martes, 7 de octubre de 2014

Rebobinando ‘Ágora’ (1)


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Este verano, en ‘El Blog de Santiago González’, se desarrollaba un serial monográfico sobre ‘películas sobrevaloradas’. Yo me pedí ‘Ágora’ (2009) de Amenábar, y aunque luego no pude cumplir, tampoco quiero que las notas recogidas se pierdan del todo, por su interés al margen de la película.
En realidad ya hice mi crítica aquí mismo, nada más verla cuando se estrenó en Bilbao. ‘Ágora’ me decepcionó, después de haberme impresionado ‘Los Otros’ (2001) y haber logrado seguir con interés ‘Mar adentro’ (2004). El salto desde esta historia intimista y quieta a una producción a lo péplum parecía mortal. Mortal como fue mi aburrimiento en la butaca del cine. Tal vez esperaba demasiado, por efecto del autobombo publicitario para una película sin fuste.
«Esta es una historia real …  Cristianos, de perseguidos a perseguidores … Conflicto entre Religión y Ciencia … Hipacia, feminista y mártir ...» Por otra parte, parece que el proyecto del autor era un filme de ciencia-ficción, en mal hora cambiado por este otro de ficción histórica. Ni fu, ni fa.
Coincidía que tiempo antes anduve interesado en la misma historia que (eso creí) iba a ver plasmada en un espectáculo a lo grande. Historia de conflictos entre cristianos –más que entre éstos y un paganismo residual, sin prestigio–, y cuyo pábulo tampoco fueron anacrónicos debates entre religión y ciencia, sino personalismos clericales encastillados en ‘cuestiones bizantinas’.
Sobre técnica –escenografía, planos y ángulos, movimientos, montaje y todo eso– mi profanidad sólo puede decir que la veo a la altura del presupuesto y de un director capaz. El problema va con el guión y con la manipulación de hechos reales y otros figurados, hasta dar en una trama carcomida por la ideología. Atropellar fechas, falsificar carnets de identidad, resucitar muertos para calumniarles en lo que ni siquiera alcanzaron a vivir, anacronismos garrafales; y en fin –el peor crimen estético–, embaucar al espectador incauto y enfadar al informado: se ve que todo ello entraba en el cálculo.
Un autor tiene derecho a defender una tesis valiéndose, bien  de una historia real honestamente contada, o al contrario, de una invención o parábola:
En el primer caso (historia real), la fuerza argumental pende de la fidelidad a los hechos, sin perjuicio de tal o cual ingrediente imaginario al servicio de la estética y hasta de la retórica, pero nunca como puntal de la tesis. En el segundo (fabulación), la tesis quedará servida o no, según la consistencia interna de la fábula. Digamos que en el drama histórico la tesis fluye  de los hechos, mientras que en la fábula son los hechos los que confluyen en la tesis. Lo que no tiene pies ni cabeza es mezclar ambos géneros, refabulando la historia y rehistorificando la fábula, porque eso le quita el valor probatorio.
Para mí, ‘Ágora’ como historia es una engañifa, con el agravante de cierta confusión argumental como fábula. Porque el discurso trenza tres hilos:
1) Declive de Alejandría bajo la tiranía episcopal: primero la de Teófilo, destructor del emblemático Serapeo con la Biblioteca; luego la de su sobrino Cirilo, que en aplicación de la misoginia cristiana acaba con Hipacia.
2) Pasión y muerte de Hipacia, santa laica, heroína y mártir de la razón, la ciencia pura y la femineidad virginal, a manos de monjes rijosos y fanáticos.
3) Aventura de Davos, el esclavo de Hipacia, enamorado de su ama, que despechado se enrola en las huestes cristianas del diabólico monje Amonio, para terminar matando por amor al objeto de su amor imposible.
Tres hilos argumentales a lo largo de un par de horas. «Cordón triple mucho aguanta», dice el Eclesiastés (4:12). El cordón, sin duda. El público, depende: siempre hay una fracción más entregada o menos soñolienta. Mejor haber consultado a Horacio, que en su ‘Poética’ recomienda al autor no liarse en sus invenciones hasta olvidarse del respetable, que no va al cine a que le vuelvan tarumba.
