martes, 19 de julio de 2011

Cosillas de Berlanga



No es errata. El municipio de San Baudel es Casillas de Berlanga, lo sabemos. Pero aquí no se trata de eso, sino de pasar un buen rato contando cosillas sobre Berlanga de Duero. Entretenidas, sin mayor importancia.
En Berlanga dicen Yubería, con be, en vez de Yudería, la judería.  Al barrio judío hay que dirigirse en busca de María Jesús, la guía de visitas a la Colegiata, en el compás de ‘las monjas’. El convento de franciscanas concepcionistas ocupa, eso dicen, el solar que fue de la sinagoga de esta aljama, una de las principales de Soria.
La idea del convento femenino fue de los Duques de Frías y primeros Marqueses de Berlanga, fundadores también del monumento colegial (1526-1530). Su objetivo, sin perjuicio de la devoción, fue enclaustrar a su hijita doña Juliana, que les había nacido sorda, igual que otros dos hermanos.
La sordomudez era defecto que, en principio, quitaba la esperanza de hacer a la mocita abadesa, aunque también es verdad que un Tovar-Velasco y una Enríquez-Portocarrero no reparaban en ciertas minucias.
Más tarde, la misma doña Juana Enríquez traspasó a la hija a las clarisas de Medina de Pomar (Burgos); digo, si sería para tomar lecciones de habla, como sus dos hermanos, por el nuevo método de fray Pedro Ponce, benedictino en Oña. Otro día recordaré esta invención maravillosa. Hoy sólo hemos venido a que doña María Jesús nos explique la Colegiata.
No es el menor atractivo de la visita la propia dama cicerone que, como su colega en la Catedral de El Burgo, utiliza el acreditado método de recitar un texto memorizado con sonsonete.  Si el visitante hace alguna pregunta, la respuesta es en tono coloquial normal. Luego empalma el recitativo cadencioso, a veces repitiendo el último párrafo, si hubo interrupción.

Fray Tomás de Berlanga y su lagarto
 Dentro del templo, junto a la puerta, cuelga de la pared ‘el lagarto de fray Tomás’. No son raros estos ‘monstruos’ a la entrada de iglesias importantes. A veces, como el gran ‘topo’ de la catedral de León, representan el poder maligno, que de noche destruía la labor de la jornada. Pero eso aquí no nos vale, porque este ‘lagarto’ es en realidad un caimán disecado. Muy apolillado, casi irreconocible hasta hace poco, hoy tras la restauración lo identificaría incluso su donante del siglo XVI.
Fray Tomás (h. 1490-1551) es una institución viva en el lugar, donde nació y vivió retirado sus últimos años. Fraile dominico, en 1510 pasó a la isla Española (Santo Domingo) y fue todo un personaje en la política de la conquista, encargado por Carlos V de componer (en vano) la discordia entre Pizarro y Almagro, sobre límites territoriales.
Para entonces (1535), fray Tomás era obispo de Panamá y hombre muy respetado por su prudencia y vastos conocimientos, también en ciencias naturales, cosmografía y náutica. Él llevó de Canarias a América el plátano (según Fernández de Oviedo), y a cambio trajo el tomate [1].
Con todo, su figura cayó en discreto olvido, del que emerge al divulgarse los programas televisivos sobre las Islas Galápagos, tan unidas a Darwin y el Origen de las Especies. Porque en efecto, el descubridor del Archipiélago fue el dominico de Berlanga. Durante su misión a Lima, una calma chicha en combinación con las corrientes de Humboldt y el Niño le llevó a avistar islas nuevas, que fue situando y bautizando, abordando también alguna (la Floriana,  en marzo de 1535).
El descubrimiento quedó algo confuso, en parte porque las circunstancias, tal como se contaron, recordaban más o menos la leyenda de San Brandán. Fernández de Oviedo, que al parecer apreciaba a fray Tomás, aunque trata de la querella que motivó el viaje, no veo que diga palabra de aquellas islas. Finalmente la candidatura del dominico al descubrimiento queda confirmada por hallazgos documentarios recientes [2].
Mucho me place –después de lo escrito aquí sobre la Orden de Predicadores– destacar, entre muchos miembros interesantes, a este fray Tomás Martínez Gómez. Que así se llamaba, aunque también le ponen Enríquez: siempre la obsesión nobiliaria, para dar lustre a un hijo de labradores oscuros.
Nada más grato que conocer a los dominicos fuera del papel de inquisidores; al contrario, como fray Tomás y como su cofrade Bartolomé de las Casas, amparando a la población indígena frente a sus explotadores, los ‘encomenderos’. En mi opinión, con dos ventajas del berlangués frente a Las Casas:
1) todo indica que fue más ponderado y ecuánime en sus juicios; y
2) su atención a los problemas humanos no le impidió interesarse también por la Naturaleza y el desarrollo.
Fray Tomás fue ambicioso, tal vez por su sentido pragmático. Desde la Española,  unificó bajo su mando todos los conventos de su orden en América, los fundados y por fundar. Ya de obispo, se hizo con la exclusiva de ciertos impuestos y empresas que le convirtieron en hombre de negocios muy próspero, remitente de oro y recursos a su tierra para obras pías y socorro de numerosa parentela de Martíneces y Gómeces. Cosa muy esperada entonces de los tíos indianos, y admitida incluso entre religiosos, mucho más si eran obispos.
De su vista empresarial da idea bastante su proyecto de canal interoceánico de Panamá, y el abandono del mismo, calculado el enorme costo.
En 1544 tuvo el buen acuerdo de renunciar al cargo, para disfrutar un otoño dorado en su patria chica, donde mucho se le recuerda. Todo hay que decirlo: en buena parte, gracias a su ‘lagarto’.
¿Cuál fue su intención para hacerlo colocar donde lo vemos? La costumbre de mostrar rarezas se extendió mucho en el Renacimiento y el Barroco . Algunas eran a la vez que vistosas utilitarias, como las conchas enormes de tridacna usadas como benditeras.
Pero a menudo había intención moral. Más moderno que este caimán es otro valenciano, en el atrio de ‘El Patriarca. Éste animal vino vivo a poder del arzobispo san Juan de Ribera, que lo crió, y finalmente lo mandó disecar y colgar en el atrio de la capilla, “para que los fieles aprendan a guardar silencio en el lugar santo”. Por lo visto, el saurio del santo arzobispo-virrey era de pocas palabras. No sería de muchas más el de fray Tomás, si vino a Berlanga amojamado.

