domingo, 14 de junio de 2015

Terror negro, piqueta blanca



Un mes lleva ISIS en Palmira, y todo indica que va para largo. En cuanto al vandalismo islámico, es como para cruzar los dedos. Recordemos que son ante todo iconoclastas, y en Palmira apenas había estatuas al aire libre. ¿Qué ha pasado, o puede pasar, en el museo? ¿y dentro de las torres funerarias y los hipogeos?
Pero en fin, algún escarmiento había que hacer en los malditos ‘ídolos’ que, por lo visto, la buena gente de aquellos pagos –de pago viene ‘pagano’– los adora en secreto. 
Entre lo destruido se cita la efigie del ‘Dios-León’. El desaguisado habría tenido lugar el sábado 23 de mayo, según testigo que pudo reconocerla entre otras imágenes ya hechas pedazos con maquinaria pesada. Esto no violaría la promesa de conservar las ruinas –«la ciudad antigua»–, transmitida días antes por voceros de ISIS. Las imágenes son puchero aparte, para estos entendidos en los gustos de Alá. Y en todo caso, conviene demostrar quién manda.
El Dios-León
Aunque ya no sirva de consuelo, hablar de ‘Dios-León’ es impropio. No hay tal dios. En realidad es (o era) el animal-soporte de una divinidad. En la iconografía oriental los dioses iban a lomos de su animal o monstruo emblemático. Hasta el libro bíblico de los Salmos, lleno de licencias poético-mitológicas, apostrofa al Dios Yahweh como «el que posa en Querubín» (Salmo 80/79 V: 2. Qué pinta tenía el monstruo Querubín, la Biblia no lo dice).

