miércoles, 10 de octubre de 2012

Los ‘Improperios’



La liturgia de Pasión, en su programa catártico, ofrece un número especialmente incisivo: los ‘Improperios’, que preceden a la adoración de la Cruz.
Improperium es un término latino tardío y más bien raro, que de suyo  significa ‘reproche’, y en el lenguaje eclesiástico, en plural (Improperia), vino a designar esa pieza que se canta el Viernes Santo. Ese plural permite traducir el conjunto como ‘El  Alegato’ [1]
La forma es antifonal o dialogada: El improperante –Dios, Cristo– llama a capítulo a su pueblo y ante él va desgranando un rosario de reproches sobre este estribillo:

«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?
¿en qué te he agraviado? Respóndeme.»

Yo te saqué de Egipto, tú a cambio has crucificado a tu Salvador.
Yo te guié por el desierto cuarenta años, alimentado con el maná, hasta la      tierra prometida. Tú en cambio…
¿Qué más debí hacer por ti, que no hice? Yo te planté, mi viña hermosa.   Pero tú te has vuelto agraz…

A cada reproche, el pueblo pide clemencia. Y cosa curiosa, lo hace en griego y en latín: «Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, eleison imás, miserere nobis, apiádate de nosotros».
Sobre estos improperios, cantados en su melopea gregoriana, se han lucido  grandes polifonistas como Palestrina o Victoria. El Popule meus de Tomás Luis de Victoria se canta de mil maneras. En el coro de mi colegio, con los altos de falsete y pocos tenores, los bajos éramos la voz cantante. Por esa razón me cuesta encontrar, entre tantas versiones, ‘la mía’.  
 Algunos han querido ver en los Improperios un alegato antijudío. Es verdad que en la liturgia no han faltado piezas y expresiones con carga antisemita. Pero no es el caso, creo yo; o al menos no hay aquí más antisemitismo que el que pueda haber en la Biblia Hebrea, pues los Improperios están calcados en un texto de Miqueas (6: 4 y sigs). Con un detalle que me interesa destacar, ya que en nuestras traducciones pasa desapercibido. En hebreo Dios no dice, «pueblo mío… respóndeme», sino literalmente «responde conmigo» (‘aneh bî), es decir, ‘defiéndete’, o incluso ‘denúnciame’, ‘reclama’ [2].
Y es que esta parte del libro de Miqueas, en el colmo de la sátira, se abre con una querella de Dios citando a su pueblo a juicio, sólo que cambiados los papeles: ellos, el pueblo, como los eternos agraviados, acreedores de una deuda impagable, pretexto para todo suerte de desaires de la buena gente a su deudor Yahweh. ¿Nos va sonando de algo, o todavía no?
Perplejo el Buen Dios, como de igual a igual, les pone pleito o ‘baraja’… ¿ante quién? Ante el paisaje natural, ante el orbe terráqueo. Y este es el pregón [3]:

Oíd agora lo que Adonay dize:
Levántate, baraja delante de los montes,
y oigan las cuestas tu voz.
Oíd, montes, la baraja de Adonay [4],
y los fuertes cimientos de la tierra,
porque Adonay tiene baraja con su pueblo,
y con Israel se razonará:
Pueblo mío, ¿qué te hize?
¿y con qué te cansé? ¡Atestigua contra mí!

Estamos como digo en el cap. 6 de Miqueas. Segunda parte, de tres, nos advierten los analistas de este librito bíblico, que se lee todo él cómodamente en un cuarto de hora.
Miqueas fue un profeta judío del siglo VIII a. de C., algo más joven que Isaías, al que en cierto modo hace contrapunto. Isaías es un profeta cortesano. Miqueas, a sólo 20 leguas de la capital, Jerusalén, es un provinciano en trato directo con la masa rural. A ésta dedica sobre todo el panfleto de los improperios.
Tengo una fijación, lo confieso: cada vez que sale a plaza el victimismo nacionalista –y mira que últimamente sale mucho–, me acuerdo de los dichosos  improperios.  Aun no se había muerto Franco del todo, y ya aquel tan «atado y bien atado» petate que él nos legó se suelta solo, y lo que de él va saliendo son los artículos de una Constitución que es la negación de casi toda la obra del Caudillo. Casi toda. Se respetó la monarquía sin chistar; y aunque en principio también se salvó la España Una, ésta ya con la novedad de las Autonomías.
Este invento era como la cuadratura del círculo.  Contentar a todos repartiendo parcelas de libertad, y a la vez molestar a todos, haciendo las parcelas desiguales, privilegiando a ciertas autonomías. Con estas comunidades ‘históricas’ de clase preferente se extremó la consideración y el mimo, manipulando la representatividad democrática, de modo que sus aspiraciones políticas fuesen viables, aun las más audaces. Y eso no sólo dentro de sus territorios respectivos, sino con efecto para todo el  Estado Español.
No es preciso seguir. Tales reliquias medievales en el siglo XX eran un agravio comparativo y un lastre. Pero lo que se reveló mucho más grave (con ser gravísimo lo dicho), sin esperanza alguna de saciar el apetito de los privilegiados. Como dice la Escritura –‘Palabras de Agur’, en Proverbios, 30: 15-16–:

«La sanguijuela tiene dos hijas: ‘Daca’,  ‘Daca’.

Tres cosas hay insaciables,
cuatro que no dicen basta:
sepulcro, vulva mañera,
y tierra sedienta de agua,
más el fuego, que no les va en zaga.»

