
«Dios mío, ponme entre los que renuncian a sus apetitos mundanos por lo religiosos, y no a los religiosos por lo mundanos.» (A. Shariati, ideólogo iraní de la Revolución Islámica) «Vuestras mujeres son vuestra labranza. Id, pues, a vuestra labranza, como y cuando queráis» (Corán Sagrado, 2: 223) El Islam con sus Cinco Preceptos básicos pasa por ser una religión sencilla. Sin embargo, asimilarlo a lo talibán requiere esfuerzo. Esfuerzo de género. Talibán carece de femenino. Antes de proseguir, propongo un convenio. Todo el mundo sabe que talibán es el plural (uno de los plurales) de tálib, en árabe, 'estudiante' –el que estudia o investiga, para el caso, el Corán y los preceptos de la sharica islámica–. Siendo plural, no tendría sentido hablar de 'talibanes'. Sin embargo, a menudo se ignora el carácter formalmente plural de ciertas palabras, como biblia, o bacteria (los singulares respectivos serían 'biblio' y 'bacterio'), que por así decirlo se repluralizan. Lo mismo ocurre en árabe con tuáreg, plural de targuí, que repluralizamos como los 'tuaregs'. Por la misma regla, uso talibán en singular, y en plural talibanes; o también talibán como adjetivo (represión talibán, o talibanesca). Basta de gramática, volvamos al cine. Basado más o menos en un hecho real, el relato entra in medias res, cuando una manifestación de mujeres cubiertas con burka en demanda de trabajo y otros derechos, es dispersada sin contemplaciones por la guardia talibán. Un personajillo inevitablemente simpático hace su aparición como introductor, verdadero coprotagonista, y en definitiva intérprete de la obra. Se trata del golfillo Espandi. Ni siquiera es su nombre, sólo su mote: 'el de la ruda'. Es como se gana la vida, agitando un sahumerio de esa planta, mientras repite una fórmula mágica, por una limosna. Retrospectivamente, su entrada se revelará premonitoria: espand en iranio es la Ruta graveolens, planta apotropaica y mágica del folclore universal, que aunque en medicina popular es una panacea, en especial cohíbe el flujo menstrual. Y de eso se trata. Una viuda sin trabajo, con la madre a cargo y una hija de 12 años (Marina Golbahar), son tres mujeres abocadas a la miseria, pues sin hombre que las proteja no tienen derecho al trabajo, según la ortodoxia impuesta por el nuevo régimen talibán. ¡Qué desgracia, ser mujer! Si la niña se hiciese pasar por chico… La abuela conoce una conseja poética: si se logra pasar bajo el arco iris, se materializa el deseo de cambiar de sexo. La fantasía de la abuela es disparatada, no funcionará. La heroína es chica que no se propone cambiar de rol. Se sabe de muchas jovencitas y mujeres que se han hecho pasar por hombres, con éxito. Nuestra Monja-Alférez, por ejemplo. Catalina Erauso, la marimacho aventurera donostiarra que se fugó del convento para hacerse soldado, en el siglo XVII. No será el caso de la pequeña afgana, frágil y tímida, que hasta toma un mechón de su pelo recién cortado y lo planta en un tiesto. Su aventura se anuncia un fracaso ya desde el principio, y he ahí un acierto artístico, en la tónica sincera del filme. Desde luego, a Espandi no le engaña, y hasta se permite chantajear a la madre y la hija con delatarla, cuando no le dan dinero por su sahumerio. Al final, él mismo vendrá a ser su cómplice, su hombre protector, el que la avala ante los talibanes, y el que inventa para ella el nombre masculino, Osama. Por lo demás, la trama es, puede decirse, inexistente, lo cual ayuda al verismo. Ni trampa ni cartón. Expresivismo, que puede llegar a la foto fija. Lentitud contemplativa administrada sabiamente. Parquedad de recursos, pero el director domina el oficio y obtiene planos eficaces. Se le nota la escuela moscovita. Quiero señalar la secuencia del chiquillo tullido que cojeando malamente trata de seguir a las manifestantes enburkadas, sin que se sepa bien a dónde va ni para qué. Estamos en los antípodas de otra película igualmente verista y sincera, pero vibrante de acción, como es Las tortugas también vuelan (2004), película iraní más irónica (ésta no lo es en absoluto), y a la vez más honda, más poética. Ambas ofrecen en común la voluntad de supervivencia en el horror, y un paradójico esperar contra toda esperanza. Muy bien planteado el proceso de descubrimiento del sexo de Osama. ¡Con lo fácil que habría sido un examen anatómico! Por ejemplo, en la escena del baño lustral, donde el viejo mullah instruye a los jovencitos en el modo correcto de lavarse