lunes, 12 de septiembre de 2011

Dos siglos de revolución vasca (1)



Para el nacionalismo vasco la Guerra de Independencia Española nunca ocurrió. Es verdad que de ella hablan todas las historias generales y todas las particulares de la Península Ibérica, más infinidad de historiadores que se han ocupado de Napoleón; incluidos los vascos nacionalistas, cómo no. Da igual. El nacionalismo en su imaginario político pasa de esa guerra, un simple mito hispano ajeno a lo vasco. Y de mitos esa gente debe de entender un rato.
Ese recurso pueril de conjurar fobias tapándose los ojos no ha ido con la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, cuya Delegación en Corte dedicó su XVII Semana, Vascos en 1808-1813. Años de guerra y Constitución (Madrid, octubre-noviembre 2008) a dilucidar el papel de los vascos de España y América en aquella etapa histórica, que no sólo fue real, sino decisiva también para los vascos de ahora, a dos siglos de distancia.
Esas conferencias han fructificado en un librito del mismo título (Madrid, Biblioteca Nueva, 2010; 266 págs.). Y de igual modo que hace meses meditábamos sobre ‘Lo vasco que nunca existió’, con otro volumen del mismo origen, ahora disfrutamos de unas lecciones magistrales sobre una guerra y revolución vasca que sí existió. Un capítulo doblemente ignorado: por historiadores que no han entrado en eso, y por nacionalistas que de eso no quieren saber nada.

Guerra y Revolución
Al estrenarse el siglo XIX, la Revolución con mayúscula era la francesa. Con toda su grandeza y su miseria, con su Terror y sus Derechos humanos. La tragedia revolucionaria en sí era ya historia;  pero la Revolución, aunque muy cambiada, seguía viva, porque un solo hombre la había hecho suya: Bonaparte.
En la educación escolar, la historia española de aquellos años 1808-1813 prefirió decantar la epopeya bélica, más asequible a los niños, como Guerra de Independencia. Muy en segundo plano quedaba el aspecto revolucionario de aquella etapa, que fue la transición del Antiguo Régimen a nuestra Historia Constitucional, con las Cortes de Cádiz como comadronas de un parto que era su propia criatura (aunque no del todo): la Constitución de 1812. Con razón el Conde de Toreno tituló su gran obra divulgativa, Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (París, 1832).
La Junta Central era consciente de su cariz revolucionario, aunque diverso de lo visto en la Revolución Francesa (Manifiesto de 26-10-1808). La originalidad española era el monarquismo de aquella Junta, legitimista en origen, depositaria excepcional de la soberanía en nombre de Fernando VII. Pero su revolución empieza ya con la convocatoria de las Cortes de Cádiz, y se afirma en todo el trienio de soberanía nacional constituyente  (septiembre 1810-septiembre 1813), hasta culminar en la promulgación de un texto que transformaba radicalmente la propia Monarquía.
¿Fue ‘La Pepa’ la primera constitución española? Sí y no. Allende el Pirineo, ya Napoleón se había anticipado, convocando en Bayona una junta de notables españoles para la lectura y aprobación de una Carta otorgada, que articularía la monarquía también impuesta de José I.
Lo de tomar o no la Carta de Bayona como ‘constitución’ es algo bizantino. El decreto de convocatoria, desde luego, se refería expresamente a «fijar las bases de la nueva constitución que debe gobernar la monarquía»; y la proclama introductoria del nuevo rey al texto que se promulga en la Gaceta de Madrid (25 de mayo 1808) lo presenta como «una constitución que concilie la santa y saludable autoridad del soberano con las libertades y privilegios del pueblo».
En todo caso, también este documento era revolucionario para el país; y para mayor parecido con lo de Cádiz, el mismo Napoleón apela al legitimismo español: «Habiéndonos cedido el Rey y los príncipes de la casa de España sus derechos a la corona», que él no pensaba calarse en persona, sino «en las sienes de un otro Yo». Vamos, que el Corso tenía sus papeles en regla. El cinismo y el modo de designar a su hermano José Napoleón no quita nada al paralelismo, teniendo en cuenta que la accesión del Príncipe de Asturias , aprovechando un motín para quitarle el reino a su propio padre, tampoco había sido transparente.
Ahora bien, constitución, estatuto o como se prefiera, aquí nos importa que el documento aprobado en Bayona se promulgó con solas dos firmas: la del intruso rey José,  y la de su ministro Secretario de Estado, Mariano Luis de Urquijo. Un bilbaíno ilustrado y afrancesado, que ya lo había sido de Carlos IV (1798-1800).

