lunes, 20 de abril de 2009

EL EUSKERA COMO FETICHE (3)

(Continuación)


6. El Gran Fetiche: Lendakaritza


La semana pasada, un burukide excelso proponía que si finalmente Patxi López sucede en el cargo al lehendakari Ibarretxe, no se le llame así, lehendakari, sino presidente. Andoni Ortuzar, lehendakari/presidente del Bizkai Buru Batzar, daba esta razón: «porque el bilingüismo se va a poner ahora de moda». Traición del subconsciente, porque el bilingüismo precisamente es el ideal que dice promover la política lingüística nacionalista, por ahora.

Pero esto aparte, la idea de cambiar el nombre no era de Ortuzar, otros la habían propuesto antes, desde que se vio venir lo inevitable. Es más, Iñaki Anasagasti cedía la iniciativa al enemigo, concretamente al «antivasco Martín Ferrand… y algunos fachas en Madrid». Paradójicamente, la razón de esos 'fachas' para devaluar el término lehendakari es que, según Jon Juaristi, «es un término
calcado sobre los vocablos fascistas de los años treinta que se referían al caudillaje de masas, como führer, duce, conducator y, por supuesto, caudillo de los que es estrictamente sinónimo».

La verdad, estas filologías al nacionalismo vasco le traen al pairo. Ellos también coinciden en que el maldito que viene en nombre del Maligno debe llamarse presidente y no lehendakari; mas no por el tufo fascista del vocablo vasco, sino porque el lehendakari encarnado es hoy por hoy Ibarretxe, como primero lo fue Aguirre, al que sucedió Leizaola. Anasagasti recuerda que «cuando Rubial fue elegido Presidente del Consejo General Vasco, a nadie se le ocurrió llamarle Lehendakari, ya que el Lehendakari era Leizaola, que seguía presidiendo un gobierno vasco en el exilio, y así lo ratificó Rubial yendo a visitarle a San Juan de Luz».

En efecto, no se trata de matices semánticos. A decir verdad, tampoco se trata de política, sino de teología. Lendakaritza es el Verbo, la Palabra que se hace carne, pero no en un cuerpo cualquiera, sino en la estirpe elegida.

Amigos como somos de buscar ejemplos exóticos para ilustrar nuestras rarezas, yo me iría al Himalaya en busca del mío, y diría que nuestros lendacaris en Euzkadi son como los lamas en el Tibet: encarnaciones de cierto Buda, o en nuestro caso, de Lendakaritza, divinidad-fetiche si las hubo. De paso noten que escribo el Verbo sacro sin hache, por respeto a la forma original en que nos fue revelado, en 1911. (Años antes, parece que se había manifestado ya como Lenenkari (1897): probablemente un avatar, eón o precursor de la emanación definitiva.)

Por tanto, señor López, sea usted o no euscaldún, no tiene nada que ver –tampoco lo era Ibarretxe cuando el chamán Arzalluz leyó en él los indicios de su lendacarización . Y no se esfuerce ni robe tiempo a sus deberes de gobierno para chapurrear vascuence, pues tampoco le valdrá de nada para transmutarse, de mero presidente efímero de la CAV, en Lehendakari de verdad y para siempre. ¡Hasta ahí podíamos!

Esta faceta del eusko fetichismo habría pasado desapercibida, de no haber sido por la magia negra de los números que la ha puesto en evidencia. O si se quiere, que ha puesto en evidencia ese fallo de la normativa electoral, que no toma en cuenta el hecho diferencial de nuestras instituciones más sagradas. A los foráneos, a los no iniciados en las intimidades del alma abertzale, a las mentalidades obtusadas por el maketismo, todo eso les parece bizantino. Y de bizantino nada; nuestro, y muy nuestro. Por eso, cuando el PNV dice que Ibarretxe, lo mismo que ha sido y es Lendakari en el poder, seguirá siéndolo en la oposición, no es cosa de risa, aunque podría serlo de psiquiatría.


7. «Napoleón soy yo»


El euskera de la gente común y de los filólogos es una lengua civil entre tantas. Puede hacerse de ella un fetiche, pero ella en sí no lo es. El otro euskera sabiniano, trufado de neologismos identitarios – batzoki (1893/1894), aberri (1896), ikurriña e ikastola (1897), ikastetxe (1899), jaurlaritza (1934), burukide (1962), lendakari…–, esotro ya es como la lengua sagrada de una religión fetichista tribal. Anasagasti lo dice, no yo, que de eso nada entiendo: «Lehendakari… este mágico vocablo consagrado por la Historia para los presidentes nacionalistas».

