lunes, 13 de julio de 2009

Sexo y seso



Anteayer no tuve humor para escribir ni una línea, impresionado por la tragedia de Pamplona. Todavía bajo el efecto de la compasión, vuelve a mostrarse el callejón del encierro sanferminesco en toda su barbarie.

El bruto no sólo deja a su víctima herido de gravedad, sino que le quita donosamente los pantalones hasta dejarle culo al aire a vista del mundo entero. Si se tratase de una secuencia de dibujos animados, sería de carcajada. De hecho, si por ventura cualquiera de esos infelices tiene mujer e hijos, y un día repasan todos en familia el vídeo de la cogida, quién sabe, hasta puede que les dé la risa nerviosa. Aunque también podría haber algún pequeño que se avergüence del loco de su padre. De momento, es más para sentir lástima, deseando a todos los heridos el alta feliz y pronta.

Dicho así, no suena muy fino, lo reconozco. Pero es que no sabría expresar de otro modo toda la repugnancia mezclada de desprecio que me produce esa 'fiesta' y rito de vesania colectiva. Porque tiene que haber algo contagioso, en ese barullo multitudinario de hombres y toros. Más algunas mujeres, que nadie se lo prohíbe, salvo la sensatez femenina para declinar estos trances absurdos. Una fiesta que este año, el 25 de mayo, fue nominada candidata a la decena selecta de tesoros que constituyen el 'Patrimonio Cultural Inmaterial' de España. En fin, mejor no seguir hablando de lo que uno no entiende ni lleva en el corazón.

Quisiera 'cambiar el tercio'; pensar en cosas divertidas, curiosas. Estos días se ha celebrado mucho la salida de la política donostiarra Leire Pajín Iraola, sobre la 'masculinidad' del Producto Interior Bruto (PIB). Eso, y la andanada que trajo de chistes sobre los sexos y sus ventajas relativas, me pilló con un libro recién empezado, abierto precisamente por una página donde decía: Femina sexu, ingenio vir. Es la inscripción que figura en el monumento de la landgravesa Carolina de Hesse-Darmstadt (1752-1782), una urna funeraria que le dedicó su amigo Federico de Prusia en Darmstadt. Forzando el juego de palabras se puede traducir, como para una tarjeta de identidad: «Sexo: Hembra; Seso: Varón». Un elogio perfectamente serio entonces, imposible hoy en día.

En el Imperio Romano, por consideraciones filosóficas, el sexo viril se distinguí como sexus melior, aunque ya en el siglo I un Musonio Rufo defendió la equipolencia, especialmente en cuanto a educación y estudios.

Qué sexo es mejor, díganlo los que probaron los dos en plenitud, los hermafroditas simultáneos, y sobre todo los sucesivos. Ah, pero no los trásfugas al uso que salen en los periódicos, sino los transexuados de verdad.

¿Los hubo acaso? Uno de los argonautas, Ceneo, antes había sido mujer con el nombre de Cenis, y como tal fue raptada y desflorada por Neptuno. Cuando el dios le ofreció estrena para compensarla, ella le pidió la mutación viril. Se sentía ofendida, incluso bastante jodida, diríamos, y no tenía ganas de volver a verse en otra igual. Y en efecto, «mejoró de sexo». Y no sólo en cuanto a sexu (aunque en la nave Argos se guardó la máxima discreción, sin tocarse jamás el tema), sino en todo lo demás, porque Ceneo fue uno de los lapitas caídos con honor en la pelea contra los centauros. Al menos eso fue lo que contó Néstor a sus compañeros aqueos en la sobremesa de un banquete, aprovechando una tregua delante de Troya, y lo recoge Ovidio en las Metamorfosis. Una mudanza tan rápida, dice el poeta, que la petición iniciada por Cenis con su voz de vicetiple, terminó saliendo de su garganta en tesitura grave de barítono a bajo profundo. Ni hormonas ni trucos.

La supuesta excelencia del sexo viril no es sólo cosa de gentiles. También la cultura judeocristiana ha preferido al varón. Eva, según el Génesis, fue saludada por su marido con este protopiropo: «¡Virago!» (algo así como 'tiorra'). El Testamento Viejo no escatima las féminas viragos: Jael, Judit y otros nombres, más alguna anónima, como aquella lanzadora de piedras de molino desde la muralla sobre los atacantes, la que le acertó a Abimelec (2 Samuel, 11: 21). Para el Sabio, la mujer ideal es la 'mujer fuerte'. La que sabe llevar el PIB masculino de la casa, mientras su afortunado marido charla de política y juega a los enigmas con los demás notables todo el santo día, a la puerta de la ciudad.