La Biblia se expresa aquí en proverbios o refranes, pero se explica divinamente.
Volviendo ahora a nuestro Miqueas, resulta que el libro en su primera parte es otro panfleto igualmente en forma de juicio, aunque diferente. Aquí es Dios el que baja en pompa al país, no a querellarse con el pueblo, sino a pedir cuentas a sus clases privilegiadas, que atentas al poder y al expolio descuidaron el liderazgo.
Aquí entraban la aristocracia y el clero, pero sobre todo, para Miqueas, la clase política profesional de entonces: los llamados ‘profetas’, divididos en ‘escuelas’ a modo de nuestros modernos partidos políticos.
Todos estos eran los responsables directos de la quiebra y el desastre. ¿Su crimen? Miqueas lo pinta en dos brochazos, como una carnicería y banquete de caníbales devorando al pueblo. Insaciables, una vez consumida la carne magra la emprenden con los despojos y la casquería, roen la piel, se monda y se chupa hasta el último hueso.
Despilfarro, rapiña, promesas falsas… Porque de eso se trata (cap. 3). Miqueas no es ningún predicador moralista tonante contra las costumbres de los ricos y las ricas. El pecado de los grandes se llama mezquindad, codicia, cortedad de miras, dejación de liderazgo auténtico, prostituido a expolio y demagogia.
Ni que decirlo, esa sociedad va al desastre. ¿Adivinamos por dónde empieza? Pensemos un poco. O bien, recordemos el título de la entrada anterior: Caligo futuri.
En efecto, así es. Se empezó mintiendo en las cuentas, los cálculos, las previsiones…:

«‘Todo va bien’, decían mientras se llenaban los bolsillos; y si alguien se resistía o les llevaba la contraria, esa era el enemigo del país, y le declaraban la guerra santa.» (3: 5)

El resultado es un apagón de los oráculos, con el esperpento de unos invidentes trazando el camino con el bastón del ciego: «Pasó con Samaria, que hoy se ara como un campo, y pasará con Judea. Por vuestra culpa, Jerusalén será un montón de piedras, con el Monte del Templo asomando entre la maleza.»
Así concluye el capítulo 3 y primer auto de un juicio sin apelación, sin esperanza.
Hay que saltarse los capítulos 4 y 5 para ir directamente al capítulo 6, el auto segundo que hemos visto. ¿Cómo así? Una mano piadosa, pensando sin duda que con tres capítulos ya está bien de calamidades, enmendó la plana al profeta anticipando un final feliz. Porque como ocurre en tantas profecías bíblicas, el Miqueas que nos ha llegado tiene su colorín colorado, con contrición y lágrimas y perdón divino. Y como digo, de ese final se trajo aquí, a mitad de la historia, un corta y pega, valiente chapuza.
Lo del final feliz –siempre al final, obviamente– tiene su lógica en la Biblia si, después de todo, el Señor no desea quedarse sin pueblo, sin clientela. Por tanto, queridos hermanos, la profecía concluye con un rescate en toda regla.
Un rescate donde, de entrada, Dios aporta el capital más valioso para cualquier país: un líder carismático, un mesías [5]. Cuidado, pues. Se trata de una profecía bíblica, religiosa, y nuestro mundo laico no está tan seguro de «promesas juradas a nuestros padres desde los días antiguos». No somos antisemitas, pero tampoco somos todos judíos.
Y aunque lo fuésemos. Porque, en segundo lugar, ese rescate así leído en un pis-pas, con mesías y todo, no es tan simple, ni rápido, ni hacedero. Está  condicionado a un escarmiento de la gente, un cambio general de mentalidad. En suma, que nada sale gratis a nadie, ni siquiera a los pueblos elegidos.
Compréndase ahora por qué me acuerdo tanto de los Improperios y de Miqueas:

       Mirando la sonrisa fenicia de un Arturo Mas, tan satisfecho no se sabe bien de qué futuro de su Camelotaluña, que él augura...
Mirando a los ojos de un Mariano Rajoy pidiendo luces, mientras  medita improperios (temibles como suyos) contra el muy honorable Augur Mas...
Mirando a los otros visionarios que nos rasgan el velo del porvenir: a un Ruiz Gallardón, que ya nos ve fuera del euro si Cataluña se nos va (al euro, se supone), mientras García-Margallo pronostica que nosotros corremos con el gasto del viaje, más los alcances del Mas…
Si a tan buenos creyentes los profetas bíblicos les inspiran tan poco, pueda este curioso dubitativo escrutar las Escrituras, espigando lo que tienen de sabio y de humano. Otra vez fue Qoheleth, el Charlatán.  Hoy ha tocado Miqueas, que tal parece estuviese profetizando de nosotros: 
España crucificada sobre un Calvario de ruinas: «Pueblo mío Cataluña, Pueblo Vasco, ¿qué te he hecho yo? ¿en qué te he ofendido? ¡Responde!...»
Así de paso aprendemos a improperar a quienes son tan sosos improperando.

