viernes, 13 de noviembre de 2009

De la fragua al aquelarre





Una de las aportaciones genuinamente vascas a la cultura universal es el aquelarre. La Real Academia Española en su Diccionario lo define así:

«(Del vasco aquelarre, prado del macho cabrío). 1. m. Junta o reunión nocturna de brujos y brujas, con la supuesta intervención del demonio ordinariamente en figura de macho cabrío, para la práctica de las artes de esta superstición.»

No sé si todo el mundo estará de acuerdo con eso. Por de pronto, los euscalzales o académicos vascongados con toda razón reprenderán a sus colegas de lengua española la falta de ortografía, debiendo escribir en la etimología vasca akelarre, como manda Jaungoikoa, o al menos Euskaltzaindia.

Algún quisquilloso podría también meterse con lo de «macho cabrío», pues el supuesto o real presidente de aquellas juntas no era un macho cualquiera de la especie –un cabrito, ni siquiera cabro–, sino lo que se dice de cabrón para arriba, un cabronazo.

Excuso detalles, pero no sin protestar que esos melindres son impropios de la grave ciencia lexicográfica. Con hipocresías y medias palabras, los académicos seguirían hoy en la pueril inocencia de sus antepasados, que por lo visto no supieron lo que era masturbación hasta que la Bazán, Clarín y toda su generación, buscando en el diccionario a escondidas, la echaron en falta, subsanada en 1884 de forma chapucera. Y encima, los muy ruines académicos les negaron el laurel, tanto a la Condesa –so pretexto de «no disponer de sillón a medida de sus posaderas», como a don Leopoldo por su mala letra. Pero en fin...

Cumplido ese trámite, entramos en el aquelarre propiamente dicho. Y aquí es facilísimo demostrar que los académicos, o el becario que les haya trabajado la ficha en cuestión, hablan de lo que no han visto. Sólo de oído se puede llamar al aquelarre superstición y práctica de artes demoníacas. Esto último podría pasar, pero lo otro no.

En propiedad, Aquelarre es topónimo: un lugar junto a un arroyo y una cueva en término de Zugarramurdi (Navarra), que tuvo mala fama por un proceso de brujería y auto de fe (Logroño, 1610). La primera vez que caímos por allí mi mujer y yo, hace cuarenta años, apenas nos atrevíamos a preguntar en el pueblo, por si nos corrían a pedradas. Nos pasó como con nuestro primer campo de concentración nazi, Mauthausen (Austria), que daba apuro preguntar, y luego resultó que estaba señalado y hasta con taquilla. Zugarramurdi no tenía entonces señalizado el Aquelarre. Hoy en cambio es toda una atracción turística, con su festejo evocador ya tradicional, por no decir inmemorial y milenario.

Alguno habrá que salga con que esa fiesta del chivo, tan nuestra de siempre, no se celebraba entonces por la represión franquista. Hay gente para todo. Y como hay gente para todo, mientras unos se quedan con el aquelarre festivo, otros lo viven de manera trágica, y no como superstición, sino como religión y culto nacional y patriótico.

El hecho es que, desde la transición democrática, esta forma de neo-aquelarre se propagó por el País. Primero, de forma solapada y (como en los tiempos antiguos) con nocturnidad y secreto. Luego con descaro a la luz del día.

Los resultados a la vista están. El más reciente, la encuesta de la Diputación de Guipúzcoa, revelando que en esa provincia un 16 % de jóvenes entre 15 y 19 años no acepta que ETA sea «una banda terrorista que provoca víctimas y deba ser destruida». De esa misma juventud, el 10 % legitima la violencia en ciertas circunstancias (las que se darían aquí precisamente), y al pedírseles un juicio de valor sobre la misma, la equiparan de hecho a lo que perversamente se llama «violencia estructural» (la que practica el Estado, y todo eso). Esos chicos ya no son escolares, pero algo habrá tenido que ver la escuela, más exactamente la ikastola, siendo la encuesta en Guipúzcoa. El otro día tocó hablar de la ikastola-fragua. Hoy toca lamentar la ikastola-aquelarre.

Pero no generalicemos. Es sólo un 10-16 %. Ni siquiera uno de cada cinco zagales. No vayamos a hacer como en el siglo de Zugarramurdi y la caza de brujas, cuando todos sospechaban de todos. Cuando hasta en el hogar, al bendecir la mesa, unos a otros se miraban con desconfianza. O cuando marido y mujer en la cama, si al tocarse sentían frío, temían tener al lado un íncubo o una súcuba.

