sábado, 26 de enero de 2019

En Luca, chez Puccini


Esto ya es otra cosa, no lo de Sicilia. Un vuelo barato nos ha llevado de Madrid al aeropuerto de Pisa, y de allí el autobús a Luca en media hora. Ni agencia de viajes ni zarandajas. Libres como pájaros sin jaula, o como pordioseros en huelga.
Hablo de la Luca toscana, no de la siciliana. Aparco, pues, aquella experiencia de Sicilia, para dar una impresión de esta peregrinación improvisada a las dos ciudades del mar Tirreno, la pequeña Luca y la prepotente Pisa. Sólo 18 km –poco más de tres leguas de las de antes– separan estas dos ciudades-estado, repúblicas rivales seculares, tan vecinas y tan diferentes.
Antiguamente Luca se ofrecía al viajero de la Ruta Francígena –el sucedáneo medieval de la romana Vía Aurelia– como una isla boscosa de álamos rodeando un huerto cercado y tupido de torres, algunas también ajardinadas o coronadas de árboles. Había campanarios de iglesia, otras eran defensas, y no pocas lo uno y lo otro. De las torres civiles pocas quedan enteras, y es un decir. La misma rivalidad que las levantó las echó abajo, a vuelcos de fortuna, como en otras partes, y el siglo XVI conoció una poda general. A lo que quedaba, la revolución industrial aportó chimeneas fabriles, con alguna que otra muestra perdonada para el recuerdo, como aquí en Bilbao. Tuvo que ser curioso, hace apenas un siglo, una ciudad medieval vomitando humo de fábricas, a toques de sirena.
Todavía hoy Luca desde fuera parece ciudad-bosque, con las alamedas que, desde el  talud de la muralla, han subido a adornar el ancho adarve, paseo predilecto de los luqueses. En pleno invierno, como es natural, esa impresión boscosa no se percibe, sólo se adivina.
No recuerdo bien si fue Montaigne el que escribió algo así: «Cuando visito una ciudad nueva para mí, procuro subir a alguna torre para hacerme una idea del conjunto». Es lo que hizo también Garibay en París, a su vuelta de Amberes. En Luca no faltan torres a donde subirse, previo pago, como la de San Martín (el Duomo), la de las Horas (cerrada en invierno), pero sobre todo la Guinigi. Con sus 45 metros escasos, esta torre no es tan alta como parece al que la sube, pero coronada por una bosquete de encinas es la más curiosa, y también la más abierta de vistas.
La planta urbana sigue siendo cuadrilátera, como corresponde a la traza augural etrusca de campamento romano, con su cardo y su decumano máximos, que todavía se cruzan en una esquina del Foro o Plaza de San Miguel. Esto en lo teórico. En la práctica, el despistado como yo se despista, cuando no se pierde. Y  es bonito perderse en Luca, si no hay prisa. Otro día nos perdemos, pero de momento vuelvo al principio.
Entrados por la Puerta de Santa Ana, a poniente, y apeados en Plaza Verdi, lo primero es conseguir un plano en la (i) de Información y Turismo, en la que antes fue Puerta de San Donato (desechada por inútil para la muralla del siglo XVI), y desde allí tomar la vía San Paolino, a la céntrica plaza de San Miguel, corazón de la ciudad. Nosotros, sin embargo, con el plano abierto subimos al paseo de la muralla, poblada de paseantes y deportistas, y como quien sigue a las agujas del reloj, doblado el Baluarte de Santa Cruz, seguimos todo derecho hasta los jardines barrocos del Palacio Pfanner.

Allí nos paramos un rato, recordando al que dicen su autor, Juvarra: Felipe Juvara, para españoles, arquitecto y escenógrafo siciliano metido a cura, o viceversa, pero todo un artista, muerto en Madrid (1736). Diseño suyo es el Palacio Real, el de Aranjuez, La Granja…
Luca desde la Torre Guinigi a poniente: Torre de las Horas y la blanca de  San Miguel.
A  izquierda, Palacio Ducal y torre de San Román