Milagro en Berlanga
Aunque recuerde un título de película de García Berlanga, lo que voy a contar es historia verdadera. Qué digo, contar; casi revelar, porque esto lo sabe poquísima gente, incluso en la propia Berlanga.
La Colegiata se titula de Nuestra Señora del Mercado. Que no es ningún misterio mariano, sino el mercado o feria que allí delante se celebraba cada año por la Candelaria, del 2 al 9 de febrero, con gran golpe de público.
A la feria de 1587 llegan, entre los feriantes, dos hermanos plateros de Huete (Cuenca), Pedro y Bautista Rodríguez. Algo retrasados venían, porque al Pobre Pedro por el camino le había dado una jaqueca que le tuvo tres días perdidos, sin poder  siquiera abrir el ojo derecho.
El día 9, último de la feria, que cayó en lunes, oyen misa en la colegiata. El doliente debía de parecer un jamelgo de picar toros, pues como buen jaquecoso se había encasquetado un ‘tocador’ que le tapaba el ojo y la parte dolorida.
Les habían hablado de las virtudes de un Santo Cristo nuevo, depositado en la iglesia hacía poco por su dueña, doña María Girón, mujer del Condestable y Duque de Frías don Juan Fernández de Velasco. Era una hermosa talla italiana  en marfil, de poco más de un palmo, sobre cruz de ébano.
El ‘Cristo de Lepanto’, le decían. Uno de tantos que para la ocasión bendijo el papa san Pío V. Uno de ellos se guarda en El Escorial, regalo del pontífice a Felipe II. Esto otro se lo había dado Sixto V al Duque en 1585. Y aunque pasaba (y pasa) por haber asistido a la batalla de 1571, blandido por un fraile capuchino en el fragor del combate, lo contrario era más cierto: que no estuvo allí, pues el fraile capellán no fué a Lepanto, sino a Chipre, y además se murió en el viaje. Es lo que me consta por documentos que, una vez más, pulverizan bonitas leyendas.
Este crucifijo pidió ver y tocar el migrañoso, con esperanza de curarse, pues perdido el negocio de Berlanga, todavía les quedaba la superferia de Tendilla, en la Alcarria, que se abría el 24 y duraba un mes, con mucho negocio de paños finos, joyas y plata.
El sacristán de la colegiata le mostró la imagen. Lo que después pasó entre el enfermo y el Cristo figura en un atestado expedido tres días después, a instancias de un clérigo en representación de doña María. Cuya sustancia es, que

