miércoles, 12 de septiembre de 2012

Basso ostinato





                                        A mi admirado amigo Benjamingrullo

El domingo 2 de septiembre, como coda de un veraniego Festival de Cine monográfico, ‘Los Malos de Película’, ofrecido en Argos –la bitácora del capitán Santiago González–, abría Benjamingrullo una miniserie de artículos magistrales bajo el lema ‘Los otros malos’, con (hasta ahora) los siguientes títulos:
1. Los otros malos, I (Introducción)

Des sol a sol, a puerta franca, Bg trabaja en su propio taller y oficina de investigación sobre su tema sociológico preferido: ‘Identidad’ [1]. Con especial querencia, aunque no exclusiva, por los modelos identitarios nacionalistas. Un alarde de  dialéctica y buena escritura, aunque también descubre su punto débil. Es cuando se refiere a

«la estupidez mimética, que ni siquiera es genuina, sino gregaria porque está fundamentada en el instinto de pertenencia» (‘Los otros malos, I’)

Marco el adjetivo genuina por ambiguo y tal vez contradictorio. Lo gregario no quita lo genuino, en el doble sentido de ‘estupidez genuina’ y ‘estupidez fundada en el instinto de pertenencia’. Genuino nunca se opone a institivo o natural, todo lo contrario.
Pero no me he puesto a disecar tesis que me atraen y en buena parte comparto. ¿Qué digo, comparto? Yo mismo me veo incluido en una afiliación identitaria. El ‘sabio Belosticalle’ –como dicen por chufla algunos amigos– tiene que jugar a tal, con toda la servidumbre y riesgo que comporta la mimesis de ese riguroso gremio sapiencial de la estricta observancia: saber siempre de lo que se habla, callar cuando se ignora, y en brete de necedad jamás abrir el pico y disipar la duda. Justo lo contrario a mi instinto natural y a lo que practico en la vida real, cuando estoy fuera de servicio y de la disciplina del arcano o seudónimo. Una bipolaridad nada cómoda, lo juro, y lo demuestran mis violaciones obstinadas de la regla.
El motivo de mi entrada de hoy es aprovechar que el Pisuerga no pasa por Soria para disfrutar con música concertante en compañía.  Los artículo in crescendo de Bg alcanzaron el sábado 8 un clímax esperable con los  bodyboinas, con intervenciones de Jon Juaristi y de Sursum corda!...; las que unidas al autor en sus réplicas, más la voz blanca de Catalina, me dieron pie a esta metáfora lírica:


«La escritura Benjamín Grullo – Sursum Corda – Catalina – Jon Juaristi, una vez leída en sucesión, la releo como voces de una partitura, y es así como le saco más gusto y provecho:

Catalina, soprano
       Jon Juaristi, tenor
       Sursum corda!, barítono
       Benjamingrullo, basso ostinato 
»

A lo que replicó el último aludido:  «Don Belosti, lo de Ostinato se lo guardo.»
¿Amenaza velada? Por la que pueda tronar, mejor adelantarme con un rito de apaciguamiento, dejando claro que, en la metáfora musical, lo de  ‘bajo obstinado’ no es reproche. Muy al contrario, entre mis piezas preferidas, algunas ocupan lugares de primera gracias al ostinato, y mejor si lo lleva el bajo.
Qué sería la música sin canon e inversión, sin motivos y contramotivos, retornelos, da capos…; y por supuesto, sin ostinatos. Variación en todas sus formas, arquitectura modular: eso es la Música. Quitádselo a Bach y no hay Bach. Las piezas divagantes pronto aburren, donde nada se recuerda ni se anticipa, y que  sólo te enteras de que han concluido cuando el director se vuelve al público mendigando la ovación.

¿Por dónde empezamos?
Tras la tocata o fanfarria que hemos escuchado del Orfeo –mucho más eficaz que los tres avisos de timbre  para llamar e imponer silencio al auditorio–, teatralizada por Jordi Savalla y su gente, entramos en materia con el Canon de Pachelbel. Esta versión para tres guitarras está muy bien para hacernos idea de lo que es bajo obstinado:



       Atrapada la cual, ya no se nos escapa y la seguimos reconociendo en ejecución mas brillante y barroca. A los caballeros, cuidado, no nos distraiga en exceso la bella de la blusa roja:




       Chacona, folía, bolero, son sólo algunas de las muchas formas musicales con base en el ostinato. Como ‘La Folía’ por excelencia,  de Martín y Coll, aquí otra vez con don Jordi:



