jueves, 18 de marzo de 2010

Escultura antigua: la cuarta dimensión



 Acaban de regalarme un libro precioso.

 Es el catalogo-guía de una exposición montada en Alcalá: El Color de los Dioses. Un título que sólo aproximadamente traduce el original alemán, Bunte Götter, Dioses multicolores, o «de colorines», como dicen luego. La misma muestra en su versión vaticana se tituló I Colori del Bianco (los colores del blanco), aludiendo al análisis físico a través del prisma. Es una propuesta alemana, acogida ahora por la Comunidad de Madrid en su Museo Arqueológico Regional (Alcalá de Henares, 18-12-2009 a 18-04-2010).


No he visto la exposición, aunque aún estamos a tiempo. De momento, me hago una idea a través del libro. Además, y como siempre, el tema no escapa a la Red.

Es una muestra juiciosa y a la vez provocativa, sobre el estado actual de una cuestión muy vieja en Arte: el colorido de la estatuaria antigua, y por extensión, de toda la plástica, incluida la arquitectura.


Cuestión vieja. Viejo, para mí, significa ante todo mi propia vivencia al respecto. Muchos habrán sentido lo mismo. Mi recuerdo más remoto y algo difuso es un grabado de un libro escolar: el busto de Pompeyo mirándome de frente con aquellos ojos en blanco, sin pupilas, una aparición espectral. Luego venía Cicerón en el mismo plan, aunque no tanto como el Pompeyo...


A partir de ahí, la estatuaria, la glíptica grecorromana, me invadió descolorida. Cortejo de fantasmas, que a fuerza de costumbre terminaron pareciéndome bellos. El prejuicio de Winckelmann (sin saber que fuese suyo, por supuesto, más que sabía que el sabio fue gay) lo hice mío por pura docilidad; y lo que es más, contra toda probabilidad y evidencia, pues aquel islote del arte griego abstracto e incoloro emergía en un archipiélago en tecnicolor: Creta, Egipto, los etruscos, que pintarrajeaban hasta sus tumbas, hasta sus templos...


En la adolescencia pasamos algunos el sarampión helénico, donde era inevitable el debate sobre el color. A esa edad es cuando uno tiene las ideas más claras, tanto más si son contradictorias. Obcecado por el error renacentista –cuando el arte antiguo se redescubre mayormente desteñido–, yo me agarraba al valor estético de una abstracción formal, tomándola por el todo intencional de los griegos, ignorando su idiosincrasia. Ignorando también el oficio del tiempo, ese gran artista auto invitado.


Los arqueólogos del Renacimiento tampoco ayudaron. Unos tipos que se tragaban camellos y elefantes enormes, a la hora de ‘restaurar’ formas imaginadas, filtraron a sabiendas o a lo loco los pequeños mosquitos, que aquí y allá moteaban como cagaditas de color la estatuaria, los sillares de los edificios. ¡El Renacimiento! Época de artistas inmensos, lo fue también de grandísimos falsarios. En alguna parte tengo leído que muchos fraudes seudo arqueológicos del Renacimiento y Barroco se han demostrado, entre otras pistas, porque el falsificador omitió todo vestigio de pintura, allí donde tenía que haberla.


Por entonces conocí algunas litografías sobre reconstrucción de color en los siglos XVIII-XIX. Las de inspiración neoclásica y rococó eran sobrias: Pocos colores, y esos primarios, suaves y planos, sobre fondos claros, dejando que la luz natural haga el resto. Otras reconstrucciones eran de paleta más amplia, de cromatismo desconcertante. Aquí la palabra que venía al pensamiento era ‘horterada’. Imposible que los griegos hubiesen caído tan bajo. Con todo, aquellos impactos iban abriendo brecha en el muro cerril.

Se daba además la circunstancia de estudiar yo en Valladolid, capital mundial de la imaginería polícroma castellana. Expertos inteligentes, en visitas guiadas, nos explicaron la técnica del estofado. Estofar una escultura no es pintarla. Es en cierto modo volver a esculpirla. La compenetración entre escultor y decorador era total. Como que los grandes maestros dominaban por igual la talla y las técnicas del estofado, y la separación de oficios respondía sobre todo a la estrategia productiva. Esta experiencia en un ambiente privilegiado fue decisiva para rendirme a la evidencia, y aceptar sin reservas la cuarta dimensión, la cromática, también para los antiguos.


