jueves, 3 de febrero de 2011

La cópula de ETA



No; no es juego de palabras, no voy a incidir en salacidad impropia de mis canas. Alguna vez se ha bromeado sobre ‘cópulas etarras’, dado que la banda recluta a criaturas de ambos sexos (y aunque fuesen del mismo), con sus instintos y lo que pueda quedarles de afecto humano.
Pues no, no voy por ahí. Me refiero exclusivamente a la cópula gramatical o conjunción copulativa vasca, representada por la T en el acrónimo de ETA: Euskadi Ta Askatasuna (‘Euskadi Y Libertad’).

Uno de los fenómenos más notables en la neo parla batúa es la impresión que causa al foráneo, como que el vasco parlante en cuanto abre la boca se pone a hablar de ETA y no para.
– Oigo hablar en vuestra lengua propia, y no falla: todo el tiempo, ETA por aquí, ETA por allá, y a veces a pares: ‘ETA… ETA…’ ¿Es que los vascos no tenéis otro tema de conversación?
Explicamos al foráneo que, en efecto, a veces toca hablar de la ETA; pero mucho más a menudo la gente ni piensa en ella. Que eso que tanto le llama la atención, aunque suene igual, no tiene nada que ver. Es la conjunción copulativa eta (equivalente a y), tan necesaria y frecuente en vascuence como en cualquiera otra lengua, sea propia o mostrenca.
Ante esta explicación, el asombro del foráneo lejos de amainar crece hasta proporciones de pasmo:
– ¿Cómo es, entonces, que la sigla de ETA es ETA, y no EEA (Euskadi Eta Askatasuna)?
Hay que seguir explicándole que eso es porque ETA se crea en 1969, cuando la conjunción era todavía ta. Precisamente por entonces los académicos andaban ocupados en cómo iba a quedar el nuevo diccionario, y por lo visto no habían llegado a la letra T. Allí estaba esperándoles la dichosa cópula. Mejor dicho, las diversas formas de cópula.
Porque, en efecto, sin ser el eusquera dialectal un kamasutra copulativo, el hecho es que el instrumento u órgano de acoplamiento entre palabras adopta –adoptaba– varias formas y tamaños: ta, da, eta y alguna otra. Las más usadas eran ta y eta. Para una autoridad como Azkue, la forma primitiva es ta, y eta sería “variante eufónica, detrás de oclusiva”.
Así es –era– en los dialectos occidentales, vizcaíno y guipuzcoano. Sin embargo, los vascos franceses la prefieren larga, eta, y es lo que prevalece en el habla pirenaica. Se da la circunstancia de que la imprenta vasca se estrenó allí, en el Pays Basque, quedando fijada así una forma de cópula ‘a la francesa’. Una forma que no era la más natural, en la idea de Azkue, quien después de todo no dejaba de ser un presbítero, y habría oído aquello de “la forma del misionero”, para describir otro género de cópula sencilla, sin complicaciones.
Paso por alto la especulación etimológica. A los filólogos sagaces la t de (e)ta no se les ha pasado desapercibida en relación con el griego τέ, τα etc., o con el latín et, etiam etc.; pura especulación, como digo. Lo que hay de cierto es que los académicos de Euskaltzaindia se enfrentaron a las formas dialectales disponibles, y se quedaron con eta.
Sería de malpensados maliciar que en dicha opción pesó algo más que el criterio filológico; que, por ejemplo, a los académicos llegaron cartas de extorsión con determinado remite, sugiriéndoles una cópula determinada; o menos aún, que entre ellos o sus asesores hubo nadie que se acordó para nada de que ETA existía. Ellos a lo suyo, en materia de cópulas decidieron que mejor la larga. Eso sí, a hurtadillas autorizaron las variantes de siempre, abreviadas –hablar de formas precox o interrupta parece menos propio–; el monosílabo ta, e incluso da, en determinadas posiciones (a saber, después de ‘lanzarse’, que curiosamente es la palabra mnemotécnica para recordar las consonantes en cuestión).
¿Fue acertada la opción de la Real Academia Vasca? Yo diría que no fue prudente. Desde entonces, el habla de los vascos se colmó de ETAS. O lo que es lo mismo, la relación entre el euskera y esa palabreja es muy, pero que muy anterior a la última y denostada declaración del lendacari López, afirmando que sin ETA el vascuence saldría ganando.
Y vaya que sí. Porque para los etarras fue como tocarles la lotería, una propaganda gratuita a todas horas.
Y eso no es todo. Desde que nació ETA, el número de euscaldumberris no ha cesado de aumentar, por las razones que todos sabemos. Esta buena gente tal vez no domina su nueva lengua propia todo lo que fuera menester, de modo que a cada paso se atascan en vocablos de parada o apoyatura: bueno, vale, esto, mmm…, pero sobre todo, eta. Lo sufrimos a cada paso en ETB; los hablantes premiosos, que en llegando a la cópula vacilan, quedones, alargando el trance de forma exagerada, con puntos suspensivos y hasta con repetición y jadeo: ETA… ETA… ETA… Una obscenidad.