       Monteverdi de nuevo. Magistral bajo obstinado en Laetatus sum, salmo gradual de las ‘Vísperas de la Virgen’. (Más despacio me gusta más. Lo mismo le pasaba a Ravel con su propio Bolero, cuando lo dirigía Toscanini.):


       
       «La fuerza humana más revolucionaria: el aburrimiento»
       Un profe que tuve de Historia del Pensamiento solía decir (sin pretensión de original) que los filósofos nos convencen, más que por filósofos, por pelmas. Tienen una idea, la formulan, le dan vueltas y más vueltas, la repiten, la retocan, la reformulan y otra vez da capo. Así hacen discípulos y hacen escuela, dedicada al culto del maestro y de su tema. Pues bien, la obstinación musical puede cobrar proporciones hasta competir con la filosófica muy dignamente. Es lo que ocurre en la forma llamada punto de órgano.
       Aquí propongo que oigamos –alguno quizá por vez primera– a un maestro célebre del siglo XIII en Notre Dame de París, que por algo le llamaron Perotino el Grande. Nótese su obstinación, casi diríamos benjamingrullesca, en este Punto de órgano triple sobre un Aleluya gregoriano. Verán que, aunque rudimentario y simple, no es lo que se dice  la flauta de Bartolo. Adelante, maestro:




       Mas, como bien ha escrito Benjamingrullo, la flauta de Barto…, perdón, la mayor fuerza revolucionaria –y reaccionaria, podríamos añadirle– es el aburrimiento, también llamado tedio o hastío, fruto de la repetición monótona. De modo que, así como maese Perotinus Magnus con sus tritonos y demás diablejos musicales  no es para todas horas, y su tiempo ya pasó, así también los filósofos y sus escuelas languidecen y otras les suceden, gracias a tan paradójico motor del cambio en el pensamiento: el tedio de lo viejo cuando va uncido a la curiosidad por lo nuevo.

       No aburro más. Hasta aquí mi modesto obsequio a la diosa Obstinación, la bien aparecida que se me revela en un amigo al que siempre me agrada leer, esta vez en contrapunto. Entre dos muelas cordales nunca metas tus pulgares, aconseja el refrán. Con mayor razón, si son cuatro, y qué cuarteto. Maestro Juaristi en su tesitura habitual, siempre en clave de hechos, la obstinada memoria. Eso sí, el cantus firmus o voz cantante se lo atribuyo por esta vez a  Sursum, el barítono. Apreciación subjetiva de biólogo, eso es todo.  En cuanto a la dialéctica de Bg, valga para sugerir belleza potente este ‘Basso ostinato’ de R. Shchedrin: 



       Son textos en el Blog de Santiago González. Háganse un favor, vale la pena.
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[1] Cfr. su propio blog Benjamingrullo.





lunes, 3 de septiembre de 2012

Rentrée 2012


       El caso Bolinaga no tendría mayor relieve, de no inscribirse en la saga de ETA. Hasta por su lado trágico, la poco clara ‘etapa terminal’ del primero hace recordar la grotesca ‘agonía de ETA’, en cuanto a su duración indefinida.
       Su importancia le viene de sus posibilidades en el campo de la jurisprudencia, como eventual  ‘doctrina Bolinaga’, repitiendo lo de Parot, que también debutó como ‘caso’ y anécdota para elevarse a ‘doctrina’.
       Es lo que hábilmente pretende la Izquierda Abertzale, con la colaboración impagable de los más altos poderes públicos, en su extraña gestión técnica y mediática de un beneficio penitenciario estrepitoso.