Desde la Torre Guinigi: San Fredián y el Anfiteatro









Desde allí una rampa nos baja al ábside de San Fredián, iglesia de las principales de Luca, a un paso de nuestro objetivo, que era el Anfiteatro. Bien entendido, no el romano convertido en originalísima plaza oval, sino calle de por medio el  ‘B&B Anfiteatro’. Una solución hotelera muy recomendable, llave en mano, con cocina y comedor ad líbitum, habitación tranquila y desayuno en la taberna inmediata ‘Tre Merli’, los tres mirlos que la figura indica. Todo práctico y estético.
El atractivo de visitar Luca es el retorno virtual a la Edad Media. No sé lo que será esta ciudad en temporada turística. En invierno, como que se les olvida esa industria, y es maravilla. Para contraste, pasado mañana estaremos en Pisa, rebosante de japoneses y chinos en invierno como en verano. La mitad de ellos, con el brazo extendido sosteniendo la Torre Pendente, para la foto que les hace la otra mitad. Aquí en Luca uno se siente casi cohibido mientras dispara la cámara a sus anchas donde encuentra algún interior a tiro, pues el resto está cerrado o abierto a medias.
Ciudad arcaizante, pero no a reloj parado, sino porque así la quieren sus luqueses. Luca se ve hoy más vetusta que la vieron los viajeros del Grand Tour, hace doscientos años, y es porque los edificios de ladrillo despellejados de su revoco muestran sin pudor, con sus llagas y ortopedias y su devenir arqueológico, la estructura medieval ‘a la romana’, razón de su solidez. Eso por no hablar del Anfiteatro, cuya arena, dicen, se sitúa unos 3 metros por debajo de la plaza.
El recinto romano se amplió casi al doble en la Edad Media (siglos XI-XIII), incluyendo el Anfiteatro (1) con la iglesia de San Fredián (2) al norte, y la no pequeña de Santa María Forisportam (3) al este. El nombre de Forisportam lo dice: iglesia y plaza estaban fuera y frente a la puerta oriental del antiguo eje Decumano, en cruz con el Cardo Máximo, y que desde allí se extendía hasta el actual Piazzale Verdi (4), a poniente, donde paran los autobuses y se sitúa la Oficinas de Turismo que nos ayudó. Es de notar que en aquel tiempo el Foro o plaza de San Miguel (5) era más reducido, hasta su despeje definitivo en la primera mitad del siglo XIV, y que por allí pasaba la Fosa Natali, un canal que partía la ciudad por medio, de levante a poniente, de modo que a la iglesia se accedía por un puente.

De la Luca romana, por la medieval, a la murada renacentista.

Nuevo ensanche en el Renacimiento incluyó sobre todo el Burgo, al este y nordeste, más allá del antiguo foso perimetral. No porque Luca reventara por las costuras, pues en esto los luqueses siempre han imitado a los piojos, sino por la prudencia de reservar espacio hortícola intramuros, para caso de asedio. Un acierto esta muralla, que si nunca ha tenido ocasión de lucir su potencial bélico, los luqueses le sacaron provecho como hermoso y original paseo.
En esto de perderse en Luca ayudan no poco, además de las callejas, las iglesias. Luca se ha llamado ‘la de las 99 iglesias’; y puestos a mentir yo pondría, ‘las 99 iguales para hoy’. Ni lo uno ni lo otro es verdad, pero sí que muchas se parecen y se aparecen a cada esquina, a veces dos y hasta tres juntas, qué mareo.  Casi todas con el ábside vuelto a oriente, como era de rigor, sirven de brújula con cielo nublado; aunque no falta alguna a la contra, para variar y enredar.
Sobre el patrón basilical lombardo, los arquitectos del románico lanzaron una creación exterior decorativa marmórea de arquerías ciegas, y donde hubo dinero, también galerías columnadas en fachada y ábside sin función útil alguna, fuera de la contemplación de lo bonito. Que no es poco, aunque tan repetido carga.
¡Coño, Puccini!
Para la mayoría de turistas en temporada, el primer anfitrión en Luca es Puccini. Entrados por la  Puerta de Santa Ana a poniente y apeados en Piazzale Verdi, lo natural es tomar Vía San Paolino, a la céntrica Plaza San Miguel. Un poco antes se abre a la izquierda la pequeña Piazza Cittadella, con la estatua informal de un Puccini sentado, distendido y por supuesto con el pitillo encendido, pues de eso se murió; y una vez muerto, ¿para qué dejarlo? Es un retrato verista en bronce inaugurado en 1994 aquí, delante de su casa natal convertida en Museo, callejón o Corte S. Lorenzo, 9, esquina a Via Poggio.
Edificio antiquísimo en su estructura (no hay más que ver el ladrillo despellejado), por dentro resulta pretenciosamente burgués. Bien entendido, Giácomo Puccini  ni de niño ni de joven conoció esta su casa tal como hoy se la ve por fuera y por dentro. Fue él, ya triunfador adinerado, el que la recuperó y le ‘restituyó’ su carácter como debió ser, según su autoestima. Es lo que se ha pretendido recrear para nosotros turistas, que entramos en el juego.