San Pablo, como judío, recuerda que Dios hizo a la mujer a partir de Adán, y no viceversa. El día 9 de Av, todo buen judío recita una letanía donde bendice a Dios por una serie de favores: «Bendito seas, Señor…, por no haberme hecho gentil (nokrí); por no haberme hecho esclavo; por no haberme hecho mujer». Ellas, por su parte, introducen un pequeño cambio: «Bendito sea el Señor, por haberme hecho como le dio la gana (kirtzono).

Por lo visto, ayer tocaba coincidencias sobre el verdadero sexo de las mujeres. Lo de Carolina lo cuenta Kotzebue en su viaje De Berlín a París en 1804, que se tradujo para la Colección Austral. Es libro entretenido de un autor arrinconado, del que doy enlace inglés. El castellano de Wikipedia es infumable, copiado de la Espasa. Mejor hubiesen tomado el artículo de la vieja Hispano Americana, que también es de dominio público y está bien.

Bueno, pues casualidad que, de la misma colección Austral, abro a continuación curioseando otro libro de viajes, el Viaje a los Pirineos de Taine, y mira por dónde, a propósito de la madre de Enrique IV, doña Juana III de Albret , reaparece al pie de la letra el elogio supremo: «princesa que no tenía de mujer sino el sexo, el alma entera entregada a cosas viriles…» (Aubigné). Prueba de ello, haber atravesado toda Francia para cumplir su promesa de parir en el castillo de Pau. Y encima dicen que «cantaba ella una cántico bearnés cuando echó al mundo a Enrique de Navarra», el futuro rey de Francia. ¡Ya, ya! Una bruja es lo que era la señora, que al morir como hereje (1572), su alma en pena se convirtió en una segunda Holda, la salvaje Cazadora de la Noche, y bien que lo sabían todos los curas del País Vasco al norte y al sur de los Pirineos.

Por cierto, interesante el libro de Taine. Otro rato valdrá la pena releer en él una estampa antigua de Bayona. La que algunos tienen por «la más vasca de las ciudades de Euskal Herria» (otros ponen a San Juan de Luz, da lo mismo para el caso), bien poco tenía de vasca en tiempos del Príncipe Negro. ¡Qué indiferente es Clío, que cruel para con nuestros dulces engaños!

jueves, 9 de julio de 2009

Euskañol


Un amable lector me invitaba ayer −me retaba, más bien– a estudiar el fenómeno del euskañol, que como él dice, y creo que con fundamento, es «lo que se habla en los institutos, en los autobuses y ¡qué decir de los parques!...». Con el agravante de ser «lo que se fomenta desde las clases de euskera de los institutos». En definitiva: el 'ahozko euskera' (vascuence 'de boca', o mokosuena) de la muchachada bilbaína.

Creo, mi querido Sr. Topillo, que no voy a poder complacerle. Llevo vida solitaria incluso cuando estoy en la Villa de Don Diego López. Conque imagíneme usted ahora perdido en una aldea de un valle de lágrimas en las Montañas de Burgos; repartido el tiempo entre libros viejos y música en esta casona, más algo de huerto; y caminar por la ribera arriba sosegada, sin ver alma humana, hasta la presa del Molino Caído, donde el remanso invita a la meditación; otras veces a oriente, hasta la iglesita románica del que fue vetusto monasterio; o tal vez perdiéndome entre las breñas, arroyos y cascadas de esta sierra, más fragosa de lo que a primera vista parece; o en fin, llegada la noche, con buen cielo, asestando el telescopio a los accidentes lunares, o a más lejanas esferas…

Amigo mío, el masoquista nace, no se hace, ni se enmienda jamás. Y este su servidor nació masoc acérrimo. Figúrese, yo mismo me guiso lo que como, como los padres del yermo, como los Antonios y Pablos, Macarios y Pafnucios que conozco por un álbum de grabados, tal como los describe la Leyenda Dorada en su prosa hagiográfica, o en la suya pagana Anatole France. Frugal mi colación, como la de aquéllos monjes; aunque, más frágil yo que ellos, alivio mi ascesis con los caldos que la celosa y fiel bodega doméstica lleva a su justa madurez.