El tema del color ha estado bastante tiempo olvidado, o mejor silenciado. Y eso que la tradición colorista se prolongó con toda naturalidad en la Edad Media, en trabajos de pintura y estatuaria, mosaico, cosmatesco, piedras duras, capiteles polícromos y molduras... Ni por esas. Se ha padecido una disociación mental, mezcla de prejuicio y horror a lo desconocido.


También ha habido divorcio entre los historiadores de Arte y los filólogos, sumos sacerdotes del testimonio clamoroso de los griegos sobre el colorido de sus dioses. Textos apodícticos, como estos de Eurípides:

1. Elena, maldiciendo la causa de sus desdichas:

«Junto con Hera, mi propia belleza
ha convertido mi vida en horror:
así se me borre, como a un bulto viejo,
y trueque por fealdad la hermosura.»

En un contexto arqueológico, es verdad que la mayoría de los ídolos antiguos más venerados eran bultos deformes, disimulando su fealdad con capas de afeite y joyas, como recuerda Pausanias. Pero el público de Eurípides está pensando también en las nuevas creaciones de una imaginería que ‘vive’ y es hermosa gracias al color.


2. Del mismo Eurípides es otro fragmento donde dos viajeros pasan ante una morada de vistoso frontón:

«Mira, dirige tus pupilas a lo alto,
contempla las figuras pintadas en los aguilones.»
(γραπτούς <τ’ ἐν αἰετ>οῖσι πρόσβλεψον τύπους)

Aquí también el dramaturgo apela a la sensibilidad de su público, evocando situaciones arcaicas por referencia a la estética moderna. En suma: el color es la vida, en todo el arte figurativo. La estatua ‘vive’ por la luz, y la luz es color.

Releamos el último verso, en griego. Las palabras primera y última son los dos elementos de tipo-grafía. Recordemos de paso que graphéin, antes que ‘escribir’ fue ‘pintar’; y que typos (grabado, incisión, escultura) implicaba relieve. Ζωγραφία en griego es ‘pintura de lo vivo’, como traduce magistralmente el eslavo, живопись, ‘pintura’ a secas, incluido por paradoja lo que se llama ‘naturaleza muerta’.


Dejando ahora el mundo de las letras, nuevas técnicas físico-químicas han venido en ayuda de la interpretación arqueológica, para detectar hasta los restos menos perceptibles de pigmento, analizarlos y rastrear los procedimientos de aplicación.


La mayor parte del libro que hojeo son artículos de un pionero experimentador, Vincenz Brinkmann, que trabaja en este campo desde hace un cuarto de siglo, con honestidad y rigor, sin dogmatismo pero con valentía.


Se le reprocha que su trabajo represente sólo una etapa del procedimiento ‘real’ de los antiguos. ¿Pero cuál era ese procedimiento? ¿Era el mismo para toda clase de obras, retratos al vivo, estelas y relieves funerarios, elementos decorativos en la construcción? ¿Un mismo acabado para todo, para lo íntimo y lo monumental? Seguro que no. Seguro que hubo géneros, hubo escuelas. Y sería en las imagines, los retratos al vivo, donde se llegaba al realismo total, aunque no necesariamente de un mismo modo.


Si la citada diosa Hera, en su propio canon de beldad, incluía su calidad de Boopis (βοῶπις, ‘la de ojos vacunos’), que le prodiga Homero, hagámonos a la idea de que sobre la estética griega no lo sabemos todo. ¿Qué es lo ‘chillón’? ¿dónde la polícromo empieza a ser abigarrado? ¿qué es desentonar, en la escala y la armonía cromática?