“¿De la Francia, qué te esperabas, pues?”  Ya la Grammaire basque de Pierre Lafitte (pág. 395) daba cuenta del mismo fenómeno copulativo ‘a la francesa’, y le cita el gran Orotariko Euskal Hiztegia (Diccionario General Vasco), en su artículo sobre la conjunción de marras, tomo 7 (Ere-Fa), pág. 552, n. 8; veamos:

8. "Eta a souvent en basque un sens suspensif, il marque l'hésitation, le mot qui ne vient pas, la construction embarrassée, l'ellipse qui précède ou qui suit: a) Hésitation: Errozu eta... ez girela eta... nehundik jiten ahal, dites-lui, heu!.. que nous ne sommes pas... heu! en état de nous y rendre"; etc
  
Sea como fuere, tenemos un problema. Ahora, cuando hay más euscaldunes vivos que los que hubo jamás desde el paleolítico hasta la prohibición del vascuence por ‘decretazo’ del Generalísimo Franco, suenen voces de alarma, porque ese gentío nuevo que sabe eusquera no lo usa en la vida diaria. Se barajan diversas razones, y yo me pregunto si no habría que añadir esta otra: que a muchos tanta ETA-ETA-ETA se les atraganta.
(Por lo demás, aquel Diocleciano del vascuence que fue el Caudillo era un poco despistado. Recuerdo que, allá por lo años 60 del siglo pasado, el servicio público de autobuses Madrid –El Pardo lo cubría la ETA, ‘Empresa de Transportes Automovilísticos’, con terminal en Moncloa.)
Para terminar; con la venia de Euskaltzaindia, he aquí mi modest proposal copulativo: comernos cruda la E de ETA y volver al TA de toda la vida. Más aún, prescindir por completo de ETA, incluso en las posiciones en que antes se usaba, como por ejemplo (y mira tú por dónde), “después de explosiva”. ¿Con que explosiva? Pues razón de más, aunque hablemos de letras, que el diablo las carga.
Recordemos el caso del alfabeto cirílico, cuando la letra ѣ (yat) fue barrida por la Revolución de Octubre. Aquel signo redundante sólo servía para llenar de cruces las páginas de los libros, que parecían devocionarios, y su desaparición supuso un ahorro apreciable de papel. La reforma que aquí propongo ahorrará papel (no tanto), ahorrará sonsonete (de eso mucho), y por supuesto, ahorrará preguntas como las de los foráneos visitantes, por qué los vascos hablamos tanto de ETA.


sábado, 29 de enero de 2011

Euskera Ta Askatasuna (Eusquera Y Libertad)