los genitales después de cada polución nocturna o diurna. Es cuando de hecho el viejo verde intuye la verdad de Osama, aunque de momento sólo lanza la especie de que es una 'ninfa', una criatura invertida. De hecho, Osama será incapaz de bajar de un árbol sin ayuda, como haría un chico. Así pues, para escarmiento será colgada en el brocal de una cisterna. En el castigo, la primera menstruación delatora le sobreviene con toda naturalidad. La menstruación es la prueba irrefutable de la inmundicia femenina. El Corán Sagrado sigue en esto la tradición judía: «También te preguntarán sobre el menstruo. Diles que es cosa mala. Así pues, apartáos de vuestras mujeres durante el menstruo». No obstante, el casuismo ha discurrido solución para todo. Una tradición ortodoxa (aunque poco acreditada hoy, según parece) permitía el sexo anal, aplicando el varón a la mujer una compresa para evitar mancharse él mismo, cosa muy peligrosa para la salud. Descubierta, la niña debería sufrir la pena capital. Sin embargo, el viejo mullah la rescata de la muerte, pidiendo le sea cedida como esposa. En realidad, la cuarta esclava sexual del vicioso hipócrita, que asegura la fidelidad de su harén a base de cadenas y candados. Aquí lo fácil y complaciente habría sido un gesto de rebeldía en Osama, matar al viejo abriéndole la testa con aquel candado enorme. Con todo acierto, eso no ocurre. Por el contrario, la historia se cierra en negro sobre la escena del baño purificador que se administra el polígamo, tras consumar la violación de su nueva doncellita. Mientras disfruta de su baño caliente, el viejo feliz da gracias a Dios, porque este mundo es nada, comparado con el Paraíso, con aquella huríes siempre jóvenes, bellas, amenorreicas. Para el buen musulmán integrista, la mujer es el ensayo fallido de hombre, el fracaso de Dios en su intento de crear al ser humano. Por lo visto, su plan original era una humanidad sólo masculina. Pero tampoco era cosa de cargar al varón con las molestias del embarazo, la lactancia y el trabajo doméstico. De ahí la mujer, ese mal necesario. ¿Tienen ellas alma? Al cabo de la película, saca uno la conclusión de que esa pregunta no interesa demasiado a los talibanes. En todo caso, si ellas tienen alma, no es de la misma especie que la viril. Si tienen alma, que les aproveche. Para el buen musulmán, lo importante es que ellas tienen cuerpo. La violencia late en toda la película, pero apenas se nota en crudo. El director sigue el precepto horaciano para la tragedia: «Que Medea degüelle a sus hijos, pero no en escena» Eso significa 'obscenidad', lo impresentable en un tablado. Una lapidación femenina sólo se plantea, se deja adivinar la salvajada, pero se corta en el momento justo. Lo mismo la ejecución de un periodista despistado que filmó la manifestación prohibida. El pobre diablo no acaba de creerse que se lo van a cargar. Hasta que se escucha el disparo. Sin cargar las tintas, queda al desnudo la hipocresía de un sistema seudo religioso. Todo son invocaciones a Dios, a su bondad y misericordia, amo y señor de un mundo miserable y siniestro. No se olvide que estamos en una zona de metafísica dualista, donde hay adoradores de Dios y adoradores del Diablo, dos Entes trascendentes, no tan fáciles de distinguir. Repulsivo el juez para los delitos religiosos, el vicediós que fuma recostado en un diván, mientras falla los juicios sumarísimos y preside las ejecuciones. El mismo que hace de perdonavidas, y decide la suerte de la muchacha. Adiós Osama. Figura perpleja, achinada en su rostro, los ojos levemente oblicuos, el gorro y la túnica. Es sorprendente la transculturación arábiga impuesta a través de la religión. El buen talibán pronuncia y entona el Corán en árabe perfecto. Notable la escena de un muchacho que en la madrasa o escuela coránica se promociona porque sabe meldar las azoras como un almuédano. Todos los muchachos se aplican a imitarle, mientras se balancean sobre los ejemplares del Libro sacro. Unos coranes, se dice, que en los años 80 llegaban impresos desde Chicago, llevados por elementos de la CIA cuando, para contrarrestar la influencia de Rusia, promovieron la resistencia talibán afgana dirigida por Al-Qaida. Sí, la de Osama bin Laden. En verdad, era una alianza de civilizaciones bastante curiosa.
El pasado lunes TVE-2 reponía Osama (2003), película del director afgano Siddiq Barmak (1962- ), breve historia documental sobre la condición femenina bajo el régimen talibán.



