jueves, 11 de junio de 2009

El Islam con esfuerzo (de género)


«Dios mío, ponme entre los que renuncian a sus apetitos mundanos por lo religiosos, y no a los religiosos por lo mundanos.» (A. Shariati, ideólogo iraní de la Revolución Islámica)

«Vuestras mujeres son vuestra labranza. Id, pues, a vuestra labranza, como y cuando queráis» (Corán Sagrado, 2: 223)

El Islam con sus Cinco Preceptos básicos pasa por ser una religión sencilla. Sin embargo, asimilarlo a lo talibán requiere esfuerzo. Esfuerzo de género. Talibán carece de femenino.


El pasado lunes TVE-2 reponía Osama (2003), película del director afgano Siddiq Barmak (1962- ), breve historia documental sobre la condición femenina bajo el régimen talibán.

Antes de proseguir, propongo un convenio. Todo el mundo sabe que talibán es el plural (uno de los plurales) de tálib, en árabe, 'estudiante' –el que estudia o investiga, para el caso, el Corán y los preceptos de la sharica islámica–. Siendo plural, no tendría sentido hablar de 'talibanes'. Sin embargo, a menudo se ignora el carácter formalmente plural de ciertas palabras, como biblia, o bacteria (los singulares respectivos serían 'biblio' y 'bacterio'), que por así decirlo se repluralizan. Lo mismo ocurre en árabe con tuáreg, plural de targuí, que repluralizamos como los 'tuaregs'. Por la misma regla, uso talibán en singular, y en plural talibanes; o también talibán como adjetivo (represión talibán, o talibanesca).

Basta de gramática, volvamos al cine.

Basado más o menos en un hecho real, el relato entra in medias res, cuando una manifestación de mujeres cubiertas con burka en demanda de trabajo y otros derechos, es dispersada sin contemplaciones por la guardia talibán. Un personajillo inevitablemente simpático hace su aparición como introductor, verdadero coprotagonista, y en definitiva intérprete de la obra. Se trata del golfillo Espandi. Ni siquiera es su nombre, sólo su mote: 'el de la ruda'. Es como se gana la vida, agitando un sahumerio de esa planta, mientras repite una fórmula mágica, por una limosna. Retrospectivamente, su entrada se revelará premonitoria: espand en iranio es la Ruta graveolens, planta apotropaica y mágica del folclore universal, que aunque en medicina popular es una panacea, en especial cohíbe el flujo menstrual. Y de eso se trata.

Una viuda sin trabajo, con la madre a cargo y una hija de 12 años (Marina Golbahar), son tres mujeres abocadas a la miseria, pues sin hombre que las proteja no tienen derecho al trabajo, según la ortodoxia impuesta por el nuevo régimen talibán. ¡Qué desgracia, ser mujer! Si la niña se hiciese pasar por chico… La abuela conoce una conseja poética: si se logra pasar bajo el arco iris, se materializa el deseo de cambiar de sexo.

La fantasía de la abuela es disparatada, no funcionará. La heroína es chica que no se propone cambiar de rol. Se sabe de muchas jovencitas y mujeres que se han hecho pasar por hombres, con éxito. Nuestra Monja-Alférez, por ejemplo. Catalina Erauso, la marimacho aventurera donostiarra que se fugó del convento para hacerse soldado, en el siglo XVII. No será el caso de la pequeña afgana, frágil y tímida, que hasta toma un mechón de su pelo recién cortado y lo planta en un tiesto. Su aventura se anuncia un fracaso ya desde el principio, y he ahí un acierto artístico, en la tónica sincera del filme. Desde luego, a Espandi no le engaña, y hasta se permite chantajear a la madre y la hija con delatarla, cuando no le dan dinero por su sahumerio. Al final, él mismo vendrá a ser su cómplice, su hombre protector, el que la avala ante los talibanes, y el que inventa para ella el nombre masculino, Osama.

