jueves, 25 de junio de 2009

Los euskaldunberris y lo irracional (o lo que va de ayer a hoy)





Ordenando unos libros viejos en mi desván, remanece uno olvidado. Su fecha: 1975. Su título: Euskaldun berriEKIN EUSKARAZ ('Con nuevos vascongados, en vascuence'). Autoría: Askoren artean, pone en la cubierta, 'Entre muchos'; un kolektibo, como ahora se dice.

En efecto, era un conjunto de repuestas a una inkesta (encuesta) dirigida a nuevos euskadunes, que lo eran entonces, con tres preguntas básicas:

  1. ¿Cuándo y por qué empezó usted a aprender vascuence?
  2. ¿Qué es y de qué sirve para usted el vascuence?
  3. ¿Cómo ve usted el porvenir del vascuence?

No hay análisis de resultados, por tanto, tampoco interpretación de los mismos ni conclusiones o propuestas de futuro. Es, por así decirlo, la encuesta como género literario. O más prosaicamente, como pretexto para crear conciencia y estado de opinión, todo ello dirigido, en la línea del agitprop en la izquierda abertzale de entonces.

No era un libro anónimo. Todas las respuestas eran personales, con ficha de cada autor y su retrato. Además, en portada interior figuraban dos autores de un prólogo, en realidad un 'A modo de prólogo-manifiesto de los moderadores', con la prevención (entre paréntesis): bizkaitar erara, 'a la manera bizkaitarra'. Estos autores de la idea, autoencuestados también ellos mismos, viven todavía: Xabier Kintana Urtiaga (Bilbao, 1946- ), escritor y académico de la Real de la Lengua Vasca, secretario de la Docta Casa, y Joseba Tobar Arbulu (Santurce, 1945- ), ingeniero industrial y experto en economía, profesor de la UPV.

La dedicatoria es intraduciblemente clara: A los que se esfuerzan por hacer nuestro país cada vez más Vasco, cada vez más País. Aproximo así los términos respectivos, que son obviamente Euskal y Herria. Aprovecho también para aclarar que la versión castellana de textos o citas es mía, siendo yo responsable de las inexactitudes y errores de interpretación, con la venia y mi respeto a cada uno de los autores, vivos y difuntos.

Hay un lema inaugural de Arturo Campión que dice: "Entonces me avergoncé de llevar en las venas sangre euskalduna, y no saber la lengua original de los euskaldunes." Y cierra el libro Joan Clavería (1636; sic, por 1666), con el comienzo de su famosa invectiva en verso contra Garibay y Echabe,«porque siendo euskaldunes, escribieron sus 'historias' en castellano»:


Bvrlatzen naiz Garibaiez,
Bai halaber Etchabez,
Ceñac mintçatu baitire
Erdaraz Escaldunez.

Ecen cirenaz guerostic,
Escaldunac hec biac,
Escaraz behar cituzten
Eguin bere historiac.


Es de notar que esta última cita del cura suletino viene sin comentario alguno (sólo modernizando la ortografía), como si lo más natural del mundo hubiese sido publicar Esteban de Garibay su magno Compendio historial (1570-1572) en vascuence, y otro tanto el pintor y ensayista zumayés Baltasar de Echabe, afincado en el Nuevo Mundo, sus Discursos de la antigüedad de la lengua cántabra Bascongada (Méjico, 1607), donde plasmaba la tesis tubalina y vascoiberista postulada por el historiador mondragonés. Ya el padre Luis de Villasante (1961) puso de relieve el inconveniente literario de la pretensión de Clavería, y hasta el imposible físico de darle gusto.

En aquel tiempo, los autores publicaban para ser leídos y entendidos. Más o menos, como ahora, cuando no media la pasta gansa de la subvención. Otra cosa eran los repiques de campanario. Aquella academia levítica provinciana, benemérita y plácida, floreciente en el Bajo Pirineo a favor de vientos políticos muy especiales, tal vez tomaba demasiado a la letra la apertura del Euskara al mundo, cantada con énfasis poético por Etchepare, cuando su mundo eusquérico se reducía al pusillus grex parroquial, con sus devocionarios y lecturitas piadosas. 'Apertura al mundo': suena campanudo. Un desiderátum todavía no resuelto, a pesar del derroche de medios materiales, pues de poco sirve que una lengua minoritaria quiera abrirse al universo, si el universo conoce apenas su existencia, como para plantearse su influjo y utilidad. ¿Decirle al mundo, qué?