Mucho queda por averiguar, y lo más probable es que nunca se llegue a un acuerdo. A menos que, por milagro, aparezca alguna obra maestra como para su taller la quisiera el maestro Brinkmann. Además, ¿qué daño hace este hombre? Trabaje en paz con sus vaciados de escayola, que tampoco se trata de desgraciar piezas auténticas, como hicieron los restauradores barrocos. Bienvenida, pues, su provocación inquietante en Alcalá de Henares.

Al levantar yo aquí una puntita de la cortina, apelo a la indulgencia benevolente de la propiedad intelectual, ya que escribo esta página s. a. l. (sine animo lucrandi), sólo por comunicar lo bueno con los buenos. Tampoco vendrá mal, con la misma licencia, una tonadilla apropiada:



¿Que si pintaban los antiguos sus estatuas? Que lo diga este camafeo de época romana, donde un artista, un esclavo griego, lo más probable, se aplica a la faena en un busto de encargo. 

Fue en los retratos donde seguramente se usó la policromía más realista. Así, el Calígula –otro de mis fantasmas escolares– habría sido alguna vez criatura viva, incluso guaperas, aunque bastante bestia.
También la estatuaria de propaganda pedía colorido brillante. ¿Así, más o menos, como este gran Augusto? O en otro orden de cosas, ¿cargaremos a la cuenta de los antiguos toda la malicia victoriana que impregna la Tinted Venus de John Gibson (h. 1850)?

No, ellos era más sanos, más inocentes, y por tanto más parecidos a la 'verdad' de Brinkmann. Lo mismo en sus kores o muchachas que en sus diosas.

Por ejemplo, aquí Palas. «Bajo la égida de Palas»: ¡cuántas veces hemos oído esa frase! Tal vez hasta la hayamos pronunciado, en un momento de cursilería. («Bajo la égida de Ibarretxe»... en castellano suena raro.)  Ahora bien, ¿qué significa exactamente? ¿Qué égida era esa? Ahí la tenemos, de vivos colores. Sorpresa. ¿Y el escudo blanco?

Pues no; nada de escudo. Al diablo la Real Academia. De piel de cabra, sí; pero no escudo, sino capisayo. Una prenda de forma igual a la casulla o planeta que usan los popes ortodoxos celebrando misa; con motivos geométricos similares, sólo que trabajados en la misma piel, a modo de cordobán. Por supuesto, el clero cristiano ha prescindido de la orla de serpientes que hacía la égida de Palas tan terrible. Por lo demás, vista de espaldas, con una leve brisa en popa, tampoco le sienta mal a la divina.
Se hace tarde y debo cerrar. Es mucho lo que queda por ver y discutir de la artesanía de Brinkmann, que descubre sus cartas con honradez. Vémosle paso a paso, en proceso de cubrir con género de punto la pierna de un arquero. Nada de leotardos, se dice anaxyrides, ya lo saben.  Al arquero llamémosle Paris, como el raptor de Elena. En efecto, se cala gorro frigio. Pero ¡oh desilusión!, no de color rojo. Y es porque Brinkmann se puede equivocar, pero mentir con los colores, eso nunca.


jueves, 11 de marzo de 2010

Al margen de Pagola (y 2)


El revuelo del ‘caso Pagola’, tachado de arriano, me sugirió una reflexión ceñida al meollo intelectual. Es una historia recurrente de conflicto entre la autonomía del investigador religioso y la autoridad censoria. En mi opinión, estos conflictos sobre crítica histórico-liberal de la Biblia se basan en un malentendido sobre lo que se entiende por inspiraciòn y su efecto primario, la inerrancia de las información bíblica.

Este enfoque intelectual no me impidió ver que el ‘caso Pagola’ suena también por otras implicaciones. Pero tanto suena ya por éstas, que me preguntaba y sigo preguntando si merece la pena tenerlo en cuenta para una discusión en serio.

