La liturgia de Pasión, en su programa catártico, ofrece un número especialmente incisivo: los ‘Improperios’, que preceden a la adoración de la Cruz.
Improperium es un término latino tardío y más bien raro, que de suyo significa ‘reproche’, y en el lenguaje eclesiástico, en plural (Improperia), vino a designar esa pieza que se canta el Viernes Santo. Ese plural permite traducir el conjunto como ‘El Alegato’ [1]
La forma es antifonal o dialogada: El improperante –Dios, Cristo– llama a capítulo a su pueblo y ante él va desgranando un rosario de reproches sobre este estribillo:
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?
¿en qué te he agraviado? Respóndeme.»
Yo te saqué de Egipto, tú a cambio has crucificado a tu Salvador.
Yo te guié por el desierto cuarenta años, alimentado con el maná, hasta la tierra prometida. Tú en cambio…
¿Qué más debí hacer por ti, que no hice? Yo te planté, mi viña hermosa. Pero tú te has vuelto agraz…
A cada reproche, el pueblo pide clemencia. Y cosa curiosa, lo hace en griego y en latín: «Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, eleison imás, miserere nobis, apiádate de nosotros».
Sobre estos improperios, cantados en su melopea gregoriana, se han lucido grandes polifonistas como Palestrina o Victoria. El Popule meus de Tomás Luis de Victoria se canta de mil maneras. En el coro de mi colegio, con los altos de falsete y pocos tenores, los bajos éramos la voz cantante. Por esa razón me cuesta encontrar, entre tantas versiones, ‘la mía’.
Algunos han querido ver en los Improperios un alegato antijudío. Es verdad que en la liturgia no han faltado piezas y expresiones con carga antisemita. Pero no es el caso, creo yo; o al menos no hay aquí más antisemitismo que el que pueda haber en la Biblia Hebrea, pues los Improperios están calcados en un texto de Miqueas (6: 4 y sigs). Con un detalle que me interesa destacar, ya que en nuestras traducciones pasa desapercibido. En hebreo Dios no dice, «pueblo mío… respóndeme», sino literalmente «responde conmigo» (‘aneh bî), es decir, ‘defiéndete’, o incluso ‘denúnciame’, ‘reclama’ [2].
Y es que esta parte del libro de Miqueas, en el colmo de la sátira, se abre con una querella de Dios citando a su pueblo a juicio, sólo que cambiados los papeles: ellos, el pueblo, como los eternos agraviados, acreedores de una deuda impagable, pretexto para todo suerte de desaires de la buena gente a su deudor Yahweh. ¿Nos va sonando de algo, o todavía no?
Perplejo el Buen Dios, como de igual a igual, les pone pleito o ‘baraja’… ¿ante quién? Ante el paisaje natural, ante el orbe terráqueo. Y este es el pregón [3]:
Oíd agora lo que Adonay dize:
Levántate, baraja delante de los montes,
y oigan las cuestas tu voz.
Oíd, montes, la baraja de Adonay [4],
y los fuertes cimientos de la tierra,
porque Adonay tiene baraja con su pueblo,
y con Israel se razonará:
Pueblo mío, ¿qué te hize?
¿y con qué te cansé? ¡Atestigua contra mí!
Estamos como digo en el cap. 6 de Miqueas. ‘Segunda parte, de tres’, nos advierten los analistas de este librito bíblico, que se lee todo él cómodamente en un cuarto de hora.
Miqueas fue un profeta judío del siglo VIII a. de C., algo más joven que Isaías, al que en cierto modo hace contrapunto. Isaías es un profeta cortesano. Miqueas, a sólo 20 leguas de la capital, Jerusalén, es un provinciano en trato directo con la masa rural. A ésta dedica sobre todo el panfleto de los improperios.
Tengo una fijación, lo confieso: cada vez que sale a plaza el victimismo nacionalista –y mira que últimamente sale mucho–, me acuerdo de los dichosos improperios. Aun no se había muerto Franco del todo, y ya aquel tan «atado y bien atado» petate que él nos legó se suelta solo, y lo que de él va saliendo son los artículos de una Constitución que es la negación de casi toda la obra del Caudillo. Casi toda. Se respetó la monarquía sin chistar; y aunque en principio también se salvó la España Una, ésta ya con la novedad de las Autonomías.