Quienes no son de la tribu, harán bien en mantenerse a discreta distancia del fano mistérico. En el Templo de Jerusalén había un atrio periférico para los gentiles (y las mujeres). Traspasarlo era abominación, a los ojos de Dios y de los buenos judíos, el único pueblo elegido. No ya por curiosidad, tampoco por devoción mal entendida era lícito invadir ciertos espacios. Absténgase el López de profanaciones y blasfemias. Desahuciar de Ajuria-Enea al actual inquilino ya es bastante impiedad, para encima usurpar el nombre del numen én él encarnado.

En la historia antigua, los eventos cruciales solían señalarse por prodigios. Uno muy célebre se produjo cuando la toma de Jerusalén por los romanos y la destrucción del Templo, el año 70 de nuestra Era. Al prender el incendio, cuenta Cornelio Tácito, se oyó una voz divina que decía: «¡Vámonos de aquí!» (excedere Deos). A lo que siguió un estrépito como de gente que se iba.

También en Ajuria Enea, al final de esta pequeña eternidad peneuviana, «¡nos vamos de aquí!» se oirá quizá decir al Lendakari, mero transmisor de voz de Lendakaritza, encarnado en él. Y Patxi López quedará chasqueado, porque cuando se meta en la casa, el numen ya no estará allí. Los bustos y retratos de Sabino, de Aguirre el Protolendakari, del último lendakari Leizaola y los demás que le han sucedido, ya con la hache de lehendakaris…, hasta las paredes, desde las sombras de los cuadros familiares recién retirados, repetirán con zumba: «¡Presi! ¡que eres sólo un presi!... ¡Presidenteee!»

Vendrá luego la hora de la verdad: la investidura en Guernica. También de eso hablan entre sí los arúspices y discuten los augures. ¿Tomará en vano López la fórmula 'tradicional' desvirtuada? «Yo no lo permitiría. Que se inventen la suya.» (Anasagasti)

Con que, Presidente, abra usted como abra la boca, en vascuence o en castellano, así o asá, será usted un blasfemo. Mire, no se esfuerce y procure decir algo que todo el mundo entienda. Algo así como que usted jura o promete cumplir las leyes y hacerlas cumplir; todas las leyes, incluyendo –porque somos de aquí–, los fueros y libertades de esta tierra. Déjese de barroquismos teologales y de fetiches tribales. Que todos le podamos entender, incluso los nacionalistas sensatos, que seguramente los hay, aunque poco se les nota.

Este país no anda bien de la la cabeza. Y en tales achaques, si llevar la contraria puede ser malo, tampoco es solución bailarle el agua al orate. Si uno se cree el Lendakari, como si afirma que es Napoleón, de poco vale que otro le diga:

–Pobre hombre… ¡Si Napoleón soy yo!

(Continuará)

miércoles, 15 de abril de 2009

EL EUSKERA COMO FETICHE (2)

(Continuación)

3. Aproximación al fetiche.

¿Qué es fetiche? ¿qué es fetichismo?

Como todo el mundo sabe, fetiche, voz de origen portugués (feitiço, del latín factitius), es polivalente, aplicándose sobre todo a figuritas mágicas, amuletos y sortilegios, como también a ídolos. Como adjetivo, denota peyorativamente lo ersatz, lo sucedáneo, ficticio o falso. Pero me gustaría precisar algo más, y he aquí que en mi ayuda viene un viejo amigo, De Brosses.

Charles de Brosses (1709-1777) fue un ilustrado caballero francés, del que tengo entre mis libros de cabecera sus 'Cartas de Italia', deliciosas y divertidas. Pero también autor de ensayos de gran originalidad, de esos que la crítica anglosajona califica de 'seminales'. Uno de éstos trata precisamente Du culte des dieux fétiches (1760, 282 págs. En 12º), donde introduce la palabra fetichismo para designar la forma más rudimentaria y pueril de religión.

