sábado, 9 de julio de 2011

La columna de San Baudel: ¿Estilitas en Soria?




(A Pussy-Cat, con mi agradecimiento)






La ermita de San Baudel de Berlanga, vista por fuera, no promete la maravilla que es por dentro. Y eso sin contar la que sería en su esplendor pictórico intacto [1].

       Una vez dentro, sorprende la gran columna central palmeada por ocho arcos de herradura. Sorprende y desconcierta; porque ese sustentáculo es desproporcionado y funcionalmente superfluo, para tan poca techumbre.  San Baudel es en esencia un cubo construido en torno a un cilindro, sin otra función que guardarlo.
Esta impresión se confirma al ver que el fuste de la columna sostiene un historiado edículo con aberturas entre las nervaduras de la palmera. Qué pudo esconderse o mostrarse allí, no consta. Unos hablan de relicario o joyero, otros de un ‘ostensorio’…  Lo no creíble es que un espacio tan elaborado, con su cupulita interna de estilo hispano-árabe califal, casi invisible desde abajo, se hizo para nada.

Visité por vez primera San Baudel hace la friolera de 45 años, cuando los raros transeuntes acudíamos al ayuntamiento de Caltójar, donde estaba la llave en poder del secretario. Este señor, amable y servicial –no sé por qué, en mi recuerdo le llamo siempre “don Ángel”–, nos rogó le enviásemos algunas fotos del interior, que a veces se las pedían.
Salió a colación el tema de la columna; y fue entonces cuando le di al buen señor mi impresión: a mi juicio, fue la morada de un estilita. ¿Había oído él alguna vez tal cosa? Rotundamente dijo que no. Yo tampoco lo había visto en Mélida, Lampérez, Gómez Moreno, ni en la Summa Artis de Pijoan.
De entonces acá he procurado ampliar mis nociones sobre estilitismo, visitando también las ruinas grandiosas de San Simeón (Qalat Samán), en el desierto de Siria. Y siempre me ha rondado San Baudel [2].

Oír campanas
Casualmente di con un libro donde, junto con una foto como las enviadas por nosotros al secretario de Caltójar, se reproducía la idea de que en San Baudel, sobre la columna, pudo habitar un… estagirita.  Como suena; y que Atienza me sea testigo:

“Se trata, sin lugar a dudas, de un lugar concreto en el que se encerraría el caballero-freire para pasar un tiempo indeterminado en soledad meditativa. Un espacio equivalente a la columna de san Simeón el Estagirita.” [3]

“Sin lugar a dudas, … se encerraría…”. Es admirable el discurso de los ocultistas en sus cosas; con qué soltura saltan de la certidumbre a la hipótesis, y viceversa, sin más pértiga que una coma. Confieso que me divertí mucho imaginando una secta aristotélica perdida en el yermo soriano; los adeptos recorriendo por su orden los espacios iniciáticos de la capilla, hasta encaramarse por último en el Árbol de la Vida, encerrándose en el edículo a investigar en clave esotérica, ¡qué sé yo!, el Perihermeneias… o mejor, las Escuchas admirables… (¿Apócrifo, las Escuchas? ¡Pues razón de más!).
Aparte el lapsus –estagirita por estilita–, Atienza ha tenido lectores. Y como en la leyenda del racimo de uvas, que un anacoreta cedió a su compañero, y de mano en mano dio la vuelta al yermo para tornar a su origen, así pasó conmigo. En otra visita a San Baudel (1990), el joven guarda del monumento, Agustín B., a media voz y sin mucha convicción, me revelaba mi propia doctrina expresada allí mismo años atrás.
Ahora, en la Red, la cosa ya parece de dominio público, aunque por lo que veo, se repite de forma mecánica y no documentada. Un ejemplo:

“Incluso se ha apuntado la posibilidad de que fuera el lugar de retiro de algún ermitaño, que viviría subido en lo alto de la columna, al estilo de Simón el estilita.”

Veamos de traer algo de luz. Aquí puede ayudarnos el libro ya citado alguna otra vez, Las máscaras del santo, con capítulo especial sobre ‘Los santos estilitas’. El autor por su parte sigue a la autoridad en la materia, el jesuita bolandista Delehaye. Imprescindible es también la  Antioquía del dominico Festugière [4].  

       Vivir con fuste
¿Pero hubo alguna vez santos estilitas? La gente se lo pregunta, como Jardiel si hubo Once Mil Vírgenes [5]. La respuesta es que, en efecto, las 11.000 compañeras de santa Úrsula son leyenda, mientras que san Simeón Estilita el Viejo (h. 390-459) hizo escuela durante siglos.