Este invento era como la cuadratura del círculo. Contentar a todos repartiendo parcelas de libertad, y a la vez molestar a todos, haciendo las parcelas desiguales, privilegiando a ciertas autonomías. Con estas comunidades ‘históricas’ de clase preferente se extremó la consideración y el mimo, manipulando la representatividad democrática, de modo que sus aspiraciones políticas fuesen viables, aun las más audaces. Y eso no sólo dentro de sus territorios respectivos, sino con efecto para todo el Estado Español.
No es preciso seguir. Tales reliquias medievales en el siglo XX eran un agravio comparativo y un lastre. Pero lo que se reveló mucho más grave (con ser gravísimo lo dicho), sin esperanza alguna de saciar el apetito de los privilegiados. Como dice la Escritura –‘Palabras de Agur’, en Proverbios, 30: 15-16–:
«La sanguijuela tiene dos hijas: ‘Daca’, ‘Daca’.
Tres cosas hay insaciables,
cuatro que no dicen basta:
sepulcro, vulva mañera,
y tierra sedienta de agua,
más el fuego, que no les va en zaga.»
La Biblia se expresa aquí en proverbios o refranes, pero se explica divinamente.
Volviendo ahora a nuestro Miqueas, resulta que el libro en su primera parte es otro panfleto igualmente en forma de juicio, aunque diferente. Aquí es Dios el que baja en pompa al país, no a querellarse con el pueblo, sino a pedir cuentas a sus clases privilegiadas, que atentas al poder y al expolio descuidaron el liderazgo.
Aquí entraban la aristocracia y el clero, pero sobre todo, para Miqueas, la clase política profesional de entonces: los llamados ‘profetas’, divididos en ‘escuelas’ a modo de nuestros modernos partidos políticos.
Todos estos eran los responsables directos de la quiebra y el desastre. ¿Su crimen? Miqueas lo pinta en dos brochazos, como una carnicería y banquete de caníbales devorando al pueblo. Insaciables, una vez consumida la carne magra la emprenden con los despojos y la casquería, roen la piel, se monda y se chupa hasta el último hueso.
Despilfarro, rapiña, promesas falsas… Porque de eso se trata (cap. 3). Miqueas no es ningún predicador moralista tonante contra las costumbres de los ricos y las ricas. El pecado de los grandes se llama mezquindad, codicia, cortedad de miras, dejación de liderazgo auténtico, prostituido a expolio y demagogia.
Ni que decirlo, esa sociedad va al desastre. ¿Adivinamos por dónde empieza? Pensemos un poco. O bien, recordemos el título de la entrada anterior: Caligo futuri.
En efecto, así es. Se empezó mintiendo en las cuentas, los cálculos, las previsiones…:
«‘Todo va bien’, decían mientras se llenaban los bolsillos; y si alguien se resistía o les llevaba la contraria, esa era el enemigo del país, y le declaraban la guerra santa.» (3: 5)
El resultado es un apagón de los oráculos, con el esperpento de unos invidentes trazando el camino con el bastón del ciego: «Pasó con Samaria, que hoy se ara como un campo, y pasará con Judea. Por vuestra culpa, Jerusalén será un montón de piedras, con el Monte del Templo asomando entre la maleza.»
Así concluye el capítulo 3 y primer auto de un juicio sin apelación, sin esperanza.
Hay que saltarse los capítulos 4 y 5 para ir directamente al capítulo 6, el auto segundo que hemos visto. ¿Cómo así? Una mano piadosa, pensando sin duda que con tres capítulos ya está bien de calamidades, enmendó la plana al profeta anticipando un final feliz. Porque como ocurre en tantas profecías bíblicas, el Miqueas que nos ha llegado tiene su colorín colorado, con contrición y lágrimas y perdón divino. Y como digo, de ese final se trajo aquí, a mitad de la historia, un corta y pega, valiente chapuza.
