lunes, 28 de marzo de 2011

De dos aguas, hacer una (y 2)

Leyendo a Marina Pino y Jon Juaristi

Puse ‘Continúa’, y bien que me pesa, porque significa hablar…; peor, escribir de cosas comprometidas. Pero lo puse, y salga el sol por Antequera. Ahora toca Jon Juaristi.
El libro que tengo entre manos [1] recoge los testimonios de diferentes personas llamadas a declarar por su relación más o menos directa con el personaje-bisagra ya citado, Tomás Bilbao. Pero en seguida se ve que, sin hablar de pretexto, los autores que acaban de conocerse y reconocerse como primos por accidente lo que hacen es contarse sus vidas. Se trata en efecto de dos autobiografías proyectivas, dos películas de autor donde Marina y Jon se descubren mutuamente a través de sus respectivos entornos familiares, con el misterioso Tomás Bilbao como leitmotiv, cantus firmus y bajo continuo.
Dos escollos debo evitar. El primero, hacer comparación entre dos relatos incomparables. El segundo, semejante al primero, juzgar a las personas. Quede esto para Marina, que tan bien se ha desempeñado con su gente, y quede sobre todo para Jon, que por su parte no va a disimular sus opiniones y sentimientos. Hombre, si digo que la familia de ella es como más desvalida y en ese sentido mueve a com-pasión (pero sólo en el sentido etimológico del término), ya parece que estoy comparando. Y más si se me ocurriese añadir que antecesores de Jon, como su bisabuelo don Patricio de Bilbao o su abuelo don Pablo Juaristi, no me inspiran sim-patía alguna; cosa que por otra parte a nadie le importa.

El abuelo Pablo
El propio Jon obviamente no sufre esa inhibición, y como en otras ocasiones usa su privilegio de autobiógrafo proyectivo para ajustar cuentas familiares, en especial con el abuelo. Pues si una vez escribió aquello de

“nuestros padres mintieron, eso es todo” [2],

en su caso debe de ser metonimia imperada por el metro, ‘padres’ por antepasados o mayores en general.
¿Y en qué mintieron? ¿cuál fue esa mentira total? Hela aquí:

«Algo que en mi familia se nos dejaba claro desde el principio es que habíamos tenido la inmensa suerte de nacer nobles» (pág. 252).
«Pedías explicaciones a tus mayores, y entonces te enterabas de que tu nobleza… derivaba del hecho mismo de ser vasco. Eras noble, porque eras vasco, y tu sangre no se había mezclado con la de judíos, moros, godos y maquetos en general. Entonces te acometía la angustia: ¿y qué pasaba con tu familia materna, esos Linacero y Peña cuya maquetez se olía a distancia? Mi abuelo Pablo me miraba con pena, como debían de mirar los propietarios de ingenios en Cuba al nieto mulato…, y para consolarme decía:
–Hombre, los Linacero eran gente muy culta, no como el resto de republicanos y socialistas.
De los Peña, ni palabra…
¿Cómo había sobrevivido esta sandez de la nobleza colectiva de los vascos en la Bilbao industrial?»

«Esta sandez.» Es un descargo que sean vascos –siquiera vascos a medias– los que descalifican, porque los nada vascos carecen de autoridad para meter baza en estos asuntos, aunque algunos no podamos contener la risa. Risa de conejo, cuando caes en la cuenta del alcance de esa mentirilla de apariencia inocente. Hoy te dirán que aquel racismo era un andancio de la época; que hoy en día todo el nacionalismo vasco, la izquierda abertzale y hasta la propia ETA reconocen apellidos foráneos, sin distinción. Las dos últimas palabras hoy por hoy están de más, y el día que dejen de estarlo será el fin del nacionalismo. Entre tanto, ‘sin distinción’ entre apellidos foráneos, concedo; sin distinción con los vascos, ¡anda ya!

