lunes, 11 de noviembre de 2013

A la política por la espeleología (1)


El luminoso ‘Viaje subterráneo’ de Nicolás Klim

El año pasado vi por encima un artículo de Umberto Eco, a modo de reseña literaria del Viaje subterráneo de Niels Klim (1745), la novela utópico-satírica del escritor noruego Ludwig Holberg (1684-1745).
Como el titulo me era desconocido, y el autor sólo me sonaba de nombre (por mi viejo y tan viejo, envejecido Perés) [1], guardé lo de Eco para más despacio. Y así quedó la cosa. Hasta que este verano, curioseando por la librería anticuaria de Google, tropiezo por casualidad con la misma obra, llamándome la atención que el original es anónimo y está en latín. Excelente, por cierto [2].
La enorme literatura de viajes imaginarios admite una división tripartita, ‘natural’ en cierto modo:
1. Viajes geográficos. El género primero y principal lo forman las expediciones y naufragios por la superficie terrestre. Lo que nos lleva, como subgéneros, a los viajes imaginarios submarinos y los aéreos.
2. Viajes astronómicos. Ascensiones más o menos pitagóricas a otros astros y otras esferas, empezando por la Luna.
3. Viajes subterráneos. Descensos a los espacios inferiores, desde simples antros cavernosos, hasta el ámbito subcortical y el centro de la Tierra.
Lógicamente, el viaje subterráneo, con escenario en nuestro globo,  bien puede ir por delante del astronómico. Pero el hecho es que los espacios siderales han estado siempre abiertos al ojo humano, ampliados desde Galileo y su anteojo; a diferencia del mundo subterráneo, oscuro e impenetrable. Una diferencia que, con todo el adelanto técnico, todavía se mantiene.
El viaje subterráneo  nació como mito religioso: la bajada a los infiernos. Infierno bien entendido, como espacio inferior o mundo de las sombras de los muertos, no necesariamente atormentadas.
Este género de relatos refleja las ideas que el hombre se ha hecho de ese mundo secreto y hermético hasta hace bien poco.
Uno de los primeros que propuso un modelo ‘científico’ del interior de la Tierra fue el jesuita Atanasio Kircher. El mundo subterráneo (Amsterdam, 2 tomos, 1665 y 1678), en sus textos y excelentes grabados, describe algo así como un gruyère, pero con las cavidades principales ígneas (pirofilacios) conectadas entre sí, formando un sistema circulatorio hidrogaseoso e ígneo, a temperaturas y presiones altísimas.
Sin embargo, bastante antes de atreverse a tanto, el mismo Kircher por precaución había anticipado sus ideas en un ‘preámbulo’ (prodromus), en forma de diálogos, que tituló Viaje extático II (Iter extaticum, Roma, 1657). La razón de llamarlo ‘Viaje II’ era que antes había publicado otro similar viaje astronómico.En efecto, era materia delicada, donde convenía ir con pies de plomo para no topar con la censura eclesiástica [3].
La precaución no libró a Kircher de sospecha. El primer viaje, sobre todo, como se ve en la reedición de ambos, producida e ilustrada por el consocio y discípulo de Kircher, Gaspar Schott [4].
Para hacernos una idea de la suspicacia que rodeaba las especulaciones astronómicas y cosmográficas en general, echemos un vistazo a estas líneas y figura del Viaje extático I, o Astronómico (págs. 334-335 y fig. XII):
«Casi todos los nombres de las constelaciones están tomados de la Mitología Grecolatina… Para poner, aunque tarde, algún remedio, Julio Schiller, abogado de Augsburgo, publicó ‘El Cielo Cristiano’ (1627), donde cambiaba los nombres antiguos rebautizando a cada constelación con un nombre piadoso, convirtiendo la Osa Menor en San Miguel, la Cabellera de Berenica en el Azote de Cristo,  el Carnero en San Pedro, a Perseo en San Pablo, y así cada cosa. Pero la nomenclatura antigua está tan arraigada, que a la fuerza hemos de conservarla.»
