viernes, 31 de enero de 2020

Adefesios



El lunes 27 de enero ‘El Blog de Santiago González’ titulaba su entrada, ‘Epístola a los adefesios’. Comenzaba así:
«Admirado Sánchez: me va a permitir usted la vía epistolar, género que goza de mi aprecio desde las epístolas de San Pablo…» 
Para aventar toda duda sobre la identidad del destinatario: una foto en la Gala de los Goyas, donde todos esperaban a Marisol, y les amaneció el Pedrosol. ¡Dios, qué facha1! Pedro Sánchez como el Adefesio Mayor (por orden de estatura) o Adefesio Central entre otros tres... iba a escribir caballeros, pero no, con una fémina a su izquierda extrema... ¿Nora Navas? No me hago mucho caso, soy un patán en ese mundo. ¿Y qué más da? Una dama orillada en una foto de varones grita lo bajo que ha caído la caballería. Y buena parte de culpa la tiene el feminismo. Cualquier día me pongo y lo demuestro. Hoy sólo me apetece glosar ese título de Santiago. El otro día coincidimos en una de las catacumbas patrióticas que celebra la Asociación ‘Esteban de Garibay’, y le dije: «¿Me dejas que escriba un comentario pedante a tu epístola a los adefesios?» «Por mí, encantado.» «Pues con tu venia, no se hable más.»

De dónde viene ‘adefesio’
Adefesio: bonita palabra, aprendida de mi madre. Casi siempre aplicada a la figura de un cuerpo humano en relación con una vestimenta impropia, antiestética, ridícula. Rosario Mangas Mangas fue de profesión modista, y para ella lo patético y grotesco empezaba por el mal vestir. 
¿Deformación profesional? No creo. En Bilbao, por los años 20-40 la palabra ‘adefesio’ se aplicaba mayormente en ese sentido indumentario. El adefesio no era tanto el envolvente en sí, sino con el bicho dentro. Pedro Sánchez en cueros vivos no pasaría por adefesio, su disfraz de barman tampoco; pero embutido en él, hace un adefesio largo de pies a cabeza. (Por cierto, nada más verle, toda la farándula se le puso a sablear subsidio a la industria, cuando lo propio era pedirle un refresco.)
La Real Academia no es tan restrictiva. El ‘Adefesio’ del Diccionario es: 
1. m. Persona o cosa ridícula, extravagante o muy fea. 
2. m. (más usado en plural) Despropósito, disparate, extravagancia.
Etimología: «Del latín ad Ephesios, título de una epístola de San Pablo, por alusión a las penalidades que pasó el santo en Éfeso durante su predicación.» 
Válido lo primero, discutible lo segundo. Ya dije que esto iba de pedantería, y en ello estamos. Empezaré mi adefesio por las penalidades de Pablo.