La palabra estilita (literalmente ‘columnista’; de στλος, columna o pilar) aparece en la literatura cristiana desde el s. V, para designar a los ascetas que practicaban subidos sobre un fuste a cierta altura sobre el suelo. Podía ser un simple poyo, o una columna de verdad. Y desde Simeón hubo costumbre de cambiar de percha el asceta por otras más altas, como en señal de progreso. La mudanza podía resultar complicada, si para no pisar tierra el estilita había que montarle un andamio a modo de puente.
El plinto o capitel donde se instalaba el monje se rodeaba de un pretil en torno a una garita o cobertizo. Aquello era su morada fija. Simeón, que debutó como estilita en 412 sobre un pilar modesto, pasó sus últimos 17 años sobre una gran columna de 40 codos (18 m y pico), de la que sólo queda el muñón de la base.  
Para una vida así, el estilita dependía de otros. Para atenderle en lo material y espiritual, para hablarle en privado, tocarle o hacerse tocar etc., se accedía hasta él por una escalera de mano, aunque la iconografía conoce también columnas huecas con puerta y husillo.
La columna –en el caso de Simeón y otros– ocupaba el centro de una pista delimitada por una mandra o murete para separar al asceta del mundo exterior, de la gente, de su público [6]. Como en el circo. Un circo religioso.
A todo esto, el profano en el tema se estará preguntando qué género de chiflados fueron aquellos. Tiene razón, y más de la que él piensa, aunque el fenómeno no es tan simple de explicar. La literatura técnica mística hablaba en efecto de manía, locura por Dios, o por Cristo. A san Simeón acudía muchísima gente, por devoción, por curiosidad, y también por diversión y burla. De hecho, la pronunciación bizantina admite en griego juego de palabras entre ‘estilita’ y ‘empicotado’, expuesto a pública vergüenza.
Como locura o extravagancia colectiva, el ascetismo en Siria alcanzó cotas singulares. Los autores hablan de filosofía, pero nada de especulación; era sobre todo ascesis o entrenamiento, deporte, atletismo, competición y campeonato. Era su método de negarse a sí mismos y acercarse a Dios. Simón fue ‘pentatleta’ que destacó en varias especialidades, empezando su carrera en subterráneos, hasta coronarla en las alturas. De espeleólogo, a alpinista, diríamos hoy. El sufrimiento de aquellos hombres (y algunas mujeres) era sufrimiento atlético, más que penitencial. Su meta era trascender la realidad material ingrata y superar las limitaciones físicas. Algo que ver con el yoguismo, y también con sus ribetes de exhibicionismo.
El primer biógrafo y más fiable de Simeón fue su joven paisano Teodoreto, obispo de Cirra, que escribe hacia 440/444, esto es, en vida del héroe, que por cierto le sobrevivió. En la misma obra, titulada Historia religiosa, Teodoreto presenta una galería de santones del país. Son muestras de gente, casi toda ella rústica, que ‘huye del mundo’ en una época harto dura y deprimida.
Uno de los héroes es un tal Teleleo, que con dos ruedas de carro se hizo una jaula en forma de tambor, la colgó de una horca pública, y metido en ella estuvo diez años quieto en posición fetal. “Es obvio que no puede hablarse de personalidad ‘normal’, y nos gustaría saber cómo andaba de salud mental aquel atleta de Cristo, o qué se proponía demostrar.” [7]

Volver a San Baudel
¿Y en España?

“Que yo sepa, ninguna autoridad parece haber mencionado estilitismo peninsular. Y sin embargo creo que Castilla posee intacto el monumento más completo del mundo, en relación con este tipo de ascesis: la ermita de San Baudel en Casillas de Berlanga (Soria).” [8]

Delehaye conocía bien el culto que tuvo en España dicho santo. Lo que no conoció directamente fue nuestro San Baudel de Berlanga. Y dado que el mártir francés no fue ningún estilita, tampoco hubo razón para mencionarle en el libro.
Consta, por otra parte, que los mozárabes bajo el Islam reciben influjo de corrientes espirituales y ascéticas orientales. El orientalismo de San Baudel es patente (no digo ‘palmario’ por evitar el chiste malo). ¿Hay algo más? Pues sí, y qué gran paradoja: quien jamás vio el sitio va a ser nuestro guía.
Abrimos por una página donde “Delehaye, sin saberlo, parece estar describiendo nuestro monumento soriano”.

Paralelismos arqueológicos
Se trata de otro estilita más moderno que Simeón, san Lázaro Galesiota (968-1054), llamado así por haber vivido 41 años –la segunda mitad de su larga vida– en el monte Galesio (el Alaman Dagh), al norte de Éfeso. De aquello no queda nada, salvo una biografía con datos que nos importan.
Por ejemplo, que “al edificarse las iglesias, las columnas quedaban englobadas en la construcción.”
Para expresar la instalación de un estilita se decía: “Entró en la columna”.
Luego cada estilita acomodaba el habitáculo a sus preferencias o necesidades. En el caso de Lázaro, la columna, presidiendo el coro de los monjes, tenía una capillita aneja donde le decían la misa. (Compárese con el alzado de San Baudel.)
Para hacernos más idea, desde el coro y con una caña larga, de las de encender y apagar luces, se alcanzaba al estilita en su nicho. Lo sabemos por la anécdota de un monje joven que se dormía en el coro. El padre abad le reprende, y a la vez le indica una caña, con encargo de darle con ella si le ve dormirse. El novicio lo toma en serio, y a punto estuvo de dar cañazo al abad, sorprendido en la humana flaqueza, si no le detiene un compañero.
Precisando más la integración columna-coro-templo, Delehaye dice:

“No es mera hipótesis. Moribundo el padre, llaman al monje Jonás para que le visite. Sube por la escalera de mano, y se asoma a la celdilla estrecha dentro de la columna. Halla a Lázaro inmóvil, y creyéndole muerto abre la ventanilla y avisa a los hermanos.” 