Como digo, es un trabajo-encuesta. En la página 35 figura el formulario de la misma, dirigida a euskaldunberris de diversa laya e ideología; con un aviso final: en previsión de la censura, los propios autores procedan a autocensurarse.

En efecto, aunque el librito aparece en diciembre de 1975 –Franco acababa de morirse el 20 de noviembre−, el prólogo de los dos autores lleva fecha algo anterior: 14 de junio. La transición política inminente ni siquiera se adivina en toda la obra, cuyas páginas se van rellenando en los inciertos estertores de una dictadura terminal. El 'prólogo-manifiesto' venía a coincidir, a pocas fechas de diferencia, con la creación de la 'Plataforma de Convergencia Democrática' (11 de junio 1975). Recordemos, el 27 de septiembre, el fusilamiento de cinco disidentes, tres del FRAP y dos de ETA, en un clamor internacional y enorme tensión interna.

Hay un detalle que no se debe pasar por alto. En el título, en la palabra euskaldunberri, el componente berri (nuevo) viene escrito separado y ostentosamente aspado con una cruz roja de San Andrés. En efecto, llama la atención esa tachadura y rechazo del calificativo berri, aplicado a los que aprenden vascuence como lengua adquirida, no materna ni, por lo general, temprana. Este tipo de misterios y criptogramas, tan del gusto vascongado, tendrá su explicación en el prólogo-manifiesto. Sencillamente, a los autores no les gusta ese remoquete de 'euskaldunes nuevos', que les recuerda el retintín de 'cristianos nuevos', mal vistos por los cristianos viejos de gruesa enjundia. Sin embargo, claro está que asumen su condición de nuevos, y hasta de abanderados de una causa vasca desamparada por la apatía de los propios euscaldunes.

Empieza el manifiesto haciendo breve historia del euscaldumberrismo, atestiguado al parecer desde el siglo XVII en Francia, con las figuras, siempre sacerdotales, de E. Materre y S. Puvreau. No más numerosa se presenta la misma afición a las letras vascas en el XVIII, con otros dos o tres nombres, J. Etxeberri, Mogel y el irlandés Meagher. El XIX luce ya una constelación eximia, todos extranjeros: Humboldt, Bonaparte, Van Eys, Schuchard, Vinson, Webster, Dogson, Uhlenbeck, Mucho menos brillante, la luciérnaga doméstica: Campión, Arana Goiri, Unamuno, Urquijo.

Por fin, la era actual se adorna con los nombres de Olabide, Arraindiaga, Lizardi, P. Lafitte, Umandi, J. Mirande, F. Krutwig, G. Aresti, Txillardegi y Peillen, «sin olvidar entre éstos a Norbert Tauer y René Lafon». En suma, la gran plétora de euscaldumberris agresivos, que esto sí que es otra cosa. Orillando a los pocos extranjeros, incluidos más a título de 'amigos de lo nuestro' que de 'nuestros', el pretexto de la encuesta ofrece una muestra representativa, algo así como la punta del iceberg del renaciente euskaldunismo. Como siempre, los silencios son elocuentísimos. Va a romper una nueva ola que, según el manifiesto, se caracteriza por su actitud dinámica frente al eusquera, en comparación con los simples 'vascos':

«Nosotros mismos, que al revés de algunos, somos incrédulos en cuanto a un origen celeste de la raza vasca, aplicamos el nombre de basco a los que siendo hijos de euskaldunes desconocen el vascuence»; los también llamados euskaldunmotz (Azkue), algo así como euskaldunes recortados, circuncidados o castrados.

Sólo el vasco que posee la lengua piensa en vasco y es consciente de su propia 'euscaldunía', a diferencia del deseuskaldunizado, que sólo retiene su 'vasquía' –¡pues eso faltaba!− y es, por así decirlo, un producto degenerado (produktu endekatu)... Pero no todo está perdido para éste. ¿Solución? Recuperar la lengua. Con ella el vasco recobra aquella condición original perdida, la euscaldunía. Ese es el milagro, que naturalmente sólo se da en los vascos de origen.

