lunes, 2 de mayo de 2011

Teatro de sombras en Alaiza (y 2)

De visita con el Canciller Ayala


       «La Historia no es maestra de nada», escribió Eugenio Montale, aunque yo he leído eso mismo al maestro Caro Baroja en alguna parte [1]. Una boutade para contrarrestar el exceso ciceroniano: Historia, magistra vitae [2]. Pero maestra o no, algo se saca de la Historia. Por ejemplo, cuando vemos cómo se repite.
       Por ejemplo, en la Historia de España, la Guerra de Sucesión (1701-1713) que nos trajo a los borbones tuvo cierto precedente medieval en la guerra civil que contra Pedro I el Cruel movió Enrique de Trastámara e implantó en Castilla esta dinastía (1366). Lo notable de ambos casos fue la misma intervención extranjera, Francia frente a Inglaterra, en territorio peninsular. Algo que vuelve a verse también en la Guerra de Independencia.
       Pero la cosa es más profunda. Leyendo las crónicas hispanas de la Baja Edad Media como las escritas por el historiador-testigo Pedro López de Ayala (1332-1407) se vive una paradoja de dejà vu; pues en efecto, el feudalismo señorial a la española fue lo más parecido al actual estado de autonomías. El sistema feudal debilitó a la realeza, aquí como en otras partes. Hasta que de una u otra forma se abren paso los estados modernos –aquí desde los Reyes Católicos. Lo notable es que ningún otro país ha resucitado el feudalismo en versión democrática, salvo España. Y el retro motor de esta regresión histórica han sido los nacionalismos periféricos, con su pulsión separatista.
       ¿Y qué decir de las famosas behetrías? Así se llamaban en el siglo XIV muchos lugares de señorío un tanto especial, atribuyéndose el derecho a cambiar de señor cuantas veces quisieran:

«E dicen que todas estas behetrías pueden tomar y mudar de señor ‘siete veces al día’, e esto quiere decir, quantas veces les ploguiere, e entendieren que las agravia el que las tiene… E por esta razón dicen ‘behetrías’, que quiere decir, ‘quien bien les ficiere, que los tenga’» [3]

       Vamos, que aquellos pueblos reivindicaban un derecho de autodeterminación permanente, que para sí lo quisiera el ‘Plan Ibarretxe’. Fue en las primeras Cortes de Pedro I cuando se quiso poner coto al abuso, elaborando un catálogo o registro, el Becerro de las Behetrías, que cualquiera puede bajarse gratis aquí, si le pica la curiosidad de saber qué lugares eran aquellos. Desde luego, ninguno en el País Vasco. [4]
       Como no soy historiador, admito que los párrafos anteriores puedan contener alguna interpretación errada. Aun así, la Historia es para cualquiera una fuente de reflexión, y en este sentido algo enseña. Lo bueno es cuando lo hace deleitando, como es el caso de Ayala en su Crónica de Don Pedro y en las otras que compuso o se le atribuyen.
       Nuestro autor es preciso en las fechas y las personas, y dejando para otros la descripción de ceremonias y torneos se centra en los hechos escuetos, con sus relaciones y causas. Como buen pedagogo (pues iba para clérigo), le gusta explicar el significado de los nombres y las cosas; como también se fija en precedentes jurídicos y derecho consuetudinario.
       Mi admiración al Canciller, lo confieso, tiene algo de debilidad, por vivencias tan personales como fue tomar conciencia de este mundo viviendo en un caserío del mismo valle de Ayala, muy cerca del solar de Quejana, su torre, palacio y convento de ‘dueñas predigaderas’ –esto es, monjas dominicas–, una de ellas de la familia [5]. Era un lugar como mágico donde, por deseo del fundador don Fernando, padre del Canciller, hasta veinte religiosas estaban dedicadas a hacer guardia y ‘servir’ a una reliquia rara:

Allí está un cabello de la Virgen María
de su santa cabeça, que cualquier lo vería,
en quien tomé e tengo devoçión grande mía,
al qual sirven duennas de orden oy en día. [6]

       Ahora bien, sin tales impresiones, cualquiera tiene a mano la Crónica, en especial desde el año 1366 [7], para disfrutar en directo de un relato magistral tan instructivo como rigurosamente histórico. Su texto y notas son el mejor telón de fondo y comentario para contemplar con provecho el mural bárbaro de Alaiza.
       Quede entendido que la relación del mismo con lo de Nájera es conjetura. El argumento puede referirse a algún otro episodio de una época saturada de guerras y, tampoco se olvide, con el azote de la Peste Negra que se llevó al rey Alfonso XI (1350).