Pero haberlos, hay los. Otro indicio de ello es la sentencia reciente de Estrasburgo, y la reacción airada del nacionalismo no violento. ¿A ustedes qué les va en esto, señores? Cabría entenderlo en un grupo como Aralar, que hasta hace demasiado poco no se desmarcó de la violencia terrorista.

Y hablando de Aralar. Lo propio de unos neófitos de la democracia no violenta (valga la redundancia) sería permanecer callados –como los antiguos penitentes en el último rincón del templo–, y no levantar la voz a cada paso, siempre como abogados de sus antiguos colegas en el error, y ahora despotricando contra el alto Tribunal argentoratense. Así estos beneficiarios comiciales, o herederos del electorado batasuno, descubren sin querer que algo de verdad habrá sobre los famosos aquelarres.

Una vez más, no generalicemos. Pero ni lo uno, ni tampoco lo otro. Ni hacernos los bobos ignorando una realidad ingrata, ni desesperar del remedio. Como muchos, yo también me niego a admitir que siempre hayamos sido así, comprensivos con el terror, siempre a cuestas con pancartas de gudaris y de mártires armados. Me niego, y con pruebas. La experiencia, la primera. Pero como ésta es subjetiva y puede ser ilusoria, ahí está toda una literatura de testimonios ajenos. Uno solo, y concluyo.

Últimamente he tenido que consultar la hemeroteca antañona buscando ciertos datos de aquella época tan conflictiva como fue la que trajo la guerra civil. Pues bien, por casualidad y al margen de mi búsqueda, hallo esta perla en un periódico catalán. Hablando de un inminente partido de fútbol del Barcelona frente al Athletic observaba que «el equipo bilbaíno practica un fútbol clásico y emotivo (aquí subrayo), verdadera escuela vasca, exento de violencia» (La Vanguardia, 10 de enero de 1935).

El aquelarre no era todavía fiesta nacional. Pero la ikastola, ésa sí que empezaba a ser fragua de adoctrinamiento patriótico. En la última entrada hice mención de aquellas Escuelas Vascas, como en la penúltima me referí al adoctrinamiento tendencioso en algunos textos escolares de hoy.

¿Alguna diferencia, de entonces acá? Pues sí y no. Por una parte, parece que la distorsión ya se advertía, antaño como hogaño. En otro número del mismo periódico (10 de noviembre 1934) figura esta gacetilla fechada la víspera:

«Bilbao, 9. El Gobernador Civil… Dijo también que se le había pedido la apertura de las escuelas vascas, pero que había examinado algunos textos de Historia y Geografía de los utilizados en aquellas, y como quiera que en ellos, y por una tergiversación intencionada, se aconseja la desintegración de la patria, ha dado cuenta de ello al ministro de Instrucción pública, y que por su parte él no está dispuesto a la reapertura de dichas escuelas.»

Bien. ¿Y cuál es, entonces, la diferencia? Recordemos que el I Estatuto de Euzkadi todavía no era realidad y no había base legal para el soberanismo o separatismo. Sin embargo, al velar por el orden constitucional maltratado en aquellos textos y aquellas escuelas, el celoso gobernador no halló que justificasen la vía violenta. Ojalá, de todos los textos actuales pudiese decirse lo mismo, tan comprensivos algunos con el terrorismo como respuesta a un conflicto de violencia institucional.

Lo dejamos, pues, así: medio siglo, desde la fragua al aquelarre. Sin generalizar, por supuesto.



martes, 10 de noviembre de 2009

La Fragua de Vulcano



A intervalos regulares, una consigna se nos repite, machacona: «No politizar el euskera». Uno mira a su alrededor y se dice: «¡Cómo! ¿Más todavía?» Porque lo urgente es lo contrario, despolitizarlo. No andar por ahí diciendo, por ejemplo, que «el conocimiento del euskera por todos los ciudadanos es imprescindible para la convivencia.» Lo que nos faltaba.

Conque «despolitizar el euskera.» El euskera, y tantas cosas más, que formando parte de un patrimonio supuestamente común, figuran también en el identitario nacionalista. Empezando por la escuela.

La cuestión es si esto último es posible.

