuese palabra no escrita. Más tarde la misma Academia se enmienda, sobre todo en dos puntos: Cantabria es chacolífera y el chacolí es un vino tinto.

En 1742 el jesuita Isla menciona «un chacolí o vinagrillo de la tierra», no referido al País Vasco (Fray Gerundio, 3, 4, 8).

Por entonces, su consocio Larramendi copia de la Academia: «Chacolí, vino de poca sustancia». En vascuence pone chacolina, arnaguea, pero nada dice de origen vasco de la palabra. Y eso que el autor no pierde comba en esto; por ejemplo, casi a continuación: «Chacona. es voz Bascongada, y viene de chocuna, chucuna… », dice por decir (Diccionario trilingüe, 1745; t. 1, pág. 192).

Del mismo siglo XVIII tenemos a Cadalso, Memorias o compendio de mi vida (1762): «hablar vascuence, beber chacolí, plantar castaños…» Aquí sí, el contexto es vizcaíno (Bilbao, Zamudio), pero con eso el chacolí no tiene por qué ser más vascuence que los castaños.

¿Vascuence, chacolí? A los vascófilos no les cabe duda, y hasta discurren etimologías. Por afinidad fonética se relaciona con etxeko, de casa. Por ejemplo, preguntado un chacolinero cuánto fabrica, su respuesta canónica sería: «etxeko ain» (convertida para el caso en etexkolain), «como para casa». Pero, por la misma regla de tres, tan casera y chacolinera sería la sidra, pues quitando a Don Lope el Vizcaíno, rico en manzanas, pobre en pan y vino, y alguno más, los hidalgos a lo Garibay y los labradores sólo hacían sidra ‘patrimonial’, para el consumo propio. Y hablando de etxea, también el perro, txakurra, lo meten algunos en casa como «el (animal) casero» por excelencia. O sea que seguimos donde estábamos.

Tampoco el moderno Orotariko Euskal Hiztegia de la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskalzaindia aclara el misterio, ni hurga en fondos documentales vascongados. En este sentido, sólo veo dos afirmaciones sin prueba: que la palabra, documentada desde el siglo XVI, se difunde en el XVII –aunque el Covarrubias (1611, 1673) no la conoce–, y que esa difusión parte del extremo oriental de Guipúzcoa, para designar vinos de origen francés. Veo también citado a Antonio de Trueba, que en Vizcaya no encontró el término hasta un documento de Olabeaga (1630), llamando chacolí a un vino de Burdeos, que a falta de otro se propinó a una soldadesca. Pero si aquí lo hacemos galo, de Francia nos lo devuelven con el Grand Larousse.

La intentona de vasconizar el nombre no se para en barras. Si el término propio vasco es txakolin –en grafía sabiniana, pronunciado chacoliña, con el artículo–, hasta eso se vuelve argumento, pues también otros líquidos bebibles terminan igual: ozpin (vinagre), pitipin, txuzpin (vino aguado, aguachirle). Hombre, si fuese txakopin, sería más convincente.

Siempre hay un consuelo:

«Lo que sí sabemos con rotunda seguridad es la fecha, el lugar, y casi la hora en que la palabra chacolí, en el País Vasco, pasó a ser txakoli. Fue en la Nochebuena de 1895. Sabino Arana se encontraba preso en la cárcel de Larrínaga en Bilbao… » (M. Corcuera y otros, Chacolí / Txakolina, 2010, pág. 161).

Sí, sí, nos lo han contado cien veces, nos sabemos de memoria el menú pantagruélico de aquella cena del político perseguido, en compañía de sus íntimos. Pero aquel fogonazo de inspiración, aquella inmersión lingüístico-etílica del término por la vía ortográfica no pasa de anécdota.

Como, por la otra parte, el francés ni el castellano tampoco ayudan, antes de dejarlo por imposible anoto una propuesta de etimología… hebrea: shehakol (שהכל), pronunciado con e brevísima, sheakol.

