Interrumpir el sagrado tema vasco para prestar atención a un microbio, es como para levantar a Larramendi de su tumba. No digamos, si el bichejo es una bacteria algo pariente del colibacilo, nuestro huésped del intestino grueso y gran aliado fecal. La Naturaleza no distingue hidalguías. Lo que lleva a reflexionar, cuán lejos está «el Vasco Imaginario» (© Luigi) del estado de naturaleza de que tanto presume.
A primeros de mes volvía a ser noticia una propuesta o pretensión científica revolucionaria: la vida arsenical. La buena nueva viene asociada al nombre meteórico de la Dra. Felisa Wolfe-Simon, microbióloga norteamericana al servicio de la NASA. Un descubrimiento anunciado al estilo de la NASA y con la mirada perdida en el espacio. Por lo demás, una vida celular como la nuestra y ejecutada con el mismo guión y partitura, sólo que con arsénico (As) en vez de fósforo (P).
Ambos elementos son del mismo grupo en la Tabla Periódica, se parecen mucho y forman compuestos de estructura similar. En especial, un ADN con arsénico daría la clásica doble hélice y operaría a juego con ARN igualmente arsenical, en un metabolismo con idéntica suplantación en moléculas clave. Y en vez del universalísimo ATP, la moneda energética de curso legal en tales células sería ATAs. Ningún reducto del radical fosforilo estaría a salvo del sucedáneo arsenilo, insinuándose el intruso en los lípidos de membranas, en los ribosomas, en los flagelos motores…
La especulación biológica sobre el arsénico no es nueva. La propia Dra. Wolfe-Simon y colaboradores tienen publicadas especulaciones sólidas y sensatas en revistas científicas del más alto nivel. Por otra parte, la presencia de arsenicales en pescado y otros alimentos tiene importancia, en el contexto de la toxicidad ambiental.
Porque el arsénico es gran veneno clásico que bloquea muchas vías metabólicas, en gran parte suplantando al fósforo. Junto a algunas aplicaciones médicas en preparados arsenicales, es legendario su uso criminal en otros tiempos. Como también corrieron leyendas de personajes que supuestamente se inmunizaban tomando arsénico en dosis homeopáticas.
Es lo que a veces se llama impropiamente mitridatización, porque el rey del Ponto Mitrídates VI el Grande dicen que desarrolló esa técnica. La verdad es que no sabemos cuál fue su método ni en qué consistían sus antídotos de que habla Galeno: el diascinco, la atanasia o el famoso mitridacio, «que no era la triaca, inexistente a la sazón, sino otro contraveneno al que dio nombre, mezcla de muchos ingredientes» (La triaca, 16)*.
Tomemos nota de ello, también a modo de antídoto, ante la noticia bomba: hay ‘vida arsenical’. Una bacteria acumula y metaboliza arsénico de su ambiente natural, el lago Mono (California). Lo más noticiable viene luego, en el laboratorio, cuando aparentemente esa bacteria tomada de sedimento lacustre hace del arsénico un uso, digamos, ‘indebido’, aceptándolo en vez del fósforo, incluso en el ADN:
¿Una revolución científica?
1. La sustitución fosfato/arseniato en ácidos nucleicos, o la equiparación biológica general As/P, revoluciona el paradigma biológico establecido.
Esta consideración nos devuelve al campo. El microorganismo en cuestión vive en un ambiente natural insólito, en este caso hipersalino muy alcalino y rico en arsénico. Es por tanto un ‘extremófilo’, como se llama a los que viven en situaciones extremas, con pautas biológicas fuera de lo común. Ahora bien:
2. Entre los extremófilos, algunos se han revelado herederos de formas de vida muy arcaicas, propias de una biosfera primitiva.
En el campo teórico, la especulación biológica empieza por los elementos químicos: cuáles y por qué han sido aptos para ser crear biosfera terrestre. Hoy sólo se conoce un sexteto privilegiado, universal: H, O, C, N, P, S. Siguen sodio (Na), potasio (K), calcio, magnesio, hierro (Ca, Mg, Fe) y un etcétera de minoritarios ‘oligoelementos’, donde para nada figura el arsénico.
La biología teórica especula también sobre el ancho de banda de los parámetros biológicos: temperatura, presión, acidez (pH), campos energéticos… En nuestro biosfera terrestre –la única conocida hasta hoy–, los organismos adaptados a valores extremos de la banda (‘extremófilos’), ignorados hasta hace poco, suscitan interés cada vez mayor y su investigación ha obligado a ensanchar notablemente dicha banda de posibilidades de vida, tanto terrestre como extraterrestre.