El que no es ni siquiera vasco, ése también puede aprender vascuence, y llegar a dominarlo tan bien o mejor que el oriundo. Mas nunca será lo mismo, porque nuestro chico aplicado no vasco adquiere algo, el idioma (que no es poco), pero ahí se acaba todo para él, pues al no ser vasco, el infeliz nada tiene que recuperar. Eso sí, ya es hora de barrer ese mito moderno del vascuence difícil o imposible. Dificultad o facilidad especialmente llevadera para el vasco de sangre, por aquello de 'la dulzura del pezón materno'. En verdad (y aquí ya desbarro por mi cuenta), el recurso al racismo celeste huelga. Con el terrestre hay más que de sobra.

No me voy a entretener en disecar el 'manifiesto'; no tengo espacio ni tiempo para hacerlo ahora. Después de todo, se trata de la misma experiencia de transfiguración vivida por el padre fundador, Sabino Arana, cuando (dice el texto) por fin se animó a quitarse la hoja de parra que le tapaba su vergüenza de euzkotarra bastardo, regenerándose a través de la lengua ancestral.

Como decía al principio, un libro olvidado. ¿Lo tendrán olvidado también sus autores? En todo caso, recordarlo debe provocarles gran ataque de risa:¡Qué ingenuos éramos! ¡Qué chorradas discurríamos para dar un aura trascendental a una cosa tan simple como es estudiar un idioma! A menos que… el vascuence sea algo más que un idioma: el idioma, nuestra esencia y razón de ser euskaldunes.

¿Cómo y por qué se aprendía vascuence bajo el franquismo?

Muchos de los encuestados recuerdan pertenecer a familias resentidas de la pérdida del vascuence. Así, motivaciones aparte, casi nunca falta un sentimiento culpable y una voluntad de redención. Hay algo de 'conversión' en ello. En algún caso, como el de Hendrike Knörr Borrás, reconversión tras recaída: «¡A la quinta, la vencida!» Y va y se encierra –'inmersión', que se dice hoy−, hasta salir euskaldunizado.

Otra característica muy compartida es el autodidactismo. Leyendo testimonios –incluido el del autor principal, Xabier Kintana, el más extenso y minucioso de todos, con gran diferencia−, vienen a la mente experiencias incluso anteriores, cuando el autodidacta, tras agenciarse su Zamarripa y demás bártulos, hincaba el diente a las manzanas del árbol de Martín y ordeñaba (siempre gramaticalmente) la vaca del hijo del vecino.

Las razones que movieron a los nuevos quijotes a su aventura parecen sinceras, aunque llevan aureola. Hay quien al parecer 'oyó voces', la llamada del bosque primigenio, del caserío. Se habla de 'deber de raza', de 'proyecto de pueblo', incluso de 'prestigio social' de lo vasco (frente a la situación de las generaciones anteriores)… En esto último, no se reconoce lo mucho que este incipiente 'prestigio' debía de hecho al dictador; sobre cuyos hombros recae en exceso la culpa de haber sido poco menos que el primer causante de la regresión del vascuence. Otro día entraré más por menudo en estas y otras razones en pro del euskera, todas ellas igualmente irracionales. Señalaré aquí la baja frecuencia de una motivación primaria racional, casi exclusiva de los aficionados foráneos: la curiosidad científica del propio vascuence dialectal como fósil lingüístico solitario.

Lejos estaban nuestro pioneros de sospechar la bonanza que se les venía encima. Ya en plena fiebre del oro, con el viejo legado ancestral sublimado a la categoría de fuente de ingresos y medio de vida, aquel quijotismo juvenil hará sitio a un sentido práctico envidiable, a favor de una política lingüística de Cucaña.

Sorprendente. Ni uno solo de los encuestados aduce una razón práctica para su aventura. Nadie dice, por ejemplo: «Decidí ponerme a estudiarlo por motivo profesional. Mi vocación era de profesor de vascuence. Pensé que como médico, abogado, tendero, guardia municipal etc., esa lengua podría ser de utilidad.» Las razones de hoy, por lo visto, no lo eran ayer. Decir en tiempos de Franco que se aprendía euskera por si mañana otro día, en Euskadi, fuese necesario para obtener un puesto de trabajo, habría sido realmente peligroso, no tanto por la represión como por la camisa de fuerza. Hoy esa es la respuesta más socorrida. También la más lógica y racional, en las circunstancias presentes y por absurdo que parezca. Después de todo, la situación masoquista que aguantamos hoy es la prevista por Sabino Arana para su república ideal, Euzkadi: pan y trabajo, sólo para el que lo pida en vascuence.