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[1] En el DRAE, el improperio lleva carga de ‘injuria grave’, «especialmente la que se emplea para echar a alguien en cara algo». En el Diccionario de Autoridades, dejándolo en simple ‘injuria’ y con cita del Doctor Navarro (Martín de Azpilcueta), se recogía el matiz de «dar en rostro a uno, con algún bien que se le hizo estando en alguna necesidad». Es referencia evidente a los Improperios de la liturgia.
[2] «Atestigua contra mí», en traducción al ladino aljamiado. Uso la edición de Constantinopla, Estampería de A. H. Boyagián, 1873, 2: 254b. Cfr. Introducción a la Biblia de Ferrara (I. M. Hassán, ed. y coord.), Siruela, 1994, págs. 405-408; ver facsímil en pág. 406.
[3] Según la misma traducción en ladino. Baraja, barajar, son palabras del castellano antiguo que se han conservado en ladino, con la acepción de ‘altercado’, ‘querellarse’. En DRA hay que ir hasta la acepción última de barajar para encontrar: «13. (intr.) reñir, altercar o contender con otros»; y para baraja lo mismo, aunque con menos propiedad: «3. f.  riña, contienda o reyerta entre varias personas. U. m. e. pl.» (?). ¿A qué viene esa exigencia de pluralidad, si para reñir dos se bastan?
[4] Adonay (el Señor) reemplaza en la traducción al tetragrama YHWH para evitar así nombrarle, según la tradición judía, respetada también por los LXX traductores al griego y por los cristianos.
 [5] A propósito de ese mesías salido del pueblo, Miqueas tuvo un detalle al que debe su popularidad, y es que para figurarlo como un segundo rey David, le hace natural de Belén (5: 2), cosa que los cristianos tomaron al pie de la letra (Mateo, 2: 6).



miércoles, 3 de octubre de 2012

‘Caligo futuri’




Es una de mis etiquetas favoritas, la primera que se me ocurrió para este blog. Es de Juvenal [1]:

                                       … Delphis oracula cessant,
                 et genus humanum damnat caligo futuri

                                      (... en Delfos los oráculos cesan,
                y al género humano daña cerrazón de futuro)

Ya antes Lucano se había quejado de lo mismo [2]:

                 Nuestro tiempo carece del mayor de los dones divinos:
                 la sede de Delfos, desde que calló.
               

Hacia la época de Augusto, a la vez que cundía la superstición más crasa, se registra un fenómeno desconcertante: los oráculos de prestigio cierran.  No sólo Delfos, también el Zeus de Dodona, en el Epiro, había echado el candado y otros hacían lo mismo, según Estrabón. Hacia fines del siglo I ya sólo funcionaban dos o tres en Grecia, según Plutarco. A Plutarco le preocupa el mutismo délfico por ser él mismo un alto empleado de la casa, y dedicó un par de ensayos a investigar el problema. Uno titulado así: El cese de los oráculos [3] .
Este opúsculo plutarquiano es notable por su naturalismo teológico. En cada oráculo se expresa un numen local (dios o demonio) dotado de facultad adivinatoria. Como parte que son de la Naturaleza, esos seres están sujetos a mudanza y, como cualquier otro fenómeno natural, lo mismo que aparecieron se eclipsan y llegan a extinguirse, ni más ni menos que las fuentes y ríos, las vetas minerales o las especies vivientes etc.
A los nuevos apologistas cristianos esta explicación les vino de perlas, pues confirmaba  lo que ellos ya sabían: los supuestos númenes que hablaban en los oráculos eran en realidad demonios camuflados, que aplicaban su sagacidad para mantener embaucada a su clientela pagana. Además, aquel silencio oracular se produce a la venida de Cristo: nada de coincidencia casual, sino relación de efecto a causa, enmudeciendo los demonios ante el poder del Verbo encarnado [4].
Ahora bien, lo embarazoso para esta tesis fue que el remedio era peor que la enfermedad. El vacío de unos oráculos oficiales –y por tanto bajo control de calidad y de número– lo llenaron con creces desaprensivos de todo género, pululando por cada esquina del Imperio el top manta adivinatorio sin garantía alguna. Astrólogos, judíos disfrazados de caldeos, charlatanes a porfía haciendo el gran negocio. Las incógnitas del porvenir nos asustan, y el hombre asustado es de lo más crédulo.  De eso se ríe Juvenal.
Hoy no creemos, no deberíamos creer en agüeros, oráculos o números mágicos. Para penetrar en el futuro disponemos de sondas más científicas, con base en la conjetura y predicción estadística. Habrá hipótesis en pugna, pero no es lo mismo que palos de ciego. Estos son nuestros oráculos modernos, contra la incertidumbre insufrible. Por lo demás, nuestra fe en ellos poco tiene que envidiar a la de los clientes de las pitonisa o las sibilas. Somos los humanos de siempre.
Por desgracia, los nuevos ‘oráculos de la razón’ tienen un problema, como los antiguos: no se hacen oír. Y no es que callen, es que se pierden entre el vocerío de los modernos charlatanes, los demagogos. El resultado es el mismo.
«Los políticos estamos para resolver los problemas a la gente». Por favor, ¿quién no se va a fiar de unas personas tan entregadas y tan benéficas? Sobre todo, cuando aciertan sin remedio: «La actual coyuntura cambiará».
En este monipodio triunfa con ventaja una cofradía de pícaros, los del oráculo autocumplidero: «¿El futuro? Es todo tuyo. Tu futuro es lo que tú decidas.»