Pablo en Éfeso
Éfeso, la más espléndida ciudad jónica, en la costa occidental central de Asia Menor, podía ser la segunda del Imperio, después de Roma. Pablo, pensando a lo grande, quería predicar en Roma. Por desgracia, el año 49 el emperador Claudio (‘Yo, Claudio’) cerró la Urbe a los judíos. De allí precisamente había venido expulsado un matrimonio judío, que en Corinto se une al grupo paulino, ahora a la conquista de Éfeso como premio de consolación. Pablo nombra con cariño a la pareja de activistas «Prisca y Aquila», ella por delante. 
La llegada de la cuadrilla a Éfeso tuvo lugar probablemente en otoño del 51. No eran los únicos, ni siquiera los primeros propagandistas cristianos en la gran ciudad, aunque traían su novedad: el Camino
Camino, vía, plan, método… El ὁδός era término recién copiado de la sofística en boga, para señalar una manera de ‘vivir’ una filosofía, en este caso una religión. El camino era el de Jesucristo. ¡Pero, ya entonces, había tantos! Al paulino que transmite estas informaciones ni se le ocurre adjetivar: «el camino según Pablo», naturalmente [1]
Por Éfeso había pasado un predicador ambulante, de nombre Apolo (o Apolonio). El nombre delata a un judío helenizado, o bien un griego prosélito del judaísmo y adepto también al cristianismo. Natural de Alejandría, hombre culto y buen razonador, tenía un don notable: a su paso levantaba una ola de entusiasmo, para dejar tras de sí una estela de división y conflicto. A Pablo le cae fatal, pero se aguanta, porque en preparación intelectual no puede competir con aquel fenómeno. 
Apolo hablaba de Jesús con conocimiento de causa, pero tenía su talón de Aquiles: no demostraba tener poderes. Y una nota del verdadero camino cristiano era precisamente demostrar poderes «nada comunes», los dones del Espíritu Santo [2]. 
En los Hechos de los Apóstoles –montaje literario con un núcleo importante sobre Pablo en Éfeso–, el autor paulino ridiculiza un pelín al espontáneo Apolo, que hablando de Jesucristo con toda buena fe, «no conocía otro bautismo que el de Juan». 
Así, cuando Pablo y su equipo aparecen por Éfeso encuentran a los neófitos de Apolo –una docena de individuos–, que en las tenidas religiosas se comportaban con toda normalidad, sin hablar lenguas ignotas, ni entrar en éxtasis, ni levitar, ni emitir profecías, ni hacer otros alardes propios del entusiasmo cristiano. 
–Pero vamos a ver: ¿habéis recibido el Espíritu Santo? 
–Primera noticia. Jamás oímos que hubiese Espíritu Santo.
–¿Pues qué clase de bautismo habéis recibido?
–El bautismo de Juan.
–Acabáramos. El bautismo de Juan era de penitencia y conversión, preparatorio del verdadero bautismo, el de Jesús [3].
Manos a la obra, la buena gente fue rebautizada; y diz que «al imponerles Pablo las manos les sobrevino el Espíritu Santo, y rompieron a hablar lenguas extrañas y emitir profecías». 
¿Rebelión, o sedición?: El adefesio de Demetrio el Platero 
Nos hemos preguntado por las cuitas de Pablo en Éfeso. Ciertamente para conocer sus  trabajos en general hay que ir a sus cartas, pues no era Pablo de los que pierden la cuenta de sus méritos en campaña. El autor ‘paulino’ de Hechos es más bien sobrio, disimulando sus conflictos con la autoridad, y lejos de exagerar los peligros los sazona con dosis de humor. A la etapa de Éfeso pertenece un relato de lo más realista y a la vez cómico, que nada tiene que envidiar al mejor Luciano de Samosata:
Por entonces sobrevino un disturbio no pequeño en torno al camino. Un tal Demetrio platero, productor de figuras de plata de Artemisa, proporcionaba a los artífices no poco empleo y beneficio. A todos les reunió, junto con los demás trabajadores del ramo, y les dijo:
– Señores, bien sabéis que de esta industria depende nuestra prosperidad. Sin embargo, estáis viendo y oyendo cómo, no sólo en Éfeso, sino por casi toda Asia, el dichoso Pablo tiene a demasiada gente embaucada y trastornada, con la monserga de que “no hay dioses manufacturados”. Esto no sólo pone en peligro de bancarrota nuestro negocio, sino que hace de menos el templo de la Gran Diosa Artemisa, y amenaza con arruinar Su Grandeza, a la que toda Asia y el mundo civilizado venera.
Conforme le oían iban montando en cólera, y gritaron a voz en cuello: “¡Grande es la Artemisa de los Efesios!” [4]
No era falsa alarma. Medio siglo después, Plinio el Joven escribirá una carta famosa al emperador Trajano, pidiéndole instrucciones, como gobernador de Bitinia, sobre qué política llevar con los pujantes cristianos [5] (Epíst., 10, 96, 9-10):
«He demorado la consulta, pero creo que vale la pena. Sobre todo por la cantidad de denuncias. Gente de toda edad y condición, de ambos sexos, y la cosa va en aumento. Una superstición que ya es epidemia, no sólo urbana sino hasta en áreas rurales, aunque parece que se puede frenar y corregir. Por cierto, hay pruebas bastantes de templos al borde del vacío, interrumpido el culto por escasez de animales para el sacrificio, y sólo al cabo de largo tiempo abiertos aquí o allá, cuando aparece algún rarísimo comprador que los ofrezca.»  
Volvamos a Éfeso. A todo esto, los sacerdotes de la Gran Artemisa sin abrir la boca. Diríase que el negocio del Gran sacrista Demetrio no les alcanzaba:
Teatro de Éfeso  © waj-Fotolia.com  
«La ciudad toda se llenó de confusión. Los exaltados se precipitaron al teatro, arramblando con Gayo y Aristarco el macedonio, compañeros de viaje de Pablo. El propio Pablo quería acudir a la movida, pero los discípulos no le dejaron. Incluso algunos de los asiarcas –la flor y nata de la aristocracia en las provincias de Anatolia–, simpatizantes suyos, le mandaron aviso, que no apareciera por el teatro. 
Cada cual gritaba su consigna en aquella asamblea confusa, donde los más ni sabían por qué se habían juntado. Los judíos empujaron a Alejandro adelante, y al indicarle algunos de la turba que tomase la palabra, él hizo gesto con la mano, como que iba a pronunciar un alegato.  Pero al identificarle como judío, todos a una voz estuvieron cerca de dos horas gritando: “¡Grande es la Artemisa de los Efesios! ¡Grande es la Artemisa de los Efesios!”
Finalmente el Secretario sosegó a la turba y tomó la palabra [6]:
–Varones efesios, ¿qué hombre hay que ignore a Éfeso como la ciudad custodia del templo de la Grande Artemisa y del Diopeto? Pues si eso está fuera de discusión, haréis bien en calmaros y no cometer imprudencia. De entrada, habéis traído aquí a estos hombres que no son ni ladrones sacrílegos ni blasfemos contra la Diosa. Si Demetrio y sus socios comerciantes tienen algo en contra de alguien, hay audiencias y hay procónsules: llevenlos a juicio. Y si tenéis algo más que alegar, que se ventile en asamblea regular. Porque lo de hoy nos pone en brete de una demanda por tumulto, donde nada podríamos alegar que justifique todo este barullo.
Dicho lo cual, disolvió a asamblea.» 
Admirable la sensatez del anónimo funcionario, no menos que su habilidad dialéctica, diciendo al público lo que éste deseaba oír y no podía rechazar. Y pudo decirlo con claridad que todos entendieron, porque lo hacía en un teatro grecorromano. No sólo para espectáculos, también para mítines,  asambleas y actos que pidiesen buena acústica, antes mucho más que hoy se acudía a los teatros. El Teatro de Éfeso era el mayor de toda Asia, aunque en el año en que se sitúa la anécdota sólo contaba con dos pisos de asientos, a falta del tercero que lo haría capaz para casi 25.000 espectadores.
Nosotros pasamos por Éfeso en julio de 1995, en un viaje sobre la Ruta de Pablo. En el teatro, la directora Carmen Bernabé, profesora de la Universidad de Deusto, hizo en voz alta la lectura correspondiente, y hubo ocasión de comprobar la acústica maravillosa del edificio que el propio san Pablo conoció, y donde tal vez discurseó, aunque ya hemos visto que en la movida de los plateros hizo bien en no estar presente. Éfeso fue uno de los puntos fuertes de aquella excursión, con la conciliar  Basílica de Santa María, la tumba del apóstol san Juan, la Biblioteca de Celso, la avenida de los Curetas etc., sin olvidar las celebradísimas letrinas. Del Templo de Diana, una de las Siete Maravillas del Mundo antiguo, sólo quedaba una charca con una columna de muestra en pie [7].
Simulacro de la Artemisa de Éfeso
Museo Nacional de Nápoles
La Gran Diosa Adefesia
Hay en el discurso del Secretario una frase que necesita aclaración: cuando regala los oídos de sus conciudadanos efesios como «custodios de la Gran Artemisa y del Diópeto». La Vulgata latina traduce «de la Gran Diana y de la prole de Júpiter», como redundancia, pues Diana/Artemisa era hija de Zeus [8]
Sin embargo, el orador no alude a la diosa como tal ni a su filiación divina. A lo que se está refiriendo es al tema en discusión y al objeto de aquel tumulto: la industria devota de Demetrio y su gremio, en torno a la imagen divina. Y como el pretexto ha sido el argumento de Pablo, que «no hay dioses de fábrica», el secretario lo refuta recordando que la imagen de la diosa incluía el objeto original de aquel culto: ‘lo caído de Zeus’, el ‘diópeto’, un meteorito como tantos otros, venerados desde tiempo inmemorial. No nos venga el amigo Pablo ni nadie diciendo que los aerolitos son hechura humana.
El episodio se cerró de forma un tanto brusca, cosa que se repite bastante en todo el libro. Diecinueve siglos de exégesis no han resuelto si ‘la revuelta de los plateros de Éfeso’ fue rebelión, o sedición, o mera ensoñación y libertad de expresión. Lo que no iba de broma era la advertencia de una sanción grave a toda la ciudad por desorden público. En eso, y en toda materia de lealtad cívica, los romanos fueron muy estrictos, aplicando a los privilegios de autonomía local el brocardo: «el que de ellos abusa, perderlos merece». El 155 a la romana. ¡Y vaya si se aplicaba!

Poderes y contrapoderes en Éfeso
Todo indica que la judería local, que en principio acudió al teatro para desmarcarse de la imprudencia atribuida al ‘judío Pablo’, vio con horror a su portavoz improvisado, Alejandro, naufragar ante una oleada de fanáticos a punto de pogromo. Yo pienso que el astuto Secretario (o lo que fuese) antes de hablar había llamado a Demetrio a capítulo, con aviso de dar marcha atrás. Así la intervención final le salió redonda. 
¿Y Pablo? Pues diríase que, vueltas las aguas a su cauce, optó por desaparecer algún tiempo. Sin embargo, él mismo en sus cartas habla de peligros terribles e impedimentos, haciendo suponer que estuvo preso o en libertad vigilada. En todo caso, la misión de Éfeso si no fue un fracaso tampoco el éxito esperado. 
Desde el principio, la judería efesia fue impenetrable. Pablo dejó la sinagoga y se entendió con un tal Tirano, que tenía abierta una escuela, un local disponible «de cinco a diez», que en el equinoccio es de 11 de la mañana a cuatro de la tarde. Allí pudo Pablo, tras su jornada laboral (de 6 a 11 am.) de ganarse la vida, dar charlas y catequesis «cada día durante dos cursos». El debate dialéctico a golpe de Biblia se confirmaba luego con demostración práctica de «poderes fuera de lo común» y experimentos sanadores (Hechos, 19: 12):
«El mandil de cuero, los pañuelos usados de Pablo y otras prendas suyas, aplicados a enfermos, producían curaciones, al espantar los malos espíritus». 
Quema de libros mágicos ante san Pablo
Una especialidad efesina era la magia, en la que se señalaban los judíos. Letras Efesias eran encantamientos, conjuros y exorcismos, a base de recitar nombres secretos, donde no faltaba el Dios Yahvé Sebaoth y, por lo que dice el relato, tampoco el de Jesús el Cristo. He aquí otro éxito del ‘camino’ (Hechos, 19: 19):
«Un grupo importante de conversos eran adeptos de la magia. Muchos renunciaron a sus libros y los quemaron a vista de todos, por valor de 50.000 monedas de plata a precio de mercado.»
En aquel choque de poderes no era tan sencillo distinguir al misionero del charlatán. Tal vez por eso, el narrador paulino de los Hechos propende a liquidar al adversario con las  armas del ridículo. No es del todo elegante, pero con el vulgo funciona, y más en torneos de milagrería. De tanta historieta cómica alguna muestra ha quedado, como es el caso de los hijos de Escevas (Hechos, 19: 13-17).
A la vista del éxito de los saludadores del camino invocando a Jesús, algunos colegas judíos les copiaban la fórmula. Esto ya se había visto tiempos del mismo Jesucristo, cuando el discípulo Juan le dijo una vez:
– Maestro, hemos visto a uno que lanzaba los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros se lo hemos prohibido.
– No hay por qué. Cualquiera que ejerza poderes en mi nombre no irá luego hablando mal de mí. Y el que no está contra nosotros, por nosotros está.  
Pues bien, entre los plagiarios judíos de Éfeso que invocaban a Jesús hubo unos exorcistas ambulantes que se decían los Siete Hermanos, hijos de Esceva el Gran Sacerdote. Esceva (Scaeva, ‘Zurdo’) era apodo romano más bien siniestro y de mal agüero, y llamarse así todo un gran sacerdote judío suena raro. Impostores de baja estofa, o mejor una historia inventada juste pour rire.
El narrador no dice si era la primera vez que ensayaban la fórmula: 
–Os conjuro, malos espíritus, por Jesús el que predica Pablo…
Uno de los diablos, por boca del paciente, les plantó cara:
–A Jesús le conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quién sois?
El poseso cayó sobre dos de ellos, y con toda la fuerza que tiene un endemoniado les dio tal paliza, que desnudos y maltrechos les hizo salir huyendo de la casa [9].
Al teatro de títeres le quitas la estaca y se queda sin argumento y sin gracia. 
Bien, ya hemos visto al Apóstol cocerse en su salsa efesina, y la tesis de la Real Academia no convence. Pero lo que nadie le discute por ahora es que los adefesios vienen de una de las epístolas paulinas, ad Ephesios. ¿Seguro?