La respuesta unánime y airada de las fuerzas vivas aberzales a lo que toman por insulto del lendacari a la lengua vasca pone en evidencia la visión patrimonialista del nacionalismo sobre todo aquello que se imagina le pertenece por natural derecho.
De los partidos políticos era esperable, y ni siquiera en un sindicato como STEE-EILA choca tanto. Más curioso es que se escenifique un desplante institucional, conchabándose las tres diputadas de cultura para apostrofar al Gobierno Vasco en la persona de su presidente: “Nos, que cada una de nosotras vale tanto como vos, y todas tres juntas valemos el triplo que vos…”
¿Y qué dijo López para fastidiar a tanta gente? Algún registro tiene que haber, pero por lo que cuenta hoy el testigo Pello Salaburu en El Correo, nadie entre los presentes hizo muestra alguna de haber escuchado nada reprobable. Sólo a posteriori surgen los comentarios que la prensa reproduce, que si dijo tal, que si cual, todo sobre supuestas frases en castellano. Y ahora resulta, según Salaburu, que Patxi López “de hecho habló solo en euskera”. (Aquí echo de menos el viejo acento ortográfico en sólo, ya que el lendacari no habló a solas, sino en público, aunque en vascuence solamente, como cuadraba dirigiéndose a un Consejo Asesor del Euskera.)
Pero vamos, en una lengua o en otra, ¿qué es lo que dijo?  «“El fin de la violencia permitirá que el euskera se una, definitivamente, con la libertad”, vino a decir. No sé si fueron esas las palabras exactas» (P. Salaburu).
El testigo no lo sabe, pero los críticos feroces del día siguiente diríase que estuvieron allí, oyendo y entendiendo lo que Patxi decía, tal vez sin entenderse él mismo del todo, a falta de traductor simultáneo. En suma: en una misma oración gramatical parece que el infortunado asoció las palabras ‘eusquera’ y ‘violencia’.
¿En qué sentido? Se admiten exégesis:
1. Si realmente dijo que la desaparición de la violencia (ETA) “unirá definitivamente el eusquera con la libertad”, lo más lógico es entender que la banda terrorista tiene de algún modo secuestrada la lengua vasca, o bien que la pervierte para sus fines liberticidas. Nada digno de un Demóstenes, pero tampoco para tocar a rebato. Porque, aparte de ser verdad, no es nada probable que, con ETA o sin ETA, la lengua vasca se vea libre de secuestradores y tutores nacionalistas más o menos radicales.
2. Cabe otro sentido igualmente lógico: que si toda la política vasca está de algún modo contaminada y mediatizada por la presencia opresiva de ETA, la política lingüística no ha sido excepción. Cosa que también es cierta, pero que tampoco dejará de serlo porque ETA se vaya, pues los mismos censores de Patxi López vienen monopolizando el eusquera como fulcro para su construcción nacional.
3. Quizá por todo eso, la exégesis del nacionalismo para el discurso de López ha ido por una pretendida conexión entre conceptos, eusquera y violencia. Que es como meter en un morral un hacha y una serpiente vivas. Ese habría sido el ‘insulto’ gravísimo del lendacari al vascuence; y (añade por su cuenta el sindicato) a los vascos. Algo así como “mientras haya ETA, el vascuence es lengua de violentos, lengua de violencia”. Una expresión donde lo único que sobra es el inciso condicional primero: ‘mientras haya ETA’. Porque la verdad, por más que duela, es que con ETA y sin ETA, el eusquera es y será lengua de contradicción y de guerra, mientras haya nacionalismo empeñado en hacerlo patrimonial. 
Hasta Salaburu lo reconoce: “Es evidente que el euskera está más ligado a los sectores nacionalistas que al resto. Y dentro del nacionalismo está aún más ligado a los sectores de la llamada izquierda abertzale”. Vamos, que ellos son los amos, que el eusquera es suyo. Tan suyo, que sólo ellos saben cómo tratarlo y como implantarlo en la sociedad; y quien lo vea de modo diferente insulta al eusquera y a sus propietarios naturales, los vascos nacionalistas, o simplemente los vascos.