Un museo amable. Aquí no te dejan probarte el gabán y el sombrero del maestro, ni el uniforme de Pinkerton en el estreno de la Butterfly, o el avío de Turandot. Ni siquiera tumbarte en la cama que le vendió al nuevo rico algún anticuario nada escrupuloso, en lote con un arcón extraño con escenas ¡estilo Botticelli!... Pero fuera de eso, se puede hacer fotos de objetos y cartas íntimas, y hasta invitan a abrir y fisgar en los cajones de algunos armarios, en busca de algún recuerdo picante del gran conquistador que fue este italiano, aunque joder, qué letra.
Elvira y Narciso
Puccini, que desde 1880 vivió en Milán porque allí tenía la beca del Conservatorio y allí está La Scala, volvía con amor a la patria, y más a menudo desde que aquí encontró a su pajarita para siempre, aunque fuese en nido ajeno. O no tan ajeno, si el tendero de ultramarinos Narciso Gemignani y nuestro músico habían sido compañeros de colegio y compartieron novia. Elvira Gemignani, nacida Bonturi (24 años, casada y madre de 2 hijos), fugada con Giacomo Puccini (26 años, soltero): un escandalazo, en ciudad tan cerrada física y socialmente. Italia era católica y el divorcio no existía. El gran músico bien podía componer motetes, tedeums o requiems, kyries, credos y hasta misas enteras; ya podía tener una hermana monja, que eso no le libraba de vivir en pecado mortal. Veinte años pecador público, como entonces se decía, a un paso de la excomunión. No es extraño que, superado el Conservatorio y metido en la vida del espectáculo, huyese de esta su ciudad pacata y chismorrera, atenta luego a otra comidilla: los  pasmos y espasmos de una joven meningítica mística en carrera de santa, hasta con estigmas y poseída del íncubo: Gema Galgani (1878-1903).


De entrada a la casa natal, nos recibe como una piña la famiglia toda de Giacomo, encaramada en árbol genealógico cargado de frutos musicales. Más personalmente y en retrato al óleo, a lo Bach, nos da la bienvenida, con su esposa Ángela María en otro marco gemelo, il signore Jacopo Puccini (1712-1781), primer músico notable de la familia, compositor y organista virtuoso de la Catedral, maestro de Capilla de la Serenísima República de Luca, autor obligado de  funciones religiosas para la Cruz de Septiembre, la fiesta mayor de la Ciudad del Volto Santo. Este Jácopo, o Giácomo, fue tatarabuelo homónimo del operista, y por eso le distinguen como ‘senior’. Patriarca de cinco generaciones de músicos. En la casa está también, en retrato pintado a lo joven Mozart, el jovencísimo abuelo Doménico Puccini (1772-1815).  

Como obertura de la visita a la casa-museo, pasan una vieja película de 1924 –el año fatal– descubierta en 1996, donde revive al cazador empedernido que fue el maestro, a bordo de su lancha ‘Liu’ a su coto en la marisma tirrena.... Aquel mismo año  componía Turandot, que dejó sin terminar, cuando el infarto de corazón ganó por la mano al cáncer de garganta.

De la casa-museo, me quedo con la buhardilla, «donde la luna está más cerca». Es lo que da más idea del artista que fue el autor de La Bohème, metido en su personaje Rodolfo, tránsfuga de lo fácil al tormento de su camino de perfección. Como el contemporáneo Edison, Puccini sabía que el hallazgo, en ciencia como en arte, lleva sólo un 1% de inspiration, y el otro 99% es perspiration, sudor. El que escucha su música, como el que enciende una bombilla, no lo huele, y ahí está lo bueno. Pero tampoco se olvide que la primera Butterfly vio caer el telón en estupor glacial seguido de silba y pataleo.

Puccini no compuso La Bohème ni ninguna otra ópera suya aquí, entre estas paredes, pues su refugio de la maledicencia era una hostería en la costa, en Torre del Lago, que acabó comprando como todo en su vida: pianos, automóviles y lanchas a motor, mujeres, tabaco y papel pautado, hasta su propia casa en Luca.

«Tampoco pasemos en silencio»  (ay, cuánto me gusta este latiguillo de San Gregorio Magno) los documentos más personales de Puccini, cartas, billetes, tarjetas postales, algunas atrevidas... Hasta que el tendero Narciso la diña, y sin luto al cornuto, Giacopo y Elvira legalizan su situación, ante Dios no sé, pero sí ante los hombres, en ceremonia privada que vualá.
Antes de salir de aquí, que no se me olvide un detalle curioso. Entre los recuerdos puccinescos del museo hay una postal del vapor ‘Savoia’, de la Compañía ‘La Veloce’ (Génova), donde Puccini  anuncia el 2 de junio de 1905 su próxima escala en Barcelona, rumbo a Buenos Aires. Acompaña lista, con los puertos de embarque de aquellos pasajeros que «rehusaban la inmigración», es decir, que no iban a Argentina como inmigrantes (de hecho, algunos eran ciudadanos argentinos). De ellos, 18 viajaban en 1ª clase, los demás en 2ª. Se entiende que el resto, la inmensa mayoría del pasaje, eran emigrantes, italianos sobre todo, y todos de 3ª clase o como fuere, sin contar los polizones.

