miércoles, 22 de agosto de 2018

Por Trinacria, al galope (1)

     
O cómo no ver Sicilia, por el mismo precio


No somos de viajar por agencia al uso, en cuerda de presos con desconocidos. Sólo por la gana de saltarnos nuestra propia regla, a fines de junio hemos hecho la experiencia por Sicilia, y vaya, pudo haber sido peor. No cargaré en cuenta (a la ida) la cuchufleta de Vueling. En la escala de Barcelona nos toreó a placer, en lo que tenía toda la pinta de un hipercatalogismo, que es como dicen en griego castizo el overbuquin. Y con tal de no echarnos el alpiste, nuestros anfitriones nos pasearon de un avión a otro, y vuelta al primero, porque así el tiempo aeronáutico para ellos  no corre. A los viajeros, en cambio, el reloj fisiológico sí que corría que se mataba. Padecimos hambre, con gana de comer, y aquí Vueling en el aire tuvo la sartén por el mango de sus precios, a tanto la caloría. Que le den al Vueling. Casi todo lo demás de la excursión aceptable, según lo acordado (¿?). Y con el premio de haber conocido a gente interesante.
Casi todo es no todo. La pasta, por ejemplo… Pero por favor, hablemos de lo que importa, no de la ingesta de pastasciutta de antevíspera y demás sobras de convento. Salvo un par de alivios culinarios de recordar, sólo por contraste, el resto fue el festín de la caridad. ¿Y el autobús? Hemos rodeado la isla y le hemos cruzado por mitad, siempre en el mismo vehículo obsoleto, impresentable a una ITV de favor, no climatizable, que por no tener, ni cintos de seguridad. Tras un primer contacto de nuestros culos con sus asientos obtuvimos palabra de que nos lo cambiaban, pero sin duda se referían a un viaje futuro. El autista (en italiano, chofer o chófer) Angelo, siempre tan amable y servicial.
El circuito siciliano ha durado cinco días y media mañana. Diseñado para un turista ideal medio, tipo «si hoy es jueves por la mañana, este teleférico nos está subiendo al Etna». Algunos sitios los vimos con suficiencia: Noto, Érice, la Villa Romana de los Bikinis, el propio Etna fuera de servicio… Incluso un rincón tan pintoresco como Cefalú, lo doy por bien visto. O los templos griegos de Agrigento y Selinunte, tal y como los imaginaba. Una bodega en Marsala con degustación, que no cata ni cosa parecida, totalmente prescindible. Pero Catania, Siracusa,  Palermo, merecen bastante más. Palermo sobre todo, mucho más. La próxima vez, si la hay, Palermo será prioritario.
Las entradas no programadas iban por cuenta del viajero. Nada que objetar, sino que llevados siempre contra reloj, tales entradas se reducen a pagar en taquilla y salir de inmediato por donde se entró, con una instantánea sin revelar en la retina y alguna foto para el recuerdo, si te dejan. Que la Iglesia, en lo que de ella depende, no suele dejar. La próxima, insisto, por libre.
De nuestra guía, la palermitana Mariella, sólo puedo decir bien. Profesional competente y un punto distante, como debe ser; risa fácil algo sarcástica; siempre atenta y de humor igual, incluso cuando amonestaba puntualidad y normas. Entrándole en el lote turistas italianos y españoles, procuraba repartir sus comentarios en ambas lenguas, aunque sin querer se prodigó bastante más en la suya, que a mí me encanta. Desde el principio nos repartió los cachivaches de oírle a distancia. Esta facilidad se tornó a veces en sobresalto para este despistado, cuando creyendo tener cerca a la Mariella, de pronto perdía cobertura, sin ver al grupo por ninguna parte.
A todo esto, casi me quedo sin desvelar el nombre de la agencia y del viaje. No es ningún secreto: Imperatours, y su propuesta Circuitos Sicilia Mágica, bebida incluida en las comidas. Y no es paradoja si reconozco puntos positivos a la empresa y al programa que nos han vendido. Como decían los romanos, caveat emptor (mirar lo que se compra).
Nuestro circuito se llamaba ‘Tour Sicilia con partida desde Catania’. En el mapa de arriba se pueden ver las carreras de fondo (menos el itinerario rojo y el naranja), por aquellas autovías levantadas sobre pilotes, no por nivelar pendientes, sino por la cantidad de barrancos y terrenos inundables en cualquier estación. Pilotes en bastante mal estado, en largos tramos de la vía,  deplorable a veces, con ostensibles apeos de urgencia envejecidos y ellos mismos apeados y cinchados. Tras la catástrofe de Génova, el tráfico rodado debería suponerse paralizado en buena parte de Sicilia.
Jornadas:
1ª. Vuelo Madrid - Barcelona - Catania (recepción y libre)
2ª. Catania - Siracusa - Noto - Catania.
3ª. Catania - Cefalú - Palermo.
4ª. Palermo - Monreale - Palermo (tarde de playa en Mondello).
5ª. Palermo - Érice - Marsala - Selinunte - Agrigento.
6ª. Agrigento - Plaza Armerina - Villa Romana del Casale - Catania.
7ª. Catania - Etna - Taormina - Catania
8ª. Catania (mañana libre) - Aeropuerto.
Recorrido total en bus: unos 1200 km (estimación).
Sicilia, Región Autónoma Especial de Italia
Sicilia, la mayor isla del Mediterráneo, es todo un mundo maravilloso cerrado, tan repleto de culturas, mitos e historias, que no es fácil al viajero de hoy interpretar lo que tiene delante.
Dicho así suena bonito y en positivo. Otro modo de mirar lo mismo sería  recordando que la bella Sicilia, a lo largo de dos milenios, ha pasado de mano en mano de colonizadores, conquistadores y amos. Está pues, avezada a que la manden, lo que nunca le impidió enamorar a sus dominadores, dominarlos y vivir ella a su aire. Repetidas veces gritó libertad, incluso independencia, y hasta se alzó en armas por la una o la otra, pero esto último sólo en un par de ocasiones, procurando hacerlo sin plan y con poca gana.
No es por dar ideas, pero una pregunta que asalta a cada paso al viajero es, cómo se las ha arreglado la insular Sicilia en toda su larga y densa historia para no ser hoy un estado da se. Pregunta que yo me guardé de hacer a nuestra guía, nada proclive a hablarnos de política. Todo lo suyo que recuerdo sobre la relación Sicilia/Estado Italiano es un comentario fugaz de Mariella a solas con su micrófono y su risa fácil: «En Sicilia tenemos el único petróleo, pero también la gasolina más cara de Italia».
También me llamó la atención, en los billetes de entrada a sitios arqueológicos, la coletilla del membrete: “Asesorato de los Bienes Culturales y de la Identidad Siciliana”. ¡Vayapordiós!, aquí también hay organismo oficial para la cosa identitaria. Entiéndase el mosqueo. Vienes toreado y castigado por el fetiche doméstico, y sólo oler ‘identidad’, aunque sea ajena, sarpulle. Luego piensas: menos mal, aquí el Ente público sólo asesora; no decide, ni menos impone o ‘normaliza’ la identidad; no expide credenciales de buen siciliano o de su alternativo, es decir, ‘enemigo de Sicilia’.
Volviendo a la pregunta, «¿cómo es que…?». Pues sí, Sicilia tocó con los dedos su independencia cuando se sumó a las Revoluciones de 1848. De hecho, en su partícular revolución del 48 (12 de enero) contra Fernando, rey de las Dos Sicilias, logró mantenerse en equilibrio inestable de cuasi independencia, con una Constitución avanzada para la época, pero que sólo aguantó 16 meses, porque Gran Bretaña así lo decidió, usando la fuerza desde su base naval de Mesina, ocupando toda la isla en nombre del Borbón. A los ingleses, como realmente les habría gustado Sicilia era como colonia de su comongüel. Pero quita, quita, menudo paquete. Un enclave como Mesina o Siracusa, vaya; pero para qué, teniendo Malta...; y con el piratazo de Gibraltar todavía caliente…