Por suerte,
«Fuera de las estrellas enumeradas, con el telescopio se han detectado infinitas más, sobre todo en la Vía Láctea, en Orión, las Pléyades y las nebulosas celestes. Oye lo que dice Rheita sobre el particular, en carta a Juan Caramuel (Colonia, 24 de abril 1643):
“Ayer mismo, con estupor y suma admiración y contento, he descubierto con toda claridad el Sudario de la Verónica o Santa Faz, reproducida a lo vivo en las estrellas, más o menos en el signo de Leo, entre la línea equinoccial y el Zodíaco” etc.
(…)
Repite luego [5] que en la constelación de Orión vio una figura parecida a la Túnica Sagrada; por debajo de Leo, otra parecida al Sudario de la Verónica; en el signo de  Tauro, una especie de Cruz Teutónica; en Orión un Cáliz; cerca de la estrella Polar una a modo de mano cerrada con el índice extendido. Como también, en el tahalí de Orión o muy cerca, vio una estrella de tres cuerpos; y en las Pléyades un enjambre circular brillante, rodeando  algo parecido a un niño acostado.»
[Si el índice de la mano era el Digitus Dei, la estrella triple la Trinidad y el bebé acostado el Niño Jesús, con todo lo demás, bien se ve que la nueva Astronomía telescópica nacía cristiana. Hay que ver, qué argucias tenían que discurrir los curiosos del cielo, para quitarse de encima a los inquisidores.
Otra argucia era halagar la vanidad de los magnates, como hizo el mismo Rheita dedicando al papa Urbano VIII las lunas de Júpiter con el nombre de ‘astros urbanoctavianos’. Lo de las dedicatorias ya lo había ensayado Galileo, aunque no con mucho tacto, como es sabido.]
Un mundo dentro de otro
Frente al modelo concavitario o ‘gruyère’ de Kircher, prevalecerá el modelo ‘cebolla’ de Halley, con una corteza terrestre envolviendo capas concéntricas sucesivas de manto, en torno a un volumen central macizo o hueco.
Este modelo se presta, más que el anterior, a imaginar espacios vastísimos y hasta un mundo dentro del mundo, que justifique no sólo el viaje imaginario de exploración, sino la estancia en ínsulas y países con su cultura comparable a la nuestra.
Esta fue la idea de Holberg, encarnado en un alter ego al que llama Niels (Nicolás) Klim. Klim vive su aventura en 1665, es decir, la fecha de aparición del primer tomo del Mundo Subterráneo de Kircher, con un resultado en contradicción total con el modelo del jesuita.
Holberg, autor conocido –el ‘Molière danés’ le llamaban, aunque su teatro participa por igual de la Commedia italiana– y persona de prestigio en el reino de Dinamarca,  prefirió para su utopía satírica el anonimato en las prensas de Leipzig, al abrigo de la censura danesa.
La historia empieza y acaba en un lugar real y un momento histórico: en la ciudad de Bergen –patria de Holberg/Klim–, «siendo cónsules de la misma J. Munthe y L. Seversen» etc., con referencia a eruditos locales también reales: Rasmus Abelin y Edvard Edvardsen. Sólo para despistar, leo en el Viaje comentado por C. G. Elberling (1866), que en torno a Bergen no hay ningún monte Flöien, sino Flöifieldet, y en él no hay tal caverna con sima, sino en el vecino Rathauen [6].
Por otra parte, todo ocurre 20 años antes de nacer Holberg, que recurre al consabido artificio del ‘manuscrito encontrado’:  un relato autógrafo del protagonista en primera persona , ejemplar único custodiado por Abelin, quien todavía vivía en 1686.  
Un viajero ilustrado como Holberg, que incluso había residido bastante tiempo en Inglaterra (1706-1708), conocía por supuesto los Viajes de Gulliver (1726). Sin planterar comparaciones, y por aparente que sea la diferencia de escenarios –viaje geográfico frente a viaje subterráneo–, 20 años de precedencia y un séquito de imitaciones deja a salvo la originalidad de Gulliver respecto a Klim, a la vez que explica el eclipse de éste. Y eso que el Viaje Subterráneo se tradujo al inglés a raíz de su aparición. Como también se tradujo a una docena de lenguas europeas, con muchas ediciones.