       Como en las Termópilas
       La disolución de ETA y su entrega de las armas, en boca del Gobierno de España es un mantra de letanía que ya aburre por su incongruencia, si de veras la banda ha sido derrotada. También esto recuerda las Termópilas, con aquel cruce de comunicados entre Jerjes y Leónidas:
 πάλιν δ το Ξέρξου γράψαντος, ‘πέμψον τ πλα,’ ντέγραψε, ‘μολν λαβέ.’ 
 (Nuevo mensaje de Jerjes: «Entrega las armas». Respuesta: «Ven y las tomas») [1]
      Y es que antes el Gran Rey de Persia había escrito al reyezuelo de Esparta algo que sorprende por su paralelismo actual: 
«Si en vez de luchar contra el destino [2] te entiendes conmigo, puedes ser el monarca de toda Grecia.» 
       La respuesta de Leónidas según Plutarco es moralina hagiográfica, históricamente endeble: 
«Si tuvieses idea de lo que es decencia, no serías tan ambicioso de lo ajeno. Por mi parte, prefiero morir por Grecia a ser el monarca de todos los de mi raza.» [3]  
       Una salida como para hacer reír  a ETA y a los amos virtuales de Euscalerría, pero digna de meditación para el Ejecutivo y la Justicia de España.
       El aberzalismo en general reconocerá aquí sin dificultad el imperialismo español, ambicioso de dominar al Pueblo Vasco, si bien ETA nunca ha estado por el heroísmo a lo Leónidas y sus Trescientos. Y menos aún con la autoinmolación como alternativa al dominio político de todo el Pais Vasco.
       Lo que tiene su miga es la oferta de Jerjes-España, transportada en clave vasca: 
«ETA, ríndete, deja las armas, y yo te dejo libre el acceso al gobierno, no sólo de tu pequeña provincia y gente, sino de toda la CAV y el Pais Vasco-Navarro». 
       La victoria persa, en lo militar, estaba cantada. Aun así, la agonía de los Trescientos pudo haber durado bastante más de una semana, de no haber sido por Efialtes.
      Efialtes es un tópico ambiguo, sucedáneo mortal del deus ex machina, que interviene para soltar un nudo de  suspense, y de paso cumple función catártica, justificativa. Judas, por ejemplo: gracias a él, se captura a Jesús a tiempo para ajusticiarle, y esta circunstancia le convierte en el Cordero de Pascua.
       Hay Efialtes buenos y malos. En las Navas de Tolosa (1212) los cristianos tuvieron su Efialtes bueno, un ángel en figura de pastor –el misterioso Martín Alhaja–, que les llevó derechos al campamento de Miramamolín. El Efialtes de las Termópilas era también pastor, pero de la especie malvada, que ayudó al enemigo a rodear aquel paso honroso y atacar también por la retaguardia a los auxiliares de Esparta (él era de Tesalia).
       ¿Traición? O según se mire, pragmatismo, oportunismo, torpeza… De ahí cierta dificultad para poner nombre a nuestros Efialtes, los buenos y los malos: ¿Chusito, Currin, Rubalcaba, Yuste…? Donde no cabe duda es en la identificación de ‘Efialtes el Torpe’, que ha ido tomado nombre y apellidos de diferentes personalidades, avatarizándose últimamente en el Ministro del Interior, o en el Juez de Vigilancia Penitenciaria.

       Bolinaga y sus Trescientos 
       Para esta representación, nuestro teatrillo de las Termópilas luce el decorado de una cárcel con presos etarras en huelga de hambre. No exactamente ayuno, sólo hambre, y para algunos sólo buen apetito, mitigado con artículos de economato guardados bajo el colchón.
       Lidera el sainete Bolinaga, secundado al principio sólo por una treintena de internos, luego por otros más, con apoyo de aliados externos, hasta completar más o menos los Trescientos de Leónidas. Todo ello en el marco disciplinar de ETA sobre sus ‘presos políticos’, en su vía ortodoxa de excarcelación, frente a la ‘vía Nanclares’ que ofrece el Gobierno.
       La actuación personal del ex carcelero de Ortega Lara’ –como han dado en llamarle duró lo justo (8-22 de agosto) para dejar encarrilado el objetivo, sin poner en peligro su vida de enfermo.
       Obtenido de Instituciones Penitenciarias el beneficio del tercer grado, la libertad condicional era cosa hecha, pese a la oposición de la Fiscalía. Ante la cual, el juez titular Luis de Castro interrumpe sus vacaciones para practicar tal obra de misericordia como es visitar al preso en el hospital de San Sebastián, donde recibe tratamiento médico. Agosto, 28. La entrevista, de pocos minutos, no por breve dejó de ser jugosa, eficaz y altamente noticiable. En ella el recluso aleccionó a su juez: «Estoy enfermo. Cumpla usted la Ley».
       Lejos de ver en ello insolencia o desacato, el misericordioso Castro en un par de días ya tiene listo y emite el auto de libertad condicional.

