miércoles, 23 de marzo de 2011

De dos aguas, hacer una

     
 (Leyendo a Marina Pino y Jon Juaristi)


      Si se puede tocar el piano a cuatro manos, nada impide que un libro se ejecute a dos. Pero el recuerdo que tengo de lo primero es malo, en aquellas temibles veladas literario-musicales del colegio. Y me pregunto si tendrá que ver con el repelús que me dan los libros al alimón.
      No me refiero a obras colectivas o de ‘varios autores’, donde cada cual responde de lo suyo. Creo que mi primera lectura de un libro de dos autores fue La vuelta al mundo de dos pilletes, del Conde Henri de la Vaulx y Arnould Galopin. Precisamente por ser un relato tan apasionante, me enfadaba no saber a cuál de los dos firmantes se le había ocurrido tal o cual episodio. Y mira qué debía importarme, si ambos colaboradores eran sólo un par de nombres sin cara.
      Vaya de preludio, para anunciar que estoy leyendo ‘A cambio del olvido. Una indagación republicana (1872-1942)’, de Jon Juaristi (Bilbao, 1941) y Marina Pino (Barcelona, 1942). Una historia de vidas cruzadas. Cuyo efecto prodigioso está siendo reconciliarme con el piano a cuatro manos bien tocado, que aunque como digo jamás lo oí, la partitura que tengo delante me da una idea. Es la síntesis lograda de dos partes –tesis y antítesis las podríamos llamar—; y al mismo tiempo la emulsión de dos líquidos inmiscibles. O mejor, es la operación que los alquimistas llamaban, ‘de dos aguas, haced una’ (Ex duabus aquis unam facite).
      Es un libro donde todo está al revés. El orden de firmantes es alfabético, la jota de Juaristi por delante de la pe de Pino, aunque a Marina corresponde la iniciativa del libro y suya es la primera parte, mientras que Jon en la segunda cubre en exclusiva el relato anterior a la II República.
      La bisagra de este díptico, la charnela de este bivalvo, es Tomás Bilbao Hospitalet (1890-1954). Bilbao fue un arquitecto bilbaíno de renombre y personaje político en su momento, que primero tuvo una relación sentimental y carnal con una oscura mujer de condición social inferior a la suya. Así dicho, suena como muy manido y poco prometedor. ¡Ah! Pero es que el tal Bilbao fue abuelo natural de Marina, que de él lo ignoraba casi todo, hasta que se entera de que fue también tío abuelo de Jon.
      ¿Para qué más? Marina se revela buena documentalista, bien orientada en parte por un siempre informado Juaristi. El cual a su vez no pierde ocasión de pintar otra jornada del gran fresco familiar. Aquí se agrupan, con Tomás, los nombres y eventos de algún relieve social, mientras que el mundo de la Pino es insignificante y oscuro, vulgar sin paliativo y hasta sórdido.
      Ahí precisamente radica el milagro de esta obra literaria. Dos mundos que ni se conocen, que nada se dicen porque nada tienen en común, salvo el incidente genésico (o contratiempo, según de qué parte se mire), se solapan, se acoplan y en definitiva se funden en un mural literario fiel a una realidad histórica.
      Ambos autores se reparten por igual un espacio de 460 páginas. Sólo llevo leída la primera mitad. De lo de Juaristi, unas catas nada más, para prometerme otra de sus sagas juaristeas, desde aquel enorme Bucle melancólico.  Claro que lo leeré también entero, y me encantará (como todo lo suyo), pero no va a sorprenderme.
      Así que por el momento me ciño a la narrativa de Marina Pino (Barcelona, 1941). Y esta sí que es para mí un descubrimiento. No recuerdo semblanzas familiares más inmisericordes, y a la vez con tanta carga humana. Hay que ser muy mujer para hablar así de sí misma y de las mujeres de la familia: la madre, la abuela, las tías… Sin dejar títere con cabeza, pero sin hacer sangre, sin un rasgo ganchudo, sin resentimiento ni delectación morbosa.
      Los hombres de su relato tampoco salen todos mejor parados, dicho sea desde la misma serenidad. Gente toda de poca religión, pocos curas, pocos sacramentos –donde (como en la Iglesia primitiva) no entraba el matrimonio–, donde ni siquiera un proceso criminal o la misma cárcel eran algo inaudito, como lo habría sido en el clan católico de Jon.
      Marina reconstruye su autobiografía como sin preocuparle que sea la suya, proyectándose en otros. Me ha seducido. Ya conozco a su parentela casi tanto como a la mía. Y en parte, mejor que a la mía, porque uno de sus fuertes es poner en evidencia el trampantojo de los pretendidos recuerdos, las instantáneas o los clips que componen el álbum de la seudo memoria familiar.

