lunes, 11 de abril de 2011

Cuaresmas de muerte



Las Cuevas de los Moros (Quecedo de Valdivielso, Burgos)

Volver a las Cuevas de los Moros, o a las Cuevas de los Portugueses, es revivir siempre la misma experiencia frustrante: “¿es esto lo que parece?” La imaginación se dispara; la ‘loca de la casa’ –imaginaria definición teresiana–, cuyos excesos son de lo más parecido a la evidencia.
Las cuevas son dos conjuntos arqueológicos burgaleses en la margen izquierda del Alto Ebro muy próximos entre sí, que se pueden visitar en una misma escapada turística, y aun sobra tiempo para ver más curiosidades y maravillas.

Las ‘Cuevas de los Portugueses’
Las que llaman Cuevas de los Portugueses son un complejo de habitáculos rupestres en el desfiladero de la Horadada, donde arranca la carretera a Tartalés de Cilla. En un barranco, a uno y otro lado del torrente que baja de Tartalés a despeñarse en el Ebro, se suceden las covachuelas, muy alteradas por la ocupación portuguesa de obreros que trabajaron en obras hidráulicas a principios del siglo XX.
Escondidas por la maleza, se conservaron tal cual muchos años. Despejadas ahora, acondicionadas y señalizadas sin custodia, están a merced de visitantes no siempre respetuosos y a veces grafómanos. Algo más arriba, ya en el pueblo, se sitúa la Cueva de San Pedro, iglesita rupestre reducida casi a un ábside en herradura, visigótico o mejor mozárabe.
El conjunto se inscribe en el arco de edificios rupestres del Alto Ebro, y éste en particular se ha venido incluyendo entre los ‘eremitorios’ alto medievales de la zona. Sin embargo, en la línea secularizante actual, el cartel explicativo recoge como hipótesis alternativa una estación de trashumantes o seminómadas.
Cuevas de los Portugueses (Tartalés de Cilla, Burgos)
A mí me sigue gustando más la visión monacal. Borremos mentalmente la inmediata carretera y algún otro testigo del progreso técnico, y sin más nos vemos en un escenario de los Padres del Yermo, la Historia Lausíaca de Paladio, o la Historia Filotea de Teodoreto.
Aunque, mejor pensado, ¿qué más da? La presencia física de mujeres y niños tal vez no fuese tan turbadora como se la figuraban los monjes en sus trances oníricos. Y en cuanto a vida espartana, allá se andarían religiosos y seglares. La misma plegaria en boca de unos y otros: “Padre, el pan de hoy”.
Con todo, hay aquí algún detalle inquietante: alguna de las ‘viviendas’ no tiene más abertura que un ventanuco ovalado; y es muy posible que otras que hoy son portezuelas irregulares y bajas hayan sido ventanas recortadas o erosionadas. ¿Y qué tiene eso de inquietante? En seguida lo vemos.