Lo del final feliz –siempre al final, obviamente– tiene su lógica en la Biblia si, después de todo, el Señor no desea quedarse sin pueblo, sin clientela. Por tanto, queridos hermanos, la profecía concluye con un rescate en toda regla.
Un rescate donde, de entrada, Dios aporta el capital más valioso para cualquier país: un líder carismático, un mesías [5]. Cuidado, pues. Se trata de una profecía bíblica, religiosa, y nuestro mundo laico no está tan seguro de «promesas juradas a nuestros padres desde los días antiguos». No somos antisemitas, pero tampoco somos todos judíos.
Y aunque lo fuésemos. Porque, en segundo lugar, ese rescate así leído en un pis-pas, con mesías y todo, no es tan simple, ni rápido, ni hacedero. Está condicionado a un escarmiento de la gente, un cambio general de mentalidad. En suma, que nada sale gratis a nadie, ni siquiera a los pueblos elegidos.
Compréndase ahora por qué me acuerdo tanto de los Improperios y de Miqueas:
Mirando la sonrisa fenicia de un Arturo Mas, tan satisfecho no se sabe bien de qué futuro de su Camelotaluña, que él augura...
Mirando a los ojos de un Mariano Rajoy pidiendo luces, mientras medita improperios (temibles como suyos) contra el muy honorable Augur Mas...
Mirando a los otros visionarios que nos rasgan el velo del porvenir: a un Ruiz Gallardón, que ya nos ve fuera del euro si Cataluña se nos va (al euro, se supone), mientras García-Margallo pronostica que nosotros corremos con el gasto del viaje, más los alcances del Mas…
Si a tan buenos creyentes los profetas bíblicos les inspiran tan poco, pueda este curioso dubitativo escrutar las Escrituras, espigando lo que tienen de sabio y de humano. Otra vez fue Qoheleth, el Charlatán. Hoy ha tocado Miqueas, que tal parece estuviese profetizando de nosotros:
España crucificada sobre un Calvario de ruinas: «Pueblo
mío Cataluña, Pueblo Vasco, ¿qué te he hecho yo? ¿en qué te he ofendido? ¡Responde!...»
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Así de paso aprendemos a improperar a quienes son tan
sosos improperando.
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[1] En el DRAE, el improperio lleva carga de ‘injuria grave’, «especialmente la que se emplea para echar a alguien en cara algo». En el Diccionario de Autoridades, dejándolo en simple ‘injuria’ y con cita del Doctor Navarro (Martín de Azpilcueta), se recogía el matiz de «dar en rostro a uno, con algún bien que se le hizo estando en alguna necesidad». Es referencia evidente a los Improperios de la liturgia.
[2] «Atestigua contra mí», en traducción al ladino aljamiado. Uso la edición de Constantinopla, Estampería de A. H. Boyagián, 1873, 2: 254b. Cfr. Introducción a la Biblia de Ferrara (I. M. Hassán, ed. y coord.), Siruela, 1994, págs. 405-408; ver facsímil en pág. 406.
[3] Según la misma traducción en ladino. Baraja, barajar, son palabras del castellano antiguo que se han conservado en ladino, con la acepción de ‘altercado’, ‘querellarse’. En DRA hay que ir hasta la acepción última de barajar para encontrar: «13. (intr.) reñir, altercar o contender con otros»; y para baraja lo mismo, aunque con menos propiedad: «3. f. riña, contienda o reyerta entre varias personas. U. m. e. pl.» (?). ¿A qué viene esa exigencia de pluralidad, si para reñir dos se bastan?
[4] Adonay (el Señor) reemplaza en la traducción al tetragrama YHWH para evitar así nombrarle, según la tradición judía, respetada también por los LXX traductores al griego y por los cristianos.
[5] A propósito de ese mesías salido del pueblo, Miqueas tuvo un detalle al que debe su popularidad, y es que para figurarlo como un segundo rey David, le hace natural de Belén (5: 2), cosa que los cristianos tomaron al pie de la letra (Mateo, 2: 6).