      En un cajón había medicinas y documentos. Los leí todos. Los documentos siempre me han interesado mucho… Los documentos saben hablar a quien quiere escucharlos y siempre cuentan cosas interesantes.

      Información excepcional, por supuesto. La vía ordinaria para enterarse no era la documentaria, era por las conversaciones de su madre y tías, con intervenciones perentorias de la abuela. Sólo que

pese a su continua cháchara, no era fácil reconstruir la historia. Nunca se habló de nada con claridad, ni sobre la guerra, ni sobre la posguerra… Nunca dejaron de hablar de esos asuntos. Sólo que lo hacían a ráfagas, en frases desflecadas, tan convenidas como contraseñas:
      —A papá no le tocaba ir al frente…
      —Pues claro que le tocaba. Para eso era militar.
      —Estoy segura de que lo mataron a traición.
      —¿Los suyos, quieres decir?
      —No los suyos, mujer, los otros.
      —El asistente que trajo sus cosas, ¿te acuerdas?, dijo que ese día había calma total en el frente y qué… Un solo tiro limpio en el corazón, yo lo vi y parecía dormido.
      —¿Te acuerdas de todos aquellos milicianos armados, que ponían los pies en la mesa?
      —¡Vaya chusma!
      —No querían militares. A papá lo asesinaron.
      Bajaban la voz para criticar a un tal Azaña, y eso les llevaba un buen rato, la tenían tomada con él…
      Como en toda charla ritual, cada episodio y cada frase llegaban en su momento, sin faltar nunca ninguno a la cita.

      “Papá” era don Amadeo Ynsa Arenal, teniente coronel (¿o sólo comandante?), militar leal a la república, caído en el frente de Aragón. Pero no en “un día de calma total”, cuando en efecto es fácil descubrirse y que alguien del otro lado te tire a dar y te dé. No. Fue en la toma de Sástago (4 de agosto 1936), con poquísimas bajas: sólo siete heridos y un único muerto, el comandante, “Papá”. Así que no se puede excluir del todo lo que las mujeres insinuaban a medias palabras. Para muchos milicianos –gente capaz de todo, hasta de poner los pies sobre la mesa–, los militares eran enemigos de casta, mejor caídos, la postura lo de menos, de frente o por la espalda. Sólo la mezquindad de Franco para con sus colegas del otro bando era más despreciable que la insolidaridad de aquella “chusma” miliciana, o más injusta que el desapego ‘civilista’ de un Manuel Azaña.
      “Papa” fue un buen hombre y un padre de familia amantísimo, que desde un retrato suyo al óleo siguió presidiendo aquella comunidad femenina viuda y huérfana. Lo que la nieta llama “su serrallo”, donde tal vez quiso decir gineceo. La carta que les escribió la víspera de morir es una preciosidad, incluso caligráfica (reproducida en facsímil, pág. 103).
      El primer capítulo de la autora pertenece en rigor a la biografía de una calle barcelonesa en los años 50, la castrense calle Wellington. Un escenario cambiado por la Villa Olímpica. Era parte del marco del Parque de la Ciudadela. Alcancé a conocer la zona en la misma década, y aunque no era callejeo preferido, vuelvo a respirar su atmósfera en el relato. Su casa de fieras era tan elemental y tan cutre como la del Retiro madrileño, creo recordar.
      ¡Wellington, Wellington! Los españoles hemos exagerado la gratitud a ese inglés que nos ayudó, sí, pero como nosotros a Inglaterra, prestándoles el campo de batalla ideal, más la guerra y la guerrilla, más ayudas de costa y ciudades para quemar y saquear. Creo que estamos en paz, y con el título de duque va que arde, sin tanta calle. Por lo demás, nunca supe que aquella rúa tétrica era Wellington, porque solía guiarme por el plano de la Espasa, y allí ponía Sicilia.
      No cerraré esta entrada sin celebrar las páginas que Marina Pino dedica a su relación con la Sección Femenina de la Falange.
      Con la misma sangre fría con que recuerda que el Madrid de las purgas no lo controlaron tanto los anarcos, cuanto los bien organizados y más cerebrales comunistas y socialistas, así denuncia también la damnatio memoriae de las falangistas y su peculiar feminismo por parte del Movimiento Feminista, que en 1999 “recuperó” el Institut de Cultura de la Dona, silenciando en su web la anterior etapa y pedagogía ‘azul’, no tan negativa en la memoria de una niña ‘roja’ y proletaria. Las páginas 64-68 no tienen desperdicio. Así ventilan la Historia, entre nacionalistas y progres.
(Continúa)