       En guerra por la corona
       La guerra civil fue de naturaleza mafiosa. El rey Pedro era el único hijo legítimo de Alfonso XI casado con su prima hermana María de Portugal (m. 1357). Frente a él, hasta una decena de bastardos de Alfonso con su querida, bella y prolífica doña Leonor de Guzmán. Con tantas hechuras, la dama se creció y plantó cara a la rival portuguesa, que aceptó el envite. El candidato por Leonor era su hijo Enrique, secundado por sus hermanos. Uno era Tello, que por matrimonio fue Señor de Vizcaya.
       Fue la hora de la compraventa de alianzas. También de las liquidaciones expeditivas, una especialidad de don Pedro, que por eso se le dijo el Cruel. Los políticos no miraban bien semejante saña, cuando lo práctico entonces era el cobro en efectivo, no en sangre. Hasta los papas de Aviñón lo vendían todo, prebendas, privilegios, perdones; el propio Ayala lo comenta como un mal ejemplo del clero a los seglares.
       A Pedro se le iba la mano. Entre él y su madre despacharon primero a doña Leonor de Guzmán (1351). El rey después fue liquidando a sus hermanastros vivos que tuvo a mano, empezando por el gemelo de Enrique, Fadrique (1358), en el Alcázar de Sevilla. De allí vino persiguiendo a Tello hasta Vizcaya, que si no se embarca en Bermeo, allí lo mata. Aun así, el rey le siguió por mar, pero no pasó de Lequeitio, cuando el otro ya estaba en Bayona, «que es del señorío del Rey de Inglaterra». Otro bastardo víctima de su ira sería su tocayo Pedro (1359).
       Otro deporte del Cruel, a la moda del tiempo, fue la defenestración, es decir, tirar al enemigo vivo o muerto por una ventana, como quien dice ‘agua va’. Tal hizo, por ejemplo, con el infante don Juan de Aragón, empeñado en suceder al fugado Tello en el Señorío de Vizcaya. Don Pedro tenía decidido y acordado que los vizcaínos no tendrían ya otro señor sino al rey. Así que cuando el aragonés se puso cabezudo no hubo más remedio que ablandarle la testa con aquellas mazas como las que vemos en Alaiza.
       La operación quirúrgica no fue nada fácil, tal como lo cuenta el Ayala, muy bien enterado porque su familia por entonces todavía estaba con don Pedro. La escena tuvo lugar en Bilbao, en Belosticalle esquina a la plaza de la Ribera, donde está el hércules heráldico que me sirve de icono; pero no en el palacio actual, del siglo XVI, sino en el edificio anterior, del que sólo quedan restos.
       Muerto el infante,

«el rey mandóle echar por unas ventanas de la posada do posaba a la plaza, e dixo a los vizcaínos, que estaban muchos en la calle:
–Catad y vuestro Señor de Vizcaya, que vos demandaba.»

       La escena, y el ensañamiento que siguió, está todo muy bien contada por Ayala [8]. Hacía tan sólo dos semanas de lo de Fadrique en Sevilla, a 200 leguas de Bilbao, más el rodeo del Cruel por Palencia y Bermeo, para hacerse una idea de su furia loca. No es extraño que a las gentes de buen juicio (como eran los Ayala) les pareció que «los fechos del rey don Pedro no iban bien enderezados». Era la hora de mudar de bando.

        Las Compañías
       Es sabido que ambos bandos, el rey y el pretendiente, contrataron ayuda militar extrajera. Las primeras compañías vinieron de la parte francesa al servicio de Enrique. Desviadas de allí con la bendición papal, aprovechando una tregua entre ingleses y franceses, porque estaban arruinando aquel país. Las llamaban ‘Compañías Blancas’, o ‘la gente blanca’, no se sabe bien por qué. La soldadesca en general se conocían como malandrines. El armamento era novedoso:

«Ay comenzaron las armas de bacinetes, e piezas, e cotas, e arnés de piernas e brazos, e glaves, e dagas e estoques; ca antes otras usaban, perpuntes, e lanzas, e capellinas…»