En fin, un último detalle, muy en el espíritu deportivo o competitivo de aquellos hombres. Practicando en la especialidad, Lázaro oye hablar de una mujer estilitisa metida en una garita sobre su columna, con las piernas colgando por unos orificios. Deseoso de imitarla, introduce en su columna las modificaciones pertinentes.

¿Nos chocarían estos datos si los hallasemos en algún manuscrito relativo a San Baudelio? Pues tengamos en cuenta que al referirnos al Galesiota y a nuestro hipotético estilita soriano hablamos de  contemporáneos. La única diferencia es que del monte Galesio sólo queda lo escrito, sin monumento, y en San Baudelio tenemos  el monumento intacto, sin escritura. Ambos se completan maravillosamente.
Y aquí sí que podemos añadir, “sin lugar a dudas”, que de haber tenido Delehaye noticia de la columna soriana, toda nuestra especulación sería una verdad comprobada. Por desgracia, cuando el jesuita ultimaba su obra, para San Baudelio empezaba el calvario que condujo a su expolio (1922).   
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[1] Baudel(io),  Baudul(io)...: variantes del nombre de un oscuro mártir de Nimes, recordado en los calendarios mozárabes. Confundido a veces con san Baudilio de Zamora, también mártir, del que al menos se indica fecha (288). Otro Baudilio es san Baudolino, confesor y patrón de Alejandría, Italia (s. VIII).
[2] Teógenes Ortego Frías, La ermita mozárabe de San Baudelio en Casillas de Berlanga – Caltójar. Almazán, 1987. Agustín Escolano Benito, San Baudelio de Berlanga. Guía y complementarios.  Necodisne, Soria, 2005. De Ortego Frías es el alzado que nos sirve de referencia.
[3] Juan G. Atienza, La ruta secreta de los Templarios.  Martínez Roca, Madrid, 1979.
[4] Hypolite Delehaye, Les saints stylites. Bruselas, 1923; reimpr. 1962.  A.-J. Festugière,  Antioche païenne et chrétienne. París, 1959, págs. 388-401. J. Moya, Las máscaras del Santo. Madrid, Espasa, 2000, págs. 298-320.
 [5] Enrique Jardiel Poncela, Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? Novela del donjuanismo. Madrid, 1931.
[6]. En griego mandra es redil (de ovejas), nombre cariñoso que daban los monjes a su convento; de ahí archimandrita, el superior de la mandra.
[7] Las máscaras, o. cit., pág. 302.
[8] Ibíd, pág. 315.

Fuera de eso, ¿recordamos cómo el primer maestro, san Simeón, se ejercitó primero bajo tierra, antes de ascender a su plinto? Pues como para recuerdo de aquello, en el ángulo S de San Baudel, a pocos pasos de la columna, se abre una cueva muy adecuada para el retiro.

martes, 5 de julio de 2011

Domingo: santo gris en blanco y negro (y 3)



El santo y su máscara. Los Predicadores
He llamado a Domingo ‘santo gris’ porque yo lo veo gris. En cambio, san Francisco, contemporáneo suyo más joven, casi parece un conocido. Y eso que sé que sus vidas mienten, como era casi de rigor en las vidas clásicas de santos, sus panegíricos y leyendas. Porque el santo, por lo general, es sólo un pretexto para vender otras cosas: entretenimiento, consejos, propaganda.
La literatura santoral –lo que se entiende por Hagiografía– presenta a los santos enmascarados por sus promotores. Pero no de cualquier modo. Las máscaras se ajustan a tipos genéricos, que el crítico tiene que descifrar. ¿Que rascamos, y debajo aparece un rostro humano? Estupendo. ¿Que nada de nada? Suele ocurrir, y tampoco es tiempos perdido, porque al menos se desenmascara al propagandista.
Conozco un libro que trata de eso y se titula así: Las máscaras del santo [1]. Con esta advertencia:

“He decidido no tocar en este estudio las figuras de fundadores de órdenes religiosas… En estos casos, la distinción entre el individuo y la pieza literaria se complica por el factor añadido del entusiasmo de sus discípulos.” (pág. 20).