Por lo demás, la trama es, puede decirse, inexistente, lo cual ayuda al verismo. Ni trampa ni cartón. Expresivismo, que puede llegar a la foto fija. Lentitud contemplativa administrada sabiamente. Parquedad de recursos, pero el director domina el oficio y obtiene planos eficaces. Se le nota la escuela moscovita. Quiero señalar la secuencia del chiquillo tullido que cojeando malamente trata de seguir a las manifestantes enburkadas, sin que se sepa bien a dónde va ni para qué.

Estamos en los antípodas de otra película igualmente verista y sincera, pero vibrante de acción, como es Las tortugas también vuelan (2004), película iraní más irónica (ésta no lo es en absoluto), y a la vez más honda, más poética. Ambas ofrecen en común la voluntad de supervivencia en el horror, y un paradójico esperar contra toda esperanza.

Muy bien planteado el proceso de descubrimiento del sexo de Osama. ¡Con lo fácil que habría sido un examen anatómico! Por ejemplo, en la escena del baño lustral, donde el viejo mullah instruye a los jovencitos en el modo correcto de lavarse los genitales después de cada polución nocturna o diurna. Es cuando de hecho el viejo verde intuye la verdad de Osama, aunque de momento sólo lanza la especie de que es una 'ninfa', una criatura invertida. De hecho, Osama será incapaz de bajar de un árbol sin ayuda, como haría un chico. Así pues, para escarmiento será colgada en el brocal de una cisterna. En el castigo, la primera menstruación delatora le sobreviene con toda naturalidad.

La menstruación es la prueba irrefutable de la inmundicia femenina. El Corán Sagrado sigue en esto la tradición judía: «También te preguntarán sobre el menstruo. Diles que es cosa mala. Así pues, apartáos de vuestras mujeres durante el menstruo». No obstante, el casuismo ha discurrido solución para todo. Una tradición ortodoxa (aunque poco acreditada hoy, según parece) permitía el sexo anal, aplicando el varón a la mujer una compresa para evitar mancharse él mismo, cosa muy peligrosa para la salud.

Descubierta, la niña debería sufrir la pena capital. Sin embargo, el viejo mullah la rescata de la muerte, pidiendo le sea cedida como esposa. En realidad, la cuarta esclava sexual del vicioso hipócrita, que asegura la fidelidad de su harén a base de cadenas y candados. Aquí lo fácil y complaciente habría sido un gesto de rebeldía en Osama, matar al viejo abriéndole la testa con aquel candado enorme. Con todo acierto, eso no ocurre. Por el contrario, la historia se cierra en negro sobre la escena del baño purificador que se administra el polígamo, tras consumar la violación de su nueva doncellita.

Mientras disfruta de su baño caliente, el viejo feliz da gracias a Dios, porque este mundo es nada, comparado con el Paraíso, con aquella huríes siempre jóvenes, bellas, amenorreicas.

Para el buen musulmán integrista, la mujer es el ensayo fallido de hombre, el fracaso de Dios en su intento de crear al ser humano. Por lo visto, su plan original era una humanidad sólo masculina. Pero tampoco era cosa de cargar al varón con las molestias del embarazo, la lactancia y el trabajo doméstico. De ahí la mujer, ese mal necesario.

¿Tienen ellas alma? Al cabo de la película, saca uno la conclusión de que esa pregunta no interesa demasiado a los talibanes. En todo caso, si ellas tienen alma, no es de la misma especie que la viril. Si tienen alma, que les aproveche. Para el buen musulmán, lo importante es que ellas tienen cuerpo.

La violencia late en toda la película, pero apenas se nota en crudo. El director sigue el precepto horaciano para la tragedia: «Que Medea degüelle a sus hijos, pero no en escena» Eso significa 'obscenidad', lo impresentable en un tablado. Una lapidación femenina sólo se plantea, se deja adivinar la salvajada, pero se corta en el momento justo. Lo mismo la ejecución de un periodista despistado que filmó la manifestación prohibida. El pobre diablo no acaba de creerse que se lo van a cargar. Hasta que se escucha el disparo.