       Un auto de fe ciega
       El auto ‘JESUS MARIA URIBECHEVARRIA (sic) BOLINAGA’, de 30 de agosto, es notable por más de un concepto.
       Todo el razonamiento jurídico se orienta a una conclusión transparente desde el principio. De hecho, ha sido objeto de una deconstrucción demoledora por parte de la Fiscalía de la misma Audiencia Nacional:
       Aplicación errónea del artículo legal clave en que se funda (art. 92 del Código Penal) –achaca el fiscal–; confusión de los preceptos a aplicar, alegación de precedentes incorrectos, dispensa arbitraria de requisitos por parte del reo, en virtud de la mera apreciación de su escasa peligrosidad y dificultad para delinquir, dado su estado físico. Ni la visita del juez al reo se libra de censura.
       Con qué convicción y nervio actúa este fiscal, después de lo visto ya no importa tanto. Se haga firme o no, el auto de Castro ahí queda, para testimonio de una actitud continuista respecto a ETA y sus presos.
       Uno no entiende de leyes, pero algo se le da la lectura. Al sentido, pues, me atengo. Por ejemplo, donde la ley habla de «la urgencia que el caso requiera», no entender «a todo meter, a toda mecha o a toda pastilla». Que es como se lo ha tomado el juez y se lo tomaría cualquier otro con ganas de despachar cuanto antes.
       Cuando el auto dice «el informe médico», no se entienda como conjunto de informes habidos, sino como el informe que, aunque viniendo sin firmar, ha sido el único tenido en consideración, ignorando otros que tal vez no coinciden con aquél, o incluso lo contradicen. Con todo, «no cabe duda de la imparcialidad y rigor de los facultativos», arguye Castro.
       Y cuando leo que un pronóstico médico adverso se mide por el baremo de una Circular de Centro, «haciendo, que en estos casos, la pena ya no cumpla la finalidad resocializadora que tiene atribuida y se considere su ejecución atentatoria a los principios de humanidad y dignidad de la persona, que tiene que predominar sobre cualquiera otra consideración legal, según reiterada doctrina de nuestro Tribunal Constitucional», no ya digo que no lo entiendo, sino que la frase en sí es initeligible, amén de ofensiva a la sintaxis. Y si de veras el TC dice y piensa lo resaltado en negrita, es preocupante.
       No puede extrañar que el auto haya irritado al Fiscal, aunque éste como tal no haya podido explicitar el porqué. El documento es un montaje de citas de libros para uso de presos y de sus abogados defensores; en especial de un Manual de ejecución penitenciaria, cap. 5, de una lenidad ‘progre’ que convierte en chicle todo hierro que toca [4]. Un ejemplo: 
«En principio, el artículo 196.2 RP está pensado esencialmente para los enfermos terminales. Sin embargo, el concepto de enfermo terminal no debe ser interpretado tan restrictivamente que pueda llegar a confundirse con enfermo agónico o cercano a la muerte… Se puede equiparar… a vivir en libertad esa ultima etapa de la vida que puede incluso tener larga duración; un vivir que es también convivir –el hombre como ser social desde los filósofos griegos–, en definitiva sentir la vida como convivencia y no como dependencia absoluta de otros. Pero además… » 
        Todo así. En estilo leguleyo, pasito a paso, de sofisma en sofisma, resulta que todos nacemos morituri terminales (bendito pecado original, felix culpa), y lo que nos resta de vida –nuestra terminalidad, q. D. g. p. m. a.– no es para que  la Justicia nos lo amargue con algo tan inhumano, tan indigno, como es la privación de libertad, aunque sea en prisiones de lujo. Además, 
«el último período de la vida de un ser humano es el más difícil de afrontar física y psíquicamente. Ello exige (sic) unas condiciones emocionales, materiales y personales (sic; ¿algún adjetivo más?) que son incompatibles con la situación de reclusión.» 
       En suma, según el auto: 
« El período terminal de la vida, (sic, coma) es un concepto indeterminado en cuanto a su duración que puede ser más o menos largo (sic).»
«No se puede interpretar enfermo grave e incurable con (sic) estado preagónico.» [5]
        Y como, por otra parte, lo de la reinserción social más parece un deber y responsabilidad de la sociedad que del propio delincuente, en llegando a esa ‘etapa terminal’ todo lo larga que Dios quiera, pues sanseacabó, allá él con su conciencia. En esta poza de buenismo se abreva el autor del auto Bolinaga.
       En defensa del mismo –del auto–, algunos sacan el axioma ‘in dubio pro reo’. Pero esa regla presupone otra inexcusable: en la duda, lo primero de lo primero es hacer todo lo posible para salir de ella. Sólo agotado ese requisito viene lo del beneficio de la duda. Y en el caso de Josu, hasta para los médicos su desmejoría ha sido efecto transitorio  de su huelga de hambre, y no un agravamiento en su enfermedad.
       Así el juez Castro bien pudo y debió ampliar y contrastar averiguaciones, si no le urgían otras prisas ajenas a la Medicina y al Derecho. ¿O es que su clarividencia ni siquiera abrigó dudas desde el principio sobre cuál iba a ser su decisión? ¿Pues qué esperaba oír en el hospital Donostia, que ya no supiese?
       No le extrañe, por tanto, que la gente haga un mohín escéptico. Es porque se acuerdan de otro enfermo, hace años igualmente gravísimo irreversible; el cual, una vez recobrada su ‘dignidad humana’ en forma de libertad condicional, con buen acuerdo aprovechó para ponerse a cubierto de la Ley. Y aunque por su mala salud de hierro ya no iba con él la obligación de reintegrarse en sociedad, él en su celo ciudadano lo hizo voluntariamente, pasando a ejercer la honrada profesión de taxista en la Gran Bretaña.
       Casualidad, De Juana era de la misma banda que Josu y que otra partida numerosa de presos que  ya reclaman el mismo beneficio, por el mismo motivo y con el mismo jaleo en la calle. Pues no sólo presionan las víctimas, señores Juez y Ministro, también del otro lado sufren ustedes presiones, aunque no parezcan sentirlas, volcados como están en afear a aquéllas su apetito de venganza.
       Y no es que las víctimas sean especialmente vengativas, ni que pidan el talión, cuando muchas de ellas ni siquiera desean la muerte u otro mal ni a sus peores enemigos. Es sólo que les haría maldita gracia, de aquí a unos años, ver a otro verdugo moribundo haciendo vida normal por ahí, sin haberse arrepentido ni resarcido por el daño causado. Pues eso: ¿a qué tantas prisas?
       Otro escrúpulo viene de la misma fe ciega que Castro expresa y reclama, en cuanto a la pretendida dificultad del reo para delinquir, que le hace poco o nada peligroso. Hombre, para pegar tiros y salir corriendo, o para vigilar a un secuestrado en un zulo durante meses, probablemente un canceroso incurable no sea el peón indicado. Pero es que la trama de ETA es muy compleja, con variedad de vidas y milagros, donde entran también los especialistas del espionaje y el chivatazo. Y en esto sí que un paciente desde su butaca en un balcón todavía puede prestar cierto servicio. Máxime si no ha dado muestra alguna de arrepentimiento.
       El que la banda haya dejado las armas no significa, señor Juez, que aquí nadie tenga que andar ya con la barba al hombro.  No seamos ingenuos, dicho sea con la venia y sin ánimo de señalar. 