habiendo ido el dicho Pedro Rodríguez platero a le adorar, y habiéndole adorado al dicho santo Crucifijo, y puesta la corona de él en el ojo que tenía enfermo y malo, fue nuestro Señor servido que luego al punto se le quitó la dicha enfermedad y dolencia que tenía, y totalmente quedó y está sano y bueno; y nunca más ha tenido la dicha enfermedad.
De lo qual se vio y manifestó clara y distintamente, así porque el dicho Pedro Rodríguez se quitó luego el tocador que tenía puesto en la cabeza, y abrió y cerró y pestañó el ojo, lo qual no podía hazer de antes…”

Aquella instancia tenía por objeto que el Corregidor de la villa, licenciado Garibay Zuazola, ordenase una encuesta pública en forma, “para que conste… y venga a noticia de todos el dicho milagro”. Curioso: la dueña del Santo Cristo pide tal “justicia” al juez nombrado por su marido, de quien dimana el poder señorial –simbolizado aquí por el rollo de Berlanga, el más vistoso de la provincia–.
No menos curiosa la deposición de un fray Antonio Escudero, franciscano, comisario de la bula. El cual como ‘testigo’ (sic) declara bajo juramento:

Que, el miércoles de la ceniza próximo pasado, este testigo confesó y comulgó al dicho Pedro Rodríguez, y en todo lo que le trató y comunicó en lo espiritual y temporal coligió de él ser un hombre muy honrado y buen cristiano…, y le tiene por persona que piadosamente [no] dejara de decir verdad, especialmente con juramento y en negocio tan grave como este.

El tal miércoles pasado era literalmente “ayer”, la víspera de la declaración. Ese día de penitencia, el padre Comisario bulero andaría ocupadísimo, como un feriante más en su tenderete, voceando sus bulas para que las gentes pudiesen aligerar la abstinencia cuaresmal. Los feriantes a buen seguro no escaparon al celo del religioso, que aparte de colocarles las sendas bulas les invitaría a cumplir con pascua. Los buenos plateros, producida la curación el lunes y citados a declarar, obraron sabiamente acudiendo al fraile a confesarse con él y cumplir con Pascua a cambio de la papeleta correspondiente, y de paso captarían su benevolencia comprándole bula. Fuera de eso, el fraile no conoce a su penitente de nada, y así es bien poco lo que puede ayudar.
Las versiones del enfermo curado y de otros dos testigos, con ser tan pocas, tienen el mérito de ser divergentes. Como por lo demás suele ocurrir en estos milagros un poco embarullados. Según Pedro, lo que él hizo fue pasar un rosario por la cabeza del Cristo, y al hacerlo cayó rodando por el suelo la pequeña corona de espinas, que todos buscaron y él mismo, a pesar de su jaqueca, encontró y puso en contacto con el ojo doliente, quitándose el dolor al instante. Y lo que es más extraño, nunca después acá ha sentido ninguna cosa de la dicha enfermedad”. Es decir,  en dos días y medio no le repitió la migraña. Una curación definitiva, lo que vulgarmente se dice.
Divergente es también el sacristán o ‘sagrariero’. Del incidente de la corona caída, lo que a él le importa es que volvió a su lugar en la cabeza del crucifijo, sin mayor protagonismo en la cura milagrosa, que fue obra de la imagen entera. Cada versión responde a las preocupaciones del testigo, como suele ser en estos casos.
Así, sin fiscal ni abogado del diablo ni informe pericial, el corregidor Garibay dio por concluido el expediente. No se llamó a ningún médico que dictaminase sobre el mal y la curación; y para teólogo fue suficiente el fraile bulero.
Nos quedamos con la curiosidad, o si se prefiere, con las ganas de saber si Pedro Rodríguez tenía antecedentes de jaqueca, que con tanta presteza se auto diagnosticó.
La jaqueca es una patología epileptoide, tan conocida como inciertas son sus causas, y aleatorios sus remedios. Entre estos, sin embargo, no se contempla el contacto con una corona de espinas, aunque sea la de un santo Cristo. También es sabido que los ataques remiten por sí solos, durando por lo general no más de tres días, y a veces el alivio se produce con rapidez. Fuese jaqueca “de libro”, u otra forma de cefalea seudo-jaquecosa, o en fin, alguna neuralgia facial, no entremos en ello, pues ni pone ni quita mérito al milagro.
En realidad, ni siquiera conocemos el objetivo real de la supuesta averiguación y “justicia” reclamada por la Duquesa. En plan especulativo, recordemos que en 1587 se tramaba la conquista de Inglaterra con aquella gran Armada que pasó a la Historia como ‘la Invencible. En tal ambiente de entusiasmo religioso prebélico no quedaron sin promocionarse los “Cristos de Lepanto”.
El Cristo milagroso es inútil buscarlo hoy en la Colegiata de Berlanga. Doña María Jesús nada dice de él. Con buen acuerdo, su propietario don Juan, ya viudo de doña María, sopesó el riesgo que corría una pieza tan pequeña, de materiales preciosos como el marfil y el ébano, a riesgo de dejarse la corona, y quién sabe si el bulto todo, entre dedos demasiado devotos. Berlanga se quedó sin milagro.
El Cristo lepantino, o a lo menos elefantino, vino a parar al mismo convento que la sordomuda doña Juliana. En el museo de Santa Clara de Medina podemos verlo, entre el legado artístico de don Juan Fernández de Velasco. Por cierto, sin la corona de espinas. ¿Qué habrá sido de ella?





