lunes, 17 de enero de 2022

Jesucristo, un saber prohibido (1)

        Jesús: nombre y personaje

Por estas fechas, convencionalmente dedicadas a la Natividad por excelencia, suelo acordarme de repasar el estado de la cuestión –no sé si llamarla ‘científica’– sobre este personaje tan familiar y tan esquivo como es Jesucristo. Debe de ser porque en su infraoctava  me suele caer a mí otro  aniversario, éste nada convencional, estreno de un ciclo más de este ‘viaje a ninguna parte’ que es toda la beatitud del viejo.[1] Por lo demás, «¡oh Critón!, a mi edad es un poco tarde para hacerse de nuevas de que uno es mortal», o algo así dizque dijo Sócrates.

Esa vecindad de calendario tuvo para mí dos inconvenientes. Uno: que mi madre, navaja de Ockham en ristre,  decidió que ya estaba bien de tanta fiesta seguida, por lo que mi onomástica y mi cumpleaños se daban por celebrados juntos en la Nochevieja. Así que cuando la cigüeña me trajo una hermanita, ella los cumplía y yo no; de modo que ella creció normalmente mientras que su hermano mayor nunca dejó del todo la infancia. Por ejemplo, él todavía creía y juraba por los Reyes Magos, cuando ya ella en secreto abría el armario de los juguetes pedidos y los estrenaba (también los míos), dejando luego todo en su sitio y haciéndose la boba.

El otro inconveniente fue que me impusieron de nombre Jesús. Porque el Santo Nombre no se pone, se impone. Ese nombre hebreo helenizado Ἰησοῦς, «que quiere decir ‘Salvador del mundo’», según nos explicó al cura en la catequesis mirándome a mí, precisamente. «Ese supernombre, que al pronunciarlo se doble toda rodilla de celícolas, terrestres y subterráneos» (San Pablo a los Filipenses, 2: 9-11).
Me di cuenta de ello viajando por países donde no se usa llamar así a los niños, y menos aún Jesusa a las niñas. (El Islam en cambio está lleno de Mahomas, pero lo mismo allí rara es la Mahometa, qué cosas.) Los anglosajones mentalmente traducían el Jesús por Johsua, («se ve que quedan judíos en España»). Peor en Italia: cuando el españolito se presentó de palabra en su torpe italiano a un genovés jovial, por aproximación fonética del apellido esta fue la respuesta: «Davvero?... Gesù M(u)oia, Gesù crevi!... Lei è dunque giudeo?»

Volviendo al motivo de reflexión. En tema tan sobado y tan vendido como es el Jesús propiamente dicho, de un año a otro no caben sorpresas. La mayoría de autores sigue sirviendo su Jesús guisado con recetas varias y repartido en diferentes platos/libro (o viceversa) de lectura/degustación discreta. Ahora creo entender un poco la humorada del otro que tanto escandalizó con su cristo al microondas. Pues bien, junto a eso, en lo que va de siglo se observa la tendencia o moda de los ‘jesuses históricos’ cada vez más gruesos, de 800 páginas arriba.

Un jesús regordete es, por ejemplo, el de Fernando Bermejo: La invención de Jesús de Nazaret, ¿viviré para leerlo entero? [2]. Ya digo que los hay más ‘hermosos’, como la trilogía de James Dunn, Christianity in the Making o ‘El Cristianismo en cierne’ (3 vols., 2003-2015), un total de 3.700 páginas, se dice antes que se lee. Obra completa, porque el gran investigador falleció hace año y medio.[3]

Aun así, creo que Dunn ostenta por los pelos el récord jesúsico cuantitativo sobre su gran competidor en el género, el no menos prolífico John Paul Meier, sólo dos años más joven y que se le adelantó de salida abriendo la serie A Marginal Jew, o ‘Un Judío Marginal’ (1991-2016). Meier pensaba en un par de volúmenes para recapitular la eterna cuestión del ‘Jesús Histórico’; pero puesto a ello, y posiblemente entrando como católico al envite del protestante escocés,  ya va por el tomo 5º publicado y el 6º en gestación, con un total de unas 3.500 páginas hasta ahora; eso en inglés, porque la edición española por mi cuenta anda en las 3.600. De modo que para alzarse en el podio le bastaría con que la criatura en camino salga tan corpulenta como la última nacida, que con sus 460 páginas es la más enclenque de su saga.[4]

No se tome a irreverencia la admiración por ser jocosa. Agotar un tema no tiene reproche ni siquiera como aspiración, así se trate de instruir al lector cumplidamente, o más bien de darse el autor satisfacción cumplida y quedarse a gusto.

Por suerte, los mismos sabios descienden a nuestro nivel y nos facilitan cruces llevaderas. Como Dunn con su Who was Jesus? (‘¿Quién fue Jesús?’, 2017), que por supuesto no dice tanto como en su trisquiliosélida trilogía para unos pocos empedernidos, pero lo abrevia para la muchedumbre en un folleto de 60 páginas, que se lee en dos cervezas.[5]

Ni tanto, ni tan calvo. Tomando como pretexto un centenario intrascendente que este año se cumple, hoy propongo quebrantar un precepto bíblico. Aquél que dice: «No cocerás el cabrito en la leche de su madre». Repetido hasta tres veces en la Ley de Moisés, por algo será.[6] El cabrito (que no cordero), aquí es el Jesús histórico’, y la madre del cabrito es la que lo parió, si me siguen leyendo. 

‘Acerca de un librito’

Este año hace ciento desaparecía en Francia la Revue d’histoire et de littérature religieuses. Fundada y dirigida con carácter «puramente histórico y crítico», su tomo I fue pareciendo cuajado de firmas y contenido en 1896, hasta el XII en 1907. Una nueva serie se estrena en 1910 con mala estrella, pues suspendida en 1914 por la Gran Guerra anunciaba su aparición en 1920 como el canto del cisne. Para entonces, la revista que debutó firme y prometedora ya estaba identificada con la persona y problemas de su creador excomulgado, y aquel órgano de herejes modernistas, cuyos suscriptores clérigos o simples católicos eran denunciados e investigados por el Santo Oficio oficiosamente, estaba abocado al cierre, que tuvo lugar en 1922, con lacónico aviso a los abonados: la Revista, «suspendiendo una vez más y definitivamente su publicación, no saldrá en 1923». Muchos integristas de todo pelo que  disfrutaban con la agonía de la revue’ por antonomasia respiraron. ¿Por qué? Y aquí es donde entra la madre del cabrito.