Romper España
Irrompible no es, eterna tampoco. Por eso hay  ‘Atlas de Historia’, porque todo lo político es caduco y mudable, imperios, estados, fronteras. Antes en esos cambios jugaba más el ‘enemigo’ exterior, aunque también hubo siempre conflictos civiles y descomposiciones internas. Algunos cambios han sido concordados y pacíficos. Antes eran los menos, hoy el ideal  es que todos deberían ser así.
Para muchos observadores de dentro y de fuera, España está en crisis. No entremos ahora en cómos y porqués, eso es el ayer. Lo que importa es el hoy y el mañana. ¿Qué hacer? ¿Rompemos España? El futuro es todo nuestro. Los unos para acá, los otros para allá, como en el soka-tira. Pero en conjunto, todo nuestro.
Los dos secesionismos pujantes que tenemos a mano no hablan de romper España, o de salirse ellos de España, pues ellos no se sienten españoles, no son España ni lo fueron nunca. En el imaginario del separatismo más radical, vasco o catalán, Vasconia y Cataluña son cuerpos extraños a España; pueblos anexionados por entuertos de la Historia, y que en este momento histórico se disponen a sacudirse el yugo y estrenar nueva era en independencia. Su caso ni siquiera se parece a la emancipación de las colonias hispano-americanas, donde los criollos reconocían en España a su metrópoli y hasta a la Madre Patria. 
Esa precisión no es sólo importante, es decisiva, pues de ella depende el procedimiento para salir del atolladero. 
La Constitución Española no contempla la eventualidad de secesión, dado que todo territorio incluido en las fronteras de España es parte integrante de un mismo ente de Derecho internacional, España. Más aún, la misma Carta en su art. 2º declara la Nación española «unidad indisoluble» –la misma condición y términos que la Iglesia Católica aplica al matrimonio canónico. Esto puede parecer excesivo, y seguro que lo es; pero ahí está mientras no se modifique. Lasciate ogni speranza.
A efectos de un supuesto derecho, llámese de autodeterminación o secesión, no vale hablar aquí de naciones, pueblos, razas, culturas o lenguas.  En lenguaje de las Naciones Unidas sí que cabe hablar de minorías (etnolingüísticas o del tipo que sea), con sus derechos como tales minorías, pero entre ellos no se incluye el derecho de  autodeterminación ni el de secesión.
Ahora bien, si hasta la Iglesia, a sus casados incompatibles les concede la separación, y a los efectos prácticos hasta el divorcio, en figura de nulidad matrimonial, también las unidades políticas en crisis de convivencia tienen que tener solución, a la manera del divorcio civil.
Sólo «a la manera», porque en el divorcio ambas partes por igual son titulares del derecho a la separación, como antes lo fueron para la unión. Cosa que no se da, como hemos visto, entre España y la parte o partes de ella  que plantean la secesión.
Por lo mismo, en caso de incompatibilidad y conflicto de coexistencia, el procedimiento no es ni puede ser una decisión unilateral, tanto para que una parte de ese todo se separe por sí misma, como para que una parte segregue a otra. Es un asunto que a todos compete y, en pura lógica democrática, entre todos se debe decidir. Y así tiene que ser, además, por cuanto que implica una reforma de la Constitución, que es cosa de todos y tiene su procedimiento constitucional.
Esto es lo que no entra en los planteamientos del separatismo radical. El separatista define su Vasconia o su Cataluña –territorio y gente incardinada en él– como un ente de Derecho Histórico, que nos viene dado, con su derecho y capacidad inmanente de autodeterminación respecto a su relación política con el otro ente llamado España. Por tanto, la autodeterminación es para ellos un derecho primario, inalienable, que a ser posible más vale ejercitar de mutuo acuerdo, pero en todo caso es factible de forma unilateral. El principal inconveniente de esa doctrina es que sus entelequias no tienen validez jurídica. 
Y es que todo presunto derecho necesita un sujeto titular. Y como titulares no valen ni los territorios ni las lenguas, pues no son personas. ¿Y los pueblos? En rigor, los pueblos tampoco; porque aunque constan de personas, los pueblos no son definibles  de manera unívoca e inequívoca.
 «Derechos del pueblo vasco, del pueblo de los vascos»: ¿y quiénes son los vascos? ¿son todos iguales en su vasquidad? ¿caben minorías dentro del pueblo vasco? Un colectivo político sujeto de derechos tiene que ser censable, y el pueblo vasco no es censable, al menos con criterios democráticos modernos.