 El ritual judío tiene hasta cinco bendiciones distintas para tomar un tentempié. Cuatro son específicas de ciertos manjares. La quinta, llamada shehakol, es multiuso, como el nombre indica («para todo»); por ejemplo, vinos no de uva se etiquetan con la advertencia: «vino sheakol». El adjetivo correspondiente sería shakolí: «vino chacolí», como se decía también en castellano. La palabra está tomada de la bendición, que como todas, empieza: Baruch ata Adonay Elohenu Melek haolam (Bendito tú, Señor Dios nuestro, Rey del Universo); concluyendo ésta: shehakol nihyah bidvaro (el que todo existió por su Palabra).

      Es sabido que los judíos en la Edad Media anduvieron muy metidos en alcabalas y aduanas, pero no sólo en España, también en Francia. ¿Es posible que en su jerga profesional los vinos de poco fuste entraran irónicamente como ‘chacolí’? Se non e vero, e ben trovato. Hasta la n del vascuence txakolina la ven algunos en la misma bendición: shakoli-nihyah… ¿Quién da más?

Estamos, pues, como al principio, es decir, en ayunas. Lo peor de las etimologías viene cuando compiten varias. Es como ir al médico, y oírle que lo tuyo puede ser del hígado, o bien del corazón, aunque también parece una artrosis de cadera, tal vez complicada con un astrocitoma de cerebelo.

¿Qué significa Bakio? «Remanso de Paz» (bake, préstamo latino clásico, es la paz). Valiente sosada. Baquio es uno de los sobrenombres de Dionisio, el dios del vino. Llamar así a la capital del chacolí no sólo es más propio, sino que puede hacerse razonable inventando un mito milenario sobre la venida de Baco fundador, trayendo un mugrón en vez de un ramo de olivo.  Mi propio nombre, Belosticalle, tiene su pequeño tesauro de etimologías. ¿Qué tal esta otra? Belosti, to be lost. Al menos encierra algo de verdad.

En medio de tanta incertidumbre, he aquí que, como hubo Guerras del Chaco, ahora tocan las Guerras del Chacolí. Ha empezado Burgos, dicen, pero interesa también a Cantabria, y puede que a Navarra. Porque Navarra tiene chacolí, como nos recuerda mi buen amigo el profesor Humberto Astibia (UPV/EHU), paleontólogo, experto en caldos del país casi tanto como en sus dinosaurios fósiles.

¿Guerra político-identitaria? ¿Guerra mercantil? ¿Es por el nombre, es por la cosa? Como no soy experto en vinos ni tampoco en marcas y patentes, me ceñiré a lo que tengo más cercano: el chacolí auténtico y autóctono que siempre se hizo y veo hacer en un lugar de la Montaña de Burgos. Para ser un poco más concreto, en mi propia casa.

El patio de mi casa…  Pero veo que es algo tarde. El próximo día vuelvo sobre ello.


sábado, 20 de noviembre de 2010

Funeral




El 20 de noviembre de mi recuerdo es otro. El mío es el de 1941.

Por aquella fecha, el hambre y el frío habían empezado a dejarse de contemplaciones, en aquel colegio espartano donde me vi metido y donde no acababa de coger postura. Casi tres meses allí, y siempre de mal en peor. En una palabra, las pasé canutas.

Así se explica que aquel jueves me pareció redondo, porque de propina tuvimos también la mañana sin clases. Era el aniversario de José Antonio Primo de Rivera, un icono del régimen conocido entonces como el ‘Ausente-Presente’.

Desde luego, ningún chaval de mi edad archivaría en la memoria un jueves feriado por causa de un funeral. Lo que me impactó para toda la vida fue la apoyatura musical y literaria de aquel acto.

Primero fue el desfile por la calle Mayor hasta la parroquia, con la banda tocando un buen arreglo de la Marcha fúnebre de Chopin. Impresionante, para un lugarón como aquel, una villa arcaica en mitad del páramo leonés. Luego vino la misa muy bien cantada y orquestada. El responso final, con el Libera me de Perosi, estremecedor.

¿Cómo así? Pues más sencillo de lo que parece, aunque por entonces yo no lo sabía. El director de la banda municipal y alma de aquella música era un hombrecillo reservado y gafoso, que se llamaba Rodrigo A. de Santiago (1907-1985).

Era vizcaino de Baracaldo, aunque no iba diciéndolo a todo el mundo (hasta le tenían algunos por gallego); y en confianza –pero muy en confianza y con voz inaudible– podía llegar a declararse algo de izquierdas; dentro del orden, claro. Arteramente hacía correr la especie de que era un represaliado, un degradado. Y lo segundo al menos era verdad, porque dos años antes el joven Rodrigo acababa de ganar el Premio Nacional de Música.