Procesión de dioses asirios sobre sus animales emblemáticos
La divinidad usuaria del león palmireno era nada menos que Al-lat o Alat, la contrapartida femenina de Al-lah o Alá, el dios convencional del monoteísmo. A menudo las parejas divinas se asociaban como paredros (‘sentados juntos’). Así en el norte de Siria y Fenicia, la diosa Anat era paredra del dios Bethel.
Para los israelitas, Bethel y Yahweh fueron la misma deidad, de modo que este su ‘Dios único’, soltero empedernido, en los cultos populares aparecía junto a su señora Anat-Yahu (‘la Anat de Yahweh’), para irritación de los profetas bíblicos. Pareja divina venerada, por ejemplo, entre la soldadesca judía acuartelada en la Isla Elefantina (Alto Egipto, siglos V-IV a. de JC.). Así consta en papiros y otros documentos, donde es frecuente citar a dioses y diosas como testigos de excepción en los contratos.
Versículos satánicos
Otra forma de asociación de divinidades (ya lo vimos) era en tríadas o ternas. Así Alat presidía una tríada junto con ‘Uzza y Manat, veneradas también en la Meca. Esta Tríada Mecana fue un dolor de cabeza para Mahoma, porque sus paisanos solían jurar por ellas en sus compromisos más solemnes, y abolirlo de golpe era un peligro social. Tanto era así, que incluso el Profeta del monoteísmo radical pensó en transigir. Veamos.
Todo el mundo ha oído hablar de los ‘versículos satánicos’, que tan famoso y rico han hecho a Salman Rushdie. Ningún invento suyo, pues se refiere a una tradición antigua, para explicar la incoherencia de cierto pasaje del Corán.
Es bien sabido que no hay profeta en su patria y familia. Mahoma no fue excepción en la Meca y en su tribu, los Qoreix, que en la nueva religión echaban de menos a las Tres Diosas de toda la vida, presentes en sus betilos o piedras sagradas. Alá es dios, qué duda cabe; un dios de categoría. Pero eso de que sea el único chocaba al sentido común.
Mahoma, en una diatriba con sus adversarios en el templo de la Meca, se puso a recitarles la azora 53 (‘La Estrella’). Ya iba por la aleya o versículo 20, todo normal, cuando de pronto salta:
¿No tenéis a Alat y a ‘Uzza
y a Manat, la otra tercera?
Son las excelsas elegantes
de las que amparo se espera.
Para ser exacto, lo de ‘elegantes’ en árabe dice literalmente ‘grullas’; pero da igual porque aquí se usa como piropo irónico. A lo que íbamos:
Semejante ingreso de la Tríada femenina en el Corán cayó muy bien entre aquel auditorio pagano, que por de pronto dejó de molestar al Profeta. Pero cayó muy mal entre los fieles de la primera hora, que se habían tomado en serio lo del monoteísmo, y muchos padecían destierro.
Algo no encajaba. Mahoma muy preocupado, luego supo –siempre por revelación– que fue Satán quien le había sugerido aquella blasfemia. Según eso, los versículos apócrifos se enmendaron así:
¿No tenéis a Alat y a ‘Uzza
y a Manat, la otra tercera?
¿Con que vuestro lo macho y suyas las hembras?
No es reparto equitativo.
Esta salida tangencial quería dejar en ridículo a sus paisanos idólatras, que teniendo ellos hijos varones, imaginaban que a Alá le habían salido las tres hijas hembras. Dando por hecho que se trataba de hijas, y no de paredras compañeras.
Como solía ocurrir en tales remiendos proféticos, no faltó una disculpa harto comprensiva para Mahoma: Ningún otro profeta antes de él se libró de aquel virus troyano. Todos padecieron sus ‘versículos satánicos’ (Corán 22: 53/52):
No hicimos bajar inspiración a profeta alguno antes de tí, que al recitar no le insinuara Satán algo de su cosecha en la lectura. Pero Alá suprime lo que Satán insinuó, poniendo luego sus propios versículos; porque Alá es conocedor sabio. El cual dejó pasar lo que insinuó Satán, para poner a prueba a los que tienen el corazón enfermo y duro...
Ruinas sobre ruinas
Sobre el vandalismo del Estado Islámico, una cosa debe quedar clara: carece de originalidad. Realmente se ceban en lo que ha quedado tras una serie de destrucciones en diferentes épocas, y en parte con los mismos pretextos. Un vandalismo carroñero. Esta vez, no habiendo topado con la diosa Alat, se ensañan con su animal de compañía.
Tadmor/Palmira entra en la Historia más o menos por el año 41 a. de C., al chocar Roma en su frente oriental con el nuevo imperio persa de los Partos.
El primer divulgador de Palmira fue Plinio el Viejo, que por los años 70 de JC le dedicó esta breve entrada en su enciclopedia (Historia Natural, 5, 25):
«Palmira, ciudad notable por su situación, por las riquezas del suelo y sus aguas amenas, encierra sus campos en vasto entorno de arena, y como aislada de otros países por la naturaleza, a su propia suerte, entre los dos máximos imperios, el de los romanos y el de los partos: eterno quebradero de cabeza para unos y otros en discordia.»
Sólo el año 14 de JC, bajo el emperador Tiberio, la ciudad se somete, y eso con amplia autonomía.  El siglo I conoce la primera transformación de aquella estación caravanera,  rica pero destartalada, en ciudad monumental a la romana, que se desarrollará en los dos siglos siguientes. En el 129 la visita Adriano, casi como un refundador. De hecho la ciudad se llamó en honor suyo Adrianópolis.
El esplendor de Palmira bajo Roma fue relativamente corto. Asesinado su rey Odenato (220-267), brazo derecho de Roma en Oriente, le sucede su hijo menor Wahbalato bajo regencia de la viuda Zenobia (267-272), heroína de la independencia. El emperador Aureliano, su vencedor, saquea Palmira pero no acaba con ella. Seguirá todavía una década constructiva (292-303) bajo Diocleciano. A partir de ahí, el espejismo palmireno se eclipsa.
Palmira: Templo de Balshamín, con peanas para estatuas en los fustes de las columnas (Wikipedia)

