viernes, 14 de septiembre de 2018

Por Trinacria, al galope (2)


Catania la Chica: lo visto y no visto  
Catania. Contorno de la ciudad antigua (amarillo). Situación del antiguo puerto (rojo). Via Etnea (línea azul claro), desde el antiguo puerto hasta la Plaza de Estesícoro. Encima del círculo rojo, la Catedral y su Plaza (Plaza del Elefante)

Via Etnea- Iglesia de los Minoritas
Al fondo, la ladera del Etna
El primer mensaje de Catania al forastero es lo significativo de su urbanismo. Su primera arteria principal es una larga recta que, partiendo de la Puerta Uzeda al sur y plaza de la catedral de Santa Águeda, apunta por el otro extremo a la mole grandiosa del Etna. Es la Via Etnea, recordatorio perpetuo para la ciudad de su enemigo natural, el volcán, y de su protectora celeste, la ciudadana virgen y mártir. Salta a la vista el motivo folclórico de la doncella que sujeta al monstruo.
Según eso, una visita a Catania podría empezar por el principio: Via Etnea y Plaza de la Catedral. Pues bien. Avanzando calle arriba se cruza por mitad la plaza  de Estesícoro, presidida a poniente por la iglesia que llaman de Santa Águeda al Horno, o la Carcaredda, sobre los restos del formidable anfiteatro romano. Detrás de ella todavía hay otra iglesia, Santa Águeda la Vieja, levantada en el siglo XVIII encima de los restos de la primera catedral de Catania. Pero cuidado, que sin darnos cuenta, en 600 m de recorrido estamos fuera de la pequeña Catania que fue antes de la erupción volcánica de 1669 [1].
Carcaredda es diminutivo de carcara (en siciliano, ‘calero’, horno de cal). Hay aquí un cambalache verbal con carcer (‘cárcel’, en latín), a cuenta de que a la doncella sus torturadores quisieron asarla a la brasa en la propia bóveda carcelaria, improvisada en horno con una solera de carbones encendidos, donde la revolcaron, como último suplicio. Pero milagrosamente el combustible se apagó, dejando a la mártir morir en paz, mientras un terremoto sacudía a Catania (5 de febrero del 251) [2].
Aquel apagón de brasas al contacto con santa Águeda, más el terremoto, fue como un aviso. El primer aniversario de aquella muerte lo saludó el Etna con una erupción de mucho cuidado. Alguien tuvo la idea de tomar el velo que usó la santa como virgen, y que ahora envolvía su cuerpo; y al desplegarlo contra la montaña de fuego, aquel lienzo funcionó como extintor y barrera de la colada ardiente. ¿Quién no ve en santa Águeda sobre carbones apagados una imagen viva de Catania sobre la lava del Etna?
Este mensaje en clave urbanística es de un barroquismo tardío que no repara en ofender a la lógica, pues la conclusión sería que la santa Patrona ha padecido descuidos garrafales. Afectado el sector occidental de  Catania por la lava y cenizas del 69, un terremoto en 1693 dio cuenta del resto.
Estos desastres modernos siempre han sido una oportunidad para los arquitectos. Recordemos el gran incendio de Londres, en 1666, apoteosis de Mr. Wren. Por desgracia, la ruina de Londres respetó el plano general medieval, y sir Christopher no pudo realizar su idea de reducir el caos a geometría.
En Sicilia el terremoto arrasó ciudades enteras, como Noto y Catania. Ocasiones magníficas para urbanistas y arquitectos, que solían ser las mismas personas. Como veremos, en Noto se optó por trasladar la ciudad y trazarla nueva. Lo mismo se hizo con Occhialà, 50 km al SO de Catania, pero aquí se cambió hasta el nombre, y se creó Granmichele como ‘ciudad ideal’ basada en el hexágono. Por su parte, Catania se gloría de haber renacido varias veces, siempre en el mismo suelo, y esta vez como una de las ciudades más bellas de Italia [3].
Catania. Plaza de la Catedral, o del Elefante que mira a ella.
A la izquierda, Puerta de Uceda, comienzo de la Via Etnea (hacia el espectador).
He dicho que la vía del Etna comienza en la Puerta Uzeda, junto a la más antigua Puerta de Carlos V. Juan Francisco Pacheco (Madrid, 1649-Viena, 1718), IV Duque Uceda (consorte), era el virrey español cuando se produjo el gran terremoto y hubo que reconstruir Catania.
Un gran problema fue que, de tanto arquitecto en la ciudad, la catástrofe dejó vivo a uno solo para tanto estropicio. Alonso di Benedetto tuvo que competir con colegas venidos de fuera, sobre todo el jovencísimo sacerdote palermitano Juan Bautista Vaccarini (n. en 1702).
A éste confió Uceda el gran proyecto urbanístico, sin necesidad de recordarle lo que en su patria, Palermo, habían realizado anteriores virreyes españoles: la vía Toledo y la vía Maqueda. Por eso el nuevo eje urbano de la ciudad se llamó vía Uzeda, y en la muralla de Carlos V se abrió a la Marina la gran puerta Uzeda, entre el palacio Arzobispal y el Seminario (1696).
Luego vendrán los saboyas y austríacos, y la rúa Uzeda cargará con el nombre risible de vía Etnea. ¿Etnea, del Etna? Para la masa popular el nombre propio del volcán era el Mongibello. El ‘Monte-Monte’, pues gibello es el arábigo gebel (monte); si bien la gente no tenía porqué saberlo, y la terminación se explicaba ella sola por la belleza de la montaña. Etna era un cultismo para gente leída, y etneo en prosa era uno de tantos pedantismos a la moda. Lo había reacordado con rima fácil, el catanés Pietro Carrera [4]:
Etna il primer mio nome, indi Gibello
Da i Saracin fui detto, hor Mongibello...

Un conocido neurocirujano estudia el sistema motor de las marionetas sicilianas
Gran Bazar Bafumo - 2 Via Etnea, Catania - Junto a Puerta Uzeda
Hoy la Puerta Uzeda se anima con la oferta de recuerdos sicilianos convencionales: cerámica mediocre de serie, carretas pintadas de colorines y las marionetas truculentas de los héroes del Tasso y el Ariosto, en todos los tamaños.

