martes, 5 de enero de 2016

San Simeón Estilita



Hoy 5 de enero se celebra la memoria de san Simeón el Viejo (m. 459), llamado el Estilita porque vivió la primera mitad del siglo V encaramado en una columna.
Estilita en griego es lo mismo que ‘columnista’; y aunque Simeón era un campesino semita oriundo de Cilicia y posiblemente desconocía el griego, la primera noticia suya la dio al mundo culto su paisano Teodoreto, como testigo de vista, dedicando un capítulo de su Historia Filotea a  «Simeón, la gran maravilla del Mundo», todavía viviente cuando él escribe (h. 440/444). De hecho, el capítulo abierto se completó más tarde.
¿Pero hubo un Simeón Estilita? No. Hubo al menos dos, el Viejo y el Joven. Por lo demás, estilitas hubo muchos, algunos de ellos recibidos en el santoral. Hombres y mujeres. Cristianos, y también paganos. Toda una tradición literaria.
Luciano y los falóbatas de la Diosa Siria
Tradición que empezó por lo que podría ser una broma del satírico humorista Luciano de Samosata (h. 120- h. 200). Una especialidad de las suyas era parodiar a escritores antiguos, y un blanco de su sátira fueron las Historias de Herodoto. Remedando su estilo y forma de narrar, a Luciano le viene a la cabeza lo que él sabía y lo que se contaba del culto a la Gran Diosa Siria Atargatis, la Madre de los Dioses, identificada con Cibeles y conocida también como la Hera/Juno Asiria. Sus sacerdotes, como en tantos cultos orgiásticos orientales de Frigia, Lidia, Samotracia, eran ‘galos’: varones castrados, incluso mutilados por su propia mano y travestidos. Los cuales curiosamente oficiaban en el atrio, sin pisar el interior del templo.
 Atargatis en su trono de leones,
con su paredro Hadad en trono de toros
(Yale University Art Gallery)
El resultado de aquella remembranza y fantasía lucianesca fue el ensayo titulado ‘La Diosa de Siria’, , divertido pastiche lleno de informaciones y chismes, «unos hieráticos (o reservados), otros públicos», sin excluir las ocurrencias del propio narrador.
El santuario en Hierápolis del Éufrates (Mabbog o Manbiy, Siria, 80 km al NE de Alepo) era de los más visitados de Oriente. Hoy en día es espacio controlado por el nuevo Califato y Estado Islámico, al que no le importa mucho la Diosa y los recuerdos que puedan quedar de ella.
En este tipo de relatos hay que recogerse un rato, tratando de imaginar el gentío de los días grandes, en un baño de entusiasmo religioso que les hacía ver cómo estaban sucediendo ‘cosas’. Como en las apariciones de la Virgen, por hacernos una idea.
Allí, donde «las imágenes sudan y se mueven y emiten oráculos; donde a menudo en el santuario, a puertas cerradas, se levanta un clamor, que muchos oyeron» (escribe Luciano), en una capilla más bien angosta, se practicaba un culto fálico dionisíaco. Los más devotos depositaban como recuerdo «unos enanitos de madera con su miembro viril enorme, del tipo de los llamados neurospastos» –‘movidos por hilos’, es decir, marionetas articuladas. «Otro  enano que hay en el templo a mano derecha es similar, pero de bronce.»
Atracción especial se producía dos veces al año, cuando un hombre se mostraba a la multitud encaramado sobre una columna fálica, en señal de mayor acercamiento a la Diosa:

«En el vestíbulo, de hasta 400 codos, abierto al viento Norte, están los dos falos que plantó Dionisio, de 120 codos. A uno de ellos se sube un hombre dos veces cada año y allí permanece una semana. Sobre el particular corren distintas explicaciones. Hay gente que cree que allí arriba el individuo trata con la divinidad, pidiendo bienes para toda Siria, porque desde más cerca le oyen mejor. Otros piensan que todo esto se hace en memoria de Deucalión y el Diluvio, cuando los hombres huyendo del agua se subían a los montes y a los árboles más altos...»
«La subida (ánodo) es como sigue: El hombre se ciñe al falo con una cadeneta en derredor, y por unos salientes de madera va trepando, suficientes para apoyar la punta del pie. Y conforme sube, sacude la cadena hacia arriba arriba por ambos lados, con gesto como de auriga. Quien no lo vió, hágase idea de lo que digo por los que trepan a las palmeras en Arabia o en Egipto, o donde quiera que las hay. Una vez arriba, larga otra cadena a tierra, ésta de mayor longitud, con la que sube lo que necesita, leña, ropa, utensilios. Con todo ello arma un soporte a manera de nido, donde se instala los días que dije.
De los visitantes, los más traen oro y plata, algunos bronce, que depositan allí a la vista, dando cada uno su nombre antes de irse. Un asistente grita el nombre al de arriba, y éste al oírlo va rezando por cada uno, mientras menea un instrumento de bronce que al ser movido emite un son fuerte y áspero.
El de arriba no duerme nunca, y si alguna vez le da el sueño, un escorpión sube a despertarle con picaduras dolorosas , en castigo por las cabezadas. Pero lo que se cuenta del escorpión es todo ello sagrado y misterioso. Que sea igualmente verdadero, no sé decirlo, pero por mi cuenta, en este insomnio juega mucho el miedo a caerse. Y baste ya de falóbatas
En efecto, baste, pues ya tenemos lo esencial de Luciano sobre el supuesto antecedente de los estilitas cristianos.
Jesuita enfadado
H. Delehaye (1859-1941)
Una de las primeras monografías sobre Los Santos Estilitas fue la del jesuita Hipólito Delehaye (1923). A este hagiógrafo y bolandista distinguido le enfadaba de modo especial cualquier relación entre ambos fenómenos religiosos, el estilitismo cristiano y el falobatismo pagano del Seudo-Luciano.
Es cierto que algunos no perciben humorismo alguno en La Diosa Siria; al contrario, creen que se trata de una descripción rigurosa y totalmente seria. Por lo mismo, dudan incluso de que sea Luciano el autor. Delehaye era uno de ellos. La verdad, ni entiendo el enfado ni veo la diferencia entre un Luciano auténtico y otro falso, para los efectos. Una burla festiva tampoco debería sorprender a Delehaye, un poco lucianesco él mismo –lo digo con franca admiración– cuando desenmascara fraudes píos hagiográficos. Sin duda le molestó la idea de que aquellos castrati sirios pudiesen haber sido modelo material de ascetas cristianos, o que nuestras columnas tuviesen nada que ver con falos. Y sin embargo es así como llaman todavía los árabes a ciertos pilares. Por ejemplo, en Petra el turista admira el formidable Zibb Fir‘aun, o Cipote del Faraón.
En materia religiosa, las relaciones son a veces muy sutiles y misteriosas. El Evangelio según Mateo (19: 12) recoge con respeto un dicho de Jesús favorable a la autocastración «por el Reino de los Cielos». Desde muy pronto este elogio se interpretó como metáfora del celibato casto voluntario, y cuando un personaje como Orígenes (185-254) lo toma al pie de la letra y se automutila, los guardianes de la ortodoxia lo censuran.
Muy anterior tenemos otro ejemplo.  En la misma región, entre Hierápolis y Samosata, se encuentra la ciudad de Edesa, con templo de Atargatis. Cuando, según la leyenda, el rey de Edesa Abgar se convierte al cristianismo, tras un curso por correspondencia que le imparte el propio Jesucrito viviente, uno de los primeros decretos del neófito fue prohibir la castración en honor a la Diosa, bajo pena de perder una mano.
Tal era la aversión judeocristiana a aquellos ritos y misterios paganos. Aversión mayor si cabe contra los templos donde se mostraban chocarrerías obscenas, como la de los enanitos móviles itifálicos.
Otro artículo a la venta en el mismo santuario, donde los peregrinos adquirían exvotos o recuerdos, era el pilar fálico de Dionisio con sus peldañitos, todo de madera, con una figurita humana abrazada, seguramente itifálica, que subía y bajaba  a saltitos por la columna. Luciano en el colmo de la inversión burlesca llega a suponer que el rito de subir y bajar el sacerdote por el cipote dionisíaco era en imitación a las figuras de madera. De lo más gracioso, pero maldita la gracia que les hacía a los clérigos cristianos ver a sus mismos feligreses manipulando los malditos juguetes.
(Juguetes que, por cierto, todavía divierten. Yo mismo tengo uno, con un hombrecillo articulado –el  difunto Generalísimo, pero podría valer cualquier otro– que sube y baja por una escalera dando volatines.).