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[1] Plutarco, Apotegmas lacónicos, 51,11.
[2] Literalmente, θεομαχεν, ‘guerrear contra el Dios’ (el divino Jerjes); o tal vez irónicamente, ‘guerrear a lo divino’, evocación de la Titanomaquia, que terminó en victoria total del panteón del Olimpo.
[3] Plutarco, ibíd. 51. 10.
[4] Julián Carlos Ríos, Manual de ejecución penitenciaria. 1998. Prólogo de Arturo Beltrán Núñez. (“Defenderse en Prisión”, sería el subtítulo. De hecho, el libro sigue en serie a otros del mismo autor: Aprender a defenderse en prisión, y Manual para la defensa de las personas presas). Se nota que no está escrito para fiscales, pero ¿para jueces?
[5] Auto 'Uribechevarria Bolinaga', Séptimo, c) y d).

domingo, 5 de agosto de 2012

Hoy, San Oswaldo



       De santos, de reyes, y  de santos reyes

       La Biblia , que repetidas veces aprovecha la ocasión de expresar antipatía hacia el sistema monárquico, tampoco se privó de hacer su crítica de la realeza, en un reparto dicotómico de sus reyes: los buenos y los malos. La vara de medirles fue la fidelidad a los preceptos de la divina Torah, que los reyes malos descuidan, hasta caer algunos en la idolatría.
       (Aquí entra incluso la figura ambigua de Salomón, el sabio y benemérito constructor del Templo. La salvación de Salomón in extremis fue un tópico para la especulación teológica patrística.)
       Modelos de buen rey son David, Ezequías y Josías. Los cuales, sin haber sido para los judíos figuras de veneración y culto, al modo de los santos cristianos, marcaron la pauta para una especialidad santoral cristiana: los santos reyes.