La arquitectura urbana es allí columnaria, como en pocas otras ciudades. Muchas columnas tienen en el fuste una o dos peanas para colocar estatuas de dioses, de héroes o de ciudadanos beneméritos por algún motivo. Muchas estuvieron ocupadas, como lo demuestran las inscripciones. Sin embargo, cuando unos viajeros ingleses redescubren Palmira a fines del siglo XVII, de toda aquella estatuaria pública sólo quedan vestigios. ¿Quién perpetró la hecatombe?
Sería cómodo cargar toda la culpa al primer rigor islámico bajo los primeros califas. Tan cómodo como injusto. Porque tampoco hay que olvidar, antes de eso, el fanatismo cristiano en dos frentes: guerra al paganismo, y guerra a las imágenes (incluidas las cristianas) con la herejía iconoclasta. Dejando aparte el iconoclasmo, demos un vistazo al cristianismo triunfante desde la conversión del emperador Constantino y su Edicto de Milán (febrero de 313).
Para entonces, la religión cristiana estaba muy arraigada en los núcleos de población. Recordemos una vez más la conocida bravata de Tertuliano (Apología, 37):  
«Somos de ayer, y lo llenamos todo, vuestros espacios y edificios, vuestras instituciones. Sólo os hemos dejado los templos…»
Esta última condescendencia se agotará con la borrachera de la victoria, cuando se plantea la liquidación del paganismo y sus símbolos externos.
El proceso tuvo curso muy desigual, según tiempos y lugares. La política eclesiástica en general fue obviamente en la dirección de aniquilar las religiones antiguas, pero no todos los eclesiásticos estaban por la violencia, ni mucho menos. En este sentido, había surgido una casta de cristianos menos escrupulosos.
Libanio denuncia a los monjes
Entre 269/70, cuando Zenobia de Palmira, rebelde contra Roma, invade Palestina y el Egipto de Cleopatra, supuesta tatarabuela suya, ese mismo año un joven de Alejandría llamado Antonio (san Antón) se retira al desierto, cerca del Mar Rojo. Es la fecha cuasi oficial de una institución cristiana novedosa: el monaquismo.
Zenobia pasa pronto, los monjes permanecen; y lo que en principio fue búsqueda heroica de la paz con Dios y vencimiento del demonio que llevamos dentro, pronto se convierte en un  modus vivendi, como otro cualquiera.
Peor aún, muchos monjes que por voto renunciaron al mundo, ahora se creen llamados a arreglarlo a su aire, y con el aplomo que da el hacer gran número, más la praxis ascética endurecedora, cambian su retiro arenoso por otra arena teológico-política: serán fuerza de choque contra todo enemigo de Dios, sea hereje, judío, pagano o diablo.
Algunos obispos veían bien que los monjes se ocuparan del trabajo sucio. Conocemos el caso de san Teófilo y san Cirilo, obispos de Alejandría, cuyas soflamas calentaron a los monjes para cometer excesos, violando el templo de Serapis (391) y linchando a la filósofa Hipacia (v. ‘Rebobinando ‘Ágora’ ).
Si Egipto produjo bastante monje bruto, mucho «zángano tránsfuga del azadón», Siria no se quedó en zaga. Sus excesos se comentaban mayormente en voz baja, por cautela, pero también dejaron constancia escrita, de fuentes cristianas y paganas. Obispos y concilios podían permitírselo, desde luego; pero levantar la voz un pagano para criticar a los monjes, eso era de locos o de valientes. Uno de aquellos quijotes que hoy se lee con gusto fue Libanio.
Libanio (314-393) fue un un maestro de leyes y de buen decir; un retórico que, a pesar de ser de Antioquía –la ciudad donde primero se usó la palabra ‘cristiano’–, no siguió la moda de bautizarse y profesó toda su vida un paganismo conservador naturalista y místico, en la línea neoplatónica. En esto comulgaba con su amigo algo más joven, el emperador Juliano el Apóstata, muerto en 363 en el frente oriental contra los Persas.
Fue un revés para la restauración del paganismo, que repercutió en Libanio, postergado y confinado algún tiempo. Pero no perdió prestigio, todo lo contrario, el emperador español Teodosio I el Grande, con ser todo un príncipe cristiano, siempre tuvo a nuestro pagano en consideración como consejero áulico. No por nada: de los Cuatro Santos Padres de la Iglesia Griega Católica,dos de ellos, Basilio, Crisóstomo, aprendieron su retórica como discípulos de Libanio, y un tercero, Gregorio de Nisa, se carteaba con él. Era como un seguro de vida para el maestro.
De Libanio queda una buena colección de discursos muy interesante por su temática, pero también por la humanidad que reflejan, en favor de marginados y oprimidos: campesinos, presos, prófugos  etc. Aquí nos interesa en especial su perorata sobre ‘No destruir los templos’, dirigida a Teodosio .
Templos: los había por todas partes, sobre todo en las aldeas o ‘pagos’, que no pasaron a la historia, a diferencia de los santuarios monumentales. Para Libanio, aquella demolición era dañina para el estado, no sólo por la pérdida de edificios aprovechables (muchos ya eran iglesias cristianas), sino por la desmoralización de los campesinos, cuyo ritmo laboral siempre estuvo vinculado a ritos de culto a los dioses de la tierra y la fecundidad.
Al denunciar excesos, Libanio se basa en la legislación vigente, la cristiana, que como se ve en el Código Teodosiano se hizo más y más restrictiva, lo cual permite acotar la fecha y la ocasión del discurso. Según Libanio, estaban prohibidos los sacrificios, pero no quemar incienso en los altares: 
«Tú mismo, sancionando la norma, no has mandado cerrar los templo, ni prohibido a nadie el acceso. Como tampoco has abolido de ellos ni de sus altares el fuego, ni el incienso, ni los demás sahumerios honoríficos.»