      Genio y figura, el abuelo Pablo recibirá del nieto Jon en las páginas 368 y sigs. una despedida inmisericorde. No sin previo aviso (pág. 362):

«Mi abuelo… no renegaría jamás… de sus convicciones nacionalistas… Los resentimientos de mi abuelo tuvieron una influencia decisiva en la deriva hacia ETA de los nietos a los que directamente indoctrinó en su versión ortodoxamente aranista del nacionalismo vasco, inasimilable por un PNV que jugaba, desde la posguerra, la baza de la democracia cristiana.»

Bueno, eso que también se llama «la doble alma del PNV» realmente ya se daba de algún modo mucho antes, cuando el bisabuelo Patricio prestaba militancia clientelar en la línea pragmática de los Sota, frente a la ortodoxia aranista, representada por su yerno, el abuelo Pablo. Pelillos a la mar, donde este último se retrata de cuerpo entero es en los documentos que el nieto transcribe, como muestra de cómo enfocaba dicho señor su expulsión de la Caja de Ahorros Vizcaína, dirigidos unos a la administración franquista, otros al obispo diocesano.

«Pablo Juaristi seguía despreciando al Estado franquista, como había despreciado al republicano, y a España en general, sin tomarse la menor molestia en disimularlo… Como nacionalista, se había mantenido  –o eso creía– al margen de un conflicto de maquetos. En el fondo, debía de saber que su nacionalismo era la causa de su despido, de su encarcelamiento, de su proceso militar y de la negativa de la Caja a reintegrarlo en la plantilla, pero admitirlo ante jueces o directivos habría equivalido a confesar que se daba por enterado de que los españoles tenían un problema que también a él le concernía, y eso nunca.»

«Mi abuelo era bastante chulo, por decirlo finamente»: es obvio que una cosa así sólo puede escribirla un nieto. Que por otra parte tampoco es reproche, como lo sería en boca o pluma de un extraño. Esa chulería como idiosincrasia tampoco nos concerniría a los lectores, de no ser porque refleja un punto de vista mucho más extendido hoy que entonces. Todo el movimiento soberanista (incluida una de las almas de ese caso teratológico que es el PNV) comparte la chulería de pensar que los vascos son ellos, que la tierra es suya, que la democracia la detentan ellos, y en consecuencia se conducen como si ese supuesto derecho suyo originario e imprescriptible primase sobre la realidad política. Y en cuanto rascamos un poco, ay, enseguida asoma el rH, la limpieza racial, los apellidos vascos en base cuatro y en base ocho.
Nuestros padres murieron, pero su mentira sigue viva como nunca. Por eso no desaparece ETA.
El arquitecto Tomás Bilbao, hijo del contratista Patricio Bilbao, se despide de Bilbao no como constructor, sino al contrario, cumplido el encargo del primer lendacari Aguirre de volar los puentes de la Invicta Villa, como quien gana tiempo para escapar hacia el desastre y la vergüenza de Santoña. A partir de ahí, en el exilio, Tomás Bilbao –fundador de Acción Nacionalista Vasca (ANV), no se olvide–, sin renunciar al nacionalismo se entrega a la república como ministro de Negrín. Las más de 60 páginas últimas que le dedica Juaristi, desde la 378 en adelante, son un intento más meritorio que logrado de desentrañar la personalidad definitivamente enigmática del personaje que vertebra todo este interesante estudio.
Para alguien como yo, de la generación anterior a la de Jon, su trabajo es doblemente apreciable. Lo primero, al comprobar que es fiel a la idea que otros testigos tenemos, incluso de una etapa que él no alcanzó, y sin embargo domina. Y lo segundo, en un ambiente reducido como era el de aquella Bilbao hasta el franquismo, por el inevitable cruce de situaciones familiares convergentes, divergentes y paralelas.
En mi familia, por ejemplo, teniendo bien poco que ver con los Bilbao-Juaristi, encuentro paradojas similares a la suya con los Linacero. Deriva del carlismo hereditario de mi abuelo en mis tíos hacia posiciones republicanas variopintas, incluido un nacionalismo tibio, en parte contraído en la militancia católica parroquial, en parte también clientelar paterno, y de consecuencias catastróficas en la depuración franquista.
No lo digo como cosa interesante. De hecho, ya me importa bien poco incluso a mí mismo. Me refiero a que este libro, esta “indagación republicana”, además de información valiosa y bien contada, a muchos traerá también la propina de recuerdos más personales.