       «La santidad regia es una noción imprecisa»  (Robert Folz). Variable según épocas y culturas, cortada a medida individual cada vez que, por alguna razón inevitablemente política, una testa coronada fue declarada santa y modelo de santidad. Una santidad que, de entrada, ostenta una diferencia genérica: las santas reinas hacen papel de regias consortes y no lucen carisma de gobierno.

       «El santo rey es una creación de la hagiografía medieval» (R. F.). Esto es válido en cuanto a la categoría santoral: reyes, como hay santos obispos, abades, presbíteros, y santas viudas o arrepentidas. Sin embargo, en la condición regia concurre cierto carisma de santidad intrínseca, derivada de la unción y consagración, que al hacer sagrada e inviolable a la persona, al mismo tiempo la santifica, independientemente de sus virtudes o vicios personales. Una santidad paralela a la de los papas, todos ellos ‘Su Santidad’, así sean santos de verdad, personas morigeradas dentro de lo común, o grandes pecadores y criminales.

       El emperador Constantino –un auténtico criminal–, tuvo ya en vida tratamiento hagiográfico; fenómeno que se vio repetido  en el emperador Carlomagno, en atención a los servicios prestados a la Iglesia. De nuevo aquí la figura bíblica del ‘buen rey’, celoso y benemérito de la religión. Sin embargo, en la cultura cristiana es muy posible que se haya colado también el ‘algo divino’ del rey pagano; el ‘divo’ (divus), que en muchas mitologías entroncaba con los dioses y era objeto de apoteosis.
       Fuera de ese quid divinum, el santo rey es de suyo un laico que debajo de la púrpura ha podido llevar un sayal y cilicio sobre la carne mortal. Pero como tal  rey, se le supone o atribuye un ejercicio justo del poder delegado de Dios, y un reinado glorioso, o a lo menos discretamente aventajado sobre los enemigos de la Religión, exteriores e interiores. En España tenemos el paradigma tardío de San Fernando III, calcado en parte de su contempráneo y primo hermano San Luis IX de Francia, en el siglo XIII.  
       Ahora bien, dentre de la categoría de santo rey hallamos la subcategoría del rey mártir, contrapuesta a la del rey confesor. Ésta no plantea dificultad de concepto. En cambio, el rey mártir medieval nos resulta anacrónico, ya que la era clásica de los mártires, determinada por las persecuciones, quedó cerrada con la paz de Constantino (año 313). Desde entonces, el martirio ha sido un fenómeno circunstancial, difícilmente verificable en reyes cristianos.
       Pero además de anacrónico, el rey mártir resulta suspecto, en un contexto histórico cuando el regicidio era un método bastante común para acceder al trono, y la muerte de un rey en el campo de batalla entraba en los gajes del oficio.
       En la hagiografía regia, los casos contados y concretos de supuestos ‘mártires’ se refieren a muertes violentas, que por distintas razones se interpretaron como derramamiento de sangre por la causa de la fe, esto es, martirio. Cuestión de mentalidad: la simple eliminación física de un buen rey a manos de un enemigo más afortunado, o de un usurpador sin título ni derecho, pudo bastar para una exégesis del incidente en clave martirial.

       La figura del santo rey mártir es creación  ‘francesa’, desde san Segismundo rey de los burgundos (526-523), seguido de san Dagoberto II de Austrasia (676-679).
       De estos santos francos pasa el modelo a Inglaterra, donde los ejemplos más antiguos los hallamos en Northumbria. El primero de todos, san Oswaldo, el santo rey y mártir que hoy se celebra.
       Estas historias nos sitúan en la Gran Bretaña de la Heptarquía Anglosajona, reinos contemporáneos del reino visigótico de Toledo (siglos VI-VII).

       Hagiografía monástica

       Si la Biblia la escriben hagiógrafos, aquí los escritores suelen ser monjes, prosificadores de la pequeña épica de los bardos, más algún aporte suyo documental de interés para el convento.
       En la Gran Bretaña de entonces se va imponiendo el cristianismo. Una iglesia  de hechura monacal, organizada por ascetas gaélicos proselitistas (auténticos misioneros) trata de ganarse a las etnias, sobre todo a través de sus familias nobles. Ser cristiano daba prestigio.


       Northumbria –el nombre lo dice–, el país al norte del Humbre o Humber, el río o ría resultante de la unión del Ouse y el Trent. Dos países, en realidad: Bernicia y Deira. Dos reinos que sus caudillos se disputan a muerte.
       El objetivo inmediato es desbancar al vecino. Pero con suerte se llega a una consideración más alta: bretwalda. El bretwalda era un pequeño rey de reyes, un emperadorzuelo. El Venerable san Beda (m. 735), historiador de Inglaterra, en su lista de bretwaldas incluye a san Oswaldo.

