Mucha gente se hace esta pregunta, cada vez que resurge la controversia sobre la relación entre Islam y Occidente. Una pregunta, por otra parte, colateral respecto a un problema que no se resuelve leyendo el Corán; como tampoco leyendo el Nuevo Testamento –por remitirnos a un texto igualmente sagrado y de la misma extensión, poco más o menos–. Cada cultura religiosa es mucho más que la religión que le da nombre, y en la feria multicultural cuentan más las excrecencias históricas que los núcleos doctrinales o que cada uno de los libros supuestamente revelados. Las religiones no son frases, son iglesias.
Yo también de joven quise saber qué dice el Corán. El Islam de entonces no era tan agresivo, la curiosidad tenía otra explicación. Aquellos años anduvo redivivo Ernesto Psichari (1883-1914), uno de los sublimadores de la empresa colonial Francesa en Argelia. El viaje del Centurión se había publicado en 1916, nada menos. No sé si por casualidad, fue el año en que asesinaron al hoy beato padre Charles de Foucault, otro místico aventurero del Sahara. Conversos los dos, Psichari nadie sabe si se cristianizó del todo (al fin era europeo), o si conservó aquel jirón del ‘alma naturalmente musulmana’. Desde luego, rezaba el padrenuestro; pero se sospecha que lo habría preferido con la melopea de la fatiha.
Buscando algún Corán para hincarle el diente, en la estupenda biblioteca del colegio encontré varias traducciones. Pero lo que me dejó turulato de una pieza fue el mamotreto de Luis Marracci, Alcorani textus universus (Padua, 1698), 2 tomos en folio, 430 + 870 págs. Tomo I (Prodromus), estudio introductorio sobre Mahoma, el Corán y la religión Islámica. Tomo II (Refutatio Alcorani), texto árabe con traducción latina y notas.
A primera vista, no parecía muy prometedor leer un libro con las gafas de su censor y verdugo. Esa es la norma, y su excepción para mi caso fue el Corán de Marracci, un ilustrado clérigo toscano muy impuesto en lenguas orientales. Su ‘refutación’ es muy hábil, pues apunta a la línea de flotación del Islam con munición musulmana –como él dice, con argumentos ad hominem–; munición de una riqueza fabulosa, toda de primera mano a su disposición por orden del papa. Seguro que ni un solo musulmán se ha convertido por leer a Marracci, pero el hombre hizo un buen trabajo.
Lo esencial de la obra es el tomo segundo, no tanto por su título de camuflaje anti censura (‘Refutación’) como por la edición del texto árabe y su traducción latina impecable. Edición que por poco no fue la primera publicada, pues sólo trámites burocráticos permitieron que se adelantara el protestante alemán Hinckelmann (Hamburgo, 1694). Realmente la edición príncipe del Corán se había hecho mucho antes en Venecia (1530), pero inmediatamente fue retirada y destruida por orden de Clemente VII, no estaba el horno para bollos. En cuanto a los musulmanes, sus tardías prensas tuvieron vedado el santo libro, y no han sacado ediciones serias hasta los siglos XIX-XX.
El método del padre Marracci –hacer a Mahoma ahorcarse con su propia soga, o como él dice literalmente, «degollar a Goliat con su propia espada»– le exigía ante todo una traducción lo más exacta posible. La suya me dejó maravillado. Más tarde vi que Rafael Cansinos opinaba igual y la imitó en su traducción castellana (por así llamarla), El Korán (Madrid, Aguilar, 1951). Detrás vino la del prof. Juan Vernet, El Corán (Barcelona, Janés, 1953), más práctica que la de Cansinos porque se entiende sin saber árabe. Tenía además un interesante prólogo, donde no citar a Marracci no significaba despreciarlo, supongo.
El método del padre Marracci –hacer a Mahoma ahorcarse con su propia soga, o como él dice literalmente, «degollar a Goliat con su propia espada»– le exigía ante todo una traducción lo más exacta posible. La suya me dejó maravillado. Más tarde vi que Rafael Cansinos opinaba igual y la imitó en su traducción castellana (por así llamarla), El Korán (Madrid, Aguilar, 1951). Detrás vino la del prof. Juan Vernet, El Corán (Barcelona, Janés, 1953), más práctica que la de Cansinos porque se entiende sin saber árabe. Tenía además un interesante prólogo, donde no citar a Marracci no significaba despreciarlo, supongo.
Ahora que, gracias a la Red, recupero al viejo Marracci para mi biblioteca digital, vuelvo a sentir la misma admiración. Veo que su traducción se conoce y estima. Y no siendo yo quién para dar un juicio de valor, mira por dónde encuentro uno de la máxima autoridad, de quien y donde menos lo habría esperado, un profesor universitario de Arabia Saudita: Omar Ahmed Sheikh Al-Shabab, The Place of Marracci’s Latin Translation of the Holy Quran: A Linguistic Investigation. Journal of King Saud University (Languages and Translation), 13 (1421/2001): 57-74.
Este autor hace bien desentendiéndose de la controversia religiosa, para centrarse en la fidelidad lingüística. Y aquí concede a Marracci el sobresaliente con matrícula: «Su aportación en el campo de la traducción coránica es perdurable (everlasting)».
A todo esto, ¿qué dice el Corán?
Es esta condición necesaria, aunque no suficiente, pues depende al menos de dos cosas: inteligibilidad del texto, y entendederas del lector u oyente.
Pero hay algo más. Este tipo de lecturas vivas suele llevar un componente estético, emocional, que en el creyente es de simpatía, no así en el curioso indiferente u hostil. Un musulmán devoto puede caer en éxtasis ante una bella modulación coránica, y al cabo de una hora volver en sí sin haber captado gran cosa de los enunciados lógicos del discurso.
