lunes, 16 de noviembre de 2009

De moros y cristianos



Ayer mi buen amigo Santiago González en su blog hacía pie en un comentario de Manuel Rivas, ironizando sobre el Los herejes y su sambenito, como seña de identidad católica española. La entrada de don Santiago, el 'Patrón', en su bitácora abría un debate nutrido, partiendo del velo islámico, en torno a la libertad de expresión indumentaria, de motivación religiosa. Pongo los enlaces recomendando una lectura que no defraudará, chispeante, sugerente y entretenida.
Por otra parte, las muelas de González y de Rivas son la bastante cordales como para hacer caso del refrán, y no entremeter mis pulgares a palpar qué se mascan esos dos caballeros entre ellos. Así que voy derecho al argumento.
El 29 de octubre en la Audiencia Nacional se celebraba una vista por terrorismo. En el estrado se encontraba una letrada de origen marroquí, nacionalidad española y religión musulmana, tocada con el velo islámico. Ante esto último, el juez le ordenó abandonar la sala, y apelando ella al reglamento sobre indumentaria, la respuesta del magistrado fue, que aquélla era su sala y aquél su criterio. El 11 de noviembre la letrada presentaba una queja al organismo correspondiente contra el juez, por «abuso de autoridad y discriminación».Mientras aguardo con curiosidad el desenlace, me pregunto en qué proporciones estamos hablando de religión, de cultura o de etiqueta. Una cosa es obvia: que doña Zoubida Barik Edidi –la letrada expulsada por el juez don Javier Gómez Bermúdez– lleva velo por su condición de mujer, pero no exactamente por la misma razón que usará ciertas prendas interiores, algo más relacionado con la anatomía y fisiología. El Islam sigue siendo correoso para la Alianza de Civilizaciones.

En 2004 Shirin Ebadi, iraní musulmana, galardonada con el premio Nobel de la paz, se presentaba a recibirlo sin el velo, por lo que recibió amenazas. Nada nuevo. Esta señora en 1969 era la primera mujer juez en su país, pero 10 años después la Revolución Islámica la destituyó del cargo, sin permitirle siquiera ejercer la abogacía hasta 1992. Y no me sé decir si en Irán las abogadas se personan en el estrado para defender a sus clientes de uno y otro sexo. Donde no pueden hacerlo es en Arabia Saudita, ni siquiera en causas de mujeres. Últimamente se habla de cierta apertura a las letradas del país para permitirles llevar y defender por sí casos, sólo de mujeres y en determinadas salas.
En cuanto a la judicatura civil, en árabe cadí (قاض) como nombre de oficio carece de femenino. La única 'Jueza' arábiga (qâdiyah, قاضيه), es la Parca. Sí, la Muerte. Estamos hablando del lenguaje, no de las personas, sean musulmanes, judíos o cristianos.
Tampoco hace tantos siglos que aquí doña Concepción Arenal (1820-1893) se hacía la intrusa en la Facultad de Derecho, disfrazada de varón a favor de su aspecto físico un tanto hombruno. Y lo que tuvo que oír la damisela.

«Hay que remontarse al siglo X para encontrar una Iglesia Católica comparable al Islam de hoy», escribe Santiago González. Y más se podría conceder, sin ir tan lejos. Cada religión tiene su idiosincrasia, que no deja apurar las comparaciones, así se trate del velo de las monjas, o de las cruzadas, o del papado, que algún autor musulmán (¿Aben Jaldún quizá? no recuerdo ahora) comparaba con el califato.
Además, cada religión se realiza históricamente en una secta o iglesia, con sus compromisos culturales. Del Islam se conoce bastante su origen y desarrollo, como para darle mucha beligerancia. Su clero se ha encallecido en la postura acrítica, y el problema para nosotros es hasta qué punto su cuña de intolerancia, al amparo de nuestra tolerancia, se mete en nuestras vidas. Un principio de reciprocidad sería elemental, pero no parece que los musulmanes estén por ello.