En españa es obra prácticamente desconocida, incluso tras la reciente traducción española para Abraxas, Viaje al mundo subterráneo, Barcelona, 2002. Un trabajo hecho al tirón de la última traducción italiana (1994).
Hace poco, en El Blog de Santiago González, alguien afirmó categóricamente: «un blog se hace o por dinero o por vanidad». Dado que lo mío no me vale dinero, valga de redención a mi vanidad el deseo de compartir el disfrute de estas cosillas.
No me propongo traducir el Klim, sólo algunos pasajes, para dar idea. Y lo haré alternando los textos con algunos comentarios aclaratorios, aunque la obra no es nada difícil.
Queda por decir algo del pobre Klim, después de su experiencia. Parece que el buen hombre cayó en estado catatónico progresivo, que toda Bergen, empezando por el párroco, malinterpretó como altivez, cuando era depresión o melancolía. Mientras tuvo fuerzas, solía subir a la boca de la cueva, meditando allí largo espacio, para volver luego a encerrarse en su biblioteca.
Su demencia en auge preocupó a su mujer, entre otras cosas porque a su marido, hablando en sueños, le daba por lo militar, como metido siempre en maniobras y batallas terrestres y navales. Tampoco era normal, para la idiosincrasia noruega de entonces, el que en la biblioteca del viajero subterráneo predominaran los libros de política. Esa materia no se consideraba lectura sana para el hogar.
Pero no perdamos más tiempo. Abramos de una vez el libro por el índice de capítulos.

Viaje subterráneo de Nicolás Klim
Índice
Prefacio apologético
            
I.           Descenso del Autor al mundo subterráneo   
II.          Descenso al planeta Nazar                                         
III.        Descripción de la ciudad de Keba                 
IV.        La corte del Príncipe de Potu                            
V.           El país de Potu y su gente                                        
VI.        Religión de los potuanos                                    
VII.       Organización política                                                                  
VIII.     Academia    
                                                           
IX.        Viaje de Klim por el planeta Nazar                   
X.          Viaje al firmamento subterráneo                            
XI.        Navegación a tierras insólitas
XII.       Arribada a la costa de Quama                               
XIII.     Principio de la V Monarquía                               
XIV.      Klim, monarca subterráneo                            
XV.       La catástrofe                                                            
XVI.      Retorno a la patria y fin de la V Monarquía
Anejo de Abelino                                                                     

El año de 1664, pasados cum laude en la Universidad de Copenhague ambos exámenes, de Filosofía y Teología, con los votos de los tribunales respectivos, listo para  regresar a la patria, me embarco en una nave con rumbo a Bergen (Noruega); recomendable por mis títulos en ambas facultades, pero sin dinero.  Destino por mí compartido con los demás estudiantes noruegos, que de la feria de las Buenas Artes suelen volver a casa desplumados. Con viento favorable,  a la tercera jornada de próspera travesía entramos en el puerto de Bergen.
Así repatriado, más rico en saberes que en haberes, me mantuve algún tiempo a costa de mis deudos, llevando una vida precaria, aunque no desidiosa. Porque, iniciado en el estudio físico, para ilustrarlo  por vía de experimento, y explorar el carácter del país y las entrañas de sus montes, me pateé cada rincón de la provincia. No había peña que se resistiese a mi escalada, ni sima cavernosa tan tremenda que no probase bajarla, por si hallaba algo curioso y digno de examen. Y es que en nuestra patria tenemos muchas cosas desconocidas no sólo de vista, ni siquiera de oídas, que si las tuviese Francia, Italia, Alemania o cualquier otro país rico  en maravillas y apreciador de ellas, las tendríamos oídas, releídas y trilladas.
Entre lo más notable a mi juicio estaba la gran sima en lo alto del monte Flöien. La boca de esta cueva emite a intervalos un aura leve y no desagradable, que algunos han comparado a gemidos de una garganta o fauces que se abren y cierran alternativamente. Así los escritores de Bergen, empezando por el celebérrimo Abelino, y Eduardo el Conrector de la Escuela de Magisterio, persona muy bien impuesta en astronomía y física, la creyeron dignísima de ensayos filosóficos. Y hasta los viejos del lugar,  lamentando no poder hacerlo por sí mismos, animaban a los más jóvenes a explorar a fondo la caverna: mejor, según ellos y según el modelo de la respiración humana, aprovechando la fase aspiradora de la cueva.