Ad Ephesios de San Pablo
Fresco de Pablo en su Cueva de Éfeso (s. V)
Con san Pablo nunca termina uno de sorprenderse, pues él ‘descubrió’ nada menos que el cristianismo como ‘religión de misterio’. Dejando eso para otro día, es sabido que el Nuevo Testamento incluye un paquete de 13-14 cartas o epístolas a nombre del apóstol Pablo, ordenadas más bien por longitud. 
La Carta a los de Tesalónica I no sólo es la más antigua del epistolario, sino que con ella Pablo sin proponérselo estrenaba Nuevo Testamento. En efecto, escrita en Corinto en el verano del año 50 de nuestra Era – a solos 20 años de la muerte de Jesucristo–, es el primer texto canónico cristiano, y muy anterior a los Evangelios.
En dicho paquete figura otra Carta a los de Éfeso, en latín, ad Ephesios, donde todo el mundo lee adefesios. Pues bien, lo primero que conviene saber de ella es que, en pura crítica, no parece auténtica de san Pablo, como tampoco algunas otras ‘paulinas’. 
La correspondencia auténtica de Pablo comprende, en primer lugar, las cartas originales suyas conservadas tal cual. Son tres, o si se quiere cuatro:
A los de Tesalónica I (Corinto, verano del 50)
A los de Galacia (Éfeso, verano del 52)
A Filemón (Éfeso, comienzos del 54)
A los de Filipo, que figura como única, pero en realidad serían dos cartas y en orden inverso:
A los de Filipo I   (Éfeso, finales del 53; = Filip.  4: 10-20)
A los de Filipo II  (Éfeso, inicios del 54; = Filip.  1: 1 - 4: 9 y 21-23)
El resto de su correspondencia auténtica es un mosaico de piezas repartidas entre las epístolas a los de Corinto I-II y la Carta a los Romanos. 
Un guía excelente por este laberinto-mosaico paulino es el prof. Senén Vidal (1941-2016, sentida pérdida)  en sus libros, en especial Las Cartas originales de Pablo (Trotta, 1996), donde con información, paciencia y sentido común deconstruye y vuelve a montar las piezas, recuperando hasta un total de 13 cartas auténticas o fragmentos de ellas, escritas entre el verano de 52 y la primavera de 55, desde Éfeso, Macedonia y Corinto. 
¿Y nuestra Epistola ad Ephesios? Pues como digo, siguiendo aquí a Vidal y otras autoridades, la así llamada no parece auténtica; como tampoco a los Colosenses, ni a los Tesalonicenses II, ni las Cartas a Timoteo I-II y a Tito; ni por supuesto la Carta a los Hebreos, totalmente ajena a san Pablo y su escuela. Son texto oficiales (canónicos), pero de autor desconocido.
Sin embargo respiremos: san Pablo sí escribió alguna vez a los de Éfeso, y precisamente desde Corinto, a primeros del 55. Es un fragmento pegado al final de la Carta a los Romanos (capítulo 16): la Sra. Feba, la patrona de Pablo en su fonda junto al puerto, donde se juntaba el grupo cristiano, viaja a Éfeso por negocios particulares, y el apóstol le da esta cartita de presentación, con saludos para muchas amistades de allí:
«Os presento a nuestra hermana Feba, que también es diácono de la comunidad de Cencreas –el puerto oriental de Corinto, sobre el mar Egeo–: recibidla como se merece y prestadle ayuda en lo que necesite de vosotros, pues también ella ha sido patrona hospedadora de muchos [del grupo], yo mismo incluido. Saludos de mi parte a Prisca y Aquila, mis colaboradores, que se jugaron el pescuezo por salvarme la vida…, como también a la comunidad que se junta en casa de ellos…» 
Es larga la lista de nombres, no pocos femeninos, reconociendo Pablo el papel de las mujeres en aquellas comunidades o ‘iglesias’ domésticas. Ya anotábamos cómo, de un matrimonio, nombra primero a la mujer, Prisca (Priscila, para entre amigos). 
Nótese también el ningún caso que se hacía entonces del lenguaje inclusivo: Feba en la comunidad cristiana ejerce de diácono. El barbarismo ‘diaconisa’ se inventará más tarde [10]
Al final de la misma carta Pablo envía saludos de parte de su colaborador Timoteo y otras personas, incluido su hospedador actual, un tal Gayo con casa grande, acogedora: «mi patrón y de toda la comunidad de Corinto». El propio amanuense «Tercio, el que escribo la carta» también saluda en primera persona. Y por último, junto con el hermano Cuarto, un pez gordo en Corinto: Erasto, «concejal de hacienda de la ciudad». ¿Quién dijo que los cristianos eran todos esclavos y gente de poco pelo?  
El hecho de que este mensaje tan particular a los de Éfeso quedó embutido sin aviso en la Carta a los Romanos da una idea del poco criterio con que se leían y transmitían estos documentos durante siglos. La reconstrucción crítica moderna del rompecabezas se basa sobre todo en las incoherencias y hasta contradicciones en los textos recibidos, copiados y recitados de forma rutinaria, con esa reverencia perezosa que se rinde a lo intocable.
Bien, ya tenemos recuperada la auténtica efesíaca paulina. ¿Qué hacemos con la otra, la canónica? La Epistola ad Ephesios hace pareja con la ad Colossenses. Supuestamente dictadas por ‘Pablo’ desde una misma cárcel, un mismo correo las lleva a sus destinos. El imitador (o falsario, si se prefiere) no domina bien el estilo auténtico de san Pablo, pero sobre todo le atribuye ideas algo raras, como si hubiese cambiado de opinión. La parusía o segunda venida de Jesucristo, que se daba como inminente, ya no corre tanta prisa, puede que se haga esperar, y mientras llega o no llega conviene organizar la vida como si fuese para largo.
En ese sentido, si la imitación ad Colosenses se aleja de lo original paulino, la ad Efesios todavía más. Dirigida a una comunidad como la de Éfeso, donde Pablo vivió más de dos  años, con alguna peripecia de las que no se olvidan (como la del teatro), y donde, como hemos visto tenía tantos amigos, la Epistola ad Ephesios queda impersonal, mística, fría, distante. ¿Iba realmente a los de Éfeso? Porque el crítico Marción (por el año 140), que reconoce hasta 10 de las Cartas de Pablo, manejaba una ejemplar donde ponía, a los de Laodicea. ¿Una ‘circular’, tal vez?
Unamuno visto por Bagaría
Adefesios en Unamuno
Estas dos Epístolas, ad efesios y ad colosenses, son famosas porque repiten en tono mayor y menor la misma perorata de moral familiar y social (Colosenses, 3: 18-22; cfr. Efesios, 5: 22 - 6: 9) : 
Las mujeres, sometéos a los varones como conviene en el Señor.  
Los varones, amad a vuestras mujeres y no las tratéis con acritud.
Los hijos, obedeced a los progenitores en todo, pues así le gusta al Señor.
Los padres, no provoquéis a vuestros hijos, no se vuelvan apocados. 
Los esclavos, obedeced en todo a vuestros amos corporales, no sirviendo sólo a vista de ojo, por quedarles bien, sino con sencillez de corazón, por temor al Señor… 
¡Qué horror, no hay derecho, semejantes adefesios patriarcomachistas!... Es la impresión de mucha gente, si sólo sabe leer con gafas graduadas a la moderna y ahumadas de progresía.
La verdad es que ese pasaje ad Colosenses se queda corto, comparado con su versión paralela ad Ephesios. La misma que se ha venido leyendo a los novios en el rito del matrimonio durante siglos, que ya son lecturas. Miguel de Unamuno como hombre casado también escuchó el texto, y como filósofo se fijó en lo que el cura leía; de donde dedujo que esas amonestaciones en una boda se oyen como llover, música celestial, hablar adefesios
Dado que la explicación unamunesca se repite en la Red, en calcos varios y sin citar fuentes, bueno será ver cuándo y cómo Don Miguel se interesó por la epístola adefesina.