 
«Nadie obliga a una monja a ponerse el hábito. Nadie la reprime por no hacerlo.» Muy bien dicho, en presente de indicativo. Pero aquí podríamos decir lo que Cristo del divorcio: ab initio non fuit sic. He pasado muchas horas en el archivo de un ilustre monasterio femenino, estudiando ingresos de monjas desde primera mitad del siglo XIV, y no le demos vueltas, hasta tiempos muy modernos, el convento de clausura ha sido uno de los destinos impuestos a la mujer, un aliviadero donde aparcar entre rejas a hijas no casaderas, y sólo en último término un camino de perfección emprendido por vocación religiosa.
Con eso no estoy sugiriendo que el matrimonio de antes fuese una opción más libre que el claustro para la mujer. Ni siquiera para el varón. Eran acuerdos entre familias. Era la sociedad, y punto. ¡Ah!, y que nadie piense que mi investigación es hostil al estado religioso. De hecho, el libro ya a punto va dedicado a dos madres abadesas, y el manuscrito ha sido leído en su totalidad y comentado por una de ellas.

 
«Los obispos pueden excomulgar, apartar de la Iglesia a aquellos de sus fieles que no siguen sus reglas, pero no pueden encarcelarlos», sigue diciendo SG. «hacerlos encarcelar», sería más exacto, pues para esas cosas la Iglesia solía valerse del brazo seglar. Y de eso no hace tanto. En España en los años 50 un clérigo podía secularizarse. Era muy difícil, complicado, humillante. Pero sobre todo, el resultado final era un sarcasmo. Tengo ante mí una fórmula de aquella época, donde figura literalmente esta advertencia: «Sepa el interesado que la reducción al estado laical nunca se concede sino con la cláusula añadida: 'quedando firme la ley de sagrado celibato y sin esperanza de retorno al estado clerical'». Frente a esa inhumanidad gratuita, en países laicos cabía el matrimonio civil. En el régimen nacional-católico, imposible. Es más, todavía a fines de los 60, se imponía al ex clérigo el secreto de su situación jurídica, allí donde fuese conocido, y cuando empezó a autorizarse aquí el matrimonio (religioso, ¿qué otro?), había de ser en privado, sin testigos ni pompa, inscribiendo el acto en un registro especial secreto del ministerio de Justicia.
Como todo el mundo sabe, «la Verdad y el error no pueden gozar de los mismo derechos». Esta máxima cristiana desde los Padres de la Iglesia hasta el Syllabus (Pío IX, 1864) –y que podrían suscribir los ulemas en bloque– ha sido pilar y puntal de una ciencia algo trasnochada, la Apologética. ¡Apologética: la Religión a la defensiva! Con semejante principio, todo se justificaba: persecuciones, conversiones forzadas, cruzadas, inquisición… Curiosamente, como hoy en el Islam, el clero dictaba la norma, pero el pueblo secundaba, a lo que parece, con entusiasmo. ¿O se nos ha olvidado el juicio famoso de Llorente en su Memoria histórica sobre el Santo Oficio, y lo que de ese Gran Coco pensaron los españoles?: «La nación española amó, tanto como temió la Inquisición contra los herejes».
Si la Iglesia católica ya no coacciona ni persigue a nadie, alegrémonos, por ella y por nos, aunque tal vez el mayor mérito suyo en ese cambio haya sido hacer de la necesidad virtud.
Esto es lo que me cumple puntualizar, con irenismo militante, si vale la paradoja. Después de todo, este blog debe su origen a la Argos de Santiago y sus remeros, así que no me siento del todo impertinente trayendo cosas de allí que me interesan.

Bastante escéptico, por lo demás, y hasta pesimista, sobre las perspectivas de entente con un Islam tan agresivo y una sociedad nuestra tan palurda.

viernes, 13 de noviembre de 2009

De la fragua al aquelarre





Una de las aportaciones genuinamente vascas a la cultura universal es el aquelarre. La Real Academia Española en su Diccionario lo define así:

«(Del vasco aquelarre, prado del macho cabrío). 1. m. Junta o reunión nocturna de brujos y brujas, con la supuesta intervención del demonio ordinariamente en figura de macho cabrío, para la práctica de las artes de esta superstición.»