Por ejemplo, un párroco de Vizcaya escribe en el periódico nacionalista Deia (7 de marzo):

«No entiendo la guerra que la iglesia española, que no la romana, le está haciendo a Pagola por su hermoso libro... Le tratan de hereje, concretamente de arriano.... Pagola, como él mismo lo explica, prescindiendo de su fe, que es grande, trata de llegar a lo que se puede saber de la historia del personaje Jesús de Nazaret... Si alguna de sus tesis o apreciaciones estuviese equivocada, debiera ser refutada con argumentos puramente históricos, no de fe

Optimista, este buen párroco. «Un obispo no discute, no refuta; condena», recuerda Loisy que dijo uno de los prelados que censuraron su libro El Evangelio y la Iglesia.

Pero sigo leyendo al señor párroco:

«No entiendo lo que está pasando con Pagola. Libros análogos al suyo, gozan de plena libertad y aceptación... [Cita varios]... ¿Por qué, pues, este ataque despiadado a José Antonio Pagola? A falta de razones convincentes, sospecho lo siguiente:»

Y aquí salen a relucir «la diócesis de San Sebatián y las diócesis hermanas, muy relacionadas, aunque divididas, como hoy, en unidades eclesiales distintas»; « la estrecha relación que había entre las diócesis vascas, incluida Pamplona»; la cuestión, al parecer pendiente, de «la creación de una provincia eclesiástica formada por las cuatro diócesis»; y en fin, el obispo Setién tocando estas cuerdas pastorales... ¡en su apología ‘Un obispo vasco ante ETA’!

Ta, ta, ta. Por ahí me pierdo. ¿Qué tiene que ver el arrianismo con el mapa de Euskal Herria? Y lo mismo me ocurre con el escrito de adhesión mayoritaria de curas de la iglesia de Guipúzcoa, más o menos los mismos que hace poco repudiaban, igualmente por escrito, la idoneidad del obispo Munilla nombrado para esa diócesis. Donde, para mayor discreción, las fuentes destacan la actividad motriz del presbítero José Ramón Treviño, condenado a prisión en 1992 por haber dado posada como a ‘peregrinos’ a unos asesinos de ETA.

Mucho mejor cariz intelectual tiene el ‘Manifiesto’ de 28 teólogos criticando a la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (el ‘Santo Oficio’ español, para entendernos coloquialmente), por su pronunciamiento sobre el libro de Pagola. Verdad es que terminan diciendo:


«Sin juzgar la intención de sus autores, la Nota de la Comisión Episcopal traspira más ganas de agredir a una persona que de defender una verdad
 
Un poco fuerte, aunque bastante lógico en un gremio corporativista de teólogos, a la defensiva frente al gremio de sus censores los obispos. En todo caso, son intelectuales en su propio terreno.

Razonamientos así son los que animan a uno a seguir tomando en serio el caso Pagola. De modo que, sin entrar en el caso, pero ahora sí en el libro, me he dado el gusto de asomarme un poco a éste, y lo he leído.

¿Y por qué no? Nunca he dicho «de esta agua... », no señor. He buscado ese ‘evangelio según Pagola’, y evangélicamente lo he hallado, aunque sólo en su primera edición. No sé muy bien, por tanto, cuáles han sido los cambios introducidos por el autor en su obra, en orden a obtener el nihil obstat del que fue su ordinario, mons. Uriarte.

Si el libro no me llamó la atención antes de conocerlo, leído me confirma que no se ha escrito para mí. O dicho con menos presunción, que no me cuento entre sus lectores adecuados.

Desde esa perspectiva, debo decir que he hallado lo que esperaba. Es un libro muy bien trazado y realizado para su público, bien escrito y lleno de unción. Con una promoción inteligente, no me extraña en absoluto su gran éxito, pues reúne mérito intrínseco suficiente. Si el autor (a quien algo conozco y mucho estimo y respeto) no lo toma a mal, yo me permitiría bromear con que sólo le faltaría entrar en el Índice de los prohibidos para alcanzar la apoteosis. Hasta pienso que el rendimiento de caja no es del todo ajeno a la liebre levantada, pues por ahí anda sin pena ni gloria una docena y media de libros más audaces, y posiblemente más dañinos. Sinceramente, chapeau.