Pienso que el autor fue prudente. Esos santos fundadores son sin duda los tipos más (y peor) enmascarados por sus biógrafos. Cuando un religioso de los siglos pasados rompe a hablarnos de “mi gran Padre san Fulano”, o de “el excelso Patriarca de mi gloriosa Orden”, lo que nos va a presentar no es a un ser humano, sino un mascarón de proa tras el que navega la cofradía en pleno. La vida típica de ‘santo fundador’ es la exaltación y la justificación de un ‘nosotros’. Esto último es precisamente lo que me interesa en estas reflexiones. Hoy en día los santos no parece que interesen mucho, salvo como iconos de grupo [2].
Tampoco las órdenes religiosas están en candelero. Sin embargo, la Historia de Europa no se entiende sin ellas. Por fijarnos sólo en un aspecto, los monjes y los frailes en la Edad Media fueron potencias socio-económicas, aunque muy diferentes. Sin saber nada de Economía (o por eso mismo), sólo para comparación ilustrativa, yo diría que los monasterios me recuerdan a la banca, mientras que las órdenes mendicantes se parecían más a los partidos políticos.
Siguiendo el símil, el gran partido religioso-político que fue la orden de Predicadores –los dominicos– incluía en su programa dos ‘valores’ prioritarios: ortodoxia e inquisición. Dos valores que unidos se traducen en intolerancia. Los dos se repiten plasmados gráficamente en sendos murales de propaganda, en el ‘Cappellone’ de los Españoles, en el convento florentino de Santa María Novella. Dos ‘triunfos’ se enfrentan allí: el de la Ortodoxia, representada por Santo Tomás de Aquino con su Suma Teológica; y el de la Iglesia Militante, defendida sobre todo por santo Domingo y sus Domini Canes.
Pero dos ‘valores’ –ortodoxia e inquisición– que con el tiempo han dejado de serlo. Ya se sabe que la tolerancia es valor muy moderno y muy poco extendido todavía, y sería anacrónico proyectarlo a siglos pretéritos. Para el historiador eso no es problema. A menos, claro, que el historiador sea dominico a la defensiva.

Inquisición
Es comprensible que los dominicos deseen sacudírsela de encima, la Inquisición. El padre Mandonnet, y otros con él, han insistido en que santo Domingo no fue inquisidor, ni el Santo Oficio fue cosa peculiar de la Orden. Lo primero es cierto; lo segundo, menos. Pero la verdad es que lo uno y lo otro han sido tesis suyas.
El cargo de Inquisidor General (‘el Gran Inquisidor’ de la literatura) en España lo tuvo primero fray Tomás de Torquemada (1483-1490), seguido de fray Diego de Deza. “Y nadie más”, añade Mandonnet. ¿Le parece poco? Torquemada diseñó la máquina represiva. Para su convento de Ávila pintó Pedro Berruguete el Auto de Fe presidido por Santo Domingo.
Anacrónico, pero genuino. La leyenda de la orden atribuía al fundador aquel mismo cargo. ‘Primer Inquisidor’, le llaman los biógrafos, que hasta recogen su ‘primera sentencia’. Bien curiosa, por cierto:

“Domingo, Canónigo de Osma y mínimo Predicador: salud en Cristo.
Reconciliamos a Poncio Rogerio… mandándole:

Que tres domingos continuos sea llevado desde la puerta de la villa hasta la iglesia recibiendo azotes.
Que en toda su vida no coma carne, ni güevos, ni leche, ni manteca, salvo los días de Pascua de Resurrección, del Espíritu Santo y de la Natividad del Señor;
Y que ayune tres cuaresmas al año, sin comer en ellas pescados, ni güevos, sino yerbas o frutas.
Que ayune tres días cada semana, toda su vida; y en aquellos días no coma pescado, ni cosa guisada con aceite, ni beba vino, si no fuere con dispensación, o en los grandes calores del estío…
Que traiga dos cruces en los pechos, una sobre el lado derecho y otra sobre el izquierdo (que es como las aspas de los sambenitos)
Que oiga misa todos los días.
Que las fiestas esté en vísperas.
Que rece por las horas canónicas del día, por cada una, diez veces el Páter noster, y por maitines veinte veces.
Que guarde castidad.
Que los primeros días de cada mes se presente con esta sentencia ante su cura, para que vea cómo vive; etc.
Y que no guardando todo lo susodicho (por menosprecio), sea habido por hereje, perjuro y excomulgado, y apartado de la comunión de los fieles.” [3]

La supuesta condena se habría leído en la catedral de Tolosa, en el primer Auto de Fe de la Historia (h. 1207), donde “hubo 300 relajados (según la pluma que menos cuenta), que pertinaces se arrojaron a las llamas del brasero, sin que los refrenase la predicación milagrosa de mi Santo Padre e Inquisidor…” [4]. También en España habría celebrado un auto de fe en presencia del rey san Fernando III, quien “llevó a cuestas la leña para quemar a los herejes”. En fin, que santo Domingo:

“con este oficio tan de su celo… empezó a empadronar a los que hallaba culpados, escribiendo sus nombres, edades, sexos, estados y calidades de cada uno. Dispuso cárceles, previno torturas, buscó vidas, censuró costumbres, inquirió doctrinas…, hecho un argos, cuyo afecto todo era ojos que ya arrojaban lágrimas compasivas, ya llamas celosas.”