No sé si todo el mundo estará de acuerdo con eso. Por de pronto, los euscalzales o académicos vascongados con toda razón reprenderán a sus colegas de lengua española la falta de ortografía, debiendo escribir en la etimología vasca akelarre, como manda Jaungoikoa, o al menos Euskaltzaindia.

Algún quisquilloso podría también meterse con lo de «macho cabrío», pues el supuesto o real presidente de aquellas juntas no era un macho cualquiera de la especie –un cabrito, ni siquiera cabro–, sino lo que se dice de cabrón para arriba, un cabronazo.

Excuso detalles, pero no sin protestar que esos melindres son impropios de la grave ciencia lexicográfica. Con hipocresías y medias palabras, los académicos seguirían hoy en la pueril inocencia de sus antepasados, que por lo visto no supieron lo que era masturbación hasta que la Bazán, Clarín y toda su generación, buscando en el diccionario a escondidas, la echaron en falta, subsanada en 1884 de forma chapucera. Y encima, los muy ruines académicos les negaron el laurel, tanto a la Condesa –so pretexto de «no disponer de sillón a medida de sus posaderas», como a don Leopoldo por su mala letra. Pero en fin...

Cumplido ese trámite, entramos en el aquelarre propiamente dicho. Y aquí es facilísimo demostrar que los académicos, o el becario que les haya trabajado la ficha en cuestión, hablan de lo que no han visto. Sólo de oído se puede llamar al aquelarre superstición y práctica de artes demoníacas. Esto último podría pasar, pero lo otro no.

En propiedad, Aquelarre es topónimo: un lugar junto a un arroyo y una cueva en término de Zugarramurdi (Navarra), que tuvo mala fama por un proceso de brujería y auto de fe (Logroño, 1610). La primera vez que caímos por allí mi mujer y yo, hace cuarenta años, apenas nos atrevíamos a preguntar en el pueblo, por si nos corrían a pedradas. Nos pasó como con nuestro primer campo de concentración nazi, Mauthausen (Austria), que daba apuro preguntar, y luego resultó que estaba señalado y hasta con taquilla. Zugarramurdi no tenía entonces señalizado el Aquelarre. Hoy en cambio es toda una atracción turística, con su festejo evocador ya tradicional, por no decir inmemorial y milenario.

Alguno habrá que salga con que esa fiesta del chivo, tan nuestra de siempre, no se celebraba entonces por la represión franquista. Hay gente para todo. Y como hay gente para todo, mientras unos se quedan con el aquelarre festivo, otros lo viven de manera trágica, y no como superstición, sino como religión y culto nacional y patriótico.

El hecho es que, desde la transición democrática, esta forma de neo-aquelarre se propagó por el País. Primero, de forma solapada y (como en los tiempos antiguos) con nocturnidad y secreto. Luego con descaro a la luz del día.

Los resultados a la vista están. El más reciente, la encuesta de la Diputación de Guipúzcoa, revelando que en esa provincia un 16 % de jóvenes entre 15 y 19 años no acepta que ETA sea «una banda terrorista que provoca víctimas y deba ser destruida». De esa misma juventud, el 10 % legitima la violencia en ciertas circunstancias (las que se darían aquí precisamente), y al pedírseles un juicio de valor sobre la misma, la equiparan de hecho a lo que perversamente se llama «violencia estructural» (la que practica el Estado, y todo eso). Esos chicos ya no son escolares, pero algo habrá tenido que ver la escuela, más exactamente la ikastola, siendo la encuesta en Guipúzcoa. El otro día tocó hablar de la ikastola-fragua. Hoy toca lamentar la ikastola-aquelarre.

Pero no generalicemos. Es sólo un 10-16 %. Ni siquiera uno de cada cinco zagales. No vayamos a hacer como en el siglo de Zugarramurdi y la caza de brujas, cuando todos sospechaban de todos. Cuando hasta en el hogar, al bendecir la mesa, unos a otros se miraban con desconfianza. O cuando marido y mujer en la cama, si al tocarse sentían frío, temían tener al lado un íncubo o una súcuba.

