lunes, 10 de octubre de 2011

Sorbete de lágrimas

(Leyendo el nuevo libro de Santiago González)





«[Rubalcaba]  va a concitar la capacidad de demostrar de lo que somos capaces…»

Esta frase de Zapatero no figura en las páginas de Santiago González, Lágrimas socialdemócratas [1]. Era yo el que tenía el libro abierto cuando la escuché por la radio, el 8 de septiembre a mediodía.
¡Pero qué está diciendo este hombre! He oído bien: «demostrar de lo que somos capaces», perfecto. Pero «concitar la capacidad de demostrarlo»…  
Concitar. Ese verbo transitivo entró en el idioma como cultismo latino, con el matiz peyorativo que recogía la Academia en su primer Diccionario, 1726 («alterar, conmover, excitar, estimulando e instigando a inquietudes y alborotos»), y por supuesto mantiene hoy en día:

1.  Conmover, instigar a alguien contra otra persona.
2. Excitar inquietudes y sediciones en el ánimo de los demás.
3. Reunir, congregar.

Sólo la tercera acepción es neutra, pero ni con calzador encaja en esa frase absurda. Y a todo esto, el orador ha logrado su triple objeto de siempre:
1. Rellenar un vacío con nada.
2. Hacer que el oyente pierda un hilo discursivo inexistente.  
3. No lo menos importante para Zapatero: jibarizar al elogiado hasta dejarle en ridículo. «Concitatus… ¿o era Incitatus? Porque Alfredo Pérez Rubalcaba ha sido corredor… ¡Ya, qué bueno!: el caballo favorito de Calígula, elegido senador a dedo por su amo para humillar al Senado… Rubalcaba/Concitatus, “concitando la capacidad de demostrar”… Genial. El gran Zapatero vuelve a las suyas, y mientras con sus manos eleva el ídolo para que lo adoremos, de pronto lo suelta a merced de la gravedad, y sin dejar de mirarnos con su rictus bobalicón, como si aún sostuviera la figura ya estrellada contra el suelo, nos arranca una carcajada.
Con que «Rubalcaba va a concitar… » He ahí otro culo de vaso en la bisutería oratoria del charlabarato que hace las veces de Presidente del Gobierno de España.

Toda esta reflexión sobre la marcha me demostraba a mí mismo hasta qué punto el libro de Santiago prende y cala. Porque en realidad estaba haciendo un simple ejercicio de lo mismo que él desarrolla a lo largo de 380 páginas sin despeinarse.
Ante todo, su lectura no nos sorprende a los adictos de la  ‘Argos’ –el ‘Blog de Santiago González’–. De hecho, casi nada nos resulta nuevo. Ha sido un libro gestado, en gran parte leído y comentado antes de ver la luz.  Aun así, un libro muy deseado, porque no es lo mismo ir recibiendo entregas y piezas sueltas, que tenerlo ya montado como un reloj en marcha.
El autor ya ha tenido una crítica de lujo escrita por Victoria Prego. Santiago la reprodujo en su blog, y recuerdo que puse este comentario fuera de lugar (2 octubre, 1:19 pm):

 Santiago González no teoriza: expone. […]
      Este no es, insisto, un libro teórico.
 (V. P.)
«¿Y cómo podía serlo, tratando de quien trata? Sería algo así como una teoría de    la vaciedad insustancial. Algo muy fuera del alcance y facultades del autor del libro.»

Si me vale de disculpa, yo no había conseguido aún mi ejemplar de Lágrimas. Ahora pienso lo contrario: el autor teoriza, y por eso el libro es de los de guardar y rumiar.
Lo que ocurre es que teorizar tiene sus modos y modos. Uno es a la manera geométrica de Spinoza o de Kant.  Otro muy diferente es el método inductivo casuístico que empleó Darwin en El origen de las especies, para demostrar cómo funciona la selección natural. Este ensayo de SG sobre el histrionismo ético como sistema de hacer política se parece más a los libros darvinianos. Cuestión de método, porque al final todo viene a ser lo mismo: un avance riguroso y sin titubeos hasta el Q. E. D. final.