¡Pero qué cosas estoy diciendo, Gibraltar caliente! Mucho más caliente estuvo otro peñón en mar siciliano, y aun así, soplando, soplando, los ingleses casi se lo comen.
En efecto, en julio de 1831, un volcán submarino a 26 millas de Sciacca (Agrigento), a medio camino de la isla italiana Pantelaria, vomitó un islote. El fenómeno fue avistado desde varias embarcaciones, pero nadie tuvo prisa en abordar aquel peñón en brasas. Nadie, salvo un marino que, en cuanto el borde del islote dejó de humear, puso pie en él. Y no el pie sólo, también su pabellón. Británico, naturalmente. Para entonces el Almirantazgo ya tenía nombre para su nueva roca : isla Graham, en honor del escocés James R. G. Graham, que había cartografiado por la zona.
De haber sido en la Edad Media, no había cuestión: todas las islas de la mar –y por extensión, las penínsulas–, las viejas y las nuevas, descubiertas o por descubrir, eran propiedad de la Santa Sede, que las enfeudaba a quien quería. Pero estamos en el siglo del vapor y la electricidad, y una isla nueva es para el primer ocupante.
Una cuestión previa era fijar la situación exacta del fenómeno, no vaya a ser que no discutamos por lo mismo. En este sentido Su Graciosa Majestad llevaba ventaja, aunque Francia tenía experiencia, sobre todo en tierra firme.
A todo esto, también marinos franceses desembarcaron para tomar medidas y  posesión de la que llamaron isla Julia, en honor del mes que la vio nacer. Tras ellos vendrían los italianos, los últimos, a reclamar su isla Ferdinandea, en nombre de Fernado II rey de Dos Sicilias. El incidente diplomático estaba servido.
Hubo versiones dispares sobre aquella isla gulliveresca, ya pastizal de juristas y leguleyos, mientras los vulcanólogos  hacían cábalas sobre su futuro. Por fortuna no hubo casus belli. Una vez puesta en evidencia la codicia y rapacidad de Albión, la nueva ínsula, que por lo visto no tenía otra razón de ser, para mediados de diciembre se sumergía tranquilamente bajo las aguas, con las banderas y todo, burlando las expectativas de unos y de otros [1].  
Sicilia: ¿Territorio Histórico Vasco?  
En el siglo VIII a. C. llegan a Sicilia los primeros colonos griegos y encuentran la isla repartida por mitad entre dos etnias: sicanos a poniente, sículos a levante. Los sicanos llegaron primero y ocuparon toda la isla. Pero luego, asustados y molestos por los malos humos del Etna, se retiraron dejando campo libre a los sículos. Eran estos sureños de la península Itálica, los futuros napolitanos, acostumbrados a su Vesubio, su Vulcano, su Estrómboli, y ahora felices como chiquillos de poseer un volcán mucho más grande. Aquellas dos etnias inmiscibles e incomprobables darán lugar a la mito-historia tardía, tendenciosa y desinformada de las Dos Sicilias.
¿Y quiénes eran los sicanos? Autóctonos, según los menos. Una opinión antigua y muy seguida los hacía invasores iberos; y apurando más, es curiosa la idea de que fueron vasco-ligures, con base endeble en algunos vestigios lingüísticos. Desde luego, a los estudiosos vascos no les hizo gracia lo de vasco-ligur, a ver en qué quedamos. Para el eclesiástico vizcaíno Juan Antonio Moguel (1745-1804) no había duda: los sicanos fueron vascos, los españoles genuinos, los mismos que en el siglo XIII a. de C. fundaron Roma. Los ligures eran otra cosa que vino luego, como distinguió muy bien Silio Itálico en su poemón épico Las Púnicas:
Tras el terrible cetro de Antífates y el Ciclópeo reino,
los sicanos con el arado estrenan rotura de campos:
gente venida del Pirineo, que a la tierra vacante
ponen su nombre, tomado de un río patrio.
Más tarde, un brote de lígures guiados por Sículo
cambia el nombre a los reinos ganados en guerra.

