Para el nacionalismo vasco la Guerra de Independencia Española nunca ocurrió. Es verdad que de ella hablan todas las historias generales y todas las particulares de la Península Ibérica, más infinidad de historiadores que se han ocupado de Napoleón; incluidos los vascos nacionalistas, cómo no. Da igual. El nacionalismo en su imaginario político pasa de esa guerra, un simple mito hispano ajeno a lo vasco. Y de mitos esa gente debe de entender un rato.
Ese recurso pueril de conjurar fobias tapándose los ojos no ha ido con la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, cuya Delegación en Corte dedicó su XVII Semana, ‘Vascos en 1808-1813. Años de guerra y Constitución’ (Madrid, octubre-noviembre 2008) a dilucidar el papel de los vascos de España y América en aquella etapa histórica, que no sólo fue real, sino decisiva también para los vascos de ahora, a dos siglos de distancia.
Esas conferencias han fructificado en un librito del mismo título (Madrid, Biblioteca Nueva, 2010; 266 págs.). Y de igual modo que hace meses meditábamos sobre ‘Lo vasco que nunca existió’, con otro volumen del mismo origen, ahora disfrutamos de unas lecciones magistrales sobre una guerra y revolución vasca que sí existió. Un capítulo doblemente ignorado: por historiadores que no han entrado en eso, y por nacionalistas que de eso no quieren saber nada.
Guerra y Revolución
Al estrenarse el siglo XIX, la Revolución con mayúscula era la francesa. Con toda su grandeza y su miseria, con su Terror y sus Derechos humanos. La tragedia revolucionaria en sí era ya historia; pero la Revolución, aunque muy cambiada, seguía viva, porque un solo hombre la había hecho suya: Bonaparte.
En la educación escolar, la historia española de aquellos años 1808-1813 prefirió decantar la epopeya bélica, más asequible a los niños, como Guerra de Independencia. Muy en segundo plano quedaba el aspecto revolucionario de aquella etapa, que fue la transición del Antiguo Régimen a nuestra Historia Constitucional, con las Cortes de Cádiz como comadronas de un parto que era su propia criatura (aunque no del todo): la Constitución de 1812. Con razón el Conde de Toreno tituló su gran obra divulgativa, Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (París, 1832).
La Junta Central era consciente de su cariz revolucionario, aunque diverso de lo visto en la Revolución Francesa (Manifiesto de 26-10-1808). La originalidad española era el monarquismo de aquella Junta, legitimista en origen, depositaria excepcional de la soberanía en nombre de Fernando VII. Pero su revolución empieza ya con la convocatoria de las Cortes de Cádiz, y se afirma en todo el trienio de soberanía nacional constituyente (septiembre 1810-septiembre 1813), hasta culminar en la promulgación de un texto que transformaba radicalmente la propia Monarquía.
¿Fue ‘La Pepa’ la primera constitución española? Sí y no. Allende el Pirineo, ya Napoleón se había anticipado, convocando en Bayona una junta de notables españoles para la lectura y aprobación de una Carta otorgada, que articularía la monarquía también impuesta de José I.
Lo de tomar o no la Carta de Bayona como ‘constitución’ es algo bizantino. El decreto de convocatoria, desde luego, se refería expresamente a «fijar las bases de la nueva constitución que debe gobernar la monarquía»; y la proclama introductoria del nuevo rey al texto que se promulga en la Gaceta de Madrid (25 de mayo 1808) lo presenta como «una constitución que concilie la santa y saludable autoridad del soberano con las libertades y privilegios del pueblo».
En todo caso, también este documento era revolucionario para el país; y para mayor parecido con lo de Cádiz, el mismo Napoleón apela al legitimismo español: «Habiéndonos cedido el Rey y los príncipes de la casa de España sus derechos a la corona», que él no pensaba calarse en persona, sino «en las sienes de un otro Yo». Vamos, que el Corso tenía sus papeles en regla. El cinismo y el modo de designar a su hermano José Napoleón no quita nada al paralelismo, teniendo en cuenta que la accesión del Príncipe de Asturias , aprovechando un motín para quitarle el reino a su propio padre, tampoco había sido transparente.
Ahora bien, constitución, estatuto o como se prefiera, aquí nos importa que el documento aprobado en Bayona se promulgó con solas dos firmas: la del intruso rey José, y la de su ministro Secretario de Estado, Mariano Luis de Urquijo. Un bilbaíno ilustrado y afrancesado, que ya lo había sido de Carlos IV (1798-1800).
Afrancesados
Los vascos más significados en aquel proceso entraban casi todos en la categoría de los ‘afrancesados’. La palabra tiene enjundia. Nace en el siglo XVIII para describir ciertos dejes de pronunciación y estilo gálico, ciertos gustos a la moda francesa. Se aplica luego a los admiradores de la Ilustración. Y termina como sinónimo de antipatriota y secuaz de José I, el intruso. La deriva semántica va de la estética a la política, pasando por la censura inquisitorial y el Índice de libros prohibidos.
Urquijo fue afrancesado en las tres acepciones, aunque en ninguna de ellas furibundo, cosa muy ajena a su temple. Y desde luego, nada ingenuo, como lo prueba el siguiente rasgo. Cuando Napoleón citó ante sí al ya rey Fernando, como hizo con su padre don Carlos, Urquijo fue el más decidido en desaconsejar el viaje, que era como ir al cautiverio. Este fue, más o menos, el diálogo entre el político vasco y un confiado Duque del Infantado, que le objetó:
– ¿Es posible que un héroe como el Emperador, yendo el Rey a ponerse en sus manos tan de buena fe, se las manche con esa acción?