Dos fontanas
El motivo de las aguas y de las fuentes ha sido fecundo para los paradoxógrafos o coleccionistas de maravillas. En particular, dos fuentes próximas con propiedades diferentes siempre han llamado la atención: una salada, la otra dulce; una clara, la otra turbia; una caliente, la otra fría. De esta condición eran las dos que junto a los muros de Troya vertían al río Escamandro, según la Ilíada (XXII: 143 y sigs.). O la doble Fuente del Niño y de la Niña, en la Atalanta fugiens [3], recreación  barroca del chorro sagrado del oráculo de Júpiter Amón, ardiente y glacial, en el oasis de Siwa, a donde peregrinó Alejandro Magno.
¿Cuál es aquí la fuente fría, y cuál la caliente? Yo diría que en este libro se cumple el epigrama latino que ilustra el icono: «Caliente la fuente del Niño, fría la de la Niña»:

Sunt bini liquido salientes gurgite fontes,
     Hinc Pueri calidam suggerit unus aquam:
Alter habet gelidam, que Virginis Unda vocatur,
     Hanc illi jungas, sint aquae ut una duae:
Rivus et hic mixtas vires utriusque tenebit,
     Ceu Jovis Hammonis fons calet atque riget

Sea cual fuere, lo importante es que, fundidas las dos en una misma corriente, sus propiedades se mantienen inconfusas. Enhorabuena y gracias, Marina y Jon.
_____________________________
[1] A cambio del olvido. Una indagación republicana (1872-1942). Barcelona, Tusquets, 2011.
       [2] ‘Suma de varia intención’ (1987). En Poesía reunida (1985-1999). Madrid, Visor, 2000.
       [3] Michael Maier, Atalanta fugiens, hoc est, Emblemata nova de Secretis Naturae Chimica. Oppenheim, 1618, Emblema 40.


miércoles, 23 de marzo de 2011

De dos aguas, hacer una

     
 (Leyendo a Marina Pino y Jon Juaristi)


