Este enfoque intelectual no me impidió ver que el ‘caso Pagola’ suena también por otras implicaciones. Pero tanto suena ya por éstas, que me preguntaba y sigo preguntando si merece la pena tenerlo en cuenta para una discusión en serio.
Por ejemplo, un párroco de Vizcaya escribe en el periódico nacionalista Deia (7 de marzo):
«No entiendo la guerra que la iglesia española, que no la romana, le está haciendo a Pagola por su hermoso libro... Le tratan de hereje, concretamente de arriano.... Pagola, como él mismo lo explica, prescindiendo de su fe, que es grande, trata de llegar a lo que se puede saber de la historia del personaje Jesús de Nazaret... Si alguna de sus tesis o apreciaciones estuviese equivocada, debiera ser refutada con argumentos puramente históricos, no de fe.»
Optimista, este buen párroco. «Un obispo no discute, no refuta; condena», recuerda Loisy que dijo uno de los prelados que censuraron su libro El Evangelio y la Iglesia.
Pero sigo leyendo al señor párroco:
«No entiendo lo que está pasando con Pagola. Libros análogos al suyo, gozan de plena libertad y aceptación... [Cita varios]... ¿Por qué, pues, este ataque despiadado a José Antonio Pagola? A falta de razones convincentes, sospecho lo siguiente:»
Y aquí salen a relucir «la diócesis de San Sebatián y las diócesis hermanas, muy relacionadas, aunque divididas, como hoy, en unidades eclesiales distintas»; « la estrecha relación que había entre las diócesis vascas, incluida Pamplona»; la cuestión, al parecer pendiente, de «la creación de una provincia eclesiástica formada por las cuatro diócesis»; y en fin, el obispo Setién tocando estas cuerdas pastorales... ¡en su apología ‘Un obispo vasco ante ETA’!
Ta, ta, ta. Por ahí me pierdo. ¿Qué tiene que ver el arrianismo con el mapa de Euskal Herria? Y lo mismo me ocurre con el escrito de adhesión mayoritaria de curas de la iglesia de Guipúzcoa, más o menos los mismos que hace poco repudiaban, igualmente por escrito, la idoneidad del obispo Munilla nombrado para esa diócesis. Donde, para mayor discreción, las fuentes destacan la actividad motriz del presbítero José Ramón Treviño, condenado a prisión en 1992 por haber dado posada como a ‘peregrinos’ a unos asesinos de ETA.
Mucho mejor cariz intelectual tiene el ‘Manifiesto’ de 28 teólogos criticando a la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (el ‘Santo Oficio’ español, para entendernos coloquialmente), por su pronunciamiento sobre el libro de Pagola. Verdad es que terminan diciendo:
«Sin juzgar la intención de sus autores, la Nota de la Comisión Episcopal traspira más ganas de agredir a una persona que de defender una verdad.»
Razonamientos así son los que animan a uno a seguir tomando en serio el caso Pagola. De modo que, sin entrar en el caso, pero ahora sí en el libro, me he dado el gusto de asomarme un poco a éste, y lo he leído.
¿Y por qué no? Nunca he dicho «de esta agua... », no señor. He buscado ese ‘evangelio según Pagola’, y evangélicamente lo he hallado, aunque sólo en su primera edición. No sé muy bien, por tanto, cuáles han sido los cambios introducidos por el autor en su obra, en orden a obtener el nihil obstat del que fue su ordinario, mons. Uriarte.
Si el libro no me llamó la atención antes de conocerlo, leído me confirma que no se ha escrito para mí. O dicho con menos presunción, que no me cuento entre sus lectores adecuados.
Desde esa perspectiva, debo decir que he hallado lo que esperaba. Es un libro muy bien trazado y realizado para su público, bien escrito y lleno de unción. Con una promoción inteligente, no me extraña en absoluto su gran éxito, pues reúne mérito intrínseco suficiente. Si el autor (a quien algo conozco y mucho estimo y respeto) no lo toma a mal, yo me permitiría bromear con que sólo le faltaría entrar en el Índice de los prohibidos para alcanzar la apoteosis. Hasta pienso que el rendimiento de caja no es del todo ajeno a la liebre levantada, pues por ahí anda sin pena ni gloria una docena y media de libros más audaces, y posiblemente más dañinos. Sinceramente, chapeau.