Teodosio, que ya había ordenado preservar templos y estaturia como la de Edesa,  «en atención a su mérito artístico, más que a su divinidad», tenía prohibidos los sacrificios adivinatorios, que al parecer husmeaban en la salud y esperanza de vida de su imperial persona (Código Teodosiano, 16, 10, 8). En este sentido da instrucciones al prefecto pretoriano de Oriente, Materno Cinegio, en 385. Pero el prefecto se excede en su celo, y en connivencia con la clerecía abre la veda de los templos, incluido el monumental de Zeus en Apamea, no lejos de Antioquía, que tuvo un final aparatoso.
Esto fue lo que movió a Libanio a defender, una vez más, otra causa perdida, dirigiendo este Discurso a Teodosio, aquel cálido verano de 386. Ni siquiera el citado templo de Edesa fue respetado, una maravilla no menor que el Serapeo de Alejandría, «que ojalá no corra nunca la misma suerte». Sólo cinco años después, a pique estuvo de correrla, a manos de monjes. Era un templo cristiano cuando, finalmente, los árabes lo destruyen en el siglo X.
Los monjes. Aquella marea negra le preocupa a Libanio:
Sin embargo, esa gente del ropón oscuro [los monjes], que comen más que los elefantes, que resultan molestos con su demanda excesiva de bebida a cambio de sus melopeas, disimulando todo ello con una palidez artificiosa; esos mismos, Emperador, a pesar de la ley vigente, se lanzan sobre los templos armados de palos, piedras y herramienta, o en su defecto con manos y pies.
Viene luego la presa fácil: techos abajo, muros derribados, simulacros tumbados, altares rotos. A todo esto, los sacerdotes a callar o a morir. A un primer asalto sigue otro, y un tercero, acumulando trofeos sobre trofeos contra toda ley. A eso se atreven incluso en las ciudades, pero sobre todo en el campo; siempre muchos combatientes en cada ataque.
Una vez multiplicados los daños, las turbas dispersas se reúnen, pidiéndose unos a otros razón de la tarea, donde es vergüenza no haber sobresalido en los desmanes.»
Libanio sabe bien a quién habla, sabe que la religión antigua ya no interesa en la esfera del poder. Por eso disfraza su alegato pro templos como bienes de interés cultural, aunque también agro-económico: «El alma de los campos son los templos».
Frente a esta otra marea negra de ISIS, la presión militar servirá de poco, si en todo el mundo musulmán no levantan la voz Libanios que les recuerden a los bárbaros: 
«El alma de los pueblos son sus monumentos, son su herencia cultural toda entera. Destruir estatuas no es honrar a Dios. Es destruir estatuas.»




lunes, 1 de junio de 2015

ISIS en Palmira


Palmyra-Ruinas y Castillo-Joseph Eid.jpg


A Juan A. Zubillaga Esperanza, ‘Zubi’,
que me dio aviso de cierto viaje maravilloso
por  Siria y Jordania, con etapa en Palmira


Palmira ha caído. Desde hace dos semanas, la antigua ciudad-oasis de Tadmor (Siria) es parte del naciente Estado Islámico (ISIS).  Una conquista cantada, confirmación de la impotencia indolente de dos regímenes árabes muy distintos: el sirio, autóctono, y el iraquí, resultado de una ocupación militar occidental.
El movimiento ISIS proclama un estado confesional nuevo, para lo cual empieza borrando las fronteras que el colonialismo europeo trazó de la manera más torpe posible, mediante líneas rectas, que a su paso por el ‘desierto’ dividen etnias, pueblos, tribus y hasta familias. De momento, ISIS aspira a unificar Iraq y Siria, sin los Altos del Golán anexionados por Israel, todo se andará. Este era su mapa, a 19 de mayo.

