domingo, 24 de mayo de 2009

Euscaldunizar sin Eskandalizar

Maxima debetur puero reverentia. (Juvenal)




No hace falta ser del PP en esta Comunidad Autónoma para mirar con expectación los primeros pasos de la renovada Consejería de Educación. Los 'populares' tienen acuerdos firmados con los socialistas vascos, y es de suponer que vigilen su cumplimiento. Pero al margen de la política entre partidos, existe también una ciudadanía variopinta con ideas propias. Como ciudadano, sea este es mi granito de arena en la playa educativa vasca.

Isabel Celaa ha hecho declaraciones necesariamente inconcretas todavía, pero que se remiten a materias disputables. Luego las enumero. Como punto de partida –y de llegada–, me quedo con esta frase suya, de fácil aceptación: «Con los niños no se juega».

Muy oportuna, porque si con alguien se ha jugado en los últimos años de forma escandalosa ha sido con la infancia. Un botón de muestra, enunciado por la propia Consejera: el Plan de Paz, cuyo «programa se va a modificar con urgencia, para deslegitimar el terrorismo, porque la sociedad no puede permitir que se justifique el asesinato por opinión política». ¡Pero cómo!, ¿es posible…? Pues sí. Hay cosas tan elementales, que ni se plantean, hasta que se constata cómo los oportunistas aprovechan para sembrar de lo suyo.

Hay un segundo botón, del que también habla doña Isabel Celáa en estos términos: «La mitad de la población hata los 25 años conoce el euskera, y hasta los 15 años llega al 80 % ».

Esto no diría mucho, de no tener en cuenta los valores de partida. Ya no gusta tanto airear en cifras la población euskaldún al implantarse la Ley de Normalización Lingüística en 1982. Tampoco se señala lo obvio: que la euskaldunización se ha logrado a fuerza de imponerla a los niños, frente a un éxito minúsculo con los adultos. Pues bien, según EUSTAT, en 10 años (1991-2001), la proporción de euskaldunes entre 15 y 29 años ha crecido el 17 %, cifra que se eleva hasta el 22 % si se incluyen los 'cuasi-euskaldunes'.

Estas cifras dan idea sólo remota de la presión enorme de un experimento esencialmente escolar. Presión que bajo Tontxu Campos ya se hizo intolerable. De este personaje baste recordar su testamento, firmando en plena agonía política un decreto de euskaldunización radical de la infancia: ¡hasta los 6 años, en la escuela, todos euskaldunes y sólo euskaldunes!

Pues aun así, hace sólo un par de años, el Kontseilua de Baztarrika daba la alarma: «dos de cada tres alumnos vascos terminan la etapa escolar sin euskaldunizarse». Una valoración que revela con crudeza la brutalidad del experimento realizado con nuestros niños, por no decir contra ellos.

Y todo en nombre de la ley, en virtud de un supuesto derecho, propio de gobiernos totalitarios, a imponer por ley o decreto determinados artículos identitarios, como quien estampa un tatuaje en las reses de su rebaño. «¿Acaso tienen derecho los padres a quitar de programa la Aritmética?», se ha dicho con arrogancia. Como si lo uno tuviese algo que ver con lo otro.

La nueva Consejera merece aplauso y apoyo en su esfuerzo por, digamos, normalizar la normalización lingüística, anormalmente sobrenormalizada bajo su antecesor. Veremos hasta dónde le alcanza un presupuesto exprimido in extremis por Campos, gracias a una ley que ella misma votó, conviene recordarlo.

Hace bien Isabel Celáa remiténdose a la legalidad del 82 y el 93. Mas no se olvide que es la misma legalidad invocada por Campos, interpretándola a su aire para euskaldunizar por la brava.