Nos preguntamos, entonces, cómo se pudo pasar en tan breve tiempo de una situación romántica, quijotesca, minoritaria, incluso elitista que reflejan las diferentes opciones de esta encuesta, a la situación creada por la Ley de Normalización lingüística, con sus intérpretes talibanescos y sus apremios de normalización, de inmersión, de imposición…

En unos pocos años es imposible que toda una población heterogénea dé media vuelta, para convertir en obligación general y yugo para todos, lo que hasta el fin de la Dictadura era opción minoritaria, idealista, desinteresada... Esas cosas no ocurren, y menos por sí solas, y en beneficio de unos pocos. Tuvo que haber y hubo, en efecto, una voluntad de cambio, pero no en la sociedad, sino en grupos de presión que supieron imponerla, mediante el juego político del toma y daca, sonsacando al conjunto del Estado español la aprobación de unas leyes de ámbito local nunca explicadas a los propios interesados.

Una clave nos la da de forma desinteresada el otro autor del libro, Joseba Tobar. El apellido, salva la variante gráfica, es el mismo de otro gran vascólogo que fue Antonio Tovar, no sé si euscaldumberri; de todas formas, no incluido en la encuesta ni mentado entre los representantes de la nueva ola. Es también el apellido Tovar/Tobar castellano, enlazado con los Velasco/Belasco, por ejemplo en el Marquesado de Berlanga, que trajo sordomuditos. Pues bien, prestemos atención a este breve mitin de despedida de Joseba Tobar, sobre el futuro activo de la lengua vasca:

«La situación actual del euskara, por lo que toca a estima social, es mejor que la de años anteriores. Ahí están esos 10.000 estudiantes que aprenden euskara, y los 35.000 niños de ikastolas, un buen testimonio. Ahora bien, no nos engañemos: el euskara no vivirá si no se da un cambio total en cuanto a la situación legal. Algunos, y no sólo desde las izquierdas, proclaman que el bilingüismo mismo no sería un punto de partida suficiente, pues atribuir al euskera una mera situación de igualdad equivaldría a justificar su retroceso hasta ahora respecto al castellano, y de facto, su posición de vasallaje. ¿Es demasiado pedir que la lengua de casa sea en casa la 'primera lengua'?»

Qué temores podía infundir a los autores del libro la censura franquista, con tanto niño escolarizado en vascuence, es algo que no se me alcanza. Si esto era autocensurarse, la cosa no debía de andar muy achuchada. En todo caso, bien se ve que unas opiniones muy particulares sobre un proceso, que bien podríamos comparar a una 'reacción endergónica', de muy improbable desarrollo espontáneo, se materializaron de forma catalítica, con celeridad nunca vista y, por supuesto, sin pedir permiso a la sociedad. Es decir que,

  1. o bien esas ideas eran comunes en la sociedad plural, sin que ésta se percatara y, lo que es más, sin que los propios ideólogos tuvieran de ello noticia;
  2. o bien (lo que es infinitamente más verosímil), en los foros de decisión política de la transición, sobre el tema lingüístico en particular, hubo transacciones y arreglos en que se prescindió por completo de todo remilgo democrático.

Sea como fuere, a vista del resultado, mejor que los versos injustos de Clavería para cerrar el libro habría estado el lema de Etchepare (1545) –el mismo que ayer veíamos atribuido por la filóloga eusquérica y ex consejera de Cultura Miren Azkarate a «Axular, en 1645, creo»−:

Debile principium melior fortuna sequatur.
(A débil principio, mejor fortuna suceda.)

Seguiremos con el tema.



domingo, 21 de junio de 2009

El ‘conflicto’: he ahí el conflicto



No todo en ETA es lógica, pero alguna hay. Después de todo, tampoco en la lucha contra ETA faltan ramalazos carentes de toda lógica, y hasta de sentido común.

La lógica insensata etarra es capaz de aprovechar su peculiar celebración aniversaria de uno de sus mayores 'éxitos', la masacre indiscriminada en Hipercor de Barcelona (1987), para empezar a cumplir su nueva amenaza de ofensiva 'a sangre y fuego', como ha hecho al pie de la letra, abrasando vivo al inspector de policía don Eduardo Puelles (q. e. p. d.). Ha sido la respuesta de la banda terrorista al cambio de gobierno en Euskadi, con la sustitución de un lendacari mirado por ellos como adversario, aunque 'blando' y al fin nacionalista, por otro inaceptable, porque no le ven ni pueden verle como de los suyos.