ISIS proclama su intención de restaurar el Califato. El califa ya lo tienen:  como tal se proclamó, o fue proclamado (en junio pasado), un hombre todavía joven –o lo que quede de él, tras reciente ataque americano que lo dejó malherido–, cuidadoso de su apariencia en público, con cierto toque Jomeini. Lo de ‘el Califa’ es sólo un apodo por ahora, igual que el sobrenombre de guerra, Abu Bakr al-Baghdadi, cuyo nombre civil es Ibrahim Awwad y otras hierbas. El Califato de Bagdad, mucho antes que la Casa de Austria española, adoptó el negro como color de etiqueta, y así es como actúa y posa este trasunto del primer sucesor de Mahoma.
¿Teocracia? No tan claro. Por el momento, ISIS es una fuerza militar de ideología religiosa aspirante a Estado Islámico sunita, aunque su fundamentalismo y la mención del califato evidencian una vocación universalista, ‘católica’.
Sin entrar en ello, lo más preocupante es la trayectoria victoriosa de ISIS y su aparente arraigo popular, gracias a una pedagogía eficaz no fácil de entender, pero resumible en la expresión ‘palo y zanahoria’. Una pedagogía siniestra, que en algunos aspectos recuerda la de ETA-Batasuna en el País Vasco: adoctrinamiento escolar y juvenil, politización de festejos populares, impuesto revolucionario, consignas, inducción al chivataje, en una población donde no falta el susurro comprensivo ante los asesinatos («algo habrán hecho»); adanismo redentor de faz austera y a la vez amigable, festiva, ‘nuestra’ (jatorra, que decimos por aquí).
Dejemos de lado la ‘zanahoria’ para centrarnos en el ‘palo’. Un palo multiforme en su uso y propaganda, según se dirija a la población local y regional, al mundo islámico o a Occidente. Sus dos aspectos más relevantes han sido el terror de las ejecuciones y la liquidación de patrimonio arqueológico. El terror, en nombre de lealtades y traiciones. La destrucción patrimonial, a título de religión agraviada.
En este sentido, para el Islam iconoclasta Palmira es un objetivo especial: sus ruinas son de las más populares y visitadas, y a la vez concentran el legado de toda una cultura desaparecida. Palmira es al pueblo mítico de Odenato y Zenobia, como Petra lo es al pueblo nabateo. Dos culturas árabes únicas, vulnerables por estar concentradas en sus capitales respectivas.
Petra, en Jordania, de momento no corre ese peligro, Palmira sí.  ISIS se ha cargado a Nimrud y el Museo de Mosul, reliquias de Asiria condenadas a nombre del Islam. Condena y ejecución con efecto retroactivo, sólo por ser anteriores al Profeta.
Vandalismo en el Museo de Mosul
Destrucción de un relieve asirio con inscripciones
Pero al fin, Asiria Babilonia, Sumeria, son culturas extrañas al pueblo árabe, y la última ni siquiera fue semita. Repetir lo mismo con Palmira sería cebarse, por la misma razón y retroactividad, en la propia cultura árabe. Destrucción estúpida, por otra parte, ya que si los otros monumentos más antiguos son (o eran) Patrimonio de la Humanidad, Palmira es también patrimonio y principal fuente de ingresos para la ciudad de Tadmor y para el propio Estado Islámico. Son zelotas, no idiotas, y harán según les interese.