Lágrimas socialdemócratas y su género literario
Cuando los buenos escritores se deciden a escribir su autobiografía, nunca es por aumentar en un título su catálogo, sino para dar pistas y claves de su obra. SG todavía no está en ello, aunque su libro está impregnado de autobiografía, en lo que tiene de testimonio personal. Pero tiene además un primer capítulo  subtitulado ‘Explicación de propósito’, expresamente autobiográfico, y un epílogo, ‘Una lágrima por mí’, que invitan a leer el todo en clave de catarsis personal. Un trecho relativamente breve separa al joven creyente cristiano del menos joven creyente marxista y del adulto agnóstico crítico. Trecho, como digo, no largo, pero intenso en una ascesis que en pocos años le ha convertido en maestro.
¿Y cuál es su magisterio? Todo el mundo le conoce como periodista y profesor de periodismo, experto en economía. Pero para mí al menos, Santiago González es por encima de todo un filólogo. Una mente despierta, con una gran memoria y lógica potente, que manejándose a sus anchas por los vericuetos del lenguaje (incluidos los que él llama ‘efectos especiales’ de la retórica), se aplica al análisis de textos, con especial querencia por la deconstrucción de pastiches y muletillas.
¿Es posible? ¿Es esto serio? ¿Una cabeza pensante, ocupada en tales fruslerías? No sé si es serio o no. Es necesario. Estamos ante una especie nosológica muy grave, y alguien tiene que hacer el diagnóstico. Prosigamos.
El ensayo de Santiago González, con la dicha herramienta filológica, trabaja en el dominio de la Caracterología, ciencia que tuvo a uno de sus creadores en Teofrasto (fl. a 300 a. de JC).
El opúsculo de Teofrasto lleva por título convencional Caracteres éticos, y como primicia clásica sigue siendo un enigma [2]. Tras una presentación convencional –para el caso, de ‘un viejo curioso a un amigo’–,  entra sin más a trazar una serie de bosquejos literarios de caracteres-tipo, en número de 28 o 30, sin sacar de todo ello ninguna conclusión más allá de lo dicho en el prólogo:

«Como bien sabes, amigo Policles, soy viejo observador de la naturaleza humana. Noventa y nueve años cuento, y a lo largo de mi vida he tratado de tú a tú con gente de todas clases y aires, sin descuidar la observación de individuos de condición buena y mala… Es lo que me he propuesto describir  para tu ilustración, y con la esperanza de que nuestros hijos, con este legado nuestro, salgan  mejores que nosotros.»

Caracteres éticos, se podría traducir también Costumbrismo. Bien entendido que el ethos, sin descuidar lo moral, no pone en eso el acento,  sino en el modo de ser y actuar cada individuo según un patrón fijo y previsible: un ‘carácter’ irreformable, indeleble, grabado ‘en el ADN’, como decimos hoy con cursilería.
¿Tiene esto que ver con la Ética propiamente dicha? ¿Con la Comedia de ‘caracteres’?  ¿O tal vez con la Sociología o la Política? No se sabe, aunque todo puede ser. Teofrasto fue alumno y heredero de Aristóteles, y por tanto hubo de interesarle la Política vivamente. Recordemos que, para su maestro, el sujeto sensato (phrónimos) era la encarnación ideal del hombre bueno político. En este sentido bien pudo el discípulo divertirse con sus cuadernos de campo, donde de modo especial se dedicó a la Botánica, garabateando en las márgenes, en sus ratos libres, una serie de bocetos sobre desviaciones de la norma política, como caricaturas de los políticos reales, sátira en prosa.
El tarot de Teofrasto, desde luego, se puede jugar con provecho en clave sociopolítica. En este sentido, el libro de SG contribuye con una carta no del todo nueva, ya que varios caracteres teofrastianos se cruzan en el paradigma zapaterino –el fabulador, el gárrulo,  el impertinente, el inoportuno, entre otros–.