Afrancesados
Los vascos más significados en aquel proceso entraban casi todos en la categoría de los ‘afrancesados’. La palabra tiene enjundia. Nace en el siglo XVIII para describir ciertos dejes de pronunciación y estilo gálico, ciertos gustos a la moda francesa. Se aplica luego a los admiradores de la Ilustración. Y termina como sinónimo de antipatriota y secuaz de José I, el intruso. La deriva semántica va de la estética a la política, pasando por la censura inquisitorial y el Índice de libros prohibidos.
Urquijo fue afrancesado en las tres acepciones, aunque en ninguna de ellas furibundo, cosa muy ajena a su temple. Y desde luego, nada ingenuo, como lo prueba el siguiente rasgo. Cuando Napoleón citó ante sí al ya rey Fernando, como hizo con su padre don Carlos, Urquijo fue el más decidido en desaconsejar el viaje, que era como ir al cautiverio. Este fue, más o menos, el diálogo entre el político vasco y un confiado Duque del Infantado, que le objetó:

– ¿Es posible que un héroe como el Emperador, yendo el Rey a ponerse en sus manos tan de buena fe, se las manche con esa acción?
–Si hubiese leído a Plutarco, habría visto que los héroes, especialmente los fundadores de dinastías, subieron los peldaños de su triunfo pisando a sus víctimas. Además, ¿cuáles son las razones del viaje?
–Sólo se trata de contentar al Emperador con ciertas concesiones territoriales y de comercio.
–Siendo así, ya le pueden dar la España [1].

Tal fue el hombre clarividente que luego fue ministro de José I, con el también bilbaíno José de Mazarredo (1745-1812) como ministro de Marina.
Algunos afrancesados fueron guerreros, otros sólo políticos, pero prácticamente todos fueron revolucionarios, no menos que los patriotas de Cádiz.

Vascos en la Guerra
De los aspectos bélicos en el País da una buena síntesis José Pardo de Santayana en ‘La Guerra de la Independencia en el País Vasco. 1808-1813.’ [2]
La situación del País Vasco en aquel período fue singular, soportando la máxima presión del invasor francés en comparación con el resto de España. Lo cual es lógico: la primera invasión militar de octubre-noviembre 1807 se hizo por la frontera occidental, ya que el objetivo-pretexto pactado era la ocupación y reparto de  Portugal con Godoy.  
Aquella penetración ‘pacífica’ o ‘amistosa’, bastante bien recibida en los centros urbanos de las Vascongadas, pronto se quitó la máscara. «Hasta 250.000 soldados, muchos de ellos veteranos…, se fueron acantonando en aquel pequeño rincón del norte español» [3].
Pero rotas las hostilidades, la resistencia cívica se notó menos aquí,  aunque también el colaboracionismo contra las guerrillas mal avenidas fue de lo más tibio, no tanto por convicciones como por las represalias, que en cierto modo anticiparon la saña de las futuras guerras carlistas. Más agresivamente anti francés fue el medio rural, feudo de los jaunchus y del clero más conservador, y tradicionalmente enfrentado a las villas y su patriciado urbano, aunque unidos todos en el apego a la religión y los fueros.
Una etapa de especial interés es la que se abre en 1810. Napoleón, ante el fracaso de su hermano, vuelve a intervenir en persona, y mueve la frontera de los Pirineos al Ebro, anexionando más directamente a Francia toda el área intermedia: Cataluña, Aragón, Navarra y Vascongadas (más Cantabria). A estos cuatro ‘gobiernos militares’, que ya no dependían del rey de España, se añadió el quinto Burgos en 1811. El sistema quebró en 1812, al partir Napoleón para Rusia, despejando el campo a Wellington. El brazo derecho del generalísimo inglés era ahora otro vasco afrancesado, el general Miguel Ricardo de Álava, que de colaboracionista y firmante de lo de Bayona, se había pasado a la Junta.
Vasco también fue el pundonoroso general vergarés Gabriel de Mendizábal (1765-1838), organizador del VII Ejército español que absorbió a no pocos guerrilleros como militares regulares, algunos con alto grado (Espoz y Mina, mariscal, lo mismo que Mariano Renovales; Francisco de Longa, coronel, etc.). «Cuatro de aquellos ‘Siete Magníficos’ que ostentaban los mandos principales en el ejército guerrillero del norte eran vascos» [4]
No me tienta lo más mínimo hacer épica de estas cosas ni, por el contrario,  reventar el ‘mito’ de la guerrilla patriótica. Lo importante es acercarse a la realidad en cuanto sea posible, y creo que la síntesis de Pardo Santayana  algo ayuda a entender en qué medida los aciertos de Wellington tuvieron éxito, gracias al trabajo preparatorio y complementario  de estrategas autóctonos y fuerzas semiautónomas o independientes, con destacado papel de gente vasca.

