domingo, 22 de marzo de 2009

EPISTOLAS INMORALES

La epístola o carta literaria es un género convencional que, adoptando la estructura formal de la carta, con otros formalismos del género epistolar, busca crear una relación especial entre el autor y su público.

Este género convencional admite tantas variantes como las situaciones que dan origen o pretexto a las cartas propiamente dichas: intercambiar información, comunicar afectos, pedir y dar consejos, pedir dinero y denegarlo, y así sucesivamente.

Hay cartas en prosa y en verso. En éstas, la métrica más común es el terceto, que da un peculiar encadenamiento discursivo, sentencioso, cuyo modelo es la Epístola moral a Fabio, de Fernández de Andrada . Unas y otras pueden ser prosaicas o poéticas.

De la epístola poética se ha dicho que "es quizá la poesía más cercana a la prosa". Esto se cumple por partida doble cuando el presunto poeta es un versificador pedestre

La preceptiva literaria neoclásica que me hicieron estudiar metía las epístolas en la poesía lírica didáctica. Bien entendido que la materia enseñable incluye la moral y la axiología o estudio de los valores. La referencia clásica es Horacio, como autor de una Epístola a los Pisones, sobre preceptiva literaria o arte poética, más una serie de Epístolas morales, donde inculca pautas de conducta de inspiración ecléctica, epicúreo-estoica.

La epístola moral es un género flexible. Tan flexible, que admite hasta su contrario. Así, la muestra que pongo para ilustración de epístola moral poética va a ser la primera de una serie de Epístolas inmorales, en versos rigurosamente prosaicos. Tampoco el argumento ayuda mucho, si eso puede valer en descargo.


Inmoral Primera

No me mueve el amor, Juanjo Ibarretxe
Marcuartu, a dirigirte esta misiva,
ni el odio, o la esperanza que aproveche.

Muéveme a compasión, lágrima viva,
comparando tu ayer con el presente,
ver cómo va tu casco a la deriva.

En verdad, lendakari, no es frecuente
topar tan de la noche a la mañana
con qué frescura la Fortuna miente,

y verse aquél que con holgura gana
burlado perdedor polvo mordiendo
y trasquilado el que iba por la lana;

o tener que escuchar que hora va siendo
de bajar del rocín que tantos años
ha venido llevándote y trayendo.

Noche de mieles y de desengaños,
Nonas de Marzo, cuando tu sentencia
de muerte firman treinta y ocho escaños.

No anduviste sobrado de prudencia
cuando anunciabas que tu tripartito
ibas a repetir con prepotencia.

¿Es que no vistes en el cielo escrito
ese signo fatal de la mudanza?
¿o es que a ti el cielo no te importa un pito?

Si hubieses, adivina adivinanza,
largado tus dos socios a paseo,
y a los sociatas ofrecido alianza,

serías nuevamente corifeo,
Idoia y Patxi vicepresidentes,
«¡hágase en nos», diciendo, «tu deseo!»*,

Pues toma llanto y rechinar de dientes
en las crudas tinieblas exteriores,
donde van de las urnas los ausentes.

Pero tampoco por los tuyos llores
negro futuro como plañidera,
que negro no ha de ser, los hay peores;

y lo más doloroso que os espera
no por cierto será tripa vacía
ni calderilla en la cartera huera,

«ni saeta volante por el día,
ni el incurso y demonio meridiano,
ni el cuidado que ronda en noche fría»
**,

ni con tristeza en el otoño cano
vejez verás venir pobre y en cueros,
una delante, otra detrás la mano.

Ya se sabe que, en chollos y dineros,
lo prestado a la patria con usura
a cobrar estáis siempre los primeros.

Otra va a ser tu cuita y desventura.
Y de eso en éstas quiero hablar contigo,
que aunque lo tuyo ya no tenga cura,
no cuesta, y valer puede, pie de amigo.

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*) Lucas 1: 38.
**) Salmo 90: 6 (Vulgata).

sábado, 21 de marzo de 2009

EL NACIONALISMO COMO BALUARTE FRENTE A LA ANARQUÍA

Ayer he disfrutado en profundidad con el blog de Santiago González. Ha sido una lección magistral de reducción al absurdo.