Pero haberlos, hay los. Otro indicio de ello es la sentencia reciente de Estrasburgo, y la reacción airada del nacionalismo no violento. ¿A ustedes qué les va en esto, señores? Cabría entenderlo en un grupo como Aralar, que hasta hace demasiado poco no se desmarcó de la violencia terrorista.

Y hablando de Aralar. Lo propio de unos neófitos de la democracia no violenta (valga la redundancia) sería permanecer callados –como los antiguos penitentes en el último rincón del templo–, y no levantar la voz a cada paso, siempre como abogados de sus antiguos colegas en el error, y ahora despotricando contra el alto Tribunal argentoratense. Así estos beneficiarios comiciales, o herederos del electorado batasuno, descubren sin querer que algo de verdad habrá sobre los famosos aquelarres.

Una vez más, no generalicemos. Pero ni lo uno, ni tampoco lo otro. Ni hacernos los bobos ignorando una realidad ingrata, ni desesperar del remedio. Como muchos, yo también me niego a admitir que siempre hayamos sido así, comprensivos con el terror, siempre a cuestas con pancartas de gudaris y de mártires armados. Me niego, y con pruebas. La experiencia, la primera. Pero como ésta es subjetiva y puede ser ilusoria, ahí está toda una literatura de testimonios ajenos. Uno solo, y concluyo.

Últimamente he tenido que consultar la hemeroteca antañona buscando ciertos datos de aquella época tan conflictiva como fue la que trajo la guerra civil. Pues bien, por casualidad y al margen de mi búsqueda, hallo esta perla en un periódico catalán. Hablando de un inminente partido de fútbol del Barcelona frente al Athletic observaba que «el equipo bilbaíno practica un fútbol clásico y emotivo (aquí subrayo), verdadera escuela vasca, exento de violencia» (La Vanguardia, 10 de enero de 1935).

El aquelarre no era todavía fiesta nacional. Pero la ikastola, ésa sí que empezaba a ser fragua de adoctrinamiento patriótico. En la última entrada hice mención de aquellas Escuelas Vascas, como en la penúltima me referí al adoctrinamiento tendencioso en algunos textos escolares de hoy.

¿Alguna diferencia, de entonces acá? Pues sí y no. Por una parte, parece que la distorsión ya se advertía, antaño como hogaño. En otro número del mismo periódico (10 de noviembre 1934) figura esta gacetilla fechada la víspera:

«Bilbao, 9. El Gobernador Civil… Dijo también que se le había pedido la apertura de las escuelas vascas, pero que había examinado algunos textos de Historia y Geografía de los utilizados en aquellas, y como quiera que en ellos, y por una tergiversación intencionada, se aconseja la desintegración de la patria, ha dado cuenta de ello al ministro de Instrucción pública, y que por su parte él no está dispuesto a la reapertura de dichas escuelas.»

Bien. ¿Y cuál es, entonces, la diferencia? Recordemos que el I Estatuto de Euzkadi todavía no era realidad y no había base legal para el soberanismo o separatismo. Sin embargo, al velar por el orden constitucional maltratado en aquellos textos y aquellas escuelas, el celoso gobernador no halló que justificasen la vía violenta. Ojalá, de todos los textos actuales pudiese decirse lo mismo, tan comprensivos algunos con el terrorismo como respuesta a un conflicto de violencia institucional.

Lo dejamos, pues, así: medio siglo, desde la fragua al aquelarre. Sin generalizar, por supuesto.



martes, 10 de noviembre de 2009

La Fragua de Vulcano



A intervalos regulares, una consigna se nos repite, machacona: «No politizar el euskera». Uno mira a su alrededor y se dice: «¡Cómo! ¿Más todavía?» Porque lo urgente es lo contrario, despolitizarlo. No andar por ahí diciendo, por ejemplo, que «el conocimiento del euskera por todos los ciudadanos es imprescindible para la convivencia.» Lo que nos faltaba.