Llevaba más o menos un año en la plaza, y se notaba: la banda ya hacía música. Algo después, el colegio le contrató para dar clases de armonía a los ‘pianistas’ algo aventajados. ¡Dios, qué pianos! Creo que fue la excusa que me di un año después para dejar la tecla, una de las estupideces de mi vida que más he lamentado. Me perdí, además de la música, el magisterio de un gran profesor y gran persona.

Era la era del gramófono. El repertorio músico de alcance no tenía nada que ver con el de hoy, incluso entre los buenos aficionados y profesionales. El criterio estético tampoco era de alto nivel.

Por entonces empezó a picar como una epidemia la himnomanía. Himnos para todo. Un efecto colateral de la cultura bélica, supongo. Un músico cortés como de Santiago no podía eludir el compromiso hímnico, pero es que a él también le iba la marcha. Hace unos años he tenido ocasión de volver por el lugar en fiestas (no al funeral de José Antonio, desde luego), y casi me emociono escuchando el mismo himno que les compuso el difunto Santiago. Sin letra, porque la original, ya discutida desde aquel estreno remoto, se había vuelto estridente y grotesca:

Seguiste en la postrer Cruzada,
epopeya de titanes,
la estela siglos ha trazada,
por tus hijos inmortales.

Consagrada ya oficialmente
al Rey inmortal de los siglos,
entonas con trova elocuente
el mejor de los tus himnos.

Gran hazaña, musicar letras así. Y así solían ser las más. La música en cambio resiste. Es pegadiza y muchos del pueblo la tararean. Es una marcha lenta, que en algunos lugares tocan en Semana Santa, sin sospechar que es el himno de un pueblo. Tiene una especie de obertura como de película de romanos, que pronto entra en vereda de pasodoble.

¿Y la parte literaria de la efeméride? Porque, como he dicho, aquel día hubo algo más que música. Pues sí, la pieza literaria fue el sermón. Y aquel sermón se me quedo fijado por su argumento. ¿Una glosa tal vez del Cara al sol? Pues no. Don Gregorio declamó y tronó desde el púlpito… ¡contra la cremación de cadáveres! Creo que fue entonces cuando tuve la primera noticia de esa práctica como un peligro social real entre nosotros, y no como una extravagancia hindú, o una antigualla de romanos. El cura era hombre práctico, y para no enredar en política, con una parroquia bastante en carne viva, nos repuso su homilía pronunciada el día de los difuntos.

Y hablando de letras. Otra figura que pasaría por allí unos años después fue ‘Cueto’, el juglar bilbaino Pío Fernández Muriedes. Antología poética de carne y hueso, más hueso que carne. Más famélico él que su juvenil auditorio (que ya es decir), actuando en el colegio se nos ‘traspuso’ dos o tres veces, por el bajísimo nivel de glucosa en su cerebro. Pero él salía del paso sin consultar jamás una chuleta, sólo gracias a su memoria y su repetorio, más alguna pastilla que se metía discretamente en la boca, con un buchecito de agua. ¡Hombre elegante! Pero hoy no toca hablar de él, ni yo tengo mucho que contar.




Lo dejamos, pues, con el Libera me de don Lorenzo. Por cierto, la última vez que estuve en Roma, en el palacio del Santo Oficio, me fijé en una placa donde dice que Perosi vivió allí. Y es que el auténtico artista lo es en cualquier parte, incluso en la antesala del infierno.

Impresionante pieza. Aunque no lleguemos a tanto como el admirador que escribe:
                   
                      Vorrei sia cantato durante le mie esequie.



martes, 16 de noviembre de 2010

Los Señores de la Paz



El licenciado Otegui –o bien Otegi, pero entonces nada impide pronunciar Oteji, hablando en castellano–;  don Arnaldo, digo, delante del Tribunal que le juzga se levantó de su silla y compuso la siempre ensayadísima figura para recitar su monólogo:
«Quiero volver a decir y a reseñar, con carácter absolutamente nítido, prístino, clarí[s]…, claro, que nosotros hemos hecho una apuesta por las vías pacíficas y democráticas, que nosotros rechazamos el uso de la violencia para imponer un proyecto político, que nosotros abogamos por un proceso de soluciones democráticas … »

¿«Prístino»? ¿ha hablado de «decir y reseñar con carácter prístino» no sé qué? La moviola lo confirma, es lo que ha dicho. A saber, dónde habrá oído ese adjetivo este hombre nada sobrado de léxico.