«Los iberos españoles fueron los primeros pobladores y fundadores de Roma, los que introdujeron allí el idioma español o vascuence, dieron la legislación, y Rómulo o algún otro fue sólo amplificador… La lengua sicana (o de los íberos sicanos) fue una de las más antiguas que se hablaron en Italia...»
Estas cosas escribía en 1802 el autor del Peru Abarca, a la atención del erudito gaditano Vargas Ponce –miembro, como él, de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País–, que por entonces investigaba en los archivos del País Vasco (con muy mala idea contra el País, eso dijeron los vascos). Respuesta del sufrido don José, tras una año de paliza epistolar moguelesca [2]:
«La lectura y el trato me han convencido, harto a mi pesar, que no hay medio humano de desarraigar a ustedes una tan siquiera de aquellas gigantescas pretensiones que han prohijado para aumentar los privilegios de su país. Me es conocido el candor de usted, así por múltiples informes, como por lo que he podido experimentar en un año de correspondencia; pero el mismo cándido y despabilado Moguel en vano lee… demostraciones casi matemáticas de la sujeción completa de su país, y de que no fue el teatro de ciertos gloriosos horrores, o alguna otra especie que eche por tierra la menor de sus envejecidas quimeras, pues tapa los oídos, aprieta los ojos, vuelve las espaldas a la luz, y le niega la entrada a su despejado entendimiento»  
«El candor de usted». En aquella época la palabra candor era un elogio sin mezcla de reproche. Candidez ya sería otra cosa, después de Voltaire y su ‘Candido’. Lo que Vargas Ponce echa en cara a su corresponsal es que siendo despabilado y candoroso, es decir, inteligente y sincero, sea a la vez tan terco  como sus paisanos en general –y aquí apunta la sorna gaditana–, siempre el ascua a la sardina de sus fueros y privilegios, a costa de los demás españoles.
¿Sicania? ¿Sicilia? El gran compilador de historias Diódoro Sículo, sin entrar en la prioridad,  recuerda el nombre aséptico: Trinacria, ‘La (isla) de las Tres Puntas’ o vértices: Punta del Faro (Mesina), cabo Passero (Portopalo), cabo Lilibeo (Marsala).
Por pura asociación de ideas, Trinacria se relacionará con el triscelio (‘tres-piernas’, en griego), y con el milenario triángulo de espiras, de tradición celta. Las tres piernas dobladas sicilianas son de mujer, dextrorsas o levorsas, radiando de un careto femenino alado, que puede ser una gorgona con sierpes, o una Ceres coronada de espigas. La risueña cefalópoda está por todas partes y en todos los tamaños, en las tiendas de suvenirs, en edificio públicos, en la bandera regional, que es diagonal rojigualda, por los colores históricos de Aragón. Raro será el turista que se escapa de la isla sin su triscelio, más grande o más chico, decorado así o asá, pues hasta los hay de llevar al cuello como amuleto, estampados en ceniza de Etna.
Tanta insistencia en el emblema de marras da mala espina. Lo primero de todo porque ni siquiera interesa a la arqueología local. Desconozco el dictamen del Asesorato para la Identidad Siciliana al respecto. Lo que tengo entendido es que anticuarios sículos están hasta la coronilla de un invento romántico que nada tendría que ver con la Trinacria. Frecuente en monedas antiguas, sí, pero no de aquí, sino de Anatolia. Obviamente se ha usado en heráldica parlante (‘Tres Pies’), como para el apellido alemán Dreifuss, o para ilustrar el topónimo vasco Iruña, sucedáneo de Pamplona. Estos triscelios de monedas etc., incluido el vasco, son todo pies, sin cabeza.
Una memoria histórica sin acritud
Durante casi 3.000 años Sicilia ha sido objeto de deseo y campo de batallas ajenas. A fenicios y griegos (s. VIII a. C.) suceden cartagineses y romanos (s. III a. C.), bárbaros y bizantinos (s. VI d. C.), luego los sarracenos (827).
En 1066 el normando Guillermo I desde su Normandía pasaba el canal de la Mancha a la conquista famosa de Inglaterra. Cinco años antes y con menos ruido otros dos normandos emigrantes, los hermanos  Roberto y Rogelio, habían pasado ellos también otro canal, el de Sicilia, con un puñado de caballeros a la conquista de la isla. Tan increíble como la de Guillermo, o más, fue la aventura ítalo-sícula de esta gente que tanta marca ha dejado en la identidad siciliana.
Les suceden por herencia dinástica los Hohenstaufen germánicos, en plena lucha con los papas a cuenta de las investiduras y otro intereses. El papado, con la ayuda interesada de Francia, liquida a los alemanes y traspasa sus territorios ítalo-sículos a Carlos de Anjou, pero por poco tiempo.
Es la hora de Aragón, y de ahí el interés tan especial para españoles. En la conjura de las Visperas Sicilianas (Palermo, 31 de marzo 1282) una masacre de franceses los paraliza, mientras Sicilia proclama rey a Pedro III de Aragón y se separa de Nápoles. A la Sicilia Aragonesa (1282-1513) le sucede la Sicilia Española (1513-1713), hasta el Tratado de Utrecht, que atribuyó la isla a la Casa de Saboya, aunque luego la recuperan los borbones. Finalmente el piamontés aventurero José Garibaldi conquista Sicilia, y burlando a los separatistas mediante plebiscito la entrega a la nueva Italia (1860). Notable caso el de los políticos que toman como meta unificar su país, y dividir y separar los ajenos, como hizo Garibaldi en América.
En suma –para bien y para mal–, el dominio hispano ha sido con mucho el más largo y de más impronta en Sicilia. Y esto se nota a cada paso.
Un español en Italia, un francés o un alemán, naturalmente se preguntan qué idea guarda la gente de allí de los que fueron sus dominadores. «Seguro que, por memoria histórica, nos detestan». Eso parece lo lógico, si fuese verdad que el yugo ajeno es siempre y  por definición pesado, como aseguran los románticos y los nacionalistas. Tengamos además en cuenta que los ingleses del XIX siempre repetían por el mundo lo leído en The Gentleman’s Magazine y prensa similar (que a menudo ella misma se repetía). Sobre Nápoles-Sicilia concretamente [3]:
«Desde principios del siglo XVI fue una provincia de España (sic). Durante más de dos siglos languideció bajo el desgobierno español; y cuando al fin obtuvo un soberano propio, éste fue otro Borbón más, cuya ignorancia, prejuicios y abandono egoísta la dejó bajo el yugo y látigo de subordinados opresores.»
Lo que ocurre es que en esto de los yugos y los látigos todo es cuestión de hábito, y de eso saben mucho los italianos. Tampoco seamos ingenuos de creer que los aurigas de la Historia no son los príncipes y los señores, sino los pueblos, y en especial las clases populares o ‘masas’, encarnación de las esencias identitarias y políticas; siendo así que la buena gente bastante hizo con sobrevivir al día, como para llevar también las riendas de su destino. En fin, no por casualidad el Gatopardo fue siciliano, creación de un siciliano. Sicilia toda es gatopardesca, curada de espantos.
La verdad comprobable es que se puede andar mucha Italia, y toda Sicilia, bajo la impresión de que el recuerdo de España y de Aragón allí a nadie le escuece ni le mueve a deseo de reescribir la Historia a base de destruir sus recordatorios –que eso significa ‘monumentos’. Eso se queda para el cainismo español guerracivilista. Lo veremos con ejemplos en Palermo.