¿Hombres, o piedras?
Aquí viene a interrumpir el discurso una duda: ¿Preocupa más en Occidente esta barbarie contra-cultural, que la otra barbarie sanguinaria? Eso se ha dicho en medios de comunicación de por allí, al hilo de los comentarios vertidos por aquí. Mientras unos pronosticaban una reproducción inmediata de las hazañas anteriores de ISIS, otros recomendaban no hablar tanto de los monumentos palmirenos, que es como provocar a los bárbaros o darles ideas. ¡Como si las necesitaran!
Comparar masacres y voladuras es confundir lo incomparable. La vida humana es una unidad monetaria que lo mismo sirve para costear revoluciones infames que guerras justas y gloriosas. Con una ventaja sobre otras especies de cambio: es un bien renovable. «Bah!, todo lo más, una noche de París». Comentario cínico atribuido falsamente a Napoleón tras su victoria de Eylau a costa de muchas bajas (1807). Pero no una falsa ‘frase histórica’ más, pues el mismo Napoleón la daba como de Condé tras la carnicería de Senef (1674) [1]. Se aventura incluso que el presidente sirio Bashar al-Asad, maquiavélico él,  habría sacrificado Palmira como gambito, para implicar más a Occidente contra el Estado Islámico.
¿Qué va a ser de Palmira?
Van ya dos semanas de especulaciones, y todavía no hay noticias fiables de destrucción patrimonial. La voladura de la gran prisión estatal fue un gesto simbólico sin relación con el tema. Prisión vacía, por lo demás: el Gobierno sirio se había llevado  a los presos, junto con  las piezas más valiosas del Museo.

Las matanzas en cambio se han cumplido religiosamente. Incluso en clave de humor macabro, si un elemento de las ruinas como es el Teatro palmireno ha sido teatro de un baño de sangre y escenario de cadáveres mutilados. El propio monumento, en cambio, sólo habría sufrido impactos de la metralla.
Además, a efecto de destrucción, tanto da un bombardeo como un precepto de la Sharia, y consuela poco saber si hubo de por medio una fetua religiosa o una decisión estratégica. Las dos Guerras Mundiales no fueron piadosas con el patrimonio cultural europeo; la II GM, sobre todo, nos ha dejado una Europa de copias, por mucho que se parezcan a los originales destruidos. En Alemania, reproducciones de barrios y de ciudades enteras, como Lübeck. Más antiguo, recordemos el caso de la Acrópolis de Atenas. En 1656 una explosión deja en esqueleto los Propileos. Fue como un ensayo. Tres décadas después, en 1687, el Partenón, convertido por los turcos en polvorín, salta en pedazos por un tiro de mortero veneciano.
Por lo demás, aunque Palmira tiene de sobra para destruir, no olvidemos que hasta un pasado reciente ha sido vandalizada y depredada por propios y extraños: árabes y turcos, pero también europeos y americanos. Los árabes culpan a los turcos, pero donde ellos dominaron tampoco se hizo mayor aprecio del legado cultural de la yahiliyah, la que para ellos fue ignorancia o barbarie hasta que vino el Islam. Los sillares antiguos eran aprovechables, las columnas de mármol eran buenas para levantar mezquitas; las estatuas en cambio sólo servían para el horno de cal, si no las compraba algún excéntrico faranchi.
Vino luego la era romántica de las ‘misiones arqueológicas’ y el mercadeo de piezas para los museos de Occidente, en compensación por las excavaciones y tesoros recuperados. Mucho se ha criticado el sistema, y no digamos las transacciones dudosas como la de los mármoles Elgin del Partenón. Benditos expolios, por lo que estamos viendo y temiendo.
Visité Palmira hará cosa de 25 años por lo menos. También Petra. Fueron etapas de un viaje increíble, de la mano de ‘Años Luz’. Llegamos al atardecer, lloviendo, y nos hospedamos en el ‘Hotel Zenobia’, un fondaco pegando a las ruinas. Desde la terraza se veía muy cerca el templo de Balshamín, una preciosidad que no me habría dejado dormir sin hacerle una ronda nocturna.
Palmira-Templo de Belo.jpg
La mañana siguiente, con buen tiempo, la dedicamos sobre todo al gran templo de Belo o Baal. El nombre es singular, aunque los dioses propietarios fueron tres: Belo, Aglibol y Yarihbol. Pero sería impropio hablar de ‘trinidad’, porque esa Tríada Palmirena, aun siendo tres personas distintas, que participaban de una misma naturaleza divina y eran objeto de una misma representación antropomorfa, no eran sin embargo la misma sustancia. Demasiado abstruso para la mentalidad de sus adoradores árabes, politeístas de espíritu abierto. Tal vez fue al revés: el sistema de tríadas, repetido aquí con otras divinidades y conocido en otros panteones, pudo inspirar el misterio de la Trinidad cristiana.
El templo de Belo es un edificio todavía grandioso, a pesar del tiempo y las agresiones. Como en Delfos y otros lugares arqueológicos, aquí estuvo un barrio de la población, con su mezquita en el propio santuario –todavía queda el mihrab en la capilla a la Meca–, que gracias a eso se salvó, no quepa duda.
Lo que menos esperaba, y me dejó estupefacto, fue encontrarme con una casi réplica del  Templo de Jerusalén, el III Templo construido por Herodes el Grande. La disposición es de lo más parecido, en pórticos, atrios, altar y santuario.  Yo los creía entonces más o menos contemporáneos, aunque parece que cuando en Jerusalén desaparecía el templo judío (año 70 de JC), este otro palmireno estaba en rodaje. Casualidad, uno de los personajes históricos del lugar, un príncipe hijo del rey de Palmira Odenato, se llamaba Herodes.
Palmyra-Templo de Belo-Cella Norte.jpg
También aquí, como fue en Jerusalén, el santuario propiamente dicho es de tamaño discreto dentro del conjunto. Allí el ádyton o  Sancta Sanctorum, sede del Dios invisible, estaba vacío. Aquí la pieza equivalente (cella) tiene doble ádyton, a los lados norte y sur. El de la izquierda o lado norte presenta en la pared el ‘tálamo’ o alcoba de la Tríada divina también vacío, sólo que por otra razón: los dioses han desaparecido. De pronto recordé que una Tríada Palmirena de ese tipo ya la tenía vista hacía mucho en el Louvre. Tal vez fue el precio de un trabajo arqueológico; o tal vez los jeques de Palmira, en intercambio cortés de presentes, cedieron con mucho gusto a Francia aquellas figuras despreciables para todo buen musulmán. Sea como fuere, entonces me pareció mal el expolio, me dió vergüenza ajena. Ahora lo veo de otro modo, O felix culpa! Porque si los de ISIS echan el guante a ídolos como estos, puede que ni los saquen a subasta.
Tríada palmirena – Baalshamín entre Aglibol y Malakbel
Hallada en Bir Wereb, carca de Palmira
(c) Museo del Louvre