Al grano. Lo lógico, lo coherente al menos, habría sido recusar en forma al tribunal de un estado opresor, incompetente para juzgar a un patriota vasco que reniega de la nacionalidad española. Otros patriotas lo hacen. Esta vez el guión no pedía eso, sino compostura. Tocaba mitin.

Lo que no podía faltar en un discurso de parquedad retórica rayana en inopia eran las palabras favoritas: ‘conflicto’, ‘democrático’, ‘apuesta’, ‘escenario’... El actor en su escenario, eso era el demagogo Otegui protestando ante la Sala su apuesta como demócrata, quién sabe si de toda la vida.

¿Por qué me entretengo con Arnaldo Otegui? No tengo fijación por este personaje, de biografía bastante explícita, salvo en algún detalle, como su grado académico, dónde, cuándo, en qué y cómo lo consiguió. Licenciado en Filosofía y Letras. O en Sociología, dicen también. La cárcel ha sido fecunda en titulaciones de abertzales por cuenta de una UPV/EHU que no frecuentaron, algunas portentosas.

Otegui me vale de paradigma de esa gente que podemos llamar «señores de la paz», como otros –o los mismos, para el caso– son «señores de la guerra». Condotieros, filibusteros de la pacificación que ellos mismos provocan, inducen, gestionan, escamotean.

Proceso de paz, resolución del conflicto, etc.  A fuerza de machacar en frío, terminan metiéndonos en la cabeza que «todos necesitamos la paz», que la paz está ahí, aunque no de balde, sólo si sabemos negociarla. Esa milonga no se entiende, o es que se entiende demasiado, veamos:

«El Pueblo Vasco, Euskal Herria, está en conflicto con el Estado Español, con el Estado Francés». No es verdad. Hay políticos que lideran grupos y partidos desde ese supuesto, es su problema, que no les da derecho a usurpar la voz de este país. Aquí somos muchos los que no necesitamos esa paz de que hablan los señores y profesionales del ‘conflicto’. Por una sencilla razón: nosotros no estamos en conflicto –en ese conflicto–, no estamos en guerra civil con nuestro propio estado ni en guerra con el vecino del norte.

«Los enemigos del nacionalismo vasco lo son en nombre de su nacionalismo español excluyente», otra falacia. De todo habrá en la viña del Señor, y tan legítima es la opción de una España centralista como cualquier opción separatista o federalista, pasando por toda la gama de autonomías nacionalistas periféricas. ¿Quién teme al lobo feroz? Por ahí no nos van a pillar en renuncio.

Aquí el único conflicto es el que tratan de imponer los que de tiempo acá se comportan como señores de la paz, mientras niegan la única realidad política pacífica que hay, la firmada por los demócratas al sacudirse la dictadura y otorgarse una Constitución reformable y expresiva de la soberanía nacional española.

Los que no estamos en el conflicto de Otegui, o de Ibarretxe (que tanto monta), debemos tomar conciencia de ello y decir bien alto que su guerra no es la nuestra, y por tanto no necesitamos ni queremos para nada la paz que nos venden. Tan así es, que sólo desde una gran miopía, o un oportunismo político inconfesable, se puede estar colgado de los gestos o las palabras de ETA-Batasuna. o de ETA, Batasuna & Cía, como si la paz dependiera de ellos.

Señores de la Paz hay muchos y de muy variados pelajes. Eguiguren es otro de ellos. ¡Pero Eguiguren es demócrata  y nunca ha sido señor de la guerra! ¿Y qué? Es de los que saben como se cocina la paz, como se dialoga con el mismo diablo, como quien reza el rosario, para que la paz sea con nosotros. ¿Y Mr. Currin? Experto en resolver conflictos, mediador entre ETA y no se sabe quién, un soldado mercenario de la paz. Señor de la Paz es cualquiera de tanto espontáneo o comisionista para lavarnos el cerebro con la misma monserga de que nosotros tenemos un problema y alguien tiene la solución.

