lunes, 6 de septiembre de 2010

Rentrée



Voilà, una de esas palabras extranjeras que llamamos ‘intraducibles’. No porque no puedan, sino porque no se deben traducir, se les va el bouquet. ‘Reentrada’ es correcto, pero no dice lo mismo.
Donc, c’est la rentrée. ¿Y a qué, o a dónde? Nada grave. A esta página, que sin ser de obligación, tiene su algo de corvée. Vaya, que este agosto me ha dado el morbo gálico.
Ha sido un mes de no olvidar. De estreno, un mocoso en bicicleta atropella a mi santa (¡por la acera!) y le parte uno de sus húmeros. Sólo el izquierdo; pero ya es faena. Y coincidencia, sí señor. Porque en ese momento estaba yo en mi rincón, compulsando en los clásicos de brujería una historia que todos repiten:
Brujas transformadas en gatas, que al pegarles un estacazo, luego amanece la maléfica deslomada o con el brazo en cabestrillo. Los brujólogos lo describen con tantos pelos y señales, y poniendo testigos, que debe de ser verdad, pues hasta las novelas griegas lo ponen. Y sin ir tan lejos, yo mismo oí a mi madre la misma historia, como que era de dominio público. Aquí fue cerca de nuestra casa, en un caserío de la parte de Arrigorriaga. Una noche estaba el ganado inquieto en la cuadra, bajan a ver, y hete aquí la dichosa gata negra sobre el lomo de una vaca, etc. ¿Casualidad o causalidad? Una vieja vecina, algo presunta bruja, fue vista los días siguientes cojeando del mismo pie en que le sacudieron a la gata.
El percance no nos ha privado de visitar en Burgos el flamante Museo de la Evolución Humana. Recién estrenado, todavía están en fase recaudatoria, y al paso por taquilla no respetan canas. Nosotros fuimos el viernes 20 de agosto. De haber ido dos días después tal vez habríamos entrado gratis, no por ser último domingo de mes (que no lo fue), sino camuflados en el séquito de Zapatero.
Del edificio como arquitectura no puedo decir si mejora lo que hubo, porque ya ni recuerdo cómo era el Cuartelón de San Pablo que tiraron hace más de 30 años, y menos aún el célebre convento dominico que le dejó el nombre. Lo que tuvo que ser aquel monasterio colosal, tan cargado de arte e historia, que cuesta imaginar la barbarie ciega que, en tiempos de paz, arrasó lo mucho que aún quedaba. Pobre Burgos, antes una de las ciudades más ricas, artísticas y refinadas de Europa, miserable villorrio ya en los tiempos de Bonaparte.
En términos absolutos, el complejo actual lo veo desaforado, y de un macizo fuera de lugar, pero a todo se acostumbra uno. (Al señor Presidente le ha hecho «una gran impresión» y afirma que «está muy bien orientado».)
Leo que se han hecho catas arqueológicas en el solar, antes de levantar el nuevo mamotreto de hormigón, acero y vidrio. Tendría gracia que un Museo paleontológico se alzase precisamente encima de otra mina de huesos llena de tesoros. No es nada probable que el suelo de aluvión cubra otro ‘Atapuerca’, sólo digo que tendría gracia. Después de todo, en San Pablo, además de muchas sepulturas, hubo una capilla-relicario de las Once Mil Vírgenes, material más que bastante para dos o tres yacimientos.
Por dentro la cosa parece una exposición, más que un museo. Exposición grande, muy lograda, didáctica, impactante. Los dioramas son buenos, pero de aforo limitado y con colas un poco largas. Una vez dentro, te sientes invitado a salir cuanto antes, para dejar sitio.
Las reconstrucciones de humanoides son tan hiperrealistas, que algunos visitantes creen ver caras conocidas, incluso de la propia familia. Soberbio el ejemplar de Homo antecessor, un macho adulto mucho más vivo que el otro congénere con el que nos hemos cruzado fuera en la calle, en un paseo, con su hijo de la mano, que parece adoptivo de otra especie. La serie evolutiva de estas estatuas está dispuesta en círculo, de modo que situado el observador en el centro y girando sobre sí mismo recorre lo que va de ayer a hoy lo que tarde en darse la vuelta. Un ayer, para nuestro género Homo, de casi -2,5 Ma (1 mega-año = 1 millón de años).
A los modelos en general les han atribuido un aire noble, inteligente, tranquilo y casi risueño, como parece ser lo políticamente correcto en esta materia tan educativa. Una Homo erectus erecta está a punto de lanzarte un cantazo, sin perder por ello una sonrisa a su manera. Así es creíble lo que nos cuentan los entendidos: que algunos de aquellos tipos tan amables eran capaces de canibalizarse entre sí por gusto, en puro homenaje gastronómico a la propia especie.
En lo propiamente museístico, se exhiben bastantes piezas auténticas junto a reproducciones, todo o mayormente de Atapuerca, como es lógico. Porque como también ha valorado el mismo Zapatero, Atapuerca «ya tiene en su corazón los tesoros más valiosos de la arqueología y, desde luego, tiene un gran potencial y no tiene límites». Es la puja del Presidente, y no voy a mejorarla.
En la planta superior, está muy bien la reconstrucción parcial de un Beagle visitable, para hacerse idea de las condiciones del barco en que Darwin tuvo sus intuiciones (1831-1836) para El Origen de las Especies(1859) y El Linaje del Hombre (1871). Cinco años comiendo a diario en aquella mesita-velador con el bíblico capitán Fitz Roy vis-à-vis debieron de ser heroicos.
Buena nota también para el estand o chiringuito de don Santiago Ramón y Cajal. El sabio más grande de todos los tiempos, y el que no esté de acuerdo lo cargue a mi cuenta. Fue el primer científico que entendió cómo está hecho y cómo funciona el cerebro humano –el chisme más complicado del universo conocido.
A mi mujer y a mí nos ha gustado el reconocimiento que se hace a Emiliano Aguirre, nuestro profesor en la Complutense. Él preparaba su tesis sobre elefantes fósiles. Fue pionero en tiempos difíciles, cuando la Paleontología humana ni  divina aquí no valía un duro para los políticos. A Aguirre yo le bautizaría Aguirius antecessor, respecto a los hallazgos de Atapuerca, aunque por imperativo bio-laboral no alcanzó a ver lo que este yacimiento entraña. Desde aquí un abrazo, amigo Emiliano.