Vascos en la Revolución
Más interesante que contar la película bélica es hoy reconstruir el proceso revolucionario, y calando en las mentalidades de aquel magma heterogéneo, perfilar las visiones políticas. Algo por ahí van, en el mismo libro, José Mª Ortiz de Orruño, ‘Entre la colaboración y la resistencia. El País Vasco durante la ocupación napoleónica’ (págs. 71-129), y José Ramón Urquijo Goitia, ‘Vascos y navarros ante la Constitución: Bayona y Cádiz’ (131-186). Otro día pasamos revista a esos artículos. Sin olvidar el último de la serie, donde Begoña Cava Mesa observa ‘La Guerra de Independencia desde la otra orilla’ (págs. 187-237), estudiando un capítulo de la Independencia de la América Española, donde los vascos tampoco estuvieron quietos.  
Un Compendio bibliográfico –así presentado con modestia por su compiladora Mª Victoria de la Quadra-Salcedo– reúne un conjunto selecto de títulos para ampliar y profundizar en los múltiples aspectos de un tema poco conocido y muy complejo.
__________________________________
       [1] Cfr. O. cit., págs. 40-41.
       [2] O. cit., páginas 35-69. Pardo es también autor de la primera biografía seria de un guerrillero vasco mas nombrado que conocido: Francisco de Longa: de guerrillero a general (Madrid, 2007; 517 págs., ilustr.).
       [3] Pardo de S., o. cit., pág. 43.
       [4] Ibíd., pág. 57.

(Continúa)


miércoles, 31 de agosto de 2011

Laicos de mucha fe (y 3)


Obispos no


Jon Juaristi en El bucle melancólico observó con agudeza que la Iglesia Vasca es presbiteriana. El vasco –el vasco católico, para redondear el pleonasmo– comulga más con sus curas que con los obispos en general. A éstos los mira con prevención, le incomodan. Para un ex presbítero como Arzalluz, el obispo Blázquez era «un tal Blázquez». Un «loro viejo» que jamás aprendería a hablar en euskera, según el afamado euscalduna y eusquerólogo  católico Anasagasti.
El reojo anti episcopal viene de antiguo, cuando las Vascongadas en lo eclesiástico se integraban mayormente en la diócesis de Calahorra-La Calzada. Hasta 1851, cuando se crea la diócesis de Vitoria. La ojeriza debió de picar más en Vizcaya, si es cierto lo que cuentan: que en alguna coyuntura tensa se llegó a aplicar el rito de recoger con palas tierra pisada por el visitador episcopal a su salida del Señorío, y arrojarla fuera tras él.
Por lo demás, Garibay en su Autobiografía no refleja tal distanciamiento; al contrario, pondera la amistad de su familia con los sucesivos obispos, recordando cómo «los más de ordinario suelen posar los prelados de este obispado en sus visitas» en casa de su tío Juan, en Mondragón [1].
Aquí, como en otras partes, hubo medidas bien antiguas de ‘separación de poderes’, vedando al clero local la intromisión en asuntos civiles. Y algo de esa tradición ‘laica’ vizcaína se les pegó a los Arana, que en los estatutos del PNV cerraron el partido a los eclesiásticos. Eso sin perjuicio de profesar un clericalismo fundacional casi teocrático, ya que sus «bases fundamentales para la constitución del Pueblo Vasco» incluían «subordinación de lo civil a lo religioso» [2].