Otro gran recuerdo de Palmira es la gran necrópolis con sus torres funerarias típicas, lo primero que ve el viajero  antes de llegar a la ciudad. Recorrimos luego el paraje, con visita a un par de torres y algún hipogeo. Aquí no se trata de hacer una descripción, sólo notar que entre tanto banquete funerario hay muchas figuras decapitadas, y entre tanto nicho hay multitud de ellos vacíos. Las figuras que faltan andan dispersas por museos y colecciones particulares.
Pues bien, la misma impresión desagradable sentí años después en el Ermitage, admirando una gran serie de retratos funerarios, al conocer su procedencia: Palmira.  Hoy celebro que estén allí, en San Petersburgo, a buen recaudo.
Volviendo al parecido entre ambos templos, de Jerusalén y Palmira, aquella sorpresa mía era efecto de ignorancia. Palmira la misteriosa salió de su oscuridad a una luz espléndida poco antes de la Era cristiana, para volver a la sombra del olvido en los siglos III/IV, por lo que respecta a Occidente. En aquella etapa tan breve como fulgurante, su posición de oasis grande y único en mitad del desierto sirio la convirtió en paso obligado de caravanas, centro bancario y aduana recaudatoria. Y quien dice recaudación y banca dice judíos.
Los hubo en Tadmor desde los tiempos bíblicos. Aquí arraigaron, viendo pasar a conquistadores, subir y caer reinos, y aquí seguían en el siglo XII, cuando Benjamín de Tudela se detiene en Baalbek o Baalat (Líbano), ponderando su ‘palacio’ colosal –el templo de Baal–, «que sólo el diablo Asmodeo pudo levantar, eso dicen». Y prosigue:
«En Tarmod (Tadmor) del Desierto, edificada por Salomón, hay construcciones semejantes, de grandes piedras. La ciudad de Tarmod está cercada de murallas. Se encuentra en el desierto, lejos de los lugares habitados, a cuatro jornadas de la citada Baalat. En Tarmod hay como 2.000 judíos, valientes en la guerra, lo mismo con los cristianos que con los árabes…, y ayudan a sus vecinos ismaelitas. Dirigen la comunidad el rabino Elí Hakohen, el jeque Abu Gálib  y Mujtar…»
Los propios judíos hicieron correr la leyenda de que Palmira/Tadmor había sido fundada por el Rey Salomón, con o sin ayuda de diablo Asmodeo. Prueba al canto, citaban la Biblia. Dice, en efecto, hablando de la fiebre constructora de este rey, que también «edificó a Tamar (o Tamor) en el desierto» (1 Reyes, 9: 18). Tamar en hebreo es lo mismo que en castellano La Palma o El Palmar, lo mismo que Palmira. Por si hubiera duda, el autor de Crónicas precisa: «y edificó a Tadmor en el Desierto, así como todas las ciudades-almacén que edificó en Hamat» (2 Crónicas, 8: 4). Hamat –la Émesa helenística y actual Homs sobre el río Orontes– era primera estación de caravanas al oeste de Palmira/Tadmor. (De Homs vinimos nosotros aquí, si mal no recuerdo).
Sobre esos textos,  el historiador judío Flavio Josefo afirmó –y san Jerónimo le copió– que la Tamar/Tadmor bíblica era Palmira, fundada por Salomón (o tal vez sólo reconstruida) mil años antes de la Era cristiana. ¿Por qué aquí precisamente? En honor de su padre David, triunfador por estos pagos, con una gran victoria sobre los arameos «en el Valle Salado», que debió teñirlo de rojo, pues las bajas del enemigo fueron 18.000 (2 Samuel 8: 13) ¿Y quién ignora que al sur de Palmira se extiende un amplio valle de sal?
Por si fuese poco, el cronista bizantino Juan Malalas (siglo VI) hizo crecer la bola, afirmando que Palmira fue el palenque donde David venció al gigante Goliat. Un disparate, pues todo el mundo sabe que eso fue en el Valle del Terebinto (1 Samuel, 17: 2), en Israel.