Tales razones, junto con mi temperamento, me estimularon a pensar en el descenso a la caverna. Pero cuando abrí mi pensamiento a algunos amigos, me lo desaconsejaron como cosa de necio y desesperado.
Sus avisos, en mi caso, fueron contraproducentes, al juntarse a mi pasión de investigar las estrecheces domésticas. Sin recursos, y a disgusto de vivir entre los míos como gorrón, sin esperanza de salir a flote, me veía condenado a mendicidad perpetua, cerrado el camino a los honores y emolumentos, a menos que me diese a conocer por alguna hazaña audaz.
Decidido, pues, y preparado lo necesario para la expedición, un jueves con cielo sereno y no lluvioso salgo de la ciudad de madrugada, con idea de volver en el día, misión cumplida. Mal podía adivinar que, como otro Faetonte [7],
haciendo, de tumbo en tumbo,
largo recorrido aéreo,

arrastrado a otro orbe, sólo al cabo de diez años de andar de aquí para allá volvería a ver a los míos.
Se emprendió esta expedición el año de 1665, siendo cónsules en Bergen Juan Munthe y Lorenzo Severini; senadores, Cristierno de Bertholdo y Lorenzo Escandio.
Acompañaban al viajero cuatro mercenarios portadores del cordamen y garfios necesarios para el descenso. Fuimos derechos al Sandvico (Sandvigen), por donde es más cómda la subida al monte. Ya en la cumbre, llegados al lugar de la gruta de marras, cansados nos sentamos un rato para el almuerzo.
De pronto me sentí asustado, como presa de malos presagios. Me vuelvo a los compañeros: «Por favor, ¿alguien quiere probar suerte el primero?» La callada como  respuesta me reanima por completo.  Hago que me amarren con la soga, y así dispuesto al viaje encomiendo mi alma a Dios.
Ya a punto de dejarme bajar a la caverna, di a mis acompañantes algunas instrucciones de procedimiento: darme cuerda, hasta oírme gritar; aquí tensar la cuerda; y si seguía gritando, recoger de prisa.
Yo mismo llevaba en la diestra un garfio, para remover cualquier obstáculo en la bajada, y a la vez mantenerme suspendido entre las paredes.
Pero he aquí que a los diez o doce codos de descenso se rompe la soga. Lo supe por el griterío y lamento de los mercenarios, que muy pronto se apagó, mientras con velocidad admirable soy arrebatado a lo profundo, y cual otro Plutón (salvo empuñar el garfio en vez de cetro) [8],
trabajo y tierra pisada
al tártaro hace camino.

Así estuve cosa de un cuarto de hora, cuanto pude conjeturar en semejante perturbación de ánimo, en espesa bruma y noche perpetua. Hasta que por fin brilló una luz tenue, como de crepúsculo, y luego apareció un cielo lúcido y sereno.
Bobo de mí, creía yo que por la repercusión del aire subterráneo, o por la fuerza de un viento contrario, me veía rechazado y, con el vaivén respiratorio de la caverna, vomitado a la superficie terrestre. Pero ni el sol que entonces veía, ni el cielo ni los demás astros me eran familiares, empezando porque eran más pequeños que los de nuestro cielo.  Creía, pues, o que toda aquella máquina nueva celeste era cosa de ilusión, por efecto del vértigo, o bien me figuraba ya muerto y transportado a las sedes del los bienaventurados.
Sólo que esta última opinión resultaba ridícula, empuñando yo aquel garfio y arrastrando un largo cabo de soga; pues bien se entiende que un cordel y un garfio no son utilidad al que va al paraíso, ni los celícolas pueden ver con buenos ojos un equipamiento como para conquistar por la fuerza el Olimpo, a ejemplo de los Titanes, molestando a los de arriba,
Finalmente, pensándolo mejor, deduje que me había trasladado a un cielo subterráneo, y ser verdad las conjeturas de los que afirman que la tierra es cóncava, y que por dentro de sus cortezas se contiene otro orbe menor que el nuestro, y otro cielo tachonado de sol, astros y planetas menores. Los hechos demostraron que acerté.