jueves, 17 de marzo de 2011

Cándido en Fukushima



      La catástrofe que sacude a Japón me invita a reabrir el ‘Cándido’. No es un gesto de frivolidad, supongo. Es que algunos comentarios que se leen y escuchan, sobre la cadena de causas-efectos que, en Fukushima, puede llevar al peor de los escenarios posibles, me han hecho recordar la célebre novela filosófica.
      ‘Candido, o el optimismo’ (1759) es una novela de aventuras tragicómicas, donde la variedad de situaciones converge en una tesis filosófica típicamente volteriana: reducir al absurdo cualquier ensoñación providencialista de lo que ocurre en el mundo.
      Recordemos que el Cándido tiene como episodio ‘nuclear’ (por así llamarlo) precisamente el gran terremoto de Lisboa (1755), con su maremoto o tsunami y su réplica, incendios etc.
      Aunque el protagonista y carácter que da nombre a la obra sea el joven Cándido –inspirado seguramente en el Simplicius Simplicissimus de Grimmelshausen (1668), pues ni siquiera falta la evocación de la Guerra de los Treinta Años–, a su lado hay un mentor, Pangloss, filósofo dogmático, que resulta ser una caricatura de Leibnitz.
      G. W. Leibnitz (1646-1716), niño prodigio y sabio universal autodidacta, como persona y pensador sigue siendo bastante enigmático. De ser una celebridad pasó al olvido, en que ya se encontraba cuando murió, y así siguió más de medio siglo, hasta su redescubrimient, desde 1765. Fue entonces cuando sus compatriotas intentan reivindicarle como filósofo y como matemático, coinventor del cálculo infinitesimal con Newton.
      Leibnitz había dejado una obra de teología natural racional contra el ateísmo deducido de la realidad del mal. Era, por tanto, una reivindicación del Ser divino en su existencia y su bondad, y por eso la llamó Teodicea (1710).o justificación de Dios.
      Sin entrar en el meollo de tal justificabilidad, ya ensayada desde el Job bíblico, el sistema leibnitziano es una construcción ‘geométrica’ a lo Espinosa. La realidad creada es como un mecanismo de relojería, basado en una armonía preestablecida universal, y por tanto intrínsecamente buena. Así, lo que se entiende por ‘mal’ es una abstracción del todo, una visión parcial, limitada y sesgada de la realidad, que en su conjunto es óptima.
      De ahí el nombre de optimismo, que aquí no se refiere a un estado de ánimo o humor (“Fulano es un optimista; Mengano en cambio tiende al pesimismo”). Lo ‘óptimo’ para Leibnitz tiene sentido afín a nuestra ‘optimización’. Optimizar un proceso, un problema, es buscar la mejor de sus soluciones para el objetivo propuesto. Lo cual tampoco se refiere a bondad moral (como cuando un ladrón planifica y optimiza un robo).
      Aun así, lo que quedó de Leibnitz y su ‘optimismo metafísico’ para el gran público fue la idea del mundo real como “el mejor de los mundos posibles”.
      El deísmo ilustrado no perdió ocasión de hacer rechifla del sistema. En esto se distinguió sobre todo Voltaire, que no sin ligereza vino a decir de Leibnitz lo que los judíos talmudistas del Evangelio: “lo bueno no es nuevo, y lo nuevo no es bueno”.
      Leibnitz era alemán, y por eso Voltaire finge su novela como “traducida del alemán”, aunque el satirizado escribía más bien en francés, cuando no lo hacía en latín.
      Hoy es recomendable disfrutar del Cándido –un epígono más de la picaresca española del Siglo de Oro–, sin hacer mucho caso de Leibnitz, y sí de Voltaire. No faltan reminiscencias de novela griega, con encuentros y desencuentros de la pareja formada por un enamorado Cándido y la rolliza Cunegunda, en viajes y mutaciones que se suceden con ritmo endiablado, evocando a cada paso situaciones y costumbres reales, como el mentado terremoto lisboeta:

      —Esto no es nuevo. Lima tembló igualmente el año pasado. Las mismas causas, los mismos efectos–arguye Pangloss.
      A todo esto, tercia un hombrecillo moreno, familiar de la Inquisición, que le había estado escuchando sin perder palabra:
      —Este señor parece que no cree en el pecado original, porque si todo es inmejorable, no pudo haber caída ni castigo.
      —Perdón, señor mío. Caída y maldición entraban necesariamente en el mejor mundo posible.
      —¿Así que vos no creéis en la libertad?
      —Disculpad, la libertad es compatible con la necesidad absoluta, pues necesario fue que fuésemos libres. Porque la voluntad determinada…
      No pudo acabar la frase. A una señal del familiar a su espolique, que le servía vino de Oporto…
      Presos del Santo Oficio, Pangloss y Cándido, comparecen en auto de fe, aconsejado por la Universidad de Coimbra.
      Otros presos eran, un Vizcaíno convicto de haberse casado con su comadre, y dos portugueses que comiendo un pollo le habían extirpado la grasa.
Pangloss y Cándido, como maestro y discípulo, visten sambenitos diferentes. Pronunciado el sermón, marchan al patíbulo. Cándido es azotado acompasadamente. El vizcaíno y los del pollo sin grasa perecen en la hoguera. Pero al tocar el turno a Pangloss, un aguacero lo impide, y le ahorcan.
      El mismo día hubo réplica del terremoto.
      Cándido dice para sí:
      —Si este es el mejor de los mundos, ¿cómo serán los otros?

  Lo del Santo Oficio no fue ocurrencia de Voltaire. No tuvo más que ver los grabados satiricos que circularon por Inglaterra, con el clero proponiendo al rey José I un auto de fe en expiación por el seísmo.

    Pero si Pangloss no murió quemado, tampoco hubo jamás peor ahorcado. El subdiácono ejecutor quemaba de maravilla, pero no sabía ahorcar. Un cirujano compró el supuesto cadáver del hereje para sus disecciones. Al hacer la incisión crucial, el falso muerto reacciona pegando un grito. El cirujano cree estar disecando a un diablo y huye despavorido.

      Reencontrados maestro y discípulo, éste pregunta:
      —Pangloss, cuando os ahorcaron, ¿todavía pensasteis estar en el mejor de los mundos?
      —Desde luego. Porque yo soy filósofo, y no me va el desdecirme. Leibnitz no pudo equivocarse. La armonía preestablecida es lo más hermoso, lo mismo que el ‘lleno’ y la ‘materia sutil’. (El lleno, plenum, es la ausencia de vacío en la materia. La materia sutil leibnitziana que todo lo penetra es el éter.)

      En Surinam, colonia holandesa, encuentro con un esclavo negro al que falta la pierna izquierda y la mano derecha. Por toda indumentaria, un sencillo calzón. ¿Cómo así? Escalofriante respuesta, que anticipa el horror del Congo Belga bajo el rey cauchero Leopoldo II:
      —Es la costumbre. Recibimos un calzón de tela azul dos veces al año. Cuando trabajamos en las azucareras, y la muela nos pilla un dedo, nos cortan la mano. Si intentamos escaparnos, nos cortan la pierna. A ese precio coméis azúcar en Europa.

      Final de la historia: En Constantinopla, los socios de aventura basan su economía en un huerto que no saben explotar, hasta que casualmente conocen a un turco que beneficia el suyo de maravilla. Este patriarca de aldea no se interesa lo más mínimo por la marcha del mundo, y menos que nada por las intrigas de la corte. Su único objetivo es el día a día, recoger y vender sus productos en el mercado de la ciudad. Su ejemplo estimula a Cándido.
      En resumen: Frente al dogmático (y estéril) “vivimos en el mejor de los mundos”, la conclusión de la experiencia vital no será el abandono pesimista, tan fatalista y tan dogmático como su contrario, sino una regla práctica:

      —Yo también estoy convencido que lo nuestro es cultivar nuestro huerto.
      —Tenéis razón– dijo Pangloss. –Cuando el hombre fue colocado en el Huerto del Edén, lo fue ut operaretur eum, para trabajarlo. Lo que demuestra que el hombre no nace para estar quieto.
      —Trabajemos sin razonar. Es el único modo de hacer la vida soportable.