Siempre sobre el dichoso vascuence, la Consejera apela también al consenso y el acuerdo. Mejor dicho, a los consensos y acuerdos, en plural. Refiriéndose a su partido y al PNV, dice así: «En la última diputación permanente, sacamos adelante una propuesta para seguir buscando consensos, a la luz de los acuerdos alcanzados en el Consejo Asesor del Euskera». Sí, claro; aquel 'consenso unánime' entre todos los grupos, sensibilidades y vivencias, donde sólo se notó la ausencia de «esa ínfima minoría del 70 % de la población vasca monolingüe que no habla sino castellano», como ironizaba J. Mª Ruiz Soroa en su artículo , 'Curioso consenso' (El Correo, 09-02-19). Cierto que un socialista puntualizó (02-25) que su partido estaba por modificar el nombre y la normativa del Consejo Asesor del Euskera. Pero no menos cierto es que, como replicó el mismo Ruiz Soroa, «los eurodiputados socialistas se han unido a los nacionalistas, en contra de los populares (PP), para tumbar una propuesta europea sobre lenguas minoritarias, porque en la misma se defiende el derecho de las familias a elegir lengua vehicular para la enseñanza de sus hijos».

Consenso entre convencidos. Todos ellos parten de axiomas comunes: el euskera, patrimonio cultural, nuestra lengua, factor necesario de cohesión, lengua rica y enriquecedora, milenaria y renacida, gracias al esfuerzo de todos... Euskaldunización = normalización.

Axiomas comunes, o lugares comunes. Con igual derecho y razón se pueden defender tesis contrarias: batúa, neolengua minoritaria, extraña, difícil, literariamente pobre e inculta, estudiada por obligación y olvidada con gusto. Discriminante hasta el atropello. Una curiosidad de museo, desempolvada al servicio de una construcción nacional. Euskaldunización = imposición. Todas las 'sensibilidades' quiere decir eso: todas. Por raras que nos parezcan. Pisamos suelo opinable. De todos, o de nadie.

En esta máquina de euskaldunización sin marcha atrás, pero ahora con freno, éste no lo han inventado los socialistas. El citado Baztarrika ha cubierto el último tramo de su carrera como asesor de política lingüística pisando freno. No porque no interese euskaldunizar; todo lo contrario, porque tan de prisa íbamos camino de dar al traste con una lengua débil, y encima aborrecida.

No ha sido el respeto al niño, o el respeto a la libertad; menos aún la Constitución, que prohibe discriminar por razón de lengua para acceder al trabajo; ni siquiera el sentido común, ante tamaño despilfarro. Lo que preocupa es el rechazo. Euskaldunizar, sí; pero sin escándalo.

«Este país ha avanzado mucho en el conocimiento del euskera… Pero resulta que la lengua vasca no pasa al uso en la misma proporción. No se está desarrollando el acercamiento al euskera. Desde la escuela vamos a cultivar esa vinculación de aprecio. Querer al euskera. Una lengua impuesta nunca será amada y una lengua querida será más usada.»

¿El Baztarrika de los últimos días? ¿el PNV del no a Tontxu Campos? ¿A que suena lo mismo? ¡Pues qué va! Es la nueva Consejera, que para mejor persuadir viene con un plan de educación trilingüe: castellano, vascuence, inglés. Cómo lo vamos a financiar, ya veremos. De momento, «rebajar el suflé en torno al tema lingüístico» –dice con humorismo de repostería– , donde la libertad de elección de una lengua (el castellano) «debe congeniarse con el necesario aprendizaje de la otra», para en definitiva «avanzar hacia ese trilingüismo de libre adhesión».

Pero entonces, ¿en qué hemos cambiado? Nuestros niños seguirán atiborrándose de euskera en el aula, para dejar de practicarlo en el recreo y olvidarlo al volver a casa. Porque si en la vida humana hay una edad con reflejos de supervivencia, esa es la escolar. Y si hay una sociedad masoquista hasta el extremo de quitarles a sus hijos de la boca su propia lengua materna, dejando que les impongan otra extraña, minoritaria, inculta, torpemente manipulada y manifiestamente inútil, sólo por si acaso algún día la necesitan para pedir de comer, esa sociedad sólo puede imaginarse en el País Vasco.

¿O sea que con Patxi López esto va a seguir como antes? No exactamente. Aunque el vascuence siga siendo obligatorio, siempre se podrá decir que no lo es para la construcción nacional. ¡Ya! Pero entonces..., ¿para qué…?

sábado, 23 de mayo de 2009

Crotalogía, o enseñar el que no sabe






  La polémica en torno al 'Padre KK' y su controvertida capacidad para impartir a título de teólogo doctrina práctica en materia de sexo –en la que se le supone inexperto–, me trae a la memoria un librito que vale la pena releer.