Principio de fractalidad y libertad de integración
No hagas a otro lo que no quieres para ti, es uno de los pilares de la ética. No niegues a otros el derecho que pides para ti, no obligues a tus pares a someterse a tu criterio.
Si el derecho de autodeterminación o de secesión no existen aquí, y son figuras jurídicas que hay que crear en virtud de una lógica democrática preter-constitucional, eso implica por la misma lógica la fractalidad de esos derechos (minorías dentro de las minorías). La minoría que reclama derechos alegando que una mayoría le oprime, mal puede constituirse élla misma en mayoría opresora y negarlos a las minorías en su seno que se pronuncien en el mismo sentido. 
Fractalidad, ¿hasta dónde? En rigor, hasta donde sea viable en lo político. Históricamente han sido viables las ciudades-estados, las ciudades libres, es viable San Marino o Andorra. 
En el caso vasco tenemos, aquende los Pirineos, la realidad histórica de Navarra y la realidad jurídica de los Territorios Históricos que forman la CAV, sin contar otras divisiones que hubo en la Edad Media, con el problema añadido del llamado Iparralde, o sea los auténticos ‘vascos’ históricos modernos (basques), que forman parte de Francia.
Reformada la Constitución, de cara a una consulta ciudadana hay que determinar los ámbitos de la misma. ¿Euskal Herria en bloque? Eso no se le ocurre ni al abertzale más exaltado. ¿La CAV junto con Navarra? Puede; pero el ‘ámbito de decisión’ no lo decide a priori una Mesa Nacional ni un EBB. Tiene que ser Navarra por un lado, y por el otro la CAV, a menos que algún territorio histórico se signifique en términos atendibles para una consulta separada. Esto sería lo más aconsejable en las circunstancias actuales para los tres territorios, tan diferenciados. 
En suma, el nudo de la cuestión está en que quien puede llamar a consulta no son los vascos, no es el Pueblo Vasco, no es Euskal Herria . Y no porque se lo impida la Constitución, sino por algo muchos más elemental: porque como sujeto de ese derecho no existe Euskal Herria, no existe Pueblo Vasco. Sólo existe lo que figura en la Constitución, o sea Navarra por su lado, y una CAV por el suyo, con tres Territorios Históricos.
Lo dicho vale a su modo para Cataluña, que consta de cuatro provincias, pero donde por la misma equidad y fractalidad democrática habría que contemplar las pretensiones de un Valle de Arán, por ejemplo, bien a la independencia, o bien a no integrarse en un proyecto de Cataluña.
Pero si eso vale para Cataluña o para Vasconia, no es porque Vasconia ni Cataluña tengan algún derecho histórico especial que no asiste a las demás Comunidades de España. De hecho, la reforma constitucional debería enmendar la injusticia y  el error cometidos en la Transición democrática, con trato de favor a las Comunidades ‘Históricas’, en aquel reparto de ‘café para todos’ (aunque para algunos más cargado), devolviendo a todos la igualdad de los españoles ante la ley.
Los nacionalistas no quieren verlo así y actúan siempre ‘como si ya’ –como si el ente de ficción jurídica que ellos manejan fuese un sujeto real de derechos, con capacidad de tomar decisiones.
Por lo mismo, como si el conflicto fuese de igual a igual entre sujetos distintos –ellos frente al Estado–, los nacionalistas pretenden llamar la atención de la ‘Comunidad Internacional’, agenciando mediadores, observadores y a ser posible supervisores del proceso independentista. Eso sin perjuicio de amenazar con la declaración unilateral, si el Estado se resiste a su demanda.
Esa estrategia nacionalista del apremio se combina con otra que parece contraria, aunque no lo es: la estrategia dilatoria (‘marear la perdiz’). Es lógico. El nacionalismo juega al victimismo para sacar tajada, pero a la vez juega de farol cuando le conviene. De hecho cabe la posibilidad de que un referendum difícil o perdido ‘en casa’ se ganara ‘fuera’, por el fastidio del resto de los españoles («¡que se larguen de una vez y nos dejen  en paz!»).

El mejor derecho
A todo esto, los secesionistas no tiene reparo en atropellar otro  principio jurídico elemental: melior est conditio possidentis. El poseedor pacífico goza de mejor derecho. Para cambiar el orden establecido y el estado de cosas reconocido en Derecho nacional e internacional hacen falta razones más sólidas que si se dirime una cuestión mostrenca.
Los nacionalistas mantienen que su nacionalidad genuina es la vasca, y que la española les ha sido impuesta. Esto es una ficción uncida a una falacia. Todo nos viene impuesto, de un modo u otro: la familia, la oriundez, la lengua materna, el nombre y registro de nacimiento, y para lo que ahora nos ocupa, la nacionalidad española. Esos hechos surten efectos legales, y frente a ellos no vale apelar a unas raíces y una supuesta condición natural primigenia de pertenencia a un pueblo autóctono.
(¡Ah! también el físico nos viene impuesto, la dotación genética, el sexo, el coeficiente intelectual, el factor rH, el color de los ojos y del cabello... Si algo no nos satisface podemos intentar manipularlo, aprovechando que ahí la ley se mete menos.)
En el caso de Navarra nadie niega la realidad histórica de conquistas y anexiones, tanto expansivas como recesivas, y en particular la que más alega como apodíctica el separatismo: la conquista y anexión del reino de Navarra por Fernando el Católico de Aragón (1513/1515) y por Carlos I de España (1521-22).
En la misma línea de reclamaciones seudojurídicas, los separatistas insisten en la artificialidad y modernidad de España, mero agregado  de territorios y de pueblos en épocas relativamente cercanas, con especial acento en el carácter paccionado de la unión de las provincias vascas a la Corona de Castilla y de España.
A lo que hay que decir que eso está muy bien, y hasta puede que tenga su parte o su todo de verdad. Pero por desgracia para la causa separatista, hoy en día todo ello no tiene relevancia ni efecto jurídico alguno, dentro ni fuera de las fronteras de España. Nos guste o no, somos lo que dice nuestra partida de nacimiento, el DNI y el pasaporte.
Por eso, y por la gravedad del salto a la independencia –irreversible de suyo–, se suele admitir que no basta una corta mayoría para obligar a muchos a asumir el riesgo, siendo exigible una mayoría ‘calificada’. Ningún grupo político tiene derecho a arrogarse la portavocía y representación ajena, como tampoco a implicar la gente en sus intereses partidistas. Según eso, una abstención elevada no significa lo mismo en un referéndum o consulta nacional vinculante, que en la misma o parcida consulta ‘no vinculante’, realizada de forma ilegal por un líder separatista, aunque sea el presidente de una comunidad autónoma.