‘Aquiles y la tortuga’, ‘¿Cuántos granos son montón?’, o ‘¿Hasta dónde es divisible el átomo?’… ¡Ah, las viejas aporías! ¿Sutilezas académicas, cuestiones ociosas para gente ociosa? ¡Qué va! Si nos las vocean en la plaza, nos las quieren vender como gato por liebre, y ahora hasta se enseñan en la escuela de párvulos, antes que el alfabeto y la tabla de sumar. Cuanto antes, mejor. Al niño, atontarle pronto, que luego no se deja.

El ‘tema de composición’ propuesto por el patrón de la Argos era el ya famoso desplante a Pilar Rahola por un joven aranés, que osaba (más exactamente, oseaba) desmarcarse del bloque identitario catalanista, trazándose sus propias señas legitimadoras del Val d’Aran como nación.

De entrada, no entendí bien si el petulante iba en serio, más allá de la provocación a doña Pilar. La verdad es que eso importa menos que la contradicción nacionalista puesta en evidencia. Y en ridículo, que también.

El método probatorio fue, como digo, la reductio ad absurdum. Pero con una particularidad que lo hizo mucho más eficaz, por regocijante. El reductor no era ningún adversario de la tesis, sino el propio joven, en tanto que adepto de la tesis a ultranza, hasta sus últimas consecuencias. Si Cataluña es nación por lengua y territorio, ¿por qué no va a serlo Arán, que tiene como lengua propia el aranés y un territorio que los araneses comparten en exclusiva con sus osos?

Nuestros nacionalistas ‘periféricos’ impugnan un status quo —llamémoslo España— como si fuese una camisa de fuerza; total, para sustituirla por otra camisa de fuerza, más estrecha por cierto. Lo que en su propaganda venden como ‘liberación’ de un pueblo y territorio, no es otra cosa sino conquista de ese espacio de poder, con todo lo que contiene, gente incluída.

Todo nacionalismo se cree indivisible. Como si el proceso nacionalizador se acabara en su propia idea. No concibe imaginar que la sociedad pueda írsenos por el desaguadero de la anarquía. «Para evitar eso estamos nosotros», vienen a decir. O yo, o el caos.

¿Individuos-nación? ¡Cómo, y hasta individuos multinacionales! Te levantas uno, a medio día ya eres medio otro, y no sabes qué quedará de ti cuando te acuestes. Sólo el recuerdo crea ilusión de identidad. Holograma que no resiste la más ligera erosión de la memoria. El ‘principio de individuación’ fue uno de los empeños menos brillantes de la escolástica: bien mirado, es una contradicción en los términos.

En esas condiciones, ¿tenemos algo en común? Por supuesto. Pero nuestras afinidades, como nuestras identidades, son en vivo, no en mojama. Son afinidades borrosas, fluctuantes, cambiantes; ahora con éste, y en parte con aquél; mañana con esos y/o con otros… Exactamente, la antítesis de cualquier nacionalismo coherente. Nuestra tendencia entrópica como personas es hacia la anarquía. Frente a eso, no hay más que dos soluciones: una es racional y se llama contrato social; la otra es el nacionalismo irracional. La solución racional crea estado; la otra crea tribu.

España, Francia, Alemania, Suiza… Se pueden percibir como estados, o como naciones. He ahí una alternativa imposible para los nacionalismos reales, los que conocemos por aquí. En nuestros nacionalismos no cabe contrato social, pues todo viene dado por esencias ajenas a la voluntad libre individual.

Claro que también hay nacionalismo español, en cuyo espejo se miran los sub-nacionalismos, para denostarlo. Sin embargo, me atrevo a decir, los españolistas tienen a su favor algo que no tienen los otros. Aparte de su posibilidad de redimirse por la racionalización contractual —llámese ‘estatalismo’, para entendernos—, les asiste un mejor derecho de pacífica posesión (melior conditio possidentis). Por eso, para cambios tan drásticos y traumáticos como las anexiones o, por el contrario, las secesiones, se requiere en democracia una mayoría bien cualificada.

