Debemur morti nos nostraque. Una vez más, Horacio traduce y adapta a su propósito un aforismo griego: «a la muerte todos nos debemos» (θανάτῳ πάντες ὀφειλόμεθα).
Todo es perecedero. ¿Algún ejemplo? Como si hiciera falta, el poeta trae varios de la ingeniería romana reciente. El hombre ha alterado la Naturaleza, ella volverá por sus fueros borrando toda obra humana, por flamante y soberbia que sea ¿A qué toda esa filosofía? Viene a cuento de la evolución del lenguaje, de las palabras y los giros, tan caduco todo ello como el follaje anual (Arte poética, 58-69):
Licuit semperque licebit
Signatum praesente nota producere nomen.
…
…
...
mortalia facta peribunt,
Nedum sermonum stet honos et gratia vivax,
(Siembre fue lícito, y lo será, producir palabra sellada con nota de actualidad… Las hechuras mortales perecerán. ¡Como para que el habla se tenga fija en candelero y en gracia siempre viva!)
Si Horacio hace filosofía de todo, eso es decir que la Muerte tampoco se libra del hado. Nada supersticioso, se atreve a llamarla por su nombre, aunque sin llegar al extremo de apostrofarla, como hace san Pablo imitando al profeta Oseas (13: 14; 1 Corintios 15: 55); ni tampoco le gusta mentar a los muertos.
En latín, como en eslavo, la Muerte es femenina, no como en griego o germánico, donde se viste por los pies y es una especie de Cobrador del Frac. En Horacio, la Dama de Luto se identifica fácilmente con la Parca «nunca mentirosa».
Lo bueno es que la mención de tal señora nunca es banal. Incluso cuando más podría serlo, el genio de Horacio transfigura el tópico, y ya tenemos tema de reflexión. Por ejemplo:
Mors ultima linea rerum est.
«El punto final de todo, la muerte»: ¡Valiente vulgaridad!... ¿Vulgaridad? ¿O sólo mala interpretación? En una parodia de Eurípides (Las Bacantes), la alusión al suicidio como una forma más de muerte ‘natural’ libre y digna no puede ser vulgar. No lo es. Ya la misma palabra latina linea hace reflexionar.
‘Línea’ significa varias cosas. Ante todo, es un sustantivo con forma adjetival femenina: hebra de lino. El lino era la planta textil por excelencia, para hilaturas, cordelería y tejidos. Línea era también una raya dibujada, más o menos fina, incluso la línea abstracta de los geómetras.
Línea era también el renglón de escritura. Nulla dies sine linea. Aunque para ser exactos, ese dicho no fue de algún escritor, sino del pintor Apeles, según Plinio (Historia Natural, lib. 35, cap. 10): «Por lo demás, fue costumbre perpetua de Apeles no tener nunca tan ocupado el día, que no practicara el arte trazando alguna línea, y de él vino el proverbio».
Pero la gente no pinta ni escribe su propia muerte –una excepción fue mi malogrado amigo el periodista Javier Ortiz–, porque más que gráfica, su línea es temporal. Es una raya que se pisa y pasa, como la que en el circo se trazaba con greda blanca o tiza (calx, creta), con los ‘jueces de línea’ atentos a qué corredor la cruzaba el primero.
La certidumbre incierta: otro tópico de la muerte. Otra banalidad, que en Horacio tampoco lo es.
Tú no preguntes (es saber prohibido)
cuál fin a mí, a ti cuál los dioses dieron,
Leucónoe, ni tantees
números babilonios. Lo que venga
aguanta como puedas,
así te guarde Dios muchos inviernos,
o éste sea el postrero, el que apacigua
entre chocar de pómez mar Tirreno.
Ten seso, el vino afloja, a corto plazo
cercena largo anhelo.
Mientras hablamos, se nos habrá ido
esquiva edad. Así que toma el hoy,
y del mañana fíate lo menos.
Ay cuántas veces y de cuántas maneras se habrá traducido la Oda 11 del libro 2, a la misteriosa doña Leocónoe (‘Mente-en-Blanco’). Por si acaso, a ésta mía junto el original, mucho más horaciano, más fiel al pensamiento del poeta:
Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi
finem Di dederint, Leuconoe; nec Babylonios
tenteris numeros. Ut melius quicquid erit pati,
seu plures hiemes, seu tribuit Iupiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum. Sapias, vina liques, et spatio brevi
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.