Un detalle me ha intrigado. Hay que empezar a leer por el final. Al menos yo echaba de menos ciertos preámbulos metodológicos, hasta que los he visto a modo de Anexos. En número de ocho, esos anexos resumen las claves metodológicas con agilidad. Con demasiada agilidad, yo diría, para los alcances del lector medio. En todo caso, los anexos forman un a modo de artículo de enciclopedia clarificador. Viene a ser también un epílogo galeato, en vez de prólogo, en prevención de objeciones. ¿Por qué al final? En todo caso, podía avisarlo en la presentación.
Todo autor tiene derecho a escribir su libro. También Pagola el suyo, y en ese sentido es irreprochable. Muy distinto es que haya sido prudente. Creo que no, y creo que a sabiendas. Para un libro así, en un país así, cualquier autor más tímido y cauto se habría agenciado el paraguas de un prologuista prestigioso y a ser posible intocable. Pagola entra a cuerpo limpio. Bueno, limpio, limpio..., con 24 páginas de Bibliografía bien aprendida, que va sembrando en abundancia de notas.
Compruebo lo que ya tenía entendido. El libro consta de texto y notas a pie. Me recuerda el cuadro del Greco, el Entierro del Conde de Orgaz: abajo la tierra, arriba la gloria.
El texto de Pagola es como la gloria celeste, una homilía entusiasta donde pinta a su Jesús y se pinta a sí mismo como creyente en su Jesús. Admito sin dificultad la buena intención, el buen hacer del predicador, pero me deja frío y desinteresado en absoluto. Ya he dicho que esas lecturas no me van.
Debajo del cielo está el suelo firme, las notas. ¿Firme? No soy de los que les molesta la erudición; al contrario, siento cierta debilidad ante una mesa bien servida. Pues bien, grosso modo distingo tres tipos de notas: las aclaratorias o explicativas, las exegéticas, y las crítico-históricas. Las primeras y las segundas cumplen en cuanto a fondo y forma. De las terceras, en mi apreciación, no puedo decir lo mismo. Si el libro me interesaba muy poco por su texto homilético, con estas notas me defrauda totalmente.
De una aproximación histórica, lo menos que cabe esperar es crítica histórica. Crítica tiene que ver con ‘criterio’, discernimiento basado en argumentos objetivos de razón, no subjetivos y de autoridad. Crítica no es hipercrítica, como tampoco es asamblea de críticos. El autor, aunque muy preparado, tal vez no se fia de su propio criterio sobre temas que no ha investigado por su cuenta, y como los probabilistas de vieja escuela se parapeta detrás de un pelotón de autoridades.
«–¿Quién se dice por ahí que es el hijo del hombre? –Unos, que si Juan el Bautista; otros, que si Elías; otros, que si Jeremías, o algún otro profeta.» Ahí se me queda Pagola, enhebrando opiniones ajenas, y yo con las ganas de preguntarle: «¿Y tú, qué dices?». Porque es frustrante que asuntos cruciales, como el del cuerpo muerto de Jesús, se deje al albur de una baraja de chuletas como para pasar un examen.
La impresión que saco es de frivolidad. Impresión, no he dicho otra cosa. El ‘Jesús histórico’ –el hombre que salimos a buscar con Pagola y su linterna–, o es un fantasma, o quizá no tiene demasiado interés, una vez que contamos con ese otro Jesús en el que Pagola cree, y lo que es más, parece convencido de que es el único verdadero. A mí me puede dar lo mismo. A un catequista, en cambio, se le puede exigir que concrete un poco mejor, hasta dónde la entrada de Jesús en este mundo, y su salida de él, pertenecen a la Historia real, o a la mitología, la propaganda y la fábula.
Por eso, sin gustarme para nada la censura, debo decir que no me extraña demasiado el ‘caso Pagola’, pues al fin se trata de un clérigo sujeto a una jerarquía.
Algún admirador de don José Antonio, tras hacer unas vidas paralelas de Pagola y del jesuita Meier –el autor de ‘Jesús, un judío marginal’ (en cuatro tomazos, para cinco)–, preguntaba con retórica airada, por qué «el americano sí, y el vasco no». Hombre, no es para ponernos sarcásticos, dese usted mismo la respuesta. Pero por favor, désela sin que con Jesucristo se le enrede el obispo Munilla, la Iglesia de Guipúzcoa, las iglesias vascas ni la Provincia eclesiástica de Euskal Herría-Hegoalde.