En estos pensamientos estábamos, cuando mi mujer me llama la atención sobre un espécimen bípedo muy evolucionado. Era de sapiens-sapiens para arriba, y diríase que discretamente se fugaba de algún nicho del círculo de los humanoides hiperrealistas. «¡Don Santiago, don Santiago!», le invoqué. Porque en efecto, era él. No Cajal, parbleu; el otro. Santiago González, lobo de mar como Fitz-Roy, y capitán-piloto de otra nave casi tan famosa como el Beagle, la Argos.
Tras el frote de narices cambiamos impresiones, y yo di la que me salió del alma: «No porque tú seas burgalés, pero ¡menos mal que Atapuerca es Burgos!» Y es que sólo imaginar un yacimiento así en nuestra Euskadi veleyana pone espanto.
Es la rentrée. Arriba la persiana.
En la última entrada, un comentario del 15 de agosto:  
«plazamoyua dijo... ¡Malditas vacaciones!»

martes, 13 de julio de 2010

Las Brujas de Zugarramurdi (1)



Este año, el 10 de Noviembre, se cumple el IV Centenario (1610) de la sentencia del Proceso de la Inquisición de Logroño a un grupo de personas mayormente de Navarra, de fama mundial como ‘Las brujas de Zugarramurdi’. Invitado a participar en la conmemoración con una conferencia, me veo todos estos días enfrascado en ese caso estupendo, del que se ha dicho casi todo, pero que nos encandila con el señuelo de algo oculto entre las raíces profundas, con aroma de trufas.

El caso en sí se inscribe en una patología social, enfermedad imaginaria, generada y reinfectada por los mismos supuestamente encargados de extirparla. Es un fenómeno descrito en procesos muy diversos, empezando por la Medicina. El diabolismo, que cundió por Europa en los siglos XV-XVII, tuvo etiología y desarrollo similar, retroalimentado y amplificado por los fantasmas de los propios inquisidores.

La Inquisión, ¿por qué?

Lo primero que sorprende es el papel de la Inquisición en tales historias. En principio, el Santo Oficio no tenía por qué intervenir en supuestas creencias y prácticas que serían más o menos aberrantes, pero no pasaban de supersticiones vulgares. Lo suyo era la herejía, empezando por la de los albigenses del Languedoc y otros cátaros, renuevos del maniqueísmo.

Para ser hereje hay que tener algo de intelectual. Las pobres brujas, en opinión del clero, eran sólo unas mujerucas que se creían, o se las creía dotadas de poderes maléficos para fastidiar al vecindario en cualquiera de las patas del trípode del bienestar: salud, hacienda y amores.

Fantasías ancestrales de vuelos nocturnos o invisibles, transformaciones y mutaciones de gatas y luchuzas, cocimientos inmundos y nefandos de yerbajos y sabandijas con despojos humanos y manteca o sangre de criaturas de pecho. Ni con todo ese adobo encajaban los cuentos de brujas en el molde de las causas de fe. Hubo que forzar más el ingenio. Empezando por la transexuación de las brujas en brujos, pues sólo en cabeza y pecho viril cabía ciencia; y más una ciencia tan alta y honda como la magia.

Por ahí ya sí. Porque frente a la magia natural –la magia ‘blanca’–, respetable por su origen divino (cuyo exponente más noble fueron los Magos de Oriente), hay otra diabólica –‘magia negra’–, que el Demonio sólo enseña mediante pacto a los que le venden el alma.