Los dominicos no inventaron el Santo Oficio, ni lo controlaron en exclusiva. Pero nadie como ellos se ha jactado de esa gloria. Toda la emblemática del Santo Oficio es dominica, empezando por las insignias y el patronato de san Pedro Mártir. Con eso, más textos como los citados, se explica la necesidad de un esfuerzo a la defensiva. Un esfuerzo en la línea de la llamada ‘purificación de memoria’, preconizada para el Año Santo 2000 por la Santa Sede. 
 ¿Purificación de memoria…? ¿Y eso qué es?:

“Consiste en el proceso ordenado a liberar la conciencia personal y colectiva de todas las formas de resentimiento o de violencia, que la herencia culpable del pasado pueda habernos dejado; y ello mediante una evaluación renovada de los eventos implicados, histórica y teológica, que lleve –si resulta justo– al correspondiente reconocimiento de culpa, y que contribuya a un camino real de reconciliación.” [5]

Repensar la Historia en descargo de conciencia: otra forma de ‘recordar’, qué duda cabe. Lenguaje “ligeramente opaco” (slightly opaque), en expresión irónica de Edward Peters [6]. ‘Purgar la memoria’: la expresión en sí y su definición, tomada del documento pontificio Memoria y reconciliación, a más de uno le evocará recetas prodigadas últimamente en España, tanto para el mal de memoria histórica sobre la Guerra Civil, como sobre todo en relación con el ‘conflicto’ vasco.

Ortodoxia
Los dominicos se han autoproclamado siempre campeones de la ortodoxia, encarnada en el sistema tomista, con sanción eclesiástica oficial. Para ellos, la Suma Teológica ha sido un libro casi inspirado –“Bien has escrito de mí, Tomás”, dijo en cierta ocasión Jesucristo–, que en el Concilio de Trento se colocaba junto a la Biblia y el Derecho Canónico.
No se discute el mérito de tal sistema para su tiempo. Su influencia ha sido grande, con más imposición que convicción. De hecho, el monolito tomista ha sido una barrera al pensamiento moderno, más que las demás escuelas escolásticas, y en contraste con la apertura de pensadores franciscanos, Escoto, Ockam... (Como ironiza el franciscano protagonista de ‘El nombre de la rosa’, aludiendo al tomismo: “Si yo tuviese respuesta para todo, estaría enseñando en París”.)
No sé qué frutos positivos habrá dado la Summa, usada como oráculo y contestador automático, ni si se contrapesa el lastre de derivados suyos nefastos. Pienso, por ejemplo, en aquel engendro dominicano titulado Malleus maleficarum, que en el siglo XV quiso dar marchamo ‘científico’ a la caza de brujas. Tampoco cabe ignorar el triste papel del inquisidor dominico fray Jacobo de Hochstraten, primero como oscurantista en el ‘caso Reuchlin’ y las Cartas de Desconocidos (1515-1517), y luego como intolerante censor de Lutero [7].
En embos casos le hizo pareja su cofrade Silvestre Mazzolini, Maestro del Sacro Palacio. Este título y cargo – especie de maestrescuela o mentor y censor de la casa y corte papal en asuntos doctrinales–, ha estado siempre en manos de dominicos, como exponentes de doctrina segura, aunque no sea cierto, como ellos pretendieron, que la tradición se remonte al propio santo Domingo.
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[1] Jesús Moya, Las máscaras del santo. Subir a los altares antes de Trento. Madrid, Espasa, 2000. Prólogo de Luis Carandell.

[2] Es el caso de otro santo dominico, san Valentín de Berrio-Otxoa –sic, con ‘de’ nobiliaria y con tx de Ochoa, aunque este ‘mártir’ murió hace siglo y medio–, de actualidad como aspirante al patronato de Vizcaya. Con la misma congruencia ortográfica ha opinado la diputada de Cultura: «Me gustaría que un vizcaíno fuera patrón de Bizkaia».

[3] F. de Posadas, Vida, o. cit. (ed. Córdoba, 1701, pág. 124, añadiendo: “Esta fue la primera sentencia que dio mi glorioso Patriarca… donde se conoce el celo y la discreción con que midió el castigo al cuerpo del delito.”

[4] Ibíd. pág. 131.

[5] Del documento pontificio Memoria e reconciliazione: la Chiesa e le colpe del passato.

[6] Cfr. E. Peters, en CATHOLIC HISTORICAL REVIEW, 91/1 (2005): 105-121. Es recensión de la obra colectiva, Praedicatores, Inquisitores. I.The Dominicans and the Medieval Inquisition. Acts of the 1st Internatonal Seminar on the Dominicans and the Inquisition (W. Hoyer, ed.). Roma, Istituto Storico Domenicano, 2004. El ensayo introductorio, de Grado Giovanni Merlo, lleva por título ‘Predicatori e inquisitori: Per l’avvio di una riflessione’ (págs. 13-31), donde se acude a la ‘purificación de memoria’.