Repetida la experiencia día tras día, en un mes le habrán entrado por los oídos las 30 perícopas en que se divide el libro. Es decir, en unas 30 horas habrá oído o leído todo el Corán de cabo a rabo, y estará sinceramente convencido de que esa lectura coránica le ha purificado y mejorado en su persona, al margen de lo que su cabeza haya alcanzado a entender de un discurso reiterativo y monocorde, elíptico y a la vez redundante, en árabe coránico. Y por Alá que esto último no es redundancia. Basta abrir una concordancia coránica para comprobarlo.
Al decir Corán estamos hablando de un texto árabe, recitado en árabe. En la mayor parte del mundo islámico, con el Corán sigue ocurriendo lo mismo que se vio en la Iglesia latina, con la Biblia prohibida en lengua vulgar y la liturgia en latín. Hoy el Corán está traducido ‘a todos los idiomas’, dicho sea con la licencia habitual. No siempre ha sido así. Tengo un Corán musulmán bilingüe árabe-alemán (Wiesbaden, 1954) que compré en París como algo novedoso. Novedoso y además herético, un producto de la secta sincrética ahmadiyya. Semejante libro no encajaba en un Islam ortodoxo, que todavía hoy discute si el Corán es traducible.
Curiosamente, en esto de la intraducibilidad, la ortodoxia coránica y el racionalismo coinciden, aunque por muy distintas razones:
1. Cualquier texto literario complejo puede decirse ‘intraducible’. Tan cierto como lo contrario, decir que lo intraducible no existe. Siempre habrá matices de expresión que pidan paráfrasis o nota al pie. Pero cuando un texto resulta demasiado difícil o imposible, casi siempre es porque no dice nada. Lo que no admite traducción a ninguna otra lengua tiene un nombre: galimatías.
2. Comparado con el Evangelio, por ejemplo, el discurso coránico resulta irracional e ilógico en un porcentaje muy superior, entre otras cosas objetivas porque el Evangelio tiene mucha narrativa llana, apenas presente en todo el Corán, que es un discurso divagante y retórico.
3. Hay otro contraste de más calado. La Biblia ha sido objeto de crítica exhaustiva en todo aspecto (textual, filológica, histórica…); crítica liberal, asumida al fin de mejor o peor gana por las iglesias. El Corán se toma o se deja, no se critica. Todo el mundo conoce la reacción islámica a Los versículos satánicos de Salman Rushdie; y por lo mismo, paradójicamente, casi todo el mundo ignora que lo de los ‘versículos satánicos’ no fue invento de novelista, sino una tradición coránica ortodoxa en torno a una incongruencia aparente de la azora 53 (La Estrella).
Sin darle muchas vueltas –a Marracci se lo debo–, saqué en limpio que, a efectos de pura información, el Corán podría ser muchísimo más breve. Claro que entonces se perdería su valor esencial, la música de las palabras. Lo que el propio Mahoma llamaba su milagro.
Todo lo dicho va desde una premisa de respeto al Islam y a sus creyentes. Mejor si el respeto es mutuo. Y a ser posible, sin pasarse.
Leo que Juan Pablo II, delante de la Curia Romana (diciembre 1993), se refirió a ‘la gran religión musulmana’, y no sólo en sentido cuantitativo. Vale. Años después, de visita en Egipto (marzo 2000), habría llegado al extremo de «mostrar su respeto hacia el Islam besando el Corán»; José Morales, El Islam. Rialp, 2001, págs. 80-81.
Leo que Juan Pablo II, delante de la Curia Romana (diciembre 1993), se refirió a ‘la gran religión musulmana’, y no sólo en sentido cuantitativo. Vale. Años después, de visita en Egipto (marzo 2000), habría llegado al extremo de «mostrar su respeto hacia el Islam besando el Corán»; José Morales, El Islam. Rialp, 2001, págs. 80-81.
No comprendo en un papa tal gesto, menos aún sin el recíproco de un califa besando el Evangelio –libro sagrado, al fin, según Mahoma, aunque la recíproca no es cierta–. Pero más extraño me suena lo que sigue:
«El Corán contiene “todo lo que hace plausible y de probable se encuentra en la religión cristiana, y que parece concordar con la ley y las luces de la naturaleza” (L. Marracci, Refutatio Alcorani, Patavii, 1698, 24).»
Esta cita de mi viejo Marracci me hace saltar de la silla. No sé de dónde la ha tomado el profesor Morales –un teólogo de la Universidad de Navarra–, no ciertamente de esa página que dice. Más bien, si es lo que sospecho, estaría traída por lo pelos. Porque donde Marracci escribió algo por el estilo no se refería al Corán ni al Islam, sino a otra cosa muy distinta: los famosos Plomos del Sacro Monte.
En los últimos años del reinado de Felipe II, de 1595 a 1599, se estuvieron ‘descubriendo’ en Granada unas láminas de plomo escritas en árabe, como hechas de encargo para dar gusto al arzobispo don Pedro de Castro, el fundador de la Abadía del Sacro Monte. Y tan de encargo. Discutidos desde su primera aparición, rechazados por hombres de buen juicio (como Arias Montano, Juan Bautista Pérez o Pedro de Valencia), los ‘libros plúmbeos’ se llevaron a Roma por orden de Inocencio X para su estudio. Uno de los informantes del papa fue Marracci. El cual, como los españoles citados, confirmó el fraude, entre otros indicios, por la extraña mezcla de sana doctrina cristiana y natural con «una rociada de errores y necedades mahometanas» (Marracci, Refutatio, pág. 2).
Ay, eran otros tiempos.