Abre la lista de la Primera Clase nuestro gran Puccini Com.re Giacomo  –que leo ‘Commendatore’, remedando mal el énfasis de Vittorio de Sica cuando pronunciaba ese título tan italiano–, seguido de Sig.ra Elvira, sin más. La pareja acababa de regularizar su relación. Su condizione, de él: ‘Maestro di musica’, así con minúscula el arte y con mayúscula el Maestro. La ‘condición’ de Emilia: ninguna. Edades: 45 y 45.  

En primera viajan también un comerciante suizo y otros dos italianos, un industrial italiano y señora, y un militar argentino que sería por lo menos general, con la suya y seis hijas, todas hembras, más un muchacho nipote que por su edad y de los demás tenía que ser sobrino. Curiosamente, todos los caballeros de 1ª clase embarcados en Génova eran más o menos de la edad de Puccini, salvo un joven de 25 años, argentino y de condición ‘possidente’, un rico. Su nombre, Orazio (Horacio) Anasagasti. Era, por tanto, el joven ingeniero argentino de origen vasco, que por entonces movía la industria automovilística en su país. Hijo, supongo,   del Horacio Anasagasti geógrafo, que también por las mismas fechas divulgaba al mundo las Cataratas de Iguazú.
Y ya metida la probóscide en esta lista de embarque, pasando al pasaje de 2ª, llama la atención la serie de jóvenes italianas entre los 20-30, que sin ánimo migratorio viajaban al Plata solas, bajo la condición o etiqueta de casalinga: mujer de su casa, como antes se decía ‘sus labores’. Y más raro todavía se hace ver atribuida la misma condición, no sólo  a Signora Adelina (21), mujer de un comerciante Alessandro Robbiolo (34), sino también a sus hijitos Yolanda, de 2 años, y Ricardo, un bebé de 9 meses, todo un casalinga el hombrecito.
Imposible despedirnos de Puccini sin decir algo de sus órganos. Los de hacer música, se entiende, los que él solía tocar por gusto o por dinero. En Luca se señalan varios ‘órganos de Puccini’, incluido uno que, de existir, lo sería al pie de la letra, si es que fue encargo suyo en atención a su hermana Higinia –o sor Julia, como monja en San Nicolás–, y dedicado a la madre de ambos, Albina Magi, la que tan bien entendió el carácter atravesadillo de su Giácomo, que la adoraba.

Para conocer la pinta de uno de esos instrumentos entramos en la vecina basílica de San Paulino y San Donato, de la que eran parroquianos los Puccini. Merece la pena, porque no es de los templos del románico o gótico toscano, sino espacio renacentista vasto y elegante, él único de su género en Lucca (1ª mitad Siglo XVI). Toda la capilla mayor pintada a lo grande, mucha superficie de color. En la nave, a ambos lados, dos cantorías gemelas, y una tercera a juego sobre la entrada principal sostiene un órgano sencillo pintado de rojo, el primero tal vez que tocó Puccini. Su registro sirvió al jovencísimo organista para entonar su primera polifonía sacra: el Mottetto per San Paolino (1877).



Como organista de iglesia, Puccini era improvisador tan fácil como temible para los clérigos y gente devota, porque de pronto se le iba el santo al cielo, y en pleno misterio eucarístico el aparato músico se ponía a emitir melodías ligeras y profanas, que el público escuchaba con fruición tarareando y moviendo los pies. Sus tocatas y marchas de despedida eran de salir la gente de la iglesia bailando. Con la secularización, el cargo de maestro de Capilla, hereditario en los Puccini, se extinguió para Girólamo, y él lo protestaba a su manera. Hay quien se estremece al imaginar lo que habría sido la Catedral en sus manos. Desde luego, nada comparable a la de Sevilla en las de Don Hilarión Eslava, sacerdote dignísimo navarro de Burlada, con su operístico Miserere (1835), prohibido por el Arzobispo Cardenal Segura so pretexto de no sé qué irreverencias en el templo, pero en la realidad como censura eclesiástica musical.
Deambulando por Luca tropezamos con otro bronce de un músico más amable y en plena faena con su instrumento preferido, el chelo. Es Luigi Boccherini, nacido aquí, pero como si fuese de Madrid, donde murió en malos tiempos, en 1805. Olvidado en España, Italia repatrió sus restos a Luca, a la iglesia de San Francisco, que vimos cerrada. Grande de la Música y uno de los descubridores del violoncelo. Vampirizado en Master and Commander..., pues qué bueno para terminar por hoy.