Sabino Arana tiene textos asombrosos por su ingenuidad, ora viendo en las figuras de los santos autóctonos (Ignacio, Javier) una prueba de la superioridad moral del pueblo vasco, o sumándose al apostolado de «salvar almas vascas» mediante el PNV, o en fin, autoerigido en portavoz del sentir católico vasco, respetuosamente crítico con el catolicismo foráneo por lo que afectaba a las libertades y esencias vascas [3].

Una embajada pintoresca
Cuando la II República, y más concretamente el socialismo de Indalecio Prieto, empezó a coquetear con los nacionalismos periféricos con vistas a negociar estatutos de autonomía política, los nacionalistas vascos se trabajaron en paralelo la creación de una ‘Iglesia Vasca’.
Al efecto, el 12 de diciembre de 1934 el partido envió a Roma, para un primer contacto directo con la Santa Sede, a Luis Bereciartúa, que recibido por el Secretario de Estado cardenal Pacelli –futuro papa Pío XII– obtuvo la promesa (o eso entendió) de que si una delegación nacionalista vasca se presentara en Roma, sería bien recibida.
Entre tanto, en 1935, mientras arreciaban los ataques de la derecha españolista (capitaneada por la CEDA) contra el PNV, éste tomó contacto con la Nunciatura apostólica en Madrid, siempre tanteando el tema de la Provincia eclesiástica vasca. Y cuando a fines del año, nombrado cardenal el nuncio Tedeschini, el 21 de diciembre recibe el capelo de manos del Presidente de la República, el católico Alcalá Zamora, a la ceremonia del Palacio de Oriente sólo asistieron dos diputados (Aguirre y Careaga), ambos confesionales y del PNV.
Con su cuenta y razón. Ellos ya sabían que de la CEDA no iría nadie, y así fue. Creyendo, pues, despejada la vía a Roma, días más tarde –enero de 1936– el PNV envía a una delegación presidida por José Antonio Aguirre, con objeto de presentar su programa al Papa en persona y ganarse un visto bueno de catolicidad. Como introductor se agenciaron a un carmelita adicto, el padre Larracoechea, del lobby vasco en el Vaticano.

Laudemus viros gloriosos…
Estos son los nombres de los ilustres romeros, con sus grafías genuinas, las heredadas de sus padres y abuelos:

Doroteo de Ziaurriz, pres. del EBB
Pablo Eguibar, secretario del EBB
José Antonio Aguirre, diputado por Vizcaya
Heliodoro de la Torre, íd.
Manuel Robles Aranguiz,  diputado por Bilbao
Juan Antonio de Careaga, íd.
Manuel de Irujo, diputado por Guipúzcoa
Francisco Javier de Landáburu, diputado por Álava
Francisco Basterrechea, del Tribunal de Garantías
José de Eizaguirre, íd.
Evaristo Echevarrieta, sacerdote de Bermeo.

Éste último, no siendo del partido por su impedimento eclesiástico, iría seguramente como capellán.
Aparte la presentación del partido y su política católica etc., tres eran los objetivos:

1) Constitución de una diócesis vasca con sede en Pamplona.
2) Uso del vascuence en la predicación.
3) Freno a la Jerarquía eclesiástica española, imponiéndole neutralidad ante la política estatutaria y nacionalista del PNV [4].