Tiremos de los hilos. Pero sólo la puntita, porque iría para largo.
Vaya por delante que todo lo que sabemos de Hipacia por fuentes históricas primarias cabe en una cuartilla. Tan lacónico todo, tan confuso y discrepante, que desde luego excluye a esta mujer como protagonista de cualquier historia de tesis. De los historiadores Sócrates  y Filostorgio (adversos a Cirilo), más la tardía Crónica de Juan de Niciu (s. VII) y la enciclopedia bizantina llamada Suda (s. X), sólo se sacan fragmentos desdibujados de un retrato roto. La correspondencia de Sinesio, discípulo de Hipacia, tampoco dice mucho.
Un rompecabezas imposible. Pero bueno, echándole imaginación se han logrado varias reconstrucciones coherentes. Sacar de ahí una novela, una buena película sobre Hipacia, nada que objetar. Precisamente el fallo de Amenábar es no haber hecho esa buena película. ¿Por qué? Porque más allá del espectáculo, al autor le importa más su tesis, y para ello se hace trampas en el rompecabezas.
1. Hipacia y el sexo.
No hace falta repetir que la mujer descuartizada en la cuaresma de 415 en una orgía de fanáticos cristianos no era una joven. Si nació en 360 tenía 55 años, aunque probablemente andaba por los 60 pasados, bien llevados pero bien cumplidos. ‘Ágora’, siguiendo la leyenda romántica, la rejuvenece hasta casi la edad de sus alumnos, para cumplir con la erótica.
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Erótica que se revela desde el principio, en un primer plano de un pañuelo que cae. La profesora Hipacia está dando clase de cosmología, y  experimenta con la caída de graves en línea recta, en contraste con los cuerpos celestes que se mueven en círculo y no caen. «¿Por qué así?» , pregunta ella a sus dos alumnos aventajados, Orestes y Sinesio, en un barrunto de la gravitación universal. Los chicos no tienen ni idea. La profesora tampoco, pero sí una intuición voluntariosa, expresada en hacer una pelotita con el pañuelo. Y cuando parece que ya hemos pillado la noción de centro de masa gravitatoria, a la profesora de la una especie de pataleta, y presa de entusiasmo corta el rollo.
Aquí el espectador, a su vez y metido en anacronismo, se pregunta por qué no usar descaradamente una manzana, en vez de un pañuelo, acompañando incluso sobre la repisa algún busto de rasgos newtonianos, en guiño de complicidad... Pues no. Ha de ser un pañuelo. No hay más que ver el modo cómo el joven esclavo ayudante de cátedra, Davo, se apresura a levantarlo del suelo  para devolverlo a su ama. El pañuelo es un fetiche para Davo. Un fetiche encargado de revelarnos también  la idea un tanto rara de la dama sobre su propia sexualidad reprimida.
Según la referida Suda (aunque esto no le conviene a Amenábar), Hipacia tuvo marido, el también filósofo Isidoro, aunque ella «permaneció virgen». Virginidad no era exactamente castidad, era continencia filosófica, dominio de sí y del propio cuerpo. Deporte, más que virtud. Pues bien:
«Tal era su belleza, que uno de sus alumnos se enamoró de forma incontenible, y así se lo hizo sentir. Sobre este punto corrió la especie vulgar de que ella le curó de su mal por medio de la música. A decir verdad, la música nada tuvo que ver en esto. Lo que hizo Hipatia fue sacar uno de sus trapos mujeriles y arrojarle la muestra de su origen impuro: “Eso es lo que amas, jovencito, nada hermoso por cierto”. Así se sacudio al moscón, que abochornado y sorprendido a la vista de cosa tan fea recobró la cordura.»
La anécdota, realmente extraña, da para la controversia. En todo caso se refiere a una Hipacia no menopáusica. Amenábar la explota con habilidad llevando el agua a su molino. Su enamorado es Orestes, que se le declara en la Biblioteca, entre las estanterías, ante las narices de un Davos celoso. Hipacia da largas a Orestes con lo de la música. Total, que el novio sale auledo compositor, y en pleno teatro, aprovechando un entreacto, se mete por la boca hasta la campanilla un par de flautas y plañe su amor a Hipacia en una melodía cósmica. Tan cósmica, que Amenábar nos la ahorra elevándonos en viaje espacial con Google Earth, regresando justo a tiempo para el último aliento musical de Orestes, que en arras de amor dedica a la filósofa su flauta doble,  con aplauso del público.