–Si hubiese leído a Plutarco, habría visto que los héroes, especialmente los fundadores de dinastías, subieron los peldaños de su triunfo pisando a sus víctimas. Además, ¿cuáles son las razones del viaje?
–Sólo se trata de contentar al Emperador con ciertas concesiones territoriales y de comercio.
–Siendo así, ya le pueden dar la España [1].
Tal fue el hombre clarividente que luego fue ministro de José I, con el también bilbaíno José de Mazarredo (1745-1812) como ministro de Marina.
Algunos afrancesados fueron guerreros, otros sólo políticos, pero prácticamente todos fueron revolucionarios, no menos que los patriotas de Cádiz.
Vascos en la Guerra
De los aspectos bélicos en el País da una buena síntesis José Pardo de Santayana en ‘La Guerra de la Independencia en el País Vasco. 1808-1813.’ [2]
La situación del País Vasco en aquel período fue singular, soportando la máxima presión del invasor francés en comparación con el resto de España. Lo cual es lógico: la primera invasión militar de octubre-noviembre 1807 se hizo por la frontera occidental, ya que el objetivo-pretexto pactado era la ocupación y reparto de Portugal con Godoy.
Aquella penetración ‘pacífica’ o ‘amistosa’, bastante bien recibida en los centros urbanos de las Vascongadas, pronto se quitó la máscara. «Hasta 250.000 soldados, muchos de ellos veteranos…, se fueron acantonando en aquel pequeño rincón del norte español» [3].
Pero rotas las hostilidades, la resistencia cívica se notó menos aquí, aunque también el colaboracionismo contra las guerrillas mal avenidas fue de lo más tibio, no tanto por convicciones como por las represalias, que en cierto modo anticiparon la saña de las futuras guerras carlistas. Más agresivamente anti francés fue el medio rural, feudo de los jaunchus y del clero más conservador, y tradicionalmente enfrentado a las villas y su patriciado urbano, aunque unidos todos en el apego a la religión y los fueros.
Una etapa de especial interés es la que se abre en 1810. Napoleón, ante el fracaso de su hermano, vuelve a intervenir en persona, y mueve la frontera de los Pirineos al Ebro, anexionando más directamente a Francia toda el área intermedia: Cataluña, Aragón, Navarra y Vascongadas (más Cantabria). A estos cuatro ‘gobiernos militares’, que ya no dependían del rey de España, se añadió el quinto Burgos en 1811. El sistema quebró en 1812, al partir Napoleón para Rusia, despejando el campo a Wellington. El brazo derecho del generalísimo inglés era ahora otro vasco afrancesado, el general Miguel Ricardo de Álava, que de colaboracionista y firmante de lo de Bayona, se había pasado a la Junta.
Vasco también fue el pundonoroso general vergarés Gabriel de Mendizábal (1765-1838), organizador del VII Ejército español que absorbió a no pocos guerrilleros como militares regulares, algunos con alto grado (Espoz y Mina, mariscal, lo mismo que Mariano Renovales; Francisco de Longa, coronel, etc.). «Cuatro de aquellos ‘Siete Magníficos’ que ostentaban los mandos principales en el ejército guerrillero del norte eran vascos» [4]
No me tienta lo más mínimo hacer épica de estas cosas ni, por el contrario, reventar el ‘mito’ de la guerrilla patriótica. Lo importante es acercarse a la realidad en cuanto sea posible, y creo que la síntesis de Pardo Santayana algo ayuda a entender en qué medida los aciertos de Wellington tuvieron éxito, gracias al trabajo preparatorio y complementario de estrategas autóctonos y fuerzas semiautónomas o independientes, con destacado papel de gente vasca.
Vascos en la Revolución
Más interesante que contar la película bélica es hoy reconstruir el proceso revolucionario, y calando en las mentalidades de aquel magma heterogéneo, perfilar las visiones políticas. Algo por ahí van, en el mismo libro, José Mª Ortiz de Orruño, ‘Entre la colaboración y la resistencia. El País Vasco durante la ocupación napoleónica’ (págs. 71-129), y José Ramón Urquijo Goitia, ‘Vascos y navarros ante la Constitución: Bayona y Cádiz’ (131-186). Otro día pasamos revista a esos artículos. Sin olvidar el último de la serie, donde Begoña Cava Mesa observa ‘La Guerra de Independencia desde la otra orilla’ (págs. 187-237), estudiando un capítulo de la Independencia de la América Española, donde los vascos tampoco estuvieron quietos.
Un Compendio bibliográfico –así presentado con modestia por su compiladora Mª Victoria de la Quadra-Salcedo– reúne un conjunto selecto de títulos para ampliar y profundizar en los múltiples aspectos de un tema poco conocido y muy complejo.
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[1] Cfr. O. cit., págs. 40-41.
[2] O. cit., páginas 35-69. Pardo es también autor de la primera biografía seria de un guerrillero vasco mas nombrado que conocido: Francisco de Longa: de guerrillero a general (Madrid, 2007; 517 págs., ilustr.).
[3] Pardo de S., o. cit., pág. 43.
[4] Ibíd., pág. 57.
(Continúa)