Sin cargar las tintas, queda al desnudo la hipocresía de un sistema seudo religioso. Todo son invocaciones a Dios, a su bondad y misericordia, amo y señor de un mundo miserable y siniestro. No se olvide que estamos en una zona de metafísica dualista, donde hay adoradores de Dios y adoradores del Diablo, dos Entes trascendentes, no tan fáciles de distinguir. Repulsivo el juez para los delitos religiosos, el vicediós que fuma recostado en un diván, mientras falla los juicios sumarísimos y preside las ejecuciones. El mismo que hace de perdonavidas, y decide la suerte de la muchacha. Adiós Osama. Figura perpleja, achinada en su rostro, los ojos levemente oblicuos, el gorro y la túnica.

Es sorprendente la transculturación arábiga impuesta a través de la religión. El buen talibán pronuncia y entona el Corán en árabe perfecto. Notable la escena de un muchacho que en la madrasa o escuela coránica se promociona porque sabe meldar las azoras como un almuédano. Todos los muchachos se aplican a imitarle, mientras se balancean sobre los ejemplares del Libro sacro. Unos coranes, se dice, que en los años 80 llegaban impresos desde Chicago, llevados por elementos de la CIA cuando, para contrarrestar la influencia de Rusia, promovieron la resistencia talibán afgana dirigida por Al-Qaida. Sí, la de Osama bin Laden.

En verdad, era una alianza de civilizaciones bastante curiosa.

lunes, 8 de junio de 2009

A vuelta con los neutrones



El jueves pasado escribí un comentario que hoy me gustaría puntualizar.

Rememorando la existencia y extinción de ARBI, aquel viejo reactor nuclear de la Escuela de Ingenieros que se nos fue, me permití expresar algún sentimiento de añoranza y melancolía.

«¿Añoranza, por un reactor nuclear?», habrá pensado alguno, enarcando las cejas y llevándose el índice a la sien como quien aprieta un tornillo. Espero, sin embargo, que los más hayan entendido otra cosa. Lo añorado en estos casos es el tiempo pasado; es nuestro Edipo-Yo cuando, todavía joven, se encontraba con la Esfinge a cada vuelta del camino.

Por lo demás, no éramos tan inconscientes y alocados como para no advertir lo mismo que hoy. Hoy sería impensable aquel emplazamiento para semejante ingenio.También antes se descuidaban cosas que hoy son de rigor; por ejemplo, fijar fecha de caducidad a las latas de conservas. Hoy se tiene, o debería tener, mucho más cuidado con lo tocante a la salud pública. Entonces eran tiempos de dictadura, con todo lo relativo a energía nuclear bajo control militar. Por cierto, si mal no recuerdo, en manos de la Marina. Por qué, no me lo pregunten.

El ARBI en pleno Gran Bilbao, en Olaveaga, cerca de la ría, no desentonaba más que, por ejemplo, el propio reactor de la Junta de Energía Nuclear en la Ciudad Universitaria de Madrid, no lejos del Manzanares. Había unas normas y controles ajustados a protocolo internacional. Sabido es que la familiaridad con el peligro puede invitar a bajar la guardia, aquí como en todas partes. La famosa secuencia de Homer Simpson seguro que es imaginaria, pero seguro también que no es de inspiración española.

Sin insinuar para nada que en la JEN se produjeran situaciones de riesgo culposo, tengo la convicción de que, en torno al reactor bilbaíno, fuera de la ocurrencia de ponerlo donde se puso, todo se llevó con rigor extremado. Eso sí, la discreción fue también grande, con cierto halo de misterio que hace sonreír al recordar que uno podía sentirse importante en su insignificancia, sólo por tener alguna relación con el ser mítico.

