No, si ya me parecía a mí. Algo en mi anti sexismo visceral chirriaba el otro día, cuando escribí aquello del ‘Vascuence maternizado’. ¡Juntar los conceptos de ‘lengua’ y ‘madre’, qué barbaridad! Ahora sé que «algunos especialistas como el profesor Dolz de la Universidad de Ginebra lo vienen diciendo»: «’lengua materna’ es una denominación sexista».
Debo el aviso a la Dra. Itziar Idiazabal Gorrotxategi, colega de Joaquim Dolz Mestre, a cuento del Día internacional de la lengua materna (El Correo, 25-02).
La cual lo explica así, para que hasta los más torpes lo entendamos:
«En nuestra sociedad y en otras muchas no solo las madres sino también los padres y otros agentes se hacen cargo de la transmisión lingüística. Es también una denominación de marcado carácter biológico.
Los niños, hasta el momento al menos, nacen de madres y es esa naturaleza biológica la que se le atribuye también a la lengua como si fuera una característica anatómica, fruto o consecuencia de la intervención biológica de la madre.»
De cajón. Como «los niños nacen de madres» (hasta la fecha en que esto se escribe), y como lo hacen trayendo una lengüecita en la boca, con la que (entre otras cosas) un día romperán a hablar; de ahí que el vulgo, confundiendo los conceptos ‘lengua-órgano’ y ‘lengua-habla’, se figura que esta última es también algo anatómico, de herencia materna, como la sin hueso. De ahí el abuso de llamarla ‘lengua materna’.
Sexismo puro, porque en muchas sociedades –incluida la nuestra vasca– enseñar la lengua al niño es cosa también del padre y «otros agentes». Denominación esta última que pudorosamente incluye sin nombrarlos a los Gobiernos Autonómicos –el catalán del prof. Dolz, y el vasco de la profesora Idiazabal–, con sus respectivas políticas lingüísticas y lo demás.
Y eso no es todo. Hablar de ‘lengua materna’ es incurrir en biologismo, usando un paradigma inadecuado. (Quédese esto para otro día.)
Resumiendo el preámbulo:
«Denominaciones como primera lengua, lengua familiar, primera lengua de socialización, etcétera, me parecen más ajustadas a la realidad que la de lengua materna. Asimismo, hay que tener en cuenta que tanto en nuestra sociedad como en otras bilingües/multilingües muchos individuos tienen al menos dos lenguas primeras.»
‘Primera lengua’, ‘lengua familiar’… ¿es lo mismo? Y lo de ‘primera lengua de socialización etc.’, pues no sé, parece algo retorcido. Otro eufemismo como el de los ‘agentes’, para esconder algo impronunciable. ¿Qué tal, ‘lengua de ikastola’? ¡Que sí, mujer! Porque a ello vamos, o no voy entendiendo papa.
Eso, ¿a dónde vamos, si se puede saber?
«El objetivo de este artículo no es tanto discutir o proponer alternativas al término ‘lengua materna’, sino reflexionar en torno al concepto que subyace o al uso que se hace del término, fundamentalmente en el ámbito educativo y de la investigación.»
Ahora sí que no, señora mía. Usted acaba de afirmar que ‘lengua materna’ está mal dicho, y sin molestarse en demostrarlo quiera pasar a otra cosa. Pues verá, yo creo que está bien dicho, y que lo puedo demostrar, partiendo del equivalente alemán Muttersprache, que el filólogo Friedrich Kluge suponía traducción del latín lingua materna.
Ahora bien, ¿cómo saben Dolz y compañía que el adjetivo materna se refiere a madre biológica alguna, y no a la lingua en sí. Lengua materna es lo mismo que lengua madre, como ‘tierra patria’ (o simplemente patria) es donde nace uno, no su padre. ¿Es eso sexismo? ¿Es sexista doña Itziar cuando interviene en un congreso titulado Ama Lurra? Aquí, con el agravante de que el vascuence lur (tierra) es asexuado. Una vez más, compárese el doblete alemán Vaterland / Mutterland (patria/matria). En alemán, Land (tierra, país) es neutro, mientras que Sprache es femenino y no admite Vatersprache.
Así, cuando digo ‘mi lengua materna’ no tengo por qué pensar en ‘la lengua de mi madre’. Y si soy de familia bilingüe, bien puedo hablar de ‘mis dos lenguas maternas’, sin insinuar que tengo dos madres. No es mi caso, pero podría serlo el de la propia Sra. Idiazabal, quien reconoce que «tanto en nuestra sociedad (¡y dale!) como en otras bilingües/multilingües muchos individuos tienen al menos dos lenguas primeras». O dos maternas, dígalo sin reparo.
Tan es así, que Muttersprache en segunda acepción es antónimo o contrario de Tochtersprache, no ‘la lengua de la hija’, sino ‘lengua hija’, como las romances lo son del latín, a diferencia del vascuence, que es de padre y madre desconocidos. Nada biológico, ni sexista, ni mejor o peor, y sin tufillo politiquero.
En inglés es igual. Para el Concise Oxford (4ª ed.), mother tongue, one’s native tongue, como motherland, one’s native land. El gran Wester’s Thirth National Dictionary (1976) por un momento flojea cuando define mother tongue como the language of one’s mother (o sea, mother’s tongue); pero al punto recapacita y, sin salir de la misma acepción, redefine como ‘el lenguaje naturalmente adquirido en la infancia y niñez’; one’s first language (primera lengua).