Volviendo a esa vieja política que es Rahola —y no estoy hurgando en su partida de nacimiento, apelando a lo que de cariñoso pueda tener el adjetivo—; la vieja política, digo, parecía sorprendida al oír que Cataluña no es monolítica. Posiblemente ella vive en Barcelona, y no se entera de la única homogeneidad ostensible en su país, a saber, la aversión generalizada a dicha ciudad, como cuerpo extraño y discordante.

Tampoco la Comunidad Vasca es monolítica, por mucho que se llame Euskadi. Tenemos la cuestión abierta de los ‘Territorios Históricos’, que a su vez tampoco son de una sola pieza, libres de particularismos.

El nacionalismo no lo inventó Franco. Pero los nacionalistas deberían estar más agradecidos al Generalísimo, y reconocerle su tesis magistral: la nación es indivisible. Sin este principio y fundamento, el mismísimo ‘Plan Ibarretxe’ sería un receta efímera, porque a ver quién decide dónde se agota la decisión. A menos, claro está, que los neonacionalistas alarmados y perplejos recurran a la sabiduría del Caudillo: el ejército como columna vertebral de la nación. Porque la lógica del osito aranés nos lleva a la conclusión ineludible de que toda nación es un conjunto de traidores a ella, por la vía del separatismo. El peligro está dentro. El enemigo natural del pueblo son los del pueblo, obedientes sólo a la fuerza.

¿Así pues, cada nacionalismo debería agenciarse su fuerza armada? Bueno, todos no. Alguno quizá ya la tenga.

lunes, 16 de marzo de 2009

BROCARDOS


De mi somero barnizado jurídico, me queda sobre todo una pequeña colección de brocardos de aplicación general. Ayer mismo, chez Santiago González, a propósito de un documento supuestamente demostrativo de filonazismo en la cúpula jeltzale, allá por los años 40 del siglo pasado, me acordaba del brocárdico, distingue tempora et concordabis iura («distingue tiempos y concordarás leyes»), fundamental en el caótico derecho antiguo, y casi olvidado por superfluo en nuestro tiempo de claridad jurídica deslumbrante.

Ante todo, no estaría de más decir qué es eso de brocárdico y brocardo.

Un barbarismo, deformación de Burcardo de Worms, decretista de los años 1000. El sabio era una mina de máximas jurídicas de alcance, a las que sin querer dio nombre. También lo dio a una de las formas del silogismo "de la tercera figura" (Darapti, Disamis, Datisi, Bocardo, Ferisson)


Esto de los brocardos como recurso argumental ha tenido sus más y sus menos. El que fue profesor mío, fallecido hace ya una partida de años, casi centenario, y muy brocardesco él mismo, nos solía decir que los brocardos eran armas de dos filos, comprándolas otras veces a pelotas rebotantes. Pelotas de doble filo, si fundimos ambas metáforas.


El abuso del brocardismo en la Baja Edad Medio trajo su descrédito, que todavía duraba en la Ilustración. La diatriba entre Leibnitz y Kestner (hacia 1710) volvió a resucitar el tema, con dictamen a favor, sí, pero "siempre que", como debe ser en cosas del Derecho. Un brocardo bien traído puede ser apodíctico. Por ejemplo, quien no parece perece. En boca de mi admirado Garibay va a misa. En boca de otros, es un refrán como cualquiera, quien fue a Sevilla perdió su silla, ¿notan qué diferencia?


Con el mismo aplomo garibayesco quisiera traer yo mi brocardo de hoy: Qui abutitur [iure suo], privari meretur. «El que abusa [de su derecho] merece que se le quite.» Este es de los buenos. Hasta santo Tomás de Aquino lo aplicó a la humanidad entera, que por abusona cayó en desgracia de Dios.


Volviendo a Leibnitz, conviene recordar el contexto de la cuestión: la situación caótica del derecho en aquella Alemania dividida y subdividida. Triste ejemplo, que tanto debería preocupar a quien le interese el porvenir de nuestra "España de las Autonomías", con eventual retorno a los reinos de taifas.