Sicilia: poesía y verdad
Uno que miró a Sicilia por el lado bueno fue Góngora. Pero sólo de lejos, con sus ojillos de poeta cargados de reminiscencias literarias; no los ojos del viajero, pues jamás estuvo aquí. A diferencia de Quevedo, que puso su primer pie en la isla en 1613, el año en que Góngora publicó su Polifemo y Galatea. Y año de gran terremoto, así que mejor para don Luis. La Sicilia real no le habría inspirado el escenario imaginado único para su nueva estética (a mucha honra) ‘gongorina’:
Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece,
copa es de Baco, huerto de Pomona:
tanto de frutas ésta la enriquece,
cuanto aquél de racimos la corona.
En carro que estival trillo parece,
a sus campañas Ceres no perdona,
de cuyas siempre fértiles espigas
las provincias de Europa son hormigas.

A Pales su viciosa cumbre debe
lo que a Ceres, y aún más, su vega llana:
pues si en la una granos de oro llueve,
copos nieva en la otra mil de lana.
De cuantos siegan oro, esquilan nieve,
o en pipas guardan la exprimida grana,
bien sea religión, bien amor sea,
deidad, aunque sin templo, es Galatea.
Bravo, maestro. Aunque muchos nos quedamos más a gusto con la misma fábula
contada en música por Haendel, en Acis y Galatea:
Si Góngora cayese hoy por Sicilia, quitaría de su Polifemo la mitad, y el resto lo rasgaría en silencio bajo la capa. Sólo la descripción de la basura urbana, que él habría visto lo mismo que nosotros, a él le daba para media docena de octavas reales, y me quedo corto. A veces el panorama de desperdicios acumulados o diseminados en calles y plazas, pero también a lo largo de las carreteras, hace pensar en una huelga crónica del servicio. De seguir así, camino lleva de ser otra seña de la identidad siciliana.

En resumen, viajar a Sicilia y volver sin haber visitado la Capilla Palatina de Palermo no tiene perdón. Y con todo, ha merecido la pena.
____________________________________

[1] Lyell en sus Principio de Geología dedicó a la nueva isla volcánica unas páginas con dibujos esquemáticos (11ª ed., London, 1872, vol. 2, págs. 58-63. Cfr. Albert Granado. A Volcanic Incident: Isola Ferdinandea or Graham Island? (The Malta Historical Society, 2010. M. Grifasi, Ferdinandea - L'isola che non c'è più; en Almanacco Siciliano, 23/10/98. Una primicia de reportaje que cita Granado no he podido hallarla en la Red: G. Pericciuoli Borzesi, Narrative of the Volcanic Eruption or Graham Island. Malta, 1834, 32 págs.
[2] Juan Antonio Moguel, Disertación histórico-geográfica sobre los iberos y sicanos que entraron en Italia, en el Lacio y en el territorio de Roma, introduciendo el idioma vascuence. En Memorial Histórico Español, tomo 7: Cartas y disertaciones de don Juan Antonio Moguel sobre la lengua vascongada. Madrid, 1854. (en Memorial Histórico Español, 7: 694). Allí mismo (pág. 665) está la respuesta de Vargas Ponce. Lo cita L. Villasante, Historia de la Literatura Vasca, 2ª ed (1979), pág. 211.
[3] “The Law of Nations”, en The Edinburgh Review, 77 (1843): 161-197; pág. 188.




(Continuará)

lunes, 9 de julio de 2018

La Navarra pre-Arista (y 2)