Por ahí vamos entrando. Pero ojo, que uno podía pactar con el diablo para un fin determinado, y una vez conseguido, ir al confesonario, y con dos golpes de pecho y diez avemarías dejar chasqueado al cornúpeta Maestro. Y claro, Satanás no es bobo. Por eso la brujería pasó del pacto y la cedulita, que luego la Virgen rompía o dejaba en papel mojado, para reconvertirse en «la secta de los brujos», la religión de los adoradores del Diablo. Y aquí la Inquisición venía como anillo al dedo, cercenando la nueva cabeza de la hidra maniquea, que fue su objetivo fundacional. No es casual que las primeras referencias al conventículo o junta sabatina de culto al Diablo en documentos de Inquisición, entre 1330-1340, serían de Carcasona y Tolosa, la cuna del dualismo cátaro [1].

La existencia de cultos y ritos exclusivos de sexo era bien conocida del mundo clásico: colegio de vestales, cofradías femeninas devotas de Ceres, de Venus, Isis, Dionisio… La misma religiosidad, en algunos aspectos, se miró como cosa de mujeres (el «devotus femineus sexus»). En versión cristiana nunca se admitió una ‘Sinagoga de Satanás’ reducida a mujeres, y así, para explicar la frecuencia mucho mayor de brujas que de brujos se ideó otra explicación. El nombre de la mujer lo dice todo: femina, que viene de fide y minus: fe minúscula, criatura de ‘menos fe’ que el varón. Esa es la etimología que se les ocurre a los dominicos autores del Martillo de Brujas, poco antes de 1490.

En suma, expertos demonólogos y brujólogos coincidieron en presentar la brujería como una religión secreta insospechada. Hacia 1450, los inquisidores dominicos denuncian el carácter herético de la brujería, ‘nueva’ herejía. Así lo hace en Carcasona fray Juan Vineti, que en su Tractatus contra daemonum invocatores teoriza aplicando a su imaginada realidad social las ideas de Santo Tomás, de cuando todavía no se hablaba de brujas. Poco más tarde, su cofrade Nicolás Jaquier, inquisidor en Francia y Bohemia, se pronuncia en igual sentido.

Un canon molesto

Había un problema. Desde principios del siglo X, el Derecho Eclesiástico venía recogiendo un canon –titulado por su primera palabra, Episcopi (‘Los obispos’)–, que parecía ir frontalmente contra aquella interpretación e intervención inquisitorial [2]. El texto recoge una tradición de creencias en brujería, con cabalgatas nocturnas de mujeres seguidoras de Diana, o también de Herodías (¡!), o Holda, acudiendo a remotas asambleas en servicio del demonio. Abominable todo ello, algo que se ha de extirpar sin contemplaciones, dice el canon. Pero añadieno que, aunque ellas así lo creían y persuadían a la gente, eran unas ilusas, pues todo aquello sólo existía en su imaginación enfebrecida por el diablo.


El canon, atribuido a cierto concilio de Ancira (hoy Ankara, Turquía), siglo IV, y relacionado por otros con textos de san Agustín, con su lucidez deslumbrante, no dejaba lugar para la tesis de los inquisidores. Éstos se sacuden el molesto canon, alegando que hablaba de otra cosa, de otros tiempos. Lo de ahora no era fantasía supersticiosa, era la pura realidad.

La propia creencia en la brujería era moderna, no anterior al siglo XIV. La inocuidad aparente de aquella brujería popular sólo la hacía más peligrosa. La reacción general en toda Europa fue de pánico. En aquel desvarío, España fue donde menos se cebó la cacería de brujas, cosa atribuible al tacto y prudencia de la Inquisición española [3].


Un nombre enigmático

Ni siquiera había nombre para tal novedad. Brujería: los doctos no conocían esta palabra. Ellos en sus latines preferían hablar de maleficium, sortilegium, fascinum y otros cultismos.

¿De dónde viene bruja, y qué significa? «De origen desconocido» Leo el prolijo artículo ‘Bruja’, en el Corominas-Pascual (1: 679-681), y la variedad de opiniones dispares me desorienta más que ilustra. Sólo me quedo con esto: que el masculino «brujo es forma derivada secundariamente del femenino». Echo de menos un origen ciertamente improbable, pero que tengo apuntado desde hace muchos años en el diccionario hebreo, y me suena cada vez que en la Biblia leo u oigo leer la expresión brukha att, ‘bendita tú’. No se prodiga, no, este femenino; sólo un par de veces en toda la Biblia Hebrea. Más bien una rareza, al lado del masculino barukh, incluso nombre propio de un profeta (Baruc, Benedicto o Benito), aunque el Bendito por excelencia es Uno.

«Bendita tú», saluda Booz a Rut (Rut, 3: 10), y David a Abigaíl (1 Samuel 25: 33). En el Nuevo Testamento, María recibe ese mismo saludo: «bendita tú entre las mujeres», dice Isabel a María (Lucas 1: 42). El entusiasmo mariano lo atribuyó primero al ángel Gabriel: «Ave, María, la agraciada, el Señor sea contigo, bendita tú entre las mujeres.» (Lucas 1: 28). Así por ejemplo, en la antigua traducción vulgata siríaca, y le siguió la Vulgata latina. No tiene mayor importancia [4].

