miércoles, 21 de enero de 2015

Ambigüedad



Una vez probado en la entrada anterior que el País Vasco/Euskadi tiene Abuela, queda por ver quiénes son los nietos y nietas de Amona: quiénes son ellas y ellos, las vascas y los vascos. Los auténticos.
Ante las ocurrencias de cualquiera que se declare patriota solo o en compañía de otros de igual vena, es sano tomárselo con tranquilidad, sobre todo si la cosa va de seguir el juego. Porque todo nacionalismo, en lo que pueda tener de sincero, es como una religión mistérica entusiasta, y esos entusiasmos enrollan.
El entusiasmo es griego, y no sólo por etimología.  Palabra muy venida a menos, hoy la gente se entusiasma con cualquier bobada. El entusiasmo de verdad era un estado anímico que sólo se alcanzaba en la práctica de una determinadas religiones, llamadas mistéricas porque su contenido esotérico se expresaba en forma de ‘misterios’ que se reservaban para los iniciados, los cuales juraban guardar secreto.
Los misterios se enunciaban y acataban, pero sobre todo se vivían en ritos a modo de psicodrama, donde el iniciado llegaba a sentirse poseído por lo divino: tò én-theon, ‘el dios dentro’; de ahí, ‘endiosado’. Entonces el nuevo entusiasta se convertía en un frenético religioso, un fuera de sus cabales, cuyo impulso interior le hacía prorrumpir  en expresiones y gestos extraños e incomprensibles para el individuo normal y corriente, sereno y sobrio. Por lo demás, los síntomas del trance podían prestarse a confusión con la embriaguez etílica o alucinógena [1]. De hecho, los primeros entusiastas pudieron ser las devotas y los devotos de Dioniso. El remedo del entusiasmo mediante drogas lo practicaron impostores, pero también investigadores de la mente.
Misterios dionisíacos (Villa de los Misterios, Pompeya)
Mucho se discutió si el entusiasmo místico divino podía extenderse también a otras áreas de inspiración más baja (el estro poético, por ejemplo). Hoy en día se procede al revés, por economía occamiana, ahorrando la idea de lo divino cuando el poder de la ilusión se basta y sobra para explicar esos transportes. Con todo, debemos seguir hablando de entusiasmo para analizar fenómenos como el del aberzalismo o patriotismo vasco; y debemos hacerlo, porque todo entusiasmo es potencialmente peligroso, germen de totalitarismo y violencia.
El propio entusiasta es mal juez para evaluarse objetivamente. Por definición, él se siente como en un estado de conciencia superior, intuitiva y clarividente. En ese estado, la intercomunión se restringe a los entusiastas del mismo grupo. Sólo ellos, los endiosados, comulgan con el sacramento de la vasquidad, en cuerpo místico también con el alma ancestral vasca que palpita y jadea desde las oquedades bajo tierra y las raíces del tiempo. Los propios vascos entusiastas nos dirán que para comprender lo suyo hay que ser vasco. Sólo ellos poseen el Euskarabajo Sagrado. Profanos, abstenerse.