Desde la malhadada Ley de Normalización del Euskera –treinta años, una generación, que se dice pronto–, toda la política lingüística ha sido de imposición y trágala, culminando en los desmanes del anterior consejero Tontxu Campos. Con los socialistas como cooperadores necesarios, esa es otra. Antes y ahora, el gobierno de turno insiste en la monserga del imperativo legal, por consenso mayoritario de un parlamento intérprete de una sociedad que un buen día se desperezó deseosa de ser euscaldunizada.
Tanto consenso en una cuestión tan compleja y peliaguda como es el cambio lingüístico, partiendo de un concepto tan borroso y equívoco como es el de ‘normalización’ (o ‘normalización de uso’, más difícil me lo ponéis), hace pensar en las dictaduras y sus ‘normales’ índices altísimos de consenso plebiscitario. ¿Qué digo? Más que eso. En dictadura se evita la unanimidad, por no sé qué pudor. Aquí no, aquí todos como un solo hombre/mujer dijimos que nuestra lengua propia es el eusquera, exigimos su implantación en todo el país, la quisimos como requisito y mérito preferente para la función pública y, en fin, dimos carta blanca a los poderes públicos para interpretar esa voluntad y aplicar a discreción los recursos para llevarla a efecto, in saecula saeculorum, amen.
–Decisión grave, en verdad.  Y dígame, ¿qué resultados arrojó el referéndum?  
–¿Mande?...
–El referéndum. ¿Se votó en bloque, o cada punto por separado? Esto último es más aconsejable, en asuntos tan escabrosos.
–No sé de qué referéndum me habla, señor mío. Aquella decisión perpetua, irrevocable e irreformable no se sometió a referéndum; se votó en parlamento y se ganó, repito, por amplia mayoría.
–Ya, pero luego ha habido nuevos comicios, la gente cambia…
–En esto del eusquera, no. El eusquera no es opinable. La euscaldunización es intangible. Podrá discutirse el ritmo y poco más; aunque, ojito, sin escaqueos. La meta es que aquí todo el mundo sepa hablar y escribir vascuence y que se use lo más posible, semper et ubique, domi militiaeque, en la ciudad y en el campo, de claro en claro y de turbio en turbio, haga calor o frío, en la labor y el ocio, en el amor y  el odio. También el inglés, por supuesto, la lengua global.
–¿Y el español?
–Si se está usted refiriendo a la lengua del Estado, le recuerdo que el castellano o erdera “es aquí la única lengua impuesta por imperativo legal”. Con todo lo que esto tiene de odioso, y haber sido la lengua de Franco, traída expresamente para ahogar nuestra lengua propia, la única de los vascos.
–Y después de todo eso, ¿todavía ofende que alguien relacione eusquera con violencia? ¿que alguien añore un eusquera en libertad?
Pero veo que nos desviamos de la cuestión. Cuando el testigo Salaburu habla del binomio ‘eusquera-violencia’ se está refiriendo a ETA expresamente: “Al final, nos guste o no, en parte de la ciudadanía se produce esa identificación, que maldito favor nos hace a quienes hemos abogado por utilizar un idioma que debería estar al margen de situaciones coyunturales y tendría que ser percibida como un bien cultural y un factor de cohesión social.”
Aquí es donde me pierdo, o es Pello el que se pierde. Diríase que el ofendido es él y los ‘polis buenos’ del eusquera. Y por otra parte, ¿qué tiene que ver ETA para que muchos no logren ver en el eusquera ese deseado facto de cohesión social, porque se lo impide la violencia impositiva euscaldunizadora?
¿Habré leído mal? Ya ni me aclaro, y estoy al final del artículo: “A veces, un perdón a tiempo, por haber utilizado una afirmación que ha molestado a sectores que tienen mucho que ver con la lengua y nada con la violencia, deja las cosas mucho más claras.” Pues no, amigo Pello. Si lo dices por tí, allá tú, que nunca fuiste violento, ni siquiera cuando por narices fijaste un premio exorbitante al euskera en tu Universidad. Pero no olvides que también existen otros ‘sectores’. Esos precisamente, que se han escandalizado como fariseos, los que desde que vino López denuncian que el vascuence no avanza. Esos violentos del eusquera son los que te hacen maldito favor a ti y nos lo hacen a todos los que pedimos libertad lingüística. No quieren ni oír hablar de ella. ¡Libertad lingüística, qué blasfemia! Lenguas en libertad.