Claro que tenemos problemas. Entre otros, la delincuencia de todo tipo, incluido el terrorismo. Soluciones a debate, entre ellas no figura para nada la pacificación, el logro de un arreglo negociado de igual a igual entre la sociedad y las bandas de malhechores traficantes, proxenetas, ladrones, chantajistas, pistoleros. Menos todavía, la integración social de esa gente tal cuál y con atropello de la justicia, su infiltración en el Parlamento y las instituciones, por aquello de que «a nadie se le puede obligar a que renuncie a sus ideas, a su modelo de convivencia». Vaya si tenemos problemas. Uno especialmente molesto es la Caravana de la Paz.

Volviendo a Otegui. Primero en Anoeta, luego en el ‘Festival de Venecia’, ahora en la Audiencia Nacional, este ‘hombre de paz’ como que va de paloma de Noé con el ramo de olivo en el pico. El efecto irremediable es de arrogancia, un perdonavidas a lo Quinto Fabio, cuando abolsando un pliegue de su toga dijo a los cartagineses: «Aquí os traigo la paz y la guerra. Elegid» (T. Livio, 21, 18).

Encima, sin venir a cuento. Porque Roma y Cartago sí eran dos iguales en conflicto. Aquí, en cambio, ¿quién es ningún particular, ningún portavoz de grupo o partido político, para imponer a toda la sociedad su conflicto partidario, con dilemas de olivos y togas?


«Quiero que sepan que el pueblo trabajador vasco, que la clase obrera y las capas populares de este país, las que estamos organizadas para construir un proceso de liberación nacional y social en este país, no olvidaremos jamás el ejemplo que habéis dado, el compromiso que habéis adquirido, y el compromiso que además habéis planteado para buscar una solución dialogada y política al conflicto que enfrenta a Euskal Herria con el Estado Español.» (A. O.)

–¿Y la paz?

–Un momento, que para todos hay. En seguida me dirijo a los payos. Ea, vamos allá: Damas y caballeros, aquí les traigo el ramo de olivo. La Pazzz...

El crecepelo mágico…

Sólo un problema: en toda esta feria, el charlatán es el único calvo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Autos de Fe en Logroño


      El 13 de julio abrí una breve serie de reflexiones sobre el binomio Inquisición-Brujería, todo ello en relación con el Proceso de Logroño (1610). El Instituto de Estudios Riojanos ha organizado un curso de conferencias, que me ha dado ocasión de conocer otras novedades en torno a este IV Centenario.

De la mano con el Ministerio de Cultura, el Ayuntamiento ofrece hasta enero una exposición: Brujas, Inquisición, Auto de Fe: Logroño 1610-2010. Acompaña un hermoso libro-catálogo de los de leer y conservar. Muy bien ilustrado y comentado, incluye en facsímil las páginas del folleto impreso por Mongastón sobre el Auto de Fe (Logroño, 1611), más conocido en reediciones con apostillas de Leandro Fernández de Moratín (1811). Bastante insulsas, por cierto (las apostillas), no son de las que hoy se estilarían para ilustrar el original riojano.

El Auto de Logroño pudo haber sido uno de tantos, un episodio más de la cacería de brujas canonizada por el papa Inocencio VIII (1484). Como culminación del proceso inquisitorial, el ‘auto’ era un espectáculo de masas ejemplarizante, donde el público en general, adultos y niños, presenciaban la ejecución de los castigos, desde la humillación de los reos hasta su degradación social y ejecución en la horca o en la hoguera, en carne viva, en esqueleto o en efigie.

Un detalle había, que las estampas y el cine a veces representan mal. Los sambenitos o escapularios que distinguían a los reos, incluso los reconciliados con la Iglesia, no ardían con el cuerpo entregado al brazo seglar. Con muerte o sin ella, el sambenito se reservaba para colgarlo en la iglesia, a la vista de todo el mundo, traspasando la infamia de padres a hijos y nietos perpetuamente. Infamia con efectos prácticos harto sensibles, pues inhabilitaba para cargos de importancia y dignidades.