__________________
 [1] Gonzalo Fernández de Oviedo,  Historia general y natural de las Indias. I p., l. 8, cap. 1,  10; ed. J. Pérez de Tudela, BAE, Madrid, Atlas, 1959, 1: 248.
[2] Estrella Figueras Vallés, Fray Tomás de Berlanga. Una vida dedicada a la Fe y la Ciencia. Soria, 2010.
[3] Archivo de Sta. Clara, Medina de Pomar, sig. 01.39 (Berlanga, 12 Febrero 1587).
[4] Ibíd., Perg. 150, 6): Certificación del crucifijo (Roma, 1 Mayo 1586).



lunes, 11 de julio de 2011

‘El que bien lee’








       Ayer me he ganado diez de los buenos apostando al trile poético en ‘Zapaterías rimadas’. Será falta de costumbre pero, a la verdad, estoy más ufano que un euscobildubatueco con alcaldía.

– “Apúntese diez, don Belosti” –, sonó la voz cavernosa del maestro Monsieur de Sans-Foy desde las tripas de la máquina.

Todavía me pellizco y casi no me lo creo.

       Honor tan raro (y que puede que nunca más se repita) no puedo esconderlo bajo el celemín. Con que, mezclando lo jocundo a lo grave,  me permito colgar aquí el mismísimo icono que, exprimido y glosado generosamente en liras impecables por el propio Archipoeta, todavía me dio de sí para un epigrama.

       Con moraleja y todo. Como dice el proverbio latino, ‘de buen lector es enmendar erratas’.



Qui bene legit, multa menda tegit
                  (Cuidado con la pintura)

Narciso enamorado
de sí con flecha de su propia aljaba,
al óleo pintado,
cayéndole la baba,
se mira Alfredo Pérez Rubalcaba.

De Alfredo la pintura
cual linfa la carátula refleja;
su voz-eco murmura
con amorosa queja:
“Juntos yo-tú, tú-yo, qué gran pareja”.

De su retrato al fin
casto beso en la boca deposita,
pringando de carmín
la suya, pues (¡maldita…!)
‘Rocín pintado’, el rótulo acredita.

Si la razón, absorta
en vanidad y yerro, despertara
atenta a lo que importa,
debajo de esa cara
leer ‘recién pintado’ aconsejara.




sábado, 9 de julio de 2011

La columna de San Baudel: ¿Estilitas en Soria?




(A Pussy-Cat, con mi agradecimiento)






La ermita de San Baudel de Berlanga, vista por fuera, no promete la maravilla que es por dentro. Y eso sin contar la que sería en su esplendor pictórico intacto [1].