Las ‘Cuevas de los Moros’
A diferencia de los ‘portugueses’, estos ‘moros’ son referente genérico popular. Referente por lo demás absurdo, en un valle como Valdivielso, con un imaginario ‘histórico’ de resistencia invicta a todo invasor, con especial ojeriza a la Medialuna. Sólo el godo fue bienvenido, como importador de nobleza, porque en definitiva aquí se presumió de godo, hasta que una nueva ola nobiliaria arribó de las Islas Casitéridas, en especial de Escocia. Hidalguía universal, en todo caso, marcando pauta a vascos foramontanos y otras gentes propincuas. Dígalo el viazcaíno Licenciado Poza, ¿no estuvo por aquí la mítica Iberia, gran urbe de catorce puertas, que si no viene descrita en la Biblia por Ezequiel fue porque lo dejó para otros visionarios, como nuestro don Andrés?
¡Pero qué digo, si estuvo Iberia por aquí! Debajo de los pies la tengo, aunque sólo el solar, porque del resto, el conquistador Julio Cesar no dejó ni las piedras. Sólo esta reliquia arqueológica, las mal llamadas cuevas, y peor de los moros ni moras. Una hilera de 14 oquedades rectangulares apaisadas excavadas a media altura de un estrato duro desnudo muy buzante, casi vertical, del sinclinal de la Tesla, entre los pueblos de Quecedo y Arroyo.
El paisaje es aquí todo lo contrario que en el eremitorio de la Horadada. Aquello, un barranco; esto, un paredón dominante y abierto al sur, al ancho valle. Allí, una aldea, una laura de vida; aquí, una comunidad de muerte.
Desde abajo se ven los huecos seguidos, como si alguno de los varios Hércules que desfilaron por aquí hubiese emprendido el trabajo de cortar el peñasco para llevárselo a otra parte.
Como de costumbre, traigo el altímetro sin calibrar, así que a ojo pongamos 700-750 m de altitud. Como de costumbre, la cámara casi sin batería, lo justo para unas tomas con luz de tarde.
Subir no es nada difícil, sabiendo la senda. Una vez arriba, la vista es soberbia, desde aquel farallón, que de pronto se ensancha un poco, en cortesía para con el pintor o el fotógrafo.
Bueno; pero en definitiva, ¿qué es todo esto? ¿Necrópolis, o algo más imaginativo? Quitando un par de huecos en el extremo oeste, erosionados o inacabados, que podrían ser sepulturas, el resto no encaja en la idea corriente de los enterramientos medievales. Como de costumbre, pude haber olvidado el metro, pero esta vez no ha sido así, lo que permite comprobar, más o menos, lo que figura en los libros; alrededor de 1,80 a 2 m x 0,70 x 0,60. La cueva primera (por el este) está más alta y mide más del doble que las demás. La siguen dos en pareja, una sobre otra. El resto, en hilera.
Para tumbas de la Edad Media, algo grandes parecen, y si fueron de moros, serían del Muzaraque y familia. Claro que pueden ser tumbas; pero desde que las vi –hace ya muchos años—, siempre me han sugerido un tipo muy especial: enterramiento en vida.

–¡Emparedamiento! Quite usted allá, buen hombre. Imposible.
–¿Se puede saber por qué?
–Verá: de entrada, el emparedamiento fue un fenómeno exclusivamente urbano…

Esta objeción sin vuelta de hoja, repetida y recopiada, tampoco falta en uno de los últimos libros publicados sobre el Valle de Valdivielso. Un caso más de confusión sobre el término emparedamiento.

Emparedados y emparedadas
‘Emparedar’ en lenguaje corriente es meter entre paredes, en recinto cerrado, como el convento o la cárcel. En latín, la immuratio, en la jerga inquisitorial, no era otra cosa que la pena de cárcel, que eso sí, podía ser perpetua. Una sosada para el magín romántico pre caldeado por los misterios conventuales, de modo que uno de los sustos que podía sufrir el visitante de una antigua abadía, en la novela gótica de terror, era el desprendimiento de un lienzo de pared, dejando a la intemperie la momia o esqueleto de un religioso o una monja emparedada a muerte por haber faltado a su voto.
Pero filfas aparte, lo del ‘fenómeno urbano’ es otra media verdad. En la Edad Media hubo conventos femeninos, como también parroquias, que tuvieron locales reservados a ‘encerradas’ o anacoretas, beatas que hacían vida ermitaña, solas o en compañía de otra religiosa o fámula. Hasta en monasterios masculinos hubo casos de emparedamiento femenino [1].
Este género de vida no era para cualquiera, y tratándose de mujeres los obispos aplicaron vigilancia especial, llegando a prohibírselo fuera del casco urbano, como fue el caso en Burgos, en el siglo XIV si mal no recuerdo. Las emparedadas finalmente serán simples beatas, mujeres que viven retiradas como monjas, pero sin convento [2.