       El bacinete vino de Francia por entonces. Al rey de Castilla le gustó tanto la prenda, que hasta en su testamento la nombra, y por él se llamaron dompedros los propios bacinetes, incluidos los orinales.
       El jefe más popular de los Blancos era el bretón Beltrán Du Guesclin, hombre muy inteligente aunque por lo demás analfabeto que, o no sabía leer, o hacía como si no supiera.
Don Pedro, por su parte, en Burdeos se echó en brazos del Príncipe Negro, que procedió como si la guerra fuese suya (acuerdos secretos de Libourne, 1366). Su preció fue exorbitante, en préstamo dinerario, pero sobre todo en cesión territorial. Nada menos que el Señorío de Vizcaya, más Castro Urdiales, y de Guipúzcoa todos los puertos, desde Fuenterrabía. El resto no, porque junto con Álava y la Rioja estaba prometido al rey Carlos II el Malo de Navarra, por una ayuda de 200.000 florines y dejar paso a los ingleses.
       ¿Con que Vizcaya inglesa? Bueno, en teoría sólo como feudo, convirtiendo al inglés en vasallo de Castilla. La realidad era más cruda, no estando el rey en condiciones de poner coto a semejante aliado. Ayala da a entender que el rey no tenía intención de cumplir, ni los vizcaínos («gente fiera como son») de recibir al extranjero. ¿Importaría esto un comino a Eduardo, si entendía que Vizcaya era suya? Seguro que no. De todas formas, en 1371 regresó para siempre a Inglaterra y se desentendió de nosotros, tal vez porque ya entonces padecía del mal crónico que en 1376 acabó con él, un año antes de morir su padre Eduardo III.
       El armamento inglés era superior, lo mismo que su táctica, y eso que ya se había demostrado en Francia se confirmó en Nájera. Enrique perdió totalmente la batalla, en parte gracias a su hermano Tello, que no hizo nada por impedir la derrota. Dicen unos que por cobardía, pero también puede que por cálculo.
       También Enrique de Trastámara se salvó a uña de caballo ayudado por los Luna aragoneses, que le condujeron a Francia. En vano tras la batalla anduvieron ingleses y castellanos buscándole entre los caídos. El Príncipe Eduardo preguntó en francés:
       –Lo Bort es mort, o pres? (El Bastardo es muerto, o preso?)
       Y al decirle que ni lo uno ni lo otro:
       –Non ai res faict. (No se ha hecho nada)
       Fue su lacónico y lúcido comentario. Nada se había hecho, en efecto, con el pretendiente en libertad y el rey Pedro desaforado como nunca, matando a los prisioneros más destacados en vez de venderlos por rescate.
       Una de las medidas de Enrique, ya antes autoproclamado rey de Castilla, fue respecto al Señorío de Vizcaya confirmar el paso dado por Pedro I, anexionándolo para siempre a la Corona. Una corona muy tocada, parte por desprecio al advenedizo fratricida, parte por el costo de la operación, pagado a tocateja con títulos de nobleza y cesión de señoríos y tributos por el nuevo don Enrique el de las Mercedes. De las ‘mercedes enriqueñas’.
__________________________
[1] E. Montale, en su poema nihilista La storia. Su frase completa reza: La storia non è magistra / di niente che ci riguardi (‘la historia no es maestra de nada que nos concierna’).


[2] De oratore, 2, 36: «La Historia, testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, anunciadora del vetusto pasado».
Frente a eso, Caro insiste: “Una vez más hay que invertir los términos y decir que la historia no es maestra de la vida, sino que la vida es maestra de la historia” (Las formas complejas de la vida religiosa, Galaxia Gutenberg, 1995, pág. 337)

[3] Crónica, año II (1351), 14.


[5] Este convento se ha cerrado hace tres años (2008)

[6] Canciller don Pedro L. de Ayala, Rimado de Palacio, estr. 847 (BAE, Poetas castellanos anteriores al siglo XV. Madrid, Rivadeneyra, 1864, págs. 453-454).

[7] Desde aquí.