«Somos de ayer»
Lo más notable de ese patriotismo vasco es que, con todo su recurso a raíces y a fuentes milenarias, es religión mistérica de nuevo cuño. Viene bien citar aquí lo que Tertuliano, recién converso al cristianismo, decía a la sociedad pagana del año 197:
«Somos de ayer y os tenemos invadidos: ciudades, islas, castillos, municipios, conciliábulos, campamentos militares, tribus y decurias, el Palatino, el Senado, el Foro. Todos vuestros espacios son ya nuestros. Sólo os hemos dejado los templos» [2]. «De momento», pudo añadir.
Muchos jóvenes nacionalistas –sin perjuicio de un adanismo congénito–  están convencidos de que siempre hubo nacionalismo aquí en el País Vasco, y otros muchos se resisten a creer que toda esta movida tuvo su origen hace sólo cosa de 130 años. Fue en el ‘Discurso de la Cena de Larrazábal’ (3 de junio 1893) cuando Sabino Arana sorprendió a sus comensales y a la Historia declarando que un día del año anterior, por la mañana, paseando con su hermano mayor Luis, recibió por medio de éste la verdad revelada: el vasco no es español, del mismo modo que el español no es ni puede ser vasco: son dos esencias incompatibles auto excluyentes. Y quien dice español dice francés, catalán, gallego… Vasco y No-vasco se contradicen como el Ser y el No-ser, por lo menos.
Este mito, que es la base de la fiesta anual del Aberri Eguna (el Día de la Patria Vasca), no se remonta a edades remotas. Mis abuelos, a los que conocí, salían entonces de la infancia o entraban en la juventud. Es verdad que jamás oyeron entonces hablar de aquello, pues el mito se refundió muchos años después, en 1932.
Para entonces yo era una criatura que me soltaba a hablar en castellano en un caserío vasco del Valle de Ayala, confiado a una familia –matrimonio joven y abuelos–, que me consideró como a hijo único. De aquel entorno guardo los primeros recuerdos de mi existencia, una vida aldeana de lo más primitiva, en torno a la labranza y los animales, la molienda y la panificación casera, el ordeño, ir a la fuente por agua, gobernar la lumbre... sin la menor idea relacionada con el nacionalismo ni con la política en general. Allí viví mis tres primeros años, hasta que me trajeron a Bilbao para escolarizarme. Pero la impronta y la llamada del caserío fue permamente. Es un modesto orgullo para mí.
«Somos de ayer y lo llenamos todo».  El ‘milagro cristiano’ se atribuyó al carácter divino de la nueva religión mistérica y entusiasta. También a la forja de valientes en la palestra del martirio: «Sangre de mártires, semen  de cristianos». El ‘milagro abertzale’ tiene explicación menos noble: terrorismo de ETA, afrontado con amplia comprensión por el nacionalismo ‘democrático’, y corrupción sistemática de menores en toda la enseñanza, copada por el magisterio patriótico, «que arranca del movimientos de las ikastolas surgido en los años 50 y 60 del pasado siglo» [3], es decir, a ciencia y paciencia del régimen franquista. Una bonanza económica prácticamente sin tasa ha regado una política lingüística de ‘palo y zanahoria’, impositiva y siempre extensiva.
¿Y antes de Sabino? Pues antes, nada. Mejor dicho, antes de Sabino, la idea dominante aquí,  compartida por muchos de fuera, era que  los vascongados eran la quintaesencia de lo español.
Otro error común entre nacionalistas jóvenes es creer que el partido de Sabino Arana tuvo desde el principio un auge ascendente hasta su cenit, cuando una coalición neoabertzale de izquierdas le disputa la hegemonía. Ese ascenso del PNV no habría tenido más contratiempo que la funesta Guerra Civil con la victoria del Franquismo y el Estado Nacional, hasta la muerte del dictador. Con todo, en esos largos 40 años el nacionalismo no habría estado en vida latente, sino florida y fecunda en las catacumbas y el exilio. Esa es su versión, su mito.
Desde luego, el Caudillo no simpatizó con otro nacionalismo que el suyo propio. Pero esa idiosincrasia no le impidió en absoluto ser  gran vascófilo. Oigamos a Juaristi:
«Como toda la derecha española, Franco padecía de un vasquismo congénito. El vasquismo es un achaque común del nacionalismo español, que se empeñó siempre en ver en los vascos lo que quedaba de la raza española genuina y primitiva… Al revés que los republicanos del sexenio, Franco creía que los vascos eran españoles por naturaleza, una visión simétrica a la de Sabino Arana.»
«En cuanto a la cultura, el tópico de una persecución enconada del euskera debe revisarse. Por supuesto, se prohibió todo lo que sonase a nacionalismo…, pero no el uso de la lengua vasca en la vida cotidiana… Se publicaron gramáticas y vocabularios de dialectos vascos… Desde 1948 la revista Egan… comenzó a admitir colaboraciones en vascuence, y desde 1950 su contenido era ya totalmente eusquérico… En general, ni la filología, ni la etnografía ni la poesía vasca, mientras fueran puramente líricas, molestaban lo más mínimo al régimen.» [4]

En fin, un mito muy difundido por el propio PNV es el de su carácter prístino democrático, olvidando simpatías germanófilas, incluso filonazis y fascistas, así como etapas de autoritarismo de derechas, como en la Alcaldía de Bilbao bajo la dictadura de Primo de Rivera.
Como botón de muestra de antidemocratismo cerril, aquí va uno. En 1930, nacionalistas y tradicionalistas se ponen de acuerdo y encargan a la Sociedad de Estudios Vascos un primer proyecto de Estatuto de Autonomía para el Estado Vasco-Navarro. El resultado fue el Estatuto de Estella (31 de marzo), que podría haber concitado amplio consenso incluso entre liberales y socialistas etc. Pero el bizcaitarrismo rural católico lo dio al través (14 de junio) aprobando dos enmiendas:
Por una de ellas, se facultaba al Gobierno autónomo a entablar relaciones diplomáticas y concordato con el Vaticano [5].
La otra enmienda elevaba de dos a diez años el «período mínimo de residencia en el país para tener derecho al voto en las elecciones autonómicas» [6]. Sencillamente, se trataba de dejar fuera al maketo inmigrante, excluyéndole de intervenir en lo que no le concernía. La comisión de las Cortes republicanas encargada de debatir el Estatuto lo rechazó por anticonstitucional, con base en las enmiendas (septiembre 1931).