Conque «despolitizar el euskera.» El euskera, y tantas cosas más, que formando parte de un patrimonio supuestamente común, figuran también en el identitario nacionalista. Empezando por la escuela.

La cuestión es si esto último es posible.

El adanismo nacionalista abrió su camino inventando nombres, unas veces para cosas que no existían, otras rebautizando las existentes. ¿Actividad anodina? Ni tampoco inocua. Dar nombre a las cosas ha sido una forma de apropiárselas. Se las vacía de contenido viejo, y el día menos pensado ya están llenas de sustancia propia. Un ejemplo.

Una escuela siempre ha sido una escuela. Incluso una escola, en el vascuence escrito del siglo XVI, y muy probablemente en el hablado medieval y hasta romano. Escola: ni del español ni del francés; del latín (grecolatino clásico schola, también escrito scola sin hache).

¿Lo quieren ustedes más vasco? Un vasco fino del XVIII, Larramendi, crea icastegui, algo así como 'estudiadero', que no está nada mal, claro y expresivo. En la misma lógica creó lantegui, para decir obrador. También para esto había, en castellano y vascuence, la palabra latina fabrica, que para entonces ya tenía el sentido moderno de «el parage destinado para hacer siempre alguna cosa; como la fábrica del tabaco, de los paños» (Academia, Autoridades, t. 3, 1732). Antes, sin embargo, 'fábrica' era sinónimo de edificio, en especial si era grandioso o suntuoso (recordar, 'La fábrica del cuerpo humano', obra maestra de Vesalio, 1543). La misma idea arquitectónica hizo llamar 'fábrica de navíos' al astillero (sitio de apilar astillas o maderos), afrancesado como a(s)telier, y de ahí > taller.

En el mismo Siglo Ilustrado, al lado de icastegi, probaba suerte icasteche, casa de estudio. O sea que no faltaba en vascuence cómo decir 'escuela', desde la elemental y de primeras letras, hasta los estudios superiores,

Pero viene Adán-Sabino al Paraíso Terrestre –o mejor, como en la Apocalipsis, «ecce nova facio omnia»–, y venga neologismos en cadena. De igual modo que una cosa es bandera (cualquier bandera), y otra exclusiva nuestra la ikurriña, así también hay que distinguir de la escuela común, o escola, la nuestra propia, que será otra cosa diferente si le ponemos otro nombre: ikastola.

En este nombre que parece compuesto, fijémonos en el segundo elemento, ola. En rigor significa ferrería o fragua, y por extensión, a comienzos del siglo XX se aplicó a talleres y fábricas. Que, por cierto, todo el mundo llamaba ya así, fabricac (fabrikak).

Nadie discute la propiedad y belleza de la metáfora fabril aplicada a la escuela: no mero dispensario frío de nociones y saberes, sino forja de hombres y ciudadanos. Y ojalá esa hubiese sido la inspiración que guió al patriota que creaba ese término (1897), más vivaz que otro neologismo suyo de entonces, el insípido ikastetxe (1899).

Aunque crear, Arana por esta vez no creó de la nada. Incluso dicen que estropeó con esa letra t lo que ya existía, ikasola, otro de los inventos del ingenioso Larramendi. Por otra parte, desconozco si el lexicógrafo jesuita pensaba en la misma metáfora, o si en vez de la ferrería vascongada, su -ola era simplemente la terminación de esc-ola.

Sea como fuere, lo que se impuso fue la ikastola sabiniana. Bien entendido que en sus primordios no era todavía 'escuela vasca'. Sólo un sucedáneo de eskola. Se llegó a decir por ejemplo erdal ikastola, un lexema casi contradictorio hoy en día.

Bien. Pues con la bonanza económica que nos vino de la Gran Guerra, hacia 1916 la filantropía nacionalista se vuelca en las ikastolas ya como pequeños talleres de recuperación del vascuence. Y años después (1922), abnegadas señoritas se transmutan en andereños o maestras de las nuevas escuelas vascas.

El sueño de Arana llenará su palabra, ikastola, plenamente bajo la II República. Una vez me llevaron mis padres a ver las nuevas ikastolas estrenadas en unos barracones, junto al Parque de Bilbao creo recordar. Me parecieron bonitas, pero no las cambiaba por mi escuela municipal de Concha. Ni hablar.