Uno de esos extremófilos es la nueva bacteria arsenical, bautizada como GFAJ-1. La idea de un ADN arsenical, sobre todo, es la que ha hecho volar las campanas y también la fantasía hacia otros planetas, otros mundos… ¿Revolución biológica? En tocando el ADN, ya se sabe, de ahí para arriba.
El sensacionalismo puede ser inevitable, pero en general es contraproducente. El propio nombre divulgado de la bacteria resulta insólito. GFAJ-1 parece la etiqueta de algún OVNI o cosa más lejana. En Biología es de rigor la nomenclatura binaria grecolatina: género con mayúscula y especie con minúscula, si se sabe; si no, se pone sp. (abreviatura de species). De hecho, aquí se habla de Halomonas sp., que si resultara ser especie nueva, podría ser Halomonas felisae, en honor a la doctora Wolfe-Simon. Sería estupendo hallar que incluso el género es nuevo, digamos Lisamonas.
¿Y bien? Nada, que no salimos de este mundo vulgar y corriente. La Microbiología moderna se atiene a una clasificación genética secuencial RNA. Y por este criterio nuestra arsenobacteria, por extremófila que sea, pertenece al grupo numeroso y variopinto de las proteobacterias, al lado del colibacilo, la salmonela, legionela y otras de sonido muy familiar. De primitivismo, nada; de extraterrestre, nadísima. Prodigio adaptativo, eso sí, todo lo prodigioso que ustedes quieran. Habrá que explicarlo... Con todo, GFAJ-1 no pasa de ser la sigla convencional de una cepa bacteriana, dentro del género extremófilo Halomonas.
Pero hay más agua fría. Queda por ver hasta dónde llega la arsenización de los ácidos nucleicos y la durabilidad del ‘mutante’, que al parecer sólo tolera el As a falta de P, pero sigue prefiriendo este bioelemento, y revierte a él en cuanto puede. Todo pende de nuevas noticias, pues lo publicado hasta ahora se resiente de interferencia y contaminación periodística más bien negativa. Recuérdese, a finales de los 80, el culebrón de la ‘fusión fría’.
¿Algún interés práctico?
Pues sí. Dejando extravagancias, como hablar de confirmación de ‘vida extraterrestre’ o de ‘alienígenas’ infiltrados en nuestra biosfera, la pregunta es qué relevancia pueden tener estos seres para los que circulamos tranquilamente por la carretera biológica sin pisar el arcén extremófilo, con tendencia si acaso a circular por el carril de en medio, el más seguro en nuestro caso.
A primera vista, no mucha. A menos que algún lector de Agatha Christie que nos quiera mal discurra valerse de GFAJ-1 para liquidarnos, no es probable que tengamos encuentros interesantes con el microbio. La gente de orden como nosotros –orden biológico, se entiende– no solemos tener trato con extremófilos.
Pero aun siendo esto verdad, aunque esos seres vivos sean para nosotros extremófilos, su ADN arsenical no tiene por qué serlo necesariamente. ¿En qué medida podría afectarnos la hibridación de genes arseniados con los nuestros fosforados? El código genético sigue siendo el mismo.
Todo en el organismo depende de la forma correcta de las moléculas, del ajuste exacto entre ellas. Igual que ocurre con las llaves y cerraduras. Una pieza con arsénico nunca será exactamente igual que otra con fósforo. Lo más probable es que la cosa no funcione; pero, ¿hasta qué punto? Sabemos que los enlaces del arsénico son menos estables que sus equivalentes del fósforo; pero en nuestras células, ¿cuál sería su estabilidad? ¿la suficiente para fastidiarme sólo a mí, o también a mi descendencia?
Para esas y otras preguntas no tengo respuesta, por dos razones:
Una, que como digo, falta información sobre un descubrimiento anunciado con más prisa que contraste.
La segunda razón carece de importancia: Porque soy ignorante. Doctores tiene la Madre Ciencia que os sabrán responder.
Lo grande del método científico es su capacidad de contraste y falsación de cualquier hipótesis. Tiempo al tiempo, y un adarme de escepticismo juicioso tampoco hace daño.
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*) Galeni Opera, ed. K. G. Kühn, Leipzig, 1821-33, t. 14: 283-284.