Saber lo que se decide
Hasta aquí la niebla del futuro político no es demasiado espesa. Ser, o no ser: a eso se reduce todo. 
Habrá cambio de la Constitución, a medida de los nacionalistas, aunque el cuerpo les pedirá quejarse de que no es bastante. Habrá consulta, seguro. ¿Cuándo? Cuando toque.
Más reñido será el enunciado de la consulta. Tan reñido, que casi por necesidad será un mal enunciado, y todos tan contentos/descontentos. Cuanto peor sea, mejor para la abstención. 
Mi bola de cristal dice que el voto será libre. Hacerlo obligatorio sería un golpe bajo al secesionismo, y el Estado no tiene altura moral para infligirles tamaña ofensa. De eso modo se equilibra la cosa. Los nacionalistas tocarán ‘sí’, y si a la primera no lo consiguen tendrán pretexto para seguir mareando con más denuedo. 
Porque nada obligará a distanciar las consultas. ¿Diez años? Ni hablar, el tiempo político es oro. Nuevos comicios, nueva consulta, hasta que lo que tiene que salir salga: By, by, España. Ahí es donde se abre el laberinto oscuro, con el país a tientas entre el guirigay de los políticos. Al menos en mi bola de cristal eso parece.
¿Y luego?... Valiente pregunta: la construcción nacional. Otro día seguimos jugando.

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         [1] Sátira VI, vv. 552-553.
[2] Non ullo saecula dono / nostra carent maiorem Deum, quam Delphica sedes, / quod siluit. (Farsalia, V, v. 111).
         [3] El otro es, Por qué la Pitonisa ya no pronuncia oráculos en verso.
[4] Apologistas: Justino, Tertuliano, Arnobio, Minucio Félix. Cfr- también Cipriano, Atanasio, Clemente de Alejandría, Eusebio... Frente a esa explicación, el Siglo de las Luces consagra la tesis de Van-Dale, protestante memnonita, para quien los oráculos se basaban en impostura de los sacerdotes. Le siguió Fontenelle, ‘refutado’ por el jesuita Balthus.



martes, 25 de septiembre de 2012

En Oña, ‘Monacatus’



       El año pasado el monasterio de San Salvador de Oña (Burgos) se hizo milenario (1011-2011). Esa efeméride lo hizo idóneo para ambientar nueva versión de ‘Las Edades del Hombre’, con título algo enigmático:  Monacatus [1]
        ¿Por qué Monacatus? No se me alcanza la intención del barbarismo –si es que la hay–, pues si el problema con Monachatus era la fonética, mejor ponerlo en castellano: Monacato.  La edición de ‘Las Edades’ del año pasado (2011, Medina del Campo / Medina de Rioseco) –sobre la Pasión de Cristo–  se tituló correctamente Passio, sin que a nadie se le ocurriese escribir Pasio. Es más, el reclamo decía así: «Passio - aPassiónate en las dos Medinas» De parecida veta vemos aquí, en Oña, un «MOÑACATUS».
       El monacato hoy en día no goza de gran predicamento social. ¿Tuvo más prestigio en otros tiempos? El papel de esa institución en la Historia ha sido enorme, y así raro sería no haber tenido detractores  y críticos. Razón de más para el envite al público, con una exposición temática de calidad, en el marco de un monasterio con solera, que por sí mismo es una atracción cultural y turística de primer orden.
       Ahora bien, ¿cumple esta exposición? La estadística diría que sí. Más de 100.000 visitantes en un trimestre, para una localidad tan a desmano como es Oña, es satisfactorio según la empresa.
        Pero la pregunta no va por ahí, sino por la adecuación entre lo que se promete y lo que se da, y cómo se da, de modo que el público en general se haga idea, o mejore la que tiene, de lo que ha sido el monacato en Occidente. Una realidad tan vasta como pretérita, de la que nos quedan insignes reliquias culturales, más una supervivencia casi simbólica, dedicada sobre todo a la preservación y el culto de su legado patrimonial.
       Y aquí observo que los diseñadores de Monacatus se han impuesto dos o tres limitaciones muy patentes:
       1. Una, la más explicable, haberse centrado de forma obsesiva en la espiritualidad monástica. En torno a ese eje se han agrupando aspectos formales de tal género de vida, su organización y programa del día a día. Queda fuera el monacato como empresa mundana, con sus aristas y sus facetas oscuras.
       2. La segunda, una visión sexista del monacato, representado por las distintas reglas y órdenes en su rama masculina, sin apenas mención de las ‘órdenes segundas’, las monjas.
       3. La tercera, más que limitación, es más una carencia o intento fallido. Los capítulos en que se articula la muestra de objetos con sus paneles expositivos no dan, a mi modo de ver, un hilo conductor lo bastante claro y pedagógico para que el simple laico de hoy se forme idea del monacato real histórico, más allá de una abstracción pía y edificante.
       Y no podía ser de otro modo, si hemos entrado con aquel mal pie de sublimarlo todo, mientras se ignora la cruda realidad de un monacato cargado de contradicciones, ya en su misma idea.  Despachar con un  destilado edulcorado y limpio de toda traza de alcaloide humano es faltar a la verdad del monacato.
       Esta crítica mía subjetiva no toca al interés o la calidad, pero ni siquiera al acierto del lugar y de la muestra seleccionada: conjunto de objetos materiales que vale la visita. Pero insisto, una cosa es el alarde de riquezas y de arte, otra el dotar a esa muestra de un sentido informativo que no se limite a una clientela devota, y cubra también las preocupaciones de otro público ajeno a la decantada ‘dimensión pastoral’.
       Es verdad que ‘Las Edades del Hombre’, en cada edición de la saga, ha ofrecido el respectivo y cumplido Catálogo, con sus buenas imágenes y fichas, más unos cuántos artículos generales. Está muy bien eso de poder llevarte a casa tales recordatorios, máxime si con razón o sin ella se prohíbe absolutamente hacer fotos y vídeos, como ocurre en Oña, salvo en el claustro del monasterio.
       Y aquí es donde se me podría decir que el catálogo Monacatus –siempre sin la hache– en su primera parte cubre esas carencias que noto. La réplica sería, entonces, qué tiene que ver toda esa información con la segunda parte y su programa en forma de capítulos propios. En suma, a qué viene esta mezcolanza de objetos, y más irónicamente, cuántos visitantes adquieren el catálogo.