Ya duraba bastante el ímpetu de mi caída, cuando de pronto sentí que se aminoraba poco a poco, conforma me acercaba a un planeta o cuerpo celeste, el primero que topé en mi bajada. Dicho planeta fue agrandándose sensiblemente, hasta que,  a través de una atmósfera más bien densa que me rodeaba, pude reconocer sin dificultad montes, valles y mares [9].
Como ave que vuela bajo
por el litorial, rondando
los escollos donde hay peces,
así yo me vi volando
entre la tierra y la mar.

Entonces me di cuenta de que yo no nadaba en el aura celeste, sino que mi trayectoria,  perpendicular hasta entonces, se volvía circular.  A lo cual, el cabello se me puso de punta, temiendo verme transformado yo mismo en planeta o satélite de un planeta próximo, discurriendo en órbita para siempre.
Mas luego pensando que mi dignidiad no padecía detrimento por tal metamorfosis, y que un cuerpo celeste, o satélite del mismo, allá se andaban con un estudioso de la Filosofía muerto de hambre, me reanimo; sobre todo al sentir que, a favor del aura más pura y celestial en que nadaba, ni el hambre ni la sed me apretaban.
De pronto me vino a la memoria que en mi mochila había un pan de los que en Bergen llaman Bolken, que suelen ser de forma oval o más bien alargada, y decido sacarlo y probar si en este estado de cosas sigue siendo grato al paladar.  Pero al primer mordisco lo rechacé por inútil, convencido de que cualquier alimento terrestre me daría náusea. Pues bien, despedido el pan, no sólo quedó suspenso en el aire, sino que por maravilla empezó a describir en torno a mí un círculo reducido.
A partir de ahí vi claras las leyes verdaderas del movimiento, que hacen que todo cuerpo puesto en equilibro adopta la trayectoria circular. Con lo cual, el mismo yo que hacía un momento me  deploraba como juguete de la fortuna, empecé a hincharme, mirándome no ya como simple planeta, sino tal que por siempre iría acompañado de satélite, hasta poder codearme de algún modo con los astros mayores o los planetas de primera. Y sin poderlo remediar, lo confieso, tanto me ensoberbecí, que de haberme topado con todos los cónsules y senadores de Bergen juntos, les habría recibido con desdén, mirándolos como a átomos indignos de mi saludo y de rendirles mi garfio.

(continúa)
____________________________________________
[1] Ramón Domingo Perés (1863-1956), Historia de las literaturas antiguas y modernas. Barcelona, R. Sopena, 1949.  
[2] Título completo: Nicolai Klimii Iter subterraneum, novam Telluris theoriam ac Historiam Quintae Monarchiae adhuc nobis incognitae exhibens, e Bibliotheca B. Abelini.  (Viaje subterráneo, donde se expone una nueva teoría de la Tierra, así como la Historia de la V Monarquía desconocida hasta ahora, procedente de la Biblioteca de B. Abelin) 3ª ed. aumentada y corregida. Copenhague y Leipzig, Chr. Pelt, 1754.
Que un nórdico culto del XVIII-XIX escribiese y hablase latín correctamente no es noticia, en una tradición literaria que se remonta por lo menos a Saxo Longus ‘el Gramático’ (hacia 1200). Todavía en tiempos de Holberg, «el danés pulido habla y escribe en latín a los amigos, se dirige en francés a las damas, en alemán a sus perros, y reserva el danés para soltar palabrotas a los criados». Holberg se resistió cuanto pudo a publicar su obra en danés. No le parecía lengua adecuada para ciertos conceptos expresados en la novela. Y eso que nuestro autor, reclamado por daneses y noruegos, gracias sobre todo a su teatro pasa por fundador de la literatura danesa. Dinamarca y Noruega estuvieron unificadas bajo la Corona Danesa desde 1442 a 1812, en que Noruega se independiza.