[8] Crónica, año IX (1358), 3.


lunes, 25 de abril de 2011

Teatro de sombras en Alaiza (1)

 (La letra y la imagen)

       Visitar la iglesia románica de Alaiza (Álava) puede ser una experiencia para el resto de la vida. Para mí lo fue, en 1986. Desde entonces, de forma intermitente pero algo obsesiva, me acosa el enigma de aquella pinturas y la inscripción que las acompaña. Estos días me ha vuelto a dar la fiebre.
       Alaiza, aldea alavesa en la vertiente norte de los montes de Iturrieta, cerca de Salvatierra, fue noticia en 1982 por el hallazgo de una decoración pictórica bajo medieval muy interesante, todo un mural de argumento bélico que cubre el ábside del templo y se prolonga a ambos lados por la bóveda de la nave.
       Si la temática es notable, no lo es menos la ejecución de adornos y figuras, todo monocromo y siluetado, como en un teatro de sombras chinescas sobre algún drama de guerra y paz, violencia y sexo, devoción y muerte, realismo crudo y simbolismo depurado.
       A primera vista, la impresión es algo caótica, aunque muy pronto se capta cierto orden. Orden explícito en la bóveda, por el clásico sistema narrativo de las bandas horizontales. Pero aunque el ábside acoge el conjunto principal en un mismo espacio indiviso, pronto el observador capta campos de acción que permiten una primera lectura algo coherente.
       Este panorama central viene subrayado en toda su longitud por un inscripción gótica pintada en negro y parcialmente perdida. Obviamente uno busca en ella una clave explicativa. Y aquí empezó el envite obsesivo. A una lectura inmediata de la primera mitad y de la último palabra, siguió un atasco insuperable para descifrar el resto. Nada que dé luz a un mural a merced de su propia vis explicativa. Para más enredo, la iglesia se titula de la Asunción, misterio mariano sin relación con el programa iconográfico.
       Con todo, lo más sorprendente desde el primer momento fue la inscripción en sí misma, y explico por qué.
       Enterados (por la prensa, creo) del hallazgo de las pinturas y el misterio que las envolvía, preparamos la visita consultando la publicación monográfica más reciente: Gaceo y Alaiza. Pinturas murales góticas, un folleto editado por la Diputación Foral de Álava (1986). La parte dedicada a Alaiza comprende una veintena de páginas con texto de José Eguía López de Sabando y abundantes fotos de Jon Llanos, todo un atlas donde se aprecia la calidad de Fournier, el taller mundialmente famoso por sus naipes.
       La iglesia es románica tardía (siglo XIII), construcción sencilla de un nave cubierta con bóveda de cañón apuntada, reforzada con arcos fajones y rematada en ábside semicircular con media cúpula de horno. Fue de lo más corriente en núcleos rurales. Sin ir más lejos, como lo que queda de la misma época aquí, en la parroquial de Santa María del pueblo donde escribo, en Valdivielso (Burgos).
       Las pinturas son del XIV, y desde su hallazgo se relacionaron con la invasión de la tropa de Eduardo Príncipe de Gales –el ‘Príncipe Negro’–, cuando vino en ayuda del rey don Pedro de Castilla el Cruel contra su hermano bastardo Enrique de Trastámara (1367), al que vencieron en la batalla II de Nájera.
       Con la inscripción no ocurrió lo mismo. De hecho, el citado López de Sabando comentaba: “No se ha descifrado aún su contenido hasta el momento. Este trabajo se presenta difícil. Quizá no sea el latín, como sería más normal, la lengua empleada en ella.” (pág. 38)
       Que en cuatro años no estuviese resuelto ni siquiera el idioma de una inscripción gótica era sorprendente. Y si no era latín, ¿qué otra cosa podía ser? ¿Inglés antiguo? ¿o mejor francés, la lengua cortesana de Eduardo? No, no. Yo siempre he maliciado que la frase apuntaba a otra lengua, la misma en que está el lector pensando. Siempre el mismo deseo de hallar algún texto auténtico en vascuence anterior al siglo XV. El mismo pío que finalmente ha llevado a la aberración de inventarlos en el fraude de Iruña/Veleya.
       Un deseo muy natural por lo demás, aunque muy fuera de lugar como pie de figura de fotos clarísimas, donde sin dificultad se leía en perfecto latín:

       ...tum salutiferum gustandum dedit… Mortis… tempore.
       Erue … miseranter (?)… ut urat undique gehennA.

       (…o salutífero dio a gustar… en tiempo... de muerte.
       Líbra… compasivamente… que abrase por todas partes el infierno ).