(Continuará) Próxima entrada: La Ciudad del ‘Volto Santoy otros milagros






domingo, 30 de diciembre de 2018

Soneto con dilema final




¡Vaya! Según el mapa y calendario
(y por el vejestorio que aquí asienta),
parece que ya estoy en Valnoventa:
parada y fonda al túnel Centenario.

Allí entran pocos, y esos en precario;
y como el sol ni luce ni calienta,
los más excusan abultar la cuenta
por la puerta excusada del osario.

Década ratonera, red, garlito
de exclusiva admisión y éxodo raro,
¿a dónde, si aquí hay poco, y nada afuera?

Lo que no tuve ayer, tengo por claro,
no es para mí, ni acá, ni allende el hito
donde Godot no está, ni se le espera.

[O bien, para personas de más fe y esperanza: donde sólo Godot, si acaso, espera.]

Cumplir años: lo que de críos tanto nos importaba –por lo de hacernos mayores, y por los regalos–, pronto se hizo rutina. Rutina sólo rota por ciertas inflexiones en la curva biológica, acreditadas por la filosofía popular: “de los cuarenta para arriba, no te mojes la barriga”, y consejos por el estilo.
Jalonar la vida humana por décadas tiene su sentido. Lo tiene incluso literario, desde que Yahveh, para después del Diluvio, puso límite a esa vida en los 120 años (Génesis, 6: 3). Aunque luego se le olvidó. Los patriarcas posdiluvianos, hijos de Sem, no tan longevos como los de antes del Diluvio, todavía vivieron todos entre los 500 y 200 años (Génesis, 10: 10-12). Teraj, el padre de Abraham, superó en 5 años los dos siglos (ibíd., v. 32), y su hijo, el ‘padre de los creyentes’, murió «en buena ancianidad, viejo y lleno de días», a sus 175 años (Gén., 25: 7), tras enviudar de la vieja y poco fecunda Sara, para casarse de nuevo con Quetura, en la que tuvo hasta seis hijos varones.
En esta breve vida humana hay una década especial: la que completa el centenario, en la que entran relativamente pocos, y de la que muy contados salen vivos, no digamos en condiciones aceptables. Cuando uno entra en ella, es disculpable  que el pobre diablo se meta a filósofo.
Pero filosofar, ¿sobre qué? ¿Sobre la vida misma? Eso está archifilosofado: Nuestras vidas son los ríos, / que van a dar a la mar, / que es el morir. Punto final. ¿Sobre el sentido de la vida? Pues lo dicho: corrientes pequeñas que pierden su identidad en el Océano inmenso.  
La vida es para vivida con naturalidad, con curiosidad, con respeto a sí y al prójimo, mientras sea vida que valga la pena, y cuando no, dejarla. Para lo que no veo la vida es para convertirla en ‘existencia’ metafísica, a modo de rompecabezas insoluble.  No me van los aspavientos filosóficos de mi paisano Miguel de Unamuno, con su sentimiento trágico de la vida, como desesperado por no ser inmortal. Histrionismos, los menos, Don Miguel, en filosofía. Sentimiento trágico. ¿Por qué no cómico? Más divertido.
Volviendo a las décadas vitales. La más importante, la primera, en que se forma y desarrolla la personalidad mediante una lógica que opera sobre todo con mitos. Incluidos los automitos, por supuesto. No es un pensamiento absurdo; al contrario, tiene sus reglas y tablas de verdad, herramienta eficaz para un objetivo sano: crearse un espacio de seguridad en un mundo ambiente desconocido, lleno de sorpresas y sustos. Tan eficaz ese pensamiento primario, que muchos individuos, grupos y sociedades han vivido y viven de las rentas de esa primera década mítica, que es la de la primera educación.
De aquella etapa recuerdo tantas cosas ... Mi relación con los grandes mitos. Mitos externos, como Dios, el Diablo, los Reyes Magos o los espíritus. También automitos: la convicción muy temprana de que mi vida sería larga. ‘Vida larga’ eran entonces unos 60-70 años. Pero es que llegué a creerme que en ese tiempo sería el fin del mundo, y con cierta frecuencia soñaba el mismo sueño de asistir  al Juicio Final: un anfiteatro donde los curiosos entrábamos y salíamos arriba, en las gradas del gallinero, a escuchar las sentencias de vidas ajenas.
En la II Carta a los Corintios hay un texto notable que dice así (13: 11):
«Cuando fui niño, hablaba como niño, pensaba como niño, discurría como niño. Cuando me hice hombre, me dejé de niñerías.»
Notable digo, porque tiene todos los visos de ser un interpolado apócrifo [1]. Pablo no puede ir contra el Cristo, que pone como condición «volverse niño para entrar en el Reino de Dios» (Mateo, 18: 3).
Pues bien, en ese dilema estoy con el pseudo Pablo. En mi segunda década de los 10-20 años, el pensamiento mítico dejó de funcionar. Y del buen Dios, lo único que tuve entonces contra Él fue que dejara de existir para mí: «Elí, Eli, lama sabactaní?» (Mateo, 27: 46) Sentirse huérfano de padre, como cualquier otro ser del universo –como las presas devoradas cada día sin compasión por sus depredadores, o como los huéspedes por sus parásitos–, fue duro, aunque no traumático. Era como entrar en razón, sin dejar del todo los mitos.
Que Dios es mito, lo repitió hasta la saciedad Aristóteles. Y los monjes cristianos medievales copia que te copia al Filósofo, sin entender nada. ¿Existe Dios? A falta de evidencia, algunos trataron de demostrarlo. La Suma Teológica de santo Tomás de Aquino –o de quien sea el mamotreto [2]– es hoy una referencia obsoleta, donde Dios existe porque así le llamamos, para explicar lo que ni siquiera entendemos: Et hunc dicimus deum. Nominalismo puro y duro, flatus vocis. Y por cinco vías, nada menos. Cosas del filosofar. San Anselmo, aquel filósofo niño, se saltó el silogismo por la vía más corta: Dios existe, porque no tiene más remedio que existir. Porque sin Él, lo absoluto y lo perfecto faltaría. Tiene que existir, porque sin el mito de Dios, el mundo sería ateo.
__________________
1. Cfr. Senén Vidal, Las Cartas originales de Pablo. Trotta, 1996, págs. 208-209.
2. La ratio dubitandi es el esfuerzo que hizo su cofrade dominico Natal Alejandro, tratando de probar en su Historia Eclesiástica, contra no sé quién, que el autor de la Suma fue Santo Tomás.