       De este rey escribe otro monje también historiador, Simeón Dunelmense (de Durham): «Oswaldo, hijo del muy poderoso Etelfredo (apodado el ‘Feroz’) (593), hijo de Etelrico (589), hijo de Ida». De este último, según Beda, procedía  la sangre real en todo el país norteño (547).

       También por su madre Acha era nobilísimo Oswaldo, sobrino nieto del rey de Deira Edwino (617). Acha era cristiana, hermana de santa Etelreda. El padre no tuvo reparo en casarla con el pagano Etelfredo, porque este era el terror de Bernicia, y por ende un aliado apetecible . Tuvieron siete vástagos, tres de ellos varones:  Anfrido, Oswaldo y Oswino.
       Los tres eran unos niños cuando el padre y el tío caen en el campo de batalla (617). La madre con los huérfanos huye a buscar refugio en la corte del rey Eochaldo, en Dunadd (en la actual Escocia). Allí pudo bautizarlos, y a los dos pequeños los puso internos en la abadía de Iona. Allí se educaba lo más florido de una nobleza nueva, donde ya pictos y escotos apenas se distinguían .
       A su tiempo, Anfrido ocupó el trono de Bernicia y su primo Osrich el de Deira. Pero enfriándose su religión ambos recayeron en el paganismo.
       La ira divina se manifestó contra ellos usando como instrumento a Cadwallon, rey de los britones, que aunque era cristiano se comportaba como un bábaro. En un santiamén el britón se zampó a los northumbrios y les quitó sus reinos. Los antiguos cronistas monjes también se vengaron de los apóstatas, aplicándoles la damnatio memoriae. Borrados de la lista de reyes, aquel año fatal se contaría como del reinado de san Oswaldo.

       Los contemporáneos le describian «alto, rubio, ojos de un azul metálico, rostro alargado y barba rala, con eterna sonrisa de bondad en sus finos labios, y portador de armas de gran longitud y poder». Añaden que siempre llevaba consigo, como animal de compañía, un cuervo domesticado que le hablaba secretos al oído. Lo cual nos hace recordar al dios Apolo.
       En 634 –para situarnos, en España reinaba entonces el godo Sisenando–,   Oswaldo disponía de ejército propio, con el que entró en Northumbria, y plantó cara al usurpador Cadwallon. Sin quitar mérito al joven pretendiente, es fuerza reconocer que tenía la victoria asegurada, por una aparición que tuvo de san Columbano, y porque a imitación de Constantino el Grande, la víspera de la batalla clavó una gran cruz en el lugar, que desde entonces se llamó  Heavenfield, el Campo Celeste.  
       Este nombre de Campocielo ha de tomarse como apotropaico, ya que la localidad vecina era Distone, contracción de Devilstone, la  antigua Deviles-Burne o Piedra del Diablo. Cerca de allí pasa el Muro de Adriano.

       Rey de toda Northumbria, lo primero que hizo san Oswaldo fue traer como obispo al monje san Aidano, para evangelizar el reino. Levantó iglesias y dotó monasterios, con personal importado de Escocia.
       Habiendo así cumplido con la religión, para cumplir también con el reino casó en 636 con Cineburga, hija del rey Cinegilso de Wessex, el cual era ahijado suyo en el bautismo. El año siguiente nacía el primogénito Edelwaldo, que a su tiempo resultó ser el canalla que veremos, indigno de tal padre.
       Por lo demás, logrado este hijo, san Oswaldo y Cineburga vivieron en continencia perpetua.

       Tras nueve años de reinado, a la edad de 38, san Oswaldo muere como su padre, en el campo de batalla. Su vencedor fue el terrible Penda, rey de Mercia. ¿Quién de ambos fue el agresor? La historia no lo dice. Sin embargo, para los cronistas monjes un rey cristiano caído ante un pagano como Penda no podía ser otra cosa que un mártir inocente defendiendo su fe.
       Esto fue el año 642, el 5 de agosto. El año en que nuestro Chindasvinto le birló el trono a Tulga.
   