La traducción moderna del Nuevo Testamento al hebreo bíblico por Delitzsch retoma la misma expresión, brukha att, incluyéndola en el saludo del ángel: «¡Hola, María, maja! queda con Dios, tú bendita entre las mujeres» [5].

¿Es verosímil ese origen hebreo de bruja. Ya digo que no lo veo tenido en cuenta; hablo sólo de homofonía curiosa. ¿Y la semántica? Curioso también, que en la biblia se diga ‘bendecir’ y ‘bendito’ en sentido contrario (‘maldecir’, ‘maldito’ ), para evitar palabras de mal augurio (cfr. 1 Reyes 21: 10 y 13; Job 1: 5 y 11). En tal sentido una bruja se puede llamar ‘bendita’ por eufemismo.

Sea cual fuere el origen y significado, bruja y sus equivalentes en otras lenguas vulgares eran lo mismo que en latín se llamaba maléfica, sortiaria, saga, lamia etc.

Bula contra canon. Se levanta la veda


La nueva visión del viejo fenómeno se plasmó en una serie de tratados teórico-prácticos para orientar a los inquisidores seglares y eclesiásticos, en causa común. El más sistemático fue sin duda el citado ‘Martillo de Brujas’ (Malleus maleficarum), que aparece en Colonia antes de 1490, precedido por una bula del papa Inocencio VIII, Summis desiderantes affectibus (Roma, 5-12-1484). En ella se daba el espaldarazo a los autores, los dominicos Jacobo Sprenger y Enrique Institor (o sea Krämer), campeones del frente reaccionario.

Jamás se vio, tras título y encabezamiento tan emotivo, una soflama más incendiaria y sangrienta. De tal suerte, en pleno amanecer del Renacimiento, se sancionaba lo que ni el peor oscurantismo medieval osó proponer.

En especial, la bula equivalía a una abrogación del canon Episcopi, a efectos prácticos. Paradójicamente, lo que el canon prohibía creer –la realidad de los supuestos fenómenos brujeriles–, ahora cobraba rango de dogma de fe, hasta tal punto, que los tratadistas clásicos del siglo XVI defenderán que la mera duda o mirada crítica respecto a la ‘nueva verdad’ era también herejía.

No se puede negar al magisterio eclesiástico, en momentos críticos de la Historia,  esa rara habilidad para enredar y enredarse la vida con especulaciones a contrapelo de la razón y el sentido común. Hecho el daño, cuando no queda más remedio, se da un golpe de timón y a otra cosa. También si no hay más remedio se canta la palinodia, como en el caso Galileo. Con las míseras brujas, esa contemplación no ha lugar.


La consecuencia más grave del enfoque inquisitorial fue que lo principal y cierto no podía depender de lo secundario y dudoso. Lo principal y cierto eran las figuras de delito capital: herejía, apostasía, satanismo; el aquelarre y homenaje al Diablo. Lo discutible y secundario era toda la parafernalia de fenómenos más o menos creíbles y pintorescos: los viajes volando en palo de escoba, a favor de linimento mágico, los actos obscenos en el aquelarre, la variedad de maleficios, la identificación de brujos y brujas por estigmas o marcas corporales (en la pupila, en el hombro), las propiedades sobrenaturales de insensibilidad y mutismo en el tormento, más otras gabelas. Todo ello podía ser indicial, delator, agravante, lo que se quiera, pero supeditado a lo esencial, que casi se daba por supuesto, y era el auténtico delito capital.

La veda de la bruja estaba abierta.

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Notas

1) Hansen, Zauberwahn... (1900); cit. por Ch. Lea, o. cit., 4: 207.

2) Decretum, II, c. 26, cuest. 5, can. 12: ‘Episcopi, eorumque ministri’. PL 187: 1349-1351.

3) Ch. Lea, Inquisition of Spain, 1907, 4: 207).

4) Las ediciones críticas omiten el inciso en la perícopa de la Anunciación. A la razón paleográfica se suma la crítica interna. No parece propio de un ángel (masculino) referirse a una ‘famosa’ (o ‘bendita’) en boca de mujeres, al contrario de la lógica en boca de Isabel, que pondera a la madre junto con y por causa del ‘fruto del vientre’.

5) Frantz Delitzsch (1813-1890), Hab-berith ha-hdashah. Edic. de Londres, Oxford Univ. Press, 1920.

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lunes, 28 de junio de 2010

El silencio de los moruecos (y 4)


 ‘La pesada del Alma del Faraón Leopoldo’. Ilustración de Carruthers Gould en la cubierta de Red Rubber de E. D. Morel (1906).