Un detalle me ha intrigado. Hay que empezar a leer por el final. Al menos yo echaba de menos ciertos preámbulos metodológicos, hasta que los he visto a modo de Anexos. En número de ocho, esos anexos resumen las claves metodológicas con agilidad. Con demasiada agilidad, yo diría, para los alcances del lector medio. En todo caso, los anexos forman un a modo de artículo de enciclopedia clarificador. Viene a ser también un epílogo galeato, en vez de prólogo, en prevención de objeciones. ¿Por qué al final? En todo caso, podía avisarlo en la presentación.

Todo autor tiene derecho a escribir su libro. También Pagola el suyo, y en ese sentido es irreprochable. Muy distinto es que haya sido prudente. Creo que no, y creo que a sabiendas. Para un libro así, en un país así, cualquier autor más tímido y cauto se habría agenciado el paraguas de un prologuista prestigioso y a ser posible intocable. Pagola entra a cuerpo limpio. Bueno, limpio, limpio..., con 24 páginas de Bibliografía bien aprendida, que va sembrando en abundancia de notas.

Compruebo lo que ya tenía entendido. El libro consta de texto y notas a pie. Me recuerda el cuadro del Greco, el Entierro del Conde de Orgaz: abajo la tierra, arriba la gloria.

El texto de Pagola es como la gloria celeste, una homilía entusiasta donde pinta a su Jesús y se pinta a sí mismo como creyente en su Jesús. Admito sin dificultad la buena intención, el buen hacer del predicador, pero me deja frío y desinteresado en absoluto. Ya he dicho que esas lecturas no me van.

Debajo del cielo está el suelo firme, las notas. ¿Firme? No soy de los que les molesta la erudición; al contrario, siento cierta debilidad ante una mesa bien servida. Pues bien, grosso modo distingo tres tipos de notas: las aclaratorias o explicativas, las exegéticas, y las crítico-históricas. Las primeras y las segundas cumplen en cuanto a fondo y forma. De las terceras, en mi apreciación, no puedo decir lo mismo. Si el libro me interesaba muy poco por su texto homilético, con estas notas me defrauda totalmente.

De una aproximación histórica, lo menos que cabe esperar es crítica histórica. Crítica tiene que ver con ‘criterio’, discernimiento basado en argumentos objetivos de razón, no subjetivos y de autoridad. Crítica no es hipercrítica, como tampoco es asamblea de críticos. El autor, aunque muy preparado, tal vez no se fia de su propio criterio sobre temas que no ha investigado por su cuenta, y como los probabilistas de vieja escuela se parapeta detrás de un pelotón de autoridades.

«–¿Quién se dice por ahí que es el hijo del hombre? –Unos, que si Juan el Bautista; otros, que si Elías; otros, que si Jeremías, o algún otro profeta.» Ahí se me queda Pagola, enhebrando opiniones ajenas, y yo con las ganas de preguntarle: «¿Y tú, qué dices?». Porque es frustrante que asuntos cruciales, como el del cuerpo muerto de Jesús, se deje al albur de una baraja de chuletas como para pasar un examen.

La impresión que saco es de frivolidad. Impresión, no he dicho otra cosa. El ‘Jesús histórico’ –el hombre que salimos a buscar con Pagola y su linterna–, o es un fantasma, o quizá no tiene demasiado interés, una vez que contamos con ese otro Jesús en el que Pagola cree, y lo que es más, parece convencido de que es el único verdadero. A mí me puede dar lo mismo. A un catequista, en cambio, se le puede exigir que concrete un poco mejor, hasta dónde la entrada de Jesús en este mundo, y su salida de él, pertenecen a la Historia real, o a la mitología, la propaganda y la fábula.