Ser español por la Constitución, y qué otras cosas puede uno ser, a tenor de la misma

Si algo se aprende de los fallos del Tribunal Constitucional y de su jurisprudencia (más la parafernalia de rigor, los votos particulares), es que la Carta Magna no es lo que parece o lo que debería ser –un texto claro y coherente al alcance del ciudadano medio–, sino un desafío a la inteligencia, pero sobre todo un pretexto corporativo para humillar, ningunear y hasta casar al Tribunal Supremo, y de paso ir poniendo más y más en brete la viabilidad de España.
Es verdad que los próceres constituyentes ya se encargaron de preparar el terreno, privilegiando «los derechos históricos de los territorios forales». Con toda la imprudencia, y hasta nulidad, que supone referirse a unos «derechos históricos» jamás definidos, se pasaba por el  manto de la Carta Magna la consagración de la desigualdad entre comunidades españolas. Como ‘Disposición Adicional Primera’, lo que aquí se coló fue una enmienda de efecto retardado, que puede acabar dinamitando la propia Constitución. En efecto, el nacionalismo vasco siempre apeló a sus fueros más o menos concretos, pero nunca soñó con la bicoca de una mina ‘histórica’ inagotable, que desde 1978 no cesa de rendirle derechos y más derechos en rampante victimismo. El último derecho histórico será salir con que Euskal Herria como ente político es muy anterior a España.
Un principio de exégesis es interpretar lo oscuro o menos claro a partir de lo claro. Tomemos como ejemplo el Art. 2:
«La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española».
Se trata de un texto perfectamente claro. Habría podido decir ‘España’, en vez de ‘Nación española’; pero leído el Preámbulo de la misma Constitución, donde es la Nación española la que se otorga este documento, queda claro que es la misma idea y es la misma cosa.
Y siendo así, lo que no se entiende es cómo puede ser legal en España ningún partido político independentista. El Art. 2 lo excluye tajantemente. Cualquier disposición adicional o transitoria debería ceder ante el Art. 2., como lo accesorio cede ante lo principal. Sin embargo, el mismo Art. 2 incurre en la imprudencia de reconocer ‘nacionalidades’ como partes integrantes de la Nación española, todas con su derecho a la autonomía; y eso para los nacionalistas puede significar cualquier cosa y más.
Aquí vendría la regla de explicar lo oscuro por lo claro, recodando además que según el mismo Art. 2 la Nación española es «patria común e indivisible de todos los españoles». Sin embargo, hace ya mucho tiempo que los fiscales del país dejaron de preocuparse por las declaraciones y conductas de nacionalistas, incluso líderes políticos y autoridades constituidas, que contravienen a cada paso esa unidad y sus implicaciones. Y el Constitucional no les desautoriza, al contrario, garantiza la legalidad y legitimidad de ciudadanos, grupos políticos y partidos con intención declarada de separarse de España cuando les convenga.
También el Art. 1. 2 es meridianamente claro:
«La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.»
Sin embargo, se tolera un proceso separatista como el que viene promoviendo el President de Cataluña, y en general todo separatismo que se promueva por vías pacíficas y democráticas, con exclusión de la violencia terrorista. En la práctica, los independentistas proceden ‘como si ya’, interpretando las libertades autonómicas siempre a su favor y en sentido maximalista, como si el destino de esas comunidades fuese la declaración de independencia incluso unilateral y, como gustan de repetir las izquierdas patrióticas, «sin pedir permiso a nadie».
Pues bien, cuando parece imposible estirar más un hilo de permisividad en el límite de ruptura, los expertos en Derecho Constitucional nos sorprenden con la jurisprudencia realmente creativa del alto Tribunal. Veamos:
Si comparamos normas, de una parte la Constitución del Estado, de la otra un Estatuto de Autonomía, se nos dice que rige un principio de subordinación jerárquica, en cuanto que todo Estatuto, aprobado por ley orgánica, forma parte del ordenamiento estatal.
Si de ahí pasamos a comparar los respectivos poderes, de una parte el Poder del Estado, y de otra un Poder autonómico cualquiera, ya no rige el mismo principio. Las Comunidades Autónomas no están subordinadas jerárquicamente al Estado-institución, sino que actúan con independencia del mismo, en el reparto de funciones constitucionales y estatutarias. Lo dice la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, órgano inapelable de control en ese punto:
«La autonomía exige en principio que las actuaciones de la Administración autonómica no sean controladas por la Administración del Estado, no pudiendo impugnarse la validez o eficacia de dichas actuaciones sino a través de los mecanismos constitucionales previstos. Por ello el poder de vigilancia no puede colocar a las Comunidades Autónomas en una situación de dependencia jerárquica respecto de la Administración del Estado, pues [...] tal situación no resulta compatible con el principio de autonomía y con la esfera competencial que de éste deriva» [7]