¿De dónde salía el dinero para tanta empresa reconstructiva? Como siempre, de donde no lo hay: de la especulación. Las nuevas avenidas rectas, las flamantes plazas, eran el escaparate donde competir los ricos entre sí poniendo en primera fila sus mansiones, y los más ricos –los eclesiásticos– sus iglesias, obras pías, y unos conventazos que no desmerecían de palacios.
El monasterio de los benedictinos, en el extremo NO de Catania, eran 10 hectáreas de asombro para los viajeros, el auténtico pasmo de Sicilia. Su construcción anterior a los desastres duró 20 años, desde 1558 en que el virrey La Cerda puso la primera piedra. Destacaba el claustro, de 1605, con sus 50 columnas monolíticas de mármol. La lava del 69 dañó el convento, dejándoles sin huerto y sin iglesia. La nueva obra en marcha, con el terremoto del 93 se vino abajo sepultando a 32 monjes.
San Nicolás - Fachada inacabada (Foto Mondo-Sicilia)
Claustros, refectorios, biblioteca, escaleras, todo se dejó como nuevo, o se hizo nuevo a todo tren. La iglesia del convento, San Nicolás, es la más grande de la isla, con referente en San Pedro de Roma, ahí queda eso. Como muchos grandes templos de Italia, hasta tiene su meridiana.  Para tanto cuerpo se diseñó una fachada pantagruélica que se comió el presupuesto, y a punto de secularizarse uno de los monasterios más grandes de Europa, ya con un solo inquilino, jamás se concluyó, para escarmiento evangélico: «Empezaron a edificar y no pudieron acabar».
Esta enorme iglesia luce una celebridad de órgano, donde otras tienen el retablo mayor. Obra maestra del abate organero Donato del Piano que, desde 1775, se dejó en ello 12 años de vida, gastando las 10.000 onzas que costó, de las de entonces. Bien es verdad que colocándolo allí los monjes se ahorraron (y nos ahorraron) un retablo también de los de entonces. En semejante ‘Organum Maximum et Mirabile’, tres organistas tocando a la vez pueden meter mucho decibelio.

Por desgracia, la arquitectura de principios del Setecientos no estaba en su mejor momento. Este barroco catanés y siciliano oriental tiene su gracia –nada económica por cierto–, pero cedió a una tentación coyuntural. El terremoto había convertido la ciudad y la región en un inmenso bazar de columnas, fustes, capiteles, basas, cornisas y todo el diccionario arquitectónico, a precio de saldo. El arquitecto no tenía más que recorrer las ruinas, y el material reciclable se le ofrecía al paso para sus más libidinosas fantasías. De ahí el derroche de columnas de adorno y todo ingenio de adminículos sin otra función que calmar el horror vacui. Lo que unido al otro horror a la superficie plana, da un arte confuso y empalagoso, cuando no pueril, y esto último vale sobre todo para las iglesias. En contrapartida, gracias al urbanismo teatral los edificios lucen en todo su esplendor, pues la arquitectura sin escenario es dinero tirado.
A Vaccarini se le amontonan los encargos: urbanismo, fachada de la Catedral, vecina iglesia de Santa Águeda de la Abadía, Palacio Municipal, obras suntuarias en los benedictinos, colegios etc. En compensación se le otorgó ciudadanía, con título de arquitecto comunal, y su condición de clérigo le abrió paso a una canongía y una abadía en encomienda, que le hizo pasablemente rico.

Un enigma de Catania: el Elefante
Un Víctor entre dos Anas

La visita formal de Catania suele empezar ante un monumento donde hacerse el retrato para el recuerdo.

La fuente del Elefante, en medio de la plaza de la Catedral, es un montaje de Vaccarini, que  por si acaso, dejó allí su firma en letras bien grandes (1736). Primero puso la fuente propiamente dicha. Encima colocó un elefante negro que tenía fama de antiguo, lo arreó con una albarda de mármol blanco, y sobre ésta finalmente puso de pie un discreto obelisco seudo egipcio de 3 m y medio igualmente disponible. El estanque de la fuente se añadió 20 años después y el conjunto ha sufrido reformas, como todo en el mundo [5].
El ‘Elefante con Obelisco’ de Catania parece ser réplica del desdichado ‘Porcino della Minerva’, en Roma, obra de Bernini (1667), llamado así por burla. Aquí el animal es ciertamente antiguo, de lava negra, menos los ojos y los colmillos blancos añadidos.  Su tosquedad, su pose cuadrada y la trompa alzada a la catedral lo hacen simpático, todo al revés del elefantito berninesco repelente. El obelisco pudo proceder del hipódromo, o como el de la Minerva, de algún templo de misterios egipcíacos.
Estamos ante el primer monumento público de la ciudad renacida –anterior en cinco años al vecino Palacio Municipal–, y va dedicado a Carlos de Borbón, proclamado rey de Sicilia hacía poco, y futuro Carlos III de España. Era el homenaje de la nueva Catania a sí misma con ocasión del nuevo reinado. Otra inscripción bajo la grupa del elefante moraliza al animal como modelo de «Equidad, Prudencia, Docilidad», recordando de paso su leyenda.
En efecto, esta figura de lava es obra mágica de un tal Heliodoro, que la usó como montura semoviente en viajes exprés de ida y vuelta a Bizancio y otros lugares. El sujeto, que pudo haber vivido en el siglo VIII, en principio era cristiano, y hasta aspirante a la mitra de Catania. Pero en este empeño se le atravesó San León II de Rávena, impuesto por los bizantinos. Despechado Heliodoro se pasó al judaísmo, se inició en magia negra y se dedicó a fastidiar a los cristianos... ¿Conque mago? Pues el obispo León era super mago: un taumaturgo que hacía milagros de los de verdad. Y cuando este santo varón entendió que el apóstata no tenía arreglo, encendió una hoguera, agarró a Heliodoro por el pescuezo y así lo retuvo en medio de las llamas hasta que se abrasó, sin sufrir él mismo ni una quemadura.
Con el tiempo, la gente confundió al animal con su dueño, y el elefante sigue llamándose Il Liotru: Heliodoro, en siciliano. Es la figura propia del escudo de Catania [6].
La procedencia del bicho se desconoce. Podría ser el mismo que vio el geógrafo árabe Al-Idrisi en el siglo XII. Se sabe que en 1508, reinando Fernando el Católico, el Justicia de Catania lo colocó en lo alto del antiguo Palacio municipal. Derribado por el gran terremoto se rompió por las patas de atrás, restauradas de forma chapucera. De entonces son también los colmillos y los ojos.
Desarrollo del obelisco
También el obelisco está roto por arriba y por abajo. Lo descubrió el obispo D. Juan de Torres Osorio por casualidad en 1620, al reformar una puerta junto a la catedral, donde servía de arquitrabe desde sabe dios cuándo; pero no se le hizo aprecio, y por allí quedó tirado o dando tumbos. El erudito holandés D’Orville, de visita por estos pagos (1727), recordó al Senado de Catania la ‘empresa’ (o emblema) del elefante portador de obelisco. Nuestro arquitecto estrella se dijo: «Tengo obelisco, tengo elefante, ¿qué me falta para  derrotar a Bernini?». Y velay: la Fontana.
La Fontana del Elefante no es la única en esta plaza. En el rincón que da a la entrada de la Pesquería –el mercado del Pescado, en los arcos del ferrocarril– el turista ingenuo se apiña con sus congéneres en torno a la Fuente de Amenano: un pastiche moderno (1867)–eso sí, en mármol de Carrara–, para decorar un boquete que se abrió sobre al río subterráneo que atraviesa la ciudad.
El Amenano en otros tiempos jugaba al escondite, a lo Guadiana, más o menos por debajo del trazado de la vía Etnea hasta el puerto. Hoy se puede visitar su cauce en algunas zonas de la Catania subterránea. Los cataneses lo querían sumergido, porque cuando asomaba pudría el aire con las emanaciones subterráneas y las ratas muertas. Esta fuente cuando funciona y el sol brilla hace unas cortinas de agua muy vistosas, que por eso la dicen ‘acqua o linzolu’.