      Si se puede tocar el piano a cuatro manos, nada impide que un libro se ejecute a dos. Pero el recuerdo que tengo de lo primero es malo, en aquellas temibles veladas literario-musicales del colegio. Y me pregunto si tendrá que ver con el repelús que me dan los libros al alimón.
      No me refiero a obras colectivas o de ‘varios autores’, donde cada cual responde de lo suyo. Creo que mi primera lectura de un libro de dos autores fue La vuelta al mundo de dos pilletes, del Conde Henri de la Vaulx y Arnould Galopin. Precisamente por ser un relato tan apasionante, me enfadaba no saber a cuál de los dos firmantes se le había ocurrido tal o cual episodio. Y mira qué debía importarme, si ambos colaboradores eran sólo un par de nombres sin cara.
      Vaya de preludio, para anunciar que estoy leyendo ‘A cambio del olvido. Una indagación republicana (1872-1942)’, de Jon Juaristi (Bilbao, 1941) y Marina Pino (Barcelona, 1942). Una historia de vidas cruzadas. Cuyo efecto prodigioso está siendo reconciliarme con el piano a cuatro manos bien tocado, que aunque como digo jamás lo oí, la partitura que tengo delante me da una idea. Es la síntesis lograda de dos partes –tesis y antítesis las podríamos llamar—; y al mismo tiempo la emulsión de dos líquidos inmiscibles. O mejor, es la operación que los alquimistas llamaban, ‘de dos aguas, haced una’ (Ex duabus aquis unam facite).
      Es un libro donde todo está al revés. El orden de firmantes es alfabético, la jota de Juaristi por delante de la pe de Pino, aunque a Marina corresponde la iniciativa del libro y suya es la primera parte, mientras que Jon en la segunda cubre en exclusiva el relato anterior a la II República.
      La bisagra de este díptico, la charnela de este bivalvo, es Tomás Bilbao Hospitalet (1890-1954). Bilbao fue un arquitecto bilbaíno de renombre y personaje político en su momento, que primero tuvo una relación sentimental y carnal con una oscura mujer de condición social inferior a la suya. Así dicho, suena como muy manido y poco prometedor. ¡Ah! Pero es que el tal Bilbao fue abuelo natural de Marina, que de él lo ignoraba casi todo, hasta que se entera de que fue también tío abuelo de Jon.
      ¿Para qué más? Marina se revela buena documentalista, bien orientada en parte por un siempre informado Juaristi. El cual a su vez no pierde ocasión de pintar otra jornada del gran fresco familiar. Aquí se agrupan, con Tomás, los nombres y eventos de algún relieve social, mientras que el mundo de la Pino es insignificante y oscuro, vulgar sin paliativo y hasta sórdido.
      Ahí precisamente radica el milagro de esta obra literaria. Dos mundos que ni se conocen, que nada se dicen porque nada tienen en común, salvo el incidente genésico (o contratiempo, según de qué parte se mire), se solapan, se acoplan y en definitiva se funden en un mural literario fiel a una realidad histórica.
      Ambos autores se reparten por igual un espacio de 460 páginas. Sólo llevo leída la primera mitad. De lo de Juaristi, unas catas nada más, para prometerme otra de sus sagas juaristeas, desde aquel enorme Bucle melancólico.  Claro que lo leeré también entero, y me encantará (como todo lo suyo), pero no va a sorprenderme.
      Así que por el momento me ciño a la narrativa de Marina Pino (Barcelona, 1941). Y esta sí que es para mí un descubrimiento. No recuerdo semblanzas familiares más inmisericordes, y a la vez con tanta carga humana. Hay que ser muy mujer para hablar así de sí misma y de las mujeres de la familia: la madre, la abuela, las tías… Sin dejar títere con cabeza, pero sin hacer sangre, sin un rasgo ganchudo, sin resentimiento ni delectación morbosa.
      Los hombres de su relato tampoco salen todos mejor parados, dicho sea desde la misma serenidad. Gente toda de poca religión, pocos curas, pocos sacramentos –donde (como en la Iglesia primitiva) no entraba el matrimonio–, donde ni siquiera un proceso criminal o la misma cárcel eran algo inaudito, como lo habría sido en el clan católico de Jon.
      Marina reconstruye su autobiografía como sin preocuparle que sea la suya, proyectándose en otros. Me ha seducido. Ya conozco a su parentela casi tanto como a la mía. Y en parte, mejor que a la mía, porque uno de sus fuertes es poner en evidencia el trampantojo de los pretendidos recuerdos, las instantáneas o los clips que componen el álbum de la seudo memoria familiar.

      En un cajón había medicinas y documentos. Los leí todos. Los documentos siempre me han interesado mucho… Los documentos saben hablar a quien quiere escucharlos y siempre cuentan cosas interesantes.

      Información excepcional, por supuesto. La vía ordinaria para enterarse no era la documentaria, era por las conversaciones de su madre y tías, con intervenciones perentorias de la abuela. Sólo que

pese a su continua cháchara, no era fácil reconstruir la historia. Nunca se habló de nada con claridad, ni sobre la guerra, ni sobre la posguerra… Nunca dejaron de hablar de esos asuntos. Sólo que lo hacían a ráfagas, en frases desflecadas, tan convenidas como contraseñas:
      —A papá no le tocaba ir al frente…
      —Pues claro que le tocaba. Para eso era militar.
      —Estoy segura de que lo mataron a traición.
      —¿Los suyos, quieres decir?
      —No los suyos, mujer, los otros.
      —El asistente que trajo sus cosas, ¿te acuerdas?, dijo que ese día había calma total en el frente y qué… Un solo tiro limpio en el corazón, yo lo vi y parecía dormido.
      —¿Te acuerdas de todos aquellos milicianos armados, que ponían los pies en la mesa?
      —¡Vaya chusma!
      —No querían militares. A papá lo asesinaron.
      Bajaban la voz para criticar a un tal Azaña, y eso les llevaba un buen rato, la tenían tomada con él…
      Como en toda charla ritual, cada episodio y cada frase llegaban en su momento, sin faltar nunca ninguno a la cita.