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El primer día lectivo, Hipacia toma revancha de Orestes con otro obsequio: el pañuelo fetiche, de nuevo arrebujado en ovillo. Al abrirlo, el enamorado ve una flor roja.  Su perplejidad se trueca en asco cuando la maestra se lo explica: a diferencia de los ciclos celestes, perfectos y puros, ella como mujer está sujeta a un ciclo menstrual impuro, fuera de razón. Orestes abandona la clase, arrojando con enfado la prenda-fetiche, que Davos recoge y guarda dando gracias a Cristo. Porque se ha vuelto cristiano.
Hipacia era filósofa de la secta neoplatónica. Esto es de la mayor importancia, aunque Amenábar lo soslaye, empeñado en convertir a su heroína en una racionalista científica de una pieza. La filosofía estaba de capa caída, las escuelas se van cerrando. El neoplatonismo se defendió algo mejor, precisamente porque no seguía la razón pura, adoptando una espiritualidad aceptable para los judíos helenizados y los cristianos. Imaginar el alma humana como imagen o emanación divina, encerrada en el cuerpo como en una cárcel temporal, encajaba en la antropología judeocristiana.
Los neoplatónicos sublimaban el espíritu a expensas del cuerpo, y algunos como el maestro Plotino se avergonzaban de su corporeidad, con su fisiología, sus necesidades y apetitos. El sexo sobre todo lo miraban mal: una industria de cárceles corpóreas para enjaular almas divinas. El remedio ideal era el autocrontrol guiado por la sofrosine (templanza, sobriedad, «nada en exceso»). Sin embargo, a algunos se les iba la mano y preconizaban la total abstinencia, como los monjes y también como ciertos sectarios, los encratitas. Para refuerzo de la voluntad, como vía purificadora y en parte también como evasión, estos filósofos tan sincréticos  se daban a religiones mistéricas, como también a la teurgia, la ‘magia blanca’. Hipacia no sería excepción, pues según algunas fuentes sus asesinos la acusaron de hechicera, como se recoge en la película. Algún testimonio incluso insinúa que Hipacia, en su sincretismo teológico, comulgó con el dogma cristiano en su variante arriana. Amenábar en cambio la supone virtualmente atea.

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En ‘Ágora’, Hipacia tortura sin querer al pobre Davos, que cada día está obligado a verla desnuda saliendo del baño para ponerse en sus manos, enjugando y perfumando aquel cuerpo hermoso mientras a él le consume el deseo.
No sé de dónde ha sacado Amenábar semejante dieta de régimen para el pobre esclavo, puede que haya sido ocurrencia suya. Lo cierto es que nos ofrece un caso típico de encratismo, donde a veces se cargaba la suerte creando situaciones de riesgo, por ejemplo acostándose varón y mujer juntos para dormir o velar en continencia, como se ve en la película. A Davos no le llamaba Dios por ahí, y harto de martirio filosófico  acabará convirtiéndose en buen cristiano, hasta violar a su ama y merecer así de ella la manumisión o libertad. En todo caso, este hilo argumentario está empapado de morbo encratita.
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Los últimos momentos de Hipacia no son excepción. La Historia dice que sus asesinos la despedazaron usando tejoletas (óstraka) a modo de cuchillos, arrastrando y quemando sus despojos.
–«No os manchéis con sangre impura.»
–«¡Lapidemos a esta bruja!»
El esteta Amenábar nos ahorra el asco superfluo, pero cobrando peaje encratita. Davos se las compone para quedar a solas con la que fue su ama, ahora totalmente desnuda. ¿La poseerá de nuevo? En cierto modo sí, con virtuosismo encratita, recreando imágenes de su intimidad con ella, en un idilio amoroso mientras él la asfixia para librarla del suplicio. Finalmente el director decide que los fanáticos apedreen un cadáver.