San Teódulo Estilita y el histrión Cornelio
Para concluir, y de paso apaciguar al espíritu del padre Delehaye, tomo de su libro un precedente cristiano de san Simeón, aunque sea legendario: san Teódulo.
Teódulo fue un prefecto de Constantinopla en tiempos de Teodosio el Grande (379-395), que se retiró de la Corte bizantina y del mundo, para ocupar una columna en las afueras de Edesa. Allí vivió 48 años y siete meses, y una vez muerto obró milagros en su tumba. Por suerte para nuestro santo del día, los críticos están todos de acuerdo en que el tal san Teódulo tal vez ni siquiera existió.
Lo más interesante de esta leyenda es una anécdota muy repetida. Teódulo lleva años en su percha columnaria, asombro del orbe entero, hasta que se plantea la pregunta propia de todo asceta con autoestima, en una época en que no se usaba el Guinness: «¿Quién me gana?» Aquella misma noche le fue revelado en sueños que ganarle, no le ganaba nadie en lo suyo, pero que tenía un igual en santidad y mérito: un tal Cornelio, un histrión o cómico que actuaba en Damasco.
Semejante revelación le pilló tan de sorpresa, que el buen Teódulo quiso saber cómo meritaba su rival, no sobre una columna sino sobre un escenario. Sin pensarlo dos veces, se apea de su pilar y recorre el nada corto ni fácil camino de Edesa a Damasco: unos 550 km de los de entonces.
En Damasco pregunta por el histrión Cornelio, Todo el mundo lo conoce, y Teódulo es dirigido al hipódromo. Allí está el truhán en la arena. En una mano, la cítara; con la otra, rodeando la cintura de una moza. Acabada la función, el asceta encara al artista: «¿Qué has hecho tú de bueno en tu vida?» De primeras, Cornelio dijo que nada. Sólo a instancias de Teódulo, haciendo memoria, recordó que tiempo atrás, topando con una noble dama que se le ofreció por pura indigencia, compadecido le dio todo el dinero que llevaba encima.
Así Teódulo regresó a su columna con un tema de meditación, sobre no molestar a Dios con preguntas indiscretas. Pero recordemos también, con la venia de Delehaye, que el tema de la prostitución ritual –según el mismo Luciano o Seudo-Luciano–, era otra de las expresiones religiosas relacionadas con el Culto de la Gran Diosa Madre. En suma, que el supuesto antecesor de san Simeón pudo estar inspirado en algún relato lucianesco.
Simón del Desierto, de Luis Buñuel (1965)






















(Concluirá: ‘Simeón y su larga escuela’ )

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En este blog
Sobre la tradición de los Reyes Magos:




miércoles, 30 de diciembre de 2015

Tacos



Taco es voz rotunda, de origen misterioso, acepciones varias y derivaciones múltiples.
El taco de mi memoria infantil es ante todo el almanaque o calendario, a modo de bloque de hojas que se iban arrancando día a día hasta agotar el año. De ahí el tropo o adorno de expresar en ‘tacos’ la edad de las personas. En especial los capricornios de cabo de año, que por estas fechas estrenamos taco.
El almanaque de taco no nació en Bilbao, pero su versión religiosa fue de lo más bilbaina, desde que los jesuitas lo reconvirtieron a su ‘buena prensa’ (1886), como anejo de su revista El Mensajero del Corazón de Jesús.
Tanto es así, que el edificio de la redacción e imprenta de la revista, catalana de origen, era conocido como ‘la Casa del Taco’ (1886-1983). Casi 30 añ0s después, el padre Remigio Vilariño funda como sociedad anónima la editorial ‘El Mensajero del Corazón de Jesús’, eliptizada o secularizada hoy como ‘El Mensajero’. En ese edificio me dieron alguna vez trabajo como traductor de libros.
El taco de casa era religioso, con gran fidelidad al del ‘Corazón de Jesús’. Su rival muy a distancia fue, cómo no, el ‘Almanaque del Corazón de María’, otro taco que publicaban los claretianos, editores del archifamoso devocionario ‘Mi Jesús’ del padre Luis Ribera. Más tarde compré alguna vez el taco franciscano de Aránzazu, por practicar vascuence. Esto último era en los años de aquel franquismo que, como se sabe, tenía rigurosamente prohibida esa lengua en todas sus expresiones, según el mito canónico de la revancha nacionalista.
Aunque los tacos siguen existiendo, aquellos clásicos de pared ya no son tan populares. Además de información tan útil como el número de días transcurridos y restantes del año, gracias al taco se convertía en dato cotidiano la astronomía con su zodíaco y eclipses, el ciclo lunar y las mareas, junto con el año litúrgico y el santoral de cada día. También le reflexión se ejercitaba en algún pensamiento o máxima moral, a veces con marchamo de autor: esto era ‘un minuto de filosofía’.
Pero lo novedoso del taco venía escrito en el reverso de cada hoja, por lo que en rigor sólo debía leerse al arrancarla, al pasar de día. Y eso incluso cuando, con pedagogía un poco sádica, tras el acertijo o charada venía aquello de, «la solución, mañana». Cuántas veces pellizcabas aquel mañana –que, como en la realidad, era el hoy por su cara oculta–, levantando la hoja con cuidado, aunque siempre se notaba, y al fin tenías que darle de pegamín. Porque las hojas del taco no eran de las que se lleva el viento, como en el cine antiguo, donde un taco de hojas volanderas era el convenio para indicar cómo se nos va el tiempo.
La miscelánea de los reversos de taco dosificaba una cultura popular conservadora, equilibrada, directa y entretenida.
Aquel taco sigue vivo. Hacía un taco de años que no veía uno. Hojas sueltas, eso sí, olvidadas como registros entre las páginas de libros viejos. Y he aquí que por sorpresa tengo delante el de 2016, aguinaldo de mi mujer. Es prácticamente igual que los de antes, algo más chico, en mejor papel, pero sobre todo con un cambio sustantivo: las hojas están sujetas sólo por arriba, a modo de libro. ¡Adiós misterio de «la solución, mañana»!
Contemplo el taco y los recuerdos me aturrullan. Es la decrepitud. De joven y romántico leopardiano, todavía me rebelaba contra

el oscuro Poder que, para daño
común, impera de absoluto modo
en la infinita vanidad del todo

Hoy tampoco creo en esa versión alternativa del ‘diseño inteligente’: el Ciego rompe-relojes, frente al Relojero ciego, tal para cual.
Estamos en las Saturnales. O en su resaca, cuando el tiempo se convierte en agujero negro y la nada se diluye. Es la hora de vaciar el estómago... En voilà!

Saturnal

Un taco más. Este animal de noria
a cada ronda es más indiferente,
pues ni apetito ni temor se siente
donde da igual estaca o zanahoria.
Y es que las fotos fijas de mi historia,
por un punto fugaz inconsistente             
que ni nombre merece de presente,
pasan de ser futuro a ser memoria.

Muero a pedazos lo que se me olvida,
a chorro se me va sin poseerlo
lo que nunca viví ni de pasada.   

Yo fui lo que esperé sin nunca serlo,
y hora que la esperanza es fenecida,
memoria soy de no haber sido nada.      

¿Nihilismo? ¡No por Dios, todo lo contrario! Este minuto de filosofía es el ejercicio más sano de calentamiento para el carpe diem. La mejor meditación para el buen propósito de vivir y dejar vivir, que eso es ser buenos... «Si podéis», como nos advertía prudente y comprensivo san Felipe Neri. Con mi bienamado Cohelet, contradictorio, hedonista y sabio; mi Charlatán de cabecera (Eclesiastés, 7: 29):
«Dios hizo al hombre derecho. Ellos se lo complican de mil modos.»