Allá por el otoño de 1902, el fundador, director y alma de aquella revista en auge, Alfred Loisy, dio a luz un  libro de escándalo, ya desde su título: El Evangelio y la Iglesia. Nada voluminoso, «un petit livre», dirá su autor, que entonces era un cura francés de 45 años, capellán y profesor de catequesis en un internado de monjas para jovencitas en la banlieue de París. Libro que se presentaba «como una apología del catolicismo contra las teorías y las críticas de un sabio protestante». La frase citada es del prefacio definitivo, escrito en 1914 y utilizado en la 5ª y última edición (1929), donde se advierte que el texto del libro «es exactamente el mismo que fue condenado al final de 1903 por la Congregación del Santo Oficio»

Conque una apología… del catolicismo…  por un capellán de colegio femenino… ¿y condenada por la Inquisición? Ciertamente corrían tiempos recios y muy apologéticos. Nunca la Iglesia estuvo más segura de sí misma, o sea, tan a la defensiva, y nada de particular tenía que un sacerdote católico cultivase el sano deporte de atacar a los protestantes. Eso sí, para ser libro de guerra contra tal enemigo, el título tan neutro y nada peleón podía despistar. Pero el caso es que el mismo prefacio machacaba sobre lo mismo: «‘El Evangelio y la Iglesia’ no era exactamente lo que parecía ser (?); no era más que una defensa del catolicismo contra las críticas del protestantismo liberal.» Si el propio autor insiste…

 Por eso llama la atención, a vuelta de pocas páginas, leer lo contrario: «No ha habido ningún propósito de escribir la apología del catolicismo y del dogma tradicional» (Introducción). ¿En qué quedamos?


Alfred Firmin Loisy (1857-1940) no era capellán de colegio de monjas por su gusto. Profesor de hebreo y de Sagrada Escritura en el Instituto Católico de París (1882-1893), la superioridad eclesiástica le había expulsado de aquella enseñanza, asignándole la capellanía como ocupación y medio de vida. No se imaginaba el arzobispo de París, cardenal Richard, que aquel destino sería el oasis tranquilo donde vivir su vocación de estudio aquel hombre religioso, incluso místico, buen sacerdote y todavía católico sincero, a la vez que ávido de conocer el cristianismo en sus raíces. De hecho Loisy siguió publicando artículos muy comprometidos en diferentes revistas, incluida la nueva suya. Y no sólo eso. El segundo nombre de A. Loisy no lo conocía nadie, y así pudo usar ‘A. Firmin’ como seudónimo en la influyente Revista del Clero Francés (1898-1900) para «una serie de artículos teológico apologéticos sobre la religión, la revelación, el culto israelita, publicación interrumpida de súbito por un acto de la autoridad eclesiástica». Meter al clero sencillo de las parroquias y pueblos de Francia en hipótesis abstrusas ajenas al cuidado pastoral, lo que faltaba, c'en est assez de vous, monsieur le Proffesseur.[7]

Para entonces Loisy ya había renunciado a la capellanía, obligado por un cólico nefrítico, cuando ya tenía listos los materiales que pronto saldrían de nuevo a luz como capítulos del esperado libro, famoso para bien y para mal incluso antes de escrito y publicado.

Bien, ¿y qué es lo que el petit-livre de Loisy «parecía ser» y no era?  El Evangelio y la Iglesia, el pequeño libro con algo más de 300 páginas de texto, que suman unas 7000 líneas, es conocido y famoso sobre todo por una sola de ellas. Dice así:  

«Jesús anunciaba el Reino, y lo que vino es la Iglesia» 

Este aforismo es todo lo que casi todo el mundo cita de Loisy, y casi siempre en son de zumba, poniendo en contraste un proyecto evangélico sublime frente a su realización eclesiástica chapucera; o mejor, como doble ataque mortal, a la Iglesia y al Evangelio mismo. Como lema, se reveló todo un acierto. Razón de más para que su impacto no nos confunda y distraiga del significado original. Hagamos, pues, un experimento tan simple y tan razonable como es recolocar la frase en su contexto. La cita es un poco extensa, pero vale la pena porque es todo un manifiesto. Decir que su lectura vale por la del el libro entero sería exagerado, pero lo resume perfectamente:

«Reprochar a la Iglesia Católica todo el desarrollo de su constitución es reprocharle por haber vivido, no obstante ser cosa indispensable también para el Evangelio mismo. No hay en parte alguna de su historia una solución de continuidad ni creación absoluta de un un régimen nuevo; al contrario, cada progreso se deduce de lo que precede, de tal manera que se puede retroceder desde el régimen actual del papado hasta el régimen evangélico en torno a Jesús, por diferentes que sean el uno del otro, sin tropezar con revolución alguna que haya cambiado con violencia el gobierno de la sociedad cristiana. [...]

El Evangelio de Jesús ya tenía un rudimento de organización social, y también el Reino debía tener forma de sociedad. Jesús anunciaba el Reino, y lo que vino es la Iglesia. Ésta vino ampliando la forma evangélica, imposible de mantener tal cual desde que la pasión de Jesús puso término a su ministerio.

No hay institución alguna en la tierra ni en la historia humana con legitimidad y valor incontestables, si se parte del principio de que nada tiene derecho a existir más que en su estado original. Tal principio es contrario a la ley de la vida, que es movimiento y esfuerzo continuo de adaptación a condiciones perpetuamente variables y nuevas. El cristianismo no ha escapado a esta ley, y no hay por qué reprocharle haberse sometido a ella. No tuvo más remedio.

La conservación de su estado primitivo era imposible, como lo es igualmente la restauración del mismo, pues las condiciones en que se produjo el Evangelio han desaparecido para siempre. La historia muestra la evolución de los elementos que lo constituyen. Esos elementos han sufrido muchas transformaciones, era inevitable; pero así y todo siguen reconocibles y es fácil ver lo que representan ahora, en la Iglesia católica, la idea del reino celeste, la idea del Mesías agente del reino, la idea del apostolado o de la predicación del reino, es decir los tres elementos esenciales del Evangelio vivo, transformados en lo que tuvieron que ser para subsistir. La teoría del reino puramente interior los suprime y hace abstracción del Evangelio real.

(L’Évangile et l’Église, 1902, pp. 110-112).

Todo el texto, hasta la última puntada, va dirigido retóricamente contra el referido «sabio protestante», no nombrado en el prólogo pero sí copiosamente en el libro: Harnack.

Adolph von Harnack (1851-1930), hijo de un pastor y teólogo evangélico (luterano) era el máximo representante del protestantismo liberal o no dogmático, en la más rigurosa tradición académica alemana. Libertad intelectual que él aplicó precisamente a la Historia del Dogma en el cristianismo.