Para Brosses, un dios-fetiche, o fetiche a secas, es todo objeto natural dotado de virtud numinosa que le es propia y por la que es objeto de culto. Fetichismo es la religión observada para con esos seres –animales o árboles, ríos, piedras etc., también genios o duendes–, por el bien o el mal que pueden inferirnos. El fetichismo sería más primitivo que la idolatría, donde el ídolo, sin dejar de ser objeto, ya es una abstracción representativa y simbólica de algo que lo trasciende.

Junto a eso, otra acepción de fetichismo se impuso para designar la sexualidad y erotismo proyectado hacia objetos vicarios del objeto primordial, natural o 'normal'. O también el commodity fetishism (fetichismo de la mercancía), como forma de subordinación basada en la excelencia mercantil del otro. En ambos casos hay transferencia del valor primario a otra cosa vicaria, lo que nos acerca a la idolatría, más que al fetichismo Brossesiano. De todo hemos de ver en relación con el culto primitivista al fetiche en que se ha convertido el euskera.

4. Un panteón de fetiches: el identitario.

El euskera, como toda lengua, tiene valor instrumental y utilitario, para la expresión y comunicación entre humanos. (Bueno, también de los humanos con Dios y viceversa.) Tiene también el valor de marca identitaria, impresa en la primera infancia y, al parecer, indeleble para cada individuo como 'mi lengua materna'. Dejando aparte si es posible tener dos o más lenguas rigurosamente maternas, nos quedamos con que la inmensa mayoría de la gente sólo reconocemos una. Y eso, aunque muchos desde niños puedan poseer otras adquiridas en edad muy temprana, cuando el aprendizaje de ciertas habilidades diríase ilimitado.

Las señas de identidad compartidas jugaron papel muy importante en la humanidad primitiva, para establecer grupos y subgrupos. Basadas casi siempre en la realidad, luego el imaginario grupal se encargaba de atribuirles valor añadido, encareciendo lo propio. Tampoco era esto lo primordial, fuera de ciertas celebraciones y de ciertas marcas. La lengua solía ser una de ellas, como demostrativa de la superioridad humanoide del propio grupo. Así, sólo la lengua propia era 'la' lengua, las demás eran mugidos o ladridos. Con todo, en la vida ordinaria prevalecía el valor instrumental, y si por una parte los hablantes de una lengua se complacían en distinguir dialectos, modismos y acentos subgrupales y hasta familiares, también era muy frecuente el plurilingüismo adquiridos en la infancia, en una babel lingüística de la que hoy no nos hacemos idea.

La señas de identidad grupal eran eso: señas. La propia 'identidad' como tal resultaba demasiado metafísica para la mentalidad primitiva, que la sentía e intuía, pero no la enunciaba o describía. Sólo la moderna evocación romántico del grupalismo (en versión nacionalista) ha recogido y catalogado, como también inventado, mal observando y malinterpretado señas y más señas, hasta configurar un identitario.

Uso esta palabra, identitario, como sustantivo –calcada en ideario–, con carga semántica. Un nacionalismo puede tener o no tener auténtico ideario –reducido casi siempre a lemas o consignas voluntaristas (tipo, «la patria de los vascos es Euskadi»)–. Lo que jamás le falta es el identitario, su verdadera y única razón de ser. Un ideario digno de ese nombre está sujeto a discusión racional, es revisable. El identitario no, por definición de lo irracional.

Pero si la semiótica primitiva, funcional, procuraba ser objetiva (aun no siéndolo siempre, por errores de interpretación), la semiótica identitaria es deliberadamente falaz hasta la contradicción. Pongo el caso del nacionalismo vasco sabiniano. La panoplia identitaria se sustenta en tres ejes materiales: raza, lengua, tierra. No importa lo chapuceramente que se defina la raza, ni lo desprestigiado que esté ese concepto, ahí está impertérrita la etnia vasca, que dotada de lengua propia ocupa desde siempre un territorio patrio.

Y aquí viene la primera contradicción. El nacionalismo vasco, que se autocreó sobre un identitario excluyente, desde la transición de España a la democracia, instalado en el poder sobre la Comunidad Autónoma Vasca, se marca una prioridad insólita: asimilar el conjunto de la población, como si todos los ciudadanos de dicha comunidad fuesen 'pueblo vasco', obligado moralmente a tomar conciencia de su identitario y asumirlo miméticamente, obrando en consecuencia.