En 1792 la Convención depone a Luis XVI y Francia se convierte en República. En Madrid, la reina María Luisa, mujer de Carlos IV, se interesa por un joven guardia de corps. Era el inicio de la ascensión de Manuel Godoy al Olimpo. El mismo año, también en Madrid, había salido de la Imprenta Real un opúsculo de título extraño, La Crotalogía. ¿Qué era eso? El subtítulo lo explicaba: Crotalogía, o ciencia de las castañuelas.
Sólo a los eruditos les sonaba la palabra crótalo, oriunda del griego y traducida por conjetura como 'castañeta'. Herodoto (2, 60), describiendo la procesión fluvial a Bubastis, habla de mujeres tocando crótalos, en compañía de varones flautistas, todo en honor a Bast, la amable diosa gata, figurada con cuerpo de mujer, tocando ella misma su instrumento preferido, también llamado sistro, o sea el crótalo. Otros contextos y representaciones arqueológicas sugieren las sonajas, la pandereta (que también puede llevarlas), la matraca o carraca, y en fin, todo tipo de castañetas. Crótalo se relaciona con κρóτος, chasquido, palmoteo, zapateo, castañeteo… Como cuando la cigüeña 'crotora'. En el Nuevo Mundo los españoles trabaron conocimiento con una peligrosa culebra que, como las adoradoras de Bast, se anunciaba con un peculiar sonajero, por lo que la llamaron crótalo o cascabel. En fin, como título de libro, la Crotalogía hacía recordar a los más leídos que ya a mediados del XVI se había publicado una sátira lucianesca titulada precisamente El Crotalón o «juego de sonajas».
Ahora bien, lo que en esta obra era sólo metáfora, en la Crotalogía era asombrosa realidad, o al menos prometía serlo: Instrucción científica del modo de tocar las Castañuelas para baylar el Bolero, y poder facilmente, y sin necesidad de Maestro, acompañarse en todas las mudanzas de que está adornado ese gracioso Bayle Español.
De momento, sólo salía a luz una Parte Primera:« Contiene una nocion exâcta del Instrumento llamado Castañuelas, su origen, modo de usarlas, y los preceptos elementales reducidos 'a riguroso método geométrico, juntament con la invencion de unas Castañuelas armónicas, que se pueden templar, y arreglar con los demas instrumentos.»
A partir de ahí, ya sabía el lector a qué atenerse. El prólogo será una parodia de prólogos al uso; el índice de capítulos, una parodia de índices de tratados inútiles de todo género; y el desarrollo, una graciosa parodia de la seudoerudición, pero sobre todo de la pretensión de reducirlo todo al 'método geométrico', con sus axiomas perogrullescos, tesis, demostraciones grotescas, corolarios sin pies ni cabeza. En una palabra: una reprimenda a la persistencia de métodos tardoescolásticos vergonzantes en pleno siglo de ciencias experimentales. Ningún dibujo ni esquema concreto viene a turbar la pureza de la abstracción cartesiana. Como tampoco la teoría se pone a prueba práctica con ejercicios. ¿Para qué? Se da por supuesto que cualquier lector aprovechado de la Crotalogía, al cerrar el libro, sale consumado crotálogo, listo para acompañarse y acompañar con las castañuelas en el baile del bolero… ¿O no?... Pues va a ser que no, hasta que se publique una Segunda Parte, con toda la teórica de este baile. Hasta hoy.
Hora es de ofrecer el enlace de la obra. Mejor dicho, dos enlaces: uno con el texto de la Crotalogía digitalizado para la 'Biblioteca Virtual 'Cervantes', y otro con el facsímil de una de las ediciones o tiradas, descargable desde 'Libros Google'.
¿El autor? El Licenciado Francisco Agustín Florencio, un seudónimo. El verdadero autor fue Juan Fernández de Rojas, agustino de San Felipe el Real de Madrid. El mismo que vemos en perfecto retrato que le sacó su amigo Goya, hoy propiedad de la Real Academia de la Historia. Lo cual, unido a que el padre Rojas fue nombrado por Real Decreto para continuar la erudita España Sagrada que emprendió su correligionario agustino Flórez, ha hecho creer que Rojas fue académico. La verdad es que, aunque muy docto, su humor no le llamaba a peregrinar por los archivos, prefiriendo una vida más sana junto al mentidero de las Gradas de San Felipe. De la España Sagrada no publicó ni una línea.
Acabo, en relación con el motivo de esta nota, con un párrafo del Capítulo XIV, que Trata de la conclusión de esta obra:

Advertencia última. No obstante que he procurado dar todas las reglas crotalógicas con la mayor claridad, que me ha sido posible, atendiendo a la falta inevitable por ahora, de las estampas; con todo eso puede suceder que alguno no pueda por sí mismo llegar a toda la perfección, que se imagina, y quiera buscarme para que yo le manifieste en la [91] práctica lo mismo que tengo escrito. Bien sabe Dios que sentiría verme en este apuro: y para precaverle protesto y aseguro, con toda la ingenuidad de que es capaz un autor, que yo en mi vida he tomado las castañuelas en la mano, y de consiguiente, que ni mal ni bien, yo jamás he querido, ni intentado tocarlas. De la misma manera y bajo las mismas formalidades protesto y aseguro, que, o bien sea por la demasiada fuerza de atracción, que explica hacia mi cuerpo la tierra, o bien por la fuerza de inercia de mis músculos y nervios, yo, no solamente no soy capaz de bailar el bolero, pero aseguro ingenuamente que por más esfuerzos que haga, no será posible que mis pies se levanten del suelo dos dedos siquiera, de modo que se pueda llamar salto. Con todo eso bien claro es que estoy dando leyes al mundo sobre lo uno, y las daré sobre lo otro. En otros tiempos era necesario que se supiese una cosa para escribir de ella, y se mataban tantos pobres mozos en esas malditas escuelas, que era una lástima verlos estudiar y dar voces mañanas, tardes, y noches para haber de entender una cosa. Ahora, gracias a Dios, ya están los entendimientos rectificados, las ideas más claras que un cristal, los conocimientos humanos, más propagados que los [92] gorriones, y todo lleno de ilustración y de buen gusto.

miércoles, 20 de mayo de 2009

El Teólogo que Vino del Frío




Si Vargas Llosa ha podido tejer su necrológica de la fecunda 'escribidora' Corín Tellado, sin haber leído una página suya, cualquiera debería poder opinar de oídas sobre un simple libro escrito en lengua que desconoce, máxime si no es para vituperarlo.

Se habla mucho del 'monje polaco' y su 'Kama-sutra divino'; del nuevo profeta de la sexología católica, que con licencia eclesiástica predica una 'Teología del orgasmo. Se trata de Ksawery Knotz, capuchino. El aluvión de referencias en la Red al fraile y a su mensaje corre parejas con la penuria de información concreta, en lo que más parece reclamo publicitario de su libro, Seks jakiego nie znacie (El sexo del que no sabes). Sólo «para matrimonios enamorados de Dios». Se trata por lo visto de una nueva y revolucionaria mística del sexo practicado, o mejor dicho, oficiado como función sacramental.

Atribuir valor religioso y místico al ejercicio del sexo en todas sus expresiones, incluso orgásmicas y orgiásticas, no es nada nuevo. En un plano religioso inferior, el hogar romano era santuario del Priapo doméstico, un madero tallado con tosquedad todo él, excepto su elemento funcional, realista y pulimentado por la caricia de generaciones.

Ya en plan0 más elevado, filosófico-místico, muchas religiones mistéricas investigaron esos caminos tan especiales de búsqueda y contacto con lo divino. Los mismos cristianos antiguos, con todo su puritanismo paulino, fueron acusados a menudo de prácticas nefandas en la clandestinidad. Entre los gnósticos (siglos I-III), hubo grupos real o putativamente licenciosos, y esa misma imputación cargó sobre el obispo de Ávila Prisciliano y sus discípulos, ellos y ellas (s. IV). Vendrán luego los alumbrados y 'dejados' (s. XVI), Molinos y los quietistas (s. XVII). También en el lado protestante, los anabaptistas mennonitas (s. XVI) dejaron fama de promiscuos licenciosos.

Pero no debo desviarme del tema: la mística sexual, que no debe mezclarse con laxismo moral o con recetas casuísticas. Lo que Teresa de Jesús sintió y percibió en su transverberación extática (1559), quédese para ella sola. La versión de su experiencia que dejó plasmada en lenguaje paladino (Vida, 5, 29), eso ya es otra cosa. Y no digamos, la recreación romana de Bernini en Santa María de la Victoria (1650), donde la referencia sexual es inevitable, de puro obvia. A todo esto, la misma Teresa comparte con otras mujeres –en especial santa Catalina de Siena, otra mística erótica– un contacto y unión muy particular con Jesucristo, lo que llaman ellas su 'matrimonio espiritual'.