Harnack no sólo era científico de enorme prestigio, también una alta personalidad en el II Reich; y aunque como intelectual en su iglesia gozaba de mucha mayor libertad que cualquier católico, el ala conservadora no miraba bien la crítica racional de la religión.  Harnack tuvo su primer tropiezo de política eclesiástica en 1892,  a cuenta de una polémica sobre el artículo del Credo, Jesucristo «nacido de María virgen», para cuya solución propuso usar en la liturgia una fórmula de compromiso satisfactoria para creyentes y no creyentes en el nacimiento virginal.[8]

Llovía sobre mojado. Para entonces un Harnack todavía en su treintena había publicado la que sería su obra maestra, Lehrbuch zur Dogmengeschichte (‘Libro de texto sobre Historia del Dogma’), en tres volúmenes, y ya el primero (1885) había puesto a los teólogos en guardia, cuando no en contra. Leo que hasta el padre del autor, Theodosio Harnak, «tras largo silencio escribía a su hijo: «Quien enjuicia el hecho de la Resurrección como tú lo haces ha dejado de ser para mí un teólogo cristiano».[9]

En este contexto, Harnack dictó en la Universidad de Berlín un curso semestral muy concurrido (1899/1900) sobre La Esencia del Cristianismo, en 16 conferencias publicadas como libro bajo el mismo título.[10] Das Wesen des Christentums (1900), dicho sin retórica, hizo época. «¿Qué es el cristianismo? ¿Qué ha sido? ¿Qué ha venido a ser?... Vamos a examinar el problema sólo desde el punto de vista histórico, lo que excluye toda consideración apologética y filosófica… ¿Qué es la religión cristiana?» Extraer la esencia o sustancia nuclear de esta religión concreta, pero no por especulación teológica ni filosófica, sino por crítica histórica, desmontando aditamentos y glosas acumuladas en el devenir histórico de las iglesias cristianas, tanto en el dogma y la estructura organizativa como en el derecho, la ética, el culto y todo lo demás. El objetivo era determinar, en lo posible y siempre por vía científica positiva, tres puntos fundamentales: 

1º. ¿Cuál fue el mensaje evangélico de Jesucristo?

2º. ¿Cómo fue recibido el mensaje por los primeros discípulos?  

3º. ¿Cómo se desarrolló aquel cristianismo primitivo metido en la historia?

Este programa novedoso tenía un doble problema social: su licitud y su conveniencia. Harnack no se estaba planteando una duda metódica cartesiana para sí, sino que la proponía al público en una sociedad cristiana, en su caso protestante. 

Objetivamente, el plan implicaba penetrar en la mentalidad de hombres muy lejanos en el tiempo y su circunstancia histórica. Y lo más delicado, entre esos hombres estaba el más importante, Jesús de Nazaret llamado el Cristo.  Al teólogo convencional de 1900, protestante o católico, tales investigaciones ‘científicas’ le daban risa, le irritaban o le ponían los pelos de punta. En los jerarcas eclesiásticos el efecto solía ser más el segundo, y con el dedo índice avisador citaban a San Pablo (Romanos, 12: 3): «No saber más de lo conveniente, o sea,  saber sin perder la cabeza». 

La solución de Harnack, como cabía esperar, no es concluyente; o peor aún, para Loisy era facilona y tramposa, amén de equivocada: «La esencia del Evangelio se reduce a la fe en Dios Padre, que Jesús ha revelado. La definición del cristianismo, según el Sr. Harnack, ¿es la de un historiador, o sólo la de un teólogo que toma de la historia lo que conviene a su teología?»[11] 

De todas las enseñanzas verbales que los evangelios ponen en boca de Jesús, Harnack retenía como ‘las esenciales’ sólo dos:

1. « Nadie conoce al Hijo, sino el Padre; ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo quisiere revelarlo» (Mateo, 11: 27; cfr. Juan 10: 15).

2. « El Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lucas, 17: 21).

A partir de ahí, la sustancia del evangelio es el anuncio de un Dios-Paterfamilias de los hombres creyentes en Él y en la filiación divina de Jesucristo, el Hermano mayor. Ese es el Reino de Dios, esa es la Iglesia con vocación universal.

La disección que hace Loisy del libro de Harnack utilizando su mismo escalpelo histórico-crítico es demoledora, y la ironía final es cruel:

«Sería ir contra los principios más elementales de los crítica ponerse a montar un andamiaje de teoría general del cristianismo sobre la base de unos pocos textos sin garantía suficiente, descuidando el acervo de textos incontestados y perfectamente claros. Con tal método se podría ofrecer al público una síntesis doctrinal más o menos especiosa, pero no la esencia del cristianismo según el Evangelio. El Sr. Harnack no ha evitado ese escollo, ya que su definición de la esencia del cristianismo no se funda en el conjunto de textos seguros, sino que descansa, en último análisis, sobre un número muy pequeño de textos que hasta pueden reducirse a dos pasajes…, ambos con visos de haber sido influidos, si no producidos por la teología de los primeros tiempos. En cuyo caso, este sesgo en su crítica podría haber expuesto al autor al infortunio supremo, para un teólogo protestante: haber fundado la esencia del Evangelio sobre un dato de la tradición cristiana.» 

Frente a esa visión ‘protestante’, según Loisy, de una Iglesia amorfa invisible o de conciencia, se eleva el concepto de Iglesia Católica Apostólica, sociedad visible jerárquica, fundada y edificada tal cual por el mismo Jesucristo sobre la persona de Pedro.

Sin entrar ahora en la respuesta de Harnack, veamos por qué Loisy le eligió como blanco de su crítica, si ya tenía otro plan muy diferente para salir a la palestra. Este punto, no muy divulgado según creo, es revelador. 

En principio, Loisy/Firmin tenía en la cabeza un proyecto de Catecismo para ser publicado en dos versiones, una para el vulgo de los fieles o simples creyentes, otra para iniciados  gnósticos o cabezas pensantes (creyentes o no). El esquema de aquel proyecto jamás realizado puede verse en sus Memorias (1: 438-439), y lo curioso es que el material provenía en buena parte de sus lecciones de religión a las alumnas del colegio de Neuilly. Incluso el cap. 11 y último de la edición ‘gnóstica’ –sobre el pasado y el futuro de la Religión–, lo describe burlescamente como «Nueva Apocalipsis, vista por un discípulo de Juan el Viejo, in insula quae appellatur Neuilly».[12]

En esta obra de catequesis apologético-católica, Loisy enfilaba a los dos protestantes liberales más influyentes en su país y en él mismo. Uno,  por supuesto, el Harnack de Historia de los Dogmas. El otro era su más próximo y compatriota Auguste Sabatier (1839-1901), veterano teólogo calvinista. Sabatier acababa de publicar Boceto de una filosofía de la Religión según la Psicología y la Historia (1897); pero antes, y tras las huellas de Harnack, había publicado De la vida íntima de los dogmas y de su potencial de evolución (1890). Es notable en la época la referencia constante al aspecto evolutivo de todo lo habido y por haber, influjo evidente del darwinismo.[13]

 Fue el impacto de La esencia del Cristianismo lo que hizo a Loisy desistir de aquel plan, mal cosido y demasiado problemático, para ponerse con El Evangelio y la Iglesia, a modo de cartel de desafío de católico a protestante.

1902: L’Essence du Christianisme en francés y L'Évangile et l’Église (1ª edición)


Aunque Harnack sólo le llevaba seis años, ya era una celebridad en 1890, cuando Loisy preparaba su doctorado, y en 1900 el francés en su ostracismo de Neuilly sólo tenía publicada su tesis de magisterio y poco más. Así pues, la aparición de La esencia del cristianismo, en la misma línea científica de su nebuloso proyecto, era la oportunidad de su vida. 