Garibay, visto por Julen Urrutia

Hasta aquí hemos visto por qué ambages y vericuetos documentarios llegó Esteban de Garibay a su idea de una monarquía navarra muy anterior a la convencional, adelantando en un siglo el reloj de la primera Reconquista pirenaica. A tal fin explotó la tardía y absurda Crónica de San Juan de la Peña, navarrizando aquella invención aragonesa y vasquizando por su cuenta la historia pirenaica, a expensas de godos, francos y otras gentes: en suma, llevando el agua a su molino del vasco-tubalismo primordial y esencial de España.
La serie dinástica según Garibay
De aquella fuente contaminada, más algún sorbo de otras más sanas, bien destilado todo por su caletre, he aquí la monarquía navarra que le resulta [1].
A. Reyes pre-Arista:
1º. García Jiménez. 2.º García Íñiguez I. 3.º Fortún Garcés I. 4.º Sancho I Garcés. 5.º Jimeno, «de quien la común opinión de los autores no ha hecho mención» [2].
Aquí algunos historiadores postulaban un interregno, del que habría salido elegido rey Íñigo Arista. Garibay, legitimista y enemigo de cambio dinástico, lo rechaza. Su Jimeno tuvo por hijo y sucesor a Íñigo, de apellido Jiménez (mejor que García, según otros, y mucho mejor que de padre desconocido) :
B. Desde Arista, a la primera unión histórica con Aragón (siglos IX-XI):
6.º Íñigo Jiménez Arista. 7.º García Íñiguez II.
Aquí de nuevo rechaza «lo que los autores hablan» de un segundo interregno navarro, pues «al rey D. Garci Íñiguez sucedió su hijo mayor el rey D. Fortuno, segundo de este nombre»:  
8.º Fortún II (Garcés) el Monje, «de quien ningún autor hasta ahora ha hecho
mención».  9.º Sancho II (Garcés) Abarca, que «sucedió a don Fortún su hermano, y no al padre». 10.º Garci Sánchez I, «de quien hasta ahora ningún autor tampoco ha hecho mención». 11.º Sancho III (Garcés), «del cual tampoco, como de su padre,  ningún autor nos ha dado noticia alguna». 12.º García (Sánchez) II el Tembloso, «que hasta ahora ha sido contado por hijo de Sancho Abarca, recibiendo en ello manifiesto engaño, porque fue biznieto». 13.º Sancho IV (Garcés) el Mayor. 14.º Garci Sánchez III de Nájera.
Con Sancho el Mayor alcanzamos el Año 1000, y la historia navarra se hace más segura, al tiempo que se mezcla con la de los reinos vecinos, Castilla y Aragón. De hecho, el libro 22 se cierra con el interregno (éste sí) que puso en el trono navarro a Sancho Ramírez, «rey de Aragón, uniéndose por algunos años Navarra y Aragón» (1063-1094).
Un cuadro ayudará a golpe de vista:

En fondo amarillo se marca la ‘prótesis’ de Garibay, lo que llamamos la Navarra pre-Arista. La 1ª columna fija la serie numérica, marcando en verde los tres nombres de reyes calcados y repetidos de la serie histórica ‘jimena’ posterior, en marrón, de modo que 2 = 7, 3 = 8, 4 = 9. Por otra parte, van escritos en marrón los reyes descubiertos por Garibay, que hicieron fortuna, así como los parentescos que él señaló. También figuran sobre azul los dos primeros interregnos que otros autores ponían con cambio dinástico y Garibay rechaza.