Claro está que una asimilación racial no se contempla –al revés, muchísimos vascos son proclives a la endogamia vasca de apellidos–, pero siempre queda ese otro pivote identitario que es la lengua. Y en ello estamos, en proceso de euskaldunización. Proceso acrítico y radical, como cosa del identitario. Todo lo más, para el 'ideárium', este otra lema enteco, autodefiniente, tautológico: «La lengua de los vascos es el vascuence o euskera».

Treinta años de poder nacionalista, con impagable ayuda de 'maketos' obsequiosos, han venido dando por sentado que la ciudadanía de Euskadi desea unánimemente euskaldunizarse o ser euskaldunizada.

Será todo lo improbable que ustedes quieran, todo lo inverosímil; pero es 'como si'. En nada estaremos de acuerdo, como es lógico en una sociedad tan compleja. Absolutamente en nada, menos en esto. Todos hemos acordado, de una vez y para siempre, que queremos ser euskaldunes, amén. Descienda el euskera sobre nosotros y sobre nuestros hijos y permaneza por siempre jamás. No haya trabajo ni pan para quien no posea su lengua propia. Cualquier esfuerzo es poco para conservar la lengua de nuestro mayores. Todos juntos por el euskera, para la construcción de Euskal Herría, nuestra patria, la patria de todos y solos los vascos…

5. «Nuestros antepasados los vascones…»

La primavera de 2009, con su aritmética caprichosa y singular, ha forzado un acuerdo PSEE-PP, al margen del identitario nacionalista. Un punto clave de ese acuerdo es la revisión de la política lingüística, empezando por abolir los excesos euskéricos impuestos por Tontxu Campos, cuya representatividad se ha revelado vestigial.

La reacción nacionalista ha sido inmediata. Todo su frente patriótico ha protestado lo que ya llaman "retroceso" y "destrucción de lo construido en todos estos años", en "violación flagrante del consenso y voluntad de toda la sociedad vasca".

Según eso, es de esperar una resistencia ciudadana, tal vez una revuelta, una sublevación contra los que osan arruinar o al menos frenar la euskaldunización tan deseada por todos. ¿A que sí?

Pues no. Y no por este vuelco de fortuna que ha traído al gobierno a "los enemigos de lo vasco". ¡Qué va! Ya antes, cuando esto ni siquiera se adivinaba, el propio nacionalismo pragmático venía palpando una realidad heladora: la ciudadanía vasca pasa del euskera. Peor aún, venía mostrando síntomas de incomodidad y rebeldía frente a la más impolítica de las políticas, como es la imposición linguïstica a base de palo y zanahoria.

El motín, de haberlo, no iba a ser favorable al vascuence, sino justo lo contrario. Porque esto no ha sido el recorte de capa ni la prohibición del chambergo. Mucho peor, ha sido el recorte de la libertad lingüística, la supresión escolar de una lengua oficial, la materna de la mayoría, a favor de otra lengua llamada 'propia' por sarcasmo, porque es extraña para la mayoría de los padres de familia en esta comunidad. Así que esto no es todavía el motín de Esquilache. Pero ha empezado a notarse la movida. ¡Cómo! Pero entonces, todo ese avance oficial espectacular del euskera, ¿no ha sido fruto del entusiasmo popular, del afecto a nuestro patrimonio cultural, o de la devoción a la lengua de nuestros mayores?...

«Nos ancêtres les Gaulois…»«Nuestros antepasados los galos…»: así empezaba una lección de Historia de Francia Antigua, en libros de texto franceses de los años 50. Lo cual daba qué reir a no pocos ciudadanos de la vecina República, tan cosmopolita ella y acogedora, para quienes los galos eran poco más que la pesadilla y gloria de Julio César.

Pero esa risa no era nada, al lado de la que desternillaba a toda una enorme 'provincia' de Francia, llamada Argelia. Mejor dicho, una Argelia llamada 'provincia francesa'. Por supuesto, la mayoría de alumnos argelinos aprendía el francés con provecho. Era su lengua vehicular de cultura moderna, también la llave para incardinarse en la metrópoli. La gente sabe lo que le conviene. Ahora su lengua franca y vehicular es cada vez más el inglés. Por supuesto, nada de «nuestros pasados anglo-sajones, pictos, escotos…» –expresiones demasiado enfáticas para el inglés–.

Pues bien, algo similar siento yo, natural de esta tierra y este país, cada vez que se me intima cualquier cosa que tenga que ver con sentimientos de pertenencia ancestral al pueblo vasco. Sorpresa, desde luego. Indignación también, por lo que tiene de insulto a mi sentido del humor, por rudo que éste sea. Pero sobre todo, hilaridad.