Desde luego, hablar de estas cosas en un lugar como las Cuevas de los Moros no tiene ningún sentido. Aquí el ‘emparedamiento’ pudo ser otra cosa: una forma de ascetismo extremo, que prendió en el Oriente Próximo, en los inicios del monacato, y se imitó después en la Europa medieval. Consistía en hacerse emparedar temporalmente (una cuaresma, por ejemplo), dejando una ventanilla para comunicarse e introducir alimento y bebida. Ni más ni menos lo que acabamos de ver en el supuesto eremitorio de la Horadada, donde alguna celda carece de puerta. En todo caso, una celda deja espacio para estirar las piernas y hacer ejercicio. Un desahogo vedado a mis presuntos emparedados de Valdivielso. 
Uno de los pioneros del encierro total fue san Simeón Estilita el Viejo (o el Grande, m. en 459), que debutó sepultándose en una cisterna, antes de alcanzar su apogeo exhibiéndose 40 años sobre el capitel de un columna de 20 metros, cuya base todavía se conserva y sirve para hacerse fotos los turistas. Una vida tan dura no impidió al santo sobrevivir a su propio biógrafo Teodoreto, que 15 años antes había publicado su vida hasta la fecha, anunciando un final que otra mano tuvo que escribir.
De Simeón hablamos otro día, porque tuvo secuaces en España –aunque no en la Tesla, que yo sepa–, mientras mucha gente piensa que el estilitismo fue una ocurrencia irreverente de Buñuel con su Simón del Desierto. Irreverente, puede, pero ocurrencia de ningún modo.
No sé qué es más difícil, si tenerse en pie sobre una columna a cielo raso, o tumbado y emparedado en una de estas cuevas. El ascetismo mozárabe, tal como lo entendía un san Eulogio de Córdoba, daba para mucho.
La mística se nutre de metáforas. Morir con Cristo, enterrar al hombre viejo, fueron cosas que a veces se tomaron a la letra, generando observancias extravagantes y, todo hay que decirlo, de dudosa raigambre cristiana.

¿Imaginaciones? Hombre, algún privilegio ha de tener el simple contemplador curioso sobre el arqueólogo profesional. Si el fenómeno se dio en otras partes, en condiciones similares, ¿por qué no aquí? En cuyo caso, los ascetas de Valdivielso llevarían ventaja a los de la Horadada en cuanto a sacrificio, pero sobre todo en ingenio, al conjuntar en este paredón altísimo el escondite del emparedado y el escaparate del estilita.
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[1] De ello trata Eileen Edna Power en su obra clásica, Medieval English Nunneries c. 1275 to 1535. Cambridge Univ. Press, 1922; cap. IX (‘El pez fuera del agua’).
[2] En Inglaterra y en relación con el movimiento lolardo se produjo (en inglés de principios del siglo XV) el tratadito dialogado Dives et Pauper (ed. de Priscilla H. Barnum, Oxford Univ. Press, 2005). Suya es esta observación que tomo de Power, o. cit., pág. 366, nota 4, y es de lo más curioso por su feminismo, frente al modo de ver oficial católico:
“Vemos que cuando son varones los que adoptan el anacoretismos y la reclusión, en unos pocos años por lo común o bien caen en errores o herejías, o se salen por amor de mujeres, o por hastío de la vida, o fallan de otro modo. Pero de mujeres anacoretas así reclusas rara vez se oye ninguna de esas faltas, antes bien santamente empiezan y santamente acaban.”
(Dives and Pauper, mandamiento 6, cap. B.)

lunes, 4 de abril de 2011

La prueba de la cebolla




En la historia bíblica de Jefté hay un episodio típico de rivalidad tribal que, como de costumbre, se ventila por la brava. El encumbramiento de Jefté, oscuro proscrito del clan de Galaad –sub tribu separatista del complejo Efraín-Manasés–, despierta recelo en los de Efraín y estalla una guerra a muerte, donde éstos llevan la peor parte (Jueces, 12):

Galaad cortó a Efraín los vados del Jordán, y cuando los fugitivos efraimitas pedían paso, los de Galaad preguntaban: «¿Eres de Efraín?» Si negaba insistían: «¿Con que no? Pues di shibolet.» Y si el otro, incapaz de pronunciarlo, decía sibolet, sin más era detenido y ejecutado sobre los mismos vados.