martes, 25 de enero de 2011

Soñar en celta (3)




«He cavado mi Diario de mis días en el Putumayo –un texto muy voluminoso, en verdad, pues escribía día y noche, el tiempo que no me ocupaban los interrogatorios–…
Yo me encontraba aislado y hube de mantener la mente muy alerta, anotando cuanto observaba o llegaba a mis oídos. Lo hice con la mayor fidelidad humanamente posible, siempre con pluma o lápiz a mano, a menudo escribiendo a altas horas de la noche…
El Diario es bastante completo, y si tuviese libertad de publicarlo, daría una imagen de lo que pasa aquí, tan al rojo vivo como para convencer a cualquiera…
El Diario me vuelve a poner enfermo –positivamente enfermo– cada vez que lo releo; tan a lo vivo evoca aquella selva de infierno y toda aquella pobre gente sufriendo. Su virtud no es el lenguaje, es la fecha, y ser una transcripción fiel de lo que yo pensaba entonces y lo que pasaba a mi alrededor.
Si pudiese verlo mecanografiado… Pero el costo me aterroriza. Llevo gastadas cientos de libras de mi peculio en el Putumayo, y no veo motivo para seguir gastando.»
(R. Casement, en carta de diciembre 1912 [1])

Estos párrafos de Casement se refieren a lo que se conoce como Diario del Putumayo, testimonio escrito de su misión amazónica humanitaria de 1910, como diplomático del Reino Unido [2]. Así de satisfecho estaba un flamante Sir Roger de aquel documento escrito a conciencia, con tesón y mimo, a pesar de la salud quebrantada, con problemas graves de la vista por una inflamación ocular que casi le deja ciego, y en condiciones extremas, dos meses largos de viaje por la selva americana más remota.
El Diario del Putumayo, en la edición de A. Mitchell, cubre él solo 380 densas páginas, esto es, más del doble de la parte correspondiente en la obra de Vargas Llosa. «En los 75 días que cubre su Putumayo Journal, Casement escribió en total unas 250.000 palabras, a una media de unas 3.000 palabras por día» (A. M., pág. 279, nota 207). Se ve que el autor de El sueño del Celta ha bebido también de otras fuentes, y eso da valor a un relato que no es mero eco de Casement. La pregunta es, ¿qué hay de novelesco, y qué valor añade al reportaje? Hace muy poco ha aparecido un buen libro, The Devil and Mr. Casement (2010) por Jordan Goodman, retrato del personaje en el contexto de su visita a Perú, cien años atrás.
Fruto de aquel viaje, de aquellas notas y correspondencia, de los debates subsiguientes en el Parlamento británico, de los ecos de prensa y una opinión pública sabiamente dirigida, fue la publicación (1912) de un Libro Azul, o ‘Informe sobre el Putumayo’, versión amazónica de su ya famoso ‘Informe sobre el Congo’. No es necesario decir que en esencia era otra auto justificación de la ética colonial británica, sólo que esta vez con carácter auto exculpatorio.
Ahora bien, el Diario tenía entidad propia, y para su autor otro sentido personal, dentro de su cruzada pro Derechos Humanos, englobada ahora en otra cruzada más vasta, todavía secreta, contra todo imperialismo esclavizador de pueblos y destructor de culturas autóctonas. Era la justificación moral de la nueva cruzada del nacionalista Casement, liberador de la patria Irlanda. Será tema de otro capítulo.
La verdad es que, con tanto material y tan precioso a su disposición, parece como si el novelista Vargas Llosa se sintiese desbordado y hasta desmotivado. ¿A qué novelar, cuando la realidad es tan apasionante? Es la impresión como de desgana que saco en segunda lectura del final de esta parte de la novela; en especial desde las páginas 320 en adelante. Una crónica deslavazada de hechos de dominio público. Y por lo que toca a la psicología del héroe, un análisis poco convincente, sin duda por poco convencido.

