sábado, 18 de septiembre de 2010

Las brujas de Zugarramurdi (3)



Con Herodías de gaupasa (2)

Más de uno estará preguntando por qué no entro en materia de una vez, o qué tienen que ver Herodías ni Salomé con Zugarramurdi.

Un poco de paciencia. Como dije al principio, de Zugarramurdi hay mucho publicado. Repetirlo sin más no vale la pena. La pregunta clave siempre será, qué hubo de fondo de verdad en ello, y en general en todo lo que pudo motivar la caza de brujas. Todo lo que pueda ayudar a entenderlo sea bienvenido; en este momento, las señoras nombradas. De modo que vamos con ellas… de parranda.

El hecho de callar los Evangelios el nombre de la chica que bailó ante Herodes Antipas por la cabeza de Juan el Bautista ha dado pie a equívocos, el primero de todo confundir a la hija y la madre, a Salomé y Herodías . Este equívoco lo vemos en una leyenda muy antigua que ya circulaba a principios del siglo X. A ella alude el siguiente texto:

«Hoy en día hay muchos engañados hasta perder el alma, que adoptan por reina, o incluso por diosa, a la Herodías que hizo morir al Bautista de Cristo, afirmando que, en pago por el asesinato del profeta, le fue dada la tercera parte del mundo entero. Claro que todo eso no son más que trucos demoníacos para engañar a infelices mujeres, y peor aún a varones, más merecedores de reproche que ellas.»

A primera vista no se advierte el equívoco, ya que en efecto, la inductora del crimen fue Herodías, no su hija Salomé. Pero fue a ésta, y no a su madre, a la que el rey ofreció el premio por el baile: «Lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino» (Marcos 6: 23).

Sea como fuere, Digamos que el texto citado fue escrito hacia 933-935 por Raterio, un belga que llegó a ser conflictivo obispo de Verona, luego de Lieja, su patria, y otra vez de Verona. De Raterio podríamos estar hablando un buen rato, pero no es momento. Sólo me permito recordar una frase suya muy reveladora de su carácter: «Quitemos de la Iglesia a los incontinentes, y no quedan más cristianos que los chiquillos. Quitemos ahora a los bastardos, y ya ni ellos.» Un exagerado.

Del testimonio de Raterio se deduce que en su tiempo, mucho antes del año 1000, se hablaba como de una apoteosis de Herodías, venerada por una secta sobre todo femenina de servidoras, muy numerosa, pues comprendía la tercera parte de la humanidad. En seguida vemos en qué consistía ese servicio, confirmado por otro testimonio algo más antiguo.

Hacia 910 el abad Regino de Prüm compila un código, la Disciplina eclesiástica, llamado a tener mucho eco en el ‘nuevo derecho canónico’ que se hacía desear. Allí recogió una ordenanza que, entre otras cosas, decía así (lib. 2, n. 364; PL 132: 325):

«Algunas mujeres malvadas, convertidas en secuaces de Satanás, seducidas por ilusiones y fantasías demoníacas, creen y profesan que por las noches, en compañía de Diana, diosa de los paganos, y de multitud innumerable de mujeres, a caballo sobre ciertas bestias, a altas horas en el silencio de la noche, recorren grandes espacios de tierras, obedientes a sus órdenes como a señora, a cuyo servicio son convocada en determinadas noches.»

Cierto que aquí se habla de la diosa Diana, no de Herodías. Todo se andará. Lo que importa es que parece tratarse del mismo fenómeno, la misma secta mujeril, y ahora vemos qué clase de ‘servicio’ o culto tributaban a su diosa las adeptas: formar parte de la germánica Cabalgata de las Walkirias.

El abad Regino creía que ese texto era antiguo: un canon (o norma) de cierto concilio, que se llamará de Ancira –la actual Ankara–, supuestamente celebrado el año 314, recién salido el cristianismo de las catacumbas. No hay prueba de tal sínodo, y hoy se cree más bien que el texto no es anterior al siglo IX y responde a preocupaciones de época carolingia. En su forma más simple sólo se mencionaba a la diosa Diana. Luego se interpolarán otros nombres, Herodías entre ellos.

¿Y quién era la tal ‘Diana’? Pudo ser la diosa romana, bien conocida entre los bárbaros del norte. Gregorio de Tours habla de una estatua suya en Tréveris, tan popular que hubo que destruírla.