La anécdota, en lo que tiene de observación filológica, fue comentada por los humanistas hebraístas españoles, como Nebrija. Por lo demás, reconocer por el acento es trivial, como en el Evangelio una criada se fija en el apóstol Pedro: «Tu habla te delata, eres galileo» (Mateo, 26: 73). Y como estratagema bélica, ha debido de ser universal.
En hebreo, shibolet es la corriente de agua, aunque también significa ‘espiga’. La palabra es lo de menos. Era una letra, un modo de pronunciarla, lo que marcaba la diferencia. Y en todo caso, la historieta era y es archisabida.
No tan conocido en cambio es su remake o remedo a la española, en la rebelión de los moriscos de las Alpujarras (1569). Allí había gente de todo pelo, musulmanes de lengua arábiga, aljamiados y también cristianos muy castellanizados. En la represión feroz e indiscriminada no valían trajes ni avales, para reconocer al enemigo.

Algún enterado sacó entonces a colación la vieja historia sagrada, y su posible aplicación al caso. ¡Cómo! Si hasta tenemos en castellano una palabra casi igual que la hebrea: shibolet – cebolleta. No tiene nada que ver, pero hace el mismo servicio. Nuestro moros y moriscos no pronunciaban la ce o cedilla (ç) a la española. Incluso entre hispanos ya se notaba el ceceo de unos y seseo de otros. Pero frente a todos ellos, el moro andaluz xexeaba, como tampoco pronunciaban la ll, de modo que cebolla en boca morisca sonaba xebolia [1].
No era probable que los moriscos –a diferencia de los judíos– estuviesen muy al corriente de tretas bíblicas. Ésta además era preciosa para distinguir a los jóvenes moreznos. Sólo los que de muy niños se criaron en familias castellanizadas pronunciaban bien.
La noticia nos ha llegado por Bernardo Aldrete en Varias Antigüedades de España, África y otras provincias (Amberes, 1614, pág. 153), obra escrita en plena crisis de la expulsión de los moriscos de España (1603-1614) [2]

La cebolla, en la ensalada vasca
Valga el cuento por la moraleja.
El fallo del Tribunal Supremo contra la legalización de Sortu como nuevo avatar de Batasuna/ETA, con el voto discrepante de varios magistrados, pone en evidencia cuánta falta nos hace aquí alguna ‘prueba de la cebolla’, para distinguir entre terrorismo y política.
Ya se sabe que en esta materia no podemos esperar a un Dedekind que nos haga una ‘cortadura’. Pero sin llegar a la discriminación lógico-matemática, ¿tan imposible es fijar una distinción jurídica clara entre lo que es de ley y su contrario? Y si tal cosa fuese tan difícil o imposible en Derecho, ¿lo es igualmente en Ética? Fijémonos en este aspecto ético, más que en lo jurídico.
Según algunos, la expresión discriminante ya ha sido pronunciada: «Rechazamos la violencia, incluso la de ETA.» ¿Qué más pedir? No sé qué valor tenga una declaración así, más o menos, en unos estatutos de asociación política. Tal como suena es ambigua. Incluso ETA de vez en cuándo desiste de su propia violencia, mientras afirma su deseo de llegar a una paz condicionada. Es como si bastara un flatus vocis, sin entrar en finuras conceptuales. Cebolla, en lugar del Filioque.
La violencia, el terror, se puede rechazar en absoluto y por principio, o solamente por estrategia y táctica. En este sentido, no sólo es ambiguo el rechazo por parte de Sortu, también lo han sido muchas declaraciones de líderes y partidos democráticos: «ETA sobra, ETA es un estorbo». Casi siempre parece implícito algún adverbio: ‘ahora’, ‘ya’.
Lo que se echa de menos, y sería altamente clarificador, es rechazar a ETA ahora y siempre, porque es absolutamente rechazable, porque nunca tuvo razón de ser, ni la tendrá jamás en democracia. Pero, ay, esta cebolla es rara en la ensalada vasca, y prácticamente ausente en el recetario nacionalista.
No es sólo la doctrina del árbol y las nueces. Es eso y más. Cuando en los principios de ETA muchos jóvenes se alistaron a la solución ‘militar’, muchos tuvieron la bendición del padre o el abuelo rematada en un suspiro: «¡Ah, si yo tuviese tu edad!». Y cuando ETA asesinó a Carrero Blanco, mucha gente incluso ajena al nacionalismo lo celebró como un fasto para la democracia española, sin percibir que ésta a la organización le traída sin cuidado. Una ligereza que contribuyó no poco en su momento a ensanchar aquella primera ‘base social’ de la violencia.
A partir de ahí, todavía son muchos los que justifican a ETA con varias razones:
1. La primera, explicándola como reacción frente a una violencia franquista ejercida específicamente contra el pueblo vasco.
2. Reacción que, desaparecido el franquismo, hubo que sostener, porque el Estado español heredó la misma función opresora.
3. Aun admitiendo que la violencia no sea tal vez el medio ideal más deseable para la liberación del pueblo vasco, justo es reconocer que ETA ha contribuido lo suyo hasta el heroísmo, mereciendo respeto, gratitud y premio por los servicios prestados.
4. Si ETA tuvo razón de ser como reacción a una violencia de Estado, es posible que en un futuro pueda volver a tenerla, si el Estado sigue en las mismas, con medidas opresivas como la Ley de Partidos, o su aplicación en casos como el de Sortu.
Todo esto es perfectamente compatible con la suscripción de fórmulas como «ETA kanpora, fuera ETA», como en un divorcio por palabras de presente, sin referencia al pasado ni al porvenir. Sea cual sea a los efectos el ancho de vía del Derecho, siempre habrá una senda ética más estricta, donde sólo circule gente de paz ‘a la cebolla’. La senda de la convivencia. Lo demás es volver siempre a las andadas.
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       [1] La diferencia se refería principalmente a los sonidos de las letras arábigas sin / shin (س /ش), representada la segunda por x en textos castellanos antiguos.