      O sea, que estamos como al principio. Como al principio del mundo y de la humanidad, quiero decir; cuando Dios encarga al primer hombre que cuide y cultive el Paraíso. Pues, contra lo que se suele imaginar, el Edén primigenio no era el mejor de los paraísos posibles. Era sólo un buen huerto, bien diseñado por el Hacedor, pero sujeto a la ley de entropía sin las atenciones de un buen hortelano.
      En efecto, los compañeros montan una pequeña sociedad autosuficiente, donde todo el mundo es útil. Hasta un fraile bribón resultó excelente carpintero y, en definitiva, un hombre honrado.
      A todo esto, incorregible Pangloss no dejaba de reescribir la historia, siempre llevando el agua a su molino optimista:

      —Sin aquella primera patada en el trasero, sin la Inquisición, sin…
      —Vale— respuesta de Cándido —; pero hay que cultivar nuestro huerto.

      Así concluye la novela. Volvamos ahora a la dura realidad.

      Fukushima: ¿lo imaginamos, aquí?
      La catástrofe de Japón no será una más entre las naturales. Ya ha entrado en la Historia de la humanidad, y no por su magnitud natural, sino por la implicación de una gran central nuclear con varios reactores tocados.
      Admirable sociedad la japonesa. Si lo que se ha mostrado al mundo no es una selección manipulada –y no tiene visos–, es para descubrirse ante la serenidad disciplinada de un pueblo que mira a sus autoridades y a sus expertos para seguir sus directivas. Admirable también el heroísmo del personal que lucha por todos contra lo inconmensurable en el centro de máximo riesgo.
      No quiero ni pensar en nada parecido, entre nosotros (que tampoco somos japoneses), con nuestra clase política denostándose entre sí, derrochando protagonismo inoperante, como si todo en la naturaleza y la industria ocurriese con vistas a ellos. ¿No tenemos nariz para sostener las gafas, y tenemos piernas para enfilarlas en los pantalones? Pues si amanece el día para que apaguemos los candiles, y la noche se hace oscura para que todos los gatos parezcan pardos, demos también por seguro que los españoles formamos sociedad para que nuestros partidos políticos tengan algo que disputarse. Porque nosotros sí que somos el mejor de sus mundos.
      Este es un primer género de optimistas panglosianos. Otros dos se dan entre la ciudadanía: eco-optimistas vs. tecno-optimistas; enfrentados sobre todo en el tema de los recursos energéticos
      El eco-optimista cree en el ecosistema natural como el mejor de los posibles. Desconfía por principio de la tecnología. Sólo admite energía no depredatoria, de fuentes renovables, limpias, seguras. Obtención y aplicación sólo con impacto ambiental nulo o mínimo. El rector nuclear de fisión es el paradigma de la tecnología peligrosa y contaminante.
      El tecno-optimista cree en el progreso indefinido y en la capacidad tecnológica del hombre para compensar y aun superar todos los inconvenientes de ese progreso. Un día poseeremos la energía de fusión. Mientras llega, no hay más remedio que continuar con los reactores de fisión, que han demostrado ser lo bastante seguros como para justificar su riesgo.
      A propósito de eco-optimismo, siempre me acuerdo del bueno de John Seymour, el apóstol o vendedor de la autosuficiencia. También yo, en cuanto tuve me pedacito de suelo, leí con avidez El horticultor autosuficiente y otras obras suyas igualmente entretenidas.
      Nuevo Hesiodo, Seymour daba su versión de Los trabajos y los días, instruyendo al urbanita converso en la vida natural autárquica. Nada más sencillo: una salud y fortaleza de hierro, una finca no demasiado grande pero tampoco pequeña, mejor cruzada por un riachuelo capaz de mover un pequeño molino y una centralita hidráulica; con espacios suficientes para todo, personas, animales, aperos, productos; con tiempo bien aprovechado, sí, pero prácticamente ilimitado para, cumplidas las labores agrícolas, dedicarlo también a la apicultura, industrias caseras, reparaciones, aficiones, cultura y ocio.
      Seymour (1914-2004) dio ejemplo de todo cuanto enseñaba. Su última lección práctica fue morirse de 90 años. Seguramente no hay fincas Seymour para todos los habitantes del globo; pero nadie pretende que todo el mundo se vuelva seymouriano de la noche a la mañana.
      Una generación de ‘Cándidos’ seymourianos supondría –amén de mucho desengaño– reducir la esperanza de vida a menos de la mitad de la suya, y diezmar la población mundial en poco tiempo. La ‘vida natural’ no es tan sana ni tan barata como cualquier Pangloss eco-optimista quiere venderla.