Hora va siendo de cerrar estos comentarios, y ha de ser por el principio. La lectura de un artículo crítico con la Iglesia Católica por su silencio sobre el reinado atroz de Leopoldo Rey del Congo me invitó a estudiar un poco ese tema delicado. (‘Sensible’, dicen ahora.) Lo he hecho, a sabiendas de que no hay acuerdo sobre la extensión y hondura de aquel horror, ni sobre la diferencia entre aquel régimen y cualquier otro del sistema colonial de entonces.

Genocidio, ¿sí o no?

Dos puntos son esenciales en el debate:

1) ¿Cuánto cayó la población nativa del Congo?

Stanley, siempre exagerado, calculaba sólo para el Alto Congo 43 millones de almas. En realidad, 29 millones, corrigiendo los errores de cálculo que le llevaron a dicha cifra.

Promediando los datos más fiables, se propone para el Congo en 1880 una población global de 25 millones. Hacia 1890 «se puede suponer que la población total oscilaba entre 7-8 millones».

Entre 1880 y 1908 se destruyeron unos 13 millones de vidas humanas, pesado tributo del acceso a la colonización. Pudieron ser sólo 10 millones. O acaso algún millón menos (o más). Era un preludio, porque la época colonial propiamente dicha también arrojará pérdidas. La civilización ha sido sin duda alguna sinónimo de despoblamiento masivo. El Congo no recobrará su población de 1880 hasta 1975.

2) ¿A qué se debió esa caída?

Nadie en su sano juicio pensará en una intencionalidad de exterminar a la población negra. Tampoco hay que imaginar la muerte violenta como causa principal. Como ha ocurrido siempre, el contacto entre poblaciones sin defensas inmunitarias ocasionó brotes virulentos de enfermedades como la viruela o la sífilis. También conoció el Congo infecciones parasitarias de importación, como la enfermedad del sueño.

Esta agresión se agravó por el estado de depauperación generalizada, debido al régimen de servidumbres y trabajos forzados en condiciones durísimas, por ejemplo el transporte sin la menor tecnología, como antes de inventarse la rueda.

¿Genocidio? Saque cada cual su conclusión. Los carteles y viñetas de propaganda ‘congófoba’, con sus pirámides de cráneos mondos y manos cortadas, sólo tendrían valor simbólico, pero eso sí, un valor simbólico tremendo. Los apologistas ‘congófilos’ lo tuvieron difícil. Y con los defensores del régimen leopoldino se alineó en bloque la Iglesia.

Los misioneros en el Congo de Leopoldo.


Dejando aparte la infiltración de misioneros católicos portugueses desde el siglo XVI, interesa aquí la emprendida con la toma de posesión del territorio por Leopoldo II. Desde el principio, el rey se interesó por el beneficio que podrían prestar a su empresa los misioneros, empezando obviamente por los católicos, aunque los protestantes llegaron primero: Misión Livingstone (1878), Sociedad Misionera Baptista(1879).

De las misiones protestantes poco hay que decir aquí. Recordar, por ejemplo, el pintoresquismo de los baptistas, recreando en las riberas de los ríos africanos las escenas bautismales por inmersión tan típicas de los estados sureños.

Las distinas denominaciones, lejos de desarrollar estrategias comunes, eran entonces más bien rivales unos de otros. Sólo el catolicismo se alzaba como bloque compacto, frente a la «dispersión de las sectas», y sin perjuicio de eventuales fricciones entre familias religiosas.

La historia de las misiones es un coto muy especial, dentro de la Historia de la Iglesia. A menudo es difícil distinguir en una misma persona lo que hay de idealismo religioso, de curiosidad viajera, o de inquietud y espíritu de aventura. El descubridor y el conquistador han solido ir codo con codo con el misionero, y entre éstos ha habido gente para todo.


Misioneros católicos. El padre De Deken

Tras la Conferencia de Berlín (o 'Conferencia del Congo', 1895), los misioneros católicos de primera hora fueron mayormente flamencos. Uno que dejó impronta incluso literaria fue el padre Constant de Deken (1852-1896), de la congregación de Scheut (los scheutistas), o misioneros del Corazón de María. [No confundir esta institución belga fundada en 1860 con la homónima española (y prioritaria) de san Antonio Claret (1849).]

Durante ocho años estos misioneros fueron los únicos que se repartieron con los Padres Blancos de Argel la evangelización de la cuenca del Congo. Más tarde otras órdenes desean participar, y la Iglesia belga se interesa por el control de la misión.

Por entonces se diseñó la llamada «trinidad de aculturación colonial» (Administración, Comercio e Instrucción), encargándose sobre todo los misioneros de la enseñanza elemental al par de la evangelización, insistiendo en la implantación del francés como lengua oficial, para dejar fuera de juego a los protestantes (I. Ndaywel è Nziem y P. Obenga, Histoire Générale du Congo, pág. 351).