jueves, 13 de diciembre de 2018

¡Por fin!, en el Índice de Asedio al Euskera


Perugino (1448 – 1523): Las Llaves del Reino (del Vascuence)
Existe todo un género literario sobre el “qué se dice de nosotros”. Es natural que nos importe o nos preocupe la opinión ajena, como individuos. Hasta Jesucristo –del que se supone que tendría una idea clara sobre su propio ser– preguntó una vez a sus discípulos qué decía la gente de él;  (y por supuesto, qué se cuchicheaban entre ellos acerca de su rabino). El individuo como tema de opinión es incuestionable: es una categoría natural.
Cuando el “qué dicen de nosotros” se refiere a un grupo, la cosa cambia. El grupo puede ser categoría artificial, y los grupos sociales son artificiales de algún modo. Pero es que, además, la pregunta ni siquiera la hace el grupo, sino un particular que se arroga la representación de lo que él entiende por el grupo. Da lo mismo si se distancia y omite el ‘nosotros’, en apariencia de objetividad.  “¿Qué dicen de los vascos?”, o “¿Qué dicen de nosotros, los vascos?”, al efecto es la misma pregunta.
Pongo el ejemplo de los vascos, porque dentro del género literario ‘qué dicen de’ es toda una especialidad. Hay que ver cuánto les preocupa a ciertos vascos –una minoría exigua, aunque machacona– lo que de los vascos y de ‘lo vasco’ dicen los que ellos consideran no vascos o antivascos. Retorcido, ¿verdad? Un ejemplo.
He topado con un libro, Asedio al Euskera, de Joan Mari Torrealday (Txertoa, 2018), y me llama la atención la cubierta: una gran mira telescópica asestada a la K del EUSKERA. Una estética en la mejor tradición de otras miras letales, pintadas en las paredes de estos pagos, donde ETA ‘asedió’ a su manera a quienes le pareció que sobraban en este país suyo. Por favor, su merced Torrealday: no bromas macabras. Asedio no es lo mismo que tiro al blanco. Su portada no puede ser más siniestra y de mal gusto, para un libro donde  se denuncia «la famosa doctrina, ‘todo es ETA’» (pág. 17).
Quiero decir con esto que el libro por fuera no me cayó bien, es lo de menos. Por dentro no diré lo mismo, porque si bien la gracieta de la mira venatoria se repite en cada capítulo (del 1 al 6), no hay más que una antología de textos ajenos. Nombres históricos junto a otros modernos. De estos, muchos me suenan o les conozco, y algunos tengo por amigos... De pronto, ¡anda, pero si esto lo escribí yo!... Pues qué bien. Jon Juaristi, Fernando Savater, Santiago González, Mikel Azurmendi, Fernando García de Cortázar … Por limitarme a varios cuya amistad me honra, y a quienes todo el mundo conoce, ¿cómo podría molestar a mi ego el que un celador de la política lingüística vasca me meta en su saco con tan ilustres discrepantes?
Por lo demás, lástima de compra, ni siquiera como antología es bueno este batiburrillo de textos compilados ad hominem, con más torpeza y mala baba que criterio. Que tampoco es libro nuevo. El mismo autor en 1998 publicó El libro negro del Euskera, «el hermano menor de este». ¡Pero si nació antes! Bueno, menor en volumen y en precio. En La mira telescó …, que me diga, en El asedio al Euskera, «el 61 % de los materiales son posteriores a 1978». Ojo a la fecha, porque el mensaje es claro: tras el franquismo y con la restitución de la democracia, nada ha cambiado para esa lengua, siempre a la defensiva de un frente enemigo.
Antes de entrar en la pequeña parte que me toca de ése que Torrealday llama «mi libro», me pregunto cómo se atreve a llamarlo suyo. Textos de cortipega, articulados en varios capítulos, según el tipo de ofensa que les imputa el  compilador, que como buen parásito ni se molesta en comentar lo que copia o en presentar a sus copiados. ¿Para qué, si aquí nos conocemos todos? Es toda la monserga de este inquisidor en las magras  introducciones a sus capítulos, donde sólo unos pocos favoritos de sus filias y fobias tiene entrada, siempre previo peaje de sus textos. Un ligero cálculo sobre el contenido me da lo siguiente (en páginas):