El ataque al enorme Harnack era a la vez pretexto y alarde de autor novel en palestra, David contra Goliat, y captatio benevolentiae ante un público católico ya receloso del tapado ‘Fermín’ y destapado Loisy, el que le venía a defender. Defender, ¿de quién o de qué? Del complejo de inferioridad francés ante la ciencia germánica, eso lo primero. Con ‘El Evangelio y la Iglesia’, la exégesis bíblica francesa ya podía tutear a los alemanes y oponerles por lo menos un nombre con apellido, cara y libro. 

Ahora bien, el compromiso autoimpuesto por Loisy le obligaba a defender algo más que el prestigio de los católicos franceses: también el catolicismo en sí, como la verdadera  esencia cristiana. Y eso científicamente era indefendible. La Iglesia católica tridento-vaticana, con su Biblia inerrante, su Papa infalible, su bloque dogmático, ético y litúrgico, su pretendida apostolicidad inmutable desde su fundación por Jesucristo sobre la roca de Pedro (Mateo, 16: 18-19): todo este montaje, producto del devenir humano, se parecía bien poco al Reino de Dios anunciado en el Evangelio. Tan poco, como el ‘Cristo de la Fe’ se parece al ‘Cristo de la Historia’.

Sólo que esto no se podía decir en público, ni comentar en privado, ni siquiera revolver en el pensamiento, porque la Iglesia católica lo tenía prohibido, y el pobre ‘Fermín’ se vería expulsado a la intemperie oscura, sin misa y sin olla. Loisy lo sabía. Sabía que su Iglesia no iba a agradecerle el servicio apologético. Sin embargo dio el paso irreversible.

El expediente de Loisy en su libro-manifiesto fue justificar a la Iglesia católica del presente tal como era, legítimo producto y resultado del proceso histórico evolutivo, desde Jesucristo. Pero tampoco el ‘Jesús de la fe’ –el que la Iglesia conoce y propone a los creyentes–, sino el ‘Jesús de la historia’: el que todo hombre, creyente o no, tiene derecho a investigar como objeto de la ciencia histórica, en uso de su razón y libertad, sin cortapisas de autoridad ni prejuicios dogmáticos, hasta donde esa ciencia alcance y ese Jesús sea alcanzable, si es que alguna vez existió. Cosa esta última que para Loisy personalmente no ofrecía duda, pues si algo se podía afirmar con certeza de Jesucristo es que «bajo Poncio Pilato fue crucificado» – el único artículo del Credo que aguantaba la crítica.[14] 

¿Podía ‘Fermín’/Loisy sorprenderse de lo que se le vino encima?

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1. ‘Viaje a ninguna parte’ es el título de una novela y película de Fernando Fernán Gómez (1985-1986) sobre la itinerancia de una pequeña compañía de teatro, supervivencia de los cómicos de la legua.

 2. F. Bermejo, La invención de Jesús de Nazaret. Historia, ficción, historiografía. Siglo XXI de España, 2018. Un título, si no quiere decir lo que parece a primera vista, no suele ser  buen título.

3.  Traducción española con el título general El cristianismo en sus comienzos. Vol. 1.  Jesús recordado. Estella, Verbo Divino, 2009, 1.086 págs. El vol. 2,  Comenzando desde Jerusalén, se ha dividido en dos tomos (760+712= 1472 págs.), con lo que la trilogía resulta cuatripartita. El vol. 3, Ni judío ni griego (2018), 1008 págs. Precio total: 285 €, IVA incluido.

4. Título completo: A Marginal Jew: Rethinking the Historical Jesus. Vols. 1. The Roots of the Problem and the Person. 2. Mentor, Message and Miracles. 3. Companions and Competitors.  4. Law and Love. 5. Probing the Authenticity of the Parables. Traducción española: Un judío marginal: Nueva visión del Jesús histórico. Verbo Divino, 19998-2017. También aquí el vol. 2 se desdobla en 2/1: Juan y Jesús. El Reino de Dios, y 2/2: Los milagros. Precio total: unos 346 €. 

5. James D. G. Dunn, Who Was Jesus?: A Little Book of Guidance (2017). Ni tanto, ni tan calvo, el prof. Dunn (1939-2020) había hecho gala de moderación en su magnífico librito, The evidence for Jesus (1985, 130 págs.), de préstamo en Internet Archive. Sin apelar a Humpty-Dumpty, modestamente propongo el neologismo trisquiliosélido para decir ‘de tres mil páginas’.

6. Éxodo, 23: 19b y 34: 26b; Deuteronomio, 14: 21. En los tres casos, sobre todo en Deut., precepto ‘descolgado’ de contexto, que recoge un tabú alimentario nada claro.

7. Cfr. A. Loisy, Autour d’un petit livre, 1a. ed. 1903, p. 7.

8. Por lo demás, el artículo del Credo o Símbolo Apostólico que afirma el nacimiento virginal de Jesús no implica fe en la virginidad posterior de María, ni excluye tomar a la letra los datos bíblicos sobre los ‘hermanos de Jesús’.

9. Citado por Ernst Dassmann, “El Lehrbuch der Dogmengeschichte y Das Wesen des Christentums de Adolf von Harnack.” Trad. española en AHIg 13 (2004): 179-198, pág. 182.

10. El título ya lo había usado Ludw. A. Feuerbach (1804-1872), Das Wesen des Christenthums, 1841 (4ª ed., 1883). Es un larguísimo monólogo bastante pesado aunque nada estúpido sobre filosofía de la religión, que Harnack no cita en su libro porque él excluye ese aspecto, o quizá también por desprecio. Para Feuerbach, la religión auténtica es un dominio de la antropología profunda, con hincapié en lo moral, mientras que la teología dogmática es la falsificación de la religión a golpe de contradicciones y aporías. Son notables los pasajes en que Feuerbach declara el Protestantismo inferior al Catolicismo (se ve que lo tenía más cerca).

11. Loisy, L’Évangile et l’Église, Introducción (2A ed. 1903, pág. viii). 

12. Parodia de la Apocalipsis, último libro del Nuevo Testamento: «Yo Juan, estando en la isla llamada Patmos, me hallé en trance un domingo» etc.

13. A. Sabatier, Esquisse d'une philosophie de la religion d'après la psychologie et l'histoire (1897). De la vie intime des dogmes et de leur puissance d'évolution (1890). Esta segunda obra también la tuvo en cuenta Harnack en su libro, sin citarla pero rechazando en su plan cualquier filosofía de la religión (Lección 1ª).

14. «Je n'avais pas retrouvé, je ne pouvais pas retrouver, pour mon propre compte, la foi naïve de mon enfance; je n'acceptais à la lettre aucun article du symbole catholique, si ce n'est que Jésus avait été «crucifié sous Ponce-Pilate» (Mémoires, 1: 363). 