El adanismo nacionalista abrió su camino inventando nombres, unas veces para cosas que no existían, otras rebautizando las existentes. ¿Actividad anodina? Ni tampoco inocua. Dar nombre a las cosas ha sido una forma de apropiárselas. Se las vacía de contenido viejo, y el día menos pensado ya están llenas de sustancia propia. Un ejemplo.

Una escuela siempre ha sido una escuela. Incluso una escola, en el vascuence escrito del siglo XVI, y muy probablemente en el hablado medieval y hasta romano. Escola: ni del español ni del francés; del latín (grecolatino clásico schola, también escrito scola sin hache).

¿Lo quieren ustedes más vasco? Un vasco fino del XVIII, Larramendi, crea icastegui, algo así como 'estudiadero', que no está nada mal, claro y expresivo. En la misma lógica creó lantegui, para decir obrador. También para esto había, en castellano y vascuence, la palabra latina fabrica, que para entonces ya tenía el sentido moderno de «el parage destinado para hacer siempre alguna cosa; como la fábrica del tabaco, de los paños» (Academia, Autoridades, t. 3, 1732). Antes, sin embargo, 'fábrica' era sinónimo de edificio, en especial si era grandioso o suntuoso (recordar, 'La fábrica del cuerpo humano', obra maestra de Vesalio, 1543). La misma idea arquitectónica hizo llamar 'fábrica de navíos' al astillero (sitio de apilar astillas o maderos), afrancesado como a(s)telier, y de ahí > taller.

En el mismo Siglo Ilustrado, al lado de icastegi, probaba suerte icasteche, casa de estudio. O sea que no faltaba en vascuence cómo decir 'escuela', desde la elemental y de primeras letras, hasta los estudios superiores,

Pero viene Adán-Sabino al Paraíso Terrestre –o mejor, como en la Apocalipsis, «ecce nova facio omnia»–, y venga neologismos en cadena. De igual modo que una cosa es bandera (cualquier bandera), y otra exclusiva nuestra la ikurriña, así también hay que distinguir de la escuela común, o escola, la nuestra propia, que será otra cosa diferente si le ponemos otro nombre: ikastola.

En este nombre que parece compuesto, fijémonos en el segundo elemento, ola. En rigor significa ferrería o fragua, y por extensión, a comienzos del siglo XX se aplicó a talleres y fábricas. Que, por cierto, todo el mundo llamaba ya así, fabricac (fabrikak).

Nadie discute la propiedad y belleza de la metáfora fabril aplicada a la escuela: no mero dispensario frío de nociones y saberes, sino forja de hombres y ciudadanos. Y ojalá esa hubiese sido la inspiración que guió al patriota que creaba ese término (1897), más vivaz que otro neologismo suyo de entonces, el insípido ikastetxe (1899).

Aunque crear, Arana por esta vez no creó de la nada. Incluso dicen que estropeó con esa letra t lo que ya existía, ikasola, otro de los inventos del ingenioso Larramendi. Por otra parte, desconozco si el lexicógrafo jesuita pensaba en la misma metáfora, o si en vez de la ferrería vascongada, su -ola era simplemente la terminación de esc-ola.

Sea como fuere, lo que se impuso fue la ikastola sabiniana. Bien entendido que en sus primordios no era todavía 'escuela vasca'. Sólo un sucedáneo de eskola. Se llegó a decir por ejemplo erdal ikastola, un lexema casi contradictorio hoy en día.

Bien. Pues con la bonanza económica que nos vino de la Gran Guerra, hacia 1916 la filantropía nacionalista se vuelca en las ikastolas ya como pequeños talleres de recuperación del vascuence. Y años después (1922), abnegadas señoritas se transmutan en andereños o maestras de las nuevas escuelas vascas.

El sueño de Arana llenará su palabra, ikastola, plenamente bajo la II República. Una vez me llevaron mis padres a ver las nuevas ikastolas estrenadas en unos barracones, junto al Parque de Bilbao creo recordar. Me parecieron bonitas, pero no las cambiaba por mi escuela municipal de Concha. Ni hablar.

(¡Ah, 'la Concha'! Con aquellas duchas públicas debajo del patio de recreo. 'Mi' escuela. Nuestra maestra doña Elvira... Aquella mañana, a la entrada de clase, la maestra estaba terminando de escribir con la tiza en la pizarra: «Hoy es el primero de mayo de 1935». Letra inglesa, elegante. Como la propia doña Elvira... Asistí a su homenaje muchos años después. Ella dijo que me recordaba; pero vaciló, creo que no era cierto...