Relación por lo demás indirecta para la mayoría de usuarios como yo. No sé si allí se hacía investigación pura de física nuclear, cabe suponer que alguna se haría. Lo principal, sin embargo, era el ensayo aplicado. El análisis por activación con neutrones permitía identificar y medir elementos traza, en nuestro caso en muestras vegetales, para estudios de contaminación ambiental. Quiere decir que tanto la técnica como su aplicación y el proyecto en sí, en los años 60, era todo ello muy puntero, científicamente hablando.

De ahí esa añoranza y melancolía, porque éramos jóvenes; y también la pena y lástima de que no se continuara aquella línea de investigación nuclear, que hoy nos habría situado mejor para el concurso europeo.

Terminaba yo mi breve reseña bromeando sobre si la supuesta etimología nórdica de spall (esquirla, viruta), de donde viene espalación, habrá sido determinante a la hora de preferir Lund a Bilbao para el proyecto europeo de fuente de neutrones. Pues bien, debo cantar la palinodia, porque el argumento no corre. Mi amigo el profesor Jacinto Iturbe, de la Universidad del País Vasco, me recuerda que, curiosamente, ezpal o espala en vascuence significa exactamente lo mismo. ¿Casualidad? ¿préstamo normando (¡o viceversa!)? Quién sabe. El hecho es que, con esa coincidencia de por medio, lo mismo podíamos haber ganado.

El reactor ARBI de Bilbao no tuvo sucesión, y esto es lo triste. No su desaparición física, a la vez que su hermano gemelo Argos de Barcelona. Estas máquinas tienen su vida útil y su fecha de caducidad. Como las latas de conserva. O, hablando de reactores nucleares, como el de la central de Santa María de Garoña. Es todo lo que quería decir.

sábado, 6 de junio de 2009

El negro del negro



 El Vizconde de San Albano, de Vere, Marlowe, o quienquiera que haya sido el autor de los dramas de Shakespeare, se habrá refocilado en espíritu. El público no va a tener más remedio que interesarse por los verdaderos autores de las piezas literarias o retóricas que consume, casi siempre sin importarle nada quién las ideó y plasmó, confundiendo a actores y recitadores con pensadores y escritores de talento.

Que los firmantes públicos disponen de escribientes privados (los llamados 'negros'), era más que un rumor, y bien parece que la cosa viene de antiguo. De los grandes oradores, fuera de un Demóstenes, que se escribía sus discursos él mismo la víspera, con aceite de la lámpara en vez de tinta; y posiblemente también Cicerón, que incluso sabía improvisar de memoria exabruptos, como aquello del Quousque tandem; los demás caen bajo sospecha. Hasta los discursos y las encíclicas de los papas, más acá del Espíritu Santo, suelen tener presuntos coautores humanos. Una hipótesis que se confirma como regla por la excepción, cuando alguna vez se asegura que tal o cual encíclica la ha redactado el pontífice en persona.

Aburridos del guiñol político, alguna vez nos fijamos en los hilos que mueven las marionetas, y ya nos preguntamos también por los cerebros que las hacen parlantes.

El títere popularizado con el nombre de Barack Obama lo anima un equipo en la sombra (hasta ahora), dirigido con mano férrea por un tal Jon, Jonathan Favreau. Esto se sabía, pero no había trascendido al gran público. El escribidor de discursos ideal no se asoma a las candilejas ni concede entrevistas. Y desde luego, si sus piezas oratorias cosechan aplausos, éstos no son para él. Este ostracismo, por lo visto, no va con Favreau, joven ambicioso y ávido de gloria, que para saltar a la fama se ha valido de una astucia ingeniosa: mechar en un gran discurso un gran disparate. Refiriéndose al Islam como religión tolerante, cita el ejemplo de «Córdoba durante la Inquisición» (Islam has a proud tradition of tolerance. We see it in the history of Andalusia and Cordoba during the Inquisition).

El anacronismo burdo de mezclar la Córdoba musulmana con una institución católica, la Inquisición, que en España no aparece hasta después de caer la ciudad en manos cristianas, brota de la boca de Obama y da la vuelta al mundo a velocidad de satélite. Aquel mismo día, el autor del discurso (y de la trufa) cumplía 28 años.

Sé que mi teoría es extravagante, pero estoy convencido de ella, y por lo mismo debo remacharla. Se dirá que cómo iba a atreverse el escribidor del Presidente americano a meter de matute algo tan fácil de descubrir. Una patraña que, en efecto, ha sido denunciada de inmediato, y pudo haber sido descubierta incluso antes de ser pronunciada.

Pues bien, notemos con qué habilidad Jon se cubre y se descubre, adosando a continuación una vivencia personalizada del propio Obama: «Eso mismo lo vi yo de primera mano siendo niño en Indonesia, donde cristianos devotos practicaban su culto con libertad en un país de gran mayoría musulmana». Si un Barack niño vio lo que vio en Indonesia, ¿qué pudo impedirle, ya adolescente o joven en viaje de estudios, haber visitado la Andalucía islámica tolerante?

La tolerancia islámica andaluza está en entredicho histórico, sobre todo por el episodio de los mártires cordobeses bajo el emirato, en la década de los 50 del siglo IX. No entramos en lo que hubo de provocación por la parte mozárabe, bajo instigación de san Eulogio. Se ha celebrado mucho la coexistencia pacífica de musulmanes, cristianos y judíos en Al-Ándalus, sin faltar discrepantes en una discusión a menudo anacrónica y no siempre informada. El título de «Rey de las Tres Religiones» se escribió con letras de oro en cuatro idiomas en el sepulcro sevillano del rey Fernando III el Santo, precisamente el conquistador de Córdoba (1236). Título heredado probablemente de antecesores musulmanes, es dudoso hasta qué punto pueda haber ayudado al rey cristiano –más bien lo contrario– en su carrera hacia una tardía santidad, pues muerto en 1252 no fue canonizado hasta 1671.



Una vez rendido tributo de admiración a la sagacidad del 'negro' del primer Presidente negro de los Estados Unidos, quisiera romper una lanza a favor de su discurso. Criticado desde diferentes puntos de vista, hay que reconocerle solidez estructural. A mí me recuerda un poco la Suma contra Gentiles de Santo Tomás de Aquino, por su construcción escolástica. Hasta argumenta por los cinco dedos de la mano: The first issue…, the fourth… , the fifth issue… Claro que el de Aquino no simpatiza con ninguna religión que no sea la suya. Por ello, recordemos también al gran Algazel, mucho más abierto de espíritu.

No sé lo que algunos esperan de este género retórico en ocasiones semejantes. Tras una etapa como la de Bush, a cara de perro, un discurso inaugural irenista dirigido al mundo Islámico no podía ser muy diferente del pronunciado por Obama, si aspiraba a ser buen discurso. Si se invocan frases del Corán, el Talmud y la Biblia llamando a la paz, tampoco falta el argumento racional de los derechos humanos, al afirmar que los países que los aplican funcionan mejor.

«Todos nosotros compartimos este mundo, pero por breve tiempo. La cuestión es si ese tiempo lo centramos en dividirnos, o si nos implicamos en un esfuerzo significativo para encontrar un terreno común, centrarnos en el porvenir que queremos para nuestros hijos, y respetar la dignidad de todos los seres humanos.»

«Estamos de paso». Sabia obviedad, raras veces oída en discursos seglares. Se crea o no en un más allá, cada generación dura poco, y sin embargo, de ella depende en gran parte la herencia de las generaciones futuras. Una llamada así a la responsabilidad individual y colectiva, ella sola vale ya por todo un sermón laico y religioso a la vez.

Grandes palabras… Vale. ¿Pues y qué otra es la materia de que se tejen los grandes discursos? Ahora bien, volviendo a lo primero: grandes o pequeñas, ¿palabras de quién, o de quiénes? Perlas de verdad, o imitaciones vistosas: el collar, ¿a quién se lo debemos? Oro u oropel, Tutanjamón lleva máscara.