Historia de Santa María Egipciaca 
Mural en San Salvador de Oña (h. 1370)

              Ideal y realidad
       El monaquismo cristiano, sea cual sea su origen, es todo él una paradoja. De entrada, los textos evangélicos supuestamente ‘fundacionales’ no se refieren al monacato. «Si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y ven, sígueme» (Mateo 19: 21 = Lucas 18: 22): he ahí la profesión de pobreza. «Hay eunucos auto castrados por la causa  del Reino de los Cielos» (Mateo 19: 12): he ahí el voto de castidad. Sólo que esos ‘consejos evangélicos’ no tratan de votos, de profesiones o de vida monástica. Es más, el voto definitivo del monacato, la obediencia al abad o a los superiores, ni se menciona en el Evangelio.
       Pero el ingenio en las familias monásticas ha sido fecundo. Los franciscanos en particular excedieron toda medida, hasta pretender que Cristo con los doce apóstoles y setenta y dos discípulos constituyeron una auténtica orden frailuna, mendicante para más señas. Más aún, ausentado el fundador, toda la comunidad cristiana se habría organizado a modo de terciarios franciscanos, con aquel comunismo de bienes y afectos que se describe en los Hechos de los Apóstoles (2: 44-47).
       Monje (monachus, μοναχός) significa literalmente ‘el que vive solo’, fuera de sociedad. El monje típico era el ermitaño o ‘habitante del yermo’. Un género de vida que,  para la cultura que incubó al cristianismo, era de fieras, no de seres humanos. La sociabilidad innata pronto transformó los eremitorios en cenobios, y la vida religiosa comunitaria se llamó monacato.
       Irrumpe en sociedad en la segunda mitad del siglo III, y  ya es notable que lo haga con tanto ruido, para ser un movimiento automarginado y silencioso en sus principios. De todas formas, las noticias del ‘primer monacato’ que nos han llegado sobre todo por san Atanasio están muy noveladas, y nada digamos de su imitador san Jerónimo.

       Huida del mundo, ¿por qué? ¿Terror a la persecución de Decio (250)? ¿Crisis económica? ¿Protesta contra un cristianismo corrupto? ¿Angustia escatológica, preparación para el fin del mundo? ¿Adaptación de formas de vida ya ensayadas en el judaísmo tardío: nazareos, piadosos, temerosos de Dios, esenios, terapeutas…? Todas las hipótesis caben.

       Frente a una sociedad esclava de convencionalismos y corruptelas, el monje automarginado, el anacoreta en su retiro, es el auténtico filósofo y hombre libre. Este icono propagandístico, de impronta cínica, causó sensación diletante y casi romántica entre las clases letradas del Imperio. Pero a efectos prácticos importa más el monaquismo cenobítico real organizado por san Pacomio y otros maestros de ascetismo en Egipto, sobre bases económicas serias y con estructura de corte cuasi militar.
       Muy pronto se da la bipolaridad o síndrome del ‘solitario en Babel’, cuando comunidades enteras, lejos de desentenderse del mundo, se aventuran a cambiarlo, generalmente por las buenas, pero sin excluir la violencia, llegado el caso. A veces los obispos les utilizan como fuerzas de agitación y choque, cosa lógica sobre todo donde los monasterios fueron seminarios de obispos. El colmo de la paradoja se da en la Edad Media con las órdenes militares, un monacato con vocación de violencia.
       En Occidente durante la Alta Edad Media (siglos V-XI) el monaquismo autóctono, espontáneo y autónomo se ve absorbido poco a poco por otro monacato institucional regular, más vigoroso, fomentado por la Iglesia y enriquecido por la nobleza. La regla de San Benito por poco no llega a copar el monopolio, seguida de lejos por la de San Agustín y algunas más.
       La llamada ‘crisis del Milenio’ coincide con el ascenso de Cluny, gran monasterio benedictino que es a la vez foco de reforma y de poder, como cabeza de toda una orden cluniacense, seminario de obispos y papas. Y como reforma llama a reforma, de aquella hipertrofia opulenta y decadente (benedictinos negros) se segrega Cister y su orden cisterciense (benedictinos blancos).
       Cluniacenses y cistercienses, dejando aparte sus méritos respectivos espirituales e intelectuales, aunque siguen una misma Regla de San Benito, adoptan economías muy diferentes: Los cluniacenses acumulan donaciones y limosnas a cuenta de sufragios, mientras que para los cistercienses el monasterio es autosuficiente por el trabajo, con excedentes mercantiles, sin descuidar por ello la nueva fuente de ingresos que eran los sufragios e indulgencias. De ahí la competencia y rivalidad entre las dos órdenes hermanas, tan opuestas, y no sólo por el color de los hábitos. Con todo, como suele ser, todos vinieron a para en lo mismo, en una sociedad clasista donde la promoción requería estudios, mientras el trabajo servil era cosa de siervos y plebeyos.
       Este es en sustancia el monacato  que contempla la exposición de Oña. El siglo XIII trajo una novedad revolucionaria. Lo esencial sigue igual –profesión, votos, regla, hábito, vida en común, clausura. Pero ya no hay casas autónomas ni abades perpetuos, sí en cambio más democracia. Los nuevos conventos son más abiertos, los religiosos reciben y salen a la calle, tratan con la gente y se hacen llamar ‘hermanos’ (fratres > frailes).  Dicen misa, confiesan, predican, enseñan, ayudan y son misioneros… ¡Ah! y no sólo aceptan regalos, como todo buen monje, sino que también piden y mendigan.
       De estas órdenes mendicantes –franciscanos, dominicos, carmelitas, agustinos etc.– se trata poco en Monacatus, cuyo polo de atención es el monacato benedictino.