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Teniendo en cuenta que Hipacia es la única mujer en ‘Ágora’, la representación del ‘segundo sexo’ (que decía Simona de Beauvoir) no es muy lucida. Por supuesto, tampoco los ‘eunucos por el Reino de los Cielos’ (Uta Ranke-Heinemann), los ‘parabolanos’ rijosos que la desnudan y lapidan, hacen gala de equilibro en materia de sexo.

2. Cristianismo violento: de perseguidos a perseguidores
Es todo un tópico. El Evangelio de Cristo dictó una ley de amor recíproco obligatorio y dedicó una bienaventuranza a los pacíficos. Sin embargo, de la misma boca del mismo Cristo hay frases incendiarias y proclamas bélicas. «Mi paz os dejo», sí, pero «¿pensáis que vengo en son de paz? de eso nada, a definirse tocan» (Lucas, 12: 51). No paz, sino espada, el hijo contra el padre, etc. «El Reino de Dios es para los violentos que lo toman por la fuerza» (Mateo, 11: 12). No entro en exégesis, ya que tampoco hace falta, cuando vemos que en ‘Ágora’ la violencia está repartida.
Con razón. Alejandría siempre tuvo fama de ciudad violenta. Los judíos, muy arraigados desde la fundación, y que en época Imperial representaban un tercio del vecindario, en tiempo de Trajano movieron una revuelta sangrienta con mucho destrozo (año 116). Nueva agitación se produce en la ciudad bajo Caracalla, saldada con una degollina de mozos en edad militar y cierra de la Academia de filosofía aristotélica. En tiempo de la reina Zenobia de Palmira y su guerra con Roma, Alejandría hizo una intentona de independencia, que Aureliano castigó saqueándola y destruyéndola en gran parte (270). Más grave fue la masacre y ruina ordenada por Diocleciano, a raíz de otra revuelta que costó nueve meses de asedio. En una palabra, Alejandría no aprendió rudimentos de violencia en la escuela del Cristianismo.
La nueva religión prendió fuerte en la ciudad, pero tuvo muchos mártires bajo Decio y sus sucesores. A las persecuciones externas se sumaron muy pronto luchas intestinas entre cristianos. La prepotencia cristiana en Oriente se acentúa sobre todo cuando Teodosio I (379-395) oficializa la ortodoxia y emprende la destrucción del paganismo. En esta movida, el patriarca Teófilo (385-412) fue el encargado de aplicar en Alejandría y Egipto los decretos reforzados por Teodosio II, inspirados por él mismo, mientras disputaba la supremacía eclesiástica a los otros patriarcas de Oriente, incluída la capital Constantinopla.
El pragmatismo de Teófilo le llevó a destruir templos, monumentos, estatuas, ciego para su valor material o artístico, donde él sólo veía «el pecado». Acabó con el templo de Dionisio, el célebre Serapeo y el ídolo de Serapis, obra maestra de Briaxis. Estas destrucciones fueron matando a la ciudad. Su sobrino y sucesor Cirilo, igual de pragmático, terminó de arruinarla expulsando a los judíos. En ese contexto ocurrió el asesinato de Hipacia por el populacho, a instigación del clérigo Pedro el Lector (415).
Diríase que estoy contando la película, y con ello dando la razón a Amenábar. Nada más lejos. Precisamente por su singularidad, la Alejandría de Teófilo y Cirilo no sirve como paradigma de los comportamientos típicamente cristianos. El mismo lema, «de perseguidos a perseguidores», es inexacto, ya que al cristianismo triunfante no le interesó en general hacer mártires sino quitar estorbos.
«Teófilo era un sujeto sin escrúpulos, en cuanto a los medios para sus fines». Esto no lo tomo de Bayle,  Gibbon o Voltaire. Es de monseñor Luis Duchesne, sacerdote católico y autor de una ‘Historia antigua de la Iglesia’ bien documentada. En el tomo III abunda en rasgos sobre el carácter y mañas del personaje.