El Tribunal de Logroño

La Inquisición de este distrito se había trasladado de Calahorra a Logroño en 1570, cuando se hizo cargo de ella el inquisidor Jerónimo Manrique de Lara. Era éste clérigo hijo ‘barragán’ –o más técnicamente, ‘sacrílego’– del cardenal arzobispo de Sevilla e Inquisidor General don Alonso Manrique cuando era obispo de Córdoba (1516-1523), donde sacó tiempo para seguir su afición prolífica, y aun le sobró para desfigurar la mezquita-catedral con el injerto arquitectónico tan lamentado.

Más casto que el padre, o más discreto, don Jerónimo llegaría también a Inquisidor General, aunque apenas tuvo tiempo de significarse.

En Logroño se estrenó muy pronto con un primer Auto de Fe (18 de octubre de 1570), «con tanta autoridad y concurso de gente, que fue para alabar a nuestro Señor, a quien entendimos que se ha servido, y edificado al pueblo cristiano…».

El auto tuvo su obligada Relación; pero a diferencia del que nos ocupa, ésta no iba dirigida al público, sino al Consejo de Madrid. Gracias a esa circunstancia, disfrutamos del menú de la cena –púdicamente llamada ‘colación’– servida a los actores principales de aquel teatro, «los oficiales del Santo Oficio de Logroño, e penitentes, e algunos familiares que velaron la noche», y el almuerzo de la mañana del Auto  «a los dichos oficiales y familiares y otras personas, y a nueve ganapanes que llevaron las estatuas…» (A los penitentes, por lo visto, se les dejó en ayunas).

Las llamadas ‘estatuas’, en representación de los penados en rebeldía, eran en realidad peleles de lienzo con máscaras pintadas, con sus corozas  y escapularios, todo pintado.

Aquel primer Auto tuvo 41 penitenciados, entre más o menos herejes, judaizantes o islamizantes. Sólo nueve de ellos fueron ‘relajados’ –entregado al verdugo civil para la pena máxima–, aunque por fortuna ninguno en persona, por ausencia, fuga, defunción o suicidio. De esto último hubo un caso: un vasco «de La Bastida, en Biarne» –es decir, La Bastide-Estratte (Béarne)–, el cual «estando preso en Calahorra, en el Santo Oficio, se desesperó y echó de un corredor abajo, y luego murió». Persona piadosa, debía de tener un retintín luterano muy molesto a los oídos de los inquisidores, pues el individuo citaba textos de la Biblia en apoyo de que «solamente se había de rogar a Dios, y no a los santos, porque los apóstoles habían sido unos buenos hombres y estaban muertos». A diferencia de otros penados extranjeros, éste ni siquiera estaba avecindado en el país, pues era un tratante. Su indiscreción, o mejor la malevolencia ajena, le costó la vida, quemándole la Inquisición en efigie y confiscando cuanto se le pudo pillar.

Venzo la tentación de comentar otros reos del mismo auto, remitiendo a la fuente: el artículo clásico de José Simón Díaz, ‘La Inquisición de Logroño (1570-1580)’, en el Nº 1 de BERCEO (1946).

Pronto también se reanudan en Logroño los procesos por brujería, que habían hecho ya famosa a la Inquisición en Calahorra, aunque ninguno tuvo la resonancia de 1610. Curiosamente, el primer proceso logroñés (1576) se abre con resonancias como de precedente siniestro. Una moza ex bruja, Catalina de Areso, dio nombres de personas supuestamente brujas, con sus juntas en una cueva de la sierra de Uli y en «otras danzas y congregaciones». Sumada a esto la información recogida por el comisario Camús y otra del alcalde del valle de Larrauri –de iniciativa civil, no eclesiástica–, se investigó a un conjunto en que figuraban «también criaturas, digo muchachos y muchachas de poca edad». Pero, a diferencia del ‘caso Zugarramurdi’, «por muchos halagos y rodeos y blandicias» no se les sacó nada en limpio.

El Proceso de 1610 llevó a la hoguera a 11 personas, cinco varones y seis mujeres. De los 11, cinco se quemaron en ‘estatua’, por haber fallecido en la cárcel.