[7] Véase Epistolae Obscurorum Virorum / Cartas de Desconocidos. Edic. de Jesús Moya, Universidad de Málaga, 2008.

jueves, 30 de junio de 2011

Domingo: santo gris en blanco y negro (2)


Un dominico bajo sospecha

En Roma se visita mucho la basílica paleocristiana de Santa Sabina (siglo V), al pie del Aventino, por su mérito propio y sobre todo por las antiquísimas puertas de madera donde aparece labrada la Crucifixión más antigua que se conoce [1].
Hay en cambio quien ni se fija en una tumba polícroma en el pavimento, con el retrato de cuerpo entero en mosaico de un dominico yacente. Según la inscripción, en letra gótica del XIV, es el Maestro general de la orden fray Munio o Muño de Zamora (1237-1300) [2].

       El joven Muño había tomado el hábito en San Pablo dePalencia (1257), donde fue provincial de España (1281), y en el capítulo general de Bolonia (1285) ascendió al generalato. Era protegido y de la clientela de la pareja real, Sancho IV y María de Molina.

       En 1291 iba siendo hora de renovar cargos, aunque no el suyo, que entonces era todavía vitalicio. Muño convocó capítulo; pero no en Italia, sino en su Palencia. Para los dominicos españoles Palencia era la Universidad de su fundador, y ya vimos cómo el convento local subió como la espuma en 25 años: de 30 frailes a 240 en 1275. Mayormente mozos, golosos de carrera, o simplemente de un pasar. También Zamora, fundación del propio santo Domingo (1219), era a la sazón un macro convento con más de 200 frailes. En repúblicas así cabía gente para todo. 
       La asamblea palentina tuvo, además de los frailes capitulares, la presencia de dignatarios ajenos a la orden. Lo cual no era insólito en sí; salvo que dos eran cardenales legados del papa Nicolás IV, y su visita no era de cumplido, sino con misión de arrancar a fray Muño su renuncia, o in extremis forzar su destitución. Un tercer invitado, éste seglar, era nada menos que el rey don Sancho, bien de motu proprio, o invitado por su protegido para parar el golpe.
Parece que hubo alboroto, amenazando algunos frailes con pasarse a otras órdenes. Ante el plante general, los legados papales sacudieron el polvo de sus zapatos y se volvieron por donde habían venido. Tiempo al tiempo.
Al año siguiente (1292) el todavía general recibe letras de Roma. Era una absolución papal de censuras y penas canónicas, como era habitual con ocasión de nombramientos y cambios de destino; sólo que aquí acompañando a la deposición del rebelde. Los reyes, ante este desaire personal, compensan a su cliente con una pensión y otros agasajos. Eran tiempos muy monetizados, donde casi todo se arreglaba o aliviaba con dinero.
Para cubrir el maestrazgo general, la orden convoca capítulo en Roma. Y allá que se presente nuestro Muño con pretensión de voz y voto. En respuesta, se le indica el camino de España. El rey replica eligiendo a Muño para arzobispo de Compostela. “Compostela… ¿Pero eso no lo tiene don Rodrigo González? Quia, ni hablar.” “¿Y qué tal Palencia?” Hecho: en 1293 Palencia vaca y es para Muño. El visto bueno del primado de Toledo no es problema. El de la Santa Sede ya es otra cosa. Finalmente el motor universal funciona, y aunque con retraso, llegan las bulas confirmatorias de Roma (1294).
Obviamente no las firmaba el papa Nicolás –pues aparte de contrario era ya difunto († 1292)–, sino su sucesor Celestino V. Éste era el santón ermitaño Pedro Angeleri de Morrone, papa de chiripa para desatascar un reñido cónclave. Y papa efímero. Elegido el buen hombre el 5 de julio con general aplauso, el 13 de diciembre abdicaba desengañado. Mas no para tornar a su soledad, sino para caer prisionero de su sucesor Bonifacio VIII y morir ‘mártir’, pues según voz pública, el nuevo papa lo hizo suprimir (1296). Más tarde, los enemigos de Bonifacio harán santo a Celestino.
Con Bonifacio, fray Muño lo tuvo mal. Llamado a Roma, perdió el obispado, y para atarle corto le confinaron en Santa Sabina, el cuartel general de la orden. Allí murió el 7 de marzo de 1300. Un año notable. Año finisecular y I Año Santo en la Historia de la Iglesia. En Letrán una pintura de Giotto evoca la promulgación del jubileo. Año también en que el Señor de Vizcaya fundó la “nueva población e villa que llaman el Puerto de Bilbao”.

Todas las reseñas oficiales y oficiosas sobre fray Muño de Zamora hablan de él como de varón santo y sabio, insinuando que fue víctima de sus émulos. Hay quien precisa el motivo: “Sólo por ser español y no ser doctor por París.” Vamos, otro crucificado, como Aquél que hemos visto en el portón del templo. Ciertamente de todo es capaz la envidia.
Sin embargo, en el dosier de las Dueñas de Zamora aparece un fray Muño, si no como instigador y maestro de ceremonias, como partícipe o consentidor de los abusos. ¿Se trata del mismo Muño que acabamos de conocer? ¿Pues y quién otro? En este supuesto, veamos de situar y dimensionar el caso.