Leopoldo II se fijó en el padre Deken para sus primeros proyectos que tuvo de colonizar en China (1880-1888), operando el misionero sobre todo en el Turquestán. A su vuelta (1890) emitió un reportaje que le valió sendas medallas, la de oro de la Sociedad Geográfica Belga, y otra de la Sociedad Geográfica Comercial de París.

El año siguient se enroló en la expedición de Gabriel Bonvalot y el príncipe Enrique de Orleáns. Del talante misionero de nuestro flamenco dan alguna idea las referencias en el libro de Bonvalot, ‘De París a Tonquín a través del Tibet’, asequible en la red en versión inglesa.

Decididamente, el padre Deken era un hombre de Leopoldo, que vuelve a fijarse en él como compañero de Stanley en la aventura del Congo.

La obra póstuma de Deken, ‘Deux ans au Congo’  (Dos años en el Congo,1902; reedición 1952) es un autorretrato en pose ingenua de ‘misionero’ ideal, al estilo de la época. Su perspectiva es eurocéntrica y católica, donde los no católicos aparecen como «seres humanos disfuncionales» (Luc Renders, pág. 6).

El padre es un viajero esencialmente fluvial, siempre en compañía de blancos: colegas misioneros, funcionarios civiles, soldados. Su admiración hacia ellos no tiene medida. La presencia de los blancos es como la aurora del orden en el caos de las tribus negras.

El soldado y el misionero se complementan; o literalmente, «en la civilización del Congo, el soldado ha de ser el aliado del sacerdote». A Deken le ofende que se critique a todo el ejército por excepciones deplorables.

El propio misionero es (si se permite una expresión demasiado evocadora) mitad monje mitad soldado. Si en el viaje se vislumbra peligro, el padre Deken empuña el rifle que siempre lleva cargado en bandolera. Aunque lo suyo es el río, para el ferrocarril sólo tiene elogios, sin reparar en su costo en vidas humanas. Llega incluso a admitir que los misioneros truequen alcohol por víveres, una práctica que, fuera de eso, denuncia como contrabando.

El negro es bárbaro, cruel, infantil, y mayormente caníbal. Los únicos negros buenos son los amigos de los blancos, amistad que para ellos significa el primer peldaño en la escala civilizadora. La cual, sin embargo, no termina en la igualdad con el blanco, sino en la integración en el sistema, que no es lo mismo. Hay que educarles y cristianizarles para convertirles a la fe y convertirles en los buenos servidores que  las compañías y el estado necesitan

Si la selva tropical arrastra el adjetivo ‘virgen’ de forma mecánica –la selva virgen, ¡como si no tuviese pobladores!–, los peores entre los negros son los caníbales, igualmente adjetivados como ‘feroces’: los feroces caníbales. Cosa que tampoco cuadraba con la realidad, pues como ya se venía entendiendo desde Livingstone, entre gentes sobradas de recursos y bien nutridas hasta la llegada del blanco, el canibalismo era más cuestión de gusto y glotonería que de necesidad o religión. De hecho, los caníbales no eran especialmente crueles ni sanguinarios.

El padre Constante no parece darse cuenta de los aspectos negativos del contacto entre poblaciones negras y blanca. Su única observación al respecto versa sobre un episodio de cuarentena epidémica, y es francamente desconcertante:

Detectado en el barco un brote de viruela entre los negros, se decide dejarles en la orilla, con algunos recursos para el trueque usual por limentos. Ocurrió que aquellos enfermos contagiaron a sus proveedores, con resultado desastroso para toda la zona: un millar de víctimas en un año. El misionero lo comenta sin más, lamentando tan sólo el trato hostil de aquellos nativos, cuando a la vuelta, al reconocer su barco –bautizado el Stanley– es recibido con dardos y flechas en represalia por haberles traído la plaga. «Tuvimos que zarpar de inmediato », es su comentario.

Lo que tiene de naturalista y colector de especíemenes biológios, lo tiene de pésimo antropólogo; y aunque su opinión de la cultura negra es pobrísima, el coleccionista que lleva dentro no pierde ocasión de hacerse con artefactos de su cultura, para enviarlo todo al museo misional de su congregación en Scheut. «Coleccionista de curiosidades y narrador de trivialidades» (Renders, pág. 7).

En suma, para este misionero, como para tantos cuentaviajes de la época, los negros son como sombras chinescas en el telón de fondo. «Pero cortemos esta descripción tediosa de diferentes tribus, para volver a las incidencias de nuestro viaje» : he ahí una frase muy suya. De forma irritante, por lo pueril, el curtido viajero no cesa de hacer comparaciones y notar diferencias entre Bélgica y el Congo.

Acompañaban al padre cinco religiosas de la Caridad (Hermanas de Quatrech), las primeras misoneras en el país. Una de ellas, sor Godeliva, escribió sus impresiones de viaje en la misma vena insustancial de contar pequeños percances y dificultades que al fin se resuelven por sí solas.

La aventura congoleña de Deken fue breve. Al primer viaje de dos años (junio 1892-octubre 1894) sigue un regreso en noviembre 1895, para morir en marzo del 96. Era un mentís a su tesis expuesta en prólogo de su manuscrito: el Congo no era tan peligroso para la salud del blanco, si se tomaban las debidas precauciones.