       Una vez dentro, sorprende la gran columna central palmeada por ocho arcos de herradura. Sorprende y desconcierta; porque ese sustentáculo es desproporcionado y funcionalmente superfluo, para tan poca techumbre.  San Baudel es en esencia un cubo construido en torno a un cilindro, sin otra función que guardarlo.
Esta impresión se confirma al ver que el fuste de la columna sostiene un historiado edículo con aberturas entre las nervaduras de la palmera. Qué pudo esconderse o mostrarse allí, no consta. Unos hablan de relicario o joyero, otros de un ‘ostensorio’…  Lo no creíble es que un espacio tan elaborado, con su cupulita interna de estilo hispano-árabe califal, casi invisible desde abajo, se hizo para nada.

Visité por vez primera San Baudel hace la friolera de 45 años, cuando los raros transeuntes acudíamos al ayuntamiento de Caltójar, donde estaba la llave en poder del secretario. Este señor, amable y servicial –no sé por qué, en mi recuerdo le llamo siempre “don Ángel”–, nos rogó le enviásemos algunas fotos del interior, que a veces se las pedían.
Salió a colación el tema de la columna; y fue entonces cuando le di al buen señor mi impresión: a mi juicio, fue la morada de un estilita. ¿Había oído él alguna vez tal cosa? Rotundamente dijo que no. Yo tampoco lo había visto en Mélida, Lampérez, Gómez Moreno, ni en la Summa Artis de Pijoan.
De entonces acá he procurado ampliar mis nociones sobre estilitismo, visitando también las ruinas grandiosas de San Simeón (Qalat Samán), en el desierto de Siria. Y siempre me ha rondado San Baudel [2].

Oír campanas
Casualmente di con un libro donde, junto con una foto como las enviadas por nosotros al secretario de Caltójar, se reproducía la idea de que en San Baudel, sobre la columna, pudo habitar un… estagirita.  Como suena; y que Atienza me sea testigo:

“Se trata, sin lugar a dudas, de un lugar concreto en el que se encerraría el caballero-freire para pasar un tiempo indeterminado en soledad meditativa. Un espacio equivalente a la columna de san Simeón el Estagirita.” [3]

“Sin lugar a dudas, … se encerraría…”. Es admirable el discurso de los ocultistas en sus cosas; con qué soltura saltan de la certidumbre a la hipótesis, y viceversa, sin más pértiga que una coma. Confieso que me divertí mucho imaginando una secta aristotélica perdida en el yermo soriano; los adeptos recorriendo por su orden los espacios iniciáticos de la capilla, hasta encaramarse por último en el Árbol de la Vida, encerrándose en el edículo a investigar en clave esotérica, ¡qué sé yo!, el Perihermeneias… o mejor, las Escuchas admirables… (¿Apócrifo, las Escuchas? ¡Pues razón de más!).
Aparte el lapsus –estagirita por estilita–, Atienza ha tenido lectores. Y como en la leyenda del racimo de uvas, que un anacoreta cedió a su compañero, y de mano en mano dio la vuelta al yermo para tornar a su origen, así pasó conmigo. En otra visita a San Baudel (1990), el joven guarda del monumento, Agustín B., a media voz y sin mucha convicción, me revelaba mi propia doctrina expresada allí mismo años atrás.
Ahora, en la Red, la cosa ya parece de dominio público, aunque por lo que veo, se repite de forma mecánica y no documentada. Un ejemplo:

“Incluso se ha apuntado la posibilidad de que fuera el lugar de retiro de algún ermitaño, que viviría subido en lo alto de la columna, al estilo de Simón el estilita.”

Veamos de traer algo de luz. Aquí puede ayudarnos el libro ya citado alguna otra vez, Las máscaras del santo, con capítulo especial sobre ‘Los santos estilitas’. El autor por su parte sigue a la autoridad en la materia, el jesuita bolandista Delehaye. Imprescindible es también la  Antioquía del dominico Festugière [4].  

       Vivir con fuste
¿Pero hubo alguna vez santos estilitas? La gente se lo pregunta, como Jardiel si hubo Once Mil Vírgenes [5]. La respuesta es que, en efecto, las 11.000 compañeras de santa Úrsula son leyenda, mientras que san Simeón Estilita el Viejo (h. 390-459) hizo escuela durante siglos.