¿Arista o Aritza? Sobre el apellido o apodo de D. Íñigo
Muchas cosas quedan por aclarar, pero sólo nos fijaremos en dos: ¿Quién era aquel D. García I, supuesto fundador de la monarquía navarra? ¿Quién fue, y de dónde, el primer rey ‘histórico’ de Pamplona, Íñigo Arista?
Sobre lo primero, como fábula que es, allá Garibay, que navarriza la leyenda del Reino de Sobrarbe. Según él, los nobles reunidos en la capital aragonesa Ainsa
«alzaron por su Rey y señor al dicho García Ximénez, señor de Abárzuza, en este mismo año de [setecientos] diez y seis, en el año que el Rey don Pelayo fue alzado en Asturias» [3].
En cuanto a D. Éneco o Íñigo apellidado Arista, la cosa se complica. El arzobispo Rada creía saber que fue de la parte de Bigorra, y que lo de ‘Arista’ (en latín, ‘filamento áspero de la espiga seca, brizna inflamable’) era apodo que le vino por su ardor en la pelea. Garibay se atiene a ello, aunque sin poner en duda su oriundez navarra, como ya hizo con la de García Jiménez [4]. Bigorra y Sobrarbe caen en el mismo tramo del Pirineo, en las vertientes norte y sur respectivamente, como ya observó el historiador aragonés Zurita, totalmente contrario a las novedades de Garibay, aunque ni le nombra [5].
A D. Íñigo, muchos le hicieron godo, y casi todos aquitano de Bigorra; aragonés, según alguno, pero mejor navarro, y concretamente de Viguri o Viguria, cerca de Estella, según García de Eugui, historiador navarro y obispo de Bayona. Confundir la oscura aldea navarra con el condado de Bigorra era fácil, con tal de demostrarlo.
Ahora corre la moda de  vascongar el Arista en Aritza (roble, en vascuence). Creo que lo divulgó primero el navarro Arturo Campión, siguiendo más o menos una conjetura del francés suletino Arnaldo de Oihenart. Éste trata del linaje y patria de Arista en su Noticia de ambas Vasconias (1638). Él también pensaba que Bigorra era confusión del topónimo, y hasta creía tener y probar otra solución mejor [6]. Abrevio el pasaje omitiendo detalles:
«Hay en la Baja Navarra una aldea llamada Baigorria, distante sólo diez leguas vascongadas de Pamplona. Lugar que antaño también se llamó Biguria, escrito a veces Beygur, o más a menudo Baigoer. En dicha aldea todavía queda la antigua e ilustre familia de los Vizcondes de Baigorri, que hasta los tiempos de nuestros abuelos siempre usó como suyos propios los nombres de Iñigo, García y Jimeno, con sus apellidos.
Yo diría que Íñigo García [sic, no Jiménez] fue de esta aldea, más bien que del condado de Bigorra; porque además de próxima a Navarra y pegante a su frontera, cae en los lugares montuosos y ásperos del Pirineo, a los que expresamente de refiere el Toledano don Rodrigo como preferidos de Íñigo: condiciones ambas que faltan en el Condado de Bigorra…
Ayuda no poco a nuestra conjetura la onomástica, tan importante para distinguir las familias antiguas. En toda la serie de Condes de Bigorra no hay un solo nombre que se corresponda con los de los reyes navarros, mientras que en los Vizcondes de Baigorri la concordancia onomástica con los primeros reyes de Navarra apenas falla… [Oihenart aporta documentación al canto.]
Todavía hay otras conjeturas que nos inducen a hacer a Iñigo Arista oriundo de los señores de Baigorri… Y en fin, el apellido Arista (mal derivado de las ‘aristas’ por el común de los historiadores) tiene fácil explicación, si se admite que la patria de Íñigo fue dicha aldea baigorritana, pues su barrio principal, hoy conocido como Ermita de Sant-Esteban, antes se llamó Harizeta, como consta por tablas antiguas del Vizconde de Baigorri Lope Íñiguez que cité arriba. Ahora bien, los navarros en general, al pronunciar palabras del vascuence, suelen omitir la aspiración, como también eliden muchas vocales entre consonantes; y así de Harizeta sacaron Arista. Y como harizeta en vascuence significa Robledo, yo diría que de ahí les vino a estos reyes primeros llevar el roble como enseña.»
Me he alargado en la cita, porque creo que algunos apreciarán su curiosidad. No cabe duda de que la conjetura es ingeniosa y bien trabajada por el erudito de Mauleón. Otra cosa es su valor crítico, pues dejando aparte la incongruencia heráldica, estamos hablando de un personaje del siglo IX, del que poco cierto podían decir los papeles de un oscuro vizconde del XVII, que encima se tenía por descendiente. Sin duda una familia de hidalgos agramonteses oriundos de la Navarra peninsular y afincados en la ‘Tierra de Vascos’. Pero, en fin, el Harizeta > Arizta de Oihenart es de esas cosas que engolosinan al vulgo aberchale, y a nadie debería chocar ni ofender que ese público lo reciba con entusiasmo.
Cumplido así el compromiso del título, aquí podría concluir este relato. Nadie piense que nuestro autor se limitó a piratear un producto ajeno averiado. Garibay tenía sus ideas muy claras, y para sostenerlas fue trabajador inteligente. Aparte de los reyes apócrifos de La Peña –que no son más que dobletes de otros que vinieron después–, él documentó su propuesta de otros desconocidos: Jimeno (el padre de Arista), Fortún Garcés, García Sánchez I y Sancho Garcés II. Esta novedad se considera acertada o interesante. Hizo también ajustes de parentesco en la línea dinástica:  Íñigo Arista fue hijo de Jimeno; Sancho Garcés II fue hermano de Fortún Garcés; García Sánchez II el Tembloroso fue biznieto, no hijo, de Sancho Garcés Abarca.
Enemigo de la Ley Sálica, Garibay reconoce el derecho de las hembras ‘propietarias’ y es respetuoso con lo que él llama ‘hacerse femenina’ una línea dinástica, sin que eso le obligue a ocultar su preferencia por «la sancta y bendita línea masculina» que nos viene de Adán [7].
Y lo mismo que no simpatiza con lo francés en general, tampoco comulga con el goticismo de Rada, que hizo escuela y casi iglesia entre la nobleza española. Garibay, que como genealogista de profesión tanto supo de falsos linajes, casi compadecía a sus clientes aferrados a lo godo, siendo así que la hidalguía más rancia era la española, y la más genuinamente española de todas, la suya vascongada. Ambas reconquistas, la astur-cántabra y la pirenaica, tienen para Garibay raíz hispana autóctona, no goda, con su máxima expresión en el caso de Navarra.
De ahí el silencio perplejo del historiador mondragonés ante indicios históricos de que aquella estirpe navarra resultó ser, entre todas las de la España reconstruida, la más contaminada por la mezcla con el enemigo moro. De ahí su repugnancia a admitir que todo un rey navarro como Íñigo Arista hubiese otorgado fuero de coronar, por razón de estado, incluso a un ‘pagano’, un rey de Navarra musulmán. De ahí su autocensura, para no mencionar siquiera el hallazgo estupendo de su colega el cronista Ambrosio de Morales: las que hoy conocemos como Genealogías de Roda [8].
Antigua iglesia Catedral de Roda de Isábena (Huesca)
De Rada a Roda
Con este juego de palabras trato de fijar la atención sobre la singularidad histórica de Navarra entre los reinos de la Reconquista española.
Metidos en este laberinto de monasterios, códices y catálogos regios, va siendo hora de salir a la luz, y vamos a hacerlo por la más extraña de las bocas: la Genealogía de Roda. Se trata de otra serie de reyes de Pamplona, según el Códice de Roda, propiedad de la Real Academia de la Historia. Se llama así, o también Códice Rotense, porque algún tiempo estuvo en la antigua catedral aragonesa de Roda de Isábena (en Ribagorza), aunque su origen se podría buscar  en la propia Corte Navarra cuando la capital fue Nájera (en La Rioja), y posiblemente por los alrededores del año mil.

El códice Rotense es de lo más orosiano, en el sentido que dijimos. De hecho empieza por la Historia de Orosio con otros textos históricos conocidos, a los que añade a modo de suplemento listas de reyes cristianos y moros, incluida la serie de Pamplona desde Íñigo Arista, expresada al modo bíblico [9].
Y aquí viene la sorpresa: el parentesco de mixta religión de aquellos monarcas, como puede verse en esta página del códice (al folio 191, recto), que transcrita en su latín macarrónico y puesta en romance dice así:

ORDO NVMERUM REGUM PAMPILONENSIUM

1. [E]nneco cognomento Aresta genuit Garsea Enneconis et domna Assona qui fuit uxor de domno Muza qui tenuit Borza et Terrero…

2. Garsea Enneconis accepit uxor domna ...  filia de ... et genuit Furtunio Garseanis et Sanzio Garseanis et domna Onneca qui fuit uxor de Asnari Galindones de Aragone.

3. Furtunio Garseanis accepit uxor domna Oria filia de ...  et g. Enneco Furtunionis, et Asenari Furtuniones, et Belasco Furtuniones, et Lope Furtuniones, et domna Onneca qui fuit uxor de Asenari Sanzones de Larron.