      “Papá” era don Amadeo Ynsa Arenal, teniente coronel (¿o sólo comandante?), militar leal a la república, caído en el frente de Aragón. Pero no en “un día de calma total”, cuando en efecto es fácil descubrirse y que alguien del otro lado te tire a dar y te dé. No. Fue en la toma de Sástago (4 de agosto 1936), con poquísimas bajas: sólo siete heridos y un único muerto, el comandante, “Papá”. Así que no se puede excluir del todo lo que las mujeres insinuaban a medias palabras. Para muchos milicianos –gente capaz de todo, hasta de poner los pies sobre la mesa–, los militares eran enemigos de casta, mejor caídos, la postura lo de menos, de frente o por la espalda. Sólo la mezquindad de Franco para con sus colegas del otro bando era más despreciable que la insolidaridad de aquella “chusma” miliciana, o más injusta que el desapego ‘civilista’ de un Manuel Azaña.
      “Papa” fue un buen hombre y un padre de familia amantísimo, que desde un retrato suyo al óleo siguió presidiendo aquella comunidad femenina viuda y huérfana. Lo que la nieta llama “su serrallo”, donde tal vez quiso decir gineceo. La carta que les escribió la víspera de morir es una preciosidad, incluso caligráfica (reproducida en facsímil, pág. 103).
      El primer capítulo de la autora pertenece en rigor a la biografía de una calle barcelonesa en los años 50, la castrense calle Wellington. Un escenario cambiado por la Villa Olímpica. Era parte del marco del Parque de la Ciudadela. Alcancé a conocer la zona en la misma década, y aunque no era callejeo preferido, vuelvo a respirar su atmósfera en el relato. Su casa de fieras era tan elemental y tan cutre como la del Retiro madrileño, creo recordar.
      ¡Wellington, Wellington! Los españoles hemos exagerado la gratitud a ese inglés que nos ayudó, sí, pero como nosotros a Inglaterra, prestándoles el campo de batalla ideal, más la guerra y la guerrilla, más ayudas de costa y ciudades para quemar y saquear. Creo que estamos en paz, y con el título de duque va que arde, sin tanta calle. Por lo demás, nunca supe que aquella rúa tétrica era Wellington, porque solía guiarme por el plano de la Espasa, y allí ponía Sicilia.
      No cerraré esta entrada sin celebrar las páginas que Marina Pino dedica a su relación con la Sección Femenina de la Falange.
      Con la misma sangre fría con que recuerda que el Madrid de las purgas no lo controlaron tanto los anarcos, cuanto los bien organizados y más cerebrales comunistas y socialistas, así denuncia también la damnatio memoriae de las falangistas y su peculiar feminismo por parte del Movimiento Feminista, que en 1999 “recuperó” el Institut de Cultura de la Dona, silenciando en su web la anterior etapa y pedagogía ‘azul’, no tan negativa en la memoria de una niña ‘roja’ y proletaria. Las páginas 64-68 no tienen desperdicio. Así ventilan la Historia, entre nacionalistas y progres.
(Continúa)