Este pronunciamiento se basa en el Art. 153 de la CE, que determina el control de las actividades de los órganos de las CC. AA., siempre de carácter jurisdiccional: Tribunal Constitucional, Tribunales de los Contencioso-Administrativo y Tribunal de Cuentas.
Hay una excepción, sin embargo: «Se ejercerá b) por el Gobierno, previo dictamen del Consejo de Estado, el [control] del ejercicio de funciones delegadas». Estas funciones constituyen a su vez otra excepción contemplada en el Art. 150, 2:

«El Estado podrá transferir o delegar en las Comunidades Autónomas, mediante ley orgánica, facultades correspondientes a materia de titularidad estatal que por su propia naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación. La ley preverá en cada caso la correspondiente transferencia de medios financieros, así como las formas de control que se reserve el Estado

Aquí hay que referirse a los Arts. 148 (Competencias de las Comunidades Autónomas) y 149 (Competencias exclusivas del Estado). Este artículo da una lista de hasta 32 materias, todo un campo de Agramante para los gobiernos autonómicos nacionalistas en su eterna polémica frente al Estado. De toda esa lista, aquí podríamos fijarnos en la 1ª  competencia exclusiva del Estado, a saber:
«La regulación de las condiciones básicas que garanticen la igualdad de todos los españoles en el ejercicio de los derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales.»
Sería interesante saber cuántas intervenciones ha tenido el Estado o Gobierno Central en favor de esas garantías de igualdad, frente a los atropellos cotidianos del nacionalismo en política lingüística y otras formas de discriminación sociolaboral, educativa y de oportunidades. Está muy bien que se apele a principios éticos como la solidaridad, lealtad institucional y otros valores; bien entendido que todo es música celestial si no se plasma en reglas de juego a prueba de tahures, y reglas que se apliquen.
Cosa muy conveniente porque (¡atención al autonomismo creativo!): los expertos nos revelan «un tercer significado de la autonomía política»:
«Las instituciones autonómicas tienen capacidad autoorganizativa; es decir, poderes para regular sus instituciones propias. Pero además tienen poderes de un mayor alcance: poderes para llevar a cabo políticas propias en la esfera de las competencias asumidas; es decir, poder utilizar estas competencias para actuar de forma diferenciada y con finalidades diferentes de otras Comunidades Autónomas. En definitiva, esto es lo que significa tener capacidad de autogobierno.
La anterior capacidad de crear un ordenamiento, y la capacidad de autogobernarse, tienen un fundamento común: la democracia. En efecto, los parlamentos y gobiernos autónomos tienen legitimidad democrática, tanto de origen como de ejercicio, ya que son los ciudadanos quienes eligen al Parlamento autonómico… Por tanto, el órgano primario de las comunidades es el pueblo, en tanto que cuerpo electoral, que es libre de elegir formaciones políticas de signo diferente, de las que espera que lleven a cabo orientaciones diferentes[8]
Hay que hacer aquí cierto esfuerzo de autocensura, para no ver una coartada a los desmanes de un Artur Mas, legitimado democráticamente en las urnas. La culpa la tienen los electores. En fin, uno sólo se ha asomado de puntillas al aula de los expertos, con ánimo de aprender de quienes más saben. Y como vamos viendo, la Constitución Española es realmente generosa, incluso contra sí misma. Un garantismo que acojona.

¿De qué país habla el Lendacari?
Volviendo ahora al Lendacari Urkullu, él está convencido de que habla para todos, y lo que es más serio, que para todos gobierna. Sin embargo, sus últimas declaraciones no avalan esa pretensión. La niña de sus ojos, su prioridad como socialcristiano en la izquierda del PNV, es la prestación social, cuya prueba del nueve está en la Renta de Garantía de Ingresos (RGI):
-Priorizar y garantizar lo básico
-Atender más a quien más lo necesita.


Qué bonito suena. Y qué orgulloso está el hombre de cómo le funciona:

–¿Admite fallos en la gestión del sistema?
–Admito ámbitos de mejora. Si tuviera que hablar de fallos tendría que remontarme a legislaturas pasadas, cuando se amarró la competencia de las políticas activas de empleo, y no quiero mirar al pasado.