A las rentas por las tocas
Las nuevas órdenes mendicantes emergen con ideales de pobreza absoluta. Ideales no del todo ortodoxos, sino en parte aprendidos e imitados de sectas a las que combaten. Valdenses o Pobres de León, Pobres Lombardos, durandinos –de Durando de Huesca, convertidos luego a Pobres Católicos–, arnaldistas, patarinos o humillados, etc., todos ellos encarnan la protesta evangélica laica contra una Iglesia clerical y rica.
Aquellos conventos a veces descomunales se fundaban entonces sin renta, viviendo los frailes sólo de limosna. Claro que ‘limosna’ fue un concepto que dio mucho de sí, incluyendo además de la colecta propiamente dicha, a cargo de hermanos legos, los estipendios de misas y sacramentos, sermones y otros servicios, también la comisión por venta de bulas e indulgencias... Cualquier ingreso era limosna, si ellos por definición eran pobres mendigos.
Con las monjas era diferente. Cada religiosa aportaba al convento su renta en forma de dote. La cuantía era una criba social (otra eran los apellidos), de modo que las familias modestas sólo podían meter monjas a sus hija como legas o criadas.
Capítulo aparte merecen las fundaciones femeninas particulares: los beaterios. También los hubo de ricas y de pobres. Estas solían vivir de su trabajo (beguinas, seroras), mientras que una casa nobiliaria como Santa María la Real de Zamora en tiempos del príncipe don Sancho venía a ser un residencia de postín, donde las dueñas con sus respectivas criadas cumplían sus devociones en relajado retiro, más que encierro, dependientes y discretamente vigiladas por su señor obispo.
En toda la Edad Media, los monasterios femeninos fueron el gran aliviadero para el excedente de damas no casaderas. Allí se metían, o las metían, con más o menos convicción, en una época en que las mujeres en general tampoco se casaban, sino que las casaban las familias.
Las ramas femeninas de las órdenes mendicantes crecen pujantes, como los frailes; pero no tanto por fundaciones nuevas, sino absorbiendo de grado o por fuerza casas que ya existían. Desde el principio hubo resistencias. La misma fundación de San Sixto en Roma, por el propio santo Domingo, fue conflictiva. Su amigo el papa Honorio le encarga que recoja a las religiosas romanas que andaban por libre. El resultado fue una especie de galera de recogidas de dudosa nota. Las de Santa María en Trastévere salieron las más rebeldes:

“Encerradas, hubo un alboroto de siete demonios que vinieron a reclamarlas por boca de una endemoniada:
–Malvado, malvado, mías eran. Tú me las quitaste. Cuatro me has sacado de mi poder con tus engaños… Siete somos los que hemos entrado…”

No es difícil entender que aquellos ‘demonios’ que se meten en San Sixto a llevarse a sus amigas eran de carne y hueso, sus galanes y hasta parientes defensores del statu quo [3]
Viniendo a los conventos con rentas, los más ricos eran tentación para unos religiosos con vocación de administradores, una oferta que los pobrecillos no pudieron resistir. De ahí vino en Zamora la pugna con el obispo don Suero Pérez (desde 1255) por las Dueñas, y el mosconeo de frailes por la santa casa.

Del tupido velo a la tupida reja: la clausura papal
Dado el carácter poco vocacional de muchas ‘vocaciones’ femeninas en aquel entonces, a nadie le extrañaba un traspiés, donde la indiscreción se censuraba más que la falta, y el desliz de una monja era del fuero del padre o del hermano mayor, tanto como del obispo. Hasta la Virgen María era indulgente con ciertos deslices, encubriendo a un sacristán fornicario, a un fraile borracho o a una abadesa preñada, como cuenta Gonzalo de Berceo en Los milagros de Nuestra Señora [4]
Cosa muy distinta fue lo de Zamora, donde las artes de seducción de los frailes para ganarse a las frailas jóvenes y hacerlas dominicas pasaron de la raya. Aquel fray Gil, volviendo al convento sin calzones porque la fetichista doña Estefanía se los ha hurtado. O fray Pedro Gutiérrez hecho un sátiro, persiguiendo a unas novicias que, asustadas, se esconden en el horno del pan…
Semejantes escenas, propias del Decamerón, eran algo prematuras para una orden todavía en su primer espíritu, como debían ser los dominicos y franciscanos de la segunda generación. Bastantes problemas había para hacerse aceptar por el clero secular, por las universidades y hasta por los municipios, que a menudo sólo toleraban a los frailes a regañadientes y extramuros, bajo prohibición de mendigar dentro del casco urbano.
Si la política habitual ha sido, por encima de todo, tapujar el escándalo público, en el caso de fray Muño se daban dos circunstancias singulares. De un lado, su amistad con los reyes, protectores de Las Dueñas de Zamora: don Sancho era primo de doña Blanca, la priora cuando él subió al trono. Una importante cantidad librada por el rey a un dignatario eclesiástico bien pudo ser un soborno. De otra parte y sobre todo, la condición de Maestro general ostentada por el Zamorense aconsejó salvarle la cara, y una vez muerto no sólo echar tierra sobre él, sino hasta cubrirla con la lauda honorable que hoy vemos.
Ahora bien, a Bonifacio VIII no le dejó buen recuerdo el fray Muño y sus Dueñas zamoranas. Como clérigo y como persona, tendría sus prejuicios misóginos; pero su bula Periculoso (1298), legislando sobre clausura monjil para todo Occidente, es todo un monumento al disparate y un insulto a la condición femenina.
El mismo título y exordio de la bula es una badajada:

“Deseosos de dar provisión saludable a la situación peligrosa y detestable de algunas monjas, que soltando el freno de la honestidad, y abandonando de forma impúdica la modestia monacal y la vergüenza de su sexo, a veces fuera de sus monasterios discurren por las posadas de personas seglares, y a menudo reciben dentro de dichos monasterios a personas sospechosas, en ofensa grave de Aquél a quien voluntariamente consagraron su integridad, en oprobio de la religión y escándalo para muchos…
… por la presente constitución, valedera a perpetuidad sin quebranto, sancionamos que todas y cada una de las monjas presentes y futuras, de la religión u orden que sean, en cualesquiera partes del mundo, deberán en adelante permanecer en sus monasterios, encerrados en perpetua clausura.”

En suma: visto que algunas monjas a veces salen y a menudo dejan entrar a quien no deben, encerremos a todas de una vez para siempre. El mismo papa metió la bula en su Libro VI de las Decretales, y allí ha estado vigente hasta las últimas reformas de nuestro tiempo. Era la clausura papal, sancionada por el Concilio de Trento, incluso agravada por el papa dominico Sixto V. Una clausura que sin duda truncó el ideal de muchas mujeres con vocación de vida activa y servicio al prójimo.
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[1] Al menos mientras no vuelva alguien con éxito por los fueros del Calvario de Iruña/Veleya.

[2] De la forma Muño deriva el apellido Muñoz. Coincidencia: Antonio Muñoz (1884-1960) se llamaba el arquitecto romano que restauró Santa Sabina, en dos etapas: 1914-19 y 1936-38; cfr. A. Muñoz, Il restauro della basilica di Santa Sabina (Roma, 1938); C. Ballanca, La basilica di Santa Sabina e gli interventi di Antonio Muñoz (Roma, 1999); Joan B. Lloyd, Medieval Dominican architecture at Santa Sabine in Rome, c. 1219-c. 132.’  PAPERS OF THE BRITISH SCHOOL AT ROME, 72 (2004): 231-292.




[3] Vida de Santo Domingo de Guzmán, por el Ven. Fr. Francisco de Possadas (Córdoba, 1701; 4ª impresión, Madrid, 1748), cap. 24, págs. 149 y 154. El beato o santo Francisco de Posadas (1644-1713), predicador popular famoso en su Córdoba, no puede llamarse feminista, cuando abre el capítulo de las recogidas en esos términos:

“aquellos sugetos, que de puro flacos, se hacen inflexibles, como son las mugeres, inconstantes en el obrar, peligrosas en el querer, cortas en el discurrir, cuyo motivo para moverse es su antojo; con que abrazan lo que quieren con tenacidad, con la fuerza de su soñada aprehensión, que las encadena en su errado sentir, sin más maestro que su ciego querer; y más si son Religiosas, que con un poco de práctica de virtud quieren ser maestras de las mayores dificultades del espíritu, a costa de exponerse a muchos errores”.

[4] Milagros II (75-100), XX (461-499) y XXI (500-582). Hay quien sostiene que los ‘milagros’ de Berceo no son imaginarios ni librescos, y que algunos aluden a hechos recientes que se daban por conocidos. Concretamente los casos del sacristán y de la abadesa podrían tener que ver con Santa María la Real de Zamora, según Carmen Benito-Vessels, ‘Gonzalo de Berceo, El sacristán fornicario, La abadesa encinta y las Dueñas de Zamora’. REVISTA DE POÉTICA MEDIEVAL, 10 (2003): 11-24. Y eso a pesar de que Berceo escribe a mediados de siglo y muere en 1264, es decir 15 años antes de divulgarse los hechos (desde 1279). Tres siglos después, en 1577, en plena era tridentina, la historia se repetirá en el beaterio de Santa Ana de Toro, muy cerca de Zamora; donde, según la misma autora, “la correspondencia epistolar entre las zamoranas beatas y sus amantes no tiene desperdicio” (ibíd., págs. 18-19; citando el libro de Francisco J. Lorenzo Pinar, Beatas y mancebas (Zamora, 1995).


[5] El libro fundamental sobre el caso es el de Peter Linehan, The Ladies of Zamora. University. Park, Penna. The Pennsylvania Univ. Press, 1997. Trad. española: Las Dueñas de Zamora: Secretos, estupro y poderes en la Iglesia española del siglo XIII. Madrid, Península, 2000. Véanse reseñas inglesa y española.