Antes, en las Escuelas de Ibaizábal, había tenido otra maestra excelente, doña Antonia. Represaliada luego por nacionalista. Si lo era, en la escuela se lo reservó. El día que se izaba bandera –la española republicana, obviamente– la buena señora estuvo junto a nosotros poniendo silencio, ejemplo mudo de civismo… Doña Antonia era corpulenta en la foto que nos sacaron a todos endomingados… ¡Ay Señor, pero si estoy divagando!)

La República de Euzkadi no tuvo oportunidad de implantar su ideario, aunque lo aireó a su gusto con todos los medios de la propaganda de entonces. Después, en la escolaridad del franquismo, la verdad es que no eché en falta una educación positiva hacia lo vasco. Todos los niños estábamos orgullosos de ser de Bilbao, de Vizcaya, vascos, y nadie nos lo afeó o nos indujo a no estarlo. Fuera de aquí, como aquí o incluso mejor. Los vascos estábamos bien vistos entonces, cuando el nacionalismo no tenía el poder.

El giro autonómico ha mostrado a toda una generación la cara oculta de un nacionalismo poderoso. El área de Educación ha sido aquí el Jardín de las Delicias para el nuevo frente patriótico. Jardín o huerto experimental de extremistas sedicentes 'de izquierda', con impulso desde la propia Consejería. Y con dinero. Antes el que creía y quería era nacionalista, gratis y por amor. Ahora es cobrando, o sea que a lo mejor ni se cree.

Ni extraña ni espanta que el nacionalismo haya usado ese poder para sus fines, que haya sacado provecho. Lo que deja atónito es la frescura de repetirnos que todo, absolutamente todo cuanto han hecho –hasta los experimentos más aventurados, o el currículo vasco del último consejero– ha sido por consenso de la ciudadanía, y poco menos que a remolque de «esta sociedad».

¿Que en estas tres décadas de euforia se haya podido colar de matute algún episodio de adoctrinamiento, en alguna que otra ikastola, y en otra, y en doce docenas?... Tampoco generalicemos. Nos referimos tan sólo a los que toman la metáfora fabril de la ikastola demasiado al pie de la letra. Como aquel abogado de LAB que repite, y vuelve a repetir: «Las ikastolas deben tomar parte en el debate por la construcción nacional».

De ahí el enfado de nuestros pintorescos sindicalistas patriotas, al percibir que se les enfría un poco la fragua. Nuestro reportero gráfico de hoy recoge la escena. El dios laureado, el alcahuete del Olimpo, hace saber al buen Herrero que su señora doña Consejería, le ha cornificado:

–¿Con el PNV?
–¡ Con el PP!
Madarikatua! ¿Zer deabrua, qué hago yo ahora con esta armadura a la medida, que concertamos? Ahí la ves, lista para probar.
–Pues lo siento, amigo Vulcano, pero es lo que hay.
Arraioa! ¡Te va a ver esa sorra, cuando yo le eche el guante!

En efecto, a la primera convocatoria de consenso, Vulcano y sus Cíclopes sindicales aberzales, como un solo herrero, darán plante a la Consejera infiel.

–Ah, y otra cosa (Apolo haciendo mutis): que con la crisis, este curso se llevarán armaduras ultraligeras, sin yelmo ni coraza, coselete, coquillera y demás panoplia. Tampoco hay pasta para armas ofensivas ni defensivas.
–¿Y la fragua?
–Educando, que para eso se paga.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Están que [adoc]trinan




No sé si es ya correcto seguir diciendo 'Gobierno Vasco', desde que el de Patxi López tira a dar en la mismísima diana de la vasquidad. La Consejera de Educación Isabel Celaá ha declarado su intención de acabar con el «adoctrinamiento nacionalista».

Ayer veíamos cómo el nacionalismo vasco en bloque rechazaba la imputación y se la devolvía airadamente: No, señora, eso una provocación y una excusa para imponer su «adoctrinamiento español». Hoy leemos que «el PNV convertirá el euskera y la educación en dos de los ejes de su labor opositora». Más destemplados, «Los sindicatos nacionalistas plantan a Celaá por su gestión "autoritaria"».