Recorte de prensa-CasaMuseo Unamuno
De 1917 es el artículo ‘Las Coplas de Calaínos’, publicado en Los Lunes de  ‘El Imparcial’ (el 21 de mayo) [11]:
«Muchas veces nos hemos preguntado de dónde podrá venir el sentido de la frase : “¡Esas son las coplas de Calaínos !” Según el Diccionario de la Real Academia Española, en su décimatercia edición, decir coplas de Calaínos equivale a decir “especies remotas e inoportunas”, lo que se acerca mucho al valor en uso de dicha frase. Y que es muy análogo al que antaño tenía aquella otra de “hablar adefeseos” —vocablo del que ha venido el actual adefesio, muy alterado de su primitiva significación—, como en lo que dice Mata en el Coloquio IV del Viaje de Turquía, de Cristóbal de Villalón, y es: “Que eso es hablar adefeseos, que ni se ha de hazer nada de eso ni habéis de ser oydos.” Y luego adefesio vino a significar “despropósito, disparate, extravagancia”; después “traje, prenda de vestir o adorno ridículo y extravagante”, y por último, “persona de exterior ridículo y extravagante”. 
Sabido es que en la misa de velación de los recién casados se lee a éstos parte del capítulo V de la Epístola del apóstol San Pablo a los efeseos o efesios, y como se supone que estos consejos apenas si los oyen entonces, entrándoles por un oído y saliéndoles por el otro, de aquí que hablar ad epheseos o a los efesios —en ese caso recién casados— es decir cosas que ni han de ser oídas ni acaso cumplidos. Pero, ¿por qué las coplas de Calaínos…?», etc. etc.  
D. Miguel pro pane lucrando fue un articulista super prolífico, y a veces se repetía. De hecho, esta misma idea ya se la había vendido años antes al semanario Nuevo Mundo (19 de junio 1912) bajo el título Ad Ephesios (Digresión lingüística) [12] De improviso comienza así:
«Sí, bien sé, señor mío, que dirá usted, y acaso no sin razón, que esto que hago no es sino predicar adefesios…
¿Adefesios? –exclamará algún lector– ¿predicar adefesios? ¿Y eso, qué quiere decir?
Lo mismo me preguntaba yo cuando oía a alguna señora decir de otra que iba vestida ridícula o presuntuosamente y sin gusto alguno, que iba hecha un adefesios, expresión análoga a la de decir que iba hecha una facha o una visión. ¿Qué es eso de adefesio?
Y es claro, ocurrióseme al punto acudir al Diccionario de la lengua castellana, por la Real Academia Española en su última décimatercia edición de 1899, que es la más divertida de todas, y en punto a adefesios, una verdadera autoridad. Busqué la palabreja, y vi que dice: Adefesio (De ad Ephesios, con alusión a la epístola de San Pablo a los efesios), m. fem. Despropósito, disparate, extravagancia. U. m. en pl. § fam. Traje, prenda de vestir o adorno ridículo y extravagante. § fam. Persona de exterior ridículo y extravagante.
Me quedé haciéndome cruces, no de la etimología académica –que es, como veremos, la verdadera–, sino de que el pueblo, que ha hecho la lengua, haya supuesto que la epístola de San Pablo a los efesios sea un conjunto de despropósitos, disparates y extravagancias. [...] 
Pasó algún tiempo de esta mi consulta al limpiafijaida-esplendórico Diccionario —al que suelo acudir también cuando estoy de mal humor para distraerme un rato, pues para esto es preferible al Bertoldo— cuando en la Nueva Biblioteca de Autores Españoles …  se tuvo el buen acuerdo de publicar el tomo de Autobiografías y Memorias …,  y que es uno de los tomos más entretenidos e instructivos y de más atractiva lectura. [...]»
'Ad Ephesios', recorte de prensa (CMU)
Vamos a ver, este D. Miguel: Menéndez Pelayo estrenaba la NBAE con su obra propia  Orígenes de la novela (I) en 1905, seguida el mismo año por Autobiografías y memorias. Por tanto, la consulta al DRAE fue entre 1899 y 1905. Pero el artículo ‘Ad Ephesios’ es de 1912. Siete años de gestación para esa parida se me hace largo, y la guisa de redactar me infunde sospecha invencible de que D. Miguel de Unamuno ya había exprimido el mismo jugo, probablemente en 1906, en todo caso antes de revenderlo a ‘Nuevo Mundo’ (1912) y reciclarlo para ‘Los Lunes’ (1917). Yo así lo dejo, por si algún unamunólogo siente curiosidad.
El resto del artículo ya lo sabemos. Termina como empezó: «En fin: adefesios, ¡ad Ephesios!» 
La revista ilustrada adornó el artículo  con dos pequeños retratos. Uno, de D. Eugenio Cemborain, «notable publicista, autor del libro La escuela neutra, recientemente publicado, y que está obteniendo un grandioso éxito». El otro, de D. Emilio Canet, «periodista catalán, que ha llevado en América una activa campaña en favor de las exportaciones de productos españoles». Nada que ver con Ad Ephesios, sino que de alguna parte tenían que salir los cinco duros que cobraba el autor por sus colaboraciones.
Pedro Sánchez pasa revista a los mozos de escuadra en el Palacio de la Generalidad
De las ad Ephesios, al adefesio normal
Es curioso que Unamuno acuda al Diccionario finisecular (1899), que tan divertido le parece, y pase por alto el primer Diccionario de la Academia, el llamado de Autoridades. También parece creerse el primero que da con la clave de una expresión que ya investigó, por ejemplo, Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua (1611). El cual sin negar a Pablo y su epístola (que ni siquiera menciona), tantea otra solución adefesia: Hermodoro.
Hermodoro de Éfeso, sabio y modelo de virtudes cívicas, por envidia fue fue calumniado de conspirar para erigirse en tirano, cuando en realidad su tiranía insoportable era otra: su vida intachable. Toda su defensa fue inútil –hablar ad ephesios– y fue desterrado. Su contemporáneo y amigo Heráclito de Éfeso criticó duramente a sus paisanos por aquel error criminal de privarse ellos de un gran hombre, en beneficio de otras ciudades que le acogieron, como Roma, donde se le dedicó una de las primeras estatuas públicas [13].
Algún redactor catalán de ‘Adefesio’, en la Wikipedia, atribuye la solución de Hermodoro al literato y filólogo leridano Vicente Bastús Carrera (1862). Que sí, pero qué caramba, Covarrubias es muy anterior y mucho más conocido.
En cuanto al citado Diccionario de Autoridades (tomo I, Madrid, 1726), acogió la voz adephesios, escrita así y advirtiendo: «sustantivo masculino usado siempre en plural, vale lo mismo que despropósitos». Viene luego la expresión de marras (el origen de todo el embrollo):
«‘Hablar adephesios’: Modo vulgar para significar que se habla fuera del propósito, y sin venir al intento una cosa. Algunos se persuaden que tuvo principio de que algún eclesiástico que iba a cantar una espístola, por tomar la ad Corinthios dijo la ad Ephesios.»   
Aquel primer Diccionario académico tuvo su mérito, pero desde que acabó de publicarse (tomo VI, Madrid, 1739) ya estaba anticuado y faltoso. Entre los críticos de la Academia, alguno hubo tan constructivo que sacó a plaza su propio Diccionario Castellano, con las voces de Ciencias y Artes. El valiente era un vizcaíno, de profesión jesuita, su nombre, Esteban de Terreros y Pando (1707-1782). Profesor en Madrid –Colegio Imperial, Real Seminario de Nobles–, en 1767 le sorprende el pogromo de Carlos III y parte al destierro con sus consocios de la Compañía. Para entonces su Diccionario iba por el tomo II. Su destino en Italia fue la ciudad de Forlí, en el Adriático. Allí siguió trabajando hasta su muerte, pero su Diccionario se salvó entre los papeles jesuíticos incautados, y el Conde de  Floridablanca patrocinó la publicación póstuma de la obra completa (Madrid, T. I, 1786, 710 págs.; T. II, 1787, 734 págs.; T. III, 1788, 857 págs. ). Obra monumental de 2.300 páginas a doble columna. El autor como lexicógrafo pisaba fuerte en el Prólogo, magnífico ensayo en xxxiv páginas densas.
No me toca hacer mérito del autor y obra [14]. Pero ya que ha venido a cuento Hermodoro, es inevitable la comparación con este otro hombre excelente expulsado de la patria en beneficio de Italia, aunque parte de la herencia intelectual y material de Terreros y de los Jesuitas la recogió la Real Sociedad Bascongada. Si abro aquí su Diccionario (tampoco consultado por Unamuno), es porque Terreros fue el primero que registró adefesio en singular, como un sustantivo normal en lengua española, y como palabra exclusiva de ella:
ADEFESIO, pl. ADEFESIOS, disparate, dislate, desatino.
HABLAR ADEFESIOS, disparatar, desatinar.
Así de simple. ¿Para qué más? El padre Terreros no conoce todavía la acepción indumentaria antiestética, o porque eso vino más tarde, o porque él salió de Vizcaya siendo muy joven, aunque sabemos que su patria chica nunca la olvidó [15].
Recordemos también, del Tomo II:
Letras efesias, las que estaban escritas en la cabeza, cintura y pies de la Diana de Éfeso. Supersticiosamente decían, que al que las pronunciaba, le acaecía al punto lo que quería.
Adefesio y cierre
Recordando mi compromiso pedante con el amigo Santiago González, nada mejor que terminar con el adefesio efesio más grande de la historia de la ciudad, y uno de los más grandes del mundo... por ahora.
Éfeso fue ilustre por sabios como Heráclito, ‘el Filósofo llorón’, ‘el Oscuro’, «el que nunca se bañaba en el mismo río»… Célebre también por el Templo de Artemisa/Diana, una de las Siete Maravillas. Ahora bien, el templo que conoció san Pablo con su diosa, de que hacía su negocio el platero Demetrio, no era el famoso del siglo VI, creación de Quersifrón e hijo, pagado con oro del rey Creso.  
Templo Artemision III - Reconstrucción ideal
¿Cómo así? Muy sencillo. La ciudad que no supo aguantar a un hombre íntegro como Hermodoro era terreno abonado para todo tipo de indeseables (como ya dijo Heráclito); y en efecto, en Éfeso nació y creció uno de los mayores majaderos que han existido. Heróstrato, joven tan lleno de vanidad como vacío de habilidad útil, no vio otra vía más directa a la inmortalidad que pegar fuego al templo de Artemisa, el año 356 a. de JC.
Suele ocurrir. El ‘síndrome de Heróstrato’ reviste diferentes formas, además de la piromanía. Su variante política es el aventurero sin escrúpulos capaz de arruinar una Constitución y un Estado en aras de su ego. El país que, como los efesios, no promueve o no encuentra a su Hermodoro, tarde o temprano encuentra a su Heróstrato que lo deje hecho un adefesio.