(Continúa)

“No saber más de lo que conviene…”[ ]





viernes, 19 de noviembre de 2021

“Curioso hallazgo” (Inocentada vasca a destiempo)

La Vanguardia, 6-11-2021

Curioso hallazgo

Y tanto:

«Encuentran en Italia uno de los primeros libros impresos con palabras en euskera» 

El vascuence, desde que es ‘lengua propia’, nunca deja de sorprendernos, y el notición lo confirma. Hace poco salía en La Vanguardia (6 de noviembre), a nombre de un Ander Goyoaga, con lujo de detalles a cuál más grotesco: 

Los términos han aparecido [sic] en la principal obra del historiador y humanista siciliano Lucio Marineo Sículo, de finales del XV y principios del XVI. Al margen [sic] de las inscripciones en estelas y los manuscritos medievales, sería el testimonio escrito [sic, por impreso] más antiguo de la lengua vasca.

Y para demostración... esa foto.  

Mamma mia, pero si esta cara la conozco!... Efectivamente, desde hace ni recuerdo  cuantos años esa misma página es de libre acceso, junto con la 0bra entera en facsímil y otras más del mismo humanista, omnipresente en bibliotecas de la Red. 

Al contrastar la noticia que me impactó en La Vanguardia, luego vi que ya había aparecido la víspera en la prensa vasca. Lo veremos al final, y vamos por orden. ¿Quién fue Marineo Sículo? 

Un siciliano, obviamente, aunque sin oxímoron se puede llamarle español. Y eso por dos razones. La primera, porque como él mismo afirmó de forma contundente, España ya existía en su tiempo y eso lo sabía toda Europa: la España de los Reyes Católicos y de Carlos V, aunque historiadores de hoy como José Álvarez Junco empeñen su palabra en contrario, según podemos leerle y oírle aquí mismo (‘La redondeza del mundo’, 30-08-2020). La segunda razón para reconocerle la españolidad al Sículo es que él mismo se la toma cuando entre las cosas de España habla de «nuestra lengua», y el adjetivo nuestro se declina en sus varias formas latinas, una y otra vez, de pluma y boca de este extranjero naturalizado español, como tantos otros, pero él con el derecho de haber nacido súbdito de la corona aragonesa.

Lucio Marineo Sículo (h. 1444-1536) – o Lucas de Marinis, su nombre verdadero– nació en Bizino (Vizzini), lugarón en el ángulo SE de Sicilia, a jornada y media de Catania y otro tanto de Siracusa. Según él, en un ambiente donde aprender a leer era algo así como hoy tomar la vacuna anti-covid: había negacionistas, y uno de ellos fue su padre.

Juzgar eso con criterio de hoy sería anacrónico. Todavía mediado el siglo XV mucha gente estaba de acuerdo, sin saberlo, con el mito socrático-egipcio de Teut y el rey Tamus (en el Fedro), acerca del sobrevalorado invento de la escritura en una cultura oral. Y sin desandar tantos siglos, yo mismo de muy niño alcancé a ver en el caserío vasco de Ayala donde me crié, y en otros del entorno, cómo leer y escribir entre adultos era más cosa de mujeres, que habían frecuentado la escuela mientras los chicos faltaban demasiado por ayudar en casa. Y así mi aña Antonia era letrada, mientras que su marido Juan, con apellido vasco de cinco o seis sílabas, según se mida, sólo firmaba en garabato las tres primeras. ¿Un analfabeto? Total, pero en modo alguno un hombre sin cultura.

Con todo, me cuesta creer a Lucas/Lucio cuando afirma que hasta los 25 años se conservó virgen analfabeto, y que sólo a esa edad, hacia 1469, aprendió a leer con la ayuda de Pieruccio, un sobrinito de cinco años, hijo de su hermana mayor Catalina. El que quiere alfabetizarse puede hacerlo como autodidacta, sin ser un Gauss, niño prodigio a los efectos. Para colmo –añade el sículo, lo del chiquillo enseñándole las letras al grandullón fue la rechifla de la familia, pues el maestrillo muy en su papel ni siquiera omitía arrearle al discípulo algún palmetazo. La fábula, más allá de la anécdota, apunta más a un cambio de modelo educativo y un avance enorme de la lectura en Europa en sólo una generación, gracias a la imprenta (1450). 

La edad de 25 años sería cuando Lucas, por fin (¿muerto el padre?), pudo entregarse al estudio de las letras latinas. Pero corra el auto mito de su sobrinito-dómine, una forma artera de vender cómo él mismo en brevísimo tiempo pasó del abecé a la erudición. Por testimonio de un discípulo algo lapa –el español Alfonso Segura– sabemos que en la misma Bizino natal su maestro contó con la complicidad del vicario don Federico (Federigo Manuello), que a hurtadillas del padre le inició en los misterios del latín y algo de griego, los dos pies para la andadura humanística que emprendió, primero en Catania (1475), luego en Palermo (1476-1478).

De allí hizo breve estancia en Roma (78-79), a escuchar al oráculo del momento, el paganizante Pomponio Leto. Conocer gente y darse a conocer. De Roma, como espaldarazo de humanista, regresó rebautizado Lucius Marineus. Siculus, obviamente. Lucius Marineus Siculus, como otro podía llamarse Forrest, Forrest Gump.

De vuelta en Palermo (1480-1484), se le ofrece la oportunidad de emigrar a España, arrimado al séquito de don Fadrique Enríquez de Velasco (h. 1450-1537), hijo del Almirante de Castilla. Su protección prometía, porque el hermano menor, Fernando Enríquez, tenía vara alta en la Universidad de Salamanca, y por otra parte los Enríquez eran parientes cercanos del rey Fernando el Católico. 

Desde Medina de Rioseco, feudo del Almirante y de su hijo, camino de Salamanca, en Benavente el siciliano se detuvo a saludar al Conde del lugar, Rodrigo de Pimentel, otro grande de España y del clan de los Enríquez. Invitado a comer, pagó el convite improvisando en latín unos versos al palacio del magnate, y no hizo falta más para interesarle en un proyecto literario de Laudes Hispaniae. Un género ya gastado, pero que el erudito sabría actualizar para munición de propaganda genealógica y política. Total, que su hospedaje en casa del Conde se alargó hasta el verano de 1485, cuando con vistas al próximo curso decidió proseguir viaje a Salamanca, a presentar su carta de recomendación a don Fernando Enríquez. 

Por de pronto, el disponible Lucio Marineo se vio encargado no de una cátedra sino de dos, Poética y Oratoria. Una cualquiera de ellas, doblado el pago y sin la otra, le habría hecho más feliz, y más holgado su proyecto de Laudes con menos maitines.