       Luz y sombra
       La vida monástica tuvo amigos y enemigos, entusiastas y críticos, admiradores y burlones.  Los propios monjes han sido, de siempre, grandes propagandistas de lo suyo. Como también, paradójicamente, las peores difamaciones antimonásticas salieron de los monasterios, al chocar sus intereses y sus celos.
       Tal vez no sea esta la tribuna para ensalzar los méritos de la vida religiosa, que para eso está Monacatus, y no lo vamos a mejorar ni igualar.  Falta en cambio allí el contrapeso necesario, para que la gente entienda por que el monacato decayó y muchas órdenes se extinguieron, como es de ley en todo lo humano.
       El principal defecto que se achacó a los monjes, desde muy pronto, fue cierto narcisismo que les llevó a mirar su propio género de vida, no ya como ‘estado de perfección’ cristiana –que acaso lo sea, no entro en ello–, sino como un estatus de cristianos de primera clase, por encima de los seglares e incluso de los clérigos sin votos. Teóricos del monacato han comparado la profesión religiosa a un segundo bautismo, atribuyendo a las observancias y los hábitos una virtud de salvavidas y un seguro contra el siniestro total –la condenación eterna, del que carecen los seglares, auténtica carne de infierno.
       Para entender las luces y sombras del monacato, puede ser útil comparar las antiguas órdenes religiosas con algunas instituciones modernas relacionadas con el poder, el dinero y la captación de influencias y recursos: fundaciones, ONGes, pero sobre todo los partidos políticos. Es un campo vasto para investigar convergencias y puntos de coincidencia, posiblemente.

       La celda del monje
       Hay un punto de la exposición Monacatus, donde el visitante es invitado a visitar una ideal ‘celda monástica’. Es un espacio sugerente en su desnudez y carga simbólica. Aquí dentro de este cubo, el monje es auténtico solitario, con un catre y un ventanuco a la luz.
       Ahora bien, este monasterio de Oña se hizo benedictino cuando los monjes de esa regla no disponían de celda individual ni de intimidad propiamente dicha, orando, comiendo, durmiendo, leyendo, trabajando y defecando en espacios comunes.
       Sólo algunos monjes obtenían permiso para vivir aparte en ermitas. Por su parte, los cartujos y otros monjes siempre vivieron como ermitaños, cada uno en su apartamento o casita.
       La celda individual en los cenobios se generaliza en el XVI, y más pronto que tarde se van introduciendo mejoras y confort… salvo en las etapas de abandono, cuando el monje apenas era un huésped de paso en el monasterio. De aquel siglo era en Oña la ‘monjía’ «con sus 63 celdas provistas de alcoba, despacho y sala».
       De las celdas de Oña a finales del XVIII algo dejó escrito el jesuita Arzalluz, con datos y textos del monje fray Íñigo Guerra, que nos hacen verlas muy distintas de aquella otra celda imaginada [2]:

       «Entre las celdas existían cuatro que eran verdaderos palacios, con perjuicio de algunos a quienes se había despojado de la suya; y era éstos tan espléndidos, que el del Padre Maestro Rico… se podía comparar en magnificencia y lujo al del más poderoso Grande de España. Y estos palacios, claro está, no se hallaban vacíos. Además del lujoso mobiliario, abundaban en ellos los vinos generosos, dulces de toda clase, chocolates exquisitos etc.»
       «Las comidas extraordinarias en la celda… eran también muy frecuentes. Se iba introduciendo la costumbre de tener criado personal, y las expresiones “mi criado”, “la ración para mi criado”, sonaban a insolencia en los oídos del padre Guerra.»
       «La división de las rentas introducida por Cluny degenera lastimosamente, y comienza la costumbre de pagar a cada monje una pensión con que atienda a algunas de sus necesidades y se provea de vestido, despensa y rapé. Se generaliza el peculio, se trabaja para ganar…»
       «El padre maestro [de novicios] era “un muchacho que por su aspecto no se distingue de los novicios mismos”. Pretendió el cargo y se lo dieron, “sin haber dado pruebas de su idoneidad…”. Su ocupación “siempre fue aprender a tocar el violín, cuidar de su pajarera, pasearse y divertirse como uno de tantos, y pretender cuantos empleos vacaban”.»

       Un primer aviso ya sonó en 1809, cuando el rey intruso José I Bonaparte por decreto de 15 de agosto suprime las órdenes religiosos y cierra los monasterios y conventos.
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        [1] Monacatus, ‘Las Edades del Hombre’, Edición XVII, en el Monasterio de San Salvador de Oña, Burgos; 23 de mayo a 4 de noviembre 2012. Monacatus. Catálogo de la Exposición. José Enrique Martín Lozano (coord.). Valladolid, Fundación Las Edades de Hombre; Salamanca, Gráficas Varona; 2012, 492 págs.
       [2] Nemesio Arzalluz, S. J., El monasterio de Oña. Su arte y su historia. Burgos, Aldecoa, 1950.  No confundir a este jesuita con su más conocido  hermano, el político Xabier Arzalluz.