4. Sanzio Garseanis accepit uxor domna [... ] et g. Asnari Sanziones qui et Larron.

5. Asnari Sanzionis accepit uxor domna Onneca, Furtuni Garseanis (fi)l(ia), et [g.] Santio Asnari, et domna Tota regina, et domna San(zia...). Ista Onneca postea accepit uirum regi Abdella, et g. Mahomat Ibin Abdella.   [... ]


ORDEN NUMÉRICO DE LOS REYES DE PAMPLONA

1. Íñigo apellidado Arista engendró a García Íñiguez y a doña Assona, que fue esposa de don Muza, teniente de Borja y Terrer...

2. García Íñiguez tomó esposa a doña … hija de …, y engendró a Fortún Garcés y a Sancho Garcés y a doña Óñeca [Íñiga], que fue esposa de Aznar Galíndez de Aragón.


3. Fortún Garcés tomó esposa a doña Oria, hija de…, y engendró a Íñigo Fortúnez  y a Aznar Fortúnez y a Belasco Fortúnez y a Lope Fortúnez, y a doña Óñeca que fue esposa de Aznar Sánchez de Larraun.


4. Sancho Garcés tomó esposa a doña …, y engendró a Aznar Sánchez, que también de Larraun.

5. Aznar Sánchez tomó esposa a doña Óñeca, hija de Fortún Garcés, y engendró a Sancho Aznárez y a doña Toda reina, y a doña Sancha... Esta Óñeca luego tomó por esposo al emir Abdalá y engendró a Mohamed Ibn Abdalá. ...

Con que «Don Muza... , el rey (o emir) Abdalá I, su hijo Mahomat ibn Abdalá», es decir, el padre del primer califa de Córdoba Abderramán III, ¡descendientes directos del fundador de Navarra, Íñigo Arista! ¿Qué enredo era este?
Ahora entendemos el sobresalto que tuvo el cronista oficial regio de Felipe II, Ambrosio de Morales, cuando descubrió y leyó esta misma lista de Roda en copia de la biblioteca de San Marcos de León. ¿Una broma de falsario? No lo pareció, y menos desde que volvió a leerla en otro códice del Escorial, donde Morales era bibliotecario. Así lo describía en 1586, para sorpresa  de muchos –también de nuestro Garibay [10].
«Yo diré aquí ahora una cosa muy nueva y extraña; mas, por haberla hallado en un libro muy antiguo de la libreria de Santo Isidoro de León, cuya copia también está en el real monesterio de San Lorenzo del Escurial, la pondré como allí está…»  
[Morales repite lo que acabamos de ver; y concluye:]
«Así el rey Abderramán es nieto de la reyna de Córdoba Íñiga, y bisnieto del rey García Íñiguez, y cuarto nieto de Íñigo Arista. Hasta aquí llega aquella memoria… Yo digo en esto todo lo que hallo, y de lo cierto doy los testimonios que lo comprueban, y después prosigo con conjeturas. A quien estas no le parecieren bien, siga las mejores que el tuviere.»
Enlaces Pamplona - Córdoba - Aragón (G. Martínez Díez)
Lo que hoy sería sólo un hallazgo documental para la Historia, en la España del siglo XVI era una bomba. Una bomba de racimo, si se permite el anacronismo; porque sin limitarse a la estirpe regia navarra, la mezcla de sangres a cualquier vascongado podía reventarle la hidalguía. Porque el privilegio de los vascos dentro de España, empezando por su hidalguía universal, se fundaba en la pretensión de ser inmunes de mezcla racial judía o agarena, como gente que siempre vivió aparte en sus montañas.
No era para menos. Morales revelaba algo que sin duda todos los buenos historiadores sospechaban, aunque nadie lo decía. Era levantar la cortina sobre un parentesco demasiado próximo entre los cristianos navarro-aragoneses y la morisma en sus esferas más altas.
Garibay, que tanto se preciaba de haber revuelto los archivos monásticos de Navarra y La Rioja, debió de quedarse atónito. Él mismo había cerrado su Compendio Historial con una historia de la España árabe, donde no supo o no dijo nada parecido. También conoció lo que vimos del Fuero de Sobrarbe, y cómo Íñigo Arista decretó que si alguna vez los navarros no encontraban rey cristiano que les conviniese, podrían elegir a un infiel [11]. Garibay recoge la noticia, añadiendo de su cosecha que «lo tocante a infiel no quisieron admitir, como cosa fea y malsonante», sin sospechar que para el rey de Pamplona al fin todo quedaba en la familia: una familia extensa y mixta de cristianos y musulmanes.
Garibay acierta sin duda cuando dice que la mayor parte de la tropa que invadió España con los árabes estuvo formada por norteafricanos muladíes (conversos al Islam) o incluso cristianos. Más difícil era, en su ambiente y para su mentalidad, reconocer la amplitud del fenómeno de conversiones al Islam o al Judaísmo –que en las invasiones musulmanas  solía afectar a familias enteras, incluso a poblaciones–; pero sobre todo la persistencia de matrimonios mixtos precisamente en una raza como la vascona, supuestamente la más antigua de España y la más purasangre católica. Familias muladíes medievales en el poder, como los Banu Qasi, rompían el esquema, mezcladas de un lado con sus correligionarios musulmanes, del otro con sus convecinos y parentela cristiana. El prejuicio moderno de la limpieza de sangre se proyectaba sobre unos ancestros totalmente ajenos a tales preocupaciones. Todo ello en favor de una pedagogía nacional orosiana,  y para sosiego de conciencias nobiliarias. De ahí la autocensura generalizada y el ocultar o ignorar los historiadores el elemento islámico navarro-aragones.
Como historiador, Garibay no ignoró la existencia de los Banu Qâsi (los Casios o Cásiez, diríamos hoy, Hijos de Casio) señores del Valle del Ebro en los siglos VIII-X, clientes primero y enemigos después de los Omeyas de Córdoba. El epónimo fue un conde Casio, uno de los primeros conversos hispanos al Islam y maula o cliente de los Omeyas. Un descendiente suyo, Musa ibn Musa ibn Fortún (h. 800-862), fue el popularísimo y coloquial ‘Moro Muza’, llamado en su tiempo «el tercer rey de España», aunque lo que nos importa más aquí es su doble parentesco con Íñigo Arista: nacidos ambos  hermanos de madre, a su tiempo fueron también yerno y suegro.
La madre común se llamó doña Óñeca, casada primero con un Jimeno, y en segundas nupcias con un ‘casio’ llamado Musa.  Dos familia muy unidas, pues Arista dio a su medio hermano por esposa en matrimonio fecundo a su hija Asona; de modo que el ‘Moro Muza’ y el segundo rey de Pamplona, García Íñiguez, fueron cuñados. Son circunstancias que hacen pensar en otros muchos enlaces mixtos que no pasaron a la Historia [12].
Vemos, por otra parte, cómo el códice rotense deja espacios en blanco para suplir nombres que desconoce. Dice, por ejemplo, que «Fortún Garcés –Fortún el Monje, de Garibay– tomó por esposa a doña Oria, hija de …». Hija de Lubb ibn Musa, es decir, del casio Lope, hijo del moro Muza, con Asona, y nieto por tanto de Arista.
Pero esto no era lo más fuerte. La gran revelación del Códice de Roda, que pasmó a Morales y quedó sepultada en el silencio, decía que una Doña Óñeca o Íñiga, hija de Fortún Garcés el Monje y bisnieta de Íñigo Arista, casó en segundas nupcias con el emir de Córdoba Abdalá (888-912), con el que tuvo a Mohamed ibn Abdalá, padre de Abderramán III. El fundador del Califato de Córdoba era nieto de esta otra Óñeca, y cuarto nieto de Íñigo Arista, como advirtió Morales.
Un cuadro genealógico simplificado bastará para dar idea de lazos muy estrechos familiares y políticos entre Córdoba y Pamplona, aquí a través de los Banu-Qasi.