Y como los propios anacoretas egipcios; o (¿para qué ir tan lejos?) como sus imitadores de aquí mismo, en eremitorios medievales que se divisan desde la ventana, yo también tejería cestos, si a mano tuviese los mimbres. Esos mimbres tan mentados en la retórica política, tan caros a los Ardanza, Ibarretxe, Imaz, Egibar, Urkullu, cada uno con su haz a cuestas en la laura peneuvita repitiendo: «con estos mimbres…». ¡Qué expresión tan original y tan gráfica! ¡Cuán socorrida en Internet! ¡Qué gran verdad, que quien hace un cesto hace ciento, si le dan mimbres y tiempo!

En este rincón de la ancha Castilla donde, obediente al dedo índice de Arzalluz, me escondo a comer el pan del autoexilio, al otro lado (es decir, a éste) de la muga; en medio de un populo barbaro, que en su rudeza ni sabe lo que es guerra de banderas o guerra de lenguas, casi me avergüenzo de no languidecer como Ovidio en el Ponto Euxino, lejos de Roma. Sí, señor; debería sentirme más bruto que el mismísimo Maquivelo en su destierro de San Casciano, apartado de Florencia −como se retrató él mismo en carta famosa a su amigo y protector Vettori–, sin otra ventaja a mi favor que la que media entre verano e invierno.

Porque, en efecto, era diciembre de 1513. El año de El Príncipe. Y qué cerca se siente aquí a micer Nicolás en esta casona burgalesa. Por entonces debió de conocerle el humanista castellano que la construyó, frecuentador sin duda de Santa María Novella, en cuyo Cappellone de los Españoles más de un rico burgalés yace enterrado. En todo caso, algún enamorado de la Florencia azul y oro, pues al labrarse el escudo no se le ocurrió cosa mejor que copiar la giralda del Palazzo Vecchio.

Y bien, en estas condiciones extremas agobiado, se me pide nada menos que un estudio filológico sobre las últimas novedades del dialecto neovasco de la juventud bilbaína…

Amigo mío, déjeme decirle una cosa. Aquí delante de casa, junto a la escuelita que fue, sobre la ribera del río, veo a la chiquillería jugando. Todos ellos son oriundos de aquí, pero todos residen en Bilbao, y por tanto prácticamente todos son euskaldunas.

Me dirá: «Ahí tiene usted, Belosticalle, la materia prima para mi encargo». Pues créame, siento defraudarle. Ni este año, ni los anteriores, ni jamás de los jamases les he oído una sola palabra en vascuence. Menos mal que no soy euskaltzale forofo perdido, porque sería como para atarme yo mismo al pescuezo el Azkue más las Obras Completas de Sabino Arana, y entonando el Gora ta gora arrojarme al agua de cabeza, donde cubre.

Pero ya que le veo aficionado a conocer mis opiniones –que no quiere decir guiarse por ellas–, déjeme desengañarle por una sola vez. Ese euskañol que me invita a investigar, aunque en verdad lo desconozco por las razones expuestas, tampoco me parece ninguna tragedia y hasta me suena a cosa de toda la vida.

El humor creativo y lúdico de los jóvenes siempre ha sido irreverente hacia el protocolo académico, máxime si se les toca las narices con nimia severidad. Si una lengua no les gusta, la deshacen y se montan otra nueva. Corruptio unius, generatio alterius, que decía Aristóteles: una lengua se pudre, otra nace de ella por generación espontánea. Euskaltzaindia y el Gobierno Vasco se lo han buscado.

Cuentan que en los seminarios de antes, donde se daba latín, era obligatorio hablar en esta lengua un día a la semana (creo que los jueves), so pena de chivatazos y castigos. ¡Y vaya si se hablaba latín! Pero no hace falta decir de qué clase, pedestre y culinario, más que traduciendo calcando las expresiones castellanas, con resultados ingeniosos y hasta superchistosas, como hoy se dice en superlativo.

Aquí delante tengo un librito que lo demuestra. Es el Quijote, macarrónicamente latinizado por un 'cura de misa y olla'. No otro que el erudito arqueólogo don Ignacio Calvo (1864-1930), que aunque en efecto era presbítero cuando lo publicó –en 1905, con gran éxito por cierto–, lo escribió como castigo siendo seminarista.

Tranquilícese, amigo mío; estoy con usted. Tiene usted razón en que el lenguaje de nuestros jóvenes deja mucho que desear, más por ignorancia que por vigor creativo. Si encima, como usted dice, es lo que sus profesores de vascuence les enseñan, o les ríen las gracias, pues qué quiere que le diga, a lo mejor tenía razón Tontxu Campos, y hay que llamarle de nuevo, para que esos pobres muchachos puedan un día llevarse un chusco de pan vasco a la boca.

