miércoles, 25 de abril de 2012

Provincias Exentas (4)




«La estancia en Madrid de Xavier María de Munibe, VIII Conde de Peñaflorida, se halla necesitada de un estudio histórico riguroso… Las noticias sobre la etapa madrileña del conde son muy escasas… »
Así empieza el más reciente estudio que conozco sobre los orígenes de la Bascongada [1]. Ya sabemos que aquel desplazamiento nada breve –casi cuatro años (1758-1762)– fue por cuenta de la Provincia de Guipúzcoa en misión de Diputado en Corte, con un adlátere de su parentela, un Areizaga. No quepa duda, de manera sinuosa, Munibe se había auto elegido para esa misión, a través de unas Juntas Generales que él y su clan controlaban fortiter et suaviter, como pide la Sabiduría (8: 1).
En aquella España autonómica del Antiguo Régimen, desde la Baja Edad Media, cada administración periférica tenía su agencia en Corte con encargados de negocios ordinarios y extraordinarios, usando de contactos, influencias, y lo que en lenguaje pulido de época se decían ‘guantes’ [2].
Las Provincias Exentas, precisamente por ese carácter privilegiado, cuidaban de modo especial sus respectivas delegaciones o ‘embajadas’ en una Corte y Administración central que, por lo demás, estaba infiltrada toda ella y a todos los niveles por oriundos del País.
En Madrid, como ocurría en las grandes ciudades, cada paisanaje se agrupaba en torno a su cofradía ‘nacional’. La de los vascos era la Real Congregación de San Ignacio de Loyola. Más que otras de su género, esta asociación pía traspasaba lo religioso y humanitario, convertida en eje social y político del lobby vasco, como revela el citado estudio [3].
Por lo demás, ahí terminaba la convergencia vasca, porque teniendo cada provincia exenta sus propios fueros e intereses distintos, incluso reñidos, mantenían agencias y representaciones separadas [4]. «De aquí nació el mirarse como naciones diversas, y de esta impresión, el que se interesasen muy poco las unas en los negocios de las otras», en expresión de Peñaflorida [4].
Un ejemplo:

En 1705 la recién creada Junta de Comercio, para acabar con el monopolio mercantil de Cádiz, se plantea autorizar hasta cuatro nuevas lonjas o bolsas, una de ellas en Vizcaya.
‘Vizcaya’ fue durante siglos, además del Señorío, el conjunto de las Vascongadas; algo que al padre Larramendi le parece muy mal y lo criticará acerbamente (Corografía, 1756): «el nombre de Vizcaya se extiende a Guipúzcoa y Álava; pero se extiende muy mal, y por pura ignorancia» El abuso, dice, nació en ambientes universitarios, repartidos tradicionalmente en ‘naciones’ con base lingüística, y así «sucede en los colegios mayores,  en que hay becas de vascongados, que se llaman becas de Vizcaya, y esto se remediará diciendo becas de Cantabria» [5].
Pues bien, lo que cuando convenía ofendía, también se defendía, llegado el caso. Y amparándose en el equívoco, las Juntas Generales de Guipúzcoa, la ciudad de San Sebastián y su Consulado, todos tres de acuerdo contra Bilbao, reivindicaron en Madrid la candidatura de San Sebastián.

Siendo la foralidad vasco-navarra la única respetada en la Nueva Planta de los Borbones, el nombre y condición de ‘Provincias Exentas’ cobró un matiz odioso. No se trataba de derechos a lo ‘Juan Palomo’ –nacer con escudo heráldico en la frente, derechos sucesorios, representatividad en juntas así o asá, etc. etc.–, sino de exenciones de cargas, ventajas fiscales y protección arancelaria, con base en unos derechos históricos esquivos y en unos Fueros tan arcanos como las Tablas de la Ley de Moisés.
El hecho de que el sistema foral coincidiese con un progreso relativo de los Territorios Exentos daba pie a los extraños para mantener dos opiniones opuestas:
1. Los menos, ante la aparente relación ‘causa-efecto’ (foralidad y bienestar), admiraban el sistema y habrían deseado su extensión a otras provincias.
2. La inmensa mayoría, en cambio, protestaba de la injusticia y abogaba por la supresión de todo fuero, como antiguallas impropias del tiempo y contrarias al progreso. Además, argüían, en lo económico que más importa, la foralidad no hace milagros, no crea riqueza. Es un reparto desigual, sin más ventaja que la excepción. Hágase norma común lo excepcional, y el Estado va a la ruina.
Precisamente sobre la defensa de un privilegio foral guipuzcoano versó la delegación en Corte de Peñaflorida.