Pues el sobrino Cirilo tampoco sale bien parado. En la corte de Bizancio se le conocía como ‘El Faraón’, apodo que también pudo cuadrar al tío. Para ellos, todo un elogio. Egipto –granero imperial–, por imperativo del Nilo siempre se vio en la alternativa de tener un faraón o hundirse en la miseria. El Imperio decadente no estaba en condiciones de asegurar por sí el pan y el orden, y no por casualidad fue la Iglesia de Alejandría la que se hizo cargo, como en otras partes, de la asistencia social.
No sé si Teófilo fue el populachero que en ‘Ágora’ emplaza a los ídolos mudos a que digan algo. Más le veo  como el pastor que en la misma película lee a los pobres las Bienaventuranzas mientras se les reparte un bocadillo. Iglesia popular, porque la asistencia funcionaba por todo el país, gracias a la red monástica. Todo lo discutible que se quiera, con todos sus fallos humanos, pero eficaz en Egipto gracias al sistema cuasi militar creado por san Pacomio. (Los ‘parabolanos’, muñecos del  pim-pam-pum alejandrino: hablaremos de ellos.)
¿Ordenó Teófilo la destrucción del Serapeo y la Biblioteca? Tal vez sí, tal vez no, evidencia histórica no hay. Veamos en cambio qué instalaciones y qué libros hizo quemar, según la Historia documentada.
En 399, el venerable monje Isidoro, hombre de confianza del patriarca, nombrado por él director general de beneficencia –por tanto, presunto jefe de los ‘parabolanos’–, se permite censurar el despilfarro eclesiástico en edificios y ornamentos de lujo, en detrimento de la asistencia,  y cae en desgracia. Teófilo excomulga al atrevido, un octogenario que con toda dignidad vuelve a su retiro ermitaño en el desierto de Nitria. Allí le acogen monjes de todo pelaje, simples unos, cultos otros, pero todos en desacuerdo con la gestión de Teófilo. Quien para rematar la faena, calumnió a Isidoro en su honra y le excomulgó sin juicio. Obviamente, el pueblo alejandrino acogido al pesebre estaba con Teófilo, contra Isidoro.
No fue eso todo. Teófilo consigue del prefecto augustal el destierro a Siria de los monjes partidarios de Isidoro. A uno de éstos, llamado precisamente Amonio, le abofeteó y le rodeó el cuello con el palio arzobispal como corbata para estrangularle: «¡Hereje, anatematiza a Orígenes!» Bien se ve que san Teófilo de Alejandría no andaba en sus cabales y no vale de paradigma. Pues bien: el loco Teófilo no dudó en prender fuego a las cabañas y bibliotecas de sus objetores monásticos. No sólo los judíos le estorbaban.

(Concluirá)

martes, 23 de septiembre de 2014

Referéndum a lo loco



Vaya por delante que celebro la derrota pírrica del YES en Escocia. Aunque sea por la mínima, pienso que aciertan en que es mejor el Cameron co(no)cido que el Salmond por co(no)cer. Dicho lo cual, estoy con los que piensan que esta consulta ha sido una insensatez desde el principio, o al menos desde que los sondeos de opinión avisaron empate técnico. Eso en cuanto al fondo, porque la forma o procedimiento tampoco ha pecado de prudente.
Hay razones para no quedar boquiabierto de pasmo ante una apuesta como la de Escocia. Sólo como boutade, voy a poner la primera: el entusiasmo que ha despertado en nuestros separatistas catalanes y vascos ese «ejercicio ejemplar de democracia». Si no temiera ser malinterpretado como que insulto, citaría en apoyo la fábula de Iriarte, ‘El oso, la mona y el cerdo’:

Cuando me desaprobaba
la mona, llegué a dudar;
mas ya que el cerdo me alaba,
muy mal debo de bailar.

Si gente tan especialista en lo suyo, como son los nacionalistas en general, aplaude un intento secesionista, no es por amor platónico a la democracia.
En efecto, sólo con ver el cómo y los porqués del aplauso vasco y catalán a la consulta, queda claro que la suerte de Escocia y de los escoceses les importa un haba. Ni política, ni economía ni bienestar social: la aventura escocesa es buena en sí porque le conviene al separatismo ibérico. Habrían preferido el resultado inverso, y de hecho han enviado delegaciones, no tanto para «observar y aprender» (Ortuzar) como para hacer propaganda separatista,  jaleándose a sí mismos y a su equipo favorito, el del entrenador Salmond. Ese era el sentido de tanta ikurriña y estelada en algunos puntos estratégicos –por cierto, en contraste con la presencia discreta de banderas escocesas–, como si el referéndum fuese con nosotros los vascos y catalanes.