¿Tiene futuro el Estado Islámico?
Sobre el futuro del Califato, hay para todos los gustos. El hecho es que por ahora nadie les para los pies, y el pesimismo lleva la voz cantante. Pero no todos concuerdan en el mal pronóstico. Rastreando la marcha   triunfal de ISIS y las claves de la misma, hallo este artículo de febrero pasado, donde por el contrario se afirmaba que esa fuerza, lejos de ganar, «está perdiendo» (‘ISIS is losing’) :
«ISIS has lost the element of surprise… ISIS is congenitally incapable of making allies… ISIS's self-destructive ideology is its greatest weakness...»
Totalmente de acuerdo en lo primero: ISIS ha perdido el factor sorpresa. Sus victorias vienen cantadas, a nadie sorprenden y cualquier día dejarán de ser noticia.  Ésta misma habría pasado inadvertida, o casi, de no tratarse de Palmira.
De acuerdo también en lo segundo, aunque menos: «Incapaz de hacerse aliados». ¿Y para qué los quiere? ¿sólo para compartir ganancias? Una fuerza que crece en sí y por sí misma no necesita alianzas, ella sola se lo guisa y se lo zampa.
En cuanto a eso de la «ideología autodestructiva», no entiendo qué quiere decir. ISIS tiene de autodestructivo lo que el cáncer. Su mapa no dibuja un estado consolidado todavía, pero es lo más parecido a una metástasis cancerosa. ¿Autodestructivo, el Islam radical? No veo que el autor explique por qué; y menos como «un hecho fundamental».
«Su modelo de gobernanza es insostenible, y corre peligro de colapsarse a la larga.» «Como ISIS no empiece a adaptarse, es muy posible que su llamado califato vaya camino de desintegrarse.» Sin ánimo de polemizar, porque ya digo que no lo entiendo. Confiar en que este yihadismo fanático pero astuto y sinuoso, económicamente firme, capaz de ensanchar su base popular, mientras pueda abastecerse de armas y combustible se venga abajo por sí sólo, gracias a su vis autodestrutiva y sin que nadie le ayude a caer, es de un optimismo admirable.
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[1] «Bah! c’est tout au plus une nuit de Paris»; cfr. Ch. Doris, Chagrins domestiques de Napoléon Bonaparte à l’isle Sainte-Hélène. Paris, 1821, págs. 25-26. En casos parecidos, parece que Bonaparte se limitaba a decir: «Voilà, un consumo grande de hombres».


     Crédito foto de cabecera: Joseph Eid