       La vista directa de la inscripción no dio nada nuevo. La misma lectura, las mismas dudas y vacíos. Por supuesto, la primera palabra leída fue la última: GehennA, la Gehena o Infierno, escrita aquí con A mayúscula al cierre: la única capital de un texto en minúsculas, ya que la inicial (si también lo fue) ha desaparecido.
       En cuanto a este principio incompleto del texto, la presencia en el mural de una mujer empuñando una copa nos sugirió completar la primera palabra como (po)tum, bebida. Dando por supuesta una relación directa entre la leyenda y las imágenes, pensamos en un cuadro ex voto de varios heridos de guerra que, curados con algún remedio, peregrinan a un santuario y presentan sus ofrendas, agradecidos por haberse librado de peor destino, que alcanzó a algún otro compañero
       Esta fue nuestra conclusión y lectura, la que más o menos uno de nosotros se encargó de publicar en El Correo (8/9/1986, pág. 40).
       A mí me sonaba de algo la expresión salutiferum gustandum dedit, sin recordar de qué. Por aquel entonces los latines litúrgicos iban de capa caída. Tampoco había aquí Internet; no existía el motor Google. Cuando lo hubo y pude buscar la cadena de letras, la respuesta fue inmediata: Fructum salutiferum gustandum dedit Dominus mortis su(a)e tempore, reza una antífona del Oficio del Corpus Christi: “Fruto salutífero dio a gustar el Señor al tiempo de su muerte”. Fructum (fruto), no potum (bebida). Así pues, una alusión a la eucaristía o viático que libra del fuego eterno. Eso en el supuesto de que la inscripción tenga que ver con el contenido de las escenas, cuando ni siquiera es seguro que sea de la misma época.
       Como digo, de vez en cuando he solido volver sobre el tema, por si alguien tenía más suerte con el texto de Alaiza. Y en efecto, está el trabajo paleográfico de S. A. Mollà (2007) [1]. Su lectura del primer hemistiquio coincide en que se trata de la misma antífona de Corpus. El segundo hemistiquio se le queda en tentativas sin sentido coherente. Para la A capital de GehennA aventura resolverla como anagrama de María y posiblemente Jesús (JHS). Alguna propuesta no la veo posible; por ejemplo, …sianter, como adverbio latino, no conozco ninguno plausible con ese elemento.
       Este meritorio trabajo de un especialista no menciona el viejo artículo de El Correo, aunque sí el comentario de Sabando antes citado, y con la misma extrañeza que la nuestra. Mollà confiesa haberse ocupado de la inscripción de Alaiza por invitación de doña Micaela Portilla Vitoria (q. e. p. d.), gran estudiosa del Medioevo alavés, la cual sin duda debió tener noticia de la propuesta anterior, aunque no pudo compulsarla con los nuevos resultados, por haber fallecido en 2005.
       Para cualquier aficionado como yo es de algún alivio leer en este artículo, acerca de la inscripción, frases como éstas:

Descubierta en 1982, junto con las pinturas, tradicionalmente (sic) se consideraba imposible su transcripción…
Tras unos primeros resultados desesperanzadores y exhaustivas consultas, finalmente aparece el texto, al menos en su primera parte, y se interpretan a continuación palabras sueltas… (pág. 218)

       Un alivio, digo, no tanto como halago de mi vanidad, como porque en adelante podré volver sobre este empeño con menos impaciencia y sensación de fracaso.

       El mundo de Alaiza
       El que podemos llamar ‘mural bárbaro’ de Alaiza bien podría titularse ‘Guerra y Paz’, o ‘Paz en la Guerra’. Episodio central (y centrado) es la defensa de un castillete roquero, asaltado por un ejército sobre todo de peones, con algunos caballeros. Uno de éstos, de porte principesco y portador de estandarte, se mantiene a la expectativa, como quien preside la operación. Dos parejas de jinetes se enfrentan en singular combate.
       La soldadesca avanza desde la izquierda para acometer por ambos lados. Se reconoce el equipamiento moderno a la inglesa: cotas, capacetes y viseras picudos (en su caso), escudos redondos erizados de púas, espadas, hachas, lanzas, mazas de bola y, como innovación indicativa cronológica, ballestas primitivas, de las llamadas ‘de pie de cabra’. Incluso figura en la hueste, como singular mascota, un centauro sagitario que podría ser ballestero.