Para terminar de una vez, mother wit no es el ingenio de la madre, sino sinónimo de native wit, common sense.
Cobayitas humanos
No demos al artículo de la Dra. Idiazabal una importancia que no tiene. Pero una vez leída la mitad, tampoco despreciemos la otra media, donde promete tocar los aspectos educativo y científico.
Mejor no lo hiciera. Porque si antes ha criticado gratuitamente el título de la fiesta que conmemora, con igual alegría descalifica toda la historia del movimiento pro-vernáculo aplicado a la enseñanza, como carente de base científica, sólo porque se defendía lo que en principio parece más lógico y de sentido común: que al niño hay que darle la primera instrucción en su lengua materna.
«¿Pues en qué otra?», se pregunta el lector estupefacto, «¿En qué consistía el error científico?» En que, según la articulista,
«desde los años sesenta del siglo pasado, estudios iniciados en Canadá y desarrollados posteriormente en todo el mundo, fundamentalmente en Occidente, han demostrado ampliamente que la educación bilingüe y plurilingüe, y en concreto, los programas de inmersión, lejos de ser perniciosos generan beneficios tanto a nivel personal como social; proporcionan un mayor desarrollo cognitivo y una mayor capacitación lingüística que a su vez favorecen la supervivencia de lenguas minorizadas y minoritarias y aportan condiciones indispensables para la integración social y cultural.»
Esto empieza a sonarnos, esto nos suena, esto nos deja sonados. ¿No se estará refiriendo…? Pues sí, precisamente:
«Algunos de los programas bilingües/plurilingües más exitosos se han desarrollado a partir de lenguas minorizadas como catalán o euskera. Y una gran proporción de los escolares que han disfrutado de estos programas educativos no han sido escolarizados en su lengua materna.»
Así, con esa alegría y frescura, se escribe a brochazo pretendidamente científico la pancarta del autoelogio a la catalanización y euscaldunización forzosa de escolares. Dos procesos que, digamos de paso, tienen muy poco que ver entre sí, pues (aunque la autora lo disimule), catalán y español son lenguas romances y hermanas en su estructura y comprensión, mientras que el vascuence es lengua aislada e incomprensible para el no iniciado en ella.
Con el mismo desparpajo se abona un experimento de resultado feliz, según la tesis oficial, avalada por «los resultados de las pruebas PISA 2009»… que por cierto en Euskadi se hicieron mayormente en español, ni más ni menos que las de 2006.
No entro a discutir lo evidente: Estudiar en vascuence es la panacea frente al fracaso escolar y nos pone a nivel europeo. Pero con una condición: tiene que ser sólo en vascuence. «¿Se puede escolarizar en cualquier lengua? ¿Es indiferente cuál sea la lengua primera o familiar para planificar los sistemas educativos? Evidentemente, no.» Y aquí viene lo bueno, para justificar ese ‘no’, esa inmersión, el modelo D exclusivo:
«Sabemos que los escolares cuyas lenguas familiares son mayoritarias parten con ventaja, porque gracias a la infinidad de usos y estímulos que aporta la sociedad en esas lenguas a través de los más diversos cauces (familiares, socio-culturales, informáticos, comerciales...) estos escolares desarrollan sus lenguas sin merma alguna y pueden aprovechar la escuela para aprender otra/s lengua/s y convertirse así en bilingües o plurilingües con todas sus ventajas. »
¿Y los euscaldunas? Si el beneficio se debe a la inmersión lingüística en otra lengua no primaria o materna, ¿que pasa con los niños vascongados, que no practican tal inmersión? En pura lógica, deberían salir retrasados. Pero no; como son todos bilingües, llegan al mismo resultado. Por eso digo que no es tanto el bilingüismo en sí, sino el estudio unilingüe en eusquera lo que produce ese resultado maravilloso en esta tierra. Y a la lógica, al mother wit, al sentido común, que los parta un rayo.
Algún lector preocupado por la ética, tanto como por la ciencia, se preguntará cómo es posible que una sociedad normal y no intoxicada ni embaucada se haya prestado a un experimento nuevo y nunca visto, con generaciones de escolares como cobayas, y de resultado incierto. Porque aunque fuese verdad que el ensayo está resultando bien (q. e. d.), queda en el aire la cuestión ética: ¿y cómo se sabía?
De ahí la vergüenza ajena ante el descoco con que se cierra el artículo:
«Llama la atención que la sociedad vasca, laboratorio lingüístico de gran interés científico, haya invertido más en la creación de centros de investigación neurolingüística que en la investigación lingüística asociada a la educación y a los comportamientos sociales relacionados con el uso de las lenguas.»
«Laboratorio lingüístico de gran interés científico», pero maldita sea. ¿Es decir, Dra. Idiazabal, que nos la están ustedes dando con queso? Un experimento masivo, radical, que el Estado planifica a largo plazo y lo monta sin investigación previa, con objetivos que el propio Estado fija y evalúa… Dios, cuánto recuerda todo eso otros experimentos ‘científicos’ de funesta memoria.