Pero en fin, ya era profesor, ¡y en Salamanca! Para el bueno de Segura, por fin despuntaba el alba de la cultura para España («tota Hispania iam tandem incipit splendescere»). Disparate, pensaban otros. Antonio de Nebrija por ejemplo, coetáneo riguroso de Marineo, y ahora colega salmantino a la fuerza, también con dos cátedras a cuestas, Gramática y Poética. Nebrija no veía necesidad alguna de importar italianos juntaletras de relumbrón, con más labia que sustancia, vendedores de prosa y verso a precio de oro en latín pasable a los aristócratas papanatas. Desde el principio se llevaron fatal, con piques a menudo pueriles, achaque común entre humanistas. El siciliano era partidario de «menos reglas y más letras», en crítica velada a Nebrija y sus vendidísimas Gramáticas. Era tocarle al andaluz en las niñas de los ojos y la peor ofensa, sobre todo si estaba algo bebido.

Pero tanto Marineo como el propio Nebrija y demás colegas de toda tendencia coincidían en apreciar el poder de la retórica en la gran operación política de entonces: la propaganda de estado.

Tras un magisterio salmantino de 12 años, el sículo fue llamado a la corte de los Reyes Católicos. Isabel se sirvió de él como educador de sus cortesanos (ellos y ellas) y también le hizo capellán de corte. Porque, para gozar de beneficios eclesiásticos, hacia 1500 el humanista empieza a pensar en hacerse clérigo y recibir órdenes, aunque sin prisa por llegar al sacerdocio. Al rey Fernando le interesaba en especial su don para la propaganda inteligente, que él demostró como cronista regio, sobre todo de Aragón.

En este campo de la cronística y la historiografía política, Marineo tenía competidores  capaces y bien pagados; de modo que, aprovechando su buena senectud, antes de que fuese demasiado tarde se propuso poner a punto su obra definitiva. Y lo hizo terminando por donde empezó: un manual sobre España, que hiciera olvidar para siempre sus Loas de España.

Las Laudes Hispaniae (Burgos, 1496) –una declamatio de humanista pedantesco para epatar con retórica halagüeña a los bárbaros españoles–, en una generación había envejecido mal, y hoy no tiene más mérito que su vitola de incunable. Muy bien impreso, por cierto. El plan no era malo; el desarrollo en cambio, muy mejorable. Su autor era entonces un maestro de latines que conocía España sólo por los clásicos que hablaron de ella en prosa o en verso. Tras la dedicatoria adulona a su protector D. Rodrigo de Pimentel, Conde de Benavente, el libro I sobre la situación de España se abre con un ‘homenaje’ al famoso comienzo de la Corografía de Pomponio Mela («Orbis situm dicere aggredior, impeditum opus» , etc.), sustituyendo el Orbe por España en atrevida sinécdoque. Y así lo demás. Por ejemplo, el apartado sobre Los peces de España, donde reconoce que el gasto se lo hace Estrabón, de pronto con un «leemos además», mete lo del pulpo gigante de Carteya (Cádiz), según Plinio. Y  pasando de lo gigante a lo enano habla del pequeño pez rémora que detiene las naves, y aquí entra Lucano con una tirada de la Farsalia puesta en prosa, para finalmente explayarse el autor con los delfines, sus aptitudes musicales y su pederastia, en digresión desmesurada que él mismo  reconoce. 

Las Cosas memorables de España no es una ‘segunda edición corregida y aumentada’ de las Loas. Es otra obra distinta; o si se quiere, la misma obra, pero bien hecha y bien titulada. El autor sigue siendo Marineo, Lucio Marineo Sículo; pero otro Lucio que ya conoce en directo España porque se la ha pateado. Propaganda siempre, pero más sustanciosa, informativa y en lo posible amena; o sea, más inteligente. En el título, la referencia clásica a los memorabilia (lo de recordar) viene a decir, que quien lea y asimile lo leído puede estar seguro de que tiene idea de lo que es España, y puede hablar  y discutir de España, de lo español y de los españoles con cualquiera, con conocimiento de causa. Al mismísimo emperador Carlos y a su señora, esta lectura no les vendrá mal – se atreve a decirles. Si el autor no puede excusar lo tópico, so pena de pasar por inculto, lo adorna con hallazgos suyos personales, notas y recuerdos de sus viajes, como capellán de una corte castellana nómada, y como curioso que aprovecha la itinerancia para visitar por su cuenta lo que le gusta. 

El índice alfabético de la edición latina contiene una llamada notable: Hispania caput Orbis (ibidem, fo. i). La misma se repite al margen, en el artículo sobre la Situación y Forma de España, donde dice: 

«Muchos geógrafos quisieron que España es la cabeza del Orbe. Así Plinio al describir Europa dice que España es en ella el primer país; y en otro lugar divide el Orbe universo en tres partes, Europa, Asia y África, empezando por el poniente y el golfo de Cádiz. Aunque, en verdad, que España sea el principium, o el finis terrae, nada importa. Conque, dejando estar esa cuestión», etc.

Llama la atención que en la edición en castellano –¡que ya en aquel siglo se distinguía de su hermana mayor latina por omitir el índice alfabético!– falta la llamada marginal junto al texto: 

«Muchos de los que han escrito quieren que España sea la cabeza y principio del mundo. El Plinio, describiendo a Europa, dice de esta manera: En ella está España, que es la primera de las tierras; y el mismo dice en otra parte: Toda la redondez de la Tierra se divide en tres partes, Europa, Asia y África; y comienza del poniente y del mar de Cáliz (sic). Más a la verdad, poco le va a España que sea el pricipio o el cabo de la tierra», etc. 

Este toque de moderación tuvo sobrados motivos de prudencia política, de cara a la Europa recelosa de 1530, año de la coronación de Carlos por el papa Clemente VII como Emperador del Sacro Imperio (Bolonia, 24 de febrero), convertido así oficialmente en el hombre más poderoso de la cristiandad. En todo caso, el párrafo de Marineo evoca (y se echa de menos en el libro) uno de aquellos mapas antropomorfos que empezaban a plasmarse y que se ponen en circulación cuando convino a la propaganda Habsburgo. Recordemos la plancha de Johann Putsch, ‘Europa Prima Pars Terrae’ (1537), todavía en tiempo de Carlos emperador y de su hermano Fernando I rey de Romanos y rey de Bohemia y Hungría, donde Hispania es la ‘Cabeza de Europa’, y por ende Cabeza del Mundo.



“Toma ya Europa bajo forma de hermosa muchacha / que risueña tiene a Italia por la diestra y por la siniestra a Escandinavia, /y cuya cabeza rige el solar Hispano.” Versos tomados de un poema neolatino dedicado a Fernando I como rey de Bohemia (repárese en el medallón pectoral), si bien la corona imperial la lleva España en la cabeza de su rey Carlos I.