Por eso, sin gustarme para nada la censura, debo decir que no me extraña demasiado el ‘caso Pagola’, pues al fin se trata de un clérigo sujeto a una jerarquía.
Algún admirador de don José Antonio, tras hacer unas vidas paralelas de Pagola y del jesuita Meier –el autor de ‘Jesús, un judío marginal’ (en cuatro tomazos, para cinco)–, preguntaba con retórica airada, por qué «el americano sí, y el vasco no». Hombre, no es para ponernos sarcásticos, dese usted mismo la respuesta. Pero por favor, désela sin que con Jesucristo se le enrede el obispo Munilla, la Iglesia de Guipúzcoa, las iglesias vascas ni la Provincia eclesiástica de Euskal Herría-Hegoalde.

lunes, 8 de marzo de 2010

Al margen de Pagola (1)



Al margen, en doble sentido:

1. Sin entrar en el libro de José Antonio Pagola
 
2. Mirando desde fuera el ‘caso Pagola’.

El libro es, obviamente, Jesús: Aproximación histórica (Madrid, PPC, 2007); y por ‘caso Pagola’ entiendo la reacción suscitada por esa publicación exitosa.

No entro en un libro que ni siquiera he visto, mucho menos leído. Eso sí, a través de declaraciones del autor en entrevistas de prensa, como también de reseñas y críticas fiables, y por otros respetos, creo saber de qué va. Y francamente, esta idea más o menos aproximada no me ha despertado la curiosidad de hojearlo, que no tuve a raíz de su lanzamiento.
¿A qué viene entonces ocuparme de ello? Pues a que el ‘caso Pagola’, ese sí que me llama la atención, más que el libro. Me produce sensación de déjà vu. Esto me suena. Pues y cómo no, si ya sucedió antes, más de una vez. De hecho, es una historia bastante repetida. Hace un siglo fue el ‘caso Loisy’, con el éxito de su libro El Evangelio y la Iglesia (1902). Y hace más de tres, en el XVII, el ‘caso Simon’ en torno a la Historia crítica del Antiguo Testamento (1678).

Aquí es obligada una aclaración. Por respeto a don José Antonio Pagola, no es mi intención asemejarle a estos dos autores, ni equiparar su Jesús a las dos obras maestras mencionadas. Hablo de ‘casos’. Casos de autor/libro, con polémica sobre ortodoxia, sí, pero sobre un punto concreto de la ortodoxia que se suele pasar por alto, aunque es el nudo real de la cuestión: la inspiración de la Biblia.

Richard Simon (1638-1712), sacerdote francés, fue pionero de la crítica (estudio racional) de la Biblia, tanto en sus textos como su valor histórico. Empezó con el Antiguo Testamento –la Biblia Hebrea, para entendernos–, y de entrada no con éxito, pues ‘el gran Bossuet’, consciente de que su elocuencia nada valía contra aquel ariete, hizo sus buenos oficios ante el rey Luis XIV para que la policía secuestrara la edición en rama. Hoy Simón es un gigante de la ciencia, y Bossuet (como dice con su finura Loisy) en este punto sigue siendo útil para los cursos de literatura francesa.

Simón es figura algo lejana, cosa que no puede decirse del también francés y sacerdote Alfred Firmin Loisy (1857-1940). Cito su segundo nombre, porque fue también uno de sus seudónimos. El artículo enlazado puede completarse con este otro en su lengua materna, y para una información bibliográfica habría que empezar, cómo no, por el BB-Kirchenlexikon. Por aquí nos enteramos de que, desde el principio de sus investigaciones, a Loisy le preocupó saber en qué consiste exactamente lo que antes decíamos, la inspiración. Su tesis doctoral (1884), sobre la historia antigua de este dogma, fue rechazada.
Loisy no tuvo que esperar a morirse para entrar en el panteón de los Grandes Malditos. En 1908 el papa san Pío X le declaró excomulgado vitandus, vitando al pie de la letra: «persona que hay que evitar, y que ha de ser evitada por todos». «O sea, ni dirigirle la palabra», nos prevenía el profesor de religión a medie voz, quizá por si se nos ocurría hacerlo con aquel desgraciado, fallecido unos años antes. Y es que Loisy quedó como el paradigma de la herejía más monstruosa de todos los tiempos, el Modernismo. «Ese conglomerado de todas las herejías», pasó por una ‘definición’ aceptable, ahorrando así el esfuerzo de analizarla. De haberlo hecho, a lo mejor se habría visto que su mayor inconveniente era dejar en ridículo el tinglado de la Neoescolástica.