Ya que he mencionado al cabeza del PNV, Andoni Ortuzar, he aquí el objetivo de su excursión a Edimburgo, según él mismo:
«para ver en primera persona cómo desde el ejercicio democrático se puede resolver un conflicto de 300 años».
Pero hombre de Dios, ¿o sea que  el viaje turístico que se han concedido el declarante y toda la delegación vasca a Escocia era para asistir a la resolución de un conflicto viejo de tres siglos? Pues vamos frescos. A los no nacionalistas se nos antoja que lo ocurrido hace 300 años entre Escocia e Inglaterra no fue el nacimiento de ningún conflicto, sino justo al revés, la resolución de un conflicto mediante el Acta de Unión con Inglaterra  (1707) [1]
Lo que ocurre es que el axioma corruptio unius, generatio alterius, en la escolástica nacionalista vale sobre todo para los conflictos: resolutio unius, generatio alterius. Dicho de otra manera: resolver un conflicto es regenerarlo bajo otro aspecto. Siempre el mismo perro con el collar de moda. Al nacionalista los días se le vuelven años y los siglos milenios, mientras la Historia es la noria del eterno retorno al agravio sempiterno [2].
Otro mantra muy socorrido es el que ha dado título a un programa del realizador Jaime Otamendi para la ETB 1, ‘Eskozia beti garaile’. Escocia siempre gana, salga el YES o el NO. A primera vista podría entenderse: «¡Ya! El NO a la independencia abre la puerta a una mayor autonomía.» Desde luego, esa ha sido la oferta inglesa a los escoceses si son buenos chicos, hmmm … Pero la cosa no va por ahí. Para nuestros nacionalistas, Escocia gana por el mero hecho de haber votado en referéndum sobre su futuro. Lo cual dicho con la perspectiva de un empate técnico es algo sin pies ni cabeza. ¿Qué gana Escocia, o Cataluña, o incluso Jauja, partiéndose en dos por dentro? Pues vaya con la solución del conflicto.
Será desconocimiento mío de la filosofía política británica, pero hay cosas que no logro entender en el acuerdo angloescocés sobre este referéndum.
1. La decisión por mayoría simple. La secesión o independencia no es una alternativa ordinaria, como lo es tal o cual opción para una legislatura. Es un evento de suyo irreversible, en que la minoría perdedora va a sufrir una frustración duradera. Lo menos malo sería que esa minoría fuese lo más reducida posible, a la que el vencedor podría incluso, en acto de generosidad, ofrecer alguna compensación temporal razonable. Eso requiere fijar para el ‘sí’ una mayoría calificada, tanto más cuanto más traumáticos se prevean los efectos del cambio.
Estoy pensando en una distribución homogénea. Pongamos ahora el caso del ‘sí’ y el ‘no’ repartidos por áreas geográficas y por tramos de edad:
1a. Reparto espacial. En tal supuesto, el área perdedora podría ver natural y democrático no tener que someterse a la voluntad de quienes le son ajenos incluso territorialmente. Y en juego limpio no se les debería negar el derecho a autodeterminarse, al menos en cuanto a evitar su secesión forzosa. No valen chulerías destempladas a lo Arzalluz del «¡Ancha es Castilla!».
1b. Reparto por edades. En estos casos, la población más verde suele ser la más atrevida para la novedad y el cambio. También la gente más madura, siempre sensible al futuro de las pensiones, puede ser atraído al ‘sí’ con algún señuelo, alguna varita mágica que asegure la caja; por ejemplo, la renta del combustible marino, como hacen los noruegos desde hace 25 años. Fuera de esto, en general los mayores suelen ser más cautos.
Rebajar ad hoc la edad de voto para una consulta trascendental y permanente es una triquiñuela más demagógica que democrática, que en Escocia ni siquiera ha funcionado. Y eso que allí no llevan toda una generación de adoctrinamiento escolar a mansalva, como en Cataluña o Vasquilandia. Y eso que allí el nacionalismo tampoco dispone de los medios de propaganda de que disfrutamos en España.