La alcaldía y renta de sacas
1 de mayo 1758. La Diputación de Guipúzcoa reunida en Azcoitia conoce una carta recibida del Despacho de Hacienda, sobre la cuestión recurrente de las ‘sacas’ en la aduana de Irún-Behobia. La Provincia importaba del extranjero subsistencias y otros bienes, pagando al contado en metálico; por tanto, haciendo sacas de metales preciosos amonedados, lo cual estaba prohibido.
El Conde de Valparaíso, secretario (ministro) de Hacienda, pretendía llevar un control. Los guipuzcoanos denunciaron contrafuero, poniendo el asunto en manos de su agente en Madrid, el azpeitiano Joaquín de Altuna, y de dos diputados en Corte, el mismo Peñaflorida y un cuñado suyo, Martín José de Areizaga.
¿Contrafuero? Ciertamente el Fuero de Guipúzcoa recogía la costumbre inmemorial de abastecerse así la provincia, comprando subsistencias extranjeras para su consumo, dada la insuficiencia de sus recursos agrícolas para la población, y la carestía de esos mismos productos de procedencia española, debido a las aduanas interiores.
Precisamente de eso se había tratado en un principio: de suprimir tales aduanas –y con ellas la zona franca vascongada– llevándolas ‘a la mar’. Cosa que para los guipuzcoanos era también contrafuero.
Exigía además Hacienda tomar el control de las transacciones en Irún, que estaba en manos de la Provincia: he aquí un tercer agravio de contrafuero.
Allá los expertos sobre el contencioso, y sobre los fueros en general. La verdad es que uno de los puntales a la defensiva, sobre todo para Guipúzcoa, era la pobreza del suelo y territorio, de modo que sin exenciones forales las Vascongadas no podían subsistir.
Si el argumento podía ser discutible en lo general, en el punto concreto de la aduana no, porque la penuria guipuzcoana fue la base para gozar de un privilegio otorgado a la Provincia por los Reyes Católicos (22 de diciembre 1475), concediéndoles el derecho y control de aprovisionarse por la frontera, según su necesidad, o si se prefiere, a su guisa.
A partir de ahí, la Alcaldía de Sacas con puesto en Irún-Uranzu, con alcalde-juez nombrado por las Juntas, controlaba el contrabando de artículos prohibidos: metales preciosos, moneda, armas, caballos, granos etc., decomisando todo lo que no fuera parte del abasto provincial, y eso tanto en tiempos de paz como en guerra [6].
¿Y qué se hacía de los decomisos? El mismo privilegio cedía a Guipúzcoa 1/5 del decomiso, 1/3 para el vista denunciante, y el resto para el alcalde y costas. Ahora bien, a este reparto se reclamaba la plaza de Fuenterrabía (1708), de modo que Hacienda ya no pudo cerrar los ojos ante un contrabando oficializado, al amparo de un supuesto ‘fuero’ que consistía en un privilegio real con fecha.
La posición débil de Guipúzcoa llevó en 1717 a una Real Orden trasladando las aduanas a la costa. Ante tal ‘ofensiva antiforal’, la Provincia usó de una estrategia muy probada por los vascos: ir al Rey. Tras mucho forcejeo, por fin hubo suerte. Felipe V estaba bastante ido, pero los diputados vascos y sus enlaces en Corte pudieron llevar al ministro José Patiño a la firma de un concierto aduanero (1727).
Un parche con fecha de caducidad y conflicto renovado a mediados de siglo. El recurso al rey (ahora Fernando VI) volvió a funcionar, pero la impresión es que Guipúzcoa con su prurito foral, hasta arrancar al monarca un compromiso de respeto a los fueros guipuzcoanos hizo pírrica la victoria (8 de octubre 1752).

“…hasta el pie del trono”
El nuevo atentado de Madrid contra Guipúzcoa consistía en pretender Valparaíso que los salvoconductos emitidos por la Alcaldía de Sacas, con las fechas en letra (para evitar bailes de números), fuesen a manos del Capitán General de la zona, que los pasaría a la Dirección General de Rentas y, en su caso, castigaría las infracciones.
Hasta ahí podíamos llegar, una institución foral, bajo control de los aparatos del Estado.
Era patente que la propia alcaldía aduanera de Irún emanaba de un privilegio real, y su único adobo foral era la corruptela. Aun así, el que en una aduana fronteriza, con tráfico de moneda y armas, metiese las narices un gobierno militar y una Hacienda real tan insultante que ni se fiaba de números y pedía letras, tal vez no violase la de ningún fuero concreto, pero para el caso iba en contra del espíritu de los Fueros, y por tanto, contra la voluntad del Rey. Así al menos lo veía Guipúzcoa.