Es evidente que Urkullu no frecuenta las colas y ventanillas de Lanbide: el «vuelva usted mañana», para recuperar ayudas perfectamente merecidas, pero retiradas de golpe por el desbarajuste competencial, hace cosa de un par de años. Ayudas que ahora se van devolviendo con cuentagotas, y con harto sufrimiento (sobre todo para las personas discapacitadas), por una conjunción funesta: caos informático-administrativo, falta de liquidez,  y pose defensiva ante críticas como las del Alcalde de Vitoria Javier Maroto.
Esta parsimonia real en lo imprescindible contrasta con el derroche en lo suntuario, como es la asignación navideña de partidas extra a la promoción del vascuence, concretamente a su uso en la vida diaria. Felicidades, Baztarrika.
Chapurrear cuatro frases en eusquera, ¿es eso lo básico? No reconocer la renta básica a un minusválido de aquí, y ofrecerle en cambio una plaza de euscaltegui, ¿es eso atender a quien más lo necesita? Claro que no; la prioridad de este Gobierno es la construcción nacional.
¿Y eso quién lo dice? Mucha gente, desde luego. Pero el primero, el propio lendacari, cuando se refiere a «la arquitectura institucional»:
–En otras palabras, Euskadi está lejos de un acuerdo PNV-Bildu como pide la izquierda abertzale.
–Aspiro a que pueda haber entendimiento con la izquierda abertzale para la construcción de un comunidad, una nación o un pueblo; pero partiendo de que primero hay que construir sociedad, sentar las bases de una sociedad que es muy plural, muy heterogénea. Hay que fijar prioridades, y en esas prioridades la izquierda abertzale tiene todavía muchas tareas por hacer.

«¡Construir sociedad!» ¡Pero si la sociedad está ahí, señor mío!: plural y heterogénea como ella sola, con los desfavorecidos de siempre bajo la mesa, a recoger las migajas de los hijos de Sabino, y no a que nadie les construya como sociedad que ya son, paso previo a reconstruirlos como nación o pueblo, que ni son ni tal vez lo deseen!
Decidir quién es o deja de ser vasco no puede ser monopolio en manos de abertzales. Cierto que ellos son muy dados a impartir patentes de vasquidad, y suelen a tribuirse una sobre representación patética: «este pueblo ha dicho que ya está bien»; «los vascos no estamos dispuestos a que nadie decida sobre nosotros por nosotros»; o bien, «este pueblo está maduro para el autogobierno en plenitud».
La conciencia de no ser uno vasco tiene una función personal no menos importante que la conciencia positiva de serlo. Incluso siendo nativo de segunda o tercera generación, incluso conociendo la lengua vasca, incluso llevando tal vez algún apellido vasco, un individuo puede llegar a la conclusión de que no es ni se siente vasco, sin que ello le suponga frustración alguna. Puede ser una constatación de hecho, más o menos sobrevenida. Puede también tratarse de una decisión voluntaria. Puede ser de alcance general, como renuncia a toda vasquidad. O sólo el rechazo a una formas concretas de definirse y manifestarse vasco: «como éstos, nada de nada». Recordemos, bajo el franquismo se daba una forma análoga de repudio a cierta forma de españolidad, identificada con grupos afectos a aquel régimen.
Personalmente, y sin perjuicio de la experiencia que he contado arriba, la alternativa vasco/no-vasco me resulta irrelevante. Me parece incluso una limitación de posibilidades, frente a lo que representa, por ejemplo, ser socio de número y activo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, cuyo II Sesquicentenario celebramos.
Frente a una realidad noble, racional y antigua como ésta –La Bascongada–, es imposible olvidar que toda la otra novedad patriotera entusiasta se la sacó de la chistera un sujeto de mentalidad paranoide, marcando señas de identidad precisamente para excluir al maqueto, para excluirme a mí y a la gente como yo. Que ese individuo tenga calle, tenga estatua en la villa de Bilbao y dé nombre a premios patrióticos, eso es lo que hay.
Me estoy acordando de la película Goodfellas (‘Uno de los nuestros’, 1990). Cada uno es dueño de elegir sus parecidos y modelos, y hay gente con quienes uno no desea identificarse para nada. Los del ‘Jaque mate a la Guardia Civil’, por ejemplo. O los del séquito de despedida-homenaje a Bolinaga, en Mondragón. O los patriotas que han pintado en un cartel, y en las paredes: «Josu, Agur ETA Ohore». Si para ser vasco hay que pasar por eso, que aproveche. 

Amigos del País: ¿para qué más?

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[1] Es lo que le ocurrió a san Pedro y demás apóstoles en Pentecostés, cuando el cristianismo naciente se presenta en sociedad como religión mistérica, hablando cada uno en lenguas extrañas.
«Algunos bromeando decían: ‘Estos están beodos’» (Hechos 2: 13). Este comentario molestó en particular a Pedro, siendo tan temprano (a eso de las 9 de la mañana). La explicación que dio fue que entonces se estaba cumpliendo una extraña profecía de Joel (3: 1-4):
«En aquellos días (palabra de Dios),
derramaré mi espíritu sobre toda carne
y profetizarán vuestros hijos e hijas,
y vuestros jovencitos verán visiones
y vuestros ancianos soñarán sueños.
Daré portentos en el cielo arriba,
y señales en la tierra abajo,
sangre, fuego y vapor de humo;
el sol se tornará en sombra
y la luna en sangre ...»