Es notable que una delegación de políticos seglares acuda a la Santa Sede a sugerirle una mejora en la organización eclesiástica. Para nuestro peneuvistas tenía su lógica, y no es lo menos sorprendente leer de uno de ellos, que iban a Roma sinceramente convencidos de que su misión era puramente «de carácter religioso, social y cultural… síntesis de las aspiraciones de los vascos, en razón de las relaciones siempre amistosas y filiales de nuestro pueblo con la Iglesia católica» (Landáburu).
El plan previsto era ser recibidos por el Secretario de Estado Pacelli, que así lo había prometido (al menos en versión de Bereciartúa), y les introduciría al Papa.
 Llegan a Roma el 19 de enero, y primera ducha fría: no les recibe Pacelli, sino su secretario Mons. Pizzardo, quien les reprocha ser en España los únicos católicos que rehusaban aliarse con los demás en momentos tan graves para la religión. El monseñor se lo puso tétrico: ¿acaso no veían que en las inminentes elecciones de febrero se jugaba el que «España fuese de Cristo o de Lenin»? Aliarse con la CEDA, ese era su obligación urgente, y hacer más caso al episcopado.
Entre atónitos y airados, replican que con la CEDA ni hablar, por ser de «ideas diametralmente opuestas en orden a la Patria».
Esta diplomacia autista obtuvo, en vez de las entrevistas privadas que se prometían, unas tarjetas corrientes de invitación a la audiencia pública general semanal del Pontífice en la Sixtina. Ellos, tratados como simples fieles del común.
Por supuesto, el Vaticano estaba informado tanto desde el Episcopado español como por el solapado Nuncio, de la estrategia de aquellos católicos que, anteponiendo su interés partidista al bien de la Iglesia, se vendían a las izquierdas por las lentejas del dichoso Estatuto.
Días después, nueva y no menos dramática entrevista con el mismo anfitrión. Decididamente, ni Pío XII ni su Secretario de Estado pueden recibirles. Dejen por escrito lo que quieren y vayan con Dios y la Bendición apostólica.
Algo dejaron, en efecto; algún folleto de propaganda jeltzale, o así. Luego, a la salida, con la rabieta se enzarzaron en una discusión sobre si armar un escándalo, aporreando la puerta de Pacelli. El padre carmelita se lo quitó de la cabeza con un recurso muy vasco: «Señores, es hora de comer. Aquí en Roma se come temprano y luego cierran».
El 26 oyen misa, y viajeros al tren, despidiéndose de Roma con gritos de Gora Euzkadi Azkatuta! Forastero hubo en la estación que les tomó por exaltados mussolinianos fascistas.
Aquel revolcón no sería jamás olvidado por el nacionalismo. Bien es verdad que tampoco fue el último. Y de aquellos polvos estos lodos. Exagerado es decir que ETA nació y creció en las sacristías, aunque es cierto que muchos etarras y pro etarras han escurrido vinajeras de muchachos, y algunos hasta cálices consagrados por ellos mismos de adultos. Lo preocupante no es el cambio de fe, es el poso de resentimiento.  De ahí lo que va de ayer a hoy. De dónde salimos y dónde estamos. Antes, tras de los curas con la vela; ahora sin los curas, o tras de los curas con la estaca. O bien, en el educado distanciamiento laico y adanita de Bildu.