También cabe que fuese el nombre clerical y culto para designar sin nombrarla a la germánica Reina de la Noche. La diosa del panteón nórdico que dirige una cabalgata y ‘caza furiosa’ femenina, correlato de la otra caza furiosa masculina que sigue al dios Odín. Esa ‘Diana’ en latín sería en principio Freya, aunque la cosa no es tan simple, porque Freya también junta rasgos de Venus. No se debe ser rígido en las identidades mitológicas, sus enlaces y parentescos. Incluso en una misma mitología, la griega, no hay más que repasar la obra de Graves para entender que trata de personajes, no de personas, combinando caracteres a discreción.

Aquí viene bien recordar aquel sello mesopotámico de la diosa Istar, con atributos a la vez de de Diana cazadora (aljaba de flechas y arco) y de Venus (el lucero del alba y de la tarde), y si no cabalgando, sí subida en el lomo de una bestia. Por supuesto, Regino no tiene ni idea de tal sello, ni sabe de Istar más que lo que lee en la Biblia bajo el nombre de Astarte, la ‘Reina de los Cielos’, que según Jeremías recibía culto especial reservado a las mujeres (Jerem. 7: 18; 44: 17-18). Las creencias populares son reiterativas.

El hallazgo de Regino tuvo gran eco. Un siglo después (h. 1010), el obispo Burcardo de Worms lo aprovecha repetidamente para su nueva colección de Decretos. No sólo copia completo el ‘canon de Ancira’ (libro 10, ‘De los encantadores y augures’, cap. 1; PL 140: 831), sino que asocia a Diana el nombre de Herodías: «cum Diana paganorum dea, vel cum Herodiade et innumera multitudine mulierum equitare… ».

Confesarse en el año 1000

Pero Burcardo nos guarda otra sorpresa no menos interesante. El libro 19, ‘De la penitencia’, nos lleva directamente al confesonario, donde curiosos, divertidos o escandalizados podremos fisgonear qué pecados solían cometer (y también callar en confesión) los súbditos otonianos, es decir, los mismos pecados que los súbditos francos.

La confesión ‘auricular’ –cuya oscura historia fue muy bien escrita por Charles Lea (1896), el mismo historiador magistral de la Inquisición– dio origen a unos libros muy curiosos, los penitenciales, para guía de confesores: cómo interrogar al penitente, cómo sonsacarle, qué consejos darle y qué penitencia imponerle, según tarifa legal. Por esos libros conocemos algo mejor la vida y milagros de aquella buena gente, en qué gastaban su tiempo libre, por dónde les tentaba el diablo a la hora de la siesta, o qué ocurrencias les sugería. Más aún, por la tarifa penitencial estimamos la gravedad que entonces se atribuía a cada pecado.

Pues bien, el libro 19 del Decreto de Burcardo es uno de aquellos penitenciales que no tiene desperdicio. Al llegar al capítulo 5 se nota que el penitente tiene dificultades, tartamudea… Una confesión que iba de maravilla está a pique de naufragar. Burcardo está al quite:

«Como el sacerdote le vea vergonzoso, prosiga de esta manera:
–Tal vez, mi querido amigo, no todo lo que hiciste te viene de pronto a la memoria. Voy a ayudarte con unas preguntas. Y cuidado con ocultar nada, que es consejo del diablo.
Dicho esto, comience el interrogatorio por este orden.»

Y aquí viene una primera sorpresa. Porque el orden no es del todo lógico, y o bien el confesor también se embarulla, o los copistas han enredado el texto. Empieza preguntando sobre ‘arte mágica’ para pasar a ‘incredulidades’; y es aquí donde vuelven las cabalgatas de Diana:

«¿Has creído o tomado parte en aquella incredulidad: que algunas mujeres malvadas, convertidas en secuaces de Satanás, seducidas por ilusiones y fantasías demoníacas, creen y profesan que por las noches, a caballo sobre ciertos animales, con Diana la diosa de los paganos… », etc.

La segunda sorpresa es que de pronto el interrogatorio se vuelve genérico: «Aunque las anteriores preguntas valen por igual para mujeres y hombres, las preguntas que siguen tocan de modo especial a las mujeres (hae sequentes specialiter ad feminas pertinent)».