La palabra estilita (literalmente ‘columnista’; de στλος, columna o pilar) aparece en la literatura cristiana desde el s. V, para designar a los ascetas que practicaban subidos sobre un fuste a cierta altura sobre el suelo. Podía ser un simple poyo, o una columna de verdad. Y desde Simeón hubo costumbre de cambiar de percha el asceta por otras más altas, como en señal de progreso. La mudanza podía resultar complicada, si para no pisar tierra el estilita había que montarle un andamio a modo de puente.
El plinto o capitel donde se instalaba el monje se rodeaba de un pretil en torno a una garita o cobertizo. Aquello era su morada fija. Simeón, que debutó como estilita en 412 sobre un pilar modesto, pasó sus últimos 17 años sobre una gran columna de 40 codos (18 m y pico), de la que sólo queda el muñón de la base.  
Para una vida así, el estilita dependía de otros. Para atenderle en lo material y espiritual, para hablarle en privado, tocarle o hacerse tocar etc., se accedía hasta él por una escalera de mano, aunque la iconografía conoce también columnas huecas con puerta y husillo.
La columna –en el caso de Simeón y otros– ocupaba el centro de una pista delimitada por una mandra o murete para separar al asceta del mundo exterior, de la gente, de su público [6]. Como en el circo. Un circo religioso.
A todo esto, el profano en el tema se estará preguntando qué género de chiflados fueron aquellos. Tiene razón, y más de la que él piensa, aunque el fenómeno no es tan simple de explicar. La literatura técnica mística hablaba en efecto de manía, locura por Dios, o por Cristo. A san Simeón acudía muchísima gente, por devoción, por curiosidad, y también por diversión y burla. De hecho, la pronunciación bizantina admite en griego juego de palabras entre ‘estilita’ y ‘empicotado’, expuesto a pública vergüenza.
Como locura o extravagancia colectiva, el ascetismo en Siria alcanzó cotas singulares. Los autores hablan de filosofía, pero nada de especulación; era sobre todo ascesis o entrenamiento, deporte, atletismo, competición y campeonato. Era su método de negarse a sí mismos y acercarse a Dios. Simón fue ‘pentatleta’ que destacó en varias especialidades, empezando su carrera en subterráneos, hasta coronarla en las alturas. De espeleólogo, a alpinista, diríamos hoy. El sufrimiento de aquellos hombres (y algunas mujeres) era sufrimiento atlético, más que penitencial. Su meta era trascender la realidad material ingrata y superar las limitaciones físicas. Algo que ver con el yoguismo, y también con sus ribetes de exhibicionismo.
El primer biógrafo y más fiable de Simeón fue su joven paisano Teodoreto, obispo de Cirra, que escribe hacia 440/444, esto es, en vida del héroe, que por cierto le sobrevivió. En la misma obra, titulada Historia religiosa, Teodoreto presenta una galería de santones del país. Son muestras de gente, casi toda ella rústica, que ‘huye del mundo’ en una época harto dura y deprimida.
Uno de los héroes es un tal Teleleo, que con dos ruedas de carro se hizo una jaula en forma de tambor, la colgó de una horca pública, y metido en ella estuvo diez años quieto en posición fetal. “Es obvio que no puede hablarse de personalidad ‘normal’, y nos gustaría saber cómo andaba de salud mental aquel atleta de Cristo, o qué se proponía demostrar.” [7]

Volver a San Baudel
¿Y en España?

“Que yo sepa, ninguna autoridad parece haber mencionado estilitismo peninsular. Y sin embargo creo que Castilla posee intacto el monumento más completo del mundo, en relación con este tipo de ascesis: la ermita de San Baudel en Casillas de Berlanga (Soria).” [8]

Delehaye conocía bien el culto que tuvo en España dicho santo. Lo que no conoció directamente fue nuestro San Baudel de Berlanga. Y dado que el mártir francés no fue ningún estilita, tampoco hubo razón para mencionarle en el libro.
Consta, por otra parte, que los mozárabes bajo el Islam reciben influjo de corrientes espirituales y ascéticas orientales. El orientalismo de San Baudel es patente (no digo ‘palmario’ por evitar el chiste malo). ¿Hay algo más? Pues sí, y qué gran paradoja: quien jamás vio el sitio va a ser nuestro guía.
Abrimos por una página donde “Delehaye, sin saberlo, parece estar describiendo nuestro monumento soriano”.