El alma en la lengua: las ideas del padre Vyncke

Antes que los scheutistas habían llegado al Congo los ‘Padres Blancos’. Con ellos compartieron los primeros años de misión. A los Blancos pertenecía Amaat Vyncke (1850-1888), otro misionero-aventurero, cuyo celo apostólico supo combinar evangelio cristiano y nacionalismo flamenco.
Este paisano y coetáneo de Deken, tras aprender suahili en Zanzíbar –la ‘sala de espera’ de exploradores y misioneros en ruta a los Grandes Lagos–, llega al Tanganyika a principios del 84.

Su nacionalismo romántico y casi teológico –las lenguas ‘vernáculas’ como expresión del alma de cada pueblo, según el plan de Dios– le ayudó sin duda a valorar las lenguas nativas, por encima de cualquier lingua franca, fuese el suahili o el lingala, o peor aún, el odiado francés. Porque en realidad el buen padre traía consigo sus sentimientos de flamenco resentido contra el valón avasallador.

A partir de ahí, el Evangelio según Vyncke se vuelve inseparable de su ideología nacionalista; un fenómeno que se dio bastante, y no sólo entre misioneros flamencos.

La infiltración ideológica en la misión consta por los escritos del propio Vyncke (‘Cartas de un misionero flamenco en África Central’, 1889) y otros de su cuerda, como E. Van Hencxthoven, entre 1880-1905 aproximadamente. A ellos se sumará luego (1925) el padre G. Hulstaert, declarado ideólogo nacionalista en toda la historia del Congo Belga. Su polémica se reproduce en parte tras la independencia, con el presidente Mobutu y la authenticité, durante la etapa de la República del Zaire (1965-1967).

Lo que aquí importa es que, para aquellos misioneros que «llevaban su Flandes dentro», la implantación del francés en la escuela misional implicaba la destrucción del ‘alma nativa’. Y ante tamaña agresión y genocidio cultural de las tribus del Congo, los sufrimientos materiales de la gente pasaban a segundo término. De hecho, estos misioneros no se significaron como denunciantes del régimen leopoldino, salvo en la esfera lingüística. (Cfr. M. Meeuwis, ‘Flemish nationalism in the Belgian Congo versus Zairian anti-imperialism: Continuity and discontinuity in language ideological debates.’ En Mouton de Gruyter (ed.), Mouton classics, vol. 1,, págs. 675 [381]-717 [423].)

No sabría yo valorar el mérito de Vyncke y otros al servicio de la Filología africana, como tampoco, tras la descolonización, su influencia en los conflictos entre etnias cuyo identitario se había exaltado por prejuicios ideológicos de importación, y lo que es más grave, falsos en su justificación teologal.

«El Rey, el Cardenal y el Papa»: ahogar el clamor de un genocidio

En este último apartado sigo de cerca el artículo citado del prof. Weisbord, de la Universidad de Nueva York (2003).

Los principales ataques al sistema colonial del rey de Bélgica vinieron del mundo anglosajón. Fue por tanto en ese mundo donde el rey se hizo montar la principal línea de defensa, en el frente que consideró más importante, el nortamericano.

Leopoldo compró el favor católico –también el silencio cómplice– mediante concesiones mineras a magnates estadounidenses. Uno de éstos fue Thomas Fortune Ryan, converso católico con mito de self-made man surgido de la miseria, socio de los Guggenheim, de John D. Rockefeller y de un hijo del senador Nelson W. Aldrich.

Era este senador compañero de timba del arzobispo de Baltimore James Gibbons (1831-1924), hijo de inmmigrantes irlandeses, con la birreta de cardenal desde 1886. Un benefactor generoso como Ryan no tuvo difícil, através de Aldrich, persuadir al purpurado de las bondades del sistema leopoldino en el Congo. Gibbons se convirtió de pronto en el principal valedor del belga frente a sus detractores.

Uno de los más temibles ‘congófobos’ era nuestro conocido Edmund Dene Morel, al parecer un converso de ‘congofilia’ y ahora azote personal de Leopoldo II. Recordemos que Morel fue el fundador efectivo y director de la Asociación pro Reforma del Congo.

En otoño de 1904 tuvo lugar en Boston un Congreso Internacional de Paz. Como portavoz de la Asociación, Morel presionó para meter en el orden del día la cuestión del Congo. Ante tal evento, y excusando asistir en persona, Gibbons se dirigió a la asamblea por carta.

El efecto inmediato del escrito fue parar el golpe de Morel, aunque dejando en entredicho la honestidad personal y pastoral de un purpurado más preocupado por el prestigio personal del rey que por la situación de sus súbditos congoleños. Fue un favor que Leopoldo agradeció condecorando a Gibbons y, como a príncipe de la Iglesia, distinguiéndole con el tratamiento de ‘primo’. El hijo de unos emigrantes irlandeses, al fin pariente protocolario de la realeza.