Todavía una tercera sorpresa se debe a que, sin olvidar del todo el concilio de Ancira, entra en juego otro supuesto concilio Ilerdense, esto es, de Lérida, para hablar sin duda de la misma creencia germánica que acabamos de ver. Dicho de otro modo, la Cabalgata de las Valkirias sobrevolaba los Pirineos, llegando por lo menos hasta la taifa de los tugibíes, y seguramente entraban como Pedro por su casa en la Marca Hispánica, por los dominios que fueron de Wilfredo el Velloso. Ahora bien, dado que el auténtico concilio de Lérida (siglo VI) no dice nada de todo esto, debe de haber otra confusión como la de Ancira.

De todas formas, las preguntas son de lo más interesante, como comprobará quien las lea:

«¿Has creído eso que muchas mujeres, convertidas en secuaces de Satanás, creen y afirman ser verdad, haciéndote creer que en el silencio de la noche tranquila, cuando estás acostada, con tu marido recostado en tu seno, puedes salir en cuerpo con las puertas cerradas, siendo capaz de sobrevolar países en compañía de otras engañadas del mismo error? ¿y que sin armas visibles podéis dar muerte a personas bautizadas y redimidas con la sangre de Cristo? ¿y que os coméis sus carnes cocidas? ¿y que poniendo en el lugar de su corazón algo de paja o de madera o cosa parecida, una vez devorados les podéis resucitar y devolverles la vida?
Si lo creíste, harás penitencia de cuarenta días (esto es, una cuaresma) a pan y agua, los siete años que vienen.» (PL 140: 973-974)

«¿Creíste lo que algunas mujeres suelen creer, que tú con otras miembros del diablo como tú, igualmente en el silencio de la noche tranquila, con las puertas cerradas te elevas por los aires hasta las nubes, y allí luchas con otras, e intercambiáis heridas?
Si tal creíste, harás penitencia dos años, en las fechas que fija la ley.» (Ibíd., col. 974)

Estas preguntas explican detalles sobre el modo de concurrir las buenas cofrades a sus devociones: siempre por vía aérea, atravesando puertas y muros, y lo más probable, dejando en la cama un paquete a modo de muñeca hinchable donde abrazarse el marido. Todavía no se habla de ungüento mágico ni palo de escoba; ni falta que hace, porque esas minucias eran conocidas de sobra por el Asno de Oro de Apuleyo y otras referencias latinas y griegas.

De Burcardo, el canon Episcopi pasó a otras colecciones jurídicas, y finalmente al Decreto de Juan Graciano (siglo XII), donde cobra valor oficial. Por el camino, muchos se han preguntado quién era aquella Diana, o qué pintaba allí Herodías. Las respuestas fueron ir pegando nombres para todos los gustos: Holda, Berta, Abundia...

Y bien mirado, ¿qué más da? Los críticos señalan la semejanza fonética entre Herodías y las formas antiguas de Holda, la Reina de la Noche. Pero Holda tiene también otros papeles. Una de sus habilidades es formar torbellinos. Son por lo general pequeños remolinos de polvo, suficientes para llevarse consigo unas hojas caídas y una alma al otro mundo, según creencia popular. Pero también los hay grandes, como para levantar por los aires a las brujas en alma y en cuerpo. Los artistas que plasmaron escenas brujescas siempre se han acordado de los dichosos torbellinos.

Y aquí vuelve a nosotros Herodías/Holda. En el artículo anterior se preguntaba de dónde salió la leyenda de Salomé/Herodías enamorada de Juan el Bautista. En el siguiente damos la respuesta, donde la veremos a ella misma elevada en su propio torbellino, junto con la turba de sus seguidoras.


3 comentarios:

  1. En efecto, amigo Plazamoyua, adiós vacaciones.

    Percibo algo de perverso en esa risita sarcástica. Y le comprendo; yo reiría igual, si viese a un semejante metido en semejante lío de brujas.

    Aprovecho para invitarle a mi conferencia (si puede interesarle), dentro de un curso conmemorativo del IV Centenario de Zugarramurdi, que tendrá lugar, según me comunican, “en la misma zona donde tenía su sede el Tribunal de la Inquisición de Logroño”. Lástima que no se conserve el edificio con la propia Sala.
    Para más detalles, belosticalle@gmail.com).

    Un cordial saludo.

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