jueves, 17 de marzo de 2011

Cándido en Fukushima



      La catástrofe que sacude a Japón me invita a reabrir el ‘Cándido’. No es un gesto de frivolidad, supongo. Es que algunos comentarios que se leen y escuchan, sobre la cadena de causas-efectos que, en Fukushima, puede llevar al peor de los escenarios posibles, me han hecho recordar la célebre novela filosófica.
      ‘Candido, o el optimismo’ (1759) es una novela de aventuras tragicómicas, donde la variedad de situaciones converge en una tesis filosófica típicamente volteriana: reducir al absurdo cualquier ensoñación providencialista de lo que ocurre en el mundo.
      Recordemos que el Cándido tiene como episodio ‘nuclear’ (por así llamarlo) precisamente el gran terremoto de Lisboa (1755), con su maremoto o tsunami y su réplica, incendios etc.
      Aunque el protagonista y carácter que da nombre a la obra sea el joven Cándido –inspirado seguramente en el Simplicius Simplicissimus de Grimmelshausen (1668), pues ni siquiera falta la evocación de la Guerra de los Treinta Años–, a su lado hay un mentor, Pangloss, filósofo dogmático, que resulta ser una caricatura de Leibnitz.
      G. W. Leibnitz (1646-1716), niño prodigio y sabio universal autodidacta, como persona y pensador sigue siendo bastante enigmático. De ser una celebridad pasó al olvido, en que ya se encontraba cuando murió, y así siguió más de medio siglo, hasta su redescubrimient, desde 1765. Fue entonces cuando sus compatriotas intentan reivindicarle como filósofo y como matemático, coinventor del cálculo infinitesimal con Newton.
      Leibnitz había dejado una obra de teología natural racional contra el ateísmo deducido de la realidad del mal. Era, por tanto, una reivindicación del Ser divino en su existencia y su bondad, y por eso la llamó Teodicea (1710).o justificación de Dios.
      Sin entrar en el meollo de tal justificabilidad, ya ensayada desde el Job bíblico, el sistema leibnitziano es una construcción ‘geométrica’ a lo Espinosa. La realidad creada es como un mecanismo de relojería, basado en una armonía preestablecida universal, y por tanto intrínsecamente buena. Así, lo que se entiende por ‘mal’ es una abstracción del todo, una visión parcial, limitada y sesgada de la realidad, que en su conjunto es óptima.
      De ahí el nombre de optimismo, que aquí no se refiere a un estado de ánimo o humor (“Fulano es un optimista; Mengano en cambio tiende al pesimismo”). Lo ‘óptimo’ para Leibnitz tiene sentido afín a nuestra ‘optimización’. Optimizar un proceso, un problema, es buscar la mejor de sus soluciones para el objetivo propuesto. Lo cual tampoco se refiere a bondad moral (como cuando un ladrón planifica y optimiza un robo).
      Aun así, lo que quedó de Leibnitz y su ‘optimismo metafísico’ para el gran público fue la idea del mundo real como “el mejor de los mundos posibles”.
      El deísmo ilustrado no perdió ocasión de hacer rechifla del sistema. En esto se distinguió sobre todo Voltaire, que no sin ligereza vino a decir de Leibnitz lo que los judíos talmudistas del Evangelio: “lo bueno no es nuevo, y lo nuevo no es bueno”.
      Leibnitz era alemán, y por eso Voltaire finge su novela como “traducida del alemán”, aunque el satirizado escribía más bien en francés, cuando no lo hacía en latín.
      Hoy es recomendable disfrutar del Cándido –un epígono más de la picaresca española del Siglo de Oro–, sin hacer mucho caso de Leibnitz, y sí de Voltaire. No faltan reminiscencias de novela griega, con encuentros y desencuentros de la pareja formada por un enamorado Cándido y la rolliza Cunegunda, en viajes y mutaciones que se suceden con ritmo endiablado, evocando a cada paso situaciones y costumbres reales, como el mentado terremoto lisboeta:

      —Esto no es nuevo. Lima tembló igualmente el año pasado. Las mismas causas, los mismos efectos–arguye Pangloss.
      A todo esto, tercia un hombrecillo moreno, familiar de la Inquisición, que le había estado escuchando sin perder palabra:
      —Este señor parece que no cree en el pecado original, porque si todo es inmejorable, no pudo haber caída ni castigo.
      —Perdón, señor mío. Caída y maldición entraban necesariamente en el mejor mundo posible.
      —¿Así que vos no creéis en la libertad?
      —Disculpad, la libertad es compatible con la necesidad absoluta, pues necesario fue que fuésemos libres. Porque la voluntad determinada…
      No pudo acabar la frase. A una señal del familiar a su espolique, que le servía vino de Oporto…
      Presos del Santo Oficio, Pangloss y Cándido, comparecen en auto de fe, aconsejado por la Universidad de Coimbra.
      Otros presos eran, un Vizcaíno convicto de haberse casado con su comadre, y dos portugueses que comiendo un pollo le habían extirpado la grasa.
Pangloss y Cándido, como maestro y discípulo, visten sambenitos diferentes. Pronunciado el sermón, marchan al patíbulo. Cándido es azotado acompasadamente. El vizcaíno y los del pollo sin grasa perecen en la hoguera. Pero al tocar el turno a Pangloss, un aguacero lo impide, y le ahorcan.
      El mismo día hubo réplica del terremoto.
      Cándido dice para sí:
      —Si este es el mejor de los mundos, ¿cómo serán los otros?