Las Juntas Generales de Guetaria (julio 1758) dan sensación de deja vu. La división interna se hizo patente desde el principio: mientras los moderados proponen de momento elevar al rey «una representación persuasiva», otros más radicales quieren dar ya la batalla en Madrid.
       Para reducir el nivel de ruido se crea una juntilla de caballeros procuradores; pero la misma división se mantiene a grandes rasgos, con las villas interiores y Fuenterrabía por la moderación, frente a las ariscas ‘repúblicas marítimas’, con Tolosa, y  con empate en la Azcoitia de Munibe.
Vencieron las ‘repúblicas marítimas’, que si no se llamaban Venecia ni Génova, para el caso eran las villas de Guetaria, Deba, Motrico, Zumaya, Zarauz…, y en cabeza de todas San Sebastián [7].
El Consulado donostiarra además tenía su guerra propia, sobre todo en lo de la lana, muy de capa caída a favor de la rivalísima Bilbao, con los vistas en el muelle de Pasajes cruzados de brazos esperando el cese. Según eso, San Sebastián encabezaba el interés por el envío de Diputados a Madrid, hasta el punto de correr con un terció del gasto si se incluían sus demandas.
Siempre para amortiguar el ruido democrático, que a veces no deja oír la sabia voz de los mejores, se designó a una pareja de compromisarios, Joaquín de Eguía y Martín José de Areizaga, encargados de elegir a los Diputados a Corte. Como ya sabemos, fueron estos Peñaflorida y el propio Areizaga.
La estrategia de los plenipotenciarios guipuzcoanos era invariable: dejarse de tientas por covachuelas o de capeas por despachos, y lidiar el toro. Llegar  «hasta el pie del Trono», recordarle al Rey que Guipúzcoa era su más leal provincia en virtud del pacto foral, y obtenida la real firma aguantar hasta la próxima.
El acceso al monarca estaba asegurado por el parentesco de los diputados entre sí y con dos cortesanos clave. Uno era nuestro conocido don Tiburcio de Aguirre. El otro, un Areizaga llamado don Carlos, que además de tío carnal de uno y otro diputado era un veterano palaciego, y para Fernando VI un real criado como de la familia.
El estudio citado de Blanco Mozo insiste en la excelente información de las Juntas y los Diputados sobre asuntos de Corte, gracias a la red de ‘valedores’ que la Provincia mantenía allí [8]. Pero información no era omnisciencia ni clarividencia, y en todo caso, los dos flamantes plenipotenciarios que el 7 de agosto 1758 entran en Madrid no llevan clara idea del mal pie con que lo hacen.
La reina doña Bárbara de Braganza enferma de muerte, y don Fernando cae en depresión, que desde su viudez, el 27 de agosto será locura. Las camarillas hierven. Con el rey no hay nada que hacer; pero es que tampoco don Carlos de Areizaga es ya nadie más que un viejo de 78 años, con un pie en la sepultura. Nuestra pareja no pinta nada en Madrid –nada de lo que les ha traído, se entiende–, por lo que se vuelven a casa, a esperar un desenlace que finalmente se produce en agosto de 1759.
Muere Fernando VI, y la venida de Carlos III abre un compás de espera incierto, entre cábalas y rumores. En diciembre ya están de nuevo los diputados en la Corte. Pero de momento, sólo para tomar el pulso al nuevo reinado, con un objetivo prioritario: que don Carlos confirme los fueros.
Una noticia que hasta podría ser buena es que Hacienda no la lleva ya Valparaíso, sino Esquilache. Bueno es también que la muerte de Areizaga ha abierto camino a nuevos conseguidores, en la misma trama de influencias: los Idiáquez, los Marqueses de Montehermoso…