[3] Eran viajes imaginarios, aunque no de literatura de ficción. Con el adjetivo ‘extático’ el autor expresa que no estaba ni dormido ni despierto, sino fuera de sí, en éxtasis. En el Viaje I (Iter extaticum coeleste), llevaba el diálogo Cosmiel, el Ángel del Cosmos. El Viaje II se desarrolla en tres diálogos. El primero lo lleva Hidriel, pues se trata de hidrología. En los otros dos, el maestro vuelve a ser Cosmiel, explicando el aspecto exterior del Geocosmos (Diál. 2), para luego, previa exploración marina y submarina, adentrarse en el mundo subterráneo (Diál. 3, caps. 1-2).
[4] Iter extaticum Kircherianum. 2ª ed., Herbipoli (Wurzburgo), 1660; reimpr. 1671. Lo repite Schott en su Curso Matemático (1677), pág. 247 (para más fácil lectura ver aquí en Camena).
[5] Se refiere al mismo Antón Mª Schyrleo de Rheita (1604-1660), en otra obra, El Ojo de Enoc y Elías, 1645]. El capuchino Rheita se hizo famoso por sus descubrimientos con un telescopio suyo mejorado respecto al de Kepler y binocular, así como por un mapa de la Luna, donde tiene dedicado un cráter y el valle donde se sitúa (valle de Schyrleo y cráter de Rheita).
[6] Recordemos que desde 1706, Holberg no volvió a pisar Noruega. No conociendo yo Bergen, nada más puedo decir, salvo bajo palabra del docto Elberling.
[7] Volverer in praeceps longoque per aëra tractu (Ovidio, Metamorph. 2: 319-320).
[8] Labor, et icta viam tellus ad tartara fecit (Cfr. Ibid., 5: 423).
[9] (Cfr. Virgilio, Eneida, 4: 255.257)
Sicut avis, quae circum littora, circum
piscosos scopulos humilis volat aequora iuxta,
haud aliter terras inter coelumque volabam.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Cuodlibetos






A la querida Pussy Cat, 
a quien tanto debo 
como heraldisa de este blog, 
en atención a un comentario suyo.







En mi entrada anterior, al hacer la etopeya de cierto personaje, me referí a «su erudición y humor cuodlibetal».  Esta última palabra mereció un comentario, en el sentido de ser desusada o ignota.
«Lo de la palabreja, mirar primero diccionario y luego hablamos.» Eso respondí, y ahora me pregunto si hice bien. Porque el Diccionario ciertamente registra cuodlibetal como sinónimo de cuodlibético –así que desconocido no es–; pero de ahí remite al  sustantivo  cuodlibeto, con tres acepciones mal ordenadas y no bien definidas, a mi juicio.
cuodlibeto. (Del b. lat. quodlibetum, y este del lat. quodlĭbet, lo que agrada, lo que se quiere).
«Dicho mordaz, agudo a veces… »
De las tres acepciones, históricamente habría que empezar por la 3ª:
3. m. Uno de los ejercicios en las antiguas universidades, en que disertaba el graduando sobre materia elegida a su gusto.
Por lógica, debería seguir la 1ª:
1. m. Discusión sobre un punto científico elegido al arbitrio del autor.
Y en fin, por extensión, la 2ª:
2. m. Dicho mordaz, agudo a veces, trivial e insulso las más, no dirigido a ningún fin útil, sino a entretener.
Se echa de menos una acepción general de cuodlibeto como tema o materia de discurso, y no simple ‘dicho’.  A este efecto, sería aprovechable la definición del Diccionario en su primera edición (‘Autoridades’, tomo 5, 1737,  pág. 475):
Qüodlibeto. s. m. Tratado de qüestiones propuestas al arbitrio del Autor.
Y aquí, al margen de la definición,  la ‘autoridad’ al canto es Lope de Vega, en La Dorotea:
«Phelipa es su hija, pollo de esta lechuza, cuyos actos y quodlibetos le prometen el mismo grado».
Donde se aprecia la ironía de llamar ‘cuodlibetos’ a los discursos de una golfa en ciernes.