La Catedral de Santa Águeda
A quienes no vayan a Catania en persona, y aun a los que van a ir o han ido, como yo, recomiendo esta Visita virtual de la Catedral y su plaza.
Siempre apreciando la escenografía, es de lamentar la pérdida del edificio original  normando. Tanto más, porque el terremoto no pudo con la sólida cabecera de tres ábsides, gran sillería de lava arrancada del antiguo teatro romano. Lo único que queda en pie de la iglesia fortaleza (ecclesia munita), fechada desde 1094,  como otra ‘catedral del mar’ para defensa del puerto. Todo lo demás es puro lucimiento barroco. La fachada, obra maestra de Vaccarini, lo mismo que la vecina Abadía de Santa Águeda, antiguo convento benedictino, para recordar que el templo se creó como iglesia abacial.
El interior es sólido, sobrio y solemne, sensación aumentada por la larga bóveda seguida sobre la nave central, sin adorno alguno. Vista la fachada, nadie esperaría encontrar una cosa así, gracias sean dadas al arquitecto Palazotto. Aunque mejor habría estado recuperar la basílica de columnas graníticas, tal como fue.
¿Tumbas? No sería catedral sin ellas. La más conspicua, la de Bellini. A guisa de inscripción, un pentagrama de ‘La Sonámbula’ (Ah! non credea mirarti…), pero a quién se le ocurre.  Un vistazo, y –que el doctor neurocirujano y melómano, pero por estos días gran compañero de viaje, me disculpe–  amuninni! [7].
A Vincenzo Bellini le hemos visto en la plaza de Estesícoro. Encaramado en una silla con mínima base y posible caída de 15 m, que sólo mirarle da vértigo. Rodeado por los cuatro costados por los protagonistas y pentagramas de sus óperas cardinales: Norma, Los Puritanos, La Sonámbula y El Pirata. Los tifosi del músico en los años 1880 querían ver a su Bellini delante del Teatro Máximo, sin que faltase la ocurrencia de plantarlo en la plaza de la catedral, en sustitución del Elefante, hasta ahí llega el entusiasmo lírico. Finalmente lo pusieron donde está, de cara a la Carcaredda de santa Águeda, mirando cómo se abría el suelo con la excavación del Anfiteatro.
Muchos de los sepultados aquí, en esta catedral prelados mayormente, se pagaron monumento en ‘piedras duras’. Taracea pétrea admirable y cara, pero que genera monotonía insoportable, y más si la corona el busto del finado.
Uno de estos es el arzobispo Francisco Carafa, adosado a la pilastra izquierda del transepto, mirando al extraño ambón o púlpito moderno del presbiterio. La inscripción al pie ofrece esta noticia sorprendente:
Pío, sabio, humildísimo padre de los pobres.
Pastor tan amoroso de sus ovejas,
que con razón pudo Catania desafiar a dos Etnas.
Habiendo fallecido antes del terremoto, aquí yace.
¡Ah!, si él no yaciese, Catania, estarías en pie.
Año del Señor 1695
¿Pero no quedábamos en que ese negocio lo llevaba santa Águeda? Pues ahí lo tienen: el bueno de Carafa en vida libró a la ciudad de dos erupciones, y de no haberse muerto, también del terremoto. Se ve que la visión beatífica vuelve a los bienaventurados olvidadizos.
Cruzamos el transepto, siempre en visita virtual. En la pared de mediodía hay una puerta renacentista, pero está cerrada. Da a la capilla de Nuestra Señora, donde están colocados dos sarcófagos de piedra. Uno el de la reina Constanza de Hohenstaufen, hija de Manfredo rey de Sicilia y esposa de Pedro III de Aragón. El otro, más grande y antiguo, del rey Federico II (o III), hijo de los anteriores, junto con los restos de otros miembros de la familia real aragonesa.
Catania está orgullosa de unos reyes que por algún tiempo, frente a la rival Palermo, la hicieron capital de Sicilia como un estado en Europa. Sin embargo, estas reliquias de la Edad Media, ‘descubiertas’ no hace tanto (1952), tienen perplejos a los publicistas locales, que habrían deseado un mausoleo regio en la catedral. Den gracias a la solidez de este ábside normando, donde estuvieron emparedados, pero no pidan peras al olmo. Aquellas personas lo único que querían era descansar en la paz del Señor, en una pared sólida del coro, arrulladas por el canto de los monjes en los oficios divinos cargados de indulgencias. El turismo futuro les importaba un higo. Aparte de que aquellas personas regias a veces se morían tan alcanzadas, que no dejaban ni para pagarse el funeral, y si se aprovechaba algún sarcófago antiguo para sus restos, era por no tenerlo propio.
Bajados de la pared (1958) –donde quedaron hasta hoy blancas cicatrices en los frescos del ábside–, los regios sarcófagos aragoneses se colocaron y están en la capilla de la Madonna, que no se nos abrió.  Lo único que oí al respecto fue la voz de la guía Mariella: «los catalanes están ahí» .
«Los catalanes». Se entiende que un guía turístico no porfíe y siga la cuerda del que le pregunta, si es un catalán (como era el caso). Federico II de Sicilia (1296-1337), hijo de Pedro III de Aragón y de Constanza de Hohenstaufen, por continuar la dinastía suaba de su madre se numeró III, pero llamándose de Aragón, y aunque nacido en Barcelona no se llamó barcelonés, ni menos catalán. Lo mismo la reina consorte de Sicilia doña Constanza (m. en Catania, 1363), mujer de Federico III el Simple (1355-1377), hija de Pedro IV el Ceremonioso de Aragón y de María de Navarra, aunque nacida en Poblet siempre se dijo de Aragón y Navarra, no de Cataluña. Pero allá cada loco con su tema. Y no estará de más recordar que, por el espacio mediterráneo, ‘catalán’ no siempre ha sido un elogio [8].
Para el rey Federico, o Fadrique, se aprovechó un sarcófago hermoso, aunque está muy maltratado. En realidad es una pequeña fosa común, porque allí se metieron luego, como dice la inscripción, los huesos de su hijo Juan, los de Luis, hermano de Federico III el Simple, los de María, la hija y heredera del titular, como también los del infantito Federico, hijo del rey Martín I y de la dicha reina María.
Es lógico que los buenos cataneses echen de menos una solución más decorosa para sus reyes tan queridos de toda Sicilia, y éstos en especial tan paisanos. Alguno, sin embargo, lleva el lamento demasiado lejos; como este Paolo Pappalardo, que escribía [9]:

«Se da la paradoja, que suena a escarnio…, de que mientras el desconocido Virrey Fernando de Acuña tiene un valioso mausoleo a un paso de la Virgen y Mártir Águeda, los protagonistas más importantes de la historia de Catania ¡llevan 62 años desahuciados de la catedral donde fueron proclamados reyes y reinas! ¿Tan difícil es ponerse de acuerdo Ayuntamiento y Curia para devolverles dignidad cristiana, y restituir a los cataneses un siglo y medio de su historia más importante?»
Suscribo de todo corazón este voto del señor Pappalardo, aunque lo de llamar al virrey Acuña ‘el desconocido’ no me parece propio de quien se dice tan amante de la historia patria. Pero ya que lo ha mencionado por su mausoleo, giremos 90 grados a la izquierda para conocerlo, pues lo tenemos aquí mismo.
El ábside diestro, o de la epístola, alberga la capilla de Santa Águeda, bloqueada por espesa cancela. En  este espacio se encierra el gran milagro de la Santa en el gran terremoto:
haberse salvado a sí misma con su tesoro, todo su ajuar y pertenencias. Gracias a esa vecindad se salvó también el altar con su retablo, así como el magnífico monumento sepulcral de don Hernando de Acuña, virrey de Sicilia (1488-1494). Atención, porque estamos ante el único conjunto artístico y escultural anterior a 1500 conservado in situ de toda Catania.
Por supuesto, todas las guías modernas y reseñas que he visto hablan de la tumba del virrey Acuña, pero ninguna destaca lo principal, que es la unidad del conjunto en la capilla: altar, tesoro, sepulcro. Encargo todo ello de la viuda del virrey, doña María de Ávila. Aquí lo único que sobra son los bustos y ‘piedras duras’ de dos prelados barrocos, tan devotos de santa Águeda como faltos de discreción, verdaderos ocupas en este recinto y contexto.
La obra es de carácter hispano renacentista, de alabastro o mármol, en partes dorado y policromado. Destaca el grupo que forman el virrey orante, de tamaño natural, y el gracioso escuderito en pie detrás de él, aguardando a que su señor termine sus devociones para irse él a jugar. Una gran inscripción de fondo explica en latín cómo su  desconsolada viuda Dª María de Ávila, como heredera y albacea, encargó el monumento en 1494. La factura de las estatuas es muy del estilo gotizante ‘Reyes Católicos’. Campean las armas de Acuña y las de Ávila o Dávila por separado.
Catania. Monumento del Virrey Acuña (foto Alamy)
El virrey mira al altar y retablo, del mismo material y estilo, con una especie de mandorla en relieve que representa la coronación de santa Águeda por Jesús y María, entre dos nichos de san Pedro y san Pablo y bajo las armas de Aragón-Sicilia y de Catania. Altar y sepulcro forman conjunto entre sí y con el monumento de acceso al tesoro de la Santa, todo de la misma traza.  Insisto: no es la octava maravilla, pero digno de verse en Catania como reliquia singular de su pasado artístico, auténtico milagro de Santa Águeda en la catástrofe seguida de saqueo del 93.
A la atención de los pappalardos traigo aquí una entrada de La Web de las Biografías sobre el ‘desconocido’ don Hernando de Acuña. Don Pablo Pappalardo se haría un favor leyendo a sus historiadores de Sicilia y de Catania, como Ferrara o Cordaro, o la Cronología de los Virreyes, de Amico (1687) etc. «Varón digno de compararse con justicia a cualquier príncipe de los mejores», le llama Juan Bautista de Grossis; «varón dotado en piedad y letras», según el doctísimo Francisco Maurolico. «En las costumbres Catón, / César en el corazón», reza un verso latino de su epitafio [10].
Fernando el Católico la nombró virrey de Sicilia en 1489, y lo fue hasta su temprana muerte, estrenada la cuarentena, el 2 de diciembre de 1494. Desde el principio se ganó a los sicilianos, doble mérito, porque venía en sustitución del odiado Gaspar de Spes (1479-1489), valenciano, que además de soberbio intratable había gobernado la isla a lo Verres.
En fin, el hijo del Conde de Buendía fue, además de caballero, militar y político, sentencioso poeta. El Cancionero General de Castillo, lamentablemente, sólo recuerda dos títulos suyos: “Antes el fin que el comienzo”, y “No tal fue / mi vida como mi fe” [11]. Precisamente el primero se lee en las dos basas del baldaquino del monumento.
El epitafio, en dísticos latinos, es sobrio y va seguido de estos versos en castellano:
Del buen Don Fernando de Acuña y Virrey
Es este sepulcro y clara memoria,
Que tanto sirvió a Dios y a su Rey,
Por donde fue digno de fama y de gloria

Por si fuese poco, el sepulcro propiamente dicho lleva en el frente, en cartel con asas, este otro epitafio en prosa latina, que diríase escrito ex profeso para dejar mal al Sr. Pappalardo [12]:

Aquí yace D. Fernando de Acuña, Virrey de sicilia, de patria Castellano, su padre el Conde de Buendía: por tanto de la ilustre progenie de los Acuñas; regio por su exterior y por su temple, y cúmulo de todas las virtudes, cultivador de las letras y valiente en las armas. A éste llora el coro de los buenos y doctos; cuyo cuerpo aunque enterrado, su alma pía ya alcanza la gloria de los bienaventurados.

Cualquiera que tenga noticia de los enterramientos antiguos en iglesias sabe que los permisos de construcción, por elegantes y decorativos que sean, no se concedían gratis, ajustándose la tarifa al emplazamiento. Según eso, la viuda Dª. María debió de poner sobre la mesa argumentos de mucho peso para colocar a su difunto en lugar tan preferente. No fue sólo decorar toda la capilla. La mejor finca de Palermo entonces era la Zisa, un paraíso del tiempo de los árabes, que hoy queda dentro de la ciudad, pero entonces era un pabellón y huerta de recreo en el camino de Montreale. Pues bien, los canónigos de Catania tenían un pío tremendo de poseer aquel edén terrestre, que casualmente era del Acuña, o más bien como sospecho, de la Dávila. En todo caso, un bien temporal, cuya cesión tanto podía ayudar al alma del virrey en la consecución del verdadero paraíso, el celeste. Cosa hecha.