A esa lógica primaria pueden sumarse otros considerandos, como la lógica errática de la Justicia en su lectura de la Ley de Partidos. Pero sobre todo se da una conexión temporal –aunque casual y no causal, es de suponer– con las tesis de Arnaldo Otegi el día 18:

  1. ETA obedece fundamentalmente a la existencia de un conflicto político.
  2. Guste o no, ETA no va a ser derrotada policialmente
  3. La desaparición de ETA depende de que el conflicto se resuelva en su totalidad.

Poco antes, el mismo líder político había sido objeto de una 'entrevista' apañada con el bufón televisivo Jordi Évole, el Follonero, para 'Cadena 6', quien aparentemente le abordaba por sorpresa para arrancarle una condena explícita del terrorismo. El curtido Otegi, por supuesto, eludió tal condena y aprovechó la publicidad gratuita que le brindaba el majadero, para llevar el agua a su molino del conflicto entre el Pueblo Vasco y el Estado Español. Excelente actor, hizo alarde de tablas para presentarse, una vez más, como 'hombre de paz'. Tan campechano él, como para perdonar la vida a España y echarle una manita, si un día necesita el voto vasco en Eurovisión, pues fuera del dichoso conflicto, aquí no tenemos nada personal contra los españoles.

Eso mismo que Otegi afirmaba el jueves lo sostenía el viernes 19 la propia ETA, comentando su último atentado mortal: «La muerte del policía nacional Eduardo Puelles García, así como las detenciones de la última semana, o la desaparición de Jon Anza, han vuelto a poner de manifiesto la crudeza del conflicto político que vivimos en Euskal Herria.» Aquí figuran explícitas la primera y tercera de las tesis citadas, quedando implícita y sobreentendida la segunda, al referirse al toma y daca de golpes, sin tregua a la vista.

Al margen del juicio que cada cual se haga de todo ello, hay una cosa clara: las tres tesis de un representante típico de la izquierda abertzale más radical, y que son las mismas de ETA, coinciden bastante, si no al pie de la letra, con las de líderes y portavoces del nacionalismo llamado moderado y democrático. Para todos existe un mismo nudo de la cuestión vasca, con un mismo nombre: el conflicto.

Dicho así, con artículo determinado, cualquiera diría que se habla de algo perfectamente conocido y unívoco, cuando la realidad –y ya está dicho más veces en esta bitácora– es que se trata de una situación compleja, en parte inextricable, en parte también artificiosa, donde sólo por sinécdoque violenta y antonomasia muy forzada puede parecer que todos nos referimos a la misma cosa. Y no es así.

  1. Partiendo de la premisa de un pueblo vasco con entidad nacional y con voluntad de convertirse en estado soberano por vías democráticas, podrá hablarse de conflicto interno (uno o más), si resultare lo que parece cierto, a saber, que en la ciudadanía vasca no hay acuerdo sobre el particular. Desacuerdo, de entrada, si una gran parte se acoge al principio jurídico del statu quo y de la melior conditio o ventaja del posesor pacífico. Y nada digamos, si la discrepancia se extiende al modelo de estado, o incluso al número de posibles estados independientes.
  2. Si, en la hipótesis de una concordia interna, fuesen otras comunidades autónomas del Estado y, en definitiva, el propio Estado español el que cerrara el paso al soberanismo vasco, he ahí otro conflicto que nada tendría que ver con el, o los anteriores.
  3. En fin, por no multiplicar supuestos, tenemos el caso de una facción que ha decidido imponer su modelo político, y forzar su logro por vías no democráticas, incluido el terror. He ahí otro conflicto añadido, y por cierto, un conflicto prioritario, pues la mera interferencia violenta y antidemocrática vicia cualquier intento de abordar los demás conflictos.

No le demos vueltas: aquí hay un metaconflicto, un superproblema que estriba en delimitar y definir conflictos más o menos solapados, que podrán resolverse o no, pero siempre previa eliminación del conflicto que genera la propia ETA. La cual, contra la tesis 1) de Otegi y de los que piensan como él, no obedece a ningún conflicto –al menos, a ninguno de los que encajan en democracia–, y ya no sólo 'está de más', como tanto se repite entre nacionalistas, sino que debe ser combatida por todos los medios legítimos, hasta su derrota total, si no se rinde.