       [2] El clérigo Bernardo de Aldrete (o Alderete, h. 1560/5-1641/5) fue un adelantado de la filología moderna, a veces confundido con un homónimo teólogo jesuita más joven (1594-1657). El texto original que nos interesa es asequible en la Red: Portada y obra completa; el shibolet hebreo (pág. 152) y la cebolla castellana (pág. 153).

Grabado: Moriscos granadinos de camino (h. 1563), según J. Hoefnagel


lunes, 28 de marzo de 2011

De dos aguas, hacer una (y 2)

Leyendo a Marina Pino y Jon Juaristi

Puse ‘Continúa’, y bien que me pesa, porque significa hablar…; peor, escribir de cosas comprometidas. Pero lo puse, y salga el sol por Antequera. Ahora toca Jon Juaristi.
El libro que tengo entre manos [1] recoge los testimonios de diferentes personas llamadas a declarar por su relación más o menos directa con el personaje-bisagra ya citado, Tomás Bilbao. Pero en seguida se ve que, sin hablar de pretexto, los autores que acaban de conocerse y reconocerse como primos por accidente lo que hacen es contarse sus vidas. Se trata en efecto de dos autobiografías proyectivas, dos películas de autor donde Marina y Jon se descubren mutuamente a través de sus respectivos entornos familiares, con el misterioso Tomás Bilbao como leitmotiv, cantus firmus y bajo continuo.
Dos escollos debo evitar. El primero, hacer comparación entre dos relatos incomparables. El segundo, semejante al primero, juzgar a las personas. Quede esto para Marina, que tan bien se ha desempeñado con su gente, y quede sobre todo para Jon, que por su parte no va a disimular sus opiniones y sentimientos. Hombre, si digo que la familia de ella es como más desvalida y en ese sentido mueve a com-pasión (pero sólo en el sentido etimológico del término), ya parece que estoy comparando. Y más si se me ocurriese añadir que antecesores de Jon, como su bisabuelo don Patricio de Bilbao o su abuelo don Pablo Juaristi, no me inspiran sim-patía alguna; cosa que por otra parte a nadie le importa.