Portada, Bibliografía, Índice: 8 páginas.
Texto propio: 63
Textos ajenos: 331

Un 19 % de texto propio. Una quinta parte que de hecho no pasa de la mitad (10 %), pues aun esas páginas de Torrealday en primera persona están igualmente plagadas de citas. Por ejemplo, en el capítulo 3. Franquismo, el gasto se lo hacen Dionisio Ridruejo con Luis Antonio de Vega; y en el apartado 4.3. Cultura Vasca en el Estado de las Autonomías, la fiesta corre de cuenta de Matías Múgica y Jon Juaristi. Y aun ese 10 % de propiedad intelectual que, siendo generosos, se le puede reconocer, se queda en menos, porque esos textos ‘propios’ van impresos en cuerpo más grande y mayor interlineado. A cara de perro, el aporte de materia gris del compilador de «mi libro» no llega ni al 7 por ciento. A su lado, el Doctor ‘Mitesis’ pasa por escritor original.
Porque esa es otra. Hasta qué punto es de recibo que un Fulanoalday publique y venda como suyo un libro a base de textos ajenos, no como simples citas en el contexto de un discurso propio, sino como la sustancia de ‘su’ libro, sin autorización de los verdaderos autores, atropellando el derecho de propiedad intelectual. ‘Asediar al Euskera’, tal como lo entiende el euskotalibán, convierte cualquier escrito que toque a su ‘lengua propia’, y a él no le guste,  en bien mostrenco, deformable y manipulable mediante la técnica del recorte contextual, sin puntos suspensivos ni pista que valga.
Así cualquiera compone libros. Publicarlos es otra cosa, porque no todo el mundo tiene acceso a las subvenciones. O sea, doble parásito este francotirador, que primero expolia y luego tira con pólvora del Rey, es decir con nuestro dinero. Y poner a los autores en bloque, juntos y revueltos en pelotón de fusilamiento como enemigos del eusquera, es marcarlos en lista para el ostracismo en la Euskal Herria ortodoxa. De la ultra-ortodoxa… ¡Ah, que esta última ya no! ¡Que ETA ya no mata!... Mil perdones. En efecto, escribe (pág. 175):
«He mencionado la palabra ‘lista’. Maldición. Cuando publiqué El libro negro del euskera en 1998, Jon Juaristi lo calificó de libelo, y a mí de confeccionar listas de nombres para el linchamiento a cargo de ETA. Constato que, diecisiete años más tarde, Juaristi sigue en las mismas. [...] ¿Listas? ¿Listas para qué y para quien en 2016
Como en el cine procesal, “No hay más preguntas, señoría”. Queda entendido que antes del 2016 tuvo sentido hablar de listas ‘para alguien y para algo’. ETA no mata ya. Pero mataba, amigo Torre (aunque usted no lo sabía) a mansalva, cuando usted consiguió publicar su libro o libelo, donde algunos se vieron en la mira de ETA. ¿Listas para qué y para quién? No se haga el bobo, esta mierda de libros que antes fueron guías para  sacudidores del árbol, hoy son las mismas guías para repartidores de nueces.
Trabajo sucio, pero bien remunerado. El compilador de aquel Libro negro de 1998, «el hermano pequeño de esta obra» (¡y dale!), está contento de su criatura. Es humano y disculpable, aunque aquello era sólo una masa informe de citas sin estructura: «un contínuum indiferenciado», reconoce él en piadoso eufemismo (pág. 16). Que, por cierto, no sería mala traducción del tohu-bohu o caos del Génesis. Con todo, el padre tan feliz, porque (pág. 389)
«las numerosas reimpresiones que el libro ha conocido hasta el día de hoy dan testimonio del éxito y de la aceptación social que ha logrado»  
Hombre, no pasarse de optimista. Cabe otra explicación más simple para un éxito casero de este tipo. Piense también en compradores como yo... Pero bueno, yo he venido a hablar de mi libro. Digo, de lo que Torrealday se ha servido tomarme por las buenas para llenar casi página y media de esta nueva obra. Se trata de un artículo del Blog Bellosticalle (sic): ‘La cópula de ETA’, de 3 de febrero de 2011.
A propósito de blogs como cotos de caza, dice nuestro sabueso furtivo Torrealday (pág. 16):
«También he husmeado en las redes sociales y en los blogs, pero, salvo algunas excepciones (Jomra, Alots, Gezuraga y alguno más), no he encontrado materiales de calidad.»
De esas excepciones calificadas nada veo en la antología de Torre. Tampoco de los otros blogs sin calidad, salvo este donde escribo. Se me escapa el motivo de tan singular visitación, mientras exclamo con Santa Isabel: «¿De dónde a mí…?» (Pues, en efecto, aquello lo escribí de víspera, el día de la Candelaria.)

