Voilà, una de esas palabras extranjeras que llamamos ‘intraducibles’. No porque no puedan, sino porque no se deben traducir, se les va el bouquet. ‘Reentrada’ es correcto, pero no dice lo mismo.
Donc, c’est la rentrée. ¿Y a qué, o a dónde? Nada grave. A esta página, que sin ser de obligación, tiene su algo de corvée. Vaya, que este agosto me ha dado el morbo gálico.
Ha sido un mes de no olvidar. De estreno, un mocoso en bicicleta atropella a mi santa (¡por la acera!) y le parte uno de sus húmeros. Sólo el izquierdo; pero ya es faena. Y coincidencia, sí señor. Porque en ese momento estaba yo en mi rincón, compulsando en los clásicos de brujería una historia que todos repiten:
Brujas transformadas en gatas, que al pegarles un estacazo, luego amanece la maléfica deslomada o con el brazo en cabestrillo. Los brujólogos lo describen con tantos pelos y señales, y poniendo testigos, que debe de ser verdad, pues hasta las novelas griegas lo ponen. Y sin ir tan lejos, yo mismo oí a mi madre la misma historia, como que era de dominio público. Aquí fue cerca de nuestra casa, en un caserío de la parte de Arrigorriaga. Una noche estaba el ganado inquieto en la cuadra, bajan a ver, y hete aquí la dichosa gata negra sobre el lomo de una vaca, etc. ¿Casualidad o causalidad? Una vieja vecina, algo presunta bruja, fue vista los días siguientes cojeando del mismo pie en que le sacudieron a la gata.
El percance no nos ha privado de visitar en Burgos el flamante Museo de la Evolución Humana. Recién estrenado, todavía están en fase recaudatoria, y al paso por taquilla no respetan canas. Nosotros fuimos el viernes 20 de agosto. De haber ido dos días después tal vez habríamos entrado gratis, no por ser último domingo de mes (que no lo fue), sino camuflados en el séquito de Zapatero.
Del edificio como arquitectura no puedo decir si mejora lo que hubo, porque ya ni recuerdo cómo era el Cuartelón de San Pablo que tiraron hace más de 30 años, y menos aún el célebre convento dominico que le dejó el nombre. Lo que tuvo que ser aquel monasterio colosal, tan cargado de arte e historia, que cuesta imaginar la barbarie ciega que, en tiempos de paz, arrasó lo mucho que aún quedaba. Pobre Burgos, antes una de las ciudades más ricas, artísticas y refinadas de Europa, miserable villorrio ya en los tiempos de Bonaparte.
En términos absolutos, el complejo actual lo veo desaforado, y de un macizo fuera de lugar, pero a todo se acostumbra uno. (Al señor Presidente le ha hecho «una gran impresión» y afirma que «está muy bien orientado».)
Leo que se han hecho catas arqueológicas en el solar, antes de levantar el nuevo mamotreto de hormigón, acero y vidrio. Tendría gracia que un Museo paleontológico se alzase precisamente encima de otra mina de huesos llena de tesoros. No es nada probable que el suelo de aluvión cubra otro ‘Atapuerca’, sólo digo que tendría gracia. Después de todo, en San Pablo, además de muchas sepulturas, hubo una capilla-relicario de las Once Mil Vírgenes, material más que bastante para dos o tres yacimientos.
Por dentro la cosa parece una exposición, más que un museo. Exposición grande, muy lograda, didáctica, impactante. Los dioramas son buenos, pero de aforo limitado y con colas un poco largas. Una vez dentro, te sientes invitado a salir cuanto antes, para dejar sitio.
Las reconstrucciones de humanoides son tan hiperrealistas, que algunos visitantes creen ver caras conocidas, incluso de la propia familia. Soberbio el ejemplar de Homo antecessor, un macho adulto mucho más vivo que el otro congénere con el que nos hemos cruzado fuera en la calle, en un paseo, con su hijo de la mano, que parece adoptivo de otra especie. La serie evolutiva de estas estatuas está dispuesta en círculo, de modo que situado el observador en el centro y girando sobre sí mismo recorre lo que va de ayer a hoy lo que tarde en darse la vuelta. Un ayer, para nuestro género Homo, de casi -2,5 Ma (1 mega-año = 1 millón de años).