       El fruto más amargo de la guerra es la muerte. Un sucinto entierro de un difunto en andas a hombros de dos porteadores y seguido de dos plañideras se dirige a una iglesia donde el sacristán hace doblar las campanas.
       Los desastres de la guerra se apuntan en forma de robo y arreo de bestias, con una mujer que huye remangándose el halda y un caballo aparejado y desbocado sin jinete. Un soldado violador se abalanza sobre una mujer abierta de piernas, mientras otro más corpulento se dispone a degollarle, sea por defender a la cuitada, o para disputársela.
       ¡Ah! y en un extremo, la habitual pareja medieval, hombre y mujer, en cuclillas haciendo sus necesidades (él sobre un orinal).
       El tema del ex voto o promesa parece afectar a cinco personas o mejor matrimonios:
1.       Ellas, las esposas, ataviadas con batas de cola, portando ofrendas en forma de copa, platillo o ramo, se dirigen a una capilla con dos santas en sus nichos. Un ave de buen augurio está posada en el tejado. Otra ave más pequeña se ha posado también sobre el ramo de una de las damas.
2.      Ellos por otro lado avanzan en hábito de peregrinos (tres completos, los otros dos casi borrados), con ropa corta de camino, con sus alforjas o bien capuchas abatidas y bordones crucíferos. Les precede un guarda armado anunciándoles a son de cuerno. De todas formas, la explicación es parcial, pues buena parte de elementos ha desaparecido.
3.      Llegados a su meta, la iglesia, los cinco hombres encamisa presentan sus ofrendas, mientras un sacristán lo anuncia a toque de campanas.

       El tema de la paz se explaya sobre todo en la parte superior derecha del ábside, entendiendo así un árbol poblado de pájaros y un jinete practicando la caza del venado, corzo, ciervo y pluma.

       Todo este conjunto, enmarcado en orlas vegetales a modo de volutas junto con otros elementos decorativos y un fondo general imitando sillería pétrea, está pintado en rojo inglés sobre un fondo verdoso que pudo ser azul pero ha torcido a cardenillo desteñido.
       No hay motivo para desechar la relación entre estas pinturas y la guerra civil que acabó con el asesinato de Pedro I a manos de Enrique en el escenario de Montiel, con el bretón Du Guesclin diciendo aquellos de “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”.
       Cuando Mollà dice que “todo lo anterior contraría la datación de la inscripción en los años centrales del siglo XV”, lo hace sólo atendiendo a criterios paleográfico y refiriéndose a la inscripción, que en efecto podría ser anterior (según él), y ajena al tema iconográfico. A decir verdad, tampoco parece muy concluyente, pues un estilo caligráfico –la ‘minúscula güelfa’–, consagrado a principios del cuatrocientos, bien pudo seguir utilizándose medio siglo después.
       Tampoco podían callar aquí los que por todas partes ven caballeros templarios, descubriendo sus madrigueras incluso con ayuda del pentáculo. Con fray Guillermo (el de Ockam, por supuesto, pero lo mismo valdría el de Baskerville), nosotros no hacemos caso a los templaristas y optamos por las hipótesis más económicas, como en este caso lo es la jornada de Nájera, episodio peninsular en el contexto de la gran guerra de los Cien Años.
       De ahí otro motivo de interés hacia estas pinturas, en relación con las crónicas de entonces, especialmente la admirable escrita por el canciller vitoriano Pedro López de Ayala (1332-1407). De cuando Vizcaya estuvo en un tris de ser inglesa. ¿De veras? ¡De verísimas, como lo oyen! Otro día hablamos de ello.


Ver también en este blog: ‘Alaiza: paredes que hablan (2012/11/20). 
En el XXX Aniversario del descubrimiento de las pinturas.
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[1] Salvador A. Mollà i Alcañiz, ‘Aportaciones a la interpretación de la inscripción del ábside de la iglesia románica de Alaiza.’ Sancho el Sabio, 27 (2007): 217-224.