[2] Apologético, 37.
[3] Jon Juaristi, Historia mínima del País Vasco, Madrid, Turner, 2013, pág. 331.
[4] Juaristi, o. cit., pág. 300.
[5] La Santa Sede, tras el cautiverio que a sí misma se había impuesto al ser despojada la Iglesia de sus estados en Italia con la unificación nacional, al fin se declaraba libre desde el año anterior, 1929, gracias a los Pactos de Letrán suscritos por Pío XI con el Gobierno de Mussolini.
[6] Juaristi, o. cit., pág. 286.
[7] Sentencia del TC, 76/1983); cfr. FES-ILDIS, Descentralización en perspectiva comparada: España, Colombia, Brasil. La Paz, Bolivia, Plural Editores, 2005, pág. 31.
[8] Descentralización…; o. cit., pág. 32.






miércoles, 7 de enero de 2015

Los vascos (y las vascas) ya tienen abuela





El lendacari Urkullu,  respetuoso siempre con las formas y ‘tradiciones’, cumplió su número desgranando su Mensaje de Nochevieja, al parecer con fecha de caducidad: olvidable y perfectamente olvidado.
Pues bien, 10 días antes (domingo 21 de diciembre), El Correo publicaba una entrevista de su redactora Olatz Barriuso al mismo lendacari, con referencia a su ‘paso del Ecuador’ en el mandato. En inanidad, reiteración y autobombo allá se andaban, la entrevista y el mensaje. Lo cual tiene su lógica, pues ambos textos se cocieron juntos. En todo caso es legítimo, como método, abordar el análisis de uno de ellos teniendo a la vista el otro.
El problema es que el El Mensaje es de alcance público en la Red, tanto en texto como en voz o en vídeo. En cambio, cuando he buscado el texto de la entrevista de  El Correo no he dado con él. Hurgando en la Hemeroteca del benemérito periódico, esto es todo lo que hallo. En una política de pequeña avaricia, el veterano diario bilbaíno ha guardado para sí como de pago una exclusiva que, por venir de quien y cuando venía, pudo abrirse al público con generosidad, al menos transcurridas unas cuantas fechas. Y es que «cuando se enciende una vela no es para ponerla en un cajón ni debajo de la cama, sino en el candelero, para que a todos alumbre», como bien podría recordárselo un Íñigo Urkullu que se declara ‘socialcristiano’, citando a Mateo, 5: 15 y Marcos, 4: 21, con su paralelo en Lucas.  
No hay como el sobre sellado y el cofre bajo llave para picar la curiosidad, al menos en los cuentos populares. Sobre todo, porque la dichosa entrevista a raíz de su aparición movió críticas aceradas. El Blog de Santiago González, sin llegar a ofrecer una deconstrucción a su estilo, sacó un comentario tan raudo como hilarante y contundente,  ‘Oooh, lehendakari, qué valores’. Pocas fechas después, El Correo volvía a sorprender (o no tanto) «declinando cortésmente» el artículo ‘Los Modélicos’ , de su distinguido colaborador habitual José Mª Ruiz Soroa.
Estas circunstancias exacerbaron mi prurito de hacerme con el misterioso texto, aunque tuviese que buscarlo en las entrañas de una pirámide. Finalmente me llega por correo el tríptico de cabecera que, aunque de muy baja resolución, me permite reconstruir el objeto de mi deseo. [Yo casi habría preferido lo de la pirámide, no exagero.]
¿Decepción? En absoluto. Un discurso plano, catequético, rosario de preguntas y respuestas sin nervio ni chicha, no es cosa que pueda decepcionar a nadie viniendo de Urkullu. Él es así y es evidente que así se prefiere, en ese ámbito de comunicación pública. Porque también he tenido ocasión de conocer un par de veces al personaje como huésped visitante de otro ámbito institucional y social más cálido, y es mi impresión que sin dejar de ser el mismo es diferente.