La Casa del Taco (1886-1983)









miércoles, 23 de diciembre de 2015

La Buena Esperanza de Arroyuelo, en Burgos




Como en otros años por estas fechas, me atrae meditar sobre mitos de origen de nuestra cultura cristiana. Bien entendido que ‘mito’ no lleva matiz despectivo. El mito es una explicación que se ofrece como alternativa frente a una prueba racional apodíctica, que en este terreno rara vez o nunca tiene sentido.
Como punto de partida tomemos este objeto religioso: una imagen de Nuestra Señora de la Expectación o Buena Esperanza. A este tema dediqué una entrada, ‘La O de María’, seguida de ‘El fruto de tu vientre’  (17 y 18 de diciembre 2012). Allí pasábamos, desde la letra circular y exclamativa O (María de la O) como figura abstracta del seno grávido, hasta la audacia de las ‘vírgenes abrideras’ preñadas de sorpresas.
Hoy contemplamos una representación realista intermedia: una preñez a modo de epifanía, con el Niño formado a término, enmarcado en redondo por los pliegues del vestido materno a modo de matriz, irradiando luz la criatura, como vista por transparencia, antes del milagro de la ecografía. 

La Señora, envuelta en manto de oro que le cubre la cabeza, está en pie sobre una medialuna plateada, las palmas juntas en oración, a la espera del parto inminente. Una corona de doce estrellas sin duda se ha perdido, porque la imagen en conjunto evoca el tema de la Parturienta de la Apocalipsis (12: 1-2): «Una Mujer vestida de Sol, calzada de Luna y coronada de doce estrellas está preñada...»

El relato apocalíptico no se refiere a la Virgen María, es otra historia. Por eso aquí no figura el Dragón dispuesto a devorar al «hijo varón que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro». Como tampoco nuestra parturienta «da alaridos con los dolores del parto» ni se retuerce «en el tormento de dar a luz»;  muy al contrario, está serena, impasible.

En Arroyuelo
Arroyuelo es un pueblo burgalés en la Merindad de Cuesta Urria, 4 km al N. de Trespaderne y unos 14 al SSE de Medina de Pomar. Su iglesia parroquial de San Nicolás data de 1277, según lápida del arquitecto, cuyo nombre está borrado como en castigo de su vanidad. En Arroyuelo está documentada una comunidad judía que estuvo adscrita a la aljama de Medina, bajo protección del Conde de Haro y los Velasco, aunque también la abadía de Oña tuvo aquí pretensión de señorío, y de ello da fe una imagen-relicario de san Íñigo o Éneco abad.
La Expectación de Arroyuelo es una talla del XVI tardío, desplazada de algún nicho de altar, colocada sobre una repisa y apoyada contra la pared, aunque con todo respeto, pues es imagen devota siempre adornada de flores. Fuera del detalle del Niño, la actitud de María sobre la medialuna sostenida por un querube es la tradicional en las representaciones híbridas de la Asunción e Inmaculada Concepción. No entro en más  detalles, pues sólo se trata de añadir este ejemplo a la iconografía mariana previa a la Navidad.
Todas las imágenes de la Virgen son convencionales. Incluso cuando un afortunado vidente –afortunada más bien–, en una aparición recibe instrucciones directas sobre cómo desea la nueva Advocación ser representada, el figurín es siempre a la moda. Sobre los rasgos de María seguimos hoy como san Agustín hace 1400 años. Por entonces proliferaban la imágenes marianas, y el buen obispo advirtió que ninguna podía dárselas de auténtica. Y eso que pretensiones no faltaban. En particular, supuestos retratos pintados del natural por san Lucas, como aquel que la emperatriz Eudoxia (m. en 404) regaló a su hija santa Pulqueria. Pero es notable que esta primera noticia de la habilidad del evangelista con los pinceles es de hacia 530, a un siglo de la muerte de san Agustín.