No entremos a esos trapos, que es pérdida de tiempo y humor. Por mi parte, aprovecho la ocasión para mi deporte favorito, el significado y sustancia de las palabras.

¿Qué es adoctrinar? Según la Real Academia Española, «instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias.»

Ese verbo fue reconocido por la Academia desde 1780. Antes se decía doctrinar, que hoy se usa menos: «enseñar o disciplinar a alguno que se pretende instruir». Tampoco es muy usado el moderno indoctrinar, seguramente prestado del inglés indoctrinate. Todo viene a ser lo mismo, y se refiere a doctrina.

El sustantivo doctrina (del latín doctrina) tiene varias acepciones, las más corrientes estas tres:

1. f. Enseñanza que se da para instrucción de alguien.
2. Ciencia o sabiduría.
3. Conjunto de ideas u opiniones religiosas, filosóficas, políticas, etc., sustentadas por una persona o grupo. Doctrina cristiana, tomista, socialista.

En la disputa que nos ocupa, nos quedamos con la tercera, enriqueciendo los ejemplos del Diccionario con los dos de palpitante actualidad: doctrina nacionalista(vasca, española) y doctrina españolista.

Cualquiera ve que esas definiciones no tienen carga peyorativa. Adoctrinar, como enseñar, no es en sí bueno ni malo, verdadero ni falso. Decir que se adoctrina a los escolares no es ningún reproche, es sólo pura tautología. La edad escolar es, por definición, la etapa de la vida más adecuada para la instrucción y adoctrinamiento. ¿Puede eso ser malo? Depende del contenido o doctrina, así como de las circunstancias de personas, tiempos y modos de adoctrinar.

Y aquí es donde se empieza a percibir un tufo abusivo, y hasta un pestazo, cuando el adoctrinador importuno invade la intimidad, explota la buena fe, recurre a la extorsión etc., sobre todo si lo hace desde posiciones de ventaja o adoctrina a menores. Creo que por ahí van los tiros en esta querella del adoctrinamiento.

Llevo en este mundo –sin mérito por mi parte– bastantes más años que la gran mayoría de disputantes en activo. Quiere decir que, también sin merecerlo (tampoco buscarlo) he sido adoctrinado en ideas y opiniones de lo más variopinto, desde mi primera escolaridad republicana laica y catequesis católica, pasando por la República de Euzkadi y las etapas de una dictadura larga y cambiante. La nueva democracia me alcanzó en edad bien madura, pero en edad de escuchar y seguir siendo adoctrinado, ahora sobre todo por los políticos, todos ellos adoctrinadores profesionales. Y aunque todavía me queda mucho por aprender, tengo bien claro lo que es un adoctrinador, es más lo huelo a doscientas leguas.

Deseoso de ver hasta qué punto ha podido excederse la Consejera en su expresión, no puedo evitar entrar en el otro objeto de reproche a su proyecto de reforma educativa: el euskera. Porque el adoctrinamiento real o supuesto, en la etapa escolar, se ha hecho mayormente en lengua vasca.

Cualquier progenitor o abuelo que haya ojeado los textos escolares de hoy ha podido notar cómo adelantan las ciencias, pero sobre todo qué disfraces extraños adoptan entre nosotros para el público infantil. Hojeando una vez un libro de mi nieto, me quedé perplejo ante un río llamado allí Ebro, aunque más parecía Guadiana, según se comportaba a su paso por las autonomías, aflorando en Euskadi, Navarra, Cataluña, pero sin nacimiento ni tramos intermedios. Más que cosa de indocumentados, parecía de beodos o sonados. Luego vi de qué se trataba: adoctrinamiento.

Y así en otras materias. En un libro de lengua castellana casi todas las lecturas o textos para análisis eran traducciones. Traducciones del inglés, y hasta del catalán. Por lo visto, carecemos de clásicos. Todo era tan absurdo, que hasta pensé si sería una pedagogía nueva, en la línea mayéutica socrática, como en el juego de descubrir errores. ¡Qué va! Adoctrinadores en el peor sentido, y encima sonados.

Apreciación o aprensión mía, ahí lo dejo para remitirme a fuentes más enteradas. Por ejemplo, este Informe sobre Libros de Texto de Educación Primaria en el País Vasco. 'El adoctrinamiento nacionalista entre los 8 y los 12 años' (septiembre 2006).