El hecho es que, de pronto, el 22 de mayo siguiente, 1760, el rey firma los fueros. Y no sólo eso. Atónitos vamos a ver a Peñaflorida no ya a los pies del trono, sino sentado junto al monarca y su esposa doña Amalia. Es como un milagro, el joven Munibe, un desconocido en la Corte, va a intervenir en público ante la real pareja como un experto matemático y científico. El milagro deja de serlo al saber que su introductor y mentor es don Tiburcio de Aguirre.
El acto tuvo lugar el domingo 6 de julio de 1760 en el Real Seminario de Nobles, y consistió en dos ejercicios de los llamados Conclusiones, derivados del método escolástico y modernizados por el jesuítico. De hecho, la presidencia académica recayó en sendos padres de la Compañía de Jesús, la orden religiosa que antes de siete años cumplidos será expulsado del reino sin contemplaciones, como preámbulo de su extinción. Aguirre y Munibe intervienen como examinadores de dos caballeros cadetes guardias marinas, carrera prestigiosa por rigurosa.
Significa que el académico don Tiburcio ha acertado de lleno propiciando el lucimiento del que ya se perfila como fundador de la Bascongada… ¿La cuarta de las grandes academias, Real Academia de Ciencias Útiles y Aplicadas, quién lo sabe? 
Quedaba pendiente la decisión del rey sobre la cuestión de Hacienda. Finalmente, el 30 de mayo 1761 don Carlos firma un documento que Guipúzcoa saludó como satisfactorio, aunque esta palabra apenas tiene entrada en el léxico foralista, y de hecho reincidía en la intervención desde Madrid. La verdad, uno no ve diferencia sustancial entre lo nuevo y lo que pedía Valparaíso, salvo sutilezas más bien formales.
Pero si la Provincia estaba contenta, mejor para ella y nada que objetar. De hecho, al rendir cuenta los diputados en Corte en 1762, las Juntas Generales les dan las gracias y les obsequian con una fuente y jarrón de plata. No tardarán en surgir nuevas fricciones; y desde luego, el buen semblante no se extendía a San Sebastián, en relación con sus lanas y pesquerías de bacalao. No nos concierne. Sí en cambio la eclosión de la Bascongada y un atisbo de su verdadero carácter.
¿Masones? La masonería estaba prohibida por Real Ordenanza de Fernando VI (1751); es decir, entonces pasó a la clandestinidad. Nuestra Bascongada nunca tuvo vocación de sociedad secreta, aunque ciertos resabios y tics lo mismo pueden apuntar a esa escuela, que a convergencias con la idiosincrasia vasca.

(Concluirá)
_________________________________________ 
       [1] ‘La Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País en Madrid’. En: Juan Luis Blanco Mozo, Orígenes y desarrollo de la Ilustración Vasca en Madrid (1713-1793). De la Congregación de San Ignacio a la Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Madrid, 2011, págs. 163-310.

       [2] «Guantes. Usado siempre en plural. Se llama el agasajo que se da al artífice después de acabada la obra, además de lo ajustado». Es la definición, manifiestamente tímida, del Diccionario de Autoridades; tomo 4 (1734), p. 86.

       [3] Blanco Mozo, en el mismo libro, pp. 21-159, estudia la congregación en sí misma y en su relación con la Bascongada. A la sazón estaba ubicada en San Felipe el Real, aunque en tratos para tener iglesia propia.

       [4] Historia de la Sociedad de los Amigos del País, cap. 1º. Hasta las Encartaciones de Vizcaya iban a su aire; y la parte de Oñate no era de Guipúzcoa, como tampoco Treviño era ni es de Álava.

       [5] Manuel de Larramendi, Corografía o descripción general de la M. N. y M. L. Provincia de Guipúzcoa. Barcelona, Vda. e Hijos de J. Subirana, 1882, (pág. 20). Hay ed. facs., MAXTOR, y nueva edición crítica y comentada de J. I. Tellechea Idígoras. En la misma obra, y no como chiste, cuenta Larramendi esta anécdota, ocurrida al parecer en un panegírico aniversario de la Real Congregación:

«Dijo un predicador en Madrid: Nacio San Ignacio de Loyola en Vizcaya, y la interrumpió otro, miente, voto a Cristo, que no nació sinó en Guipúzcoa, donde está Azpeitia, y en su jurisdicción Loyola. Si fueran de este humor los demas guipuzcoanos dieran su corrección á los que los tratan de vizcaínos» (ibíd., p. 19). 

       La propuesta de llamar Cantabria al País Vasco fue otro de los empeños promovidos desde Guipúzcoa y desde la Bascongada, intentando el mismo Peñaflorida refutar a Enrique Flórez, que en la España Sagrada había hecho de la Cantabria antigua una interpretación muy diferente.

       [6] Leyes de ‘Conversa’ o reciprocidad humanitaria con la región aquitana.

       [7] Blanco Mozo, o cit., pp. 175-176.

       [8] Ibíd., p. 176.

lunes, 23 de abril de 2012

San Jorge Megalomártir




Algo tarde llego, pero todavía con tiempo de sobra para felicitar a los Jorges. Téngase en cuenta que los visigodos lo celebraban mañana, 24 de abril.
También entró con retraso este santo oriental en España –en Galia era conocido ya en el siglo VI–, y el Pasionario Hispánico ni le menciona.
¿Pero existió san Jorge?
Según lo que se entienda por existir. Si a uno cualquiera de los yelmos auténticos de este santo militar le alzamos la visera, lo más probable es que no haya nada dentro. O no debería haber, porque el cráneo auténtico, encontrado en Roma en tiempos del papa Zacarías a mitad del siglo VIII, se depositó en la iglesia de San Jorge in Velabro, muy cerca de donde la loba crió a Rómulo y Remo. Otro cráneo de san Jorge, que estaba en Grecia, en 1462 fue llevado en triunfo a la isla de San Jorge en Venecia.
Ahora bien, yo recuerdo que entrando en la ciudadela de Alepo, en un rincón había un sepulcro de un santo, que según entendí era San Jorge el Verde (Al-Khidr), y nadie sabía nada de que le faltase la cabeza. Por lo demás, desde el siglo VI es de dominio público que el auténtico san Jorge está enterrado en Lydda (Lod), en el actual Israel. Con su correspondiente testa, pues no faltaba más.