¿Y el otro matrimonio? El de las parejas casadas, quiero decir. Es curioso y paradójico: casi toda esa mística sexual católica ha sido extra-, meta- o para-matrimonial. El matrimonio según san Pablo, visto como sacramento medicinal, para remedio de concupiscentes, y cargado de simbolismo teológico como imagen de la unión de Cristo y la Iglesia, apenas ha desarrollado una teología erótica en consonancia. En lo moral, los cristianos se alinearon con el paganismo estoico frente a los epicúreos. El balance del sexo, según san Agustín (m. 430) es netamente pesimista, consecuencia de su pasado maniqueo.

Esa herencia patrística más sombría gravitará siglos después, en el XII y sobre todo en el XIII, cuando se divulga la confesión secreta, junto con una incipiente 'dirección espiritual' o guía de almas, casi siempre frailuna y bajo presión inquisitorial anticátara. Lo describió muy bien H. Ch. Lea en su Historia de la Confesión Auricular (1896). Tal situación, agravada para Occidente por la disciplina oficial del celibato clerical, no resultó nada proclive a especular con aventuras místicas para casados metidos en la cama.

De ahí la relativa novedad y giro que suponen esos ensayos, como el del padre Knotz –insisto, sea cual fuere su desarrollo–, que partiendo del simbolismo paulino antes citado, sin abandonar las alturas del misticismo, no desdeñan englobar en un todo también el elemento físico, sensual y estético, atribuyéndole valor religioso.

Bautizar a Epicuro: he ahí una opción nada desdeñable para católicos practicantes, si su autoridad religiosa se lo consiente. Y desde luego, opción respetable para el profano como yo, que poca vela tengo en este entierro de una sardina aparentemente trasnochada.

Sólo un par o dos de comentarios, que si fueren necios, al menos lo serán brevemente.

Lo primero, que ese interés y esa orientación suponen un viraje notable respecto al sistema que ha prevalecido hasta hace relativamente poco. Todavía es posible encontrar en puestos de viejo libros de texto para clérigos, escrito ya en castellano u otra lengua vulgar, pero siempre velando en recatado latín la materia de sexto et nono.

Lo segundo, que expresiones como 'teología del orgasmo' me dejan perplejo, sin saber bien si va de cachondeo, o si realmente estamos ante un constructivismo de largo alcance, que permita hablar igualmente de 'teología de la relajación de esfínteres',o 'de la insalivación', de la emisión flatulenta o del estornudo, etc. etc. Pues tal parece que aquella Theologia naturalis de la Ilustración dejó muchos rincones sin iluminar.

En tercer lugar, me pregunto sin morbo, simple curiosidad, si la nueva vía iluminativa y unitiva se abre también para el sadomasoquismo y otras 'perversiones', como antes se decía; o si por el contrario, hay caminos que ni de la mano sabia y comprensiva de un capuchino polaco llevan al Señor.

Lo cuarto y último. Algunos timoratos se han escandalizado, o al menos extrañado de que un religioso célibe se haya erigido en explorador guía de paisajes escabrosos, donde todo se le supone, menos experiencia. No conozco de nada al padre Ksawery (o Javier), pero el mero hecho de atreverse a invadir el jardín de Epicuro en beneficio ajeno, más algunas declaraciones que se le atribuyen, me persuaden de que este fraile no necesita consejos sobre cómo defenderse.

La literatura sobre moral sexual es inmensa, escrita casi toda ella por clérigos célibes. Recordemos al padre jesuita Tomás Sánchez (1600) el de la máxima: «Si quieres saber más que el demonio, consulta a Sánchez De matrimonio»...,
sólo por poner un ejemplo.

En fin, esto trae a la memoria la cantidad de libros escritos en el mundo por maestros teóricos, sin la menor experiencia práctica sobre lo que profesan. De eso se burlaba con muchísima gracia el padre Juan Fernández de Rojas en su Crotalogía (1792).

Otro día hablamos de ello.