«El ala más retrógrada de la iglesia católica» 
Es lo que, según Bildu, representa el «obispo católico Izeta», esto es, el guerniqués Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa. Así es como figura en la Wiki, y no me ha salido a la primera, por el empeño que hay ahora de enmendarle los apellidos a una ortografía que él no parece desear.
Doctor en Medicina y Cirugía (1995), doctor en Teología Moral (2002), máster en Economía y políglota en español, inglés, francés, alemán, italiano y vascuence. A estos títulos añade don Mario otro que a mí me chifla, qué le voy a hacer: es organista. Pero, nadie es perfecto: no se formó como es debido en el País Vasco, pues su carrera sacerdotal la ha hecho sobre todo en Córdoba. ¡Ah! Se dice que es de Opus.
No le conozco de nada, y creo que ni le he visto nunca, así que no puedo decir si una persona tan culta y completa camina hacia atrás. Doña Helena Gartzia, los de Bildu en general, deben de saberlo mejor, para situarle en el ala más retrógrada de toda la Iglesia.
Tengo entendido que don Mario no es partidario de ciertas cosas, supuestamente ‘ortógradas’: aborto, eutanasia, amor libre, uniones homosexuales (gaymonio y lesbimonio, el homoconyugio en general), y algunos otros adelantos. Tampoco simpatiza con ETA.
Teniendo en cuenta que el término ‘retrógrado’ es relativo, es muy posible que le cuadre a un obispo –‘obispo católico’,  por más señas–, desde la perspectiva de quienes marchan en sentido contrario.
¿Puedo tener algo contra un retrógrado como Mons. Iceta? ¿Se entromete en mi vida y costumbres? En absoluto. Oigo (si quiero) su opinión y consejo, y en paz. De los nacionalistas ortógrados no puedo decir otro tanto. Un obispo que además es capaz de recrearme tocando a Bach en el Cavaillé-Coll de la basílica de Begoña. Y que, en caso de urgencia, me puede ofrecer por humanidad unos primeros auxilios médicos (junto con los espirituales, si yo fuese capaz de ellos)…
‘Retrógrado’… ¿respecto a quién? Por la rima, me da Setién, pero no puede ser, es también obispo. Aunque en Bildu hay mucho bertsolari, y quién sabe lo que les rimara en lo hondo de sus creencias laicas.
___________________
[1] E. de Garibay, Discurso de mi Vida, 3, 5 (ed. J. Moya, Bilbao, 1999, pág. 133).
[2] Fernando García de Cortázar, ‘Iglesia Vasca, Religión y Nacionalismo en el Siglo XX.’ Congreso de Historia de Euskal Herria. Vitoria, Publ. Gobierno Vasco, 1988, vol. 4. También en Cortázar, F. G. de, y Juan Pablo Fusi, Política, Nacionalidad e Iglesia en el País Vasco. San Sebastián, Txertoa, 1988, págs. 59-114; pág. 65.
[3] Cfr. José Luis Torres Murillo, Vascos. El problema no es ETA (Razones y sinrazones de los nacionalismos). Madrid, Visión Libros, 2006; cap. 15, ‘De la realidad y el mito de la Iglesia Vasca. La división de la comunidad cristiana’; págs. 325 y sigs.
[4] Cfr. Fernando de Meer en su tesis doctoral, ‘El Partido N. V. ante la Guerra de España. Un estudio de las relaciones nacionalismo y religión en el País Vasco (18.VII.1936-15-X-1937)’, Universidad de Navarra, 1991. Publicada como El Partido Nacionalista Vasco ante la guerra de España (1936-1937). Pamplona, 1992.