Curiosamente, el monstruo no era ningún descreído, ni siquiera un racionalista a tiempo completo. ‘Fermín’ era un místico, que escribió para su tumba este epitafio, dirigido al Dios de Loisy: «Qui tuam in votis tenuit voluntatem» (el que a tu voluntad se agarró con sus propósitos).

Tampoco fue un teólogo liberal como A. von Harnack (1851-1930), por ejemplo, al que tanto criticó La esencia del Cristianismo (1900); por la simple razón de que Loisy se abstuvo de teologizar, autolimitado ex profeso a la investigación histórica. Historia científica, tal como él la entendía, a la luz de los hallazgos de su tiempo. Una Historia no siempre atinada y nunca definitiva; pero lo bastante sólida para llevarse por delante un escuadrón formidable de molinos de viento, y dejar casi en las pastas para siempre jamás la Teología convencional sobre Cristo y la Iglesia.
Dos gigantes, ¡y qué diferentes! Frente a la Gran Guerra, el teólogo germano fue belicista imperturbable en su optimismo teológico. El profesor francés, en cambio, derivó a cierto pesimismo sobre la intervención providente de Dios en los asuntos humanos. Era más cuestión de sensibilidades que de discrepancia racional.

Termino esta primera reflexión con una observación empírica que me parece importante.

Tres religiones hay que se llaman ‘Religiones del Libro’: judaísmo, cristianismo, islam.

Las dos primeras se basan en la misma Biblia Judía, a la que los cristianos agregan una ‘segunda parte’, o Testamento Nuevo. Esto quiere decir que aquella ‘parte primera’ es Testamento Viejo. Lo cual, amén de ofensivo para los judíos, es un oximorón, por no decir insulto a la inteligencia del Revelador, que ayer decía una cosa y hoy la contraria. He ahí la puerta de entrada a la discusión crítica interna de los textos revelados.

La tercera religión de libro se basa en el Corán, revelado por Dios al profeta Mahoma, ‘el Sello de los Profetas’, que resume, perfecciona y cierra las revelaciones anteriores.

Las tres religiones han tenido y tienen creyentes de fe pura, sin mezcla de crítica racional. Sin embargo, hay una diferencia que nunca apreciaremos lo bastante. Mientras que el judaísmo y cristianismo han conocido estudiosos críticos, incluso radicales hasta la heterodoxia y hasta el descreimiento, y se han beneficiado de ellos, en el islam no se ha dado ese fenómeno.

Tanto la ortodoxia judía como la cristiana han podido condenar a los críticos de la Biblia, pero de algún modo han reportado beneficio, y hoy en día es posible a creyentes y agnósticos situarse en terreno racional común y dialogar en un mismo lenguaje. Eso es tolerancia.
El islam, en cambio, no ha asimilado una crítica similar para el Corán, en su texto y sus contenidos. Por eso el islam es puro mahometismo, con el reloj parado en la Edad Media, mientras las otras dos religiones tienen acceso a la modernidad. Todo ello gracias a la crítica del Libro.

Al ‘buen’ musulmán que, oprimido en el arnés de la ortodoxia oficial, busque una evasión para su espíritu, le cabe el recurso a la mística. Igual que al buen judío y al buen cristiano en la misma situación. De hecho, el sufismo funciona en el Islam, hasta donde lo permita el celo de los inquisidores locales. Y aunque la mística es por defición irracional, hay místicas que por lo menos llevan a la tolerancia.

A todo esto, ¿qué es un Libro Revelado? ¿qué es revelación? ¿Qué significa exactamente ‘palabra de Dios al hombre escrita’? Planteada en el siglo XVI la gran ruptura religiosa, ni la Reforma ni la Contra hicieron crítica de una ‘definición’, mera fórmula verbal gratuita y reñida con la evidencia.

Tal vez por ahí sea posible atisbar el quid del ‘caso Pagola’, en lo que tenga que ver con el pensamiento. Si es que hay meollo de pensamiento en el asunto, y no se reduce todo a la excelencia o mediocridad de un libro, a la celotipia por su éxito y a intrigas clericales entre bastidores políticos.