Las cosas memorables no es una obra equilibrada. El objetivo de propaganda impone tiradas descomunales, sobre todo en Historia de la Corona de Aragón, refrito de lo que Marineo tenía compilado y publicado a mayor gloria de Fernando el Católico. Tiradas que contrastan con el laconismo sobre cosas de actualidad tan importantes como la gesta americana, poco más que un apéndice de la conquista de Canarias:

«Habiendo los Príncipes Católicos sojuzgado a Canaria…, enviaron a Pedro Colón con treinta y cinco naos (sic) que dicen caravelas y con gran número de gente a otras islas mucho mayores que tienen minas de oro, no tanto por causa del oro (lo cual en ellas se saca mucho y muy bueno) cuanto por la salvación y remedio de las ánimas que en aquellas partes estaban. El cual como navegase casi 60 días vinieron finalmente a tierras muy apartadas de la nuestra. en las cuales, todos los que de allí vienen afirman que hay Antípodas… debajo de nuestro hemisferio, y que hay regiones de tanta grandeza, que más parecen tierra firma que islas. Y porque de estas islas muchos han escrito muchas cosas…, no hay necesidad de que yo escriba.

Sólo una cosa memorable diré, que según creo todos los demás han omitido: en una región que vulgarmente se llama Tierra Firme, de donde era obispo fray Juan de Quevedo, de la orden de San Francisco, «unos que excavaban en las minas a sacar oro» hallaron « una moneda sellada con el nombre e imagen de César Augusto». 

Moraleja: «A los navegantes que en nuestro tiempo se jactan de haber descubierto las Indias y ser los primeros que navegaron allá,  este hallazgo les quitó esa gloria y fama, pues por aquella moneda consta que ya los romanos mucho antes llegaron a las Indias.» 


Este desdichado capítulo, «De otras islas apartadas de nuestro hemisferio, llamadas las Indias», es de lo más desconcertado. El descubrimiento y primera conquista de América se despacha en 15/20 líneas, incluida la trufa grotesca de la monedita. Conceder a la empresa de Indias casi tanto espacio como el dedicado a la lengua vascongada, pone en evidencia a un hombre de criterio voluble.

Unas cosas con otras, el resultado es un libro todavía hoy aceptablemente sabroso. Un libro que ya entonces se anunció como artículo de regalo. De hecho, el propio autor así lo presenta, reproduciendo un cruce suyo de cartas con Baltasar Castiglione.

En octubre de 1525, estando Carlos V en Toledo, llegó el humanista y diplomático a presentarle sus credenciales de orador o legado papal para España, y deseoso de conocer el país se dirige a Lucio Marineo con un cuestionario de dudas. Éste le responde enviándole como anticipo copia manuscrita de la obra nueva que tenía entre manos. Castiglione le da las gracias por el regalo tan estupendo, con las respuestas a todas sus preguntas y muchísimo más, una verdadera enciclopedia y guía de España. 

Micer Baldassarre no tuvo su ejemplar del nuevo libro porque en febrero de 1529 pasó a mejor vida, precisamente en Toledo, con gran disgusto de Carlos que le acababa de dar la mitra de Ávila, y no menor disgusto propio de no llegar a poseerla y gozarla. Porque, como Lucio Marineo, también el autor de El Cortesano, al enviudar en 1520 corto de sueldos tiró por el clericato, un valor seguro.

La obra salió por primera vez en 1530 del taller de Miguel de Guía, o de Eguía, impresor navarro establecido en Alcalá de Henares. Para mayor difusión, se tiró en edición doble, latina y romance, las dos con el escudo imperial de Carlos V en portada, y con una particularidad tipográfica: la edición latina lleva el texto en letra redonda, al gusto humanista, y la romance castellana en gótica tradicional, que a nuestro gusto le sabe arcaica, pero que en Alemania se mantendrá desde Gutenberg hasta el siglo XX.


Bien, ¿y lo del vascuence?

Pues lo del vascuence en la obra de Marineo, sin rebajarlo a obiter dictum, porque el autor lo encaja en una teoría sobre si fue la lengua primitiva de toda España, tampoco es mucho más que otros adornos que el humanista introdujo para hacerse novedoso y ameno. Siempre será importante, para cualquier lengua, cuándo se puso en letras del molde. En este sentido no cabe duda, Bernat Dechepare hizo bien en titular su libro Linguae Vasconum primitiae (Burdeos, 1545), y no lo habría cambiado de haber sabido que quince años antes alguien había impreso y publicado una muestra de voces vascas con sus equivalentes en latín y romance. Esto no tiene nada que ver con «sacar el vascuence a la calle y al mundo», como dice y hace el mosén, haciéndole hablar en público a través de la letra impresa. 

El libro IV de la obra de Marineo se cierra con el capítulo «de la lengua de los antiguos españoles», los anteriores al latín de Romanos y Cartagineses. Cuestión especulativa, en que algunos se decantan por «la lengua que ahora usan los vascos y cántabros». En el siglo XVI, los ‘vascos’ por antonomasia eran los vascohablantes al norte del Pirineo, la ‘tierra de vascos’, pero la denominación se extendía por igual a los vasco-navarros, mientras que los de las Provincias Vascongadas se tenían por ‘cántabros’, confinantes con la parte oriental de las Asturias. Dicha conjetura se apoyaba en un supuesto indiscutible e indiscutido, por más que contrariaba la evidencia: 

«Vascos y cántabros, en tantos siglo y mudanzas de tiempos, jamás mudaron su lengua, costumbres y aseo corporal»; y eso porque «mientras en las demás partes de España, con la inmigración de gentes se mudó y corrompió el habla, entre los vascos y cántabros se mantuvo el idioma sin mudanza alguna, como lo indica el cuasi aislamiento de aquellas regiones y su ningún trato o comercio con extranjeros: las dos cosas que, como hemos dicho, más suelen mudar la lengua junto con las costumbres. De hecho en España las únicas especies de hombres (sic) indígenas puros, sin participación de gente extraña, son cuatro: gallegos, cántabros, vascos y montañese asturianos. Con ellos, ni griegos, ni judíos, cartagineses o romanos ni otras gentes extranjeras tuvieron comercio. ¿Cómo así? Cabe suponer, si no me equivoco, que porque los habitantes de esas regiones siempre fueron muy guerreros, y los generales que cantaron victoria sobre estas regiones (si es que los hubo), no aguantaron quedarse mucho en ellas, por la aspereza de los lugares o de las costumbres de aquella gente indómita.» 

Aquí al autor le invade la sospecha fundada de que el lector no le está siguiendo en su exploración imaginaria a los orígenes. De origine Hispani sermonis, a la letra significa ‘el origen del habla española’; pero al espíritu, debe traducirse ‘la lengua original de los españoles’, el vascuence: «Si nuestra opinión al respecto a algunos lectores les parece oscura y no tan probable, con un caso real de lo más parecido se vuelve la pura verdad.» 

Y va y pone el ejemplo de los moros de Granada: 

«En el reino de Granada vemos cómo los pueblos de aquella gente bárbara sometidos bajo los Reyes Católicos, por la costumbre y trato con cristianos ya todos han aprendido nuestra lengua que en vulgar llamamos castellana, y han olvidado o casi la suya propia, vernácula y nativa. En cambio, los que habitan los montes ásperos e inaccesibles que dicen las Alpujarras, esos siguen con sus  costumbres y lengua.