Llegados a este punto y consideración, quien leyere creerá sin juramento y comprenderá mi pánico, cuando al mirar en derredor vi la enorme catedral casi vacía, y desde luego ni a Mariella ni a ningún conocido del grupo (mi señora incluida), y al echar mano del móvil estaba descargado.
Quedan más cosas por recordar de Catania, pero se hace tarde. Todo se andará.
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[1] ‘Piccola Catana’, se decía. Incluso se propuso una etimología tan obvia como improbable, en el púnico qatana, ‘pequeña’.
[2] Curiosamente, el titular del templo es san Blas, porque así lo decidió un obispo. Para los cataneses es lo que es, porque allí se muestra la supuesta cárcel-horno de Águeda, punto de partida de enormes procesiones en sus dos fiestas, de invierno y verano.
[3] La última catástrofe severa fueron los bombardeos aliados de 1943 (II GM).
[4]  ‘Poesie de Don Pietro Carrera, pertinenti alla materia di Mongibello, e del sacro velo della gloriosa S. Agatha.’ En Mongibello, descrito da Don Pietro Carrera. Catania, 1636, pág. 186. El autor de Veinte Día en Sicilia (1841) observaba la cantidad de ‘Villas Etneas’ en las faldas del monte. Mediado el siglo XIX era nombre tópico entre la burguesía costera para sus chalets de montaña.
[5] Adiectum anno Domini MDCCLVII Idus Aprilis. Archivio Storico Siciliano, 1888-89, pág. 257 ss. La Fontana del’ Elefante esistente in Catania.
[6] La leyenda está representada en vidas de San León, en sermones y sobre todo en un poema latino bastante gracioso, todo ello recogido por el jesuita Gaetani en sus Vidas de Santos Sicilianos, tomo II (Disponible en la Red).
[7] En siciliano, ‘¡largo!’ (vámonos de aquí).
[8] En El Nacional.cat (2018/06/23) veo una efeméride firmada por Marc Pons: “23 de junio de 1222. Muere Constanza de Aragón, la catalana que fue emperatriz». ¿Pues cómo no catalana, si era “hija del conde-rey Alfonso I de Barcelona y II de Aragón… y hermana pequeña del conde-rey Pedro I de Barcelona y II de Aragón”? Después de todo, gracias a ella se produjo “la gravitación de Sicilia hacia la órbita del Casal de Barcelona”. Menos mal, aquí no se habla de ‘Corona Catalano-Aragonesa’.
[10] Catanense Decachordum (Catania, 1642), t. 2, págs 129-130. El hexámetro latino del sepulcro dice:  Moribus iste Cato fuerat, sed pectore Caesar. Es contrapunto del proverbial Intus Nero, foris Cato (Por fuera Catón, por dentro Nerón), para describir al hipócrita.
[11] Edic. de Bibliófilo Españoles, Madrid, 1882, t. 1, pág. 575, nn. 540 y 541. La primera pieza la da como ‘jeroglífico’, la segunda parece estribillo de coplas.
[12] Hic iacet D. Ferdinandus de Acugna Siciliae Prorex, patria Castellanus, patre Comite de Buendia, Illustri scilicet genere de Acugna genitus, аsреctu atque animo regius, ac virtutum omnium cumulus, literarum cultor, et armis strenuus :hunc proborum et doctorum chorus deflet; cuius corpus tametsi in terris sit conditum, pia tamen anima beatorum obtinet gloriam.


(Continúa)


miércoles, 22 de agosto de 2018

Por Trinacria, al galope (1)