La Cruzada del Putumayo

La etapa ‘africana’ de Casement se había cerrado con la publicación de su Informe, que en 1905 le reporta el reconocimiento público y varios premios por actividades humanitarias. Simultáneamente pide la excedencia del servicio diplomático, por motivos de salud. Coincide que, en 1905, se ha fundado la Liga Gaélica.
Las veleidades o simpatías de Casement por el nacionalismo nunca fueron un secreto. Había nacionalistas de todo pelo y grado, y muchos estaban en nómina del Gobierno, tanto en servicio civil como militar, incluso en cargos de alta responsabilidad. De todas formas, sería ingenuo pensar que el Gobierno en general y el Foreign Office en particular no llevaban cuenta de todos sus agentes. Nuestro hombre llegó a ser objeto de auténtico espionaje, y si alguien pudo no darse cuenta perfecta de ello, ése fue el propio Casement.
El cual seguí siendo útil a Gran Bretaña. En 1906 le vemos reincorporado al Foreign Office, como cónsul para los estados de Sao Paulo y Paraná (Brasil). La mayor parte de 1907 la pasa en el puerto cafetero de Santos; pero a principios de 1908 es destinado al puerto cauchero de Belem do Pará, en el estuario del Amazonas. Llega allá el 21 de febrero, a bordo de un vapor donde viaja también desde Madeira otro pasajero de 1ª clase, Julio Cesar Arana, el rey del caucho peruano.
Gran Bretaña fue la primera potencia que se dio cuenta del potencial económico de la selva amazónica. Las expediciones de Spruce, Wallace y Bates en los años 1850 fueron botánicas, con especial atención al caucho. Las plantas caucheras en América fueron dos principales, de los géneros Hevea  y Castilloa, de látex blanco y negro respectivamente. Éste era de mejor calidad, pero menos rentable. El boom cauchero levantó ciudades como Manaos e Iquitos, en los años 80.

(Había aventureros de todas partes, también de origen irlandés. Fitzcarraldo es como sonaba en la selva el apellido Fitzgerald, propio original del terrible cauchero peruano Carlos Fermín Fitzcarrald (1862-1897), que en la película de Werner Herzog (1982) es Brian Sweeney Fitzgerald, irlandés soñador. Megalómano y melómano a la vez, en los años 1890 se empeña en construir un Teatro de Ópera en Iquitos para llevar allá a su ídolo Caruso. Le encarna Klaus Kinski, el mismo que, también para Herzog, hizo de Aguirre (1970). Por cierto, transportando por trochas selváticas, a hombros de indígenas, un vapor desmontado en piezas (1894) –no descomunal y entero, como en la película–, el barón nos hace recordar la hazaña del propio Casement, transportando otro casco similar con destino al río Congo [3].)

Pero al mismo tiempo, la misma Gran Bretaña vio que aquella riqueza podía serle más rentable en otra parte. Fue la hazaña prometeica, el robo, no del fuego, sino del caucho prohibido: 70.000 semillas de Hevea brasiliensis se sacaron de contrabando, y aclimatadas dieron origen a plantaciones racionales en el SE asiático.
Entre tanto, Arana e Inglaterra juntos pueden hacer negocios. Casa Arana Hermanos pasó por empresa modelo, que en 1907 se transforma en Peruvian Amazon Company (PAC), con domicilio social en Londres y mucho capital británico. El propio César Arana era figura respetable en la City.
Hasta que, en 1909, el periódico The Truth publica declaraciones de un joven ingeniero alemán, W. Hardenburg, venido de la selva para contar a la prensa el ataque armado a una estación cauchera colombiana por fuerzas de la PAC con apoyo militar peruano. La opinión pública se alarmó, el Gobierno británico se alarmó de la alarma, y Casement fue el hombre indicado para un remake de lo del Congo. Con una diferencia: ahora una compañía inglesa aparecía como culpable. Su nueva misión debía adaptarse a esa circunstancia.
Para entonces, 1909-1910 la nueva industria asiática del caucho ya era competitiva. Sonaba la hora de arruinar la producción americana.