lunes, 18 de abril de 2011

El rayado de la cebra



De la sentencia del Tribunal Supremo sobre Sortu es difícil decir nada original. La novedad de siete magistrados discrepantes en la misma Sala crea una situación incómoda. Será mejor o será peor así, los siete a una, en vez de cada cual por su lado en votos particulares (quot capita, tot sententiae). En todo caso, no deslumbra por lo prudente ceder la baza a sospechosos de burlar la ley.
Tampoco brilla por la templanza la arremetida de los discordes contra sus colegas, achacándoles el yerro que ellos mismos cometen: «sustituir la valoración de la prueba por la construcción de un relato». Porque para ‘relato-relato’ el suyo, de los siete: decir que Batasuna y ETA discrepan hoy lo bastante como para hablar de ruptura; para añadir a vuelta de hoja que tampoco Sortu es Batasuna.
Cierto que la sentencia del Supremo es una, la que es, formalmente contraria a Sortu. Pero a efectos prácticos y en la percepción del público queda como en entredicho. Para la democracia, desde luego es victoria pírrica, gracias al ‘escrúpulo’ de casi media Sala, nada menos. Tanto mirar las rayas, es como si hablaran de cebras distintas. Y eso que, según expertos, «el rayado no hace a la cebra».
¿Garantismo? En España esta palabra tiene ya cariz peyorativo: abuso de garantías, a favor de quien no las merece y a expensas del bien común superior, la salus populi.
Parece como si el único objetivo de los pretendientes fuese cobrar del erario público. Eso sería lo de menos. Lo grave es que en los ayuntamientos y parlamentos se gobierna. Todo servicio público requiere solvencia; pero cuando ese servicio es algo tan serie como la gestión de la res publica, hay que poner la cota bien alta por ese lado.
Nueve contra siete. Ambas tesis no pueden ser ciertas a la vez, y hasta podrían ser las dos falsas, porque ni siquiera hablan de lo mismo. La sentencia de los Nueve se centra en garantizar la naturaleza democrática del proyecto Sortu, mientras el voto particular de los Siete (contra Tebas) pone el foco en la identidad de las personas y en la protección de sus derechos desde la presunción de inocencia. «No son los tramposos de antaño –vienen a decir–; es gente nueva, y por tanto libres de sospecha. Sin antecedentes. Su palabra, sus estatutos, punto.»
A estas alturas del ‘proceso’, este argumento es más propio de la defensa de Batasuna que de jueces imparciales. Si Sortu no es Batasuna, ¿a qué viene traer a cuento (y nunca mejor dicho) una supuesta democratización batasunera? Aguante cada palo su vela; a menos, claro, que se trate de explicar lo evidente: cómo todo este montaje ha sido presentado en sociedad por líderes de Batasuna-ETA.
De hecho, en el fondo es el mismo argumento de ETA en su ‘Zutabe’, cuando a propósito de su alto el fuego habla de gente que «de modo perverso, lo une al afán de la izquierda abertzale de estar en las elecciones». ¡Que no, hombres, que no son unas simples pruebas de aptitud, un test psicotécnico formulario! Aquí lo primero es garantizar a la ciudadanía que no se les cuela de rondón nadie en connivencia con el terrorismo presente, pretérito ni futuro.
Este no es el cuento del pastorcillo bromista («¡el lobo, el lobo!») Al contrario, ha sido el timo de ‘la abuela de Caperucita’, repetido hasta el aburrimiento:
–Abuelita, qué anti violencia tan grande tienes.
–Es para engañarte mejor.
–Abuelita, qué aspecto tan democrático tienes.
–Es para zamparte mejor.

De Zapatero a Doctor
Frente a lo que cuenta Heródoto de los egipcios (2, ‘Euterpe’, 84), con una medicina seria y muy especializada, en Roma la profesión médica no se cuidaba mucho. Lo asegura Plinio con asombro tocado de escándalo:

«De todas las artes, vive Dios, sólo en ésta se da que, en presentándose un quídam como médico, al punto es creído bajo palabra, siendo así que no hay fraude más peligroso.» (Historia Natural, 2, 17).

El pueblo que enseñó al mundo la ciencia del Derecho tuvo en la de la salud anchas tragaderas. Y no es que los galenos en general fuesen malos; lo malo era el descontrol de la profesión médica y el charlatanismo rampante.
En la antigua Babilonia no estaba mejor la cosa, de creer al mismo Heródoto, que por lo demás lo alaba, pues según él ni siquiera había allí médicos profesionales (1, ‘Clío’, 197):

«Otra norma tienen igualmente sabia, y es que sacan a los enfermos a la plaza, donde los transeúntes se le acercan y discuten su mal, si acaso alguno lo padeció, o sabe de alguien que lo haya padecido. Luego de discutir, recomiendan el remedio que les curó a ellos mismos o a otros pacientes de la misma enfermedad. Lo que no es de recibo es pasar de largo sin preguntar al enfermo por su dolencia.»