Lástima de margaritas … (Mateo 7: 6)
‘La cópula de ETA’ fue un artículo de humor satírico, sobre una situación real: el habla vascuence unificada (o batua) repite mucho eta, hasta el punto de llamar la atención del forastero:
– Oigo hablar en vuestra lengua propia, y no falla: todo el tiempo, ETA por aquí, ETA por allá, y a veces a pares: ‘ETA… ETA…’ ¿Es que los vascos no tenéis otro tema de conversación?
La repetidísima eta vasca no es más que la conjunción copulativa, igual de repetida en cualquier otra lengua. Por ejemplo, en latín et, de donde vienen las formas romances e/y, como también las vascas ta/eta, en relación todas con el griego τέ, τα etc. Por eso en el artículo preguntaba yo (y sigo preguntándome, no crean) si la Real Academia de la Lengua Vasca, disponiendo de dos variantes de la misma copulativa (ta/eta), hizo bien eligiendo la larga, cuando por ley general del lenguaje ese tipo de palabras suelen ser cortas: las llamadas partículas gramaticales. La propia ETA, para su nombre vasco, Euskadi Ta Askatasuna (Euskadi Y Liberación), adoptó la forma breve ta [*].
«¿Fue acertada la opción de la Real Academia Vasca? Yo diría que no fue prudente. Desde entonces, el habla de los vascos se colmó de ETAS. O lo que es lo mismo, la relación entre el euskera y esa palabreja es muy, pero que muy anterior a la última y denostada declaración del lendacari López, afirmando que sin ETA el vascuence saldría ganando. Y vaya que sí. Porque para los etarras fue como tocarles la lotería, una propaganda gratuita a todas horas.»
Por la misma pauta seguía la broma, digamos, filológica. Humor y broma fuera de lugar, pues sobre lo vasco, risas las justas, y para ésas ya tenemos la ETB, que hasta se pasan. Conque bromas fuera, el Gran Inquisidor Torquemalday, metido también a Gran Censor Torretijeras, corta por lo sano y mutila sin piedad mi criatura. Y así desgraciada, le encasqueta el epígrafe ETA-ETA-ETA, y me la coloca… fuera de lugar.
Sí, porque teniendo esta Santo Oficio vascongado un calabozo 5. Todo es ETA, va y me encierra en el 4.5. La política lingüística. Ni con calzador. Mi texto mutilado (tampoco el completo) no roza siquiera este tema. Sobre el rechazo de Belosticalle a la política lingüística en la Comunidad Vasca, tiene Torrealday material para llenar todo un capítulo. Sugerencia de la casa: ‘La doma blanda’  (10 de junio 2013).
Así no, amigo TorreAlday. Y me asombra, en todo un Real Académico de Euskaltzaindia, esa incapacidad para distinguir un género literario, una forma y un contenido. Mi artículo será más o menos malo, pero usted no es quién para volverlo del revés, y hacer de Belosticalle su muñeco de ventrílocuo. ¿Que en el vascuence hablado de hoy ‘todo es ETA’? I only tried being sarcastic, pero usted sea consecuente y métame en su Quinta Galería, la 5. Todo es ETA. Otro día lo hablamos.
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[*] Mi artículo pone que ETA se crea en 1969. Debí decir 1966, refiriéndome por supuesto a la ETA Berri o ‘ETA la Nueva’, porque la fundación de ETA se remonta a 1958.