El abuelo Pablo
El propio Jon obviamente no sufre esa inhibición, y como en otras ocasiones usa su privilegio de autobiógrafo proyectivo para ajustar cuentas familiares, en especial con el abuelo. Pues si una vez escribió aquello de

“nuestros padres mintieron, eso es todo” [2],

en su caso debe de ser metonimia imperada por el metro, ‘padres’ por antepasados o mayores en general.
¿Y en qué mintieron? ¿cuál fue esa mentira total? Hela aquí:

«Algo que en mi familia se nos dejaba claro desde el principio es que habíamos tenido la inmensa suerte de nacer nobles» (pág. 252).
«Pedías explicaciones a tus mayores, y entonces te enterabas de que tu nobleza… derivaba del hecho mismo de ser vasco. Eras noble, porque eras vasco, y tu sangre no se había mezclado con la de judíos, moros, godos y maquetos en general. Entonces te acometía la angustia: ¿y qué pasaba con tu familia materna, esos Linacero y Peña cuya maquetez se olía a distancia? Mi abuelo Pablo me miraba con pena, como debían de mirar los propietarios de ingenios en Cuba al nieto mulato…, y para consolarme decía:
–Hombre, los Linacero eran gente muy culta, no como el resto de republicanos y socialistas.
De los Peña, ni palabra…
¿Cómo había sobrevivido esta sandez de la nobleza colectiva de los vascos en la Bilbao industrial?»

«Esta sandez.» Es un descargo que sean vascos –siquiera vascos a medias– los que descalifican, porque los nada vascos carecen de autoridad para meter baza en estos asuntos, aunque algunos no podamos contener la risa. Risa de conejo, cuando caes en la cuenta del alcance de esa mentirilla de apariencia inocente. Hoy te dirán que aquel racismo era un andancio de la época; que hoy en día todo el nacionalismo vasco, la izquierda abertzale y hasta la propia ETA reconocen apellidos foráneos, sin distinción. Las dos últimas palabras hoy por hoy están de más, y el día que dejen de estarlo será el fin del nacionalismo. Entre tanto, ‘sin distinción’ entre apellidos foráneos, concedo; sin distinción con los vascos, ¡anda ya!

      Genio y figura, el abuelo Pablo recibirá del nieto Jon en las páginas 368 y sigs. una despedida inmisericorde. No sin previo aviso (pág. 362):

«Mi abuelo… no renegaría jamás… de sus convicciones nacionalistas… Los resentimientos de mi abuelo tuvieron una influencia decisiva en la deriva hacia ETA de los nietos a los que directamente indoctrinó en su versión ortodoxamente aranista del nacionalismo vasco, inasimilable por un PNV que jugaba, desde la posguerra, la baza de la democracia cristiana.»

Bueno, eso que también se llama «la doble alma del PNV» realmente ya se daba de algún modo mucho antes, cuando el bisabuelo Patricio prestaba militancia clientelar en la línea pragmática de los Sota, frente a la ortodoxia aranista, representada por su yerno, el abuelo Pablo. Pelillos a la mar, donde este último se retrata de cuerpo entero es en los documentos que el nieto transcribe, como muestra de cómo enfocaba dicho señor su expulsión de la Caja de Ahorros Vizcaína, dirigidos unos a la administración franquista, otros al obispo diocesano.

«Pablo Juaristi seguía despreciando al Estado franquista, como había despreciado al republicano, y a España en general, sin tomarse la menor molestia en disimularlo… Como nacionalista, se había mantenido  –o eso creía– al margen de un conflicto de maquetos. En el fondo, debía de saber que su nacionalismo era la causa de su despido, de su encarcelamiento, de su proceso militar y de la negativa de la Caja a reintegrarlo en la plantilla, pero admitirlo ante jueces o directivos habría equivalido a confesar que se daba por enterado de que los españoles tenían un problema que también a él le concernía, y eso nunca.»