Una corrupción que no hay por donde cogerla
Sin ánimo de repasar toda la entrevista recuperada, vamos con el paso más extravagante de la misma:
O. B.«En Euskadi no hay corrupción» , ¿verdadero o falso?
Í. U.  – «Sostener eso sería un dogma. Pero no hay una corrupción institucionalizada ni generalizada. No se puede confundir corrupción con malas prácticas. Hay que ser muy honestos con los términos. Nadie está libre de malas prácticas, pero creo que, de la misma manera que la sociedad vasca tiene una cultura modélica y unos valores de rigor, de esfuerzo de sacrificio, de intentar hacer las cosas bien, lo mismo es aplicable para la personas que tenemos responsabilidad institucional. Nosotros como Gobierno, además de reducir los cargos públicos, hemos aplicado un código ético muy exigente, y hay una Ley de Transparencia aprobada en el Parlamento vasco.
¿Reímos? ¿lloramos? ¿no enfadamos? ¿lo dejamos? Mejor, analizamos. Y para mejor analizar, sigamos leyendo:
O. B. «Usted mismo tuvo que expulsar siendo presidente del PNV a los imputados en el ‘caso De Miguel’.»
Í. U.  – «Fueron medidas cautelares. Parece que ya cualquiera puede decir por ejemplo en la tribuna del parlamento quién es corrupto y quién no, sin pruebas. ¿Dónde queda la presunción de inocencia
O. B. – «A veces da la sensación de que el nacionalismo institucional vende una imagen de oasis vasco.»
Í. U. – «Insisto, somos una sociedad modélica. Todo el mundo cuando viene a Euskadi, embajadores, representantes políticos y empresariales, te ponen ante el espejo y te dicen que Euskadi es diferente en este sentido. Y lo digo con sinceridad, no con ánimo de ofender sino de reforzar esos valores que han caracterizado a la sociedad vasca, también a sus políticos.»
Lamentable. Una parrafada esta última, que en otro contexto podría figurar con honores en la Antología del Humorismo Vasco Bilbaino, pero que largada en serio da como vergüenza ajena. Este no es el hombre cortés y mesurado al que antes me refería. ¿A qué se debe tanta infatuación?
Paso por alto el hecho de que las «malas prácticas» –como se ha dicho toda la vida para designar las corrupciones sistémicas más sutiles– están tan acreditadas en el PNV, que hasta el Fiscal Jefe del Tribunal de Cuentas lo tiene en lista con los demás corruptos, que son prácticamente todos. No voy a desmentir ni desmontar la falacia de la presunción de inocencia, cuando cualquiera entiende que la corrupción ideal sería aquella que no hay por dónde cogerla, ni jurídica ni administrativamente. [Es como cuando dicen: «Fulano es un zorro». Es que no es un zorro, o no se sabría.]
Precisamente dos semanas antes el periodista Javier Olaverri había dado su respuesta a la misma pregunta de la Barriuso, ‘¿Es que no hay corrupción vasca?’ Todo un homenaje al buen hacer de los vascos en sus ‘malas prácticas’ –meter la mano, no la pata–, con ámbitos de opacidad y disimulo, donde también podríamos incluir la tibieza o frialdad de la policía autonómica en materia tan sensible.
Como digo, me interesa el fenómeno de borrachera o hybris racial (híbrido es término de Genética y Antropología), capaz de apoderarse de un sujeto normal y de bonhomía reconocida, hasta convertirlo en un txotxolo, algo así como la Abuela de Euskadi. Porque me costaría creer que es cinismo puro, cuando la hipocresía basta. Porque para mí que entra en juego aquí la vieja solera religiosa del partido de JELZ y de su fundador Sabino Arana [1].
El propio Urkullu en el preámbulo de la entrevista nos es introducido como «sin miedo a presentarse como socialcristiano». Ojo, no socialdemócrata ni demócrata cristiano. Él lo confirma:
O. B.«¿Es usted el lehendakari más a la izquierda del PNV?»
Í. U. – « Bueno, no lo sé [sonríe] ... Tengo un concepto socialcristiano de la vida política y también del Gobierno ... Pese a que en los últimos veinte o treinta años se ha pervertido el concepto de la democracia cristiana, el PNV ha sido un ejemplo en cohesión social …»
O. B.«También Podemos se apunta a la socialdemocracia. Curioso, ¿no?»
Í. U. – «Yo me defino como socialcristiano porque creo en otros principios y otros valores más allá de la socialdemocracia. Me satisface que Podemos tome como referente nuestro sistema de RGI y nuestras políticas sociales. Y me reconforta que Podemos y otros agentes se identifiquen ahora con el documento del Papa Francisco, cuando en el Parlamento de Estrasburgo apeló al ‘alma de Europa’. Yo ya lo hice cuando se celebró el Global Forum en Bilbao: defendí una economía más humana y denuncié la falta de alma de Europa, y me criticaron por ello.