Falta también en el DRAE el aspecto musical del lema: el cuodlibeto-capricho. En fin, un pequeño desastre de artículo.
Pero antes de proseguir, vuelvo a fijarme en la 2ª acepción de cuodlibeto, según el DRAE. Por alguna razón, me mosquea. En ‘Autoridades’, desde luego, no figura. ¿De dónde lo han sacado?
Voilà. Es un texto ajeno, que al no citar fuente, cumple religiosamente los requisitos del plagio:
«De este vocablo escolástico se deriva nuestro francés Quolibet: Dicho mordaz, agudo a veces, trivial e insulso las más, y por ende desterrado  de la conversación educada, como las Cuestiones cuodlibetarias lo están de la sana Teología, no dirigidas  a ningún fin útil, sino a entretener.» [1]  
Así pues, traducido a la letra, y traducido-traicionado. Porque al omitir nuestros académicos el referente teológico-escolástico,  el último inciso («no dirigido» etc.) queda descolgado y está de más. También deberían advertir que, en esa acepción, es galicismo y es realmente otra palabra.  ¿Alguién usó jamás el castellano cuodlibeto en el sentido del quolibet (no quodlibet) francés? ¡Ah!
En cuanto al adjetivo cuodlibetal, o cuodlibético, no es nada insólito. Yo mismo lo usé aquí otra vez ‘Imaginar a Di Cosimo’ , aunque prometo no abusar. Me gustó, para  describir la impresión que me produjo el ensayo de Mr. y Mrs. Panofsky sobre La Caja de Pandora: «alucinante viaje literario e iconológico cuodlibetal».
Pues si ya la Caja pandorina da tanto de sí, imaginemos lo que sería abrir el Melón de Pandora, no digamos ambos melones, menudo cuodlibeto de desventuras.
Fuera de eso, la palabra en sí es inocente.  «Del latín quodlibet, lo que se quiera». Disertar de lo que se quiera –de lo que se le ocurra al disertante, o al auditorio–, hoy puede parecernos hasta anodino. ¿Largar de quolibet? ¡Pero si apenas se hace otra cosa! Nuestra cultura radiotelevisiva es casi toda ella cuodlibetal. Cuodlibetal y ligera, con debates eternos procurando no llegar nunca a nada definitivo, porque esto último sería tremendo.
¿Y la blogosfera? En su conjunto, ningún adjetivo le va mejor que cuodlibetal. Hay blogs temáticos, pero infinitos más somos cuodlibetos, sin que este carácter nos ponga de suyo en desventaja.
Por todo ello, no estará de más un recordatorio histórico, para romper una lanza por el cuodlibeto: esa palabra y esa cosa que (lo vamos a ver) abrió camino a la libertad del pensamiento.
El cuodlibeto escolástico
Como es sabido, la Escolástica fue el vehículo de transmisión de conocimiento teológio en Occidente medieval.  La ‘Escuela’, sin pretender  innovar nada en una ciencia que se suponía completa e intocable, se propuso doble tarea: 1. Cómo organizar la masa de conocimientos en sistema. 2. Cómo depurar el sistema y transmitirlo de maestros a discípulos, sin descorganizarlo.
En ambas tareas, el teólogo se servía de ciencias auxiliares , en especial las Artes Liberales. Con todo ello, sobre base dialéctica, la Escolástica desarrolló un método con formalismos rigurosos para la investigación y la enseñanza teórico-práctica.
Como hoy, la unidad docente nuclear teórica era la lección (lectio). Como el nombre dice,  era la lectura de un texto oficial, con explicación del mismo, empezando por su sentido literal (sin descuidar los otros, la alegoría, la moral y la mística). Los textos oficiales de lectura eran libros de la Biblia, más la antología bíblico-patrística titulada Sentencias de Pedro Lombardo, obispo que fue de París. La lección explicativa podía dar de sí todo un comentario.
En la lección iban surgiendo aquí y allá pasajes y puntos más difíciles, que daban pie a cuestiones (quaestio, pregunta). Tales cuestiones se iban aparcando como materia para otro género de unidades docentes: la cuestión (quaestio, encuesta), y la disputación (disputatio, discusión).