«Mi abuelo era bastante chulo, por decirlo finamente»: es obvio que una cosa así sólo puede escribirla un nieto. Que por otra parte tampoco es reproche, como lo sería en boca o pluma de un extraño. Esa chulería como idiosincrasia tampoco nos concerniría a los lectores, de no ser porque refleja un punto de vista mucho más extendido hoy que entonces. Todo el movimiento soberanista (incluida una de las almas de ese caso teratológico que es el PNV) comparte la chulería de pensar que los vascos son ellos, que la tierra es suya, que la democracia la detentan ellos, y en consecuencia se conducen como si ese supuesto derecho suyo originario e imprescriptible primase sobre la realidad política. Y en cuanto rascamos un poco, ay, enseguida asoma el rH, la limpieza racial, los apellidos vascos en base cuatro y en base ocho.
Nuestros padres murieron, pero su mentira sigue viva como nunca. Por eso no desaparece ETA.
El arquitecto Tomás Bilbao, hijo del contratista Patricio Bilbao, se despide de Bilbao no como constructor, sino al contrario, cumplido el encargo del primer lendacari Aguirre de volar los puentes de la Invicta Villa, como quien gana tiempo para escapar hacia el desastre y la vergüenza de Santoña. A partir de ahí, en el exilio, Tomás Bilbao –fundador de Acción Nacionalista Vasca (ANV), no se olvide–, sin renunciar al nacionalismo se entrega a la república como ministro de Negrín. Las más de 60 páginas últimas que le dedica Juaristi, desde la 378 en adelante, son un intento más meritorio que logrado de desentrañar la personalidad definitivamente enigmática del personaje que vertebra todo este interesante estudio.
Para alguien como yo, de la generación anterior a la de Jon, su trabajo es doblemente apreciable. Lo primero, al comprobar que es fiel a la idea que otros testigos tenemos, incluso de una etapa que él no alcanzó, y sin embargo domina. Y lo segundo, en un ambiente reducido como era el de aquella Bilbao hasta el franquismo, por el inevitable cruce de situaciones familiares convergentes, divergentes y paralelas.
En mi familia, por ejemplo, teniendo bien poco que ver con los Bilbao-Juaristi, encuentro paradojas similares a la suya con los Linacero. Deriva del carlismo hereditario de mi abuelo en mis tíos hacia posiciones republicanas variopintas, incluido un nacionalismo tibio, en parte contraído en la militancia católica parroquial, en parte también clientelar paterno, y de consecuencias catastróficas en la depuración franquista.
No lo digo como cosa interesante. De hecho, ya me importa bien poco incluso a mí mismo. Me refiero a que este libro, esta “indagación republicana”, además de información valiosa y bien contada, a muchos traerá también la propina de recuerdos más personales.

Dos fontanas
El motivo de las aguas y de las fuentes ha sido fecundo para los paradoxógrafos o coleccionistas de maravillas. En particular, dos fuentes próximas con propiedades diferentes siempre han llamado la atención: una salada, la otra dulce; una clara, la otra turbia; una caliente, la otra fría. De esta condición eran las dos que junto a los muros de Troya vertían al río Escamandro, según la Ilíada (XXII: 143 y sigs.). O la doble Fuente del Niño y de la Niña, en la Atalanta fugiens [3], recreación  barroca del chorro sagrado del oráculo de Júpiter Amón, ardiente y glacial, en el oasis de Siwa, a donde peregrinó Alejandro Magno.
¿Cuál es aquí la fuente fría, y cuál la caliente? Yo diría que en este libro se cumple el epigrama latino que ilustra el icono: «Caliente la fuente del Niño, fría la de la Niña»:

Sunt bini liquido salientes gurgite fontes,
     Hinc Pueri calidam suggerit unus aquam:
Alter habet gelidam, que Virginis Unda vocatur,
     Hanc illi jungas, sint aquae ut una duae:
Rivus et hic mixtas vires utriusque tenebit,
     Ceu Jovis Hammonis fons calet atque riget

Sea cual fuere, lo importante es que, fundidas las dos en una misma corriente, sus propiedades se mantienen inconfusas. Enhorabuena y gracias, Marina y Jon.
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[1] A cambio del olvido. Una indagación republicana (1872-1942). Barcelona, Tusquets, 2011.
       [2] ‘Suma de varia intención’ (1987). En Poesía reunida (1985-1999). Madrid, Visor, 2000.
       [3] Michael Maier, Atalanta fugiens, hoc est, Emblemata nova de Secretis Naturae Chimica. Oppenheim, 1618, Emblema 40.