«La garrulidad es un desparrame de discurso prolijo que se improvisa sobre la marcha. El tipo gárrulo, apenas toma asiento junto a un desconocido, empezará contándole que tiene una mujer maravillosa, de la que se enamoró a primera vista en una cafetería y ¡plas!; para decirle luego lo que ha soñado la noche anterior, porque duerme fenomenal; eso sí, después de una cena sencilla, porque él cena siempre en casa, a menos que esté de viaje, y de niño sus padres nunca le pegaron, ni sus profesores le suspendieron…
«El impertinente no repara en inconveniencias. Al camarero del bar que le pregunta por sus hijas, le responde: “Ya ves, la mayor, convidada a la vida”. Invitado a una boda, se explayará en considerandos sobre la urgencia de liberalizar el divorcio y el aborto. En un atentado terrorista mortal, a los familiares de las víctimas les consuela explicándoles cómo comprende lo que sienten, porque a él también le fusilaron un abuelo, al que no llegó a conocer…
«Veamos ahora al inoportuno. Es aquél que, en presencia del servicio, se dirige a su madre: “Dime, mamá, ¿qué día y hora era cuando tuviste los dolores y me pariste?” El mismo que, a la cabecera de la moribunda, le pregunta: “Mamá, ¿tu crees que llegaré a presidente?” Y con desparpajo afirmará que ella le dijo que sí. En su casa siempre tienen agua fresca, gracias al aljibe. Su huerto produce las verduras más variadas y más tiernas jamás vistas. Como su cocinero, ninguno. Su hija mayor es demasiado de izquierdas, aunque toca bien la flauta. La pequeña no, la pequeña es muy guapa… »

El motor del político es la oratoria, el arte de persuadir y llevar a las masas al éxito o al precipicio. El orador prudente (phrónimos, una vez más) sustancia sus razonamientos con ejemplos válidos, tomados de la épica, de la historia, de la vida real. El majadero ejemplifica sobre sí mismo y sus fantasías, sobre su fruición autobeatífica, sobre lo feliz que es y lo bien que duerme y digiere. Como el Bien Sumo absoluto desde el empíreo, también su emanación de a pie se siente communicativum sui, y en eso consiste toda su acción política, en evacuar su nada. “Desparrame sentimental”, se subtitula el libro, donde se habla mucho de ‘desagües’, sin forzar mucho el tropo fisiológico. Generalizando, cabría hablar de ‘estructuras disipativas’, y que viva la entropía.

No sólo lágrimas
El título promete lágrimas. Pero no temamos ningún cataclismo, ningún diluvio, ni siquiera una gotera. Ese ojo en la cubierta del libro, enmarcado en el perfil de una gota y dejando resbalar una lágrima tan enorme como imposible, es un fotomontaje. El payaso no llora de verdad. Zapatero no ha llorado nunca por nada ni por nadie. 
La comicidad intrínseca de esta jeremiada de secano estriba en que su retórica contiene todo aquello de que carece y debería tener la retórica que se critica. Hay fronesis, hay prudencia reflexiva volcada en describir y analizar un seudo pensamiento incoherente, que a falta de recurso mejor, a veces gime.
Antes elegí el símil del tarot, para destacar la visualidad del estilo literario de SG; como también he señalado la expresión, ‘efectos especiales’, tomada del cine. En esto, él es gran catador y connaisseur, autor de guiones. Las evocaciones fílmicas son tan frecuentes como eficaces. Y la más ligada al título y tema de este libro es la secuencia de Quo vadis? (1951) donde Nerón pide ‘el vaso de las lágrimas’ y aplicándola a una y otra carúncula, hace como que llora y guarda unas pocas en el recipiente, que hace sellar para la posteridad: «Lloro por ti, Petronio. Una lágrima por ti, una por mí» (Cap. 2. ‘En este vaso de lágrimas’, págs. 50-51).
La escena se basa en el nombre de lagrimarios o lacrimatorios, dado gratuitamente a ciertos ungüentarios romanos diminutos, atribuyéndoles un uso ritual de recoger lágrimas vertidas por un difunto en sus exequias. De ahí pasó a la literatura y al drama (Shakespeare, en Antonio y Cleopatra). No hay referencia clásica que lo confirme, salvo un texto bíblico muy oscuro en hebreo (Salmo  56: 9): «[Señor,] pon mis lágrimas en tu odre». Un odre (נֹאד, no’d) de los de agua, vino o leche como recipiente para guardar Dios las lágrimas humanas es poco probable. Los únicos lacrimatorios de verdad han sido los frascos y botellas del vino llamado lácrima Cristi, supongo.
Un libro necesario. Vengan más en la misma línea, con otros caracteres igualmente aberrantes. Porque nuestro sistema político, la partitocracia, está propiciando una selección de aves de pésimo augurio en las cimas del poder. De la misma ‘Argos’ copio este axioma magistral (Rorschach, 2 de octubre 2011):