_______________________________ 
[1] Otro ‘efesino’, el evangelista Juan, zanjará el nudo: fuera marcas personalistas, Jesús es el camino: «Yo soy el camino» (Juan 14:16).
[2] Hechos, 19: 11: δυνάμεις οὐ τὰς τυχούσας, expresión notable (‘virtudes no cualesquiera, a lo que salga, de tres al cuarto’), despectiva hacia los poderes mágicos de la competencia.
[3] Honestamente, eso no era verdad. Juan el Bautista –emparentado con Jesús porque sí, de forma interesada, en el Evangelio de Lucas– no fue el ‘precursor’ que pinta en su Prólogo Juan (1: 15), sino el preparador para el inminente Dies Irae; cfr. Lucas. 3: 3-9. Lo demás es añadido ‘cristiano’.
Diana den su Templo de Éfeso
Moneda romana
[4] No se sabe con certeza que figuras de plata producían.  A la letra, se entiende ‘templetes’ en miniatura, y alguna glosa especifica ‘estuches o cajitas en form de templo’. Al no haber constancia arqueológica de tales templos en plata, y sí de cerámica, se supone que harían figuras de la Gran Diosa. Por la epigrafía de Éfeso se sabe que el Templo de Artemisa contaba con un equipo de funcionarios con título de ναοποιός o νεωποιός (‘obreros del templo’, algo así como en nuestros cabildos diocesanos existe el canónigo ‘obrero’ de la catedral); y consta incluso que hubo alguno llamado Demetrio. Eso habría dado pie al malentendido de que ‘hacía templos’ de plata. Cfr. K. Lake y H. J. Cadbury, en F.J.F. Jackson y K. Lake, eds., The Beginnings of Christianity. Part. I. The Acts of the Apostles, vol. 4 (English translation and commentary), London, 1933, pág. 245.
[5] Plinio, Epíst., 10, 96, 9-10.
[6] El Secretario, o el Escribano (γραμματεύς), canciller, etc.: una autoridad, pero de cara al público.
[7] Se muestra también la Cueva de los Siete Durmientes, y en las cercanías, la improbable ‘Casa de la virgen María’, que entonces regentaba un cura indio. Visitada por devotas turcas musulmanas, pues turistas aparte, apenas había cristianos en Éfeso.
[8] Era hija de Zeus con Latona, y hermana gemela de Apolo.
[9] La historieta hace juego con la de Felipe el diácono y evangelista cuando convirtió a Simón Mago (Hechos, 8: 5-24). También con la de Elimas el mago, castigado por Pablo con ceguera (Ib., 113: 8-11). Todo para contrastar la virtud del Epíritu con los poderes de la Magia.
[10] G.W.H. Lampe, A Patristic Lexicon, διάκονος (ella, la diácono), pág. 353. Ibíd.  ἡ διακόνισσα (la diaconisa), pág. 352.
[11] En ‘De esto y aquello. II, Lecturas españolas clásicas (1895-1935)’’. Obras completas. Madrid, A. Aguado, 1960, t.  5: 180.
[12] Ibíd., VIII. Ensayos erráticos o a lo que salga (1901-1924), t. 5: 961-965.
[13] Sobre Hermodoro, cfr. Estrabón, Diógenes Laercio, Plinio, en Topostext.
[14] ‘El P. Terreros. Biografía’, por Mª Carmen Santa María. F. Carriscondo, “La labor lexicográfica de Esteban de Terreros.” Oihenart, 23 (2008): 13-34.
[15] En su testamento fundó una ‘minerva’ de misas en la parroquial de Trucíos.