     
O cómo no ver Sicilia, por el mismo precio


No somos de viajar por agencia al uso, en cuerda de presos con desconocidos. Sólo por la gana de saltarnos nuestra propia regla, a fines de junio hemos hecho la experiencia por Sicilia, y vaya, pudo haber sido peor. No cargaré en cuenta (a la ida) la cuchufleta de Vueling. En la escala de Barcelona nos toreó a placer, en lo que tenía toda la pinta de un hipercatalogismo, que es como dicen en griego castizo el overbuquin. Y con tal de no echarnos el alpiste, nuestros anfitriones nos pasearon de un avión a otro, y vuelta al primero, porque así el tiempo aeronáutico para ellos  no corre. A los viajeros, en cambio, el reloj fisiológico sí que corría que se mataba. Padecimos hambre, con gana de comer, y aquí Vueling en el aire tuvo la sartén por el mango de sus precios, a tanto la caloría. Que le den al Vueling. Casi todo lo demás de la excursión aceptable, según lo acordado (¿?). Y con el premio de haber conocido a gente interesante.
Casi todo es no todo. La pasta, por ejemplo… Pero por favor, hablemos de lo que importa, no de la ingesta de pastasciutta de antevíspera y demás sobras de convento. Salvo un par de alivios culinarios de recordar, sólo por contraste, el resto fue el festín de la caridad. ¿Y el autobús? Hemos rodeado la isla y le hemos cruzado por mitad, siempre en el mismo vehículo obsoleto, impresentable a una ITV de favor, no climatizable, que por no tener, ni cintos de seguridad. Tras un primer contacto de nuestros culos con sus asientos obtuvimos palabra de que nos lo cambiaban, pero sin duda se referían a un viaje futuro. El autista (en italiano, chofer o chófer) Angelo, siempre tan amable y servicial.
El circuito siciliano ha durado cinco días y media mañana. Diseñado para un turista ideal medio, tipo «si hoy es jueves por la mañana, este teleférico nos está subiendo al Etna». Algunos sitios los vimos con suficiencia: Noto, Érice, la Villa Romana de los Bikinis, el propio Etna fuera de servicio… Incluso un rincón tan pintoresco como Cefalú, lo doy por bien visto. O los templos griegos de Agrigento y Selinunte, tal y como los imaginaba. Una bodega en Marsala con degustación, que no cata ni cosa parecida, totalmente prescindible. Pero Catania, Siracusa,  Palermo, merecen bastante más. Palermo sobre todo, mucho más. La próxima vez, si la hay, Palermo será prioritario.
Las entradas no programadas iban por cuenta del viajero. Nada que objetar, sino que llevados siempre contra reloj, tales entradas se reducen a pagar en taquilla y salir de inmediato por donde se entró, con una instantánea sin revelar en la retina y alguna foto para el recuerdo, si te dejan. Que la Iglesia, en lo que de ella depende, no suele dejar. La próxima, insisto, por libre.
De nuestra guía, la palermitana Mariella, sólo puedo decir bien. Profesional competente y un punto distante, como debe ser; risa fácil algo sarcástica; siempre atenta y de humor igual, incluso cuando amonestaba puntualidad y normas. Entrándole en el lote turistas italianos y españoles, procuraba repartir sus comentarios en ambas lenguas, aunque sin querer se prodigó bastante más en la suya, que a mí me encanta. Desde el principio nos repartió los cachivaches de oírle a distancia. Esta facilidad se tornó a veces en sobresalto para este despistado, cuando creyendo tener cerca a la Mariella, de pronto perdía cobertura, sin ver al grupo por ninguna parte.
A todo esto, casi me quedo sin desvelar el nombre de la agencia y del viaje. No es ningún secreto: Imperatours, y su propuesta Circuitos Sicilia Mágica, bebida incluida en las comidas. Y no es paradoja si reconozco puntos positivos a la empresa y al programa que nos han vendido. Como decían los romanos, caveat emptor (mirar lo que se compra).
Nuestro circuito se llamaba ‘Tour Sicilia con partida desde Catania’. En el mapa de arriba se pueden ver las carreras de fondo (menos el itinerario rojo y el naranja), por aquellas autovías levantadas sobre pilotes, no por nivelar pendientes, sino por la cantidad de barrancos y terrenos inundables en cualquier estación. Pilotes en bastante mal estado, en largos tramos de la vía,  deplorable a veces, con ostensibles apeos de urgencia envejecidos y ellos mismos apeados y cinchados. Tras la catástrofe de Génova, el tráfico rodado debería suponerse paralizado en buena parte de Sicilia.
Jornadas:
1ª. Vuelo Madrid - Barcelona - Catania (recepción y libre)
2ª. Catania - Siracusa - Noto - Catania.
3ª. Catania - Cefalú - Palermo.
4ª. Palermo - Monreale - Palermo (tarde de playa en Mondello).
5ª. Palermo - Érice - Marsala - Selinunte - Agrigento.
6ª. Agrigento - Plaza Armerina - Villa Romana del Casale - Catania.
7ª. Catania - Etna - Taormina - Catania
8ª. Catania (mañana libre) - Aeropuerto.
Recorrido total en bus: unos 1200 km (estimación).
Sicilia, Región Autónoma Especial de Italia
Sicilia, la mayor isla del Mediterráneo, es todo un mundo maravilloso cerrado, tan repleto de culturas, mitos e historias, que no es fácil al viajero de hoy interpretar lo que tiene delante.
Dicho así suena bonito y en positivo. Otro modo de mirar lo mismo sería  recordando que la bella Sicilia, a lo largo de dos milenios, ha pasado de mano en mano de colonizadores, conquistadores y amos. Está pues, avezada a que la manden, lo que nunca le impidió enamorar a sus dominadores, dominarlos y vivir ella a su aire. Repetidas veces gritó libertad, incluso independencia, y hasta se alzó en armas por la una o la otra, pero esto último sólo en un par de ocasiones, procurando hacerlo sin plan y con poca gana.
No es por dar ideas, pero una pregunta que asalta a cada paso al viajero es, cómo se las ha arreglado la insular Sicilia en toda su larga y densa historia para no ser hoy un estado da se. Pregunta que yo me guardé de hacer a nuestra guía, nada proclive a hablarnos de política. Todo lo suyo que recuerdo sobre la relación Sicilia/Estado Italiano es un comentario fugaz de Mariella a solas con su micrófono y su risa fácil: «En Sicilia tenemos el único petróleo, pero también la gasolina más cara de Italia».
También me llamó la atención, en los billetes de entrada a sitios arqueológicos, la coletilla del membrete: “Asesorato de los Bienes Culturales y de la Identidad Siciliana”. ¡Vayapordiós!, aquí también hay organismo oficial para la cosa identitaria. Entiéndase el mosqueo. Vienes toreado y castigado por el fetiche doméstico, y sólo oler ‘identidad’, aunque sea ajena, sarpulle. Luego piensas: menos mal, aquí el Ente público sólo asesora; no decide, ni menos impone o ‘normaliza’ la identidad; no expide credenciales de buen siciliano o de su alternativo, es decir, ‘enemigo de Sicilia’.
Volviendo a la pregunta, «¿cómo es que…?». Pues sí, Sicilia tocó con los dedos su independencia cuando se sumó a las Revoluciones de 1848. De hecho, en su partícular revolución del 48 (12 de enero) contra Fernando, rey de las Dos Sicilias, logró mantenerse en equilibrio inestable de cuasi independencia, con una Constitución avanzada para la época, pero que sólo aguantó 16 meses, porque Gran Bretaña así lo decidió, usando la fuerza desde su base naval de Mesina, ocupando toda la isla en nombre del Borbón. A los ingleses, como realmente les habría gustado Sicilia era como colonia de su comongüel. Pero quita, quita, menudo paquete. Un enclave como Mesina o Siracusa, vaya; pero para qué, teniendo Malta...; y con el piratazo de Gibraltar todavía caliente…