El Misterio
En la cultura grecorromana donde se expande el Cristianismo, las pinturas temáticas eran inseparables de su comentario verbal en prosa o en verso. Un texto muy de alcance para esta ocasión está tomado de una carta de san Ignacio de Antioquía a los cristianos de Éfeso (19: 1-3). Dice así:
«1. Al Regidor de este mundo se le ocultó la virginidad de María y lo que parió, así como la muerte del Señor: tres misterios ruidosos que se hicieron realidad en el silencio de Dios.
2. ¿Y cómo se manifestó a los siglos? Un Astro brilló en el cielo más que los demás astros, con luz indescriptible, cuya novedad causó extrañeza.  Los demás astros, con el Sol y la Luna, hicieron coro al Astro, que se creció brillando mucho más que todos juntos. Hubo inquietud, de dónde venía tal novedad sin par para ellos.
3. Desde entonces se disipó toda magia y desapareció todo vínculo de maldad. La ignorancia se borró, el Viejo Reino se destruyó, al manifestarse Dios hecho hombre, ‘hacia la novedad de la vida perdurable’, y tomó principio lo que junto a Dios estaba preparado. De ahí que todo se conmovió, porque se planeaba la abolición de la Muerte.»
Ignacio fue el tercer obispo de Antioquía, después de san Pedro apóstol. Era pues una especie de papa cuando el papado monárquico de Roma era sólo un proyecto. En tiempos confusos, cuando las sectas cristianas tanteaban por diferentes vías su identidad, el converso obispo Ignacio fue de los que, siguiendo a Pablo, hicieron del cristianismo una religión mistérica organizada.
La transformación era de fondo. La primera especulación cristiana, buscando su autonomía con respecto al judaísmo, trabajaba sobre ‘profecías’: textos de la Biblia judía donde el entusiasmo nuevo y fresco creía descubrir alusiones al Mesías Jesús, en las circunstancias de su vida y muerte, más lo que se decía de su resurrección y desaparición camino del cielo. La nueva teología va más lejos e interpreta todos aquellos testimonios bíblicos y otros de nuevo cuño como ‘misterios’ de salvación, a la manera de otras religiones paganas de entonces.
Una característica de todas las religiones mistéricas –los cultos de Mitra o de Serapis, por ejemplo– era el acceso del adepto mediante un curso de iniciación secreta, seguida de un rito purificador que le convertía en miembro de pleno derecho de la sociedad religiosa. Por otra parte, las religiones mistéricas no se limitan al cumplimiento ceremonial de viejos ritos, cuyo significado incluso se desconoce. Su ritual es nuevo, como es también significante y operativo.  En fin, la religión mistérica propende a construir un sistema dogmático, donde el maestro, catequista o predicador rivaliza en importancia con el sacerdote, aunque el conflicto se evitará atribuyendo ambas funciones a las mismas personas de un clero adecuado, encabezado por el obispo.
El texto de Ignacio tiene resabios gnósticos. La gnosis (‘conocimiento’ en grado superlativo) fue, en general, una forma de teología mistérica que hacía hincapié en la ‘iluminación’ íntima del iniciado al percibir los misterios. A partir de ahí, el gnóstico no es sólo un hombre nuevo, sino un alumbrado.  El gnóstico ve lo que el vulgo no ve, y aun lo que todos ven él lo ve de otro modo trascendente.
Ignacio habla de la revelación de tres misterios que quedaron desconocidos para el Regidor o Arconte encargado del gobierno de este mundo. ¿El Diablo? Llamémosle así. En todo caso, un personaje que no entra para nada en el plan cósmico de Dios: un plan que traería, nada más y nada menos que la abolición de la Muerte, es decir, la Vida Eterna. Pues bien –y es lo más notable para nuestro caso–, de los tres grandes misterios que van a trastornar el universo, en dos de ellos juega papel esencial la Virgen-Madre. Incluso en el tercero, la Pasión de Cristo, los teólogos mariólogos posteriores la llevarán a primer plano, hablando de la Com-Pasión de María.
También merece consideración la forma expresiva de Ignacio, donde un signo profético –la consabida aparición de la estrella o cometa que anuncia a todo personaje de importancia– se convierte en la explosión de una Supernova que ilumina y enciende el Cosmos. O como diríamos en nuestra retórica moderna, un segundo Big Bang. Un evento temporal pero sin registro en la Historia del tiempo, porque es metáfora mistérica, que es como decir metáfora de lo metafórico. Meta-metáfora.