– ¡Alto ahí! Ese documento emana de la Secretaría de Educación del PP…

– Bien, ¿y qué? Del Partido Popular del País Vasco. Gente de aquí, no un «enemigo secular del Pueblo Vasco», que diría Tasio Erkizia. En todo caso, lo que nos importa son los datos, sin los comentarios o juicios de valor. Además, se comparan textos escolares de distintas editoriales, aprobados todos por la Consejería.

Recomiendo el documento porque lo veo objetivo. He aquí algunos hechos:

«El mapa de Euskal Herria es convertido en mapa político, en mapa del paleolítico y en mapa del tiempo atmosférico…»

«Mapas de la península ibérica (no de España) –físico, de ríos, de climas, densidad poblacional...– en los que únicamente se establecen las fronteras de Portugal, Francia y Euskal Herria (sin decir siquiera qué diferencia a Euskal Herria de Portugal)…»

«Mapas políticos de la península ibérica en los que aparecen las comunidades autónomas españolas y Portugal pero en ellos se evita escribir la palabra España que continúa proscrita…»

«Finalmente, aparecen dos mapas políticos de Europa en los que, por vez primera, se cita España. Esto ha de tener un efecto extraño en alumnos que llevan cuatro años estudiando Euskal Herria en exclusiva. Por ello el editor se permite corregir el mapa de la Europa Política con la presentación de un mapa étnico en el que Europa y España quedan divididas en distintas etnias.»

El área de Historia no sale mejor parada. Sí; esa Historia que la Consejera quiere convertir en Historia de España. Resumiendo, para no cansar: «Se trata de plasmar la existencia –ininterrumpida- de Euskal Herria a lo largo de la Historia. En unas ocasiones solo existían –en Francia y la península– francos, euskaldunes y visigodos. En otras, al parecer, tan sólo árabes, euskaldunes y francos.»

Las aberraciones históricas y geográficas se complementan con otras lingüísticas, siempre en la misma corriente de exclusivismo identitario:

«Señales de tráfico exclusivamente en euskera, sin traducción al castellano, como exigiría una voluntad real de implantar el bilingüismo.»

«La balconada de un ayuntamiento presidida por la ikurriña, en ausencia de la bandera nacional, y por lo tanto incumpliendo la Constitución y las leyes en materia de símbolos nacionales».

En suma, hay textos con visto bueno oficial que, unos más, otros menos, según la clientela, adoctrinan a los escolares en clave nacionalista vasca. Algunos lo hacen con descaro sectario, concretamente los de las editoriales Erein y Elkarlanean. También, aunque «en menor grado», Edelvives. ¡Edelvives! Me lo profetizan hace 50 años, o unos pocos más, cuando la editorial de los Maristas se llamaba F.T.D., y no me lo creo.

Una guinda para la tarta:


«Cartel de bienvenida al pueblo de Usurbil, instalado por el propio ayuntamiento, con intenciones y resultado amenazante: "Cuidado, aquí somos euskaldunes". Resulta tan sorprendente la presencia de semejante cartel en un libro escolar, que lo hemos llevado a la portada de este informe.»

Yo también lo traigo aquí. Es impropio para libros escolares autorizados por un Gobierno. Pero es que, además, el informe del PP Vasco se queda corto con el cartelito. Olvida la doble admiración del Kontuz!!, y suaviza una expresión algo fuerte, por no decir desagradable. No dice simplemente hemen euskaldunak gara (aquí somos euskaldunes), sino euskaldunak gaituk, interpelando de tú (masculino), algo así como «Aquí nos tienes tú, tío, vascohablantes». Lo que con un hemen no bien definido y, sobre todo, con ese kontuz!! armado con dos estacas surte efecto inquietante. Forastero, ya sabes cuál es la lengua que aquí se gasta. ¿Dónde? ¿en Usurbil, en el País Vasco...? Aquí.

La que se gasta, o la que se debe gastar. Ayer un lector nos dejaba aquí mismo un comentario muy interesante sobre ciertos usos de policía interna en centros de enseñanza guipuzcoanos, donde los hábitos lingüísticos individuales son objeto de seguimiento especial. Un seguimiento digno de comisariado político, y no menos digno de juzgado de guardia. Algo similar se da en ayuntamientos, pero quédese para otra ocasión. Baste por hoy haber argumentado que lo del adoctrinamiento nacionalista escolar no son figuraciones.