domingo, 13 de marzo de 2011

Euskaldun bat, el ciego




¡Vaya!, tenemos visita. Por el buzón de ‘Comentarios’ asoman unos mensajes con remite inusual en esta casa. Tampoco la forma es la que aquí se usa, aunque sea corriente en ciertos foros.
El visitante se presenta como Euskaldun bat, un euscalduna, uno que posee el vascuence. Ese nick lo tengo visto en otras partes, y aunque no sé si es la misma persona, las maneras son las mismas, y hasta las expresiones me suenan, una por una.
Esta es mi casa y la casa de mis amigos y huéspedes, y no cuido la moqueta para que cualquier viandante se cuele de rondón y restriegue las abarcas con chulería. Así que el primer impulso ha sido echar al intruso y volcarle encima su basura.
Pero hoy toca también otra visita algo especial: la que hace el número 50.000. No es gran cosa, lo sé, pero me hace ilusión y me pone de buen humor. En honor de esta visita, bienvenido sea también por esta vez nuestro vascongado, y que no se vaya sin tomar una copita con nosotros, con un brindis para que no vuelva más por aquí. No porque me caiga mal ni bien, es porque se ha confundido de casa.
Los comentarios del Sr. Euskaldun bat pueden leerse enteros en su sitio, tres a la entrada sobre Euskera y Libertad y uno a Vascuence maternizado. No tengo idea de suprimirlos, aunque como digo, para muestra baste el botón. Tampoco voy a refutarlos, entre otras razones, porque no es mi oficio desmontar artículos de fe. Lo que no significa que todas las creencias me parezcan respetables, incluidas las de este euscalduna.
La primera andanada de E. b. entra de lleno en lo que se conoce como erotesis o interrogatio. No la serie encadenada de preguntas a la manera de Sócrates (mayéutica), sino como figura retórica, el figuratum de Quintiliano (9, 2, 7). Y no de cualquier modo, sino ex abrupto, cuyo ejemplo clásico es el Quousque tandem? catilinario. Mayor mérito el de este señor, que no es de letras («Yo estudié ciencias puras…»), y a lo mejor hace retórica como el otro hablaba en prosa, sin saberlo. Pues sí, el caballero tiene recursos, que no voy a ponderar por no sacarle los colores. Todo un Cicerón, él mismo se responde, mayestático:

«Nos obligan a hablar vuestro idioma y no decimos nada.
Y ya nos cansa (abutere patientia nostra!) tener que escuchar a gente como vosotros que quiere seguir siendo los privilegiados monolingües a los que se les debe hablar en castellano, mientras los demás tenemos que hacer nuestro un idioma que en nuestra zona hasta que llegó Franco nadie sabía hablar.
Y os rasgáis las vestiduras porque para ser funcionarios tenéis que aprender euskera, simplemente porque es de ley que a nosotros también nos atiendan en nuestro idioma en una institución en nuestra propia tierra, para eso estamos en el PAÍS VASCO y no en Castilla

Nadie es perfecto; y bien haría el Sr. E. b. yendo a plantar sus molinos de viento a otra parte, porque aquí no les va a dar el aire. ¡Que él se produce en castellano porque yo le obligo, habrase visto! Por mí como si se calla en las setenta lenguas de Babel. Y si me rasgo las vestidumbres, tenga por seguro que no es por mi urgencia de hacerme funcionario, sino porque tanta sandez en ristra parte el alma, viniendo de un conciudadano.
Ahora bien, yo tampoco soy perfecto total y me ha picado que este censor se salga del tiesto y se me suba a regarme el florero del recibidor. Porque encima el tipo se pone caristio y me reprocha porque sitúo a mi Bilbao «en los confines de Autrigonia»:

«Otra cosa, quieres dar imagen de entendido en historia vasca para dar más fuerza a tus postulados anti-vascos con lo de "in Autrigoniae finibus" por Bilbao; pero metes la pata hasta el fondo. Porque la calle Belostikale, al igual que el resto de las 7 calles de Bilbao, núcleo inicial de Bilbao, se encuentran en la margen derecha del río Nervión y eso no pertenecía a Autrigonia sino a Caristia. De los caristios descendemos los actuales hablantes del dialecto vizcaíno del euskera, vamos, nada que ver con lo que postulas...»

Diga lo que quiera el Espíritu Santo (Proverbios, 26: 4-5), no le voy a llamar pedante, porque es un adjetivo que no me gusta compartir con cualquiera. Si acaso, pedantuelo de vía estrecha. Si un río es limítrofe o confinante, lo es por ambas orillas, entrambas ocupadas por Bilbao la Vieja y la Nueva Villa. Eso, prescindiendo de la amplitud del plural finibus, y sin recurrir a licencia poética.
Llegados a este punto, lo que uno se pregunta: «¿De dónde sale este tío?». Ahora lo veo,  me está hablando un caristio. «De los caristios descendemos…» Lívido de envidia, sigue uno leyendo: «Yo estudié ciencias puras y todos mis estudios los hice en vasco». «¿Y a mí qué me cuenta?». Pero nada, él a lo suyo, renqueando como puede en la lengua impuesta, que a todas luces desconoce, sin que se vea claro por qué la usa, teniendo el vascuence:

«El euskera al ser una lengua con una gramática muy compleja, le permite tener una riqueza de matices que nunca podrá tener el español, una lengua con una gramática muy rudimentaria y parca en matices, igual que el resto de lenguas latinas. Lo que hace que el euskera sea una lengua más apropiada para el estudio de las ciencias y las artes que el español

Y que el inglés, a fortiori, con gramática más sencilla todavía que la española. Por eso el día de mañana toda la ciencia se hará y comunicará en vascuence. ¿Qué digo ‘mañana’? Como dijo el otro, «el futuro nos pertenece», porque el mañana vasco fue ayer:

«Esta potencialidad del euskera para adaptarse a los nuevos tiempos ha hecho que en pocos años tenga yo el Windows XP en vasco, el Office en vasco, el Messenger en vasco, el Firefox en vasco... todo lo tenemos ya en vasco... »

Pero veo que va siendo hora de despedir a nuestro espontáneo bufón. Tal vez un día se cumpla su sueño, y el castellano en esta tierra –la lengua impuesta– deje sitio a otra, probablemente el inglés. Por cierto, ese día Euskaldun bat no será sólo ‘Un Euscalduna’, sino un ‘murciélago vascongado’. Blind as a bat.
Lo cual me trae a la memoria una bonita canción vasca, que a buen seguro él también conoce, pero tal vez sólo en caristio. Tiene miga. Y como lo monolingüe no quita lo cortés, ahí va también su aproximación en mi celtibero.

                             Euskaldun bat zen itsu


Euskaldun bat zen itsu
eta bertsolari,
atez ate zabilen
iloba gidari.
Soineko eta diru
yanari eta edari
nasaiki ibiltzen zuen
bertso eman sari.

Oi nere pikapeko
eun dukattxoak
orain agertu ditu
gure Jaungoikoak.
Todo lo quiere,
todo lo pierde:
berreun diralako
atoz bihar ere."


Euskaldun bat el ciego
coplas cantando,
la hija de puerta en puerta
le va guiando.
Con ropa, sopa y vino
y una moneda
a cambio de una copla
contento queda.

¡Señor! Los cien ducados
bajo un ladrillo
guardados y olvidados,
han parecido.
¡Ay, don ‘Todo lo quieres
todo lo pierdes’!:
a ver si son doscientos,
mañana vuelves.



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 Figura: 'Citarista ciego y niña', bronce (¿Creta?, s. VII a. de JC). Museo J. P. Getty, Los Ángeles.