La grandeza de la democracia es que cualquiera puede ser presidente.
La miseria de la democracia es que un cualquiera pueda ser presidente.

Como quería Teofrasto, a ver si un día nuestros hijos tienen más suerte con sus políticos. Gracias a libros como los tuyos, amigo Santiago. 
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[1] Santiago González. Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo. Madrid, La Esfera de los Libros, 2011, 395 págs., 21 €.
[2] La obrita seminal de Teofrasto influyó en la comedia y la sátira greco-latina. Traducida al latín por Casaubon (1592), La Bruyère la puso en francés y terminó haciéndola suya, como gran teatro tipológico del Siglo de Luis XIV.



lunes, 3 de octubre de 2011

‘IRURAC BAT’



                        Fe es creer en lo que no tenemos ni idea.

 La Batalla de Vitoria (21-06-1813), además del monumento urbano que el otro día comentábamos, produjo otro artículo conmemorativo menos conocido y discutido, aunque no libre de misterio: una Cruz de distinción militar. Me prometí hablar de ello y voy a cumplirme.
Claro que cuando tocan a desmitificar todo el mundo arrima el hombro, y no queda títere con cabeza. Aquí la Entmythologisierung laica devalúa la presencia real española en el escenario bélico vitoriano. ¿Estuvimos allí, junto con los británicos y portugueses a las órdenes de ‘Vellintón’? ¿Merecimos la Cruz de la Batalla de Vitoria?
Como en todo ‘paisaje tras la batalla’, no faltaron aquí tampoco los tipejos habituales del rebusco, a por unas buenas botas, un reloj, una bolsa de monedas… En el caso especial de Vitoria, el vencido José I huía con una impedimenta fabulosa que, paradójicamente, le libró de caer prisionero, pues no tuvo más que ir soltando lastre para clavar a sus perseguidores en el sitio, legua tras legua. Ingleses, portugueses, hasta franceses disfrazados de pordioseros, se aplicaron a fondo al botín, lo mismo que guerrilleros españoles, y los relatos hablan de caravanas de aldeanos vascos que con sus carretas de bueyes y sus mulas trajinaron como el que más.
¿Fue esa toda la mano de obra vasca y española en Vitoria? A los críticos nacionalistas de la Guerra de Independencia les gusta verlo así. Y aunque ese tipo de apreciaciones no sea de las que me sacan de quicio, ésta en concreto me la tomo un poco en plan personal. Me explico.
Es ello que en el tesorillo familiar tenemos un ejemplar de dicha cruz. La ganó algún antepasado de mi mujer, y por alguna carpeta anda el papel acreditativo, sin el cual no era permitido usarla. Y aunque en la Red hay alguna imagen de esa insignia, procuraré ofrecer la nuestra con cierta calidad, por el interés de los detalles.

La Cruz de Vitoria
La creó Fernando VII a propuesta del guerrillero vizcaíno, reconvertido en mariscal de campo (general de división), don Francisco Tomás de Anchía y Urquiza, llamado Longa por su caserío natal en Mallavia (1783-1831). A Longa le pilló la guerra afincado en la Bureba (Burgos), donde se había casado con la hija de su patrón.
Aquí se puede ver el texto de la Real Orden (Madrid, 2 de abril 1815), tal como apareció en La Gaceta de Madrid (martes 25 de abril), tomo 1, pág. 430. Y que no se concedió a voleo lo prueba el párrafo donde se fija el procedimiento, tan riguroso como el aplicado para las distinciones de San Marcial (Irún) y de Tolosa.
¡Pues claro que hubo españoles en la compleja ‘Batalla de Vitoria’! Además de Longa y el pariente, de entre más de 16.000 compatriotas –de un total de 76.000 aliados– , muchos supervivientes pudieron acreditar su derecho a la recompensa.
Con la imagen delante, fijémonos en el texto descriptivo de la Real Orden:

«formando el centro de la cara principal un círculo en campo roxo, con tres espadas, atadas con cinta blanca, y en ella el lema en bascuence Irurac-vat [sic], y en el reverso sobre campo blanco la inscripción ‘Recompensa de la batalla de Vitoria’; debiéndola llevar pendiente del ojal de la casaca o chaqueta con cinta, compuesta de tres listas iguales de los colores azul, roxo y negro, distintivo de las tres Naciones que concurrieron a la referida acción, ocupando el color roxo el centro

Pasando por alto el regio lapsus o errata –vat, repetido por respeto en todos los textos que he visto, aunque enmendado en la propia medalla–, cabe preguntar qué sentido tiene aquí el lema Irurac bat. No me refiero al significado gramatical –“los tres uno”, o tres en uno–, sino a qué trinidad concreta se refiere, y cuál es aquí el dogma trinitario.


irurac  bat era el lema escogido por el Conde de Peñaflorida, Xavier María de Munibe, y cofundadores para su Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Fundada en Azcoitia (Guipúzcoa), en la Nochebuena de 1764, por 16 próceres vascos, Carlos III la aprueba como ‘Real Sociedad’ en abril de 1765, esto es, en vísperas de la expulsión de los jesuitas del Reino (abril 1767).
La Bascongada fue modelo para otras análogas ‘sociedades económicas’ en diversas provincias del Reino, todas con base en la Amistad o Amitié, de inspiración francesa. De hecho aquel lema se plasmó en un logotipo (como hoy decimos), obra del artista Manuel Salvador Carmona: Tres manos unidas y enlazadas por el Irurac bat. Era la expresión de las tres Provincias Vascongadas unidas en el esfuerzo de promocionar el País, en la línea y filosofía del Despotismo Ilustrado que nuestros próceres encarnaban. Veinticuatro a la sazón, ocho por cada provincia de Guipúzcoa, Vizcaya y Álava.

Por cierto, dos de las manos son diestras, mientras que la central y vertical es siniestra (pudiendo no serlo); y la unión es más bien fría, nada de apretón. Ignoro si todo ello es porque sí, o encierra algún misterio. Todo el emblema responde a una estética ‘masónica’, muy de entonces; pero, casualidad, todo ha resultado luego bastante profético.
Por lo demás, los fundadores de la Bascongada, aunque ilustrados y atentos a los aires cultos de Francia y Europa, eran gente religiosa, y si en su biblioteca tenían y leían La Enciclopedia y otras obras prohibidas, era con licencia de Su Majestad y de los respectivos directores espirituales. Todo ello no impidió el que los «caballeritos de Azcoitia» –como les llamó con sorna el jesuita José Francisco de Isla, ya desterrado en Bolonia– tuviesen sus más y sus menos con el oscurantismo local y nacional.

Misterio trinitario
Muchas veces me he preguntado de dónde salió el Irurac bat, y siempre llego al mismo sitio: al Comma Johanneum. ¿Y eso qué es?
El Inciso de Juan’ es un misterio dentro del misterio. Es lo que aquí va en negrita, en este texto tomado de la Epístola I de Juan, 5: 7-8, según la Vulgata latina:

Tres son los que atestiguan en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo: y los tres son uno. Y tres son los que atestiguan en la tierra: el Espíritu, el Agua y la Sangre: y los tres coinciden [1]

Omítase el inciso en negrita, y el texto ya no dice lo mismo. No es que resulte más claro o más oscuro, es otra cosa. Y sólo aparece en latín, desde el siglo III. El original griego lo ignora, y los orientales no lo admiten. El tal inciso (o comma) fue sin duda una glosa explicativa añadida para poner de relieve el misterio de la Trinidad. Erasmo, en la primera edición del Nuevo Testamento griego (1512), lo suprimió sin más, con muchos dolores de cabeza. Para entonces ya estaba impreso (a espera de permisos) el Nuevo Testamento de la Biblia Políglota de Alcalá, donde no sólo se mantiene el comma en latín, sino que se interpola traducido en el griego. La expresión esencial es idéntica en griego, latín o vascuence:

ΟΙ ΤΡΕΙΣ ΕΝ ΕΙΣΙΝ
HI TRES UNUM SUNT
IRURAC BAT


El coma juaneo entraba en la cultura general religiosa media. Por otra parte, Munibe y otros caballeritos eran buenos músicos y cantores, que ejecutaban con gusto el famoso motete de Tomás Luis de Victoria Duo seraphim, con su coda archifamosa, et hi tres unum sunt.
El Irurac-bat, con guión o sin él, irá cobrando cariz más y más político en la Revolución Vasca. Así se llamó un diario bilbaíno (desde 1856); como también se inventó una bandera roja con el mismo motivo de la Bascongada (1859), la primera enseña vasca unificada [2]. Por otra parte, el Tres se hizo Cuatro con Navarra (Laurac bat) –por ejemplo, en otras banderas de 1881 [3]–, y Siete (Zazpiak bat), en evocación larramendiana de irredentismo. Un proceso aritmético que arruina la belleza mistérica trinitaria derivada precisamente del comma. Bien es verdad que el Siete también tiene su morbo. Lo que queda chato y de pata de banco es el Cuatro ese, que ha dado pie al engendro de escudo oficial que tenemos en la Comunidad Vasca, con un cuartel rojo mudo, en cuarentena por prescripción facultativa y obstinación política.

El misterio de la Cruz
Volviendo a la insignia de la Batalla de Vitoria, vuelve también la intriga sobre el Irurac bat. ¿Quiénes son aquí los, o las Tres? Deberían ser las ‘provincias’, Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, pero no es posible sin hacer un feo a Navarra, que también luchó.
Recordemos que se trata de una distinción nacional. A mi ver, las tres espadas o sables cruzados no son las Vascongadas, como a primera vista parece decir la letra, sino lo mismo que representan los tres colores de la cinta: «las Tres Naciones que concurrieron a la referida acción». Gran Bretaña, España, Portugal: esta fue la Trinidad Unida vencedora de la Francia de Napoleón.
De los tres colores, el rojo de en medio apunta a España. El reparto de los otros dos debe de ser sencillo para los que entienden en símbolos, para mí un misterio. Igual que en el emblema de la Bascongada, representando a Guipúzcoa, esa inquietante mano izquierda a contrapelo. 

Para mi pobre cabeza, fe es lo que puse al principio. Y en esto de los jeroglíficos identitarios unitrinos al gusto de mi tierra, me confieso poco dotado, hombre de poca fe.
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       [1] ‘Y los tres son uno’: en latín, et hi tres unum sunt. El original griego dice en cambio ‘y los tres son para uno’; esto es, los tres testigos coinciden.

[2] Irurac-bat, bajo el emblema de la Bascongada, fue en su tiempo el periódico más leído de Bilbao, portavoz de un fuerismo liberal unitario moderado y autonomista, precursor del de los euskalerriacos. Sobre la bandera trinitaria, v. el excelente artículo de Coro Rubio Pobes, ‘La primera bandera de Euskal-Erria’, Sancho el Sabio, 20 (2004): 173-179.

[3] Ibíd., págs. 174-177. Una de éstas, netamente monárquica y atribuida a la Guerra de la Independencia, sería la que da título al artículo: la primera bandera de la Euscalerría peninsular.