Bueno, lo que denunció el lendacari en su intervención inaugural de 3 de marzo 2014  –mientras la villa hervía en plena kale-borroka–  fue «la tiranía de un mercado financiero tan poderoso, sin ‘alma’ y sin controles» que «pone en riesgo el estado de bienestar… en Europa». Que quizá no tiene mucho que ver con   ‘el alma buena de Europa’ a la que se refirió el Papa en octubre («insto a Europa a trabajar en conjunto para ayudar a Europa a redescubrir su alma buena»). Pero en fin, el vasco había hablado primero, lo hizo en socialcristiano, y la verdad es que pronunció ambas palabras, ‘alma’ y ‘Europa’.
Pero a lo que íbamos. Urkullu es un hombre del partido, entregado al mismo desde su mocedad y aun antes, en el hogar doméstico, bajo una impronta religiosa compatible con el barniz externo laico que ha ido adoptando la formación jeltzale. Preguntado nuestro nacional-social-cristiano por la impecabilidad de Euskadi (en cuanto a corrupción, se entiende), responde confusamente que «sostener eso sería un dogma». ¿Un dogma? ¿o habrá querido decir una ‘herejía’? La Biblia dice que «nadie está libre de malas prácticas» (literalmente, «de pecado»), y «hasta el más justo cae al día siete veces».
El concepto eclesial no es en absoluto extraño al PNV. Todo lo contrario, Arana fue un político integrista radical imbuido de mística católica. Le obsesionaba lo ‘verdadero’. El Credo cristiano define la Iglesia verdadera por cuatro ‘notas’ o señas de identidad: Una, Santa, Católica, Apostólica. Tres de esas notas no ofrecen mayor dificultad. La segunda, sin embargo, ha sido caballo de batalla en la catequesis, la apologética y la controversia religiosa: la Iglesia Santa. ¿Cómo puede ser y decirse santa una institución tan industriosa en malas prácticas, tan florida en canallas a todo nivel? Ahí está la que se ha llamado «historia criminal del cristianismo» (KH. Deschner); o mucho antes, con más finura y sutileza, «el espíritu de la Iglesia» (Louis de Potter). ¿Qué santidad es esa?
Pues velay. Es una cualidad intrínseca de la Iglesia, que deriva de la santidad de su Fundador imitada por sus miembros más genuinos, los santos, independientemente de las malas conductas individuales o colectivas. Es más, la Iglesia siempre ha sido agradecida a sus canallas, si el daño que hicieron reportó algún bien a la causa. Así muchos reyes y príncipes criminales han sido canonizados y figuran en el santoral.
De modo análogo, en esa iglesia semilaica que ha sido el partido de JEL  –«pese a la perversión del concepto de democracia cristiana en estos último 20 o 30 años» (matiza Urkullu)–, aquel soplo nacional-religioso que le inspiró el fundador Sabino y sobrevive en los auténticos jeltzales es lo que impide hablar de corrupción generalizada; «porque aquí tenemos valores» (que otros no tienen, se entiende). Aquí se puede meter la mano, que no la pata. Y con la pata fuera, esa metida de mano aunque se prodigue ad infinitum no pasará de ser ‘mala práctica’, nunca corrupción, y menos institucional ni generalizada. Amén de que el vasco es muy mirado en eso, procurando siempre que las ‘malas prácticas’ redunden en provecho del grupo.
Esa es mi interpretación, y no del todo mía, si el profesor catalán Javier Barracoya entiende también que «el nacionalismo es una religión secularizada» . No tan secularizada, señor mío, en el caso concreto del PNV.
Se me objetará tal vez que en su entrevista el lendacari no se ha referido en exclusiva a los afiliados y simpatizantes de su partido, sino a los vascos en general. Pues peor me lo ponéis. Porque entonces para Urkullu los vascos-vascos no son toda la ciudadanía que gobierna –plural y heterogénea como ella sola–, sino sólo los vascos oriundos y los foráneos asimilados, ya que de otro modo no tiene sentido hablar de no sé qué valores como señas de identidad. No equivocarse con Íñigo Urkullu. Es un jeltzale puro, y al final siempre le sale lo vasco. [Por la misma razón y tras  mucho debate, no me he atrevido a titular en primera persona, «los vascos (y las vascas) tenemos abuela», ¡qué más quisiera yo, una amonatxo así!]


« Embajadores, representantes políticos y empresariales…»
Ataviados con semejante perifollo de valores, no nos extrañe que luego vengan los forasteros y nos miren como a bichos raros, embalsamados en nuestro propio ámbar incorruptible.
No sólo simples viajeros o turistas, también políticos, hombres de empresa, ¡hasta embajadores! Ellos vienen, nos ven y nos lo cuentan. Les caemos tan distintos de los españoles, que no se explican cómo todavía somos una nación sin estado. Nosotros a cambio les hablamos de nuestra vocación europea milenaria, y si se tercia les ponemos estatua en la Gran Vía, o al menos una placa, o una calle pequeñita.
Porque además de pueblo incorruptible somos agradecidos al extranjero que reconoce nuestro mérito (hispanos, abstenerse), sobre todo si acierta a descubrirnos algún valor que ni a nosotros mismos se nos hubiera ocurrido. Lo cual, a decir verdad, es más que difícil.
Y aquí lo dejo. Pendiente una segunda parte sobre la entrevista misteriosa y el Mensaje de Finde, tratando de clarificar las declaraciones del lendacari sobre política social y proyecto político. Mañana será otro día, si Dios quiere.
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[1] Cfr. F. Navarro y Belosticalle, El Patriota insufrible (2013), en especial caps. 4 (‘Sabino como automito religioso’) y 8 (‘Sólo JEL basta’); también caps. 10 (‘Sabino, el otro Cristo’) y 12 (‘Tartuferías’).