Entre nuestros caudillos de taifa, sobresale hoy como el más afortunado y carismático – también el más audaz– Ibarretxe. Este hombre ha tenido hace muy poco tiempo la oportunidad rarísima de entrar en la Historia como el partero de una nación. Él mismo ha sufrido una metamorfosis estupenda, que todavía en este momento puede consumarse, o más probablemente abortar. Tomando por vía de ilustración el modelo de los insectos holometábolos, vendría a ser algo así:


De una primera fase larvaria como vicelendacari, bien alimentado del árbol de Arzalluz, se tranformó en lendacari de partido, como lo fueran los anteriores. Una vez en ello, el propio Ibarretxe crecido se metamorfoseó en el Moisés vasco, predestinado a sacar a las tribus del cautiverio y, refundidas en pueblo, guiarlas a su destino. Un nuevo mandato habría traído para él la transformación definitiva en el eusko Josué, conquistador de la Tierra Prometida.


Efectivamente, Ibarretxe ha vuelto a revalidar su carrera y su caudillismo. «El ganador soy yo», proclama con verdad y con razón; «el otro ha perdido». Pero he aquí que el perdedor, en virtud de las reglas del juego, está en vías de desbancarle, de erigirle tal vez un mausoleo político.


Para entenderlo conviene retomar la parábola entomológica. La metamorfosis definitiva de insectos es un fenómeno que se dispara cuando la hormona juvenil (ecdisona) se bloquea o reduce. Normalmente eso ocurre con la madurez sexual. Si se adelanta el proceso, el cambio se da igualmente, pero el insecto queda estéril. Es un modo de combatir plagas, sustituyendo larvas devoradoras por adultos sobrios que pronto desaparecen sin dejar descendencia.


Pues lo mismo aquí. Cuando todo parecía ir rodado, con la larva Ibarretxe/Moisés lista para otra muda y legislatura suficiente para madurar y pasar a imago Juanjo /Josué, va y se cruza Doña Aritmética, y como en las modernas plagas de Egipto, manipula el proceso, dejando al candidato nacionalista hecho una pupa sin futuro.


Ibarretxe no es de los que cejan. Y menos ahora, que ha ganado. Se lo decía su hija, la noche de la victoria: «Aita, la gente te quiere». (¡Ay, estas hijas de los jefes de gobierno, sibilas de sus papis! Como la hijita de Zapatero, cuando en pregunta socrática le mostraba magistralmente lo que distingua a las gentes de derecha y de izquierda.). ¿Qué camino tomar? Ante todo, interpretar lo sucedido.


Manipulación. El nacionalismo no habla de otra cosa: 100.000 votos sustraídos al frente abertzale.


–«Que no son tantos», replica Doña Aritmética, antes de reintegrarse a las páginas de la Margarita philosophica de Reisch. «Hay bastante redondeo por arriba. Y desde luego, muchos menos votos que los 200.000 hurtados a la diáspora vasca por el terror y la discriminación.»


En todo caso, la exclusión de aquellos votos se ha hecho en aplicación del brocardo procesal de marras. Un partido político ha abusado, y justamente se le ha privado del derecho a ser votado.


Pero… los caminos de Euskadi no son los de Madrid, dicho sea en brocárdico. El nacionalismo tiende a crear y creerse su propia legitimidad, su propio derecho. Se acata, pero no se cumple, reza un brocárdico vasco de pura cepa. Al propio Ibarretxe su brocardismo le ha sentado ante la Justicia, sin que él se sienta para nada deslegitimado. «Dialogaré hasta el amanecer», brocardiza.


Fiado en su propia legitimidad, el partido-guía se prepara ahora para seguir sirviendo a su patria y gobernando desde la oposición. Lo que este último brocardo quiera decir, pronto se verá. Fair play, desde luego no va a ser; no en esta galaxia. Aquí fair game, y gracias.


El contrincante candidato y probable lendacari ha prometido reformar el Estatuto. Mejorándolo, se supone. Pues si ha de ser así, mejor si se anda con el brocárdico del principio siempre cargado encima de la mesa. Ya se ha abusado bastante en cuanto a banderas, lenguas y mucho más. Sólo faltaría ahora la fronda contra el propio Gobierno Vasco desde diputaciones y ayuntamientos, desde la maquinaria toda de la administración, en sabotaje patriótico.


El que abusa, es traidor. Y como tal, merece ser privado de sus brocardos más sabrosos y suculentos.