A los modelos en general les han atribuido un aire noble, inteligente, tranquilo y casi risueño, como parece ser lo políticamente correcto en esta materia tan educativa. Una Homo erectus erecta está a punto de lanzarte un cantazo, sin perder por ello una sonrisa a su manera. Así es creíble lo que nos cuentan los entendidos: que algunos de aquellos tipos tan amables eran capaces de canibalizarse entre sí por gusto, en puro homenaje gastronómico a la propia especie.
En lo propiamente museístico, se exhiben bastantes piezas auténticas junto a reproducciones, todo o mayormente de Atapuerca, como es lógico. Porque como también ha valorado el mismo Zapatero, Atapuerca «ya tiene en su corazón los tesoros más valiosos de la arqueología y, desde luego, tiene un gran potencial y no tiene límites». Es la puja del Presidente, y no voy a mejorarla.
En la planta superior, está muy bien la reconstrucción parcial de un Beagle visitable, para hacerse idea de las condiciones del barco en que Darwin tuvo sus intuiciones (1831-1836) para El Origen de las Especies(1859) y El Linaje del Hombre (1871). Cinco años comiendo a diario en aquella mesita-velador con el bíblico capitán Fitz Roy vis-à-vis debieron de ser heroicos.
Buena nota también para el estand o chiringuito de don Santiago Ramón y Cajal. El sabio más grande de todos los tiempos, y el que no esté de acuerdo lo cargue a mi cuenta. Fue el primer científico que entendió cómo está hecho y cómo funciona el cerebro humano –el chisme más complicado del universo conocido.
A mi mujer y a mí nos ha gustado el reconocimiento que se hace a Emiliano Aguirre, nuestro profesor en la Complutense. Él preparaba su tesis sobre elefantes fósiles. Fue pionero en tiempos difíciles, cuando la Paleontología humana ni divina aquí no valía un duro para los políticos. A Aguirre yo le bautizaría Aguirius antecessor, respecto a los hallazgos de Atapuerca, aunque por imperativo bio-laboral no alcanzó a ver lo que este yacimiento entraña. Desde aquí un abrazo, amigo Emiliano.
En estos pensamientos estábamos, cuando mi mujer me llama la atención sobre un espécimen bípedo muy evolucionado. Era de sapiens-sapiens para arriba, y diríase que discretamente se fugaba de algún nicho del círculo de los humanoides hiperrealistas. «¡Don Santiago, don Santiago!», le invoqué. Porque en efecto, era él. No Cajal, parbleu; el otro. Santiago González, lobo de mar como Fitz-Roy, y capitán-piloto de otra nave casi tan famosa como el Beagle, la Argos.
En estos pensamientos estábamos, cuando mi mujer me llama la atención sobre un espécimen bípedo muy evolucionado. Era de sapiens-sapiens para arriba, y diríase que discretamente se fugaba de algún nicho del círculo de los humanoides hiperrealistas. «¡Don Santiago, don Santiago!», le invoqué. Porque en efecto, era él. No Cajal, parbleu; el otro. Santiago González, lobo de mar como Fitz-Roy, y capitán-piloto de otra nave casi tan famosa como el Beagle, la Argos.
Tras el frote de narices cambiamos impresiones, y yo di la que me salió del alma: «No porque tú seas burgalés, pero ¡menos mal que Atapuerca es Burgos!» Y es que sólo imaginar un yacimiento así en nuestra Euskadi veleyana pone espanto.
Es la rentrée. Arriba la persiana.
En la última entrada, un comentario del 15 de agosto:
«plazamoyua dijo... ¡Malditas vacaciones!»