sábado, 28 de diciembre de 2019

La plica polaca


En 1584 se publicó en Basilea una colección de Observaciones médicas sobre la cabeza humana, obra de un galeno notable que ejercía en Friburgo de Brisgovia. Juan Schenck (1530-1598), para emerger de tanta plebe homónima en Alemania, se adornó en la firma con un de Grafenberg
El título del libro cubre una miscelánea de casos y cosas tocantes a dicho apéndice cefálico o excrecencia superior del cuerpo humano por arriba del pescuezo. Casos en parte tomados de la literatura médica y pseudo médica, junto con aportaciones de colegas y propias. 
De estas últimas, las más interesantes hoy son las que relacionan patologías y traumatismos encefálicos con trastornos cognitivos y motores, en especial del lenguaje y la memoria. Sólo por eso, las Observaciones médicas  de Schenck inmortalizan al autor, pionero de la neurolingüística; y de paso se alza el precio de los raros ejemplares que salen al mercado anticuario, dentro de lo que se lleva para una obra muy bien impresa, pero sin figuras.
En el otro platillo de la balanza hay que poner –como para cualquier libro de su género en aquel siglo– que muchas de las ‘observaciones’ se reducen a citas anecdóticas improbables, o francamente grotescas. Sólo una muestra. El autor, siempre honesto con sus fuentes, la reconoce prestada del italiano Gerolamo Cardano (1501-1576), uno de los campeones de la ‘magia natural’:
                 Observación 8ª. Cabellera humana centelleante:
A cierto monje de la orden carmelita le sucedió, por espacio de 13 años seguidos, que cada vez que se echaba atrás la capucha al cogote le brotaban chispas de los cabellos. Cardano, De rerum varietate, 8, 43.
Tiene su gracia que el cerquillo de un fraile, al roce con el paño de la capucha, se electrice hasta soltar chispas visibles (como en los gatos), y hasta es posible que el perillán forzase el fenómeno por hacerse el santo. De todos modos, la falta de criterio en Schenck al elegir sus casos dañó su reputación, y así lo reconocía un amigo suyo en un epigrama dedicado, con este consejo: 
«Si la turba envidiosa te abate por los suelos, deber de varón fuerte y magnánimo es llevarles la contraria, ya que la envidia es compañera de la virtud»
Y así lo hizo Schenck, que desde la cabeza fue bajando por todo el cuerpo humano, en sus funciones, disfunciones y rarezas, juntando materiales, pergeñando artículos, siempre con el mismo método de veras y de burlas… hasta que la Muerte le llamó a capítulo, con la empanada a medio cocer.
Su hijo Juan Jorge Schenck, médico como el padre, acudió desde Alsacia donde ejercía, y en Friburgo cumplidos los deberes de piedad filial se encontró heredero de aquella montaña de fichas y papeles.
Cualquier otro los habría vendido al peso al primer trapero judío. Juan Jorge, buen hijo de tal padre, valoró el diamante en bruto. No menos de once años le llevó pulirlo y darle forma de mamotreto de mil y pico páginas, publicado finalmente con título griego y todo: ΠΑΡΑΤΗΡΗΣΕΩΝ sive Observationum medicarum, etc.: Observaciones médicas, raras, nuevas, admirables y monstruosas, en un volumen dividido en VII libros, que cubre el Hombre entero. Francfort del Meno, 1609.
Esta primera edición de la gran enciclopedia schenkiana lleva dedicatoria de Schenck Jr. a la familia numerosa de los Fúcares o Fugger («a todos y a cada uno»): los ricos banqueros imperiales, que también eran clientes y mecenas suyos. El libro I, dedicado a la cabeza humana, reproduce con bastante fidelidad y alguna libertad el libro ya publicado por el Dr. Schenck padre. 
Se me dirá que a dónde quiero ir a parar con todo esto. Verán: el nombre de Juan  Schenck anda por ahí unido a la primera descripción de una una enfermedad del cabello nueva entonces para la ciencia médica –también para la historia de la cultura y el folclore–. Archiconocida en los siglo XVII-XIX, con su deje de misterio, en el mundo culto neolatino fue la plica polaca.
Plica, en latín medieval, es ‘pliegue’ o ‘doblez’. Es su acepción más corriente en Anatomía. De ahí pasó a significar reja o malla, y en general toda labor entrelazada, también ‘trenza’, como sinónimo de trica. De hecho, plica polonica decía en culto lo mismo que ‘trenza polaca’ en vulgar.
De la plica polaca habla, por supuesto, la Wikipedia. Muy completo y a la última he visto también un artículo de autores polacos:
Eglė Sakalauskaitė‑Juodeikienė & al., “Plica polonica: from national plague to death of the disease in the nineteenth‑century Vilnius.” En Indian Journal of Dermatology, Venereology and Leprology, julio  2018
Es aquí donde leo lo dicho sobre la prioridad de Schenck: «Juan Schenck de Grafenberg fue probablemente el primero que mencionó el fenómeno de la plica polonica en sus ‘Observaciones médicas sobre la cabeza humana’ (Basilea, 1584)». 
Sin discutirlo, lo que yo hallo es algo diferente [1]. No es en esa obra, sino en la póstuma (Francfort, 1609), en el libro I, donde aparece el artículo primicial; no de Shenck padre, sino firmado expresa y únicamente por su hijo Juan Jorge Schenck (sin el Grafenberg); ni tampoco  sobre plica polaca o polónica, sino dándole otro nombre más vulgar y folclórico: De tricis incuborum, o ‘trenzas de pesadillas’. 
Así que, ya metidos en primicias, qué tal si nos regalamos aquí la primera traducción española de un texto latino tan notable. En él se verá el porqué de nombre tan extraño, entre otros que recibía la supuesta, peligrosísima y paradójicamente nunca curada enfermedad. Pero nótese sobre todo que el desprejuiciado autor alemán la considera lacra  alemana, la llama con nombres alemanes y la da como casi endémica en el entorno alsaciano-renano que él conoce profesionalmente; no así en el resto de Alemania, y sin noticia de su existencia en otras áreas de Europa. La denominación alusiva a Polonia y los polacos, Schenck ni siquiera la conoce todavía cuando publica esta primera edición, aunque la conocerá más tarde.
Plica polaca - Etapa de cirros (Alibert)
He aquí el artículo, con el texto latino indicado en nota [2]:

Las trenzas de pesadillas 
Nuevo género, no abordado por los antiguos, de cabellera hirsuta y enmarañada, tanto de la cabeza como de la barba, argumento de ciertas enfermedades cefálicas difíciles.
Se puede observar cierto modo de cabellera erizada, compacta y por extremo enredada, de la cabeza y la barba, no raro entre nosotros, aunque por lo demás desconocido de los médicos antiguos de cualquier época. 
Los afectados lucen trenzas y tirabuzones más bien largos, entrelazados de maravilla, a menudo del grosor de un dedo, pendientes del resto de la cabellera de cabeza y barba hasta los hombros, el pecho y alguna vez hasta el ombligo, de aspecto francamente monstruoso, como cabeza de Gorgona. 
Los tales se hacen escrúpulo de mantener incultas esas formaciones, sin consentir en su corte o peinado, convencidos de que se nutren de materia que de suyo favorecería las peores enfermedades de cabeza, como la apoplejía, parálisis, locura, pero sobre todo cefalalgia pertinaz y similares. 
Guiados por tal superstición, o común observación (como se prefiera), admiten cualquier cosa antes que el arreglo o el corte de tales excrecencias, que sería cuestión  de vida o muerte. Y firmes en la experiencia propia o en habladurías, a ello se aferran. Los que se las dan de elegantes prefieren esconder tales trenzas dentro del sombrero, y las de la barba envueltas bajo la pechera, que no se vean. Pero otros, incluso en público y en reuniones, ni aunque quisieran pueden ocultarlas, ni aunque pudieran quieren. De hecho, tanto los que las lucen como los que las ven están convencidos de que, oprobio y vergüenza aparte, se trata de algo vital de primera necesidad, y que no hay por qué esconder. 
Se tiene registro de algunos que han ido dejando crecer así durante toda la vida, con la esperanza de librarse de la amenaza de enfermedades intratables. Los hay que, en caso de recrecimientos sucesivos, aseguran haberlo mantenido intacto sin meter la tijera. La gente, por su parte, si se tropieza con uno de ellos, al punto sospecha que padecen alguna enfermedad oculta de la cabeza. 
Plica - Pieza de museo anatómico - Universidad Jagellona
En esta materia, yo no entro por ahora a juzgar si la superstición puede más que la experiencia, o si sucede al revés. Mas si he de ser franco, me inclino por la opinión del vulgo: con tal proceder, el supuesto semillero de enfermedades más que manifestarse se alimenta, y pienso que su desarrollo mejor se puede prevenir enseñando la doctrina común de los médicos sobre la formación de los pelos, sus incidencias y curaciones, sin dejar de lado los saberes probados y tradicionales del vulgo. 
Aún no tengo averiguado si los demás europeos conocen también este defecto, como tampoco las más partes de Alemania. En Brisgovia, Alsacia, Bélgica y algunos tramos del Rin es casi endémico, y harto sabido de nuestro pueblo bajo. Yo aquí he conocido a más de treinta ciudadanos, algunos vivos todavía, distinguidos por esa pelambrera. 
El vulgo habla de Marenflecht y Schrötlinszepff, como quien dice  ‘trenzas o tirabuzones de duende’, creyendo que se forman por succión nocturna de las pesadillas y duendes íncubos. Otros dicen Maren- o Morenlöck,  ‘guedeja de cerda’, por su parecido con las que ven colgando del cuello de las marranas.
Firmado: Juan Jorge Schenck, hijo de J. Schenck, Médico de Hagenau.

Para entonces ya habían aparecido unos pocos trabajos, y pronto seguirían muchos más,   con tendencia a fijar el nombre de plica polónica o ‘coleta polaca’. Nombre aceptado por los propios polacos, unos con orgullo nacional, otros en cambio con una coletilla significativa: plica polonica judaica, las cosas claras. También entre alemanes hizo fortuna Judenzopf (coleta de judíos), como sustituto del atrasado Hexenzopf (coleta de brujas), siempre insinuando el origen del mal. 
De aquella primera bibliografía, hay una pieza anterior a 1600, que sería el informe más antiguo conocido de la enfermedad, y que se ha salvado por una feliz coincidencia. Se trata de una Carta del Dr. Lorenzo Starniegel, Rector de la Universidad de Zamoscia (Polonia), a los Profesores Médicos de la Universidad de Padua (1599).
Se sabía de su existencia por el naturalista germano-polaco Cristian Enrique Erndel, en su monografía sobre Varsovia (1730), donde dedicó un capítulo a enfermedades comunes de la ciudad y su entorno. Por otra parte, en la Biblioteca Ambrosiana de Milán existía una carta latina sobre el mismo tema, sólo que sin fecha ni nombre de autor. Justo un siglo después, en 1830, el erudito Sebastián Ciampi, que preparaba un estudio sobre médicos y artistas italianos en Polonia y polacos en Italia, relacionó ambas noticias, y gracias a él conocemos el texto latino de la carta, que ni se molestó en traducir: «Hela aquí, cual la copié de mi mano en la biblioteca Ambrosiana» [3].
En la carta de la Biblioteca Ambrosiana se echa de menos un dato curioso recogido por  Erndel: la primera observación del fenómeno (no ‘enfermedad’ todavía) se remontaba exactamente a 1287. Para situarnos: el año en que Alfonso III de Aragón conquistó a Menorca, y el año en que otorgó a la Nobleza del Reino la Carta-Privilegio de la Unión, tal día como hoy, 28 de diciembre.
La producción literaria sobre la plica polaca se hizo exponencial. El artículo citado (2018) estima en unos 900 los artículos sobre la enfermedad publicados desde aquel de Schenk y éste de Starnigel a finales del siglo XVI, hasta el siglo XIX. Muchos andan por la Red, y excusado es decir que hay mucha repetición y mucho plagio. La misma obra de los Schenck tuvo nuevas ediciones, y en ellas se ve cómo Juan Jorge se apresuró a citar novedades sobre el particular, dando preferencia a un estudio que todavía se deja leer con amplia sonrisa: la Consulta médica sobre la plica polaca, de Fonseca (Venecia, 1618). 
Rodrigo de Fonseca (Lisboa, h. 1550-1622) fue un médico portugués judío converso, como tantos, que por esa razón emigró a Italia donde estudió y fue profesor en Pisa, luego en Padua desde 1616 hasta su muerte. Aquí escribió aquella ‘Consulta’ , que luego incluyó como Primera de sus famosas Consultationes medicinales (Venecia, 1619, páginas 1-15) [4]. 
La obra entera la dedicó «a Segismundo III, rey de Polonia y Suecia potentísimo y felicísimo». Un canto de alabanza a Polonia y su monarca. Los franceses ya tenían, a mucha honra, su mal francés, los ingleses el ‘sudor inglés’ (o también británico), los húngaros su fiebre húngara, los napolitanos el baile de San Vito o tarantela, etc. Nada más lógico, pues, que abrir Fonseca su consultorio médico para atender primero a «un  varón de 30 años y en buena salud en Polonia, que de pronto se siente mal», etc., para concluir: «Esto es lo que, resumidamente, se me ocurre sobre la plica Polónica, en gracia de esa  nobilísima y fortísima nación.» O sea que para entonces ya se había nacionalizado polaca la misma enfermedad que, sólo 10 años antes, para Schenck era típica del oeste de Alemania. El propio Fonseca procurará no excederse en el homenaje:
«La nueva enfermedad se llama de Polonia, porque allí nunca se había visto hasta ahora hace unos 40 añ0s, aunque antes ya pululaba en otras regiones vecinas» 
Las primeras cinco páginas son para presentar la enfermedad y sus primeros síntomas y desarrollo, hasta que se manifiesta la ‘complicación’ de los pelos. Com-plica-ción, literalmente dicha, en el sentido de enredarse, pegarse y finalmente compactarse hasta formar una especie de casco de fieltro coriáceo, pues a Fonseca le preocupa más la plica como placa y almacén de basura y detritus orgánicos, que como trenza más o menos vistosa. De la página 6 a la 11 discute el tratamiento del paciente polaco plicoso hasta su eventual cura. Por último, las páginas 11-15  aconsejan cómo prevenir la enfermedad. 
Buscando las causas del mal, interviene alguna alteración mórbida del aire, eso sin duda; pero también los propios polacos algo ponen de su parte:
«Se trata del régimen, en cuanto a comida y bebida. Porque los polacos consumen demasiado alimento graso, beben sin tino vinos generosos, aguardiente, cerveza fuerte, siempre metidos en las estufas, donde se da la mayor evaporación de humedad hacia la cabeza, y en tres comidas diarias se acumula mucha materia indigesta. También se produce exceso de sangre cruda, corrupta y envenenada, que sin duda es la causa antecedente de esta enfermedad. Como que la sangre misma adquiere naturaleza pilosa..., pues en efecto, si se pinchan los pelos de la plica, sangran.
 Así se van enredando los pelos, formando cirros y pelotones por la viscosidad y densidad de la materia que, al rellenar los pelos, le produce retortijones, haciendo que se retuerzan y ensortijen… Tanto es así, que a veces ocurre que los mismos pelos, si caen al agua en regiones cálidas, se convierten en anguilas. Me contó un varón fidedigno, haber visto en las Indias de la Nueva España cómo, mientras bebían los caballos, las crines que caían al agua poco a poco se convertían en anguilas o culebras. Pues con más razón los pelos infectados de plica se convertirán, de tanta podredumbre.
Dicha materia mórbida, por su semejanza estructural pilosa, es arrastrada hacia los pelos, descargándose así de ella el cuerpo. Y por tratarse de materia grasa y aceitosa se genera caspa, piojos, suciedad, hedor, como corresponde a sustancia pútrida. Ahora bien, antes de formarse la plica propiamente dicha el cuerpo todo pierde fuerzas, se producen temblores, el color se demuda; todo ello por la agitación de materia. Y si los pelos se cortan a destiempo, sobrevienen oftalmías, dolores de huesos, convulsiones, bultos: todo ello porque la materia se retrae de los pelos y retorna a las partes internas. O sea que con el corte de pelo, lo que estaba tranquilo se irrita y altera, desplazándose a los ojos y demás órganos y miembros…»  