¡Pero qué cosas estoy diciendo, Gibraltar caliente! Mucho más caliente estuvo otro peñón en mar siciliano, y aun así, soplando, soplando, los ingleses casi se lo comen.
En efecto, en julio de 1831, un volcán submarino a 26 millas de Sciacca (Agrigento), a medio camino de la isla italiana Pantelaria, vomitó un islote. El fenómeno fue avistado desde varias embarcaciones, pero nadie tuvo prisa en abordar aquel peñón en brasas. Nadie, salvo un marino que, en cuanto el borde del islote dejó de humear, puso pie en él. Y no el pie sólo, también su pabellón. Británico, naturalmente. Para entonces el Almirantazgo ya tenía nombre para su nueva roca : isla Graham, en honor del escocés James R. G. Graham, que había cartografiado por la zona.
De haber sido en la Edad Media, no había cuestión: todas las islas de la mar –y por extensión, las penínsulas–, las viejas y las nuevas, descubiertas o por descubrir, eran propiedad de la Santa Sede, que las enfeudaba a quien quería. Pero estamos en el siglo del vapor y la electricidad, y una isla nueva es para el primer ocupante.
Una cuestión previa era fijar la situación exacta del fenómeno, no vaya a ser que no discutamos por lo mismo. En este sentido Su Graciosa Majestad llevaba ventaja, aunque Francia tenía experiencia, sobre todo en tierra firme.
A todo esto, también marinos franceses desembarcaron para tomar medidas y  posesión de la que llamaron isla Julia, en honor del mes que la vio nacer. Tras ellos vendrían los italianos, los últimos, a reclamar su isla Ferdinandea, en nombre de Fernado II rey de Dos Sicilias. El incidente diplomático estaba servido.
Hubo versiones dispares sobre aquella isla gulliveresca, ya pastizal de juristas y leguleyos, mientras los vulcanólogos  hacían cábalas sobre su futuro. Por fortuna no hubo casus belli. Una vez puesta en evidencia la codicia y rapacidad de Albión, la nueva ínsula, que por lo visto no tenía otra razón de ser, para mediados de diciembre se sumergía tranquilamente bajo las aguas, con las banderas y todo, burlando las expectativas de unos y de otros [1].  
Sicilia: ¿Territorio Histórico Vasco?  
En el siglo VIII a. C. llegan a Sicilia los primeros colonos griegos y encuentran la isla repartida por mitad entre dos etnias: sicanos a poniente, sículos a levante. Los sicanos llegaron primero y ocuparon toda la isla. Pero luego, asustados y molestos por los malos humos del Etna, se retiraron dejando campo libre a los sículos. Eran estos sureños de la península Itálica, los futuros napolitanos, acostumbrados a su Vesubio, su Vulcano, su Estrómboli, y ahora felices como chiquillos de poseer un volcán mucho más grande. Aquellas dos etnias inmiscibles e incomprobables darán lugar a la mito-historia tardía, tendenciosa y desinformada de las Dos Sicilias.
¿Y quiénes eran los sicanos? Autóctonos, según los menos. Una opinión antigua y muy seguida los hacía invasores iberos; y apurando más, es curiosa la idea de que fueron vasco-ligures, con base endeble en algunos vestigios lingüísticos. Desde luego, a los estudiosos vascos no les hizo gracia lo de vasco-ligur, a ver en qué quedamos. Para el eclesiástico vizcaíno Juan Antonio Moguel (1745-1804) no había duda: los sicanos fueron vascos, los españoles genuinos, los mismos que en el siglo XIII a. de C. fundaron Roma. Los ligures eran otra cosa que vino luego, como distinguió muy bien Silio Itálico en su poemón épico Las Púnicas:
Tras el terrible cetro de Antífates y el Ciclópeo reino,
los sicanos con el arado estrenan rotura de campos:
gente venida del Pirineo, que a la tierra vacante
ponen su nombre, tomado de un río patrio.
Más tarde, un brote de lígures guiados por Sículo
cambia el nombre a los reinos ganados en guerra.

«Los iberos españoles fueron los primeros pobladores y fundadores de Roma, los que introdujeron allí el idioma español o vascuence, dieron la legislación, y Rómulo o algún otro fue sólo amplificador… La lengua sicana (o de los íberos sicanos) fue una de las más antiguas que se hablaron en Italia...»
Estas cosas escribía en 1802 el autor del Peru Abarca, a la atención del erudito gaditano Vargas Ponce –miembro, como él, de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País–, que por entonces investigaba en los archivos del País Vasco (con muy mala idea contra el País, eso dijeron los vascos). Respuesta del sufrido don José, tras una año de paliza epistolar moguelesca [2]:
«La lectura y el trato me han convencido, harto a mi pesar, que no hay medio humano de desarraigar a ustedes una tan siquiera de aquellas gigantescas pretensiones que han prohijado para aumentar los privilegios de su país. Me es conocido el candor de usted, así por múltiples informes, como por lo que he podido experimentar en un año de correspondencia; pero el mismo cándido y despabilado Moguel en vano lee… demostraciones casi matemáticas de la sujeción completa de su país, y de que no fue el teatro de ciertos gloriosos horrores, o alguna otra especie que eche por tierra la menor de sus envejecidas quimeras, pues tapa los oídos, aprieta los ojos, vuelve las espaldas a la luz, y le niega la entrada a su despejado entendimiento»  
«El candor de usted». En aquella época la palabra candor era un elogio sin mezcla de reproche. Candidez ya sería otra cosa, después de Voltaire y su ‘Candido’. Lo que Vargas Ponce echa en cara a su corresponsal es que siendo despabilado y candoroso, es decir, inteligente y sincero, sea a la vez tan terco  como sus paisanos en general –y aquí apunta la sorna gaditana–, siempre el ascua a la sardina de sus fueros y privilegios, a costa de los demás españoles.
¿Sicania? ¿Sicilia? El gran compilador de historias Diódoro Sículo, sin entrar en la prioridad,  recuerda el nombre aséptico: Trinacria, ‘La (isla) de las Tres Puntas’ o vértices: Punta del Faro (Mesina), cabo Passero (Portopalo), cabo Lilibeo (Marsala).
Por pura asociación de ideas, Trinacria se relacionará con el triscelio (‘tres-piernas’, en griego), y con el milenario triángulo de espiras, de tradición celta. Las tres piernas dobladas sicilianas son de mujer, dextrorsas o levorsas, radiando de un careto femenino alado, que puede ser una gorgona con sierpes, o una Ceres coronada de espigas. La risueña cefalópoda está por todas partes y en todos los tamaños, en las tiendas de suvenirs, en edificio públicos, en la bandera regional, que es diagonal rojigualda, por los colores históricos de Aragón. Raro será el turista que se escapa de la isla sin su triscelio, más grande o más chico, decorado así o asá, pues hasta los hay de llevar al cuello como amuleto, estampados en ceniza de Etna.
Tanta insistencia en el emblema de marras da mala espina. Lo primero de todo porque ni siquiera interesa a la arqueología local. Desconozco el dictamen del Asesorato para la Identidad Siciliana al respecto. Lo que tengo entendido es que anticuarios sículos están hasta la coronilla de un invento romántico que nada tendría que ver con la Trinacria. Frecuente en monedas antiguas, sí, pero no de aquí, sino de Anatolia. Obviamente se ha usado en heráldica parlante (‘Tres Pies’), como para el apellido alemán Dreifuss, o para ilustrar el topónimo vasco Iruña, sucedáneo de Pamplona. Estos triscelios de monedas etc., incluido el vasco, son todo pies, sin cabeza.
Una memoria histórica sin acritud
Durante casi 3.000 años Sicilia ha sido objeto de deseo y campo de batallas ajenas. A fenicios y griegos (s. VIII a. C.) suceden cartagineses y romanos (s. III a. C.), bárbaros y bizantinos (s. VI d. C.), luego los sarracenos (827).
En 1066 el normando Guillermo I desde su Normandía pasaba el canal de la Mancha a la conquista famosa de Inglaterra. Cinco años antes y con menos ruido otros dos normandos emigrantes, los hermanos  Roberto y Rogelio, habían pasado ellos también otro canal, el de Sicilia, con un puñado de caballeros a la conquista de la isla. Tan increíble como la de Guillermo, o más, fue la aventura ítalo-sícula de esta gente que tanta marca ha dejado en la identidad siciliana.
Les suceden por herencia dinástica los Hohenstaufen germánicos, en plena lucha con los papas a cuenta de las investiduras y otro intereses. El papado, con la ayuda interesada de Francia, liquida a los alemanes y traspasa sus territorios ítalo-sículos a Carlos de Anjou, pero por poco tiempo.
Es la hora de Aragón, y de ahí el interés tan especial para españoles. En la conjura de las Visperas Sicilianas (Palermo, 31 de marzo 1282) una masacre de franceses los paraliza, mientras Sicilia proclama rey a Pedro III de Aragón y se separa de Nápoles. A la Sicilia Aragonesa (1282-1513) le sucede la Sicilia Española (1513-1713), hasta el Tratado de Utrecht, que atribuyó la isla a la Casa de Saboya, aunque luego la recuperan los borbones. Finalmente el piamontés aventurero José Garibaldi conquista Sicilia, y burlando a los separatistas mediante plebiscito la entrega a la nueva Italia (1860). Notable caso el de los políticos que toman como meta unificar su país, y dividir y separar los ajenos, como hizo Garibaldi en América.
En suma –para bien y para mal–, el dominio hispano ha sido con mucho el más largo y de más impronta en Sicilia. Y esto se nota a cada paso.
Un español en Italia, un francés o un alemán, naturalmente se preguntan qué idea guarda la gente de allí de los que fueron sus dominadores. «Seguro que, por memoria histórica, nos detestan». Eso parece lo lógico, si fuese verdad que el yugo ajeno es siempre y  por definición pesado, como aseguran los románticos y los nacionalistas. Tengamos además en cuenta que los ingleses del XIX siempre repetían por el mundo lo leído en The Gentleman’s Magazine y prensa similar (que a menudo ella misma se repetía). Sobre Nápoles-Sicilia concretamente [3]:
«Desde principios del siglo XVI fue una provincia de España (sic). Durante más de dos siglos languideció bajo el desgobierno español; y cuando al fin obtuvo un soberano propio, éste fue otro Borbón más, cuya ignorancia, prejuicios y abandono egoísta la dejó bajo el yugo y látigo de subordinados opresores.»
Lo que ocurre es que en esto de los yugos y los látigos todo es cuestión de hábito, y de eso saben mucho los italianos. Tampoco seamos ingenuos de creer que los aurigas de la Historia no son los príncipes y los señores, sino los pueblos, y en especial las clases populares o ‘masas’, encarnación de las esencias identitarias y políticas; siendo así que la buena gente bastante hizo con sobrevivir al día, como para llevar también las riendas de su destino. En fin, no por casualidad el Gatopardo fue siciliano, creación de un siciliano. Sicilia toda es gatopardesca, curada de espantos.
La verdad comprobable es que se puede andar mucha Italia, y toda Sicilia, bajo la impresión de que el recuerdo de España y de Aragón allí a nadie le escuece ni le mueve a deseo de reescribir la Historia a base de destruir sus recordatorios –que eso significa ‘monumentos’. Eso se queda para el cainismo español guerracivilista. Lo veremos con ejemplos en Palermo.