lunes, 29 de agosto de 2011

Laicos de mucha fe (2)

   
Romerías no



       La anécdota testimonial de doña Helena Gartzia en Begoña tuvo por lo menos esa vis cómica que suele sazonar las sobreactuaciones enfáticas del neófito o converso. Ahora toca bocado menos apetecible, como es hincarle el diente a un texto de Bildu.
       Me remito al manifiesto o proclama sobre el ‘principio de laicidad’ y ‘separación total’ de esferas civil y religiosa, emitido con ocasión de la Semana Grande de Bilbao, extractado ampliamente en la entrada anterior.
       Partiendo de enunciados doctrinales, el ‘grupo municipal de Bildu’, tras anunciar su propia línea de conducta, criticaba al resto de la corporación bilbaína, denunciando incluso por sus nombres a dos ediles, “el Teniente de Alcalde Ibon Areso y Tomas del Hierro”,  por su presencia oficial en un acto religioso, “junto al obispo católico Izeta, representativo del ala más retrógrada de la iglesia católica”.

       — Y bien, ¿alguna objeción, amigo Belosti? Pasando por alto  los nombres propios, o el juicio de valor sobre un obispo y un sector eclesiástico, no nos saldrá usted ahora confesionalista…

       En absoluto. Es más, ni siquiera creo que mis apreciaciones sobre la Iglesia histórica sean más benévolas que las que pueda justificar la gente de Bildu,  por su propia experiencia y estudio. Mi reparo no es porque alguien se proclame laico y todo lo demás, sino porque esta lección magistral nos la quieran endilgar ellos. Precisamente.
       Porque, verán, si el único marco capaz de garantizar la convivencia entre personas con creencias y valores diferentes” es el laicismo, el mismo principio debe generalizarse a toda la política. Es decir, si para que puedan convivir personas de creencias y valores diferentes, “el ejercicio de cualquier práctica religiosa no debe pasar la esfera de lo privado”, con tanta o mayor razón se ha de relegar a la misma esfera privada cualquier expresión de valores no compartidos por una sociedad reconocida plural.
       Fuera, pues, de la calle los particularismos de toda laya: banderas y otros símbolos, señas identitarias, toponimia normalizada y normalizante, semiótica, consignas, aleluyas y tanta zarandaja que, como demuestra la experiencia, pone en jaque la convivencia en paz. Un respeto al mapa lingüístico real y fuera políticas lingüísticas de imposición. En suma, que nadie se arrogue el derecho a reducir a nadie a su ‘norma’, alegando razones tan respetables como sus contrarias.
       Estoy arguyendo ad hominem. Y por supuesto, me pregunto qué legitimidad ostenta un nacionalismo –cualquier nacionalismo– para predicar urbi et orbi las condiciones de la convivencia entre dispares, que en todo caso deben referirse a un consenso minimalista. Es decir, la antítesis del particularismo identitario reglado.
       Pero es que, en boca de Bildu, el sermón sobre laicidad raya en lo absurdo. Si alguna razón de ser tiene el nacionalismo –cualquier nacionalismo–, esa razón, ese lógos o verbo, es la ‘identidad nacional’.  Y en el caso concreto del nacionalismo vasco, en el principio ese verbo estaba junto a Dios, y el verbo era Dios. Para Sabino Arana, todo venía de Dios para volver a Dios. JELZ: Jaungoikoa ta Legi Zarra. «Geu euzkotarrak Euzkadi' rentzat, eta Euzkadi Jaun-Goikuarentzat» (‘Nosotros los vascos para Euzkadi, y Euzkadi para Dios’).
       ¿Trasnochado, revenido? ¡Pues claro! Pero es como era en el principio, así nos lo inculcaron de niños. De entonces acá, el nacionalismo ha evolucionado. Bildu, sobre todo, pues está a la extrema izquierda de Sabino. El confesionalismo clerical del padre fundador les da alergia. Pues qué bien. Tan libres son para hacer la mudanza, como obligados están a escuchar un par de cosas al respecto:

       1. Laicos sí. Pero el estandarte del laicismo no lo toquen, por favor, que no es suyo. No vengan de laicos de toda la vida. Conversos, eso sí. Y bien recientes; que todavía quedamos vivos no pocos testigos de su caída del pollino.
       2. Laicos, pues. Y por lo mismo, ilógicos e incoherentes, si no cuelgan en la misma percha, junto a la confesionalidad, el nacionalismo que profesan, o al menos lo relegan al ejercicio privado. Porque  su nacionalismo es otra opinión y creencia no compartida por todos (ni siquiera por todos los nacionalistas vascos), con los mismos inconvenientes, o peores, que el confesionalismo católico que repudian.

       Para avanzar en el argumento, conviene definir los términos.
       Laicismo viene de laico –en griego, ‘el del pueblo’–, la gente común; por contraposición al clero –en griego, ‘lote’–, término tradicional eclesiástico para el conjunto de los ordenados in sacris, desde los acólitos hasta los sacerdotes y obispos, y por extensión tal vez los simples tonsurados (aunque la tonsura es sólo un rito iniciático preparatorio para las órdenes sagradas).
       En suma, como bien lo ha dicho hace unos días el poeta satírico Fray Josepho:
Con mi ritmo, que es trocaico,
exponer un dato quiero:
laico’ no es ‘ateo fiero’,
ya que siempre ha sido laico
todo fiel que no es del clero.

       El Diccionario da estas definiciones:

clero.
(Del lat. clerus, y este del gr. κλρος).
1. m. Conjunto de los clérigos.
2. m. Clase sacerdotal en la Iglesia católica.

clérigo.
(Del lat. clerĭcus, y este del gr. κληρικς).
1. m. Hombre que ha recibido las órdenes sagradas.
2. m. Hombre que tenía la primera tonsura.
(Otras acepciones son extensivas).

laico, ca.
(Del lat. laĭcus).
1. adj. Que no tiene órdenes clericales. U. t. c. s.
2. adj. Independiente de cualquier organización o confesión religiosa. Estado laico. Enseñanza laica.

       Según eso, laico (o lego, que también se dice) se contrapone a clérigo como elementos de subconjuntos cuasi disjuntos, pero no de suyo adversarios. Si bien es cierto que históricamente ha habido diferencias y pugna de intereses, de modo que para algunos ‘laico’ es sinónimo de anticlerical.
       De clérigo y laico derivan respectivamente clericalismo y laicismo:

clericalismo.
1. m. Influencia excesiva del clero en los asuntos políticos.
2. m. Intervención excesiva del clero en la vida de la Iglesia, que impide      el ejercicio de los derechos a los demás miembros del pueblo de Dios.
3. m. Marcada afección y sumisión al clero y a sus directrices.