El pretexto moral fue que desde 1890 –mucho antes de lo de Hardenburg, y antes también de crearse la PAC–, al elevarse la demanda mundial de caucho, en la Amazonía se resucitó la esclavocracia y explotación del indio, juntamente con el caucho. Así lo precisó muy oportunamente el cónsul Casement, según testimonio de su gran amigo y colaborador filantrópico Morel.
De los numerosos indios amazónicos, una de las naciones más aisladas eran los witotos o huitotos, una cultura impregnada de ritualismo, resumida por un cacique al etnólogo alemán Theodor K. Preuss con laconismo magistral: «Trabajamos para bailar». Estos indios fueron especialmente explotados y diezmados por los caucheros blancos. Allí el negocio del caucho se complicaba por la disputa fronteriza entre Perú y Colombia, con agresiones y refriegas recíprocas que cogían a los indios en su fuego cruzado.
Ahora el gran Arana era el gran villano, y sus bases caucheras, como ‘Colonia Indiana’, o La Chorrera, visitada por Casement con detenimiento, eran centros explotación criminal.
Pues bien, todo cuadra en los diarios de Casement, en su cronología, con la realidad del mercado cauchero. Coincide que al tiempo de la denuncia la compañía anglo peruana de Arana operaba en la vasta región fronteriza en disputa entre Perú y Colombia. Incluso admitiendo compromiso moral del jefe de Casement, Sir Edward Grey, hay quienes recelan que el humanitarismo fue tapadera del imperialismo mercantil, junto con la intriga política. En abril el cónsul viaja Amazonas arriba para supervisar las obras del ferrocarril cauchero Madeira-Mamaré. Desde 1872, la empresa era una locura, pero Casement emite buenos informes. En todo caso, se llevó adelante, con pérdidas humanas por millares hasta su conclusión en 1912, cuando el caucho amazónico ya no valía nada, porque le sustituía con ventaja las plantaciones de Indonesia.
Otros habían descrito horrores, Casement descubre genocidio. El resultado fue una retracción de la inversión, el crack amazónico, y en definitiva, el abandono de tribus enteras a su suerte.
En 1911 Casement, que una vez más ha cumplido bien el papel encomendado, recibe su recompensa y es ennoblecido con el título de Sir, mientras el Parlamento británico debatía sus informes. Casement, que todo ese tiempo se deja querer de sus superiores y del público, en 1912 alega motivos de salud (muy verdaderos, por otra parte), para pedir la excedencia del servicio diplomático y se retira definitivamente en 1913. Desde entonces se implica más y más en la causa nacional irlandesa. Y lo hace en términos no ya de militancia, sino de protagonismo. Pero ese es capítulo para otro día.
Para terminar por hoy: Como anticipando la película de R. Joffre, The Mission (1986), Casement añora una especie de ‘reducción’ jesuítica o franciscana, donde los nativos estén protegidos en la moral por misioneros, pero en la material también por su propia fuerza armada. De hecho –cosa impropia de un diplomático–, él mismo suministraba armas y munición a jefes indios y hasta planeó un levantamiento armado en 1911 (v. pág. 207-208). ¿En qué medida iba por cuenta propia, o siguiendo instrucciones de los alto? No tengo respuesta, pero lo de la misión, con cuatro franciscanos irlandeses, funcionó por breve tiempo. Hasta la debacle definitiva.

(Continúa)
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       [1] Cit. por A. Mitchell, The Amazon Journal (1997), pág. 36
[2] Angus Mitchell (ed.), o. cit. Me he beneficiado ampliamente de la generosa disponibilidad de esta obra en Libros Google, para asomarme al texto del diario de Casemente y a las preciosas anotaciones del editor, junto con su introducción impagable, que volveré a utilizar.
[3] Cfr. Mitchell, o. cit. pp. 244-245, nota 191).