(¡Ah, 'la Concha'! Con aquellas duchas públicas debajo del patio de recreo. 'Mi' escuela. Nuestra maestra doña Elvira... Aquella mañana, a la entrada de clase, la maestra estaba terminando de escribir con la tiza en la pizarra: «Hoy es el primero de mayo de 1935». Letra inglesa, elegante. Como la propia doña Elvira... Asistí a su homenaje muchos años después. Ella dijo que me recordaba; pero vaciló, creo que no era cierto...

Antes, en las Escuelas de Ibaizábal, había tenido otra maestra excelente, doña Antonia. Represaliada luego por nacionalista. Si lo era, en la escuela se lo reservó. El día que se izaba bandera –la española republicana, obviamente– la buena señora estuvo junto a nosotros poniendo silencio, ejemplo mudo de civismo… Doña Antonia era corpulenta en la foto que nos sacaron a todos endomingados… ¡Ay Señor, pero si estoy divagando!)

La República de Euzkadi no tuvo oportunidad de implantar su ideario, aunque lo aireó a su gusto con todos los medios de la propaganda de entonces. Después, en la escolaridad del franquismo, la verdad es que no eché en falta una educación positiva hacia lo vasco. Todos los niños estábamos orgullosos de ser de Bilbao, de Vizcaya, vascos, y nadie nos lo afeó o nos indujo a no estarlo. Fuera de aquí, como aquí o incluso mejor. Los vascos estábamos bien vistos entonces, cuando el nacionalismo no tenía el poder.

El giro autonómico ha mostrado a toda una generación la cara oculta de un nacionalismo poderoso. El área de Educación ha sido aquí el Jardín de las Delicias para el nuevo frente patriótico. Jardín o huerto experimental de extremistas sedicentes 'de izquierda', con impulso desde la propia Consejería. Y con dinero. Antes el que creía y quería era nacionalista, gratis y por amor. Ahora es cobrando, o sea que a lo mejor ni se cree.

Ni extraña ni espanta que el nacionalismo haya usado ese poder para sus fines, que haya sacado provecho. Lo que deja atónito es la frescura de repetirnos que todo, absolutamente todo cuanto han hecho –hasta los experimentos más aventurados, o el currículo vasco del último consejero– ha sido por consenso de la ciudadanía, y poco menos que a remolque de «esta sociedad».

¿Que en estas tres décadas de euforia se haya podido colar de matute algún episodio de adoctrinamiento, en alguna que otra ikastola, y en otra, y en doce docenas?... Tampoco generalicemos. Nos referimos tan sólo a los que toman la metáfora fabril de la ikastola demasiado al pie de la letra. Como aquel abogado de LAB que repite, y vuelve a repetir: «Las ikastolas deben tomar parte en el debate por la construcción nacional».

De ahí el enfado de nuestros pintorescos sindicalistas patriotas, al percibir que se les enfría un poco la fragua. Nuestro reportero gráfico de hoy recoge la escena. El dios laureado, el alcahuete del Olimpo, hace saber al buen Herrero que su señora doña Consejería, le ha cornificado:

–¿Con el PNV?
–¡ Con el PP!
Madarikatua! ¿Zer deabrua, qué hago yo ahora con esta armadura a la medida, que concertamos? Ahí la ves, lista para probar.
–Pues lo siento, amigo Vulcano, pero es lo que hay.
Arraioa! ¡Te va a ver esa sorra, cuando yo le eche el guante!

En efecto, a la primera convocatoria de consenso, Vulcano y sus Cíclopes sindicales aberzales, como un solo herrero, darán plante a la Consejera infiel.

–Ah, y otra cosa (Apolo haciendo mutis): que con la crisis, este curso se llevarán armaduras ultraligeras, sin yelmo ni coraza, coselete, coquillera y demás panoplia. Tampoco hay pasta para armas ofensivas ni defensivas.
–¿Y la fragua?
–Educando, que para eso se paga.