       Las tres acepciones (la 2. no nos interesa aquí) tienen carga o matiz peyorativo: ‘excesiva’, ‘marcada sumisión’. Cosa que de suyo no se aprecia en la definición de laicismo:

laicismo.
(De laico).
1. m. Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa.

       ¿En qué punto se situaría Bildu? Aunque en principio su laicismo sería neutral, hay en su pronunciamiento una nota estridente, en el modo de referirse a Mons. ‘Izeta’ como ‘obispo católico (¡!), pero sobre todo como “representativo del ala más retrógrada de la iglesia católica”. Iceta, obispo ‘católico’; ¿pues qué, si no, siendo un obispo vasco? El adjetivo ‘católico’ es impostado, lleva carga anti eclesiástica,  anticatólica, es de algún modo anticlerical. Bildu además se permite un juicio de valor sobre la Iglesia Católica, distinguiendo cierta ala más retrógrada, silenciando si para ellos existe alguna otra que lo sea menos, o que no sea retrógrada en absoluto.
       Insisto, sólo estoy tratando  de poner a Bildu en su sitio, en una escala desde el laicismo anticlerical, pasando por el laicismo neutral, hasta el clericalismo prístino sabiniano. Por lo que vamos viendo, algo tienen de anticlericales, aunque sólo fuese frente a una parte del clero, y no de la Iglesia en globo.
       Al exabrupto anticlerical a cuento del ‘obispo católico’ dedicaré otro comentario, ponderando el mal negocio ovejuno que ha hecho la ‘Iglesia Vasca’ con el nacionalismo, en especial el extremista. Aquí termino señalando la inconsecuencia de Bildu, se mire por donde se mire.
       Todo el mundo desea –algunos ya lo celebran– el  retorno de esta gente al redil de la democracia. Bien es verdad que todavía esperamos sentados a que el brazo político de ETA repudie de corazón  la violencia asesina. Y a buenas horas, si alguna vez lo hacen, aunque sea por oportunismo.
       Pero he aquí que los aprendices de solfeo agarran la batuta y quieren dirigir la orquesta. A otros novicios de celo parecido al de Bildu les retrató san Jerónimo con pincelada certera: “neófitos con ínfulas de obispos”.  Obispillos laicos, para el caso, definiendo por su cuenta qué artículos de la fe sabiniana conviene expurgar, por así pedirlo la convivencia en su nueva iglesia laica.
       ¿Y qué acto social censuran como impropio, estos adalides de la ortodoxia vasca? ¡Una romería! ¡una romería vasca!
       La romería es parte del folclore vasco, como cualquiera otra expresión cultural. La romería es un festival mixto, sacro-profano, cuya vinculación a un lugar sagrado no implica de suyo imposición clerical, pues las hay de iniciativa laica, donde el clero, si interviene, lo hace supeditado al elemento laico, por ejemplo, una cofradía.

      
       La presencia de una institución como el Ayuntamiento de Bilbao en la romería de Begoña, eso sí que es tradición de aquí.  Exigir la abolición de esa tradición romera como acto de clericalismo… ¡¡incompatible con la convivencia ciudadana!!... es una sandez, inexcusable aun bajo capa de ignorancia profunda de lo vasco, y desde luego reveladora de un talante totalitario.
       En cuanto al componente sacro en Begoña, no sé, ni me importa demasiado, si Azkuna como alcalde estuvo feliz en su fervorín a la Virgen. Religión, folclore, ensalada… Lo que cuenta es que se ha entendido seguir una tradición, una representación, psicodrama, como se lo quiera llamar. Algo en lo que unos no creen religiosamente, pero otros sí. Salvo escándalo farisaico, ¿dónde está el tropiezo para la convivencia?
       Pues ahí los tienen, los adanes bildutarras, siempre con el pueblo en la boca, lo vasco como patrimonio suyo..., censurando ahora la presencia institucional (pueblo con autoridades) en un romería popular vasca. ¿Pero de dónde ha salido esta gente?
       El hecho es que las basílicas, los templos, las ermitas de Bilbao y Vizcaya ahí están. Esperando a que la banda municipal de Bildu cualquier día decida si son para la ruina, o les encuentre alguna utilidad laica. ¿Begoña para la diosa Sinrazón? ¿o mejor devolverla a la mítica Mari? No demos ideas, que hay mucho adán a la que salte.

       (Concluirá)