Como decía el maestro de la Crotalogía en uno de sus axiomas: «de tocar las castañuelas, mejor tocarlas bien que tocarlas mal». Pues el euskera lo mismo. Y el latín, catalán o castellano, o lo que la autoridad mande.

Mande usted también lo que quisiere (menos eso) a este su affmo. s. s. q. e. s. m.

lunes, 6 de julio de 2009

Ganar el cielo, perder el suelo

Los euskaldunberris y lo irracional (2)




Hace un par de entradas me entretenía con un librito de encuestas, agrupadas aquí bajo el epígrafe, 'Los euskaldunes y lo irracional'. No hacía falta explicitar la alusión y homenaje al libro clásico de E. R. Dodds, Los griegos y lo irracional, traducido al castellano hace medio siglo. Eso mismo me ponía a cubierto de sospecha hostil. Si unas gentes tan admirables como los antiguos griegos pudieron adoptar puntos de vista 'primitivos' e irracionales, sin menoscabo de su mérito como pioneros del pensamiento racional, tampoco es para escandalizarse de que unos enamorados de la lengua vasca se comporten como chocholos, con más corazón que seso al ponderar los méritos de su euskara maitea. No, si lo malo de sus caprichos es que siempre salen caros, a pagar entre todos, y sus fantasías terminan haciéndonos la puñeta. Como eso de fomentar que hablemos vascuence hasta en la alcoba, sólo para que a ellos no les falte quien les dé conversación.

Una de las personalidades encuestadas en el libro de X. Kintana y J. Tobar era la conocida filóloga vasca y sociolingüista bilbaína Karmele Rotaetxe. Su intervención en el libro tiene dos rasgos distintivos: es una de dos que vienen sin fotografía (la otra es la de Daniel López Moreno), y es también una de las dos más escuetas (junto a la de Hendrike Knörr Borrás). Lo primero no tiene importancia, no siempre hay fotomatón a mano. Lo segundo tal vez respondía al modo de ser de la encuestada, mujer de pocas palabras, aunque bien elegidas, por lo que personalmente la he tratado (siempre en terreno profesional). Ahora bien, en el caso presente también se advierte cierta brusquedad final, y hasta corte a los encuestadores (pág. 121):

−¿Alguna anécdota que añadir?
–Sí. Para llevar adelante una encuesta como esta hace falta un equipo de pedagogos y lingüistas. En la situación en que estamos, hay que pedir la máxima ayuda a todos y cada uno.

Pero prescindiendo de ese desplante (si lo hubo) a unos mozalbetes una generación más jóvenes, y quién sabe, a lo mejor un algo presumidos, esto es lo que aquí nos importa (pág. 120):

Aunque los abuelos sabían vascuence, los padres ya lo tenían perdido. El marido sabe algo, aunque muy poco. No tiene niños.

−¿Cuándo y por qué empezó a estudiar vascuence?
–Empezar, alrededor de 1955. Sabiendo otras lenguas, hube de echar en falta la mía propia.

Otra vez, y otra más: 'mi lengua propia'. Una lengua que mis padres tienen olvidada, si es que llegaron a aprenderla. Una lengua prácticamente desconocida entre la juventud de Bilbao en los años 50. Una lengua que prácticamente descubro cuando ya poseo otras, empezando por la materna, el castellano... Con todo, el vascuence, '¡mi lengua!'. Lo cual se puede decir con pleno derecho, con total sinceridad, con entusiasmo y hasta con orgullo. Sólo un detalle: que no es racional. Sigamos:

−¿Problemas con el aprendizaje?
–Sí, cuando quería practicar lo aprendido.

Otra vez la paradoja comunicativa: se aprende una lengua 'viva', amén de 'propia', para 'vivirla en común', y luego resulta que no se tiene con quién practicarla.

−¿Qué es para ti el vascuence, y para qué sirve?
Debería ser nuestro idioma. Hoy en día, más que un medio de expresión, un medio de comunicación.

Nótese el «debería ser», imprescindible. Pero le han preguntado qué es y cuál es su utilidad. Y obviamente, en un desierto vascongado, para la euscaldumberri solitaria de los 50-70, aislada de los demás anacoretas lingüísticos, la nueva 'lengua propia' malamente puede ser vehículo de comunicación, reducida como tal lengua a la efusión íntima del soliloquio y de la satisfacción de un deber cumplido. No me burlo, no ironizo. Estamos en el limbo de lo irracional, eso es todo.