Sicilia: poesía y verdad
Uno que miró a Sicilia por el lado bueno fue Góngora. Pero sólo de lejos, con sus ojillos de poeta cargados de reminiscencias literarias; no los ojos del viajero, pues jamás estuvo aquí. A diferencia de Quevedo, que puso su primer pie en la isla en 1613, el año en que Góngora publicó su Polifemo y Galatea. Y año de gran terremoto, así que mejor para don Luis. La Sicilia real no le habría inspirado el escenario imaginado único para su nueva estética (a mucha honra) ‘gongorina’:
Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece,
copa es de Baco, huerto de Pomona:
tanto de frutas ésta la enriquece,
cuanto aquél de racimos la corona.
En carro que estival trillo parece,
a sus campañas Ceres no perdona,
de cuyas siempre fértiles espigas
las provincias de Europa son hormigas.

A Pales su viciosa cumbre debe
lo que a Ceres, y aún más, su vega llana:
pues si en la una granos de oro llueve,
copos nieva en la otra mil de lana.
De cuantos siegan oro, esquilan nieve,
o en pipas guardan la exprimida grana,
bien sea religión, bien amor sea,
deidad, aunque sin templo, es Galatea.
Bravo, maestro. Aunque muchos nos quedamos más a gusto con la misma fábula
contada en música por Haendel, en Acis y Galatea:
Si Góngora cayese hoy por Sicilia, quitaría de su Polifemo la mitad, y el resto lo rasgaría en silencio bajo la capa. Sólo la descripción de la basura urbana, que él habría visto lo mismo que nosotros, a él le daba para media docena de octavas reales, y me quedo corto. A veces el panorama de desperdicios acumulados o diseminados en calles y plazas, pero también a lo largo de las carreteras, hace pensar en una huelga crónica del servicio. De seguir así, camino lleva de ser otra seña de la identidad siciliana.

En resumen, viajar a Sicilia y volver sin haber visitado la Capilla Palatina de Palermo no tiene perdón. Y con todo, ha merecido la pena.
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[1] Lyell en sus Principio de Geología dedicó a la nueva isla volcánica unas páginas con dibujos esquemáticos (11ª ed., London, 1872, vol. 2, págs. 58-63. Cfr. Albert Granado. A Volcanic Incident: Isola Ferdinandea or Graham Island? (The Malta Historical Society, 2010. M. Grifasi, Ferdinandea - L'isola che non c'è più; en Almanacco Siciliano, 23/10/98. Una primicia de reportaje que cita Granado no he podido hallarla en la Red: G. Pericciuoli Borzesi, Narrative of the Volcanic Eruption or Graham Island. Malta, 1834, 32 págs.
[2] Juan Antonio Moguel, Disertación histórico-geográfica sobre los iberos y sicanos que entraron en Italia, en el Lacio y en el territorio de Roma, introduciendo el idioma vascuence. En Memorial Histórico Español, tomo 7: Cartas y disertaciones de don Juan Antonio Moguel sobre la lengua vascongada. Madrid, 1854. (en Memorial Histórico Español, 7: 694). Allí mismo (pág. 665) está la respuesta de Vargas Ponce. Lo cita L. Villasante, Historia de la Literatura Vasca, 2ª ed (1979), pág. 211.
[3] “The Law of Nations”, en The Edinburgh Review, 77 (1843): 161-197; pág. 188.




(Continuará)