San Jorge en la leyenda
En el santoral antiguo es frecuente que los héroes, con generosidad cristiana, se presten vidas y hazañas los unos a los otros, hasta hacer pensar que un mismo santo tuvo no una, sino múltiples existencias. Incluso unos pocos, como este megalomártir Jorge, han tenido el privilegio de perder por la fe varias vidas, en martirios sucesivos de nunca acabar.
¿Cuándo vivió san Jorge?
La leyenda tardía le sitúa bajo «Daciano, emperador de los Persas»:

En aquel tiempo, el Diablo arrebató al Rey de los Persas, rey sobre los Cuatro Cedros del Mundo, o como antes se decía, Rey de Reyes. El cual emitió un edicto, convocando asamblea de todos los reyes del mundo, 72 en total.

El motivo de aquella junta era buscar una solución final a la cuestión cristiana. En aquella persecución, supuestamente definitiva, el mártir estrella fue Jorge, un tribuno capadocio, protagonista de una pasión truculenta que duró siete años. Pesadilla de sus verdugos, tres veces muerto y otras tantas resucitado. Los episodios fueron tan salvajes como cortarle en dos con una sierra circular inventada al efecto: una rueda armada de clavos y hojas de espada.
Entre tanto, sus prodigios parecían cosa de magia. De hecho mantuvo un desafío frente al mago Atanasio, al que venció y convenció. Más estupendo aún, llevado a un panteón con 17 cadáveres muertos hacía 460 años (anteriores, por tanto, a la Era Cristiana), le emplazan a que los resucite. Sin la menor dificultad, él les devuelve la vida y acto seguido les bautiza y los hace desaparecer.
Con estos atletas de Cristo, tan correosos, por lo general no había otro desenlace sino cortarles la cabeza. Es lo que se hizo con san Jorge. El cual, antes de morir definitivamente, pide y alcanza de Dios una última gracia: el emperador Daciano y sus 72 reyes son reducidos a cenizas.
A partir de ahí Jorge, cual ave fénix, renace de las suyas como uno de los héroes más fotogénicos del santoral. Los bizantinos hicieron de él uno de sus santos militares, defensores del Imperio.
Pero fue en tiempo de las Cruzadas cuando la leyenda de San Jorge toma sus rasgos, si no del todo originales, sí los más definitivos. Nuevo Hércules y nuevo Perseo, a su paso por Libia libra a los habitantes de Silena, ciudad pagana, de un dragón con mucho apetito y mucha halitosis, que desde un lago allí cerca cuando estaba en ayunas envenenaba el aire. 

La buena gente procuraba tenerle ahíto con dos reses diarias. Escaseando el ganado, reducen la ración a la mitad, más una criatura humana, a suertes. Mientras hubo hijos de plebeyos, la probabilidad respetó a los nobles. Lo peor fue cuando las suertes se igualaron. Y la tragedia, cuando le tocó a la princesa, hija única del rey de Silena.

–Tomad el oro y la plata, más la mitad de mi reino, pero dejadme a mi hija.
–Tú firmaste el edicto, ¡oh rey! Nuestros hijos han muerto, ¿y tú pretendes ahora librar a la princesa? O cumples tus propias órdenes, o quemamos el palacio contigo dentro.
–Por favor os pido, ocho días de plazo para despedirme de ella.

El buen pueblo, siempre sensible a las desdichas de sus soberanos, se muestra conforme. Pero al cabo de los días las puertas de palacio amanecen cerradas. Es la hora del sacrificio, la real Casa no da señales de vida, el populacho se impacienta:

–¡Qué! ¿piensas acabar con nosotros por amor a tu hija? El aliento del dragón nos mata.

Viendo el rey que no había escape, ensaya un golpe de efecto. Viste a la princesa como una novia, con sus mejores galas, y pone ante los ojos del pueblo el drama tremendo que es para todos hacerla morir sin bodas y sin descendencia. ¡Ah, si pudiese morir él en su lugar! Pero ni el reino podía correr tanto riesgo, ni el dragón admitía el trueco.