No es mi intención ser sarcástico si digo que, para Salmond, pasarse de listo con la rebaja de edad puede haber sido un tiro por la culata. Baste imaginar a millares de adultos indecisos, angustiados por un dilema en verdad difícil, la víspera de los comicios saliendo de paseo a meditar pros y contras. De pronto dan con una muchedumbre festiva. Allí reconocen a sus vástagos y nietos en alegre francachela, pintados de ‘pictos’ (valga la redundancia) a lo Bravehearth, meneando aspas de San Andrés y haciendo fotos con el trasero a los ingleses, entre músicas y tragos largos, mientras da la hora de volver a casa para la cena. Ante un escenario así, más de un pensionista perplejo, con los hijos en paro y los nietos estudiando, habrá visto la luz. Esa luz sombría del NO, gracias, Señor, déjanos como estamos.
Una correlación altamente positiva entre el SÍ y la juventud tendrá otro efecto nada democrático ni sensato: propiciar el referéndum recurrente, hasta que salga lo que tiene que salir, a gusto de los promotores, y ni una más. Lo cual también puede ir para más largo de lo que imaginan, porque los jovencitos de hoy pronto dejan de serlo. Y dado que en Escocia (nuestro modelo de moda) no hay como aquí ikastolas ni etebés etc. etc., la libertad de pensar florece mejor.  
2. Censo comicial. Otra perplejidad surge del censo de personas con derecho a voto en el referéndum de Escocia. Sólo los residentes en el país, con exclusión de  los demás residentes del Reino Unido, incluidos los escoceses. Y de los residentes, también los extranjeros con cierta antigüedad. No se discute que tal cosa sea allí legal, si tal ha sido el acuerdo y no viola la ley británica. Lo que no parece es que ese acuerdo sea lógico, equitativo ni sensato, para  un asunto tan ‘nacional’ y tan ‘histórico’.  
Respecto a los extranjeros con voto, me voy a remitir a un testimonio significativo. Significativo, porque lo escuché en un programa de debate tan poco sospechoso de neutralidad como es el SIML (Sin Ir Más Lejos), que dirige y modera (es un decir) Klaudio Landa. Otro día hablaré de él, del programa. Pues bien, en vísperas de la consulta escocesa intervenía en off un residente vitoriano, quien preguntado de forma sinuosa por su intención de voto insistió en que él no votaba, por pura lógica. Y este era su argumento:
«¿Qué sentido tiene que un extranjero como yo, que no pienso hacer mi vida en este país, me meta a decidir lo que han de ser ellos y sus hijos cuando yo me haya marchado?»
Una decisión honesta, que a buen seguro no habrán tomado la mayoría de residentes comprometidos con el nacionalismo vasco o catalán, o bien cualquier forastero con derecho al voto y con ganas de fastidiar a Inglaterra.
Para los primeros sobre todo, el referéndum de Escocia –cualquier referéndum sobre independencia– tiene como base el supuesto de Ortuzar: dirimir un conflicto histórico de incompatibilidad, bien mediante divorcio acordado, o en su defecto, por decisión unilateral. No bastan competencias autonómicas, por amplias que sean, incluso privilegiadas sobre el resto del estado. Es el imperativo identitario lo que prevalece, incluso sobre los intereses materiales.
En cuanto a los naturales privados de voto por residir fuera de Escocia, ¿qué decir? Así, en bloque, lo veo tan absurdo como dárselo a los residentes foráneos. Más absurdo incluso, y excuso las razones. Eso sí, ya que Escocia nos resulta tan modélica, tómese nota para que los vascos ultramarinos no sigan votando por correo, no ya la independencia del Pueblo Vasco, sino quién gobierna el país que ellos dejaron tal vez hace mucho y para siempre. Tome nota también el senador Iñaki Anasagasti, que en los comicios  de su Venezuela natal siempre se jacta de ejercer su derecho de voto, aunque el suyo es siempre por la buena causa.