Aquí se incluye la lengua vasca. El vascuence será hermoso o feo, fácil o difícil, útil o superfluo, todo ellos a discutir y allá cada cual con sus conclusiones. Lo que me hace reír es que se me presente como un fetiche al que le deba culto, o lo que es peor, al que le deba también dinero, porque hay que conservarlo y promoverlo, como seña de mi identitario vasco. ¡Y un cuerno!

(Aquí me autocensuro y tacho lo de 'un cuerno', porque he decidido mantener en toda la disertación un tono ecuánime. Pero nada ni nadie me puede impedir que me ría a mandíbula batiente, a la vez que me siento indignado.)

Con lo dicho, queda introducida una distinción, a mi juicio importante, entre lo que nos es propio y lo que no; entre lo que es apropiado o apropiable, y lo que no lo es, porque así lo decide el sujeto en uso de su libertad. De nuevo, mi libertad, frente al identitario ajeno. Cien veces habrá que repetir esa palabra, libertad. ¡Pero si no estamos hablando de otra cosa!

(Continúa)

sábado, 11 de abril de 2009

HOMILÍA DE VIERNES SANTO

Anteanoche me puse estoico y presencié la película de Gibson sobre la Pasión de Jesucristo, procurando concentrarme en lo puramente ‘estético’ de una obra deliberadamente antiestética. Como suelen serlo casi todas las representaciones de ese drama. Una excepción, para mi gusto, sería la versión estilizada de Passolini, en los antípodas del hiperrealismo revulsivo (y repulsivo) de Gibson.
Calma, no voy a meterme a crítico de cine. Sólo es una explicación del pronto que me dio, por abordar ese tema apasionante (sin cargar la suerte en el juego de palabras).
Dudoso estaba, si meterse en un berenjenal imprevisible. Para bien o para mal, vino a sacarme de la duda (y de quicio) el seudo documental que la misma Cadena 3 sirvió como postre: los ‘hallazgos’ de la osamenta –ADN incluido− del mismísimo Cristo y toda su parentela. No dudo de la honradez de los programadores, que seguramente avisaron en algún momento que la pretendida arquología era bazofia fermentada, malaleche-ficción, aunque yo no llegué a oír la advertencia.

La Vida de Cristo entró con buen pie en la programación escénica medieval. Sin embargo, las representaciones más antiguas versaban más bien sobre historias de su primera epifanía en este mundo: manifestación a los pastores y a los Reyes Magos. Dicen que fue san Francisco de Asís el primero que montó un auto navideño centrado precisamente en la Navidad, anticipo de todos los belenes vivientes e inanimados.
La Pasión del Señor vendría más tarde. En su contra obraba, supongo, la norma litúrgica de ocultar imágenes sagradas en la Semana Mayor. Con todo, la misma liturgia ofrecía un recitativo dramatizado de las Cuatro Pasiones del Evangelio, en las voces del Cronista, Cristo y la Turba. Luego vino el ponerle música, y con unos interludios y añadidos extralitúrgicos, ya podemos abrir los oídos al éxtasis de Bach…
Las Pasiones al vivo son otra cosa. A unos les conmueven, a otros les dan ocasión de reconocer a algún familiar o amigo para contarlo luego en el periódico, como el otro día en Valmaseda. Y a propósito, mi primera pasión viviente no fue ésa, sino una representación teatral en el Arriaga., montada por don Enrique Rambal (padre), esto último lo supe más tarde. 'La Tragedia (o el Mártir) del Gólgota', creo que se llamaba.
Pero antes que la Navidad y que la Pasión, parece que fue la Resurrección lo que se escenificaba. No la Resurrección en sí, misterio nunca visto por nadie, sino el primer testimonio sobre ‘La Tumba Vacía’, atribuido por el Evangelio a María la Magdalena.
Victimae Paschali es una composición anónima medieval, cantada como ‘secuencia’ en la misa de Pascua. La reminiscencia dramática se centra en un diálogo entre la Magdalena y el coro de cristianos:

−Dinos, María, /¿Qué viste en el camino?
−La tumba de Cristo viviente, /como vi también la gloria del Resucitado; /los ángeles testigos, / el sudario y los vestidos… / «¡Ha resucitado Cristo, mi esperanza!...
−Sabemos que Cristo ha resucitado /de veras, de entre los muertos…