La disputa en particular llenaba parte de los programas en las solemnidades académicas y a menudo se ofrecía con publicidad como espectáculo, en la vida académica y fuera de ella. Se convirtió en la fórmula ideal para marcar diferencias entre escuelas de pensamiento, y fue una de las causas de desprestigio de la Escolástica, reducida a manadas de disputadores con disciplina de ‘pensamiento’. Si alguien tiene dificultad para hacerse una idea, nuestros partidos políticos le ilustrarán, no le quepa duda.
Muchas de las cuestiones, a fuerza de discutidas, se hicieron familiares como ‘cuestiones disputadas’. Articuladas temáticamente, fueron tema preferido de docencia y publicación, con algún título general de referencia: El Mal, la Omnipotencia de Dios, el Alma, los Ángeles etc.
Se comprende que, con los conocimiento y métodos de entonces, muchas eran las cuestiones sin solución única, o simplemente insolubles, por más que se disputasen. Con demasiada frecuencia, resultaron ser sólo cuestiones de palabras y de nombres sin entidad real, como lo entendió la crisis y revolución de pensamiento llamada (por eso mismo) ‘nominalismo’.
Por otra parte, el virtuosismo disputador dio lugar a un género de disputa formal sobre ‘cualquier cosa’ (de quolibet).  Esta variante, el cuodlibeto, derivaba de los exámenes de grado, bajo doble aspecto:
1. En origen, el cuodlibeto se parecía a un examen ordinario, que por su naturaleza es cuodlibetal, donde el maestro o tribunal elige las preguntas.
2. Ahora bien, todo alumno conoce el temido «hábleme usted de lo que sepa». En este tipo de cuodlibeto de elección propia, por aquí empieza el problema («eso, ¿qué le cuento yo a este tío?»), pues se supone que el examinando recitará su lección mejor sabida.
El cuodlibeto escolástico nace en la primera mitad del siglo XIII y desaparece poco después de 1320. Era un acto de suyo magistral, casi tanto como la ‘cuestión disputada’ –con la que comparte el formalismo–, pero distinto de ella porque: 1. no forma parte de la obligación docente; 2. las cuestiones, hasta agotar el tiempo, no las elige el propio maestro, sino que puede proponerlas cualquiera del público, si sabe hacerlo y suscita interés; y 3. la baraja de cuestiones es muchísimo más amplio, casi cuodlibetal al pie de la letra, salva la facultad del maestro para rechazar cuestiones que estime improcedentes.
Cuodlibeto y libertad de pensamiento
El cuodlibeto fue ante todo un ejercicio de lucimiento. El montaje de las cuestiones para su publicación era muchas veces artificioso. Con todo, los grandes maestros de la Escolástica áurea  no desdeñaron la modalidad para aumentar su crédito. Pero tras el nominalismo, cuodlibeto fue sinónimo de ‘cajón de sastre’, erudición sin pies ni cabeza.  En muchas facultades y academias, se adoptó como género festivo para divertir con cuestiones ridículas  a la asamblea.

Ahora bien, la libertad de elección temática,  con el tiempo significó romper moldes, abrir nuevas cuestiones a la investigación. Por los coladeros cuodlibetales entraron a debate temas políticamente incorrectos de filosofía y ciencia natural, cosmología, psicología, historia, derecho…
Así, paradójicamente, un género abocado a su decadencia contribuyó a la libertad de pensar. De pensar en no-escolástico, se entiende. Su misma ligereza ayudó a la divulgación.
Recuperemos, por tanto, este vocablo benemérito, con otros tantos de utilidad pública.  Etopeya, sin ir más lejos.
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[1] ‘Quodlibetum’ (par les Bénédictines de St. Maur, 1733-1736), en Du Cange et al., Glossarium mediae et infimae latinitatis.
«Ex hoc Scholasticorum vocabulo deducunt nostrum Gallicum Quolibet, Dictum mordax, acutum nonnumquam, plerumque triviale nulliusque leporis sale conditum, ideoque e politioribus colloquiis amandatum, sicut et Quodlibetariae quaestiones e saniori Theología, quod curiositati fere servirent, non utilitati