jueves, 29 de septiembre de 2011

Zigor




 Zigor en euskera es la vara o fusta como instrumento de castigo, y también el varapalo mismo. Como en Roma, cuando los lictores soltaban sus haces (fasces; de ahí vino fascismo), y elegidas las varas más flexibles medían con ella la costalera del reo.  Zigor es  por metonimia el castigo en general. Así tituló el maestro Escudero su ópera estrenada en 1962, ‘Zigor!’. Y por extensión, cualquier calamidad, cualquier desgracia o desastre es zigor.
Zigor Etxeburua Urbizu es el Director General de Euskera de la Diputación de Guipúzcoa, desde que ésta vino a manos de Bildu. También ha sido desde el principio un elemento de Kontseilua. Así se llama el ‘Consejo de los Organismos Sociales del Vascuence’. O, por si eso no nos dice nada, quedémonos con esta autodefinición: «Kontseilua constituye la esencia  del movimiento que trabaja en pro del euskara». Desde 2001 aglutina las múltiples asociaciones que decían trabajar por esa lengua, y que hoy forman un conglomerado de medio centenar, o casi, con acceso al dinero público.
Zigor (Alza, 1970-  ), «especialista universitario en euscaldunización» –la cursiva no es mía, sólo la c, más propia en castellano que la k–, tiene interés por que se sepa dónde y quién usa el vascuence.
Al efecto, empezó cargando sobre sus jóvenes espaldas la responsabilidad del ‘Mapa de Euskalgintza’. Esta palabra apareció en escena a mediados de los 60 para designar el activismo pro eusquérico. Sin embargo, más de una vez ha sido criticada como sinécdoque camuflada, al tomar la lengua y cultura como pretexto o trampolín de acciones políticas de amplio espectro (sin excluir la kale-borroka).
En realidad cualquier cosa , por chabacana que sea, grosera incluso y disgusting (por decirlo en la lengua del Bculinary [1]), cabe en el Mapamundi de Zigor, siempre que se haga con dinero público y se etiquete ‘en pro de nuestra lengua y cultura’.
Pues bien, con mapa o sin él por ahora, Zigor desde su nueva responsabilidad como Director General se propone elaborar «un registro completo de ‘vascoparlantes’».  Hemos leído bien, registro completo: de organismos, asociaciones y hasta de ciudadanos. De hecho, la noticia lo llama también «Censo»
Que la cosa va en serio, lo confirmaba el Diputado general Martín Garitano, aunque sin aclarar el objetivo que se persigue, y que según la oposición socialista no puede ser otro que «clasificar» a la ciudadanía.
Antes de que el lector cierre con disgusto esta página –que bien merecido lo tiene–, le ruego me acompañe otro parrafito, nada más. Es sólo para que se haga una idea de cómo este desgraciado país tiene la calamidad y el castigo que merece.
Detrás de la referida noticia sobre el ‘censo’ venía este único comentario:

Sugar dijo...

«Censos se hacen de todas las cosas, incluido de quien habla que idioma, sobre todo si es un idioma de la tierra. Como vas a saber las necesidades de una lengua si ni siquiera sabes la gente que lo habla ni como lo habla. Lo que me parece raro es que ese censo no exista ya, muy mal hecho el responsable.
Los unicos que organizarian censos para cometer algun hecho nazi sois vosotros y los vuestros.»[2]

A ‘Sugar’ la zigorrada le parece lo más natural del mundo: «censos se hacen de todas las cosas». La criatura confunde censos con estadísticas. Que tampoco las hay de todo. ¿Tenemos acaso un ‘censo’ de vegetarianos que tocan la ocarina? Pues ya nos falta otro, además del de vascoparlantes.
En serio: ¿Sabe Sugar dónde está la oficina del censo de alcohólicos? ¿la de antitaurinos? O por citar una que le podría venir más a mano, ¿la de simpatizantes de Bildu? ¿Le parece normal a Sugar un censo nominal y riguroso de deficientes mentales? Porque podría llevarse un susto.
¿Qué le importa a la Administración en qué habla cada cual en mi escalera, si a los propios vecinos –como gente educada que somos– nos tiene sin cuidado? ¿Qué ‘necesidades del euskera’ se descubren así?
«Lo que me parece raro es que ese censo no exista ya». Estadísticas lingüísticas es lo que nos sobra en este país. Pero censos son otra cosa. Dígame, ¿y quién tiene derecho o está autorizado a realizar un censo así?
Fíjese, por otra parte, en los sujetos del censo: los vascoparlantes (y por exclusión, los que no lo son). La diferencia entre euscalduna y vascoparlante puede ser demasiado sutil para ‘Sugar’, pero son conceptos distintos. Si la noticia es correcta, lo que quiere censar Zigor o la Diputación de Guipúzcoa no es quiénes saben vascuence, sino quiénes lo usan. Si fuese lo primero, cabría pensar que es para su euskalgintza, su propaganda del euskera. Pero no es eso, se trata de censar a los buenos euscaldunas por un lado, y a los malos vascos o antivascos por el otro. Como siempre: valerse del lenguaje, primero para discriminar, luego para dividir y enfrentar a la ciudadanía por cuestiones identitarias.
«Necesidades de una lengua». Otro (u otra) que cree que las lenguas padecen necesidades. Las lenguas ni sienten ni padecen. Son las personas las que sufren imposiciones o las que disfrutan imponiendo sus preferencias a los demás.
En fin, ‘Sugar’: lo que revela tu comentario es que hay gente que veis normal el que la Administración (o el Poder) invada el ámbito privado y controle la intimidad de cada cual. Y eso es el totalitarismo, Sugar. Eres fascista, tal vez sin saberlo.
Al Dios Yahweh de la Biblia no le gustaban los censos. Cuando el rey David se montó uno –fuese por vanidad, o para organizar el Fisco y el Ejército–  allá que se topa con el profeta Gad, que le da a elegir de tres castigos uno:

– tres años de hambruna;
– tres meses de derrota militar;
– tres días de peste en el país.

El rey tiró por lo más corto y eligió la peste: un zigor terrible, que se llevó por delante a 70.000 hombres. Esto es, sin contar mujeres y niños. Por suerte, el propio David se fue de rositas.


A nosotros tampoco nos gustan censos como el de Zigor. Porque ¿quiénes los realizan? ¿alguna oficina técnica?... No. Correveidiles, chivatos. Qué otro nombre dar a una asociación ‘cultural’ que dedica su precioso tiempo a identificar establecimientos vascohablantes –¡examinando de la lengua a los empleados!–, y publican la lista en la Red:

«La asociación cultural Bizarrain de Altza está identificando los establecimientos que ofrecen su servicio en euskera durante los últimos meses. Ahora, ha estudiado los establecimientos de los grupos Arrizar y Arriberri, y de las calles de Elizasu y Roteta. Ha analizado los negocios en los que la mayoría de empleados (tres de cada dos al menos) pueden comunicarse en euskera y los ha publicado en su página web.
Estos son los establecimientos euskaldunes de dichas zonas:

En el grupo Arriberri… etc.»

Quizá lo justifiquen con que «ellos lo desean así». Bueno, eso les habrán dicho; pero señalando a unos a calle hita están denunciando a los demás. ¿Es eso lo que el euskera ‘necesita’? Para ganar amigos no, desde luego.

¿Para quién trabajan estos sabuesos? Hace justo un año, Zigor Etxeburua se refería a una campaña, ‘Lehen hitzetik’ etc. (Desde la primera palabra), que ya tenía en marcha en un barrio de San Sebastián. Y daba esta justificación, desconcertante a primera vista: «Este período de crisis debe ser una oportunidad para el euskera».

Sólo a primera vista. Para quienes están al corriente de un euskera con necesidades, con penas y alegrías, no les pueda extrañar ese mismo euskera aprovechando oportunidades. En la jerga nostra, ‘el euskera’ son por supuesto sus hablantes –siempre se dijo ‘el euskera’ para referirse a tierras y gentes–, y de esos hablantes los privilegiados que pueden vivir a cuenta de él. En especial, los super privilegiados, los euskaldunizadores profesionales, como Zigor. Y algo también sus sabuesos, los comisarios politico-lingüísticos que van de acá para allá censando a los ciudadanos «para que vivan en euskera, compren en euskera y soliciten servicios en euskera».
Crisis, recortes para todos... El rey David y su camarilla, de rositas.


¡Señor, qué castigo!

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[1] Basque Culinary Center.
[2] No es raro que los comentarios de esta clase vayan seguidos de unas palabras en vascuence, a veces mejor redactadas que el castellano, pero no necesariamente, como es el caso. Y como también es el caso, despidiéndose con cajas destempladas: izorratu beharko zea (traducción aproximada de «os tendréis que joder»). Excuso esas tres líneas, que no añaden nada a la sustancia.