Ahora bien, antes de esta conclusión, en el texto original el coro hacía este comentario:
−Credendum est magis solae / Mariae veraci, / quam Iudaeorum / turbae fallaci (Más de creer es María la veraz, / que de los Judíos la turba falaz).
Al editarse el nuevo Misal Romano (1570) corregido según las directrices del Concilio de Trento y la Contrarreforma, hubo cambios y también omisiones. Una muy significativa fue precisamente esa. En adelante, dejó de decirse que pesa más la palabra de una mujer sola, convencida de su verdad, que toda la mendaz judería
Me he acordado de ello esta mañana, al echarlo de menos en el interesante artículo del profesor Juan José Tamayo, ‘La resurrección de María Magdalena’.
Muchas correcciones tridentinas del Misal y el Breviario fueron de estilo. Esta era mucho más, toda una censura de una frase antisemita. ¿Fue por delicadeza hacia los judíos, hoy saludados por la Iglesia Romana como “nuestros hermanos mayores en la fe”? Ni pensarlo. Los judíos antes de Trento, en Trento y después de Trento, han sido siempre “los pérfidos”, los obcecados, y no se debe gastar tiempo en probarlo. Judíos y Cristianos siempre se tuvieron antipatía recíproca. Anoche mismo: si la película de Gibson parecía como picada de antisemitismo, no creo que el ‘documental’ de Cameron, 'La Tumba Perdida de Jesús', pueda presumir de irenismo, por más que se guarden hasta cierto punto las formas.
La hostilidad judeo-cristiana es patente en los evangelios, exacerbada en el de Juan, y andando el tiempo quedará dignamente correspondida en el Talmud. Lo que ya en tiempos de Jesús empezó como disputa familiar judeocristiana, terminó en aversión entre cristianos y judíos, sin que siempre quede claro qué tenga que ver el propio Cristo en el entuerto.
Además, ¿qué Cristo? La crítica aplicada a los Evangelios y demás fuentes cristianas aprendió a distinguir entre el Cristo de la Historia y el Cristo de la Fe. Por supuesto, este segundo es el más importante de los dos, y tal vez el único a tener en cuenta; pues el otro, el personaje histórico, es casi imposible de reconstruir documentalmente.
Esto es lo que me hace especialmente estomagante el engendro de James Cameron. No tanto los hallazgos de osarios en un suburbio de Jerusalén, sino el montaje tendencioso de las piezas, hasta dar por sentado que se trata de los huesos de Cristo y Señora, doña María Magdalena, con probabilidad rayana en certidumbre... ¡a la luz del ADN mitocondrial! Suena rotundo.
Durante siglos, los creyentes se las arreglaron sin pruebas materiales, como si éstas les estorbaran en su búsqueda de la verdad interior.
Así la arqueología cristiana empezó tarde y mal, cuando los viejos del lugar llevaban generaciones desaparecidos, y ningún viviente recordaba con exactitud dónde estuvo la cuadra de Belén, la roca del Calvario o el Cenáculo. No importa. Todo iría apareciendo, pieza tras pieza, sin faltar una sola.
Qué hacer con ellas, eso era otro cantar. Cuando toque encontrar los clavos de Cristo y llevárselos al emperador Constantino, no se le ocurrirá mejor empleo que encargar le forjen con ellos un freno para su caballo y alguna otra chuchería. (Lo cuál, con ser tan cierto, no quita para que los mismos clavos, tres o cuatro, todavía anden por ahí.)
A falta de herramientas tan científicas y seguras como las que alimentan el papanatismo moderno, en tiempos antiguos las tumbas y otros objetos ocultos se localizaban en sueños. Un sueñecito, y he aquí la tumba de san Esteban Protomártir, o la de san Gervasio y san Protasio . ¿Y la de la Virgen María? Pues una siestecita, y caso resuelto. En el documental de Cameron no interviene la oniromancia, pero las corazonadas a tiro fijo vienen a ser idénticas. Así, cualquiera. Lo malo es que la investigación arqueológica seria no suele funcionar de ese modo. Ni en Jerusalén, ni en Veleya.
En las cosas de la fe, allá cada cual si no se mete con nadie. La creencia sincera puede hasta dar envidia al que no cree. Un tramposo metido a redentor de creyentes produce asco y desprecio.