La transición democrática se hizo con buenas dosis de ingenuidad y no sin algo de estulticia, como condimento. Cuando ETA liquidó a Carrero Blanco, mucha gente se figuró que la organización vasca era una aliada de la democracia contra el franquismo. Quién sabe, con aquel magnicidio, hasta se le debía la misma posibilidad del cambio. Pero las cosas son como son, no como la gente guste de verlas. Y la verdad es que ETA jamás tuvo en su programa devolver la democracia a los españoles. Ni a los vascos, para ser exactos, pues ya les tenía cortado a medida un modelo de sociedad. En cuanto a España, mejor humillada, desaparecida y olvidada, por ese orden.

De aquella ilusión pudo derivar otra más peligrosa, que fue poner la naciente Comunidad Autónoma Vasca en manos del nacionalismo, como si la ejecutoria de éste desde la República le hiciese recomendable bajo algún concepto, premiándole incluso por haber aplaudido más fuerte que nadie aquella hazaña expeditiva de ETA, que de un solo tajo cortó lo tan bien atado por el Caudillo. La realidad vino a demostrar muy pronto lo nada de fiar que era cualquier nacionalismo para regenerar una democracia plural y moderna.

No tengo idea de cómo se llegó al acuerdo, ni entre quiénes, para imponernos como bandera comunitaria la de un partido fundado precisamente para enfrentar a la población mitad por mitad, vascos contra maketos, con la ikurriña como signo de contradicción entre unos y otros. Con ese disparate como principio, hasta los más optimistas patriotas abrieron los ojos como platos, sin acabar de creerse su ventura. Tontos habrían sido, no aprovechando su primera Edad de Oro para imponer su mitología, incluido su conflicto imaginario, que sin comerlo ni beberlo llevamos a cuestas, seamos o no nacionalistas.

Hay una parábola que se ha hecho clásica, para desgracia y vergüenza de todos nosotros: 'el árbol y las nueces'. El que la inventó podrá pasar por miserable o algo peor, pero no por indocumentado. Iluso, eso sí tal vez, si le pasó por la cabeza que ETA, tras su victoria, entregaría en bandeja al nacionalismo 'democrático' la Patria Vasca salvada por sus gudaris a precio de envilecimiento, cárcel y bajas propias. ETA nunca ha hecho un secreto de su modelo de patria, estado y sociedad. Según eso, hay que ser muy cándido para imaginar una recogida tranquila de nueces. A menos que el de la parábola fuese también un Maquiavelo dispuesto a recibir a los sacudidores del árbol con los brazos abiertos para el abrazo del oso. Menuda perspectiva…

Menuda, sí. Pero hay que tomarla en cuenta, porque ese sería el gran conflicto, el definitivo que cerraría la etapa conflictiva presente, para ser la madre de todos los conflictos que nos aguardan.

jueves, 18 de junio de 2009

Hoy se lee Peru Abarca




Hoy 18 de junio, en el Teatro Arriaga de Bilbao.

Lectura pública de la obra Peru Abarca. de 8 de la mañana a 8 de la tarde.

Organiza el euscaltegui Bilbo Zaharra, por encargo del Área de Cultura (Euskera) del Ayuntamiento de Bilbao, Bilboko Udala.

Con que Bilbo. Allá el nombre, para quien le guste. Insultar así al Bilbao de Unamuno, a mi Bilbao, es y será un disparate toda la vida, para ignominia de la Academia de la Lengua Vasca.

Y gracias a que en el Ayuntamiento manda quien manda, pero sobre todo, gracias al Athletic, por quien la Villa de Don Diego es conocida en el mundo entero por su único y auténtico nombre. Lo que es por lo euskotalibanes, el día menos pensado me despierto 'bilbotarra', incluso en castellano.

Con la toponimia vasca se vienen cometiendo despropósitos sin perdón de Dios. Se encorseta el mapa, se nivelan localismos de forma mecánica, indocumentada o mal entendida. Resultado empobrecedor. Procurando, eso sí, premiar como vascas de verdad las formas más alejadas del 'castellano' (¡?)…Pero vamos a ver, entre tantos miles de topónimos que cubren este país, ¿es creíble que haya tan pocos idénticos en vascuence y en la 'lengua oficial del Estado'?