Dicho esto, ya nadie debería extrañarse de que lo mismo aconteció con los cántabros y vascos que en las batallas y tumultos de España se retiraron a regiones no bien conocidas por su aspereza. A propósito, de una cosa estoy sinceramente convencido: aquel idioma antiguo de los españoles, que ha permanecido entero e incorrupto casi hasta nuestra época, últimamente también entre los cántabros se ha deformado mucho por el trato ya generalizado con naciones extranjeras.» 

Por favor, que nadie se me sonría si en última frase yo entiendo la confidencia de micer Lucio como sugiriendo al rey Carlos I la necesidad de crear, pero ya, una Real Academia de la Lengua Vasca, para la limpia-fija y preservación de la reliquia más auténtica de la esencia de España. ¡Y que un hombre así no tenga estatuas, plazas y calles, parques, centros culturales a su nombre en todas las capitales vascas (proh dolor), ciega ingratitud!


De la edición castellana de Las cosas memorables de España


Marineo, buen pedagogo, cierra su artículo y teoría con un toque experimental:

« Para terminar, sólo nos falta una ligerísima degustación, siquiera a borde de labios (como dicen), de aquella lengua española.» 

Y este es su catering:

1. Formación del plural. «En la mayoría de las palabras de dicha lengua el número singular termina en -a, y el plural en -ac: como lurra, ‘tierra’ en singular, y lurrac, ‘tierras’ en plural.»   

2. Origen de la lengua. «Hay quienes opinan que este género de habla no se importó de otra parte, sino que es propio de los indígenas; dicho de otro modo, los españoles no lo aprendieron de gentes advenedizas, sino de la naturaleza.»

 3. Vocabulario. «De esta habla nos ha venido en gana poner algunos ejemplos»:

[Pongo sólo los conceptos, sin sus equivalencias y reducidos a mejor orden lógico]

3.1: Nombres: cielo, sol, luna, estrella, nube,  tierra, río, fuego, cuerpo

        hombre, marido, mujer, hijo, hija, padre, madre, hermano, hermana 

pan, vino, carne pescado

casa, población, cama, camisa

3.2: Adjetivos: blanco, negro, rojo, hermoso, viejo

3.3. Verbos:

3.3.1. En infinitivo:  comer, amar

3.3.2. En Indicativo: bebo, duermo, veo, corro, leo

3.4. Numerales:     dígitos, decenas, centena

Y por último, la noticia

La noticia, refundida de diferentes medios vascos, es que en septiembre pasado el Sr. Aritz Otazua, responsable de la editorial navarra Mintzoa y curioso de rarezas vascas, recibió de París aviso de haber aparecido en el sur de Italia, en poder de un particular, un ejemplar venal de la obra de Marineo Sículo en la versión latina. Otazua adquirió el ejemplar e hizo presentación del mismo, que finalmente pasó a poder de otro particular.

Entre la presentación y las informaciones de agencia, por lo publicado en la prensa se ve que cada corresponsal pilló la cosa por donde pudo, de modo que, como en la parábola de los ciegos y el elefante, el hallazgo quedó definido como un paredón como un columna, todo él en forma de serpiente a modo de gran abanico oscilante, del calibre de una maroma. Y si a esto se juntan los comentarios de lectores peleones sabihondos, un gran montón de excrementos es todo lo que queda del paquidermo. 

Editorial Mintzoa
       Una vez más, la noticia pone en evidencia la patología crónica que arrastra el eusquera como ombligo de sí mismo,  al margen de las ideas que transmite. 
       A Aritz Otazua sólo cabe felicitarle por su empeño y por el hallazgo de lo que parece un ejemplar magnífico de un libro raro. Sería un placer felicitarle también como comunicador de la noticia, pero esto ya se me hace algo difícil, por la parte que él ha podido tener en el equívoco. 
        Cierto que en su presentación dejó claro lo que presentaba. Pero al centrar todo el interés del libro en un par de páginas exclusivamente, muchos han entendido que ese era el hallazgo. 
       Un editor de hoy sabe, o debería, que cada vez por desgracia hay más personas, incluso periodistas, capaces de confundir términos como 'libro', 'ejemplar',  'obra', 'edición' y otros tecnicismos indiferentes para el profano.   
       Pero es que ahora viene lo más gordo:

 «La pregunta es... ¿Cómo llegó un cronista siciliano a aprender y plasmar luego en un libro palabras y expresiones en euskera?... ¿Habría alguien que en 1533, una vez conquistada Navarra, supiera euskera y trabajase en las cortes castellanas? Es la pregunta del millón. Será muy complicado saber quién le ha dado esa información, porque se la ha dado alguien que lo hablaba», reflexionaba Otazu. El responsable editorial comentaba que esta edición pone de manifiesto el prestigio del que ha gozado el euskera durante años, ya que es el único idioma que aparece en este ejemplar y, además, lo nombran como el veterum (el más veterano). «Esto lo pone en valor como patrimonio cultural y no como un arma política», apunta. «Una vez conquistado Navarra, el idioma se conocía y era de prestigio. Si no, no aparecería en el libro».


Aquí lo dejo, mientras me preparo una tila doble con ginebra. ¿¡La pregunta del millón: si la conquista de Navarra dejó euscaldún para muestra, laico o clérigo, capaz de prestar servicio en el Estado o en la Iglesia a cualquier nivel!?... Conquistada Navarra, ¡el idioma vasco seguía conociéndose, no me diga...! ¡¡Y encima conservaba su prestigio!! ... Pero entonces, ¿qué clase de conquista fue aquella, que mantuvo el Consejo Real navarro, le puso como presidente a un tipo como Fortún García de Ercilla, euscaldún y padre del poeta de La Araucana, y toleró en la Navarra del vascuence, al que le diera la gana, seguir ‘viviendo en eusquera’ con si tal cosa?... Ya digo, y me perdone Aritz Otazu, que algo de culpa del embrollo recae sobre quien tal dice, o tal se deja entender.

Vuelvo, pues, a mi principio, a la versión de la noticia en La Vanguardia. Que pique la pequeña prensa vasca, entusiastas y a veces txotxolos de lo nuestro, se comprende y en parte se disculpa. Pero, ¿La Vanguardia?... Ahora caigo: Goyoaga lo tenía reservado como broma  para el día de los Inocentes, y por distracción suya o ajena se adelantó como bulo al 6 de noviembre, una fecha de rigurosa formalidad. Durante muchos años ese día ha sido la fiesta de un beato vizcaíno que hoy es san Valentín de Berriochoa, obispo y mártir, santo copatrón de Vizcaya, celebrado ahora el 4 de julio. Sea como fuere, ha sido buena ocasión para darle un repaso al humanista Lucca/Lucius, Lucius Marineus Siculus, a su libro nunca perdido y por fin hallado, y a su vieja primicia de la lengua vascongada o española.