La Relación que reproduce el Catálogo de Logroño empieza así:

«Este Auto de la Fe, es de las cosas más notables que se han visto en muchos Años, por que a él concurrió gran multitud de gentes de todas partes de España, y de otros Reinos.
Y Sábado 6 días del mes de noviembre, a las dos de la tarde, se comenzó el Auto, con una muy lucida y devotísima procesión, en que iban, lo primero siguiendo, un rico Pendón de la Cofradía del Santo Oficio; hasta mil familiares, comisarios y notarios de él, muy lucidos y bien puestos, todos con sus pendientes de Oro y Cruces en los pechos…
…De todos los monasterios de la comarca habían acudido tanta multitud de religiosos, que vino a ser tan célebre y devota la procesión, como jamás se ha visto…
… A lo último, iban a caballo los Señores Inquisidores, Doctor Alonso Becerra Holguín, Licenciado Juan de Valle Alvarado y licenciado Alonso de Salazar y Frías… »

Este último, el más joven de los tres, se había atrevido a emitir voto particular, contrario a las muertes. Bien estaba el escarmiento; pero en este caso él tenía sus razones para temer algún error judicial irreparable.

Con todo, nadie  sospechaba que de allí a poco el mismo inquisidor iba a emprender una encuesta demoledora, demostrando que todo el proceso había sido un castillo en el aire. Sin negar la existencia de brujas en abstracto, su conclusión será que el caso vasco-navarro había sido todo él un montaje, una fábrica de brujos y brujas imaginarios, creados por una investigación viciada de prejuicios.

Muy ajena a esto, convencida de estar prestando gran servicio a Dios y la Iglesia, aquella procesión tenía por destino un gran cadalso o tablado en la ribera extramuros, donde se plantó la gran Cruz Verde de la Inquisición, entre «vistosos faroles, con familiares de guarda» toda la noche».

«Una procesión lucida»

El día siguiente al amanecer

«salieron de la Inquisición, lo primero 53 personas…: 21 hombre y mujeres que iban en forma y con insignias de penitentes, descubiertas las cabezas, sin cintos y con una vela de cera en las manos; y los 6 de ellos con sogas a la garganta, con lo cual se significa que habían de ser azotados.
Luego se seguían otras 21 personas con sus sambenitos y grandes corozas con aspas de reconciliados…
Luego iban cinco estatuas de personas difuntas, con sambenitos de relajados, y otros cinco ataúdes con los huesos de las personas que se significaban por aquellas estatuas…
Y las últimas iban seis personas con sambenitos y corozas de relajados.
Y cada una de las 53 personas, entre dos alguaciles de la Inquisición, con tan buen orden y lucidos trajes, los de los penitentes, que era cosa muy de ver.»

Un plano antiguo de la ciudad, en la Exposición, señala el recorrido aproximado de aquel cortejo, donde como se ve, lo devoto no quitaba lo lucido, acompañando una turbamulta estimada en 30.000 curiosos: todo Logroño multiplicado por diez.

No pienso hacer como don Leandro, salpicando de agudezas la descripción de un festejo público, cuyo plato fuerte eran los seis infelices que con tanta compostura iban los últimos al quemadero. Por ellos empezaría la ejecución, no sin antes –y esto es sí que me subleva, no puedo remediarlo– tener que aguantar «un sermón que predicó el Prior del Monasterio de los Dominicos, que es Calificador del Santo Oficio».

En el mismo lugar –hoy ‘Parque de la Memoria’–, un corro de jóvenes olmos recién plantados rodea una placa sencillísima con los nombres de las once víctimas quemadas en persona o efigie. Todas murieron negando su condición  brujeril. Todas…

«excepto una…, María de Zozaya, que fue confitente… Y por haber sido Maestra, y haber hecho brujos gran multitud de personas, hombres y mujeres, niños y niñas, aunque fue confitente se mandó quemar, por haber sido tan famosa Maestra y dogmatizadora.»

La casualidad lo ha dispuesto así. A un paso del sitio, reliquia industrial, se yergue una chimenea de fábrica. La evocación de los hornos crematorios es inevitable.

martes, 2 de noviembre de 2010

La Raya



Debemur morti nos nostraque. Una vez más, Horacio traduce y adapta a su propósito un aforismo griego: «a la muerte todos nos debemos» (θανάτῳ πάντες ὀφειλόμεθα).