Óñeca (o si se prefiere, Íñiga Ordóñez), en el harén cordobés fue conocida como ‘Al-Durr’, la Perla. Pero no una perla en solitario, ya que su nuevo marido el emir Abdalá I tuvo por madre a Uxar ‘la Vascona’. Lo que significa que por Abderramán III circulaba más sangre navarra que árabe, o al menos una muy notable proporción. Y algún atractivo físico, moral y político tendrían las reales hembras navarras, cuando también el háchib o Gran Chambelán del Califato, Almanzor, siguiendo el ejemplo de su señor, se casó con una hija de Sancho Abarca.

Medina Azahra, la ciudad mágica de Abderramán III cerca de Córdoba, este pasado 1 de julio ha sido incluida en el Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Por allí anduvo doña Óñeca. Más de un visitante vasco-navarro se figurará su sombre huidiza en el Salón Rico, y creerá oír por algún rincón psicofonías femeninas e infantiles en vascuence, no es disparate. ¿Llegó a haber euscalteguis en aquella corte? ¿Cátedras de uskara, academia de la lengua? ¿Se produjo en la sabia y políglota Córdoba la primera gramática vasca? Preguntas en el aire que, con algún estipendio público, más de uno estaría dispuesto a investigar.





_________________________________

[1] Compendio Historial, t. 3, libros 21-22.
[2] Ibíd., lib. 1, c. 13; t. I, pág. 26 (edic. de Barcelona, 1628).
[3] Comp. Hist. 21, 7; 3: 16. También: «En algunas obras se escribe que fue señor de Amescua y Abárzuza, pueblo no lejos de donde se fundó después la ciudad de Estella».
[4] Comp. Hist. 21, 13 (3: 27-28); 22, 1 (3: 29-31). «Yñigo Arista, a quien otros llaman don Yñigo Garcia, que era señor de Abarzuza y Bigorra, y quieren más algunas historias de Navarra, que tenía su casa y habitación en Val de Junquera, que las mesmas obras dicen ser cerca de Salinas de Oro, y que su padre se llamó don Ximén Yñiguez Arista [sic]…» (3: 28).
[5] Zurita es totalmente contrario a las tesis de Garibay, aunque ni le cita, y como mucho admite que los ‘reyes nuevos’ anteriores a Arista serían duques de obediencia franca.
[6] A. de Oihenart, Notitia utriusque Vasconiae, tum Ibericae, tum Aquitanicae.  París, 1638, lib. 2, cap. 12; págs. 248-252. Diré de paso que, por contraste con Zurita, Oihenart es más considerado con Garibay, al que a menudo cita, en pro o en contra; cfr. Notitia, pág. 224.
[7]  Comp. Hist, 1, 10; 1: 10.
[8] El citado T. Ximénez Embún quitaba importancia a las genealogías del Códice de Roda, dándolo como «uno de tantos entretenimientos monásticos de los siglos XIII o XIV». Ensayo histórico, o. cit., pág. 50. Sin embargo es pieza de primer orden. Sin embargo, se considera pieza histórica de primer orden.
[9] Del Códice de Roda hay edición facsímil digital de su depositaria, la Real Academia de la Historia:
[10] A. de Morales, Los cinco libros postreros de la Corónica General de España. Córdoba, 1586, libro 15, cap. 36, fols. 183-184.
[11] Comp. Hist., 3: 28, A-40.
[12] Ver Cuadros genealógicos en Gonzalo Martínez Díez, El Condado de Castilla (711-1038). Pons-Historia, 2005, vol. I. Los Banu Qasi, pág. 141; Dinastía de Pamplona I: Enlaces con Aragón y los Banu Qasi, pág. 174 En este línea, una tataranieta de Musa ibn Musa, doña Urraca bint Abdalá se casará con el rey de León Fruela II (h. 925); ibíd., pág. 141.
[13] Sobre lo tratado puede verse bibliografía más amplia en el artículo de referencia: Jesús Moya Mangas, Esteban de Garibay y la invención de la Navarra pre-Arista. HUARTE DE SAN JUAN. Geografía e Historia (Univ. de Navarra), 24 (2017): 9-50.