Vamos, que para el babilonio la enfermedad y la salud era asunto rigurosamente privado. Y más cerca de nosotros –al menos en el espacio–, otro tanto sucedía en Galicia, según Estrabón (3, 3, 8).
El mismo descontrol padecemos aquí con los profesionales de la política, y caro que nos cuesta. Porque si el intrusismo médico es temible, el político no lo es menos. Y sin embargo las listas de los partidos rebosan de personajillos sin currículo conocido en el mejor de los casos, porque cuando se conoce es para echarse a temblar: semianalfabetos, oportunistas, fanáticos… Todos, eso sí, hombres y mujeres de partido –que no del partido–, con insaciable afán de servicio público.
La situación que Plinio denunciaba de los médicos en Roma aparece también satirizada por Fedro en su fábula ‘De zapatero a médico’ (Ex sutore medicus), moraleja incluida [1]:

Érase un mal zapatero que huyendo de la miseria se establece en otro lugar, pero ahora como médico. Sólo usa de un remedio, un curalotodo, que él en su ignorancia llamaba el ‘antídoto’. Con esto y mucho cuento, pues de palabrería no andaba el hombre mal, cobró fama.
A una de estas el rey se puso malo. Llamado a su cabecera el supuesto galeno, receta su medicina. El augusto enfermo, por ponerle a prueba, se hace traer la regia copa, y diluyendo en agua una dosis del ‘antídoto’ añade otra de veneno, ordenándole hacer la salva:
–Aquí están tus honorarios, pero bebe tú primero.
Aterrorizado el remendón se confiesa ante el rey:
–Señor, yo de médico sólo tengo la estupidez del vulgo.
El rey llama a su consejo y promulga este edicto:

A mis súbditos amados:
En verdad locos estáis,
pues a quien no le encargáis
para vuestros pies calzados,
la vida le confiáis.

Presunción de inocencia o según se mire
Una figura del deporte popular vasco se revela de pronto como militante integrado en ETA y depositario de explosivos en su propio caserío. Pues bien, los comentarios a la noticia son todo un recordatorio de la presunción de inocencia, y las habituales denuncias de malos tratos por la Guardia Civil al detenido merecen toda credibilidad («tal y como se temía en Euskal Herria», en expresión del periódico Gara, 17/04).
En cuanto a la cantidad ingente de explosivo (hasta un par de toneladas), más detonantes, polvo de aluminio y otros ingredientes pirotécnicos, llama la atención el gran número de ‘enterados’, gente que se da por conocedora de nuestra vida rural, para quienes el nitrato amónico es sólo un abono presente en cualquier baserri, y que desde luego nada tiene que ver con el terrorismo.
A todo esto, sale de la cárcel el preso más antiguo de ETA, y en su pueblo le ofrecen un homenaje y brindis con cava. O bien el etarra preso ‘Txapote’, en otra de sus comparecencias en juicio, vuelve a exhibir malos modales, amenazando con el «jo ta ke» (‘dale que te pego’) –modismo usurpado por la banda para expresar su manera de hacer y su estilo–, y el hombre tiene público que le aplauda.

Así anda el dichoso ‘proceso’. Ellos a lo suyo, de recambio siempre, pero la misma jugada. Las mismas cebras con las mismas rayas, apenas retocadas o vistas desde distinto ángulo. ¿Qué se hizo de las ‘neskas’? Flores de ayer, hoy son lástima vana. ¿Qué fue de los desconocidos de ANV? Lo mismo que será de la ‘gente nueva’ de Sortu o Bildu. Cambian de profesión, si es que la tenían. Borran de su rótulo el zapato y pintan un clister. Si pueden, nos dan con él. Si no, sin estrenarse ni despedirse retornan a su nada.
¿Cómo se entiende que alguien se fíe de gente así, incluso jueces del Supremo? Nuevamente es Plinio el que ofrece una explicación. Él va de médicos, pero vale igual para concejales, parlamentarios, políticos en general:

«No reparamos en el riesgo, embriagado como está cada cual en su esperanza. Por otra parte, tampoco hay ley que castigue la impericia mortífera, ni ejemplo alguno de sanción. Se entrenan a costa nuestra y con nuestras vidas ensayan. No hay homicida más impune que el médico.»

O que el político, si lo prefieren. Y peor que homicida, genocida, pues el mal gobierno lo es para todos y acaba con muchos.

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[1] Fábulas, 1, 14. El texto latino con una versión bastante mediocre en verso apareció acogido a la hospitalidad del blog de Monsieur de Sans-Foy, ‘Zapaterías rimadas’ (12/02/2008).