       Conviene aclarar que Penda, aunque pagano, no era ningún enemigo del cristianismo. Al contrario, comprendiendo en su astucia que esta religión y su clero le eran de utilidad para tener al pueblo más tranquilo, acogió a los misioneros. Sólo que con él no contaran, si ser cristiano suponía renegar del dios Odín, su protector en cien batallas. ¿Es que uno no podia llevarse bien con los dioses de siempre  y con el nuevo Jesucristo? ¿no había sitio para todos en el gran panteón?
       En honor de Odín, Penda descuartizaba a los vencidos y empalaba los trofeos. Tal fue la suerte de Oswaldo: su cabeza y sus dos brazos, clavados en picas, paseados por en el lugar del ‘martirio’, hicieron la doble función, de escarmiento y a la vez para hacer caja, pues el rescate de los restos se cobraba caro.
       El primero en aprender la lección fue el hijo de Oswaldo, que le tomó respeto a Penda. Más adelante, cundo tío Oswino tuvo el enfrentamiento inevitable con el pagano, Edalwaldo se alió con éste; y aunque por respeto al parentesco de sangre no combatió en persona, cuentan que estuvo todo el tiempo mirando la pelea desde lugar seguro.

       La mano de San Oswaldo

       Los restos del rey mártir corrieron la suerte de toda carne mortal. Menos la mano derecha, que se mantuvo incorrupta. Según la leyenda, el fiel cuervo la arrancó de la pica y la escondió en el tronco de un fresno. El brazo desprendido cayó al suelo, formándose allí un pozo milagroso.
       La mano, con lo demás que se pudo recuperar, más tarde se depositó en la abadía de Bardney (Lincoln), fundado por Etelredo de Mercia en 697  y extinguido en 1537. He aquí una descripción poética de la reliquia:

Nullo verme perit, nulla putredine tabet
Dextra Viri, nullo constringi frigore, nullo
Dissolvi fervore potest, sed semper eodem
Immutata statu persistit, mortu vivit.
Hactenus integram fore signo est ungula crescens,
Flexilis et nervus, viridis caro, forma venusta.

(Diestra mano que gusano no devora, ni se pudre,
que ni el frío la endurece ni la disuelve el calor,
siempre igual y sin mudanza, mano que en la muerte vive.
En prueba de su entereza, hasta las uñas le crecen,
conserva flexible el nervio, fresco el color y hermosura.)

       ¿Por qué tuvo la real mano ese privilegio? Una leyenda lo relacionaba con las obras de caridad de san Oswaldo. Concretamente, celebrando un banquete pascual con el obispo san Aidano, los abades y los grandes señores, se presentó una turbamulta de mendigos famélicos. El rey les hizo repartir la comida, dejando a toda la corte de invitados en ayunas. Y como ya la vajilla y los cubiertos eran inútiles en la mesa, también los hizo trocear y distribuir entre la pobre gente necesitada.
       La caridad como rudimento de justicia social era muy importante en aquellos tiempos, y bien valía el milagro de la mano incorrupta. Sin embargo, algunos anticuarios prefieren relacionarlo con el simbolismo y culto de la santidadregia. Recordemos que la mano de los reyes gozaba de toque curativo sobrenatural.
       En efecto, muchas leyendas hicieron de san Oswaldo un rey sanador. Una vez un viajero atravesando el Heavenfield a caballo, de pronto el animal cayó presa de un torzón. En sus revolcones por el suelo acertó a dar en un lugar y se curó al instante. El viajero lo contó en la posada, y por la descripción entendieron que era el sitio donde san Oswaldo había caído muerto. Casualmente había una muchacha paralítica, la llevaron allá y quedó tan sana como el caballo.
       Todo lo relacionado con el santo rey se volvió terapéutico. Un trozo de pica, astillas de la cruz de Heavenfield, como también el musgo que crecía en ella, tierra del suelo donde los monjes lavaron los restos antes de enterrarlos…; todo eso los enfermos lo tocaban, o incluso se lo tragaban con ayuda de sorbos de agua.
       También fue costumbre fabricar ‘manos de San Oswaldo’, de cestería de mimbres, para vender a los peregrinos.

       ¿Qué se hizo de la mano incorrupta? Hasta la reforma de Enrique VIII estuvo primero en Bardney, luego en Gloucester, siempre en su teca preciosa y debajo del pabellón o estandarte regio de barras oro y gules, cuatro y cuatro, muy parecidas a las de Aragón.

       A partir de ahí, la historia se vuelve confusa, incluido algún robo pío. Parece que buena parte de las reliquias fue a parar a Flandes. Los hugonotes hicieron pira de todo. Algunas muestras quedarían, sin embargo, dispersas por Bélgica, Alemania, Portugal…