  Lo del Santo Oficio no fue ocurrencia de Voltaire. No tuvo más que ver los grabados satiricos que circularon por Inglaterra, con el clero proponiendo al rey José I un auto de fe en expiación por el seísmo.

    Pero si Pangloss no murió quemado, tampoco hubo jamás peor ahorcado. El subdiácono ejecutor quemaba de maravilla, pero no sabía ahorcar. Un cirujano compró el supuesto cadáver del hereje para sus disecciones. Al hacer la incisión crucial, el falso muerto reacciona pegando un grito. El cirujano cree estar disecando a un diablo y huye despavorido.

      Reencontrados maestro y discípulo, éste pregunta:
      —Pangloss, cuando os ahorcaron, ¿todavía pensasteis estar en el mejor de los mundos?
      —Desde luego. Porque yo soy filósofo, y no me va el desdecirme. Leibnitz no pudo equivocarse. La armonía preestablecida es lo más hermoso, lo mismo que el ‘lleno’ y la ‘materia sutil’. (El lleno, plenum, es la ausencia de vacío en la materia. La materia sutil leibnitziana que todo lo penetra es el éter.)

      En Surinam, colonia holandesa, encuentro con un esclavo negro al que falta la pierna izquierda y la mano derecha. Por toda indumentaria, un sencillo calzón. ¿Cómo así? Escalofriante respuesta, que anticipa el horror del Congo Belga bajo el rey cauchero Leopoldo II:
      —Es la costumbre. Recibimos un calzón de tela azul dos veces al año. Cuando trabajamos en las azucareras, y la muela nos pilla un dedo, nos cortan la mano. Si intentamos escaparnos, nos cortan la pierna. A ese precio coméis azúcar en Europa.

      Final de la historia: En Constantinopla, los socios de aventura basan su economía en un huerto que no saben explotar, hasta que casualmente conocen a un turco que beneficia el suyo de maravilla. Este patriarca de aldea no se interesa lo más mínimo por la marcha del mundo, y menos que nada por las intrigas de la corte. Su único objetivo es el día a día, recoger y vender sus productos en el mercado de la ciudad. Su ejemplo estimula a Cándido.
      En resumen: Frente al dogmático (y estéril) “vivimos en el mejor de los mundos”, la conclusión de la experiencia vital no será el abandono pesimista, tan fatalista y tan dogmático como su contrario, sino una regla práctica:

      —Yo también estoy convencido que lo nuestro es cultivar nuestro huerto.
      —Tenéis razón– dijo Pangloss. –Cuando el hombre fue colocado en el Huerto del Edén, lo fue ut operaretur eum, para trabajarlo. Lo que demuestra que el hombre no nace para estar quieto.
      —Trabajemos sin razonar. Es el único modo de hacer la vida soportable.

      O sea, que estamos como al principio. Como al principio del mundo y de la humanidad, quiero decir; cuando Dios encarga al primer hombre que cuide y cultive el Paraíso. Pues, contra lo que se suele imaginar, el Edén primigenio no era el mejor de los paraísos posibles. Era sólo un buen huerto, bien diseñado por el Hacedor, pero sujeto a la ley de entropía sin las atenciones de un buen hortelano.
      En efecto, los compañeros montan una pequeña sociedad autosuficiente, donde todo el mundo es útil. Hasta un fraile bribón resultó excelente carpintero y, en definitiva, un hombre honrado.
      A todo esto, incorregible Pangloss no dejaba de reescribir la historia, siempre llevando el agua a su molino optimista:

      —Sin aquella primera patada en el trasero, sin la Inquisición, sin…
      —Vale— respuesta de Cándido —; pero hay que cultivar nuestro huerto.