Y lo más raro y sospechoso, la facilidad con que los nativos de cada pueblo acogen tanto rebautismo. Incluso con fruición. Cuando lo normal sería lo contrario, una sana remolonería en cumplir las ordenanzas.

Algún día volverá la sensatez, y aprenderemos a distinguir entre coloquialismos e hipocorísticos por un lado, seudocultismos escribaniles por otro, y entre los dos extremos viciosos, esas formas vivas que siempre hemos conocido, machacadas por la apisonadora batuesca y oficialesca.

¡Y Bilbo Zaharra, para decir Bilbao la Vieja! ¿Qué pinta esa hache y esa segunda a en un topónimo vizcaíno? Lo dicho, eso será una traducción al batúa, pero nunca el nombre auténtico de un rincón histórico entrañable allende la ría. Bilbo Zaharra no es más que el nombre de un euskaltegi. Peor para el euskaltegi.

De pura lástima, casi me olvido de Peru Abarca.

Es la obrita del presbítero Juan Antonio de Moguel (1741-1804), párroco de Marquina. Descendiente de médicos y cirujanos, su padre Juan Ignacio Moguel Almazán fue un ilustrado, de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País. El hijo sería el primer escritor distinguido en vascuence vizcaíno, aunque dominaba todos los dialectos de la lengua vasca. Y aunque escribió varias obras y ensayos, su fama se basa en la que hoy se lee íntegra en público, Peru Abarca.

Ayer me puse en contacto con Cultura-Euskera del Ayuntamiento Bilbaíno, preguntando si la lectura se haría por el original vizcaíno, o traducida al vascuence unificado. No supieron darme razón, y me remitieron al euscaltegui de tan feo nombre. Llamo, repito la pregunta, y le reacción, muy de aquí, no se hizo esperar:

«La lectura es en vizcaíno… Pero oiga, ¿quién es usted? ¿por qué lo pregunta? ¿qué es lo que quiere saber?...»

Natural. Ese género de preguntas entre nosotros es de lo más mosqueante. Se puede uno interesar por el lugar del acto, por la hora, por si abre la lectura el señor Alcalde, o incluso por si hay traducción simultánea a las lenguas propias de Galeusca. Pero, ¿preguntar si se lee en batúa o en dialecto? ¡Vaya usted a saber, con qué intenciones viene un tipo que, encima, saluda y hace la consulta en castellano!

«Quién es usted?...» A punto estuve de descubrirme como Belosticalle, o Belosti a secas. Preferí lo otro, callar, como desconocido que soy, y nada profeta en mi tierra. Relacionarme con esta bitácora sólo podría empeorar las cosas.

En cualquier caso, excelente ocasión para releer, después de tantos años, una obra casi olvidada.

¿Qué es Peru Abarca? 'La primera novela vizcaína', se ha dicho y repetido, siempre con reparos. Y con razón, porque no es una novela. Su género literario es el diálogo instructivo, que tanto se cultivó en el Siglo Ilustrado, como secuela del diálogo renacentista. El tema principal de conversación es la lengua vascongada en todos sus aspectos, con especial énfasis en su léxico y pureza, propiedad, riqueza, proverbios. Según eso, la referencia obligada en castellano es el Diálogo de la lengua, de Valdés. Ya en el espíritu empírico de la Ilustración, se rompe el molde estático, buscando el contacto directo con realidades tangibles y situaciones prácticas. Pero a diferencia de tanto coloquio insípido que produjo aquella época tan pedante y moralizante, el Peru Abarca entronca con la tradición lucianesca, jocosa y satírica, con precedentes del Siglo de Oro, como El Viaje de Turquía, o El Crotalón.

Como todos los diálogos extensos, la obra se divide en episodios o jornadas, que Moguel llama 'autos', es decir, actos, como los de una comedia. He ahí otro punto de referencia, la tragicomedia más conocida como La Celestina, que también se divide así.

Ahora bien, quien quiera seguir diciendo que es 'novela' dialogada, añada al menos el adjetivo 'picaresca'. Ya el mismo título completo lo sugiere: El Doctor Peru Abarca, Catedrático de la Lengua Vascongada en la Universidad de Basarte. 'Basarte' hace alusión al medio rural cerrado y asaz asilvestrado, donde Peru, 'un rústico solitario' ha aprendido todo lo mucho bueno que sabe, o cree que sabe, presto a ejercer magisterio coloquial en la persona de maisu (maese) Juan, 'un barbero callejero'.