Lo que vino después lo conocemos por haberlo visto cien veces en pinturas, como la de Paolo Uccello. Cómo pasando por allí el caballero san Jorge se compadece de la joven y abate al dragón de una lanzada.
Jorge sabía que en estos lances los cinturones de las doncellas castas obran maravillas. La vestal Claudia, por ejemplo, con su cinta puso a flote en el Tíber la nave encallada, que traía el ídolo de Cibeles. Y la virgen santa Margarita con la suya sujetó al dragón que la había devorado. Según eso, para alargar el suspense,

El santo caballero dijo a la princesa:
–Echa tu cinta, sin miedo, al cuello del dragón.
Así lo hizo ella, y la bestia  como un cordero la seguía hasta la puerta de la ciudad.
Allí san Jorge predicó al rey y al pueblo la fe de Jesucristo. Luego, echando pie a tierra, con su estoque dio muerte a la bestia.

Es de notar que el mismo motivo figura en la leyenda de san Teodoro, otro santo militar muy popular en las iglesias de Oriente.
Muchas leyendas proceden de alguna imagen mal entendida. Para el caso se sabe que en Constantinopla hubo una efigie de Constantino con una cruz en la cabeza, matando con dardos un dragón demoníaco a sus pies. También en Egipto se representaba al dios Horus ecuestre (su cabeza de halcón podía recordar un yelmo), armado a la romana y traspasando a un cocodrilo, que puede ser su enemigo Set, o bien figurar la purificación anual del Nilo, tal como parece en un relieve del Louvre en época cristiana (siglo IV) . Por último, Daciano, que fue gobernador de España y no emperador persa, como gran perseguidor de cristianos llevó el apodo de «dragón de los abismos».


Santos y héroes, hagiografía y mitología, todo anduvo muy envuelto. Si a mi querido Piero di Cosimo, en vez del ‘Perseo y Ariadna’, le hubiesen encargado un San Jorge, la idea no habría sido muy distinta. Algo más de ropa sobre la chica, claro, y poco más.
Para los cruzados, san Jorge fue otro matamoros, que se apareció y ayudó en el cerco de Antioquía (1089). Más tarde, en la III Cruzada, el rey Ricardo Corazón de León creyó verlo, como los españoles a Santiago o a San Millán, arrollando a la medialuna y llevando a los cristianos a la victoria.
Para entonces san Jorge era medio inglés, desde que en el siglo XI, guiando a los normandos de Guillermo el Conquistador, él mismo conquistó la devoción de los isleños. Finalmente, en el XIV se proclamó patrón del reino bajo Eduardo III, fundador de la Orden de San Jorge, o de la Jarretera (1384).







lunes, 16 de abril de 2012

Provincias Exentas (3)



Amigos del País de los Amigos
Si el juntero guipuzcoano Conde de Peñaflorida, como Delegado en Corte por la Provincia (1758-61/62) usó de epiqueya para atender asuntos propios, no está claro en qué concepto entraba su proyecto de la Bascongada. Porque nada más volver, y de manera harto extraña, Munibe presentó a Juntas Generales e hizo aprobar un Plan de una Sociedad Económica, o Academia de Agricultura, Ciencias y Artes Útiles, adaptado a las circunstancias particulares de Guipúzcoa.
Extraño, sí, porque el documento, sin nombre de autor y avalado por las firmas de 16 junteros, con el Conde a la cabeza, se admitió sin debate, aunque al editarlo en los Registro de la Provincia se hizo con paginación independiente. Ahora bien, un año después (1764)  se produjo el acta fundacional de la Bascongada, con lista de 17 socios fundadores bien distinta de aquélla. Tampoco parece que a todos los junteros les sentó bien la novedad. En su momento lo veremos.
De ahí en adelante, hasta lograr la aprobación y amparo como Real Sociedad (1770), se puentea a la Provincia y la tensión subió de punto. Pero es que también con Madrid hubo sus más y menos.
Y es que ciertos fundadores con ideas muy propias a veces tienen que proceder de forma tortuosa para salir adelante. Máxime cuando esas audacias se van perfilando sobre la marcha. Pensemos por ejemplo en José María Escrivá ‘barruntando’ –como él decía– su futuro y metamórfico Opus Dei. O sin salir de Guipúzcoa, Íñigo de Loyola, en una gestación de la Compañía de Jesús tan mutante, que al propio fundador le mudó la personalidad y hasta el nombre, haciéndose llamar Ignacio desde que puso los pies en la corte de Roma.
Esa gestación difícil afecta, sobre todo, a las sociedades con cierta vocación de cuerpo extraño o ‘estado dentro del estado’, incluidas las que el vulgo entiende por ‘mafias’ y masonería.