3. Participación. Otro punto admirativo ha sido para la cota altísima de participación ciudadana en la consulta escocesa. Y con motivo, porque es de admirar, en un espacio sin cadenas (y nunca mejor dicho) de TV autonómica ni otros medios de manipulación de masas como  aquí se estilan. Allí sólo gracias al esfuerzo de voluntarios trabajando a los indecisos o indolentes, para el SÍ o para el NO.
Qué digo, admirable: increíble, por temerario. Aquí no jugamos con ese fuego, y cuando toque consulta, las cajas tontas vomitarán plasma patriótico, mientras nuestro voluntariado de nómina trabaja para la nube de entes públicos o parapúblicos. Todos remando y cobrando, cobrando y remando en la misma dirección.
Gran diferencia. Allí, voluntariado ciudadano contra el ‘voto del miedo’. Aquí al revés, mercenarios que te intimidan quedándose con tu cara y nombre, mientras te explican la diferencia entre el patriota bueno y el malo. Allá tú, advertido quedas.
Admirables los escoceses. Sin dinero público, han hecho lo que han podido: una chapuza voluntariosa que les ha dejado en el limbo. Porque Cameron/Inglaterra les prometió autonomía si votaban NO. Y ahora, con el empate técnico, a lo mejor va y se agarra a eso para decir digodiego. Ilusa Escocia, si sueña con que algún día Inglaterra le conceda por la cara algo parecido a nuestro Concierto económico.
4. El votar por el votar. Last but not least, la gran lección de Escocia no ha sido votar así o asa, sino votar; como también la gran lección del Gobierno británico ha sido dejar votar. Lástima, la cerrazón de Rajoy/España impidiendo que tan hermoso ejercicio de democracia se reproduzca entre nosotros. ¿Qué tiene de malo consultar al pueblo?
En abstracto, nada. A muchos nos gustaría que los paladines de ‘la consulta’ (en singular, porque sólo hay una, ‘su consulta’) sometiesen a votación en sus programas políticos tantas cosas mucho más de alcance y menos comprometidas. La política lingüística, por ejemplo, que desde el poder se impuso sin consulta alguna. Incluso los grandes símbolos: ¿alguien recuerda un referéndum sobre el nombre de Euskadi para la CAV, o sobre la ikurriña como su bandera? O sea que votar es bueno, según qué.
En suma, que no se ve razón para tanto ‘elogio de la locura’ escocesa  en Vasconia y Cataluña. Los considerandos expuestos –nada originales por lo demás– justifican la sospecha de que el fervor escotista sobrevenido aquí y allí es impostado, para un modelo político tan manifiestamente mejorable [3].
Con todo, no cerremos en negativo. Si bien Escocia no es perfecta, al menos sus políticos nacionalistas tampoco dan la brasa perpetua, que si te vamos a normalizar, que si tu lengua propia, discurso identitario: a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing. Como la vida misma.


[1] De verdadera ‘Unión’, como impusieron finalmente los escoceses; no de ‘Anexión’ camuflada, cuya sombra parecía rondar por la primera propuesta inglesa, el Acta de Unión con Escocia (1706). Tan de Unión, que de hecho se fusionaron ambos parlamentos, el de Escocia y el de Inglaterra. Recordado sea, para desengaño de incautos ante declaraciones como la de Ortuzar, ya que a éste nadie le va a desengañar de nada.
[2] Es memorable el dicho que un patriota radical, Tasio Erkizia, se sacó de debajo de la boina cuando Francia dejaba de ser el santuario de ETA: «Desde hace seis años, el Estado francés se ha convertido en el enemigo secular de los vascos».
[3] Nuestro nacionalistas se hacen lenguas de la madurez del pueblo escocés, de su deportividad, serenidad etc., hasta posiciones flemáticas rayanas en la indiferencia y el pasotismo. Tanto más curioso, ya que los escoceses son capaces de apasionamiento y violencia por lo menos en negocio tan banal como el fútbol. Siendo estudiante en Valladolid, si mal no recuerdo (porque de eso hace mucho), en las competiciones entre colegios, los escoceses tenían fama de algo brutos y también tramposillos, más que los irlandeses. Cosa notable, porque fuera del campo  solían ser amables y más educados que nosotros españoles.