Plica polaca en forma de casco
Con mucho tino, el portugués compara la plica con la tiña, la relaciona con el desaseo, y para escándalo de muchos en aquel tiempo recomienda los baños, al menos uno al mes, bien tomados en edificios construidos en los estuarios, con personal preparado a la manera italiana y usando «detergentes tales como harina de habas, de cebada, de lentejas, salitre y jabón». A lo que añade (pág. 13):
«Lávese también incluso la cabeza con agua caliente, y cada mes córtese el cabello, bien de raíz o en corto, pues así el cerebro se purga mejor por los pelos y transpira mejor. Por eso están más expuestos a la plica los que se los dejan crecer en la cabeza o la barba, sin cortarlos nunca en la vida, ni peinarlos ni lavarlos, desde que nacen hasta que mueren, disuadidos por cierta superstición de que así se vuelven inmunes contra muchas enfermedades.» 
No vamos nosotros a leernos la consulta entera. De hecho, aquí dejamos que madure la plica hasta que se vea qué hacer de ella, si cortarla o conservarla de adorno o amuleto.
¿Vuelve la plica polaca?
Me he entretenido en estas noticias sobre una enfermedad supuestamente imaginaria, porque últimamente se vuelven a consultar, con tanta moda de rastas y pelambres, y el piojo invicto como nunca. Por otra parte, las pintas del Puchimontano, sobre todo cuando se presenta en público sin sombrero, recuerdan ciertas variantes de plica polaca. 
La plica polaca fue desahuciada de la Medicina para pasar a ser okupa de la Higiene. Y eso ocurrió en plena Ilustración, siglo de pelucas arquitectónicas fastuosas, que en Polonia a menudo se hacían de plica. Una de éstas debió de ponerse Maciej Szpunak, el polaco Abogado General del Tribunal de Justicia Europeo, cuando se le pidió su preceptivo parecer sobre una pregunta del Tribunal Supremo de España, no muy discreta por cierto. El alto Tribunal ha hecho suya en parte la ocurrencia del polaco, y el resultado es una plica de Sentencia que, en opinión de la profesora doña Araceli Mangas y otras personas sabias, va a traer una cascada de complicaciones colaterales.
Es maravilla que, hasta la consulta prejudicial/perjudicial del TS de la Nación Española, nadie, absolutamente nadie sabía cuál era la respuesta ‘verdadera’; y sólo desde que al señor Szpunar le entró el cosquilleo bajo su plica polaca, Europa entera se rasca liendres de todos los colores. El recorrido de todo esto ya se irá viendo. Por lo que a nos toca, el problema es Sánchez y su apetito de servir a España, le da igual asada que frita o en escabeche, con tal que sea para él en su mesa y plato particular.
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[1] En el Prólogo, el autor hace un repaso a la medicina de su tiempo y a las enfermedades nuevas (morbo gálico, escorbuto, sudor inglés etc.) y nada dice que cuadre a la plica.  En el texto tampoco veo observación alguna.
[2] De Tricis Incuborum.
Horridum quoddam, impexum, adeoque intricatum capitis atque barbae capillitium, apud nostros haud infrequens, caeterum veteribus cuiuscumque aetatis medicis incognitum, observare licet.
[...]
Europaeis aliis innotuisse hoc capillorum vitium nondum comperi: ut nec plerisque Germaniae partibus omnibus: Brisgois, Alsatis, Belgis, nonnullisque Rheni tractibus quasi endemium, & popello nostro notum est satis. Cives hic ipse novi supra triginta, quorum aliqui vel hodie quoque supersunt, hoc capillitio insignes. 
Vulgus Marenflecht, & Schrötlinszepff, quasi dicas Incuborum tricas seu cincinnos vocat, quod putet Incubos & Fannes noctu eosdem sugendo tractare. Alii Marenlöck vel Morenlöck, hoc est, scrofarum tricas, quod his similes a scrofarum collo dependentes observent, vocant. 
Ioan. Georgius Schenckius, Schencki F. Hagenoensis Medicus.
[3] Excelentes y Magníficos Señores, Amigos carísimos y de la mayor consideración.
Me ha movido a escribiros la novedad de una enfermedad, junto con la dificultad suma de curarla. Se trata de lo siguiente: 
Entre Hungría y la provincia de Pocutia, en la región montañosa fluvial que las separa, ocurría que a la mayoría de la gente les crecía uno o dos mechones de pelo tieso, enredado hacia adentro y apretado con el cabello inmediato, sin molestia alguna por entonces. Pero ahora se ha convertido en enfermedad grave y muy dolorosa, generalizada por todo el reino de Polonia. Rompe los huesos, suelta las articulaciones, infesta las vértebras, abulta y retuerce los miembros, hace a los pacientes jorobados, cría piojos que en generaciones sucesivas cubren toda la cabeza, imposibles de extirpar. 
Si los mechones tiesos se rapan, aquel humor y virus se reabsorbe en el cuerpo, para gran sufrimiento de los pacientes, como queda escrito. Afecta a la cabeza, los pies, manos, las articulaciones y coyunturas, el cuerpo todo. Se ha experimentado que los que se rasuraron dichos haces de pelos apretados padecieron de los ojos, o padecieron gravísimos flujos hacia otras partes del cuerpo…
Ataca muy mayormente a las mujeres, pero también a los varones propensos al mal francés. También a los hijos de infectados de dicho mal, y a los atacados de tiña, por efecto secundario de la medicación… Muy raramente algunos, tras varios años de padecer la enfermedad sin rasurarse la cabeza, aguantando estoicamente toda molestia, mal olor y suciedad, así como náusea casi intolerable, finalmente al caérseles aquellos cirros convalecieron, pero la inmensa mayoría se murieron.
Se han buscado y ensayado remedios varios, pero no se ha encontrado ninguno satisfactorio. Se ha investigado también la fuerza y naturaleza de la enfermedad y su causa, sin llegar tampoco a ningún resultado…
Espero vuestra humanísima respuesta, y si en lo dicho me he quedado corto o no he sabido expresar la fuerza del mal, pido a Vuestras Señorías Excmas. y Magníficas disculpen a este cultivador de otra especialidad. Esto es sólo un bosquejo de la enfermedad, cuyas interioridades examinarán y contemplarán mejor Vuestras Señorías con la agudeza de su ingenio. 
Que os vaya bien, es lo que deseo a VV. SS. excelentes y magníficas.
[4] Su sobrino Gabriel de Fonseca (h. 1586-1686) siguió sus pasos, pero pronto dejó Pisa para ejercer en Nápoles y Roma, médico de virreyes españoles, pero también de cardenales y papas, gente toda ella dispuesta a pagar bien por su salud y vida corporal, así se la vendiera un judío. Para todos era ‘el marranito portugués’, pero micer Fonseca tan campante catedrático de la Sapienza, la Universidad Pontificia Romana.

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Al Anónimo de medianoche:

En efecto, ha sonado la hora fatídica...
Manos en alto salgo y me entrego, <b>Grumete</b>.
Gracias, un fuerte abrazo.