Para uso de los católicos en general, se guisó la versión de una propaganda malévola y anticatólica, de origen británico y protestante. Y como argumento apodíctico se esgrimió el testimonio ‘unánime’ de los más de 300 misioneros católicos que operaban sobre el terreno. Unanimidad que no era total y que, por lo demás, venía a ser argumento a silentio. Pero un silencio harto elocuente, si venía impuesto por los superiores religiosos a cambio de privilegios y ventajas materiales.

Hasta Morel resultó que no era trigo limpio. De él se aireó su pasado como empleado de compañías navieras centradas en Liverpool, puerto desplazado por Amberes en el tráfico de marfil y otros productos africanos.

La Santa Sede tenía ahora la palabra. No se hizo esperar:

«A través de su secretario de estado, cardenal Merry del Val, el papa Pío X dio completa aprobación a la conducta de Gibbons. Era deseo del Padre Santo convencer a todos sus colegas en el episcopado americano para que ayudasen al monarca belga en sus trabajos en África Central.»
(Weisbord, remitiéndose a los Archivos del Ministerio de Exteriores belga, 1904).

Simultáneamente el prefecto de la Congregación de Propaganda Fide, cardenal Gotti, transmitía a Baltimore el mismo mensaje, añadiendo en latín, de parte del papa:
«Su Santidad se sentía muy complacido de su entusiasmo en refutar a los enemigos del régimen del Congo, esperando que Gibbons convenciera a los obispos americanos para hacerse fuertes refutando las falsas acusaciones de los misioneros protestantes.»
(El mismo, remitiéndose a Papeles del Card. Gibbons, Boston, 1904).

La victoria de Gibbons en Boston, si la hubo, fue pírrica. El Congreso de la Paz, sin entrar en el fondo del tema, pidió una investigación. También el Congreso de los Estados Unidos fijó un debate sobre la situación en el Congo.

Todo esto lo hizo saber el cardenal a Roma, ofreciéndose a mover todas sus influencias en el Senado a favor del rey. Más aún, cuando Morel tanteó al presidente Roosevelt sobre una intervención de la Casa Blanca, se encontró con que el de Baltimore ya le había disuadido.

Al bueno de Morel no le quedaba sino escribir al propio cardenal, rogándole se informara mejor. Gibbons replicó secamente por carta abierta en el periódico católico The Tablet (10-11-1904). Él, Gibbons, estaba muy bien informado por misioneros y viajeros. Por el contrario, era Morel quien debía dejarse de chismes y falsos testimonios para abrirse a la evidencia. Y puesto que los puntos de vista respectivos eran inconciliables, lo mejor era cortar la correspondencia.

Lo que faltaba en el Congo al rey Leopoldo y a la Santa Sede era un escuadrón de misioneros católicos anglosajones. Los elegidos fueron los padres de Mill Hill (Londres). Merry del Val les invitó a entrar en la mies, al tiempo que se erigía él mismo en cardenal protector de la congregación, declarandola exenta de la jerarquía belga en el Congo, esto es, dependiente directamente de Roma (1904). Si faltaba no poco para el advenimiento del diálogo interconfesional, la Teología de la Liberación quedaba mucho más lejos todavía.

Lo menos que debió hacer san Pío X fue abrir una investigación. Que fue lo que hizo el propio Leopoldo bajo presión pública, nombrando una comisión de tres abogados, un suizo, un italiano y un belga, cuyo informe no pudo serle más adverso (noviembre 1905). Ahora bien, mientras el rey se iba haciendo a la idea de ‘abdicar’ de su imperio colonial, «en los años 1905-1906 el Vaticano, desafiando la tempestad sobre el Congo, siguió impertérrito imputando los cargos de los reformadores al odium theologicum y a la codicia británica.» (Weisbord, pág. 43).

Lo más embarazoso vino cuando los misioneros protestantes americanos, acosados por la administración del Estado Libre, lanzan un SOS telegráfico a Pío X pidiéndole amparo. El subsecretario de estado Mons. della Chiesa hizo saber que el Santo Padre había decidido no darles respuesta. Merry del Val, por su parte, aseguró a los representantes del rey que la Santa Sede no variaba un ápice su criterio favorable.

En 1908 el rapaz Leopoldo cede al Estado Belga el Congo, a cambio de una indemnización  generosa; y al año siguiente (diciembre 1909), como quien ha cumplido su misión, muere. La había cumplido en efecto, a los ojos de la Iglesia, casándose con Carolina, su ‘joven’ amante que fue durante más de medio siglo, con la que tuvo dos hijos. Para Roma, este paso sí que ponía las cosas en regla, más que la reforma del Congo instada por el enemigo protestante.

Tampoco Juan Pablo II, en su noble empeño de ‘purificar la memoria’, se acordó ni una sola vez de las atrocidades del régimen católico del Congo, ni del silencio cómplice de la Iglesia.
FIN