Todo es perecedero. ¿Algún ejemplo? Como si hiciera falta, el poeta trae varios de la ingeniería romana reciente. El hombre ha alterado la Naturaleza, ella volverá por sus fueros borrando toda obra humana, por flamante y soberbia que sea ¿A qué toda esa filosofía? Viene a cuento de la evolución del lenguaje, de las palabras y los giros, tan caduco todo ello como el follaje anual (Arte poética, 58-69):


Licuit semperque licebit
Signatum praesente nota producere nomen.
... 
mortalia facta peribunt,
Nedum sermonum stet honos et gratia vivax,

(Siembre fue lícito, y lo será, producir palabra sellada con nota de actualidad… Las hechuras mortales perecerán. ¡Como para que el habla se tenga fija en candelero y en gracia siempre viva!)

Si Horacio hace filosofía de todo, es decir que la Muerte tampoco se libra. Nada supersticioso, se atreve a llamarla por su nombre, aunque sin llegar al extremo de apostrofarla, como hace san Pablo imitando al profeta Oseas (13: 14; 1 Corintios 15: 55); ni tampoco le gusta mentar a los muertos.
En latín, como en eslavo, la Muerte es femenina, no como en griego o germánico, donde se viste por los pies y es una especie de Cobrador del Frac. En Horacio, la Dama de Luto se identifica fácilmente con la Parca «nunca mentirosa».
Lo bueno es que la mención de tal señora nunca es banal. Incluso cuando más podría serlo, el genio de Horacio transfigura el tópico, y ya tenemos tema de reflexión. Por ejemplo:

Mors ultima linea rerum est.

«El punto final de todo, la muerte»: ¡Valiente vulgaridad!... ¿Vulgaridad? ¿O sólo mala interpretación? En una parodia de Eurípides (Las Bacantes), la alusión al suicidio como una forma más de muerte ‘natural’ libre y digna no puede ser vulgar. No lo es. Ya la misma palabra latina linea hace reflexionar.
‘Línea’ significa varias cosas. Ante todo, es un sustantivo con forma adjetival femenina: hebra de lino. El lino era la planta textil por excelencia, para hilaturas, cordelería y tejidos. Línea era también una raya dibujada, más o menos fina, incluso la línea abstracta de los geómetras.
Línea era también el renglón de escritura. Nulla dies sine linea. Aunque para ser exactos, ese dicho no fue de algún escritor, sino del pintor Apeles, según Plinio (Historia Natural, lib. 35, cap. 10): «Por lo demás, fue costumbre perpetua de Apeles no tener nunca tan ocupado el día, que no practicara el arte trazando alguna línea, y de él vino el proverbio».
Pero la gente no pinta ni escribe su propia muerte –una excepción fue mi malogrado amigo el periodista Javier Ortiz–, porque más que gráfica, su línea es temporal. Es una raya que se pisa y pasa, como la que en el circo se trazaba con greda blanca o tiza (calx, creta), con los ‘jueces de línea’ atentos a qué corredor la cruzaba el primero.

La certidumbre incierta: otro tópico de la muerte. Otra banalidad, que en Horacio tampoco lo es.

Tú no preguntes (es saber prohibido)
cuál fin a mí, a ti cuál los dioses dieron,
Leucónoe, ni tantees
números babilonios. Lo que venga
aguanta como puedas,
así te guarde Dios muchos inviernos,
o éste sea el postrero, el que apacigua
entre chocar de pómez mar Tirreno.
Ten seso, el vino afloja, a corto plazo
cercena largo anhelo.
Mientras hablamos, se nos habrá ido
esquiva edad. Así que toma el hoy,
y del mañana fíate lo menos.

Ay cuántas veces y de cuántas maneras se habrá traducido la Oda 11 del libro 2, a la misteriosa doña Leocónoe (‘Mente-en-Blanco’). Por si acaso, a ésta mía junto el original, mucho más horaciano, más fiel al pensamiento del poeta:

Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi
finem Di dederint, Leuconoe; nec Babylonios
tenteris numeros. Ut melius quicquid erit pati,
seu plures hiemes, seu tribuit Iupiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum. Sapias, vina liques, et spatio brevi
spem longam reseces: dum loquimur, fugerit invida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.