Ambos se conocen fortuitamente en una taberna-ventorrillo, pasando de la desconfianza a la franqueza y amistad, ya desde la segunda jornada, en que el barbero declara su admiración por lo bien que se expresa en vascuence el aldeano. No necesita más Peru para tomarle por alumno, invitándole a su casa, convertida para el efecto en un 'euskaltegi'. Así se van sucediendo los 'autos', hasta seis, en que se da por cumplida la formación, entre filológica, cultural y catequética, del pobre diablo.

Porque eso es maese Juan, un pobre diablo, que sólo a primer golpe de vista engaña al sapientísimo patán, por su traje elegante y su estudiada distancia, alardeando de triple título por Madrid y una formación moderna, muy lejos de los clásicos barberos y saludadores a la antigua. Sorprende como Moguel encarna el oficio de sus abuelos en un personaje con más apariencia que fuste, y que a la primera de cambio se revela un bribón con poca moral, que por no pagar a la ventera que pretende estafarles, atenta contra su integridad física y por poco la mata. El hombre tiene curiosidad, pero su saber depende de libros y apuntes que él mismo toma a cada paso, en la tradición de los médicos con su cuaderno de notas o rapiario.

Todo lo contrario Peru, el iletrado, debe sus conocimientos a la observación y reflexión, en una existencia con impresiones muy limitadas. Pero su sabiduría es, por así decirlo, innata, o al menos infusa a través de algo que le es connatural: el eusquera, la lengua primigenia. El autor no lo dirá expresamente, porque como clérigo sabe que la lengua del Paraíso debió de ser el hebreo. Pero a la vez que recuerda la génesis del lenguaje en boca de Adán, cuando éste puso a cada ser su nombre propio, Moguel presenta al omnisciente Peru como dominador de una lengua igualmente capaz y expresiva de las esencias de las cosas.

Otros personajes intervienen en los autos del diálogo: la vieja tabernera o ventera y su criada; los hijos de Peru (uno de ellos, estudiante); unos ferrones de una fragua que se visita, para muestra de dominio léxico del aldeano, extensivo a todo arte y oficio; unas obreras que elaboran la fibra de lino, más una hija del mismo Peru, que es tejedora; dos visitantes vascos, labortano y guipuzcoano, como representantes de sus dialectos; un cura cazador, igualmente aleccionado por Peru (esta vez en etimologías); y por último un alguacil que introduce un minuto de suspense, pues en principio debería detener al barbero por su fechoría. Cosa que no ocurre, porque Peru encubre a maese Juan, y la justicia sale burlada.

Mucho se ha hablado del ideal moral ultraconservador que Moguel pretendería inculcar con su 'novela', amén de fomentar el buen vascuence representado por el vizcaíno de Marquina. No entro en ello. Lo que sí digo es que, tal como se desarrollan los autos, el Peru Abarca resulta mucho más cómico y divertido imaginándolo escrito por un ilustrado escéptico y crítico para con la sociedad vasca que le rodea, a la que satirizaría de forma críptica y sibilina.

Por supuesto, ese 'como sí' es indemostrable, y seguramente falso, pues Moguel fue toda su vida un cura ejemplar, y más que celoso, familiar del Santo Oficio. Sin embargo, con el Peru Abarca sucede un poco como con el Quijote, que a menudo no sabe uno a qué carta quedarse, en cuanto a la intención de Cervantes. Dicho sea sin ánimo de comparar ambas obras, salvo en el detalle de su lectura en público.

Se dice que Moguel escribió hacia el final de su vida. Sin embargo, el vasco francés se presenta como un desertor de la guerra declarada por España a la Convención (1793-1795), a modo de cruzada o guerra santa, en que salimos malparados, sobre todo por el Pirineo Occidental. Cataluña se portó mejor, a las órdenes del general Antonio Ricardos, hasta la honorable paz de Basilea.

Quedémonos, pues, con unos diálogos graciosos a su aire, en pro del purismo lingüístico referido sobre todo al léxico, pues fuera de eso y de sus castellanismos, el barbero se expresa con igual corrección gramatical y sintáctica que Peru.

Lectura pública muy indicada en Bilbao para la promoción de una lengua doblemente 'propia' (como vascuence y como vizcaíno), y más bajo el patrocinio de un euscaltegui que lleva su nombre, aunque sea tan desfigurado e infeliz como Bilbo Zaharra.