Un asunto de familia
La Bascongada desde sus orígenes tuvo buen cuidado de ir perfilando por escrito la imagen que el fundador iba deseando para la posteridad. A su muerte (1785), el empeño se alargó en abundantes escritos, con más difusión de los favorables, obviamente.
Nunca se ignoró del todo la evidencia de sombras en la obra y en su creador, como tampoco en definitiva el fracaso de una Bascongada que había, como quien dice, ‘nacido de pie’.
Al analizar las causas de esa trayectoria, con una constelación de nombres propios abrumadora, los historiadores se han ido fijando en los personajes, con sus nombres y apellidos, descubriéndose cómo no sólo Guipúzcoa, sino el conjunto de las Tres Provincias, estaba atrapado en una red endógama de jaunchos (‘señoritos’) con sus clientelas. Por circunstancias históricas en que no entramos, el sistema medieval de Parientes Mayores de raíz campesina se había urbanizado y adaptado, ganando iniciativa sin perder poder, constituyendo una fuerza viva puntera en España.
Así en el Siglo Ilustrado se da aquí la paradoja de un País Vasco dotado de instituciones y exenciones forales arcaicas (respetadas por los Borbones en atención a su lealtad), en poder de una burguesía tronco-piramidal capitaneada por una mini nobleza emparentada, reducida y cerrada, pero eso sí, ilustrada como ella sola. Si todo el país no era una ‘cosa nostra’ (todavía), el único estorbo era la triple foralidad autónoma (Territorios Históricos). Pero por ser triple, no por foral. Los caballeros de las Provincias Exentas jamás tuvieron la ocurrencia de jugar sin esa ventaja.
En el siglo XVI, el fenómeno de la lengua propia da pie a una conciencia incipiente de singularidad y unidad étnica. Pero con una pequeña contradicción: esa lengua, el vascuence, era una y única sólo en la apreciación de los extraños que no la entendían. Los vascohablantes siempre fueron muy conscientes de su fragmentación en dialectos, tan distintos entre sí como lo eran los del romance, o sea el catalán y valenciano o el galaico-portugués respecto al castellano. Si la frontera borrosa entre dialecto y lengua se define en función de la inteligibilidad, la noción de una ‘lengua vasca’ preservada intacta por la Providencia desde el Paraíso, o al menos desde Babel, al par de los sagrados Fueros ágrafos, se vuelve improbable.
La idea de una lengua vasca supra-dialectal –idealizada, por ejemplo en el apóstrofe famoso de D’Etchepare («¡Hescuara a plaza, hescuara al mundo!»)– tendría su correlato institucional en una unidad política supra-foral, que por diversas razones no se había sentido  necesaria hasta el siglo XVIII.

Proyecto de País
Es verdad que las ideas de cambio no suelen florecer cuando las cosas van bien. Sin decir que antes lo fueran, el hecho es que en la generación de Peñaflorida una alta burguesía con problemas económicos y en contacto con el fermento ilustrado extranjero, entiende llegada la hora de su revolución, legitimando lo que para ellos era realidad: Irurac Bat, la unidad de las Tres Provincias Exentas.
Monárquicos leales, si no todos convencidos, aquellos hombres encuentran en Xavier María de Munibe e Idiáquez un líder nato, con la fórmula o receta del aglutinante capaz de obrar el milagro: la Amistad. Amistad entre ellos, como miembros de una sociedad de élite, y amistad a la ‘patria’ o país que ellos poseen y controlan en virtud de sus títulos, señoríos, mayorazgos, patronatos, alcaldías y juntas, arrendamientos, préstamos, clientelas de todo tipo. Su País [1].
Los ilustrados vascos no tienen la menor idea de otra revolución fuera de la suya. Su ideal es que el interés individual y el de su Sociedad coincidan con el interés y bienestar del País en su conjunto. Como no podía menos de ser, si los tres territorios asumían el liderazgo natural de su clase dirigente. Y como tenía que ser, si toda España y sus Indias se dejaba penetrar e impregnar por los mismo ideales inspirados en la Bascongada.
Desde luego, un hombre sensible como el Conde no iba a empañar con particularismos familiares el espejo de la nueva Sociedad. Conozcamos su visión idealizada sobre el estado de cosas encontrado, y que los Amigos se propusieron reformar [2]:

1. Las tres Provincias de Alava, Vizcaia, y Guipuzcua, igualmente Illustres porque fueron noble y distinguida porcion de la antigua Cantabria, como por los heroicos hechos con que ha mantenido y aumentado el blason de su esclarecido origen, tenian en su vecindario un crecido numero de Cavalleros, dignos hijos de tal Patria.
Vna brillante educacion en muchos de ellos, los havia impuesto en las ventajas, que dan a las republicas, la cultura de las ciencias, y las artes; y el Amor a la Patria, que animava y distinguia a todos, les hizo pensar con seriedad en el establecim.to de varios proie(c)tos dirigidos todos á este alto fin.
2. Pero como las grandes empresas, nunca carecen de contradicciones, igualmente grandes, y aun á vezes maiores,  se sumergieron estos nobles pensamientos sin que llegasen á Execucion.
3. No contribuia poco á esta desgracia, la falta de motivos que juntasen con la frecuencia que pedia proiecto tan grande, los Cavalleros de estas tres Provincias.
De aqui nacia el mirarse como naciones diversas, y de esta impresion, el que se interesasen mui poco, las unas, en los negocios de las otras.
4. Esta indiferencia, era ciertamente perjudicial á todas tres, y desde luego se pribavan de las ventajas que la union, y buena correspondencia, devia procurarles; yá promoviendo su comercio, yá facilitando sus manufacturas, yá procurandose reciprocos socorros, que hiziesen comunes los intereses de todas juntas.
5. No estaban ynsensibles á estos males los Cavalleros Bascongados. Penetravan sus funestas consecuencias, deseaban con ansia el bien de la Patria, y solo esperavan, á que se presentase ocasión favorable de establecer sus nobles pensamientos y cimentar con ellos la gloria y la felicidad de la Patria.

Pues bien, aquellos caballeros bascongados –que en un principio se presentaron como caballeros guipuzcoanos, o en expresión burlesca del jesuita Francisco de Isla, los «caballeritos de Azcoitia»– pertenecían prácticamente todos a un puñado de troncos y apellidos, epígonos de la aristocracia parental y muchos de ellos decorados con títulos de nuevo cuño. Es lo que han demostrado pacientes estudios genealógicos, con árboles harto elocuentes. Así Aguinagalde, en los 24 socios de número de la Bascongada en su primera época, traza los nexos de parentesco como ‘ejes’ onomásticos: el eje Munibe, eje Corral, los Barrenechea – Mata Linares, eje Olaso – Unceta – Olaeta, eje Moyua (Marqueses de Rocaverde) [3]
Estos eran los elegidos, la aristocracia natural del País, una vez depurada de algunas excrecencias impropias. Me refiero concretamente al pequeño ‘misterio’, antes apuntado, de la diferencia entre los junteros guipuzcoanos promotores de un Plan de Sociedad Económica o Academia acomodada a las necesidades de Guipúzcoa, y los efectivos socios fundadores.
Ya José Ignacio Tellechea se mostró perplejo, sin respuesta a la triple pregunta:
– ¿Por qué no suscribieron el Plan todos los junteros?
– ¿Por qué lo suscribieron sólo los mencionados?
– ¿Por qué la inmensa mayoría de ellos no aparece luego en la futura R. S. Bascongada?
Por su parte, Cécile Mary-Trojani vuelve sobre lo mismo, proponiendo una explicación tan lógica como poco caballeresca, y en definitiva impresentable: la mayoría de junteros firmaban como ‘clientes’ de los magnates, firmaban como  sin leer el papel que les ponían delante, sobre la estructura de la Sociedad, y desde luego, firmaban sin idea de pertenecer a la misma. La autora no entra más a fondo.
Personalmente me he fijado en un juntero que por su condición de alcalde de Vergara tuvo que ver con las celebraciones de estreno de la Bascongada: el alcalde Moya.  Joaquín Ignacio Moya Ortega (1722-1785) era un vizcaíno experto en ferrerías, que se había casado con la hija de un empresario vergarés  para dirigir los talleres. Y aunque con el tiempo los Moya fueron recibidos en sociedad y labraron su escudo en la casa de su nombre en la plaza de Vergara, todavía en el momento de fundarse la Bascongada no son como para figurar como socios. En este caso concreto, es lo que me parece.

(Continúa)
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[1] Mikel Azurmendi, en su libro ‘Y se limpie aquella tierra’: Limpieza étnica y de sangre en el País Vasco (siglos XVI-XVIII) –Madrid, Taurus, 2000–, tituló el último capítulo, ‘Los Amigos del País o el País de unos Amigos’.
[2] Peñaflorida, Historia de la Sociedad de los Amigos del País, cap. 1º.
[3] F. Borja de Aguinagalde, ‘¿Por qué los archivos de la Bascongada son complicados? Notas archivísticas a un Coloquio sobre la Amistad.’ En A. Risco y J. M. Urkia (eds.), Amistades y Sociedades en el siglo XVIII. Real Sociedad Bascongada Toulouse, I Seminario Peñaflorida (1-3 Diciembre 2000), pp. 21-41. Cfr. Álvaro Chaparro Sainz, La formación de las élites ilustradas vascas: El Real Seminario de Vergara (1776-1804)  Tesis doctoral. Baracaldo, 2009, pág. 84; José María Imizcoz y Álvaro Chaparro, ‘Los orígenes sociales de los Ilustrados Vascos’; en J. Astigarraga et al. (eds.), Ilustración, ilustraciones, Donostia-San Sebastián, Real Sociedad Bascongada, 2009, pp. 993-1027.