      Así concluye la novela. Volvamos ahora a la dura realidad.

      Fukushima: ¿lo imaginamos, aquí?
      La catástrofe de Japón no será una más entre las naturales. Ya ha entrado en la Historia de la humanidad, y no por su magnitud natural, sino por la implicación de una gran central nuclear con varios reactores tocados.
      Admirable sociedad la japonesa. Si lo que se ha mostrado al mundo no es una selección manipulada –y no tiene visos–, es para descubrirse ante la serenidad disciplinada de un pueblo que mira a sus autoridades y a sus expertos para seguir sus directivas. Admirable también el heroísmo del personal que lucha por todos contra lo inconmensurable en el centro de máximo riesgo.
      No quiero ni pensar en nada parecido, entre nosotros (que tampoco somos japoneses), con nuestra clase política denostándose entre sí, derrochando protagonismo inoperante, como si todo en la naturaleza y la industria ocurriese con vistas a ellos. ¿No tenemos nariz para sostener las gafas, y tenemos piernas para enfilarlas en los pantalones? Pues si amanece el día para que apaguemos los candiles, y la noche se hace oscura para que todos los gatos parezcan pardos, demos también por seguro que los españoles formamos sociedad para que nuestros partidos políticos tengan algo que disputarse. Porque nosotros sí que somos el mejor de sus mundos.
      Este es un primer género de optimistas panglosianos. Otros dos se dan entre la ciudadanía: eco-optimistas vs. tecno-optimistas; enfrentados sobre todo en el tema de los recursos energéticos
      El eco-optimista cree en el ecosistema natural como el mejor de los posibles. Desconfía por principio de la tecnología. Sólo admite energía no depredatoria, de fuentes renovables, limpias, seguras. Obtención y aplicación sólo con impacto ambiental nulo o mínimo. El rector nuclear de fisión es el paradigma de la tecnología peligrosa y contaminante.
      El tecno-optimista cree en el progreso indefinido y en la capacidad tecnológica del hombre para compensar y aun superar todos los inconvenientes de ese progreso. Un día poseeremos la energía de fusión. Mientras llega, no hay más remedio que continuar con los reactores de fisión, que han demostrado ser lo bastante seguros como para justificar su riesgo.
      A propósito de eco-optimismo, siempre me acuerdo del bueno de John Seymour, el apóstol o vendedor de la autosuficiencia. También yo, en cuanto tuve me pedacito de suelo, leí con avidez El horticultor autosuficiente y otras obras suyas igualmente entretenidas.
      Nuevo Hesiodo, Seymour daba su versión de Los trabajos y los días, instruyendo al urbanita converso en la vida natural autárquica. Nada más sencillo: una salud y fortaleza de hierro, una finca no demasiado grande pero tampoco pequeña, mejor cruzada por un riachuelo capaz de mover un pequeño molino y una centralita hidráulica; con espacios suficientes para todo, personas, animales, aperos, productos; con tiempo bien aprovechado, sí, pero prácticamente ilimitado para, cumplidas las labores agrícolas, dedicarlo también a la apicultura, industrias caseras, reparaciones, aficiones, cultura y ocio.
      Seymour (1914-2004) dio ejemplo de todo cuanto enseñaba. Su última lección práctica fue morirse de 90 años. Seguramente no hay fincas Seymour para todos los habitantes del globo; pero nadie pretende que todo el mundo se vuelva seymouriano de la noche a la mañana.
      Una generación de ‘Cándidos’ seymourianos supondría –amén de mucho desengaño– reducir la esperanza de vida a menos de la mitad de la suya, y diezmar la población mundial en poco tiempo. La ‘vida natural’ no es tan sana ni tan barata como cualquier Pangloss eco-optimista quiere venderla.