Paralelismos arqueológicos
Se trata de otro estilita más moderno que Simeón, san Lázaro Galesiota (968-1054), llamado así por haber vivido 41 años –la segunda mitad de su larga vida– en el monte Galesio (el Alaman Dagh), al norte de Éfeso. De aquello no queda nada, salvo una biografía con datos que nos importan.
Por ejemplo, que “al edificarse las iglesias, las columnas quedaban englobadas en la construcción.”
Para expresar la instalación de un estilita se decía: “Entró en la columna”.
Luego cada estilita acomodaba el habitáculo a sus preferencias o necesidades. En el caso de Lázaro, la columna, presidiendo el coro de los monjes, tenía una capillita aneja donde le decían la misa. (Compárese con el alzado de San Baudel.)
Para hacernos más idea, desde el coro y con una caña larga, de las de encender y apagar luces, se alcanzaba al estilita en su nicho. Lo sabemos por la anécdota de un monje joven que se dormía en el coro. El padre abad le reprende, y a la vez le indica una caña, con encargo de darle con ella si le ve dormirse. El novicio lo toma en serio, y a punto estuvo de dar cañazo al abad, sorprendido en la humana flaqueza, si no le detiene un compañero.
Precisando más la integración columna-coro-templo, Delehaye dice:

“No es mera hipótesis. Moribundo el padre, llaman al monje Jonás para que le visite. Sube por la escalera de mano, y se asoma a la celdilla estrecha dentro de la columna. Halla a Lázaro inmóvil, y creyéndole muerto abre la ventanilla y avisa a los hermanos.” 

En fin, un último detalle, muy en el espíritu deportivo o competitivo de aquellos hombres. Practicando en la especialidad, Lázaro oye hablar de una mujer estilitisa metida en una garita sobre su columna, con las piernas colgando por unos orificios. Deseoso de imitarla, introduce en su columna las modificaciones pertinentes.

¿Nos chocarían estos datos si los hallasemos en algún manuscrito relativo a San Baudelio? Pues tengamos en cuenta que al referirnos al Galesiota y a nuestro hipotético estilita soriano hablamos de  contemporáneos. La única diferencia es que del monte Galesio sólo queda lo escrito, sin monumento, y en San Baudelio tenemos  el monumento intacto, sin escritura. Ambos se completan maravillosamente.
Y aquí sí que podemos añadir, “sin lugar a dudas”, que de haber tenido Delehaye noticia de la columna soriana, toda nuestra especulación sería una verdad comprobada. Por desgracia, cuando el jesuita ultimaba su obra, para San Baudelio empezaba el calvario que condujo a su expolio (1922).   
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[1] Baudel(io),  Baudul(io)...: variantes del nombre de un oscuro mártir de Nimes, recordado en los calendarios mozárabes. Confundido a veces con san Baudilio de Zamora, también mártir, del que al menos se indica fecha (288). Otro Baudilio es san Baudolino, confesor y patrón de Alejandría, Italia (s. VIII).
[2] Teógenes Ortego Frías, La ermita mozárabe de San Baudelio en Casillas de Berlanga – Caltójar. Almazán, 1987. Agustín Escolano Benito, San Baudelio de Berlanga. Guía y complementarios.  Necodisne, Soria, 2005. De Ortego Frías es el alzado que nos sirve de referencia.
[3] Juan G. Atienza, La ruta secreta de los Templarios.  Martínez Roca, Madrid, 1979.
[4] Hypolite Delehaye, Les saints stylites. Bruselas, 1923; reimpr. 1962.  A.-J. Festugière,  Antioche païenne et chrétienne. París, 1959, págs. 388-401. J. Moya, Las máscaras del Santo. Madrid, Espasa, 2000, págs. 298-320.
 [5] Enrique Jardiel Poncela, Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? Novela del donjuanismo. Madrid, 1931.
[6]. En griego mandra es redil (de ovejas), nombre cariñoso que daban los monjes a su convento; de ahí archimandrita, el superior de la mandra.
[7] Las máscaras, o. cit., pág. 302.
[8] Ibíd, pág. 315.

Fuera de eso, ¿recordamos cómo el primer maestro, san Simeón, se ejercitó primero bajo tierra, antes de ascender a su plinto? Pues como para recuerdo de aquello, en el ángulo S de San Baudel, a pocos pasos de la columna, se abre una cueva muy adecuada para el retiro.