            *** *** ***

Karmele Rotaetxe, catedrática emérita de Lingüística y Sociolingüística en la UPV y académica honoraria de Euskaltzaindia, es conocida por sus trabajos y dedicación a la lengua vasca. También tiene biografía de alcance en la Wiki, aunque sólo en vascuence, por lo que veo, en esa línea de cerrazón euscaldunizante, que tampoco puede calificarse de racional. Pues bien, saco a colación aquella vieja encuesta de 1975, porque ayer mismo nuestra autora ha publicado en El Correo un artículo sobre 'Políticas lingüísticas' (sic, en plural), de curiosa lectura.

Comienza con una cita 'evangélica', al menos en su empaque: «¿Qué le aprovecha al irlandés, o al vasco, ganar Astrofísica, si pierde el gaeltacht, o el caserío?» (J. A. Fishman, 1998). 'Gaeltacht', 'caserío', vendría a ser lo mismo: el dominio territorial de una y otra lengua. Con gran diferencia: esa área irlandesa de hegemonía gaélica es muy reducida, con unas 85.000 almas (como mucho), en un país no sujeto a presión brutal, como la de aquí, en pro de la lengua 'débil'

Suponiendo que la autora haya captado el paralelismo bíblico con Mateo 16: 26, con todo, pongo mi traducción del inglés porque la suya no la veo certera. En todo caso, el libro trata de sociolingüística, y en eso ella es experta, yo no, que ni siquiera lo he leído. En cuanto al mensaje, estamos bastante de acuerdo en una cosa al menos: en lo que la política lingüística euscaldunizadora tiene de irracional.

Hoy día en euskera batua se puede hablar de cualquier tema. El euskera científico ha tenido denodados y sacrificados creadores. Remunerados bien o mal, pero al menos reconocidos. También ha habido no menos sacrificados autores de textos en castellano o inglés, saqueados y plagiados a conciencia por los primeros, sin percibir derechos, ni siquiera menciones en letra de molde, más allá de un lip service superficial. Hemos visto nacer, crecer y fijarse léxico neovasco y expresiones canónicas para casi todo. Es lo que viene a decir la parábola: el vascuence ha ganado la astrofísica, el universo científico entero. Bien, ¿y qué, si ha perdido el alma, si esa lengua de laboratorio no se entiende con la calle? «La extensión del euskera en ese nivel superior, aunque aporte prestigio a la lengua, no le da vitalidad.»(Rotaetxe)

Como sociolingüista, la autora ve el vascuence, si no en peligro, sí en dificultad real, y ello porque «no hay monolingüismo vasco ni en Euskadi ni, probablemente, en ningún sitio». Y eso no se arregla tirando dinero, ni en Euskadi, ni seguramente tampoco en Navarra o Iparralde (la glosa es mía).

Cita también, como fuente de problema para el vascuence, «la Constitución de 1978, que fija el 'deber de conocer' para el español, y remite al Estatuto donde se señala 'el derecho de usar' para el euskera. El efecto en quien no sienta el valor simbólico del vasco es de indiferencia hacia su uso cuando no de oposición». 'El valor simbólico del vasco': Nuevamente el recurso a lo irracional. Como irracional me suena (aunque respetable, y hasta entrañable), el remate del artículo: «Me cuento entre quienes han dedicado mucho tiempo al euskera y querría poder emplearlo en mi ciudad. Me gustaría también dejar de oír que la lengua que no tiene más país que este nuestro para manifestarse y vivir es un enfermo terminal que no acaba de morir.»

Aquí lo dejo, para no aburrir más. Paso por alto la propuesta de la autora, favorable a un batúa simplificado, algo así como un prákrito a la vasca, frente al euskosánscrito imposible e invicto, de curso legal. Doña Karmele sabe muy bien lo que se trae, pues su tesis doctoral con Mitxelena versó sobre el vascuence hablado en Ondárroa, que no era precisamente batua, ni para un EGA. Pero no, señora, déjelo estar. Más experimentos, ni con gaseosa.

¿Escucharemos algún día, los no entusiastas, una buena razón racional, siquiera una –¡por favor, que no sea la 'construcción nacional'!–, para